jueves, abril 27, 2006
Unos días...
I.
martes, abril 04, 2006
(Im)pensar la (post)literatura
Imposible resistir la tentación y no re-postear este texto
Desde hace poco más o menos un año yo he entrado, también, en el mundo de los blogs. Ello me ha hecho ver que la escritura es una de mis compulsiones más queridas. Escribir sin ser capaz de detenerse, narrar las sutilezas de la vida cotidiana, radicar en la inmediatez del hipertexto. Todo ello ocurre cuando se escribe en un blog. Las fronteras entre los géneros se difuminan, dejan de tener sentido. O mejor aún, se hacen visibles para poder ser atravesadas (a patadas y echando espuma por la boca). Sospecho, incluso, que al postear se crea un nuevo y efímero género: la postliteratura. No hablo de una idiotez como la literatura postmoderna, sino de una literatura del post. En la postliteratura lo escrito condiciona muy poco lo que se está escribiendo: se abre la posibilidad de de(con)struir la literatura desde la literatura misma.
Con la postliteratura el Uno irrumpe en los Otros [y viceversa] haciendo estallar la dicotomía escritor/lector. A diferencia de lo que ocurre con los textos impresos, en el blog es posible que los lectores dejen —por escrito— sus comentarios virtualmente en tiempo real, convirtiéndose así en algo más que testigos de la obra. El texto no existe salvo en la medida en que el lector-escritor lo (re)construye y se transforma en su artífice. Si la postliteratura es un género literario en gestación, requiere de un nuevo tipo de lector, uno que quizá rompa con el mito cortazariano del lector-hembra, una especie de lectoescriturista. Éste no es un híbrido estéril, sino que produce y (se) reproduce en el (hiper)texto. Por ello, la postliteratura es indigesta: exige la participación activa de los ácidos de este nuevo lectoescriturista; requiere ser convertida en una especie de bolo en el que lo literario, a final de cuentas, o se aprovecha o queda hecho otra cosa (en alguna asquerosa secreción, como ocurre con mucha literatura). Ello obliga a la toma de posturas por parte de quien lee: exige cierta complicidad del lectoescritor, un acomodamiento o una desazón, pero siempre un movimiento.
La postliteratura es efímera, fugaz, en la medida en que la retroalimentación ocurre en tiempo real. En los blogs no puede dejarse para mañana lo que se pueda leer hoy. La producción de posts es tal que el tiempo simplemente no alcanza. Y esto no es una desventaja. Al contrario, exhibe al escritor y lo coloca bajo una mirada inquisidora, como en un circo en el que el primer acto es un hombre desnudo y la gradería está repleta de payasos. En la postliteratura se reconoce que la creación literaria implica tanto al texto como al que lee [así como el hecho de abrir la puerta vincula tanto al que abre la puerta como a la puerta]. Por ello, la postliteratura es degradante en la medida en que desdiviniza al yo literario (a la figura del escritor). Permite arrojarse absurdamente a la literatura con la (des)esperanza de caer abiertos, vulnerables en la postliteratura. Al bajar del pedestal a quien escribe [o al subir al pedestal a quien lee], las bitácoras personales rompen con la idea de que la literatura es un campo autónomo, perteneciente al dominio de unos pocos. La postliteratura es y existe sólo en el momento que se lee, nunca antes ni nunca después. Puro presente, sin contaminación del pasado o del futuro. Todo aquél que tenga dos dedos de frente (y diez pesos para una hora en cualquier cybercafé) es capaz de hacer postliteratura. Por ello, ésta atenta contra las ortodoxias literarias, contra los cánones que se acomodan en los consabidos estancos: esto es una novela, aquello es un cuento, este es un ensayo, etc. Los textos postliterarios no se agotan en sí mismos, son abiertos y se reconstruyen a partir de las intersubjetividades. La postliteratura se tensa en la ambigüedad de lo post [pero sobre todo del post]: fluctúa entre ese ámbito dinámico que está más allá de la literatura [que ni siquiera es literatura] y el momento de fijar en letras las ideas.
En última instancia, la postliteratura es verborrea jeroglífica, martillar de palabras, agolpamiento de ideas. Esto es así porque escribir no es otra cosa que un juego de espejos, un hegelianismo baratísimo en el que la negación de la negación sólo afirma de manera más radical el punto de partida: hoy la literatura se postea, el post se (re)vuelve literatura y todo deviene en ¿ ? Ahora caigo en la cuenta: Barthes estaba equivocado y Homero Simpson se lo ha escupido en el rostro: no es el autor quien ha muerto, sino la literatura. Viva, pues, la postliteratura. ¡Do’h!
jueves, marzo 30, 2006
Imágenes de septiembre
viernes, marzo 24, 2006
Escalera
lunes, marzo 20, 2006
Un mundo maravilloso o la ideología hoy.
Sí. Ya fui a ver Un Mundo Maravilloso, dirigida por Luis Estrada. Desde luego, más que otra cosa, me guió el morbo. Preferí no leer ninguna crítica o reseña acerca del filme, porque no confío en las frecuentes sandeces de los encargados locales de realizar esa tarea. Además, quería entrar a la sala cinematográfica “sin prejuicios” [as if it is possible]. Esperaba una denuncia y así fue. Las atrocidades del sistema político mexicano quedan expuestas de manera clara, concisa, en el citado filme. La inconmensurable brecha entre la esfera política y la ciudadanía es puesta de relieve con un tino certero por Estrada. Las actuaciones de casi todo el elenco son poco menos que impecables. En última instancia, resulta indignante reconocerse en más de uno de los personajes. Tanto, que casi la totalidad de quienes estábamos distribuidos en las butacas soltamos una carcajada de vez en cuando. Tristísimo. ¿Por qué? Parafraseando a Clinton, no queda más que decir que: “It’s the Ideology, stupid!”.
¿Acaso no se ha convertido en un lugar común afirmar que en estos tiempos postmodernos la ideología es un término rancio y vacío? Tras el derrumbe del socialismo realmente existente, sugerir que cualquier grupo dominante tienen una estrategia que pretende privilegiar una forma de ver el mundo [weltanschauung] resulta una postura obsoleta y fuera de lugar. Un gran sector de la esfera académica actual [antes izquierdoso y radicaloide] desdeña en su jerga cualquier argumento que tenga que ver con la imposición de hegemonías intelectuales qua instrumentos de reproducción social. Los aparatos ideológicos del Estado ya no son tales. Ahora son instancias burocráticas eficientes. Si la ideología era la falsa conciencia, la (in)acción social se ejemplificaba con el precepto piadoso de: “Porque no saben lo que hacen”. La clase social subsumida tenía que ser “iluminada” (i. e. transitar de la conciencia en sí hacia la conciencia para sí) para, tras un proceso revolucionario, liberarse de la prisión ideológica, hacer estallar toda relación de dominación y convertirse en dueños de su propio destino. Convertirse en los hacedores de su propia historia. Pareciera, en última instancia, que cualquier movimiento revolucionario está, en nuestros días, muy lejano (no te ilusiones con lo que está pasando en París, mi estimado). Si es así, resulta incuestionable que la ideología ha muerto.
¿Que viva, en consecuencia, la ideología?
Sin duda.
La película manufacturada por Estrada funciona precisamente en esta dimensión. Es probable que de haberse transmitido hace unos cuarenta o cincuenta años, dicho filme habría terminado en la desaparición o el exilio de todos los involucrados en él. Los mecanismos del poder hubiesen actuado para castigar al culpable y para hacerle saber al pópulo que aquello no estaba bien. La imposición de un modo de pensar, estaba más que claro. Pero hoy, que vivimos en un régimen de apertura democrática, la libertad de expresión permite que tengamos acceso a ese tipo de información. ¿Cuáles son las consecuencias que tendrán Estrada y los demás participantes de Un mundo maravilloso? Más allá del probable beneficio económico que ello les traiga, prácticamente no tendrán ninguna en términos políticos. Cada quien es libre de decir y hacer lo que quiera. Nadie impone sus ideas. Pudiera decirse, casi sin sentir comezón, que la ideología ha muerto. Pero filmes como el de Estrada prueban lo contrario. Si antes el precepto que definía la ideología consistía en el “Porque no saben lo que hacen”, hoy, como dijera el good old Zizek, radica precisamente en el “Porque lo saben, y aún así lo hacen”. ¿Qué quiero decir con esto? Que la dimensión verdaderamente aterradora del funcionamiento de la ideología consiste en la ilusión de una libertad democrática. ¿Acaso el gesto más autoritario del régimen no consiste en permitir que pasen películas como esa? Recordemos que aún incluso la acción más subversiva tiende a legitimar un orden establecido. El papel que juega Un mundo maravilloso es estrictamente homólogo al que desempeñan los pseudocumentales de Michael Moore. Si no, ¿cómo explicar que al salir de las salas cinematográficas, después de observar detenidamente un filme como el de Estrada, no nos levantemos en armas? ¿Cómo es posible que digamos con una sonrisa irónica dibujada en el rostro que el gobierno apesta? ¿En dónde queda nuestra indignación cuando le pagamos al viene-viene que medio nos lavó el auto mientras nosotros nos tomábamos un frapuccino venti con crema batida en el Starbucks? La respuesta a estas interrogantes es clara: es la ideología, estúpido. Con más precisión: es la más aterradora forma de ideología: porque lo sé y aún así lo hago. Alguien debería prohibir películas como Un mundo maravilloso. No representan sino la cara más autoritaria del régimen y, para colmo, contribuyen a legitimarlo disfrazándose de denuncia. Qué asco.
viernes, marzo 17, 2006
martes, marzo 07, 2006
Mi(s) disco(s)/libro(s).
De un tiempo para acá he venido leyendo en varios blogs el despliegue de las preferencias musicales/literarias de sus autores. Al principio ello me parecía una demostración casi exhibicionista del gusto personal; una manera de mostrarle al mundo[1] el grado de cooltoora al que se tiene acceso. Como si recetarse a los autores más freaks, oscuros y pseudoexperimentales [as if such a thing exist], o como si escuchar la música más rara y en vinilo significara algo más que leer autores freaks y escuchar acetatos medio rayados y con un sonido tremendamente deficiente. La presuntuosa inclinación a recomendar la escucha de esta música y no de aquella/leer este libro y no aquél, me llegaba a resultar, a veces, hasta ofensiva. “Mi gusto es, y quién me lo quitará”, reza acertadamente una canción populachera. “¿Qué si a mí me gusta Pig Destroyer en la misma medida en que me gustan Rosana y Jewel?”, pensaba. “¿Qué si considero que Fear Factory es la música del futuro y que aquello que hacen los aprietabotones es todo menos música electrónica?” “¿Por qué para ser cool tengo que dejar de pensar que Bunbury es un burdo intento de Morrison y que Moderatto es la única y real banda de rock mexicano que ha habido en la historia del país? ¿Acaso Caifanes no es más que una pálida sombra de [otros pseudo músicos como] The Cure? ¿Por qué me tiene qué gustar más Paul Auster que Chuck Palahniuk? ¿O Neruda más que Luis Chaves?”, creía.
Y lo sigo creyendo.
Eso no ha cambiado. Sigo pensando que la tendencia postmoderna a la tolerancia [casi siempre de dientes para fuera] es una ficción inútil. Ya es tiempo de adoptar una postura, aún incluso si ésta es la indiferencia. En este sentido, más bien me di cuenta que el hecho de mostrar los gustos personales tiene otra dimensión, que va más allá del mero exhibicionismo. En realidad, más que un monólogo frente al lector, se establece una especie de diálogo a una sola voz, en el que el interlocutor es uno mismo. En la determinación del gusto confluye una serie casi innumerable de factores. Cierta canción de un grupo específico puede detonar los resortes más ocultos de la memoria. Es probable que una lectura transporte a un contexto diferente del que se habita, alejado en el tiempo y el espacio. Así que la tarea de elevar un disco a la posición jerárquica más alta de nuestros afectos es extremadamente agotadora. Elegir un libro es igual de aplastante. Redactar un decálogo con los gustos propios es una salida fácil. Lo increíblemente difícil es reducir la lista a una sola entrada. De manera que evidenciar las preferencias personales también implicaría una toma de postura frente al mundo: al hacer explícito que a mí me gusta esto y no aquello también estoy inscribiendo mi subjetividad en el orden simbólico, estoy domesticando en cierto modo la realidad. Y al mismo tiempo, más que un vulgar despliegue del gusto personal, se pone en suspenso el mismo logos del universo: en la medida en que se reflexiona acerca del propio ser/gusto se atraviesa un puente, se convierte uno en una especie de sujeto escindido que se contempla a sí mismo mirándose desde el otro lado. En última instancia, se convierte uno en su testigo.
Ahora creo que se puede estar en contra, a favor, o simplemente puede a Uno valerle madre lo que al Otro le guste. Lo importante radica en ser capaz de (re)construir la posición desde la cual es posible conversar con uno mismo, determinar cuál es el mejor texto/el mejor LP y atreverse a exponerlo [exponerse es someterse al juicio crítico del otro, y el que se lleva se aguanta]. Recomendar la lectura/la escucha de algo no me interesa demasiado [aunque lo he hecho muchísimas veces]. Sobre todo porque no soy nada, no quiero ser nada. Es como la discusión aparentemente superflua en la que se enfrascó I. Calvino al interrogarse por qué leer a los clásicos. Por supuesto, la salida que le otorgó este autor a dicho debate fue brillante: porque es mejor leerlos que no hacerlo. Sucede lo mismo con la dificilísima pregunta que alude a cuál es mi libro/disco preferido: determinar una respuesta puede ser inútil y vano, sin embargo, es mejor saberlo que no saberlo.
PD.
But of course: Undertow de Tool y Rayuela de Cortázar. No salgo sin ellos. De ahí pabajo la lista es interminable.
lunes, febrero 20, 2006
Carnes frías
Nel, era carnicero, el güey. Él se creía ganadero, pero ni madres. Chambeaba en una carnicería. No más. Por una puta vaca que vendió en su vida ya se creía el rey de las reses. Andaba con su pinche mandilito sangrado todo el día. Por eso tardaron en darse cuenta. Méndigo panzón. Los domingos le caía a la plazoleta. Esperaba a la Adriana, su morra, a un ladito del quiosco. Todo emperifollado, con su tejana chafa y su cinto piteado. Chale, la tejana tenía una plumita verde, no mames.
[Perdón, no me quería reír.
Y las botas. Las botas estaban re-curadas, con una cabeza de víbora en la punta.
[Deveritas perdón. Me gana la risa.
Ridículo como el sólo. Feo, el cabrón. Y le valía, al güey, siempre de volado con las gatitas del barrio. No tenía pa tragar, pero eso sí, el sonidazo en la camionetilla no le paraba. Sí, pos pura banda. Ni sé… un cabrón que canta re feo, pero que les gusta un chingo a las viejas. Sabe.
Simón, el güey cantoneaba cerca de mi chante. En la casa de la esquina, la de dos pisos. Esa mera, la blanquita con tirol. Dicen que sus carnalas se encueran en un taibol y que a su jefe lo metieron al bote. Quién sabe, la neta. Ahí sí que yo no me meto. Lo que es cierto es que estaban súper buenas, las cabronas. Y el jefe se veía medio mafioso. Pero pos hasta ahí.
La neta no sé. Yo creo que el güey estaba encabronado porque su carnalillo vio una foto de su vieja una vez que fue a mi casa. Ey. Es que cotorreaba con mi carnalito. Entonces yo todavía ni me fajaba a la güera, ni nada. Éramos compas y ya. Le puse un repegoncito de vez en cuando, en la secun, y hasta ahí. Igual que a las otras morras. Después, ya de grandes, nomás platicábamos. Ah, pero al vatillo cómo le encantaba hacerla de pedo. Un día ya se andaba partiendo la madre por querer echarme la camioneta encima. Me vio y le aceleró bien machín. Yo lo que hice fue subirme a la banqueta y el pendejo por poco se embarra en la pared. El Garbanzo iba conmigo, y casi se caga del susto. Pos es que está bien chaparro, y ha de haber visto la méndiga troca bien cabronzota. Nel, él no tiene nada qué ver.
Varias veces estuvimos a punto de trenzarnos, yo y el matapuercos. Lo mas cabrón fue un día que el pendejo ése andaba pedo. Pero su morra lo calmó y se lo llevó quién sabe pa donde. Total que nunca nos agarramos a putazos. Poco faltó, eso sí. ¿Motivos? Pos ese que le digo: una pinche foto. Y ni siquiera estaba encuerada, la güera.
A final de cuentas, la neta, fue el matapuercos el que tuvo la culpa por andar pensando sus chingaderas. Yo ni en el mundo la hacía, a la Adriana. Es más, yo tenía mi vieja. Pero el güey se manchaba y se manchaba: que por qué tiene fotos tuyas el cabrón; que mira donde me de cuenta que sí andas con ése; pinche puta arrastrada, y linduras así, le decía. Se me hace que un día hasta le pegó. Y pos a huevo, la morra me buscaba para contarme, porque estaba preocupada por mí. Lloraba como una magdalena, la condenada. Y en una de esas, pos, toma. Se le hizo.
Y oh sopresa.
Le ponía re-sabroso, la canija. O sea, el pinche matapuercos sí tenía de que preocuparse, la neta. Ya después, hasta me daba lástima. Me lo imaginaba esperándola. Hasta noble me parecía, el güey. Ahí, sentadillo en los cajetes, con su barrigota y su carita de pendejo. Y mientras la morra ocupada acá, en lo suyo. "Usté no hable con la boca llena, mija".
[Otra vez, perdón por la risa. Se me sale.
El caso es que ya entrada, la morra se ponía bien vulgarzota. Le gustaba de todo. Simón, es que me enteré que la Adriana nomás tenía la carita de santa, porque de lo demás, era bien golfilla. Pinche güera. No nomás le ponía conmigo. Andaba con un narquillo de medio pelo. A huevo. Camionetudo y con sombrero. Es que le gustaban vaquerones a la vieja. Y también con un morrito bien mocoso, fresilla. Sí, de allá arriba, de las colonias chidas. Ah, y el Negro, el minibusero, también se la dejaba caer. No si le digo. Navegaba con bandera de pendeja, pero ni al caso. Se las sabías de todas, todas. Sí, perdón.
[Chingada madre. Primero me da risa y luego me dan ganas de chillar.
No sé cómo me fue a embarcar en sus pedos, la Adriana. Ella ya lo tenía planeado todo. Me cae que sí. Hasta achacarle el bebé al mocoso fresilla ése. Quién sabe a dónde se hayan largado. Han de estar en Los. Y es que como decía mi abuelo: jalan más los pelos de una morra que los bueyes de una yunta, me cae. A mí, cuando la güera me lo insinuó, se me hizo fácil. Es que me traía bien enculado. Chale, pos si al final yo fui el que le dijo que lo hiciéramos. Méndiga güera. Ni siquiera le costó trabajo convencerme.
[No, si no estoy llorando. Es sudor.
Total, el méndigo carnicero me caía en la punta de los ésos. Estaba papa, el asunto. Y ya entrados en gastos, hasta me lo quitaba de encima. Y me quedaba con su vieja, jeje. La onda era nomás sacarle un sustillo. Nomás. Que se le quitara lo ojete y punto. Que dejara en paz a la morra. Quién chingados iba a saber que estaba malo del cucharón. Le reventó al cabrón. Puta, no le paraba de brotar sangre del hocico al hijo de su chingada madre. Y yo con el cuchillo ahí, sin saber qué hacer. Ni lo piqué ni nada. Del puritito susto se chingó. Temblaba retefeo. Sí, medio me apendejé. Lo limpié lo mejor que pude. El aserrín tirado en el piso disimulaba las manchotas de mole. Total, en una carnicería, la moronga sobra por todas partes. Ya que quedó más o menos decente lo jalé pa la esquinita. Sí, a su silla. Pos nomás lo senté medio acomodado, junto al refrigerador, donde se echaba la coyotita diaria, después de freir el chicharrón y me fui al carajo. A mi casa, pues. Cuando su patrón llegó al otro día, creyó que el matapuercos andaba pedo, como de costumbre. Lo dejó dormir la mona un rato. Hasta que se dio cuenta que el chicharrón no estaba preparado, y lo quiso despertar pa que se pusiera a chingarle. La comadre de mi jefa se dio color. Andaba desde tempra comprando su kilito de cocido pal caldo de res. Dicen que la doñita se fletó toda la acción, cuando el dueño le grito al méndigo peón: “Ora pinche panzón, ahí está la pastura. Ponte bello”. Y no respondía y no respondía. Dicen que cuando lo tocaron estaba re frío. Y bien tieso. Fue un pedo pa sacarlo de la carnicería. Se armó un escandalazo del demonio. Ