martes, junio 30, 2009

Indudable

Cada día que pasa me convenzo más de que la vida exige, cuando menos, una doble apertura. Por una parte, es preciso tratar de ser Uno siempre y en todo lugar. Por otro lado, también se requiere presenciar, desde la Otredad, aquello que Uno hace. Amalgama del testigo y el protagonista.

miércoles, junio 24, 2009

Preguntas

  • ¿El lenguaje constituye las coordenadas donde nos desplegamos? ¿Alude a las reglas del juego? ¿Es el juego mismo?
  • ¿Explorar los límites del lenguaje desde el lenguaje mismo no hará estallar toda certeza?
  • ¿Centrarse en la enorme magnitud de las cosas diminutas y en la idea de que los efectos preceden a las causas (qua motores del ejercicio de mi escritura)?

jueves, junio 18, 2009

Voto por voto y partido por partido

Hasta hoy, había logrado evitarlo. Pero en estos días, el tema de la próxima coyuntura electoral es ineludible. A cada rato, en cualquier lugar, uno se siente inserto en plena Matrix, a la manera de un Neo región cuatro frente a un Morpheus de corte acapulqueñolancheril, justo en la escena en la que éste le ofrece a aquél un par de píldoras que afectarán irrevocablemente su futuro. Y no hay otra opción más que tragarse una de las dos: o votas, o anulas (con sus respectivas variantes: te abstienes, no vas a las urnas, votas por Cantinflas o Brozo, etc.). Pareciera que no hay lugar para dónde hacerse. Honestamente, me había hecho el propósito de no opinar al respecto, pero para seguir con la figura cinematográfica enunciada arriba, se hace cada vez más urgente romper la polaridad y exigir una tercera píldora. ¿Anular o no anular? Esa no es la cuestión. El dilema, por decirlo kunderianamente, está en otra parte.

Desde hace unas semanas, cada que alguien me interpelaba acerca de tal asunto, me negaba a contestar, o lo hacía con respuestas evasivas. De ésas que aluden a la secrecía del voto, a la libertad individual de pensamiento, o al derecho que tenemos los ciudadanos de votar (o no) por quien nos pegue la gana. Desde la perspectiva del preguntante, mis respuestas esquivas resultaban contradictorias, sobre todo viniendo de quien, se supone, es un estudioso de este tipo de cuestiones. Esto es así porque, como sabrán algunos, lo mío, lo mío, lo mío, es analizar tanto la apatía con respecto a la política formal, como el surgimiento de nuevos lugares donde se condensa lo político; y el modo en que ello incide en los contornos de un régimen como el nuestro. Así que pudo más la comezón que provoca la necesidad de no quedarse callado, que el voto de silencio que me había impuesto.

De modo que, a pesar de que lo respeto infinitamente, y lo considero una excelente vía para expresar el hartazgo, me parece que el ejercicio de anulación del voto, propuesto por algunos sectores de la sociedad civil, varios intelectuales, y un par de medios de comunicación es, aunque legítimo, algo terriblemente ocioso y redundante. No me cabe duda que para arrojar luz sobre el profundo desencanto de la ciudadanía basta revisar alguna de las ya varias encuestas sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas efectuadas por la Secretaría de Gobernación. Ahí queda más que clara la brecha abismal que se ha abierto entre gobernantes y gobernados. Es más, basta con sacar el tema en cualquier conversación de café para sentenciar la plática con el conocido mantra que reverbera con el eco de siempre: “pinche gobierno”. En este sentido ¿vale la pena regalar una elección (aunque sea intermedia) para evidenciar lo que es más que sabido?

Ante una postura como al que trato de argumentar aquí, no faltará quien me acuse[1] de reaccionario, gobiernista, o peor aún, protagonista de anuncio televisivo del tipo “¿tienes el valor, o te vale?”. Y está bien. Pero que no se me malinterprete. No sugiero aquí que participar en la política mediante la anulación del voto esté equivocado. Todo lo contrario. Considero que constituye una vía tentadora y significativa. Lo que me interesa señalar es que esa tendencia/invitación/¿movimiento? parte de dos premisas equivocadas. Supone, en principio, que el campo político está estructurado por instituciones políticas sensibles, verdaderamente representativas, cercanas a la ciudadanía, capaces de efectuar una lectura adecuada de los resultados arrojados por el conteo de los votos (nulos y anulados). En segundo lugar, y derivado de lo anterior, se asume que la acción de cruzar por completo la boleta (o dejarla en blanco), sin elegir a un partido/candidato en específico, va a tener —más allá del impacto mediático y simbólico— algún efecto jurídico, normativo, o incluso, moral; y dese luego, sabemos que no será así. Recordemos que los votos nulos (intencionados o no) no producen gobierno;[2] ni siquiera afectan la distribución de las plurinominales, puesto que los procesos electorales en México contemplan un principio de mayoría relativa (no se requiere, pues, un mínimo de votación para que las elecciones sean válidas). En un sistema como el nuestro, lo que vale verdaderamente son los votos contantes y sonantes.

Es más, contribuyo al caos ofreciendo mi propio pronóstico (el cual es más molesto en la medida en que nadie me lo ha pedido): aún si se contabiliza el poco más de un millón de votos anulados necesarios para que la estrategia no se confunda con las tendencias observadas en distintas elecciones intermedias pasadas, prevalecerá, como siempre, el interés individual del candidato/el interés partidista por encima de las preocupaciones ciudadanas. A lo anterior se suman los distintos vaticinios que ya se han hecho por parte de la gran mayoría de los políticos y los comunicadores: la elección la decidirá el voto duro de las dos principales fuerzas políticas en el país; de pasada, se le hará el “caldo gordo” a tales instituciones políticas y se perjudicará a los partidos emergentes (si es que hubiera tales); se obliterarán las posibilidades de reformar verdaderamente el sistema político porque en el poder quedarán aquellos a quienes no les conviene ninguna transformación; el movimiento anti-voto (por llamarlo de algún modo) responderá sólo a la coyuntura electoral, y no producirá posteriormente un colectivo que exija y de seguimiento a propuestas como, por ejemplo, la revocación de mandato, la implementación de candidaturas ciudadanas fuera de la estructura partidista, la fiscalización efectiva de la política, etc.

