miércoles, agosto 28, 2013

¿Dijo “gran futuro” para los jóvenes? ¿De verdad dijo eso?


En días pasados, La Jornada encabezó una de sus notas como “Un gran futuro nos espera a los jóvenes”. Al principio esbocé una sonrisa puesto que pensé que era un comentario sarcástico, una broma, o a lo sumo un error de redacción (creí que hacía falta un “no” antes del “nos”). El equivocado era yo. Entonces, la sonrisa irónica que se me había dibujado en el rostro se transformó en recelo. ¿Por qué? Esto fue así debido a que el encabezado sintetizaba la opinión emitida por José Manuel Romero Coello, actual director del Instituto Mexicano de la Juventud. Parece ser que ése será el tono del discurso oficial esgrimido por la institucionalidad vigente. Y vean si no hay motivos para la estupefacción: para dicho funcionario, en nuestro país “No hay un panorama sombrío para los jóvenes [… éstos] deben empezar por ser empresarios, a hacer sus propias empresas y negocios, y cambiar la cultura de que ‘uno tenga que vivir del gobierno’”.
El recelo se transformó, sin más, en pasmoso asombro e incredulidad.
No sé a ustedes, pero a mí no me queda claro si la declaración del Sr. Romero es cínica, ingenua, o se refiere a Finlandia o a Suiza.  En este sentido, una respuesta un tanto visceral a afirmaciones como las emitidas por el director del IMJUVE implicaría argumentar apasionadamente en torno a, por ejemplo, la visión estereotipada desde la que se mira al joven desde las instituciones, y cómo desde dicha mirada se presenta una oferta homogénea (pseudo-empresarial, basada en la lógica del “changarrito”) que anula la enorme diversidad de demandas juveniles. También podría discutirse acerca de cómo las soluciones “propuestas” por Romero en materia de “política de juventud” son cortoplacistas y miopes, puesto que al centrarse solo en la incentivación de la iniciativa privada dejan de lado temas fundamentales como el incremento de oportunidades educativas y la ampliación de los espacios de toma de decisiones en los que pueden incidir los jóvenes. Podría decirse, pues, que detrás del “dejar de vivir del gobierno” sugerido por Romero, se intuye un terrible abandono por parte del Estado, una retirada del terreno de sus obligaciones. Más aún: si uno lee la reciente incorporación del IMJUVE a la Secretaría del Desarrollo Social a la luz de las palabras del director de este Instituto, el asunto se torna aún más grave. En otras palabras, pareciera que de acuerdo con lo dicho por Romero, se dejará a los jóvenes a su suerte, para que aprendan a no “vivir del gobierno”. Tómala. Macanazo duro y a la cabeza. ¿Y la responsabilidad del Estado, ‘apá? En fin, detrás de lo dicho por Romero se intuye que aquellos con potencial empresarial, serán salvos. El resto, simples externalidades. Que los engulla el mercado. Darwinismo social. ¿A qué les suena?
Pero bueno, esas serían las respuestas ancladas en la afectividad. Hagamos un poco a un lado el apasionamiento. Para rebajarle un tanto a la visceralidad del párrafo anterior, basta remitir a un par de datos (oficiales, por cierto). Éstos, sin duda, ilustran con fría precisión  que, efectivamente, el panorama que se le presenta a buena parte de los jóvenes mexicanos es, en el presente y en el futuro, cuando menos sombrío. Veamos:
·      De acuerdo con el CONEVAL, el mercado laboral en México se caracteriza por niveles de productividad que son, por decirlo de manera amable, bajos. A esto se suman salarios exiguos y falta de competitividad. ¿Acaso invitar a los jóvenes a poner su “changarrito” no implica también una invitación a incorporarse a las filas de la informalidad o del crimen organizado? Recordemos que el número de empleos creados entre 2008 y 2012 ha sido insuficiente para que los jóvenes que se incorporan el campo laboral encuentren opciones dignas.
·      Por otro lado, hace un par de años, sólo 66 % de los jóvenes de entre 15 y 17 años asistían a la escuela, mientras que apenas el 28 % de quienes tenían entre 18 y 25 años ocupaban un lugar en alguna institución educativa. La cantidad de personas que NO tiene acceso a algún tipo de oferta escolar es, cuando menos, brutal. BRUTAL. ¿Bastan changarritos? Si a lo anterior se incorpora la variable del ingreso, el problema se acentúa aún más: entre menos se gana, menos niveles educativos se alcanzan. Un botón: 27 % de los jóvenes indígenas es analfabeto; solo el 1 % de esta población logra acceder a la educación superior. Y no son cifras inventadas. Las arroja el CONEVAL. ¿Debemos apostar por “changarreritos” en lugar de implementar procesos educativos de fondo y de amplia envergadura? Según Romero, parece que sí.
·      También hace un par de años, la población menor a 18 años en situación de pobreza ascendía a la escalofriante cifra del 53.8 %. Dicho de otro modo, en el país hay más de 20 millones de niños/jóvenes, que tienen un presente y un futuro desesperanzador. ¿Les bastará con convertirse en empresarios de “changarro” y “carrito sanduichero” para tener un “ gran futuro”? Ojo: según CONEVAL, estamos hablando del grupo con mayor porcentaje de pobreza en el país.
·      Por otro lado, de acuerdo a lo señalado por la UNICEF, puede decirse que por lo menos hasta 2008, casi tres millones de niños/adolescentes trabajaban a la par de que asisten a la escuela (1 de cada tres hombres; 1 de cada 8 mujeres). Si solo se considera a aquellos que no asisten a la escuela, el problema se acentúa (dos de cada tres niños; una de cada tres niñas). ¿A dónde conduce lo anterior? A un entorno laboral en el que los jóvenes se enfrentan a trabajos mal pagados, peligrosos, y con altos riesgos de explotación. Recordemos que según estimaciones de la UNICEF, en el país hay cuando menos 16,000 infantes (niñas en su mayoría) que son víctimas de explotación sexual. ¿Podemos afirmar tajantemente que les espera un “gran futuro”? Se necesita mucha sangre fría para afirmar lo anterior.
·        A lo anterior hay que sumar que en el 2012 en México la tasa de embarazo adolescente era de 69 por cada mil, mientras que en Perú era de 52, en España de 12, en China de 9 y en Alemania de 7. Y va a la alza. Esto lo dice la Secretaría de Educación Pública a través de su Programa de Becas de Apoyo a la Educación Básica de Madres Jóvenes y Jóvenes Embarazadas, no yo.
·      Ahora bien, según el Consejo Nacional para la Prevención contra Accidentes (CONAPRA) se pone de relieve que los homicidios fueron la principal causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. En otras palabras, más del 45 % de los jóvenes que mueren en México están siendo asesinados. Cuando esto no es así, se observa que prácticamente la otra mitad (44 %) muere en accidentes automovilísticos o de plano opta por el suicidio.  ¿Será porque tiene ante sí un “gran futuro”?
En fin, la fría y desesperanzadora estela de datos desglosada aquí a botepronto podría seguir y seguir durante varias cuartillas más. Pensemos por ejemplo en el asunto del crimen organizado, en los procesos discriminatorios, en los atentados a los derechos humanos, en el delito de portación de cara que sufren los jóvenes a lo largo y ancho del país, etc. Insisto, la lista es enorme. Pero creo que con lo expuesto más arriba se ilustra con cruda precisión lo [coloque aquí el adjetivo de su preferencia] de las afirmaciones emitidas por José Manuel Romero Coello. Me preocupa sobre manera lo que a la larga será el contenido de lo que dicho funcionario señala como “políticas de juventud”. No me cabe duda que el futuro (y el presente) para amplios sectores de la juventud mexicana es, por decirlo à la Valenzuela, evanescente. Terrible y ominoso, cuando menos. Un laberinto del que difícilmente se podrá salir con estrategias como las que, parece, serán el núcleo de la política de juventud por venir.
Qué tristeza que en un país como el nuestro duela ser joven.

PD. 1
Dejo la pequeña lista de los enlaces que me permitieron recopilar esta información. Sé que es mucho pedir, pero ojalá que  el Sr. Romero los consulte, para que se documente un poco antes de emitir declaraciones. No se tarda más de quince minutos.
PD. 2
Por favor, no recurran al pseudo-argumento facilista que indica que las cifras a las que aludo son de hace un par de años y que hoy el futuro es completamente otro. No exhiban su [beeeeeep].












martes, julio 30, 2013

Así las cosas.

 Así las cosas: 336 mil 800 jaliscienses se sumaron a la pobreza entre 2010 y 2012, mientras que el 8 % del PIB en EUA es generado por los mexicanos que viven allá. A esto hay que sumarle el recrudecimiento de la violencia, la falta de oportunidades educativas, laborales y de esparcimiento, la ausencia de un proyecto nacional de largo plazo/alcance, la ausencia de liderazgos, la llegada al límite de la institucionalidad vigente, y [coloque aquí su listado de situaciones críticas]. En otras palabras, estamos sentados sobre un polvorín gigantesco. 

martes, julio 23, 2013

Polvo

-->
.


Desde la soledad de una mesa

situada en el fondo

de un café cualquiera

Intuyo que

nombrar la piel del árbol

Es también

soñar con el aroma

                                   



dulce ∫ agrio





del tiempo que se esparce

sobre los plantíos de sal

y de ceniza

gentiles casi
de tan abyectos



Territorio yermo

Caligrafiado por las huellas

De todos nuestros muertos
cuyas voces reptan
De sur a norte siempre


Y nos aniquilan


De modo que



Ser el polvo

es también

Ser en el polvo, polvo

Verbo e idea radical: el abismo

Es ahí donde habita y se sacia


En el fondo

Toda sed de absoluto  

En ese manantial que gira



Y que dibuja
De una vez y para siempre

El infinito círculo de la nada.



.

sábado, julio 20, 2013

Bruma


Da un paso más y ven
Arráncame la piel
Hazme saber que ya no existo
Otra vez
Escribe con tus garras
la historia del abismo
Bebe mi sangre, tibia.
Déjate caer conmigo.
Ven
déjate caer
Abre mis ojos
Arráncame la piel
Abre mis ojos
Enséñame a ver

jueves, mayo 09, 2013

Café-te-ando.




Pregunta central: ¿por qué me gusta el café? Más específicamente ¿por qué el café matutino, ese cuyo primer sorbo ocurre mucho antes de que salga el sol, ejerce una poderosa fascinación sobre mí? Intuyo muchas respuestas, claro. Pero si he de ser honesto, ninguna es la correcta. O dicho de otra manera, todas lo son a su modo. Así que puedo elegir cualquiera. Intuyo además que las respuestas que pueda ofrecer(me) no serán compartidas por grandes mayorías. Tampoco me importa. Lanzo de nuevo la pregunta: ¿por qué me gusta el café? La contestación estándar es: por el sabor amargo y poco refinado (lo tomo negro, por supuesto).  A diferencia de la infusión, de características más sofisticadas, el café es un golpe duro y seco al paladar. En ocasiones, muy de vez en cuando, me gusta aderezar esta bebida con un poco de crema en polvo y azúcar mascabado. Y aún así, el sabor permanece terriblemente denso; terriblemente gordo (robusto, dicen los que saben).
Otra posible respuesta a la pregunta que coloqué al principio tiene que ver con los efectos estimulantes que esta bebida produce. La cafeína, en tanto alcaloide, permite sentirnos como un búfalo suelto en una tienda de figuras de cristal. Basta el primer sorbo matutino para recobrar el enfoque, la determinación y la disciplina que se habían quedado refugiadas entre la tibieza de las sábanas.
Hasta aquí hay dos factores alrededor de los que se acuerpa mi gusto por el café: el sabor y los efectos estimulantes. No obstante, éstos no son suficientes. El café es mucho más. Mejor dicho, el café matutino es mucho más. En principio, involucra una ritualidad particular, un levantarse, un sacar el frasco del congelador, un colocar los granos en el molino, un presionar el botón y escuchar el estridente motorcito; un quitar la tapa y aspirar el aroma… Aunque es preciso señalar que la sucesión de procesos no es suficiente. El café requiere además una actitud muy específica, vinculada con el deseo de beberlo. Preparar café de mala gana no tiene chiste. Mejor toma te. O agua. O leche. Pero mi café de buenas, por favor. En fin, hay en todo ello un empeñarse minuciosamente en repetir día a día cada paso. De lo contrario, se corre el riesgo de que la magia no ocurra, y el sabor y los efectos se conviertan en otra cosa, en agua entintada, en un líquido acre y ácido. En todo menos en café.
Aparte de la ritualidad involucrada en el café; además del sabor y de los efectos que dicho brebaje produce, existen otras posibles respuestas a la pregunta con que se abre esta disquisición. Así, puede decirse que aún cuando el café se tome en la más profunda soledad de la cocina, éste nos hermana siempre con los otros que, aún desde la ausencia, beben junto a nosotros. El café es, pues, un vehículo que permite compartir nuestras soledades. Y no sólo eso. El café también democratiza las relaciones sociales. Por un lado, me coloca en el mismo plano que los hombres que extienden un mapa sobre el cofre de su camioneta destartalada para planificar su intervención en la construcción. Por otro lado, también me sitúa en la esfera de las magníficas abuelas que preparan desayunos igualmente magníficos y masivos para familias enteras. Y por supuesto, un café espectacular. De igual forma, me pone en el nivel de quienes sólo tienen un trago de café (frío) para llevarse al estómago, y nada más. Amargo como la vida misma. Negro como el futuro.
En fin, respuestas hay muchas. La que más me convence hasta ahora es que el café me gusta porque me gusta. Tautología incluida. Y mejor no entremos en el conjunto de las referencias sexuales que esta dichosa bebida connota y denota, porque no paramos…
Salud. 

jueves, noviembre 22, 2012

Despertó y...

...el mundo seguía ahí.

viernes, septiembre 28, 2012

Furia contra la máquina. O de cómo Banamex nos hizo los mandados


A finales del 2011, en uno de esos puestecitos que hay en casi cualquier plaza comercial de la ciudad, un par de empleadas de Banamex se acercaron a la Claudia para ofrecerle una tarjeta de crédito. Ella, con la amabilidad que la caracteriza, les respondió que ya tenía una, que muchas gracias. Precisamente de ese mismo banco. Ah, entonces llévese una adicional, para su papá, le contestaron (por supuesto, me señalaron a mí). No gracias, dijo la Claudia. Ándele, mire, le va a traer muchos beneficios, afirmaron las señoritas. No, gracias, insistió mi cómplice. Yo me limitaba a arrojar una gélida mirada sobre las afanadas promotoras crediticias. Entonces, la Naila le echó el ojo a unos zapatos, y corrió hacia la tienda en donde éstos estaban en exhibición. Obvio, yo salí tras ella. Error. Las señoritas de Banamex aprovecharon esa ventana de oportunidad para implementar sus brutalmente eficientes estrategias de lavado de cerebro. Cuando finalmente logré dar alcance a la Naila y  la llevé hasta donde estaba su mamá, me di cuenta que ya estaba firmando la solicitud que le habían puesto en las manos las empleadas de la mencionada institución bancaria. Cuando las chicas se alejaron a acechar a otro incauto, en la mirada de la Claudia había una expresión de incomprensión que parecía decir: “¿Qué carajos acaba de pasar aquí?”. Hasta ese momento, el asunto me pareció muy gracioso. Sobre todo porque la Claudia había sudado la gota gorda tratando de esquivar los embates de las testarudas señoritas. Finalmente, aún cuando por política no uso tarjetas de crédito, acepté de buen grado el plástico adicional. Total ¿qué tan malo podría ser?
            Qué equivocado estaba. Lo que siguió de ahí fue un total viacrucis. En principio, pasaron los meses y la dichosa tarjeta adicional nunca llegó a mi domicilio (como las señoritas habían afirmado que ocurriría). De hecho, el asunto quedó en el completo olvido. Hasta que ya iniciado el 2012, la Claudia descubrió que en su estado de cuenta aparecían unos gastos que ni ella ni yo habíamos hecho. Desde luego, éstos estaban asociados con el plástico adicional en cuestión. Al principio, pensamos que había sido un error. Entonces, con todo el optimismo del mundo, nos comunicamos al banco para hacer la aclaración correspondiente. Cosa de un minuto o dos, creíamos. ¿Cómo nos pueden cargar algo comprado con una tarjeta que nunca nos entregaron?. Sí, seguro debe ser una equivocación. El dependiente del otro lado de la línea confirmó que, efectivamente, los cargos estaban hechos, y no había de otra más que pagarlos. Sí, claro. Sólo que la tarjeta nunca nos fue entregada, dijo ella. Pues ése no es problema del banco, señorita. Comuníqueme con su superior, pidió la Claudia. Yo soy mi superior, contestó el telefonista. Y así se sucedieron las cosas, por alrededor de una hora.
            Luego de varios días de llamadas y correos electrónicos aclaratorios, Banamex decidió abonar a la cuenta de la Claudia los cargos erróneamente hechos. Mientras llevamos a cabo la investigación correspondiente, planteó la institución bancaria. En ese momento, creíamos que el asunto se había solucionado. Un mes después, los cargos aparecieron de nuevo en el estado de cuenta. Luego de las obvias llamadas al servicio a clientes de la honorabilísima institución, ellos sentenciaron que ni aunque moviéramos el cielo y la tierra podríamos evitar pagar. En ese momento se le subió lo Fernández a la Claudia, y se fue derechito a la CONDUSEF. Ahí le solicitaron que documentara el caso, y que ellos se encargarían de asesorarla. Se entregó el expediente correspondiente, y muchas semanas después, llegó una respuesta de parte de Banamex. En ésta, luego de lo que ellos llamaron una acuciosa investigación, habían determinado (de una manera totalmente unilateral, que nos sumió momentáneamente en la indignación y la impotencia) que, por ponerlo en términos elegantes, nos habíamos chingado. Que lo que se debía era responsabilidad nuestra, y que no teníamos más opción que pagarlo. Para ello, Banamex sustentaba sus afirmaciones en un conjunto de pruebas: una copia fotostática de una credencial del IFE apócrifa; algunos vouchers con firmas que no eran ni las de ella ni las mías; y una cartita que palabras más, palabras menos, describía el “proceso investigativo”.
            Como era de esperarse, luego de la indignación llegó la furia. Así que con las evidencias del sucio fraude nos enfilamos de nuevo a la CONDUSEF, para pedir un careo con alguien del banco. Vale la pena señalar que entre el inicio de este viacrucis  y el enfrentamiento final y decisivo con Banamex, transcurrió casi un año. Finalmente,  nos convocaron para el día 19 de septiembre. Teníamos que llevar el expediente completo, y presentar las pruebas que consideráramos pertinentes. Desde luego, yo iba instalado en la actitud de echar patadas y espuma por la boca. De la Claudia mejor no digo nada, sólo que infundía temor. Así las cosas, llegamos a CONDUSEF puntualmente. Diez minutos después de la hora fijada, nos atendieron. Ahí estaba un representante legal de Banamex, quien prácticamente no dijo nada. Aceptó que era un error, y que el banco desistía de seguirnos chingando (han de saber ustedes que nos llamaban a altas horas de la madrugada para “sugerirnos” que hiciéramos el pago). Luego de muchos meses, la furia contra la máquina había dado frutos. Banamex se rendía. Por supuesto, yo no pude evitar darle un recargón al señor abogado, al decirle que deberían investigar la organización en la que estaba, la cual era de corte mafioso, fraudulento y gansgteril.
Así que con todo respeto, claro, sólo me resta decir: ¿no que no tronabas, pistolita?  

PD.
La venganza de Banamex: resulta que teníamos domiciliado el pago de CFE justamente a la tarjeta bancaria en cuestión. Para no hacer el cuento largo, baste decir que desde ayer jueves no tengo luz en casa por falta de pago. Well played, Banamex. 

miércoles, julio 04, 2012

Mexico Inc. O de la construcción mediática de una presidencia


Leo dos de las columnas más recientes de Ciro Gómez Leyva (“Falló la encuesta…” y “La opinión de GEA/ISA…”) y no puedo evitar sentirme habitado por un vacío, por una impotencia brutal que carcome y se retuerce despacito. Veamos por qué. En el primero de sus textos, Gómez reconoce, desde una postura parecida al cinismo, que el ejercicio de predicción estadística que realizó día con día su periódico, en colaboración con GEA/ISA, fue un fiasco: ellos postulaban un triunfo del candidato de la Coalición Compromiso por México superior al 18 %, mientras que por el momento, el resultado arrojado por el PREP marca que la diferencia entre el primero y el segundo lugar es poco mayor a 6 puntos porcentuales. Esto no es poca cosa. De hecho, es mucha. Más que mucha.  Equivale a un yerro cercano al 200 %. Es como si un ginecólogo le dijera, durante nueve meses, a una mujer embarazada que tendrá una niña saludable, y al momento del parto, le comunica que siempre no. Claro, efectivamente estaba embarazada, sólo que no de una niña, sino de tres bebés, todos varoncitos, muy lindos ellos. Usted perdone. Fallaron los ecosonogramas que le hicimos todos los días. Nos equivocamos. Tenga señora, junto a sus bebés, le dejo esta notita de disculpa. Y, por supuesto, la cuenta.
En el segundo de los textos a los que hago referencia, Gómez publica una carta que recibió de  parte de GEA/ISA. Ésta es digna de ser sometida, en otro momento, a un análisis discursivo profundo. Es una joya. Por lo pronto, vale la pena destacar cuando menos dos puntos que son cruciales en dicha misiva: 1. Se admite que las encuestas sobreestimaron las preferencias por Peña Nieto; y 2. Se anuncia que GEA/ISA no se retira de las encuestas electorales. Ambos aspectos son relevantes por las implicaciones que tienen. En principio (y también por principios), lo más básico, casi de sentido común, sugiere que toda casa encuestadora con un mínimo de dignidad debería cerrar sus puertas frente a tan estrepitoso fracaso. No obstante, la estrategia de GEA/ISA es precisamente la opuesta: declaran tajantemente que se mantendrán como casa encuestadora en los periodos electorales. Vaya, anunciar su permanencia no es sino un eufemismo, un modo de mencionar que son una especie de “pistoleros en renta”, es decir, maquiladores de encuestas a modo y con los resultados que el cliente demande. Es fácil imaginar sus próximas campañas publicitarias: “¿Necesita que lo apoyemos en la producción mediática de su presidencia? Venga con nosotros. Somos expertos en inflar candidatos”.  Simplemente vergonzoso. De pena ajena. Siguiendo con el chusco ejemplo de la pobre parturienta, lo anterior equivale a que en pleno quirófano el anestesista intenté adormecer a la feliz madre con vodka,  y a que las enfermeras se lancen unas a otras los triates mientras los llevan al cunero. Y para colmo, que firmen la notita de disculpa, diciendo que mil perdones, pero seguirán anestesiando y recibiendo chiquillos. Y claro, la cuenta. 
Como quiera que sea, y más allá del chascarrillo, el asunto no es menor. Milenio es uno de los diarios con mayor circulación a nivel nacional. Y cuenta además con canal de televisión por cable, y con transmisiones en línea. El alcance que tiene es para ser tomado en cuenta. Sobre todo al poner de relieve la confesión hecha por Gómez (porque es eso, justamente una confesión disfrazada de disculpa, la admisión de que este juego se jugó con dados cargados). No se requiere ser un sesudo teórico, ni de la estadística ni de la comunicación, para saber/reconocer el papel que juegan las encuestas en términos de la producción de la opinión pública. Desde luego, no hay que caer en la ingenuidad de sobreestimar el peso de un medio en específico. Eso hay que dejarse a los teóricos de la conspiración partidista, los cuales abundan. Recordemos que el resultado electoral no lo determinan las encuestas. Pero quienes piensen que éstas no influyen en el ánimo y en las decisiones finales de la gente, se equivocan.
En fin, todo quedaría en una casa encuestadora ruborizada, y en un periodista al que se le suma una mancha más, si esto fuera sólo un aspecto coyuntural del reciente proceso electoral. Sin embargo, el asunto adquiere dimensiones descomunales cuando se contextualizan las columnas de Gómez, y se enmarcan dentro de lo que ocurrió con buena parte del resto de las casas encuestadoras que mostraban tendencias similares. Éstas tuvieron yerros igual o más garrafales. Si a esto se le suman las acusaciones que pesan sobre Televisa (con acceso a más del 90 % de los hogares de México), hechas por The Guardian, las estrategias de compra de votos, la precaria actuación de Calderón, de Josefina, y de Zurita, al anunciar a un vencedor cuando apenas iba poco más de la quinta parte del conteo, el recuento de más de la mitad de los votos por irregularidades,  etc, el caso se torna gravísimo. Por lo menos, a estas alturas, la institucionalidad electoral que tanto se ha presumido no es sino el hazmerreír a escala internacional; el supuesto ganador de este proceso ocupa un nivel todavía más bajo, bufonesco. Para verificarlo, basta darse una vuelta por algunos de los titulares de la prensa extranjera (Der Spiegel, Libération). Por otro lado, más que una cosa de nada, un asunto que merezca un “usted disculpe”, como el que ofrece Gómez, hay detrás de todo esto, evidencias para pensar en la maquiavélica construcción mediática de una presidencia. O como dijera un amigo que tiene más tino que yo: hay un vil cochinero. Insisto, el asunto no es menor. Apunta a inaplazables reformas de las instancias que vigilan la equidad y la transparencia de los comicios; alude a la importancia de re-ciudadanizar este tipo de instituciones; implica  imponer, sí, imponer, recursos más escasos a los partidos, y mejores vigilancias sobre éstos; requiere topes estrictos de campaña, e instituciones que no se hagan de la vista gorda cuando éstos se rebasen flagrantemente; y sobre todo, pone de relieve la urgente ampliación del espacio para la política y lo político en un país como el nuestro, que ya no aguanta un sexenio más así.
¿Y la cuenta? Ah, sí. Se me andaba olvidando. Aquí el desglose: 1. País divido (no sólo ideológicamente, sino en casi todos los ámbitos); 2. Concentración de poder y de riqueza en unos cuantos, 3. Vías de acceso al poder restringidas; 4. Gobierno potencialmente autoritario y opresor; 5. Crimen organizado poderosísimo, casi a modo de estructura para-gubernamental; 6. Sociedad decepcionada, sumergida en la desconfianza  y la incertidumbre. 7. Sume aquí todos los factores que no enumeré. Bienvenidos al convulso desierto de lo real. Bienvenidos a México Inc.