Visto así, el voto nulo es una daga de doble filo: por una parte documenta el vacío terrible que puebla a la política formal en México; el brutal desgaste al que ha estado sometida la ciudadanía desde que se parió el sistema político mexicano hasta el fracaso de la alternancia y la supuesta transición democrática; expone, de forma significativa, el despecho que nos generan los políticos: equivale al “¡que se vayan todos!” que cimbró a Argentina hace algunos años. Pero por otra parte, es prácticamente como regalarle a la clase política una patente de corso, una carta (boleta) endosada en blanco: contribuye a dotar de mayor poder y manga ancha a aquellos a quienes pretende afectar. Finalmente, alguien saldrá triunfador de la próxima coyuntura electoral. Aún cuando el ganador gobierne a lo sumo sólo con el apoyo de un porcentaje mínimo del padrón. En este contexto, el horizonte que se vislumbra es terriblemente incierto. Sobre todo si se considera que, para variar, hay una especie de enfrentamiento maniqueo entre jacobinos y liberales, entre rojos y azules, entre votadores y no votadores. Insisto, y vuelvo a la figura cinematográfica del principio: es preciso exigir una tercera píldora: ¿votar o no votar? Ése no es el dilema. Anular el voto no es sino una forma más de reificar el orden establecido. Ocupa el mismo estatus ontológico que el voto duro. La verdadera crítica, la más certera, es más, la única posible, radicaría en que el ciudadano de a pie, el que habita la vasta zona gris del promedio, se involucrara de lleno y en masa en la cuestión política; se preocupara por analizar a fondo las distintas plataformas electorales, que las vinculara con su vida cotidiana y decidiera su voto (diferenciado) en función de ello. Sería fundamental, pues, que como acto de protesta, la ciudadanía se plegara a la más pura ortodoxia democrática, y se volcara a las urnas este cinco de julio, y votara de manera pensada, diversa, informada. Voto por voto. Pero no sólo eso. Lo diré sin tapujos, aunque se me tache de ingenuo: sería preciso, en última instancia, que el ciudadano promedio se decidiera a ir por los partidos, es decir, que finalmente se atreviera a tomar por asalto a esas instituciones obsoletas, y que las renovara desde sus cimientos. Eso sí que sería una verdadera lección para la patética clase política.

Lo demás genera una falsa sensación de activismo y de participación; algo así como el equivalente del famoso “atole con el dedo” (y peor aún, con el dedo medio).



[1] Y desde luego, tales acusadores deberían aprender, primero, a mirarse al espejo (o si se le quiere dar un tono más espiritual al revire, deberían darse cuenta de la enorme viga que obstaculiza su mirada, antes de quejarse de la paja en el ojo ajeno).

[2] Sería preciso preguntarse, también, si realmente la votación nula produce ciudadanía.

Hermanito

¡Feliz cumpleaños! Cómo chingados no.

miércoles, junio 17, 2009

Ni modo

Ah, el alma. Definitivamente no es lo que solía ser.

martes, junio 16, 2009

Felicidades


Feliz cumpleaños, bonita. Tú y tu mami son lo mejor que me ha pasado en la vida.

domingo, junio 14, 2009

Ni modo

Frente al texto "Mapa repentino de la locura", de Rafael Pérez Gay (y frente a otros doscientos cuarenta y cinco, de distintos autores), lo confirmo: cada vez que escucho/leo cualquier canto a las horripilantes maravillas de la capital, se me cuela en el cuerpo un fuerte ataque de cariño provinciano. Claro, no tenemos Una región más transparente porque no nos hace falta. Aquí puro Llano en llamas, sí señor.

martes, junio 09, 2009

Como dice el viejo...

...y conocido refrán: Nada más ves profe y se te ofrece clase.

lunes, junio 01, 2009

Libertad (patito)


lunes, mayo 18, 2009

Zoé281107: entre el ambulantaje mainstream y las pretensiones de documental musicaloide


Leí este texto luego de la presentación del supuesto documental citado, en el marco del FICG, en su más reciente edición. Fue terriblemente divertido porque el foro estaba lleno de fans de Zoé (y tengo entendido que uno de los tipos que estaba a un lado mío es el baterista. Supongo que sí porque el pobre se puso de todos colores conforme avanzaba en la lectura. Quién sabe).  


Celebrar una década de existencia en una escena musical tan complicada —y muchas veces tan sosa y mediocre— como la mexicana, no debe ser fácil. Sobre todo cuando se trata de géneros como el rock comercial, en donde proliferan: 1. Bandas a las que la creatividad les ajustó apenas para componer una o dos canciones antes del olvido radiofónico; 2. Aprieta-botones que consideran que presionar la pantalla táctil de su iPhone y producir un “ruidito” escasamente inteligible, equivale a hacer música de avanzada; y 3. Bandas que piensan que ponerse mascaritas de conejo rábido,  vestirse con overoles de color pastel, y recitar borucas en falsete, importa más que saber ejecutar un instrumento con la mínima solvencia. En este contexto, resulta aún más difícil pensar en llegar a los diez años de existencia como agrupación con un éxito comercial más o menos sólido, un reconocimiento internacional aceptable, y buenas expectativas para el futuro. Si a ello se le suma que el festejo conlleva la manufactura de un documental que pone de relieve el trayecto que se ha recorrido, como lo hace Zoé con Zoé281107, estamos ante un evento que, por sus características, es prácticamente inédito en el contexto del rock nacional contemporáneo.

De la mano de la ya famosa gira Ambulante en su edición 2009, santopatrocinada una vez más por el dúo dinámico nada rudo y demasiado cursi que todos conocemos, así como gracias a su trasmisión por el canal que antes era de malos videos y hoy es de peores series (MTV), la cinta titulada Zoé281107 logrará ser exhibida de manera masiva frente a diversos tipos de audiencias nacionales e internacionales. Esto le otorga al filme un alcance y una exposición que muy pocos documentales llegan a tener y que, seguramente, tanto algunos de los hacedores de este tipo de cine, como muchos de los rockstars en todo el orbe, envidiarían. Nada mal para un producto adscrito a uno de los géneros cinematográficos menos redituables en materia financiera. Sobre todo en un país donde la industria del cine es bastante escuálida y privilegia sin el menor pudor la racionalidad económica  y las tasas de retorno por encima de la calidad, el arte y el compromiso ideológico.

 

Desde luego, como buena parte de los trabajos de este tipo, Zoé281107 intenta vincular el primero y el séptimo arte: la música y el cine. Más allá de lo musical, nos importa aquí la discursividad cinematográfica que le da cuerpo al filme. Para el (o la) cineasta en general, un documental, en tanto que constituye un acercamiento privilegiado a lo real, tiene detrás de sí una relación estrecha con una especie de necesidad casi patológica y obscena de narrar la verdad, es decir, de contar las cosas tal y como éstas son. La esencia de este género radica precisamente en su vinculación con el mundo, con las cosas, con los hechos. Llevado al extremo, este estilo de hacer cine puede verse como un profundo despliegue de exhibicionismo que no existe sino sólo frente a la contemplación vouyeurista y morbosa de la audiencia, que busca enterarse, por ejemplo, de los detalles íntimos de sus ídolos: ¿cuáles son sus perversiones? ¿Qué sustancias psicoactivas prefieren? ¿Con quién y cómo duermen? Sobre todo cuando los protagonistas sonrockstars  con un destino [estereotipado] que los orilla a vivir rápido y a morir jóvenes, tal como lo dicta el canon: sexo, drogas y rocanrol en exceso. Se esperaría que en un producto que se presume de documental, se explorasen por lo menos algunos de estos aspectos. Así, debido a las expectativas que produce, filmes de este tipo pueden ser un arma de dos filos: por una parte, es posible verlos como una obra de arte en toda la extensión de la palabra, pero también como una versión condensada de un reality show que erosiona en lugar de erigir. Desde ambas aristas se exponen las “entrañas”  del mundo en su devenir. Se hace, pues, de la intimidad un espectáculo: aún cuando estas formas de manufacturar un filme están “hechas del mismo barro”, por decirlo desde el certero lenguaje de la cultura popular, no es lo mismo fabricar “bacinicas que jarros”.

De modo que la arquitectura de productos como el que ofrecen Gabriel Cruz y Rodrigo Guardiola transcurren, al mismo tiempo, cuando menos en dos planos distintos: uno es de naturaleza ética; el otro es de orden estético. Esto obliga tanto a los realizadores de este tipo de cine, como a las audiencias que participamos de él, a interrogarse acerca de la construcción misma del objeto que se contempla: por un lado, estamos tentados a preguntar si en Zoé281107¿la verdad de lo que se narra en la pantalla permanece inmutable, independientemente de cualquier consideración estética?  En otras palabras ¿será que el estatus ontológico de la mencionada cinta es el mismo que el de cualquier otro documental? Si es así, debería importarnos más el contenido que la forma en que se presenta el discurso cinematográfico. Por lo tanto, estaríamos obligados a pensar en si lo que ocurre en el filme es la verdad-siempre-ya-Zoé, pura y prístina y, por ende, la verdad del rock de factura mexicana. O es, por el contrario, una manipulación conspicua de imágenes que presenta apenas una visión idealizada de lo que constituye y significa Zoé in the making, en tanto banda. Esto se hace más patente cuando consideramos que en este caso, lo narrado es visto desde dentro, está mediado por el ojo de Guardiola, quien además de contribuir a darle cuerpo al filme, toca la batería en la agrupación; ¿énfasis puesto en la forma, y no en el fondo? Se consigna los hechos y también se es protagonista. Doble papel en el que la relación objeto/sujeto se diluye. La distinción entre documental y ficción resulta evanescente. Y quizá, para algunos, irrelevante (i. e. el comité encargado de seleccionar la cartelera que conforma la gira de documentales Ambulante).  

En este sentido, en el plano estético, no cabe duda que la cinta cubre con solvencia los aspectos técnicos asociados con la arquitectura de un filme. Es evidente que cuenta con una producción y un despliegue de recursos impresionante. Resalta el excepcional trabajo de fotografía que hacen Kenji Katori y Guillermo Garza. Salvo algunos detalles, la edición a cargo de Gabriel Cruz y de Rodrigo Guardiola, también directores de la cinta,  muestra una labor sobria y dota de ritmo, organización y estructura  al conjunto de escenas que se nos proyectan. El producto como tal, en tanto objeto en sí, resulta aceptable. A pesar de ser una especie de opera prima de los directores, brilla con luz propia y consigna un dominio del lenguaje cinematográfico que es redituable. Las sanciones positivas que marcan la reacción de las audiencias que participan del filme así lo demuestran. Con seguridad satisfará las exigencias más profundas de los fans de “hueso colorado”. Y hasta las de los que no lo son tanto. Es indudable que el adecuado despliegue ornamental del filme contribuirá a que éste pueda hacerse acreedor de varios premios y reconocimientos. Sobre todo si se piensa que el producto está expuesto en el contexto de la giraAmbulante. La exploración visual cumple con creces y muestra desde un conjunto de primeros planos más o menos íntimos que colocan al espectador en el centro de la familia Zoé, hasta la vorágine de la relación afectiva que mantiene la banda con sus fans a través de la música, en medio de un concierto por demás significativo.  Pero la inquietante duda persiste: ¿Zoé281107 es realmente un documental, o estamos frente a la filmación de un concierto aderezado —interrumpido— por algunas opiniones de los integrantes de la banda, y de sus seguidores? ¿En verdad debería ocupar el mismo espacio que  Mi vida dentro, de Lucía Gajá, o que Cocalero, de Alejandro Landes, por mencionar sólo algunos? Quién sabe. Tal vez no. Sería pertinente hacer la pregunta a los citados cineastas.  En todo caso, convendría reflexionar acerca de lo que la inclusión del filme en el contexto de Ambulante nos dice acerca de la legitimidad que pudiera (o no) tener esta gira.

Por otro lado, además de mostrar los vínculos estrechos que la banda tiene con sus seguidores, y de exponer la propuesta musical a otros públicos que no son estrictamente los suyos, Zoé281107 también se arriesga a ofrecer elementos que contribuyan a entender “el panorama de la música y la cultura rock en México”. Cumplir este objetivo parece una tarea titánica que trasciende por mucho los límites de un documental. ¿Por qué? Porque asume de entrada que el rock de manufactura nacional es homogéneo y desjerarquizado, y lo postula como una esfera casi autónoma, regida por la armonía y la convivencia hermanada con la “buena vibra”. Quien haya tenido algún acercamiento a la escena del rock nacional sabrá que lo anterior es, por lo menos, una falacia ingenua que se cuela por todos lados en la sinópsis de la cinta. Desde luego, ello alude por completo al otro de los planos en los que transcurre todo documental, es decir, a la dimensión ética. Esto es crucial porque interpela directamente a la audiencia, la obliga a participar en la propia construcción de la significación y el sentido del filme, más allá del producto que se proyecta en las pantallas. Habría que situar la verdadera importancia de la obra de Gabriel Cruz y Rodrigo Guardiola precisamente en este plano, ya que, sin buscarlo, abre algunas preguntas sobre las que vale la pena reflexionar: ¿quienes hemos sido testigos del documental, realmente estamos en condiciones de entender con mayor precisión la “cultura rock” (sic) nacional? En caso de que tal cultura exista ¿la realidad que experimenta Zoé es la excepción o la regla que prevalece en el mundo del rock de nuestro país? Por supuesto, el filme no ofrece respuestas a estas preguntas. Ni tiene por qué hacerlo, puesto que su función es otra. Más bien, lo importante es que, sin pretenderlo, nos invita a plantearlas, a emitir algunos cuestionamientos acerca tanto de la industria fílmica en México, como de la escena musical roquera de la nación.

No cabe duda que habrá quien se pregunte si un grupo como Zoé tiene la densidad musical suficiente como para merecerse un documental de esta magnitud. Más aún, independientemente de la dimensión del filme, habrá quien al hacer un recuento de la cantidad de bandas verdaderamente alternativas, independientes, y con una calidad insuperable, que hay en nuestro país, cuestione (desde luego, yo entre ellos) si vale la pena hacer una cinta en torno a esta banda. Ello independientemente del género y del presupuesto invertido. Punto.  No obstante, el gusto personal ocupa aquí un papel secundario. Además, cada quien hace con su dinero lo que le venga en gana. Seguro la apuesta comercial de los productores traerá consigo buenos dividendos. En fin, lo que resulta destacable es la función que desempeña el documental con el que Zoé festeja su primera década de existencia. Esta exploración visual abre una vía prácticamente desconocida por las agrupaciones mexicanas que tienen como bandera al rock en todas sus vertientes. La importancia de Zoé281107 no sólo se reduce a su carácter individual de objeto que vincula a la música con el cine. En la medida en que la cinta logre un éxito comercial significativo, permitirá que el ejercicio se replique, y que con ello se den a conocer otras agrupaciones que, en última instancia, posibilitarán la diversificación de la muchas veces aburrida constelación del rock made in México. Nada mal para una cinta que como documental tiene todo para ser un concierto delicioso (tongue in cheek). He ahí donde deberíamos buscar su verdadera grandeza y su significado real, si es que la cinta los tiene.

martes, mayo 12, 2009

El temible Dr. Fox

“Du sublime au ridicule il n'y a qu'un pas

Napoleón

 

Hay pocos sujetos que logran descubrir la grandeza que hay en la humillación y el ridículo. Pienso, por ejemplo, en Tranquilino, el entrañable mayordomo interpretado por Fernando Soto “Mantequilla” en Los tres García, película dirigida por Ismael Rodríguez, en 1946. En principio, pareciera que “Mantequilla” interpreta un papel segundón, lleno de ingenuidad, el cual es sometido hasta el tuétano por la férrea mano de Doña Luisa (Sara García), sin duda, la abuela más popular del cine mexicano. No obstante, la figura de este actor resulta central cuando se observa a la luz del contraste que establece con Luis Antonio (Pedro Infante), José Luis (Abel Salazar), y Luis Manuel (Víctor Manuel Mendoza), los nietos pendencieros de la más vieja de la casa de los García. Cada desliz, cada ingenua estupidez, cada patético tropezón del mayordomo, constituyen el trasfondo que permite elevar a los protagonistas a la categoría de héroes, en el contexto del filme. Una lectura superficial —y errónea— de la cinta indicaría que el empequeñecimiento de Tranquilino equivaldría a la grandeza de los García. Sin embargo, basta un ligero ex-centramiento del espectador, una especie de mirada oblicua, para poner de relieve que el verdadero héroe de la película es el mayordomo. Sobran razones para argumentar lo anterior. Aquí es suficiente con señalar una de ellas: Tranquilino ejerce la función del elemento coagulante, el vacío alrededor del cual se estructura el ser de los García.[1] Así como Cristo no sería nadie sin Judas el Iscariote, tampoco los nietos de Doña Luisa serían nada sin Tranquilino. Es precisamente en la humillación, en la pequeñez y el achicamiento, que Mantequilla logra dotar de grandeza a su personaje. No cabe duda que la heroicidad está en otra parte.

                Desafortunadamente, la lógica de esta afirmación también funciona a la inversa: hay gente que sólo encuentra humillación y ridículo en la grandeza. Si no ¿qué otra cosa puede pensarse frente a la noticia que anuncia que al ex-presidente Vicente Fox le fue otorgado un reconocimiento honoris causa (así, con minúsculas) por la Universidad de Emory, en Atlanta? A la letra, el lauro le fue ofrecido por su (sic) “liderazgo internacional en temas de democracia y por sus iniciativas emprendedoras”. Con seguridad, en Emory se tomó en cuenta aquella ocasión en que, en el 2002, el entonces presichente mostró su lúcida capacidad diplomática y su gigantesco conocimiento de las relaciones internacionales, frente a Fidel Castro, entonces (y todavía) rey magnánimo de Cuba. Vale la pena darle una leída a las palabras de Vicente:

"Que puedas venir el jueves y que participes en la sesión y hagas tu presentación como está reservado el espacio para Cuba a la 1:00 pm. Después tenemos un almuerzo que ofrece el gobernador del estado a los jefes de Estado; inclusive te ofrezco y te invito a que estuvieras en este almuerzo; inclusive que te sientes a mi lado y que terminado el evento y la participación, digamos, ya te regresaras. Y así ..."  

Como se observa, la discursividad esgrimida por el ex-mandatario mexicano muestra el alcance de su visión en materia democrática y en términos de las relaciones internacionales. Como si esto fuera poco, desde antes de su llegada a la presidencia, Vicentillo ya anunciaba con bombo y platillo sus dotes de gestión en lo que refiere a la política interna: durante su candidatura a la silla presidencial, Fox aseguraba que le bastaban quince minutos para resolver el conflicto armado en Chiapas. Ejemplos como éste se cuentan por cientos: desde colocarse boletas electorales a modo de orejas de burro, en el Congreso guanajatense, hasta el (pseudo)descubrimiento crucial que desenmascaró a un sistema político nacional, lleno de víboras prietas y tepocatas, Fox ha desarrollado un conjunto de estrategias innovadoras que, sin duda, justifican el otorgamiento de cualquier honoris causa. Para aclarar este punto se requiere volver a Tranquilino: no cabe duda que, dadas las características de este personaje, intentar sublimarlo sería una ridiculez. Cada pretensión de dignificación redundaría en la humillación más bárbara. En este  mismo sentido, el enaltecimiento del ex-mandatario mexicano opera bajo una lógica similar: en la medida en que se le encumbre, también se pondrá de relieve su soberana y monumental imbecilidad. En tanto que el cuerpo se le siga llenando de reconocimientos (o de supuestos centros de investigación), se hará cada vez más y más adecuado el mote que tan atinadamente le impusiera Muñoz Ledo a Fox: el de ser un alto vacío. En fin, para cerrar este texto, resulta ilustrativo mencionar aquella ocasión en la que, a principios del 2007, Vicente dictó una conferencia magistral en Los Ángeles, en dónde puso de relieve, con precisión, su papel (papelón) en el ámbito de la construcción de lo democrático, al señalar: “América Latina debe huir de la ‘dictadura perfecta’, como lo dijo el premio nobel colombiano de literatura Mario Vargas Llosa”. No more words but honoris causa a quien honoris causa merece.



[1] Hay que tener cuidado con una lectura aún más pueril: aquella que señala que los López, la familia archienemiga de los García, constituyen la razón de ser de éstos últimos. Dicha lectura es terriblemente ingenua y carente de todo sustento. 

domingo, mayo 10, 2009

Ver llover

Una vez más la lluvia. La temible lluvia. Demos la bienvenida a los familiares rastros de agua sobre las ventanas polvosas. Saludemos a los ríos que impacientes se deslizan por el lomo de las calles arrastrando basura y penas y secretos. Celebremos cada gota,  cada inevitable resonancia cursi y, por lo tanto putrefacta, que seguramente plagará cada conversación de café;  recibamos con gusto cada patética metáfora que haga alusión al llanto, a la melancolía, y al conjunto de estados de ánimo y de buenas vibras que parece traer consigo cada temporal. Festejemos todos los sentimientos de renovación espiritual que despierta cada final de tormenta, como si el agua brindara la oportunidad de ser otro, de convertirse en alguien mejor. Esperemos, pacientes, a que el diluvio nos borre a todos para, entonces sí, arrojar la última e irónica carcajada.  

jueves, mayo 07, 2009

El robo

Primero me invadió una inmovilidad brutal, casi pasmosa. Luego vinieron la incredulidad, el coraje y la impotencia en cantidades industriales. Y finalmente, después de unos instantes en que estuve atónito, llegó la inevitable y catártica carcajada, esa especie de reconocimiento irónico que se produce cuando nos damos cuenta de que alguien se está divirtiendo a nuestras costillas. Lo único que acerté a balbucear fue: “no mames, me robaron”. Antes de continuar, quiero aclarar que, cuando de conducir se trata, soy, quizá, uno de los tipos más cuidadosos que existen: procuro ser amable y atento; respeto el reglamento de tránsito y le cedo el paso a los peatones, y me he apropiado del lema que sugiere usar más freno y menos claxon. Manejo, pues, como “viejito”. Salvo hoy, que para mi mala suerte, iba en la lela buscando una dirección. Resulta que mientras estaba detenido frente a un semáforo en rojo, trataba de identificar el nombre de la calle en la que estaba. Pero entre mi miopía, mi astigmatismo, y la conspicua ausencia de letreros indicativos, me fue imposible hacerlo, por lo que decidí dar vuelta a la izquierda en lugar de seguir derecho. En cuanto se puso en verde la luz del semáforo, arranqué. Despacio, obviamente. Insisto, no soy de esos que “queman llanta”. Entonces escuché un “clack”. Un joven a mi izquierda se vio en la necesidad de frenar bruscamente su motocicleta. No hubo rechinido ni nada por el estilo. Parece ser que le obstruí el paso. Como buen ciudadano, me detuve (no había tránsito), le ofrecí una disculpa por el espejo lateral, y seguí mi camino. Un par de metros más adelante, este joven me alcanzó. Yo me detuve, por supuesto. Con aspavientos me preguntó si tenía idea de cuánto costaba el faro que había estado a punto de dañarle. Por supuesto, le dije que no. Insistí en las disculpas, porque soy buena gente y tenía prisa. En cambio, él seguía aferrado y aferrado. Ni a él ni a su moto les había pasado nada, por lo que no entendía la tozudez del tipo. Entre grito y grito me pidió mi licencia. Hizo esto apuntando al asiento del copiloto. Yo, ingenuamente, voltee hacia donde él señalaba. Y fue entonces que aprovechó para meter su mano en el bolsillo de mi camisa y extraer limpiamente el celular que traía ahí. Así, sin más. Dijo: “ya te chingaste”, y arrancó, llevándose mi teléfono. Lo único que pude hacer fue enarcar una ceja y balbucear un “¿eh? Qué poca madre. Me robaron”.   

martes, mayo 05, 2009

Diet Coke

Cierto día, por azares del oficio, me tocó compartir la mesa con una persona a la que recién me habían endilgado los jefazos. En un intento por iniciar una conversación amena, mi compañero de cubiertos me increpó amablemente por haber ordenado una Coca-Cola de dieta para acompañar el New York que recién había pedido: “¿De dietaaaa?”, me reclamó fingiendo incredulidad.  Luego esbozó su mejor sonrisa. Seguramente esperaba alguna de las respuestas estándar que sobrevienen a este tipo de interrogantes, y que sirven de lubricante para la socialización civilizada: a. La tomo porque me gusta su sabor, no creas que soy tan superficial como para preocuparme por mi figura; o b. Es que mi nutrióloga así me lo indicó; y c. Alguna variante de las dos opciones anteriores. A ello seguiría el consabido: “¿y sabías que el endulzante que utilizan tiene componentes cancerígenos?”. “Sí, pero qué se le va a hacer. De algo nos tenemos que morir ¿no?”, sería el remate perfecto. Luego de un par de carcajadas hipócritas, se explorarían temas como el clima, el futbol o la política. Todo por la insana costumbre que tiene alguna gente de evitar a toda costa el silencio porque les parece incómodo. Pero yo, como casi siempre prefiero el callar, opté por espetarle un sólido: prefiero la Coca-Cola de dieta porque es, precisamente, la encarnación más conspicua de la nada. Frente a la perplejidad del que se dibujó en el rostro del comensal que tenía enfrente, me divertí asediándolo.  Uno ingiere bebidas por dos razones: para apaciguar la sed o por el valor nutricional de la bebida. A diferencia del vino o el agua, la Coca-Cola no satisface ninguna necesidad. Tiene un sabor extraño que te pone más sediento y además carece de nutrientes.  Los elementos constitutivos de la Coca Cola regular (o para el caso, de cualquier refresco) se encuentran ausentes. Lo que uno se bebe es la pura semblanza, un suplemento, la artificialidad en su más pura expresión. Al tomar Coca Cola de dieta, uno se mete al cuerpo el vacío, la encarnación más conspicua de la nada envuelta como si fuera algo.[1]



[1] Desde luego, todo esto no es sino un parafraseo de las ideas de Slavoj Žižek.  The fragile absolute. Or why is Christian legacy worth fighting for?, Verso, E. U., 2001. 

viernes, abril 17, 2009

Preguntas

¿Cómo hacer para identificar la distancia que lo separa a Uno de Uno mismo? ¿Cómo saber si esta distancia es, precisamente, la parte nuclear, constituva, del ser? ¿Cómo atrapar ese algo tan elusivo y escurridizo? En caso de lograrlo ¿cuáles serían las [desastrosas] consecuencias de un encuentro con uno mismo? 

viernes, marzo 27, 2009

Cómo no

El otro día, por puro goce perverso, me metí a un diplomado para tejer macramé y hacer otras gracias que, supuestamente y a la larga, me harán un mejor profesor. Pero es no es lo importante. Lo que me interesa recordar aquí es que así, de entrada, pude darme cuenta que no hay nada más naco que poner las iniciales de tu nombre en el bolsillo de tu camisa. Ugh. Y lo peor. La primera dinámica consistió en que los compañeros formáramos un círculo, ¡y nos diéramos un masajito mutuo en los hombros! Qué asco. 

Preguntas

¿Cómo se resemantiza el campo político con la emergencia de los NMS? 

1. Se supone que la resistencia deslegitima al modelo impuesto "desde arriba".
2. Las relaciones de poder están basadas en las ausencias y en los silencios, y éstos pueden ser subversivos. 
3. Asumir que los NMS están fragmentados es adoptar la óptica del poder dominante. La pretensión de unicidad es definida desde el poder dominante. Los de "abajo" no tienen, necesariamente, dicha pretensión. 
4. Frente a la idea que sugiere que los movimientos sociales no existen si no se hacen visibles, es preciso postular que precisamente dicha visibilidad generó una dependencia de los movimientos con respecto al sistema imperante: se movilizaban, sí. Pero conforme a las reglas establecidas "desde arriba". Los movimientos sociales existen aún si no aparecen en Youtube.
5. Los movimientos tienen un proyecto (que probablemente se haga visible sólo en el largo plazo). Sólo pueden trascender en la diferencia. Desaparecen cuando son asimilados por el sistema. 
6. Las estrategias que siguen los movimientos son, también, su programa. Aquéllas definen a éste. 
7. La organización jerarquizada e inflexible como tal ya no es indispensable para los movimientos. Una organización de ese tipo resulta incongruente con cualquier pretensión de desacato. 
8. La espontaneidad es un elemento constitutivo de la movilización social contemporánea.
9. Se problematiza la búsqueda de autonomía frente al aprovechamiento de las relaciones que pueden establecerse (o que existen) con el Estado. 
10. Se plantean nuevos e inéditos desafíos. 
11. Se abre la posibilidad de pensar y actuar sin estar (se erosiona la obligatoriedad de territorialidad de los movimientos tradicionales). 

viernes, marzo 06, 2009

¿Suprema libertad?

Paradoja: escribo la palabra libertad y quedo atrapado irremediablemente en el acto mismo de escribir, en las pantanosas trampas del lenguaje. Me explico: mientras disecciono con minuciosidad la memoria queriendo encontrar algún momento de suprema libertad, me doy cuenta que la búsqueda es infructuosa. Un desfile patético de recuerdos. En primer lugar, pienso que quizá lo más cercano a ello sea la sensación que me produjo aquella tarde fría y lluviosa en la que mi única compañía era la voz bajita de Gardel, la carretera y un café frío… Luego llega otro recuerdo deshilachado: la ocasión en la que poco antes del amanecer, solo, en una playa virgen, me sentí terriblemente absorbido, como si fuese parte de algo más grande que yo y que, al mismo tiempo, era yo mismo. De allí en adelante, el agolpamiento fragmentario de recuerdos es tan reducido que resulta casi obsceno. Todo esto constituye un conjunto de momentos de alegría, felicidad u otra de esas tantas piorreas evanescentes. Hablaría quizá de experiencias liberadoras [pero que lo libran a uno ¿de qué o de quién?]. Pero jamás me atrevería a sugerir que he experimentado algo cercano a la libertad suprema.

Desde los antiguos filósofos griegos, hasta John Stuart Mill  o Mordecai Roshwald, expandir o acotar la libertad ha sido una preocupación central de la teoría política. Sin duda, el estatuto jurídico que remite a la facultad natural [palabras frente a las cuales es inevitable esbozar una sonrisa irónica] que tiene el ser humano de actuar de una manera o de otra, o de no actuar, es, cuando mucho, un útil ejercicio heurístico. No obstante, la libertad es completamente algo distinto, y constituye una escalinata en espiral que conduce a… [¿qué escribir después de la vistosa “a”?]. Estatutos y facultades naturales, como todo orden moral o ético, son ideas restrictivas, relativas, construcciones históricas situadas que delimitan la frontera entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo no permitido. De modo que una definición formal indicaría que la libertad radica en mi capacidad de elegir entre esto y aquello; o entre ser y pensar así y no de otra forma. Soy libre de optar, sí, pero mi elección alude a un conjunto predeterminado de vías de acción, en cuya configuración nada tuve qué ver y, que además, si no se sigue, tiene cierto carácter punitivo. ¿Relativa libertad o títere del destino? ¿Soy yo el que elige o alguien/algo más jala mis hilos?

En este sentido, puede decirse que la libertad no existe como tal: carece de esencia, es intangible y etérea. Se construye a cada momento en el devenir cotidiano. Eufemismo vil e ideológico que está ahí en lugar de otra cosa [¿quizá como núcleo del enmascaramiento del garrote y la zanahoria que nos permiten seguir andando?]. Cuando se le evoca y se cree tenerla, la metáfora se diluye en la más pura y opresiva literalidad, dejando sólo un profundo vacío: la libertad como un abismo, como la lejana e inalcanzable línea del horizonte. La búsqueda de la suprema libertad implica reconocer la paradójica imposibilidad de su existencia.  Más allá de Berdayev, Locke, Rousseau, Hegel o tantos otros; por encima (o por debajo, quién sabe) de cualquier estatuto u orden moral, la libertad es relacional, siempre en oposición a otra cosa, blanquinegro y burlesco ying e yang de la vida diaria. Entre más se busca la libertad más queda uno atrapado en un entramado de palabras [enormes y gastadísimas] que vuelan alrededor de la idea, la rodean, intentan atraparla como si ello fuera la función de las palabras, tarea inaplazable y liberadora [¡Ja!]. La libertad, creo, es otra cosa, algo que se esfuma en el momento mismo de nombrarla. Bella evocación que no es sino pseudo-presente contaminado de pasado o de futuro, virtualidad enorme, la libertad es siempre retrospectiva o prospectiva: no bien termina uno de decir/escribir “soy libre” cuando ello ha quedado atrás, se ha convertido en libertad-ya-fue, y sólo resta la libertad-por-venir. Siempre es ayer o mañana, nunca hoy. Quizá la libertad suprema obligue al reconocimiento de la contingencia, es decir, a la aceptación a rajatabla de algo azaroso que se siente en las vísceras como un golpe seco y caliente, falsa domesticación del caos, caída ineludible en la nada. La libertad como el más puro horror, la prisión última.  

Duda: ¿qué tal si al pensar en/escribir sobre la libertad suprema hemos equivocado el camino? Es frecuente sancionar de manera positiva a quien recorre esta vía. Prácticamente toda historia dramática tiene detrás de su trama la búsqueda y conquista de mayores grados de libertad por parte del héroe en turno. Los ejemplos son tantos que resulta ocioso enumerar aunque sea alguno. Más bien, es preciso atreverse y preguntar: ¿qué tal si la verdadera libertad se encuentra en el goce perverso de quien siente en las venas la anticipación que produce la cercanía de la jeringa; o en el placer desgarrador del asesino que lentamente introduce el cuchillo en las entrañas de su víctima? Mejor aún: tal vez la única libertad posible se encuentra en la sensación que nos produce la daga alrededor de las vísceras (o en la mirada propia, cuando se posa en los ojos de nuestro atacante). Gran paradoja: si la libertad dejara de ser tal, quizá nos haría más libres. Tal vez si lográsemos reunir una enorme cantidad de aprisionamiento, la libertad podría cristalizar, estallar de repente, en otro plano. No obstante, habría que reconocer, por último, que la búsqueda de la libertad es la instancia menos liberadora. Encarcela. Cabría preguntarse si ¿acaso pensar en un momento de suprema libertad no implicaría reificar a golpe de lápiz y papel, o a fuerza de teclazos, lo inaprensible? Bah. Seguramente la libertad es la más grande mentira que nos hemos inventado para sentir una seguridad ontológica que, en última instancia, es un acto que intenta la reconciliación con… [¿con? Otra vez las palabras —las malditas palabras—].

 

 

 

 

miércoles, febrero 25, 2009

III

Desanudé el pañuelo. Querías verme. Yo deseaba tanto verte a los ojos, así, como nunca antes te había contemplado. Una década atrás, siendo casi unos niños, habíamos intentado jugar a esta locura. Cualquier lugar nos parecía adecuado para explorar las dimensiones del abismo: un estacionamiento, alguna habitación, una cochera, la noche. Pero hoy, adultos, con media vida recorrida, recién nos descubríamos. Y todo volvía a ser como una primera vez. La cama estaba ya deshecha y tú y yo aún no habíamos hecho el amor. Recostados los dos, desnudos, bastó un leve giro para que tu espalda quedara frente a mí. Te acaricié suavemente: primero tus rizos, tu cuello, tus hombros. Ansiaba sentir el calor de tu cuerpo desnudo, y que tú intuyeras mi presencia detrás de ti. Cada vez más cerca. El deseo se hacía cada vez más fuerte y profundo. Te besé en el cuello, y fui bajando por tu hombro. Mi respiración tibia te enchinaba la piel. Mis manos se aferraban a tu cintura, para atraerte hacia mí. Hacía tanto tiempo que había buscado encontrarte, y hoy te tenía en mi cama, toda tú, deliciosa, suave, abierta, completa. Sin pensarlo, mi mano buscó una de tus piernas, y la acarició: primero el tobillo, la pantorrilla, el muslo. El tacto era delicioso, y cada caricia sobre tu piel era como un paradójico déjà vu.   Lentamente, sin dejar de besarte en el cuello y en las mejillas, seguí subiendo. Busqué tu vientre, apenas un ligero roce, un breve encuentro con tu púbis, sólo una pequeña escala por el destino final. Me dirigí hacia tu pecho. Ansiaba acariciarte toda. Mi mano era un autómata. Despacio, muy despacio, mis dedos se enredaron en tu pezón, y de tu boca salió un gemido apenas audible. Tu respiración era agitada. Te inclinaste hacia el frente. Me deseabas. Buscabas sentirme más cerca. Tus manos, hasta entonces quietas, se aferraron a mis piernas. Ese era el orden natural de las cosas y ambos lo sabíamos. Yo necesitaba, cada vez más, estar dentro de ti.  

viernes, febrero 20, 2009

II

…Poco a poco nuestros pasos, torpes, nos condujeron hasta el borde de la cama. Tú semidesnuda. Yo incipiente voyeur de ti. Lentamente eliminé de tu cuerpo los últimos rastros de vestimenta. Sólo quedaba el pañuelo alrededor de tus ojos, y nada más. Te recostaste despacio. Yo permanecí unos instantes de pie, contemplándote. Buscaba memorizar los perfiles de tu cuerpo dibujándose sobre las sábanas. Y todo era como un retorno, el regreso de algo intangible, la vuelta a al punto de partida, una cálida bienvenida. “Ven”, me dijiste. Tanta soledad y tanta desnudez en aquél colchón no era posible. Me deshice de mis ropas, sin dejar de mirarte. Me coloqué a un costado tuyo. Tomé una de tus manos. La besé. Besé tus dedos, tu palma. Fui subiendo, recorriendo tu brazo hasta llegar al hombro. Tú suspirabas. Con cada beso yo estaba más cerca: el hombro, el cuello, la mejilla, los labios. Tus manos acariciaban mi espalda mientras me regalabas un beso profundo, tibio, húmedo. Giré un poco para recostarme sobre ti. Te besé en los ojos, en la nariz, en la barbilla. Fui bajando poco a poco hasta llegar a tu pecho. Mis dedos, casi autónomos, insistían en uno de tus pezones, casi como una guía, como un faro que le indicaba la ruta correcta a mis labios. Te besé lentamente. Despacio, saboreando cada centímetro de piel. Luego mis manos bajaron por tu cuerpo, deteniéndose por siglos en tus muslos. Me sentías cada vez más cerca. Mis labios insistían en recorrerte toda, y fui deslizándome por tu vientre. Casi por instinto, tus manos se aferraron a mi cabello, al mismo tiempo en que tu espalda se arqueaba, permitiéndote recorrer ligeramente tus caderas, apenas un palmo, hacia adelante. Yo seguí el descenso por tu cuerpo, muy lento. Besé tu ombligo. Una vez. Otra. Busqué tu mirada, pero tú habías echado la cabeza hacia atrás. Sin pensarlo, al sentir mi rostro cerca, separaste tus piernas un poco más. Tú respiración se hacía cada vez más agitada. Sentías mis manos sobre tu vientre, apretando tu cintura, acercándote hacia mí. Finalmente, mis labios se habían encontrado con los tuyos, con esos otros, tan únicos capaces de regalarme un beso tibio y perpendicular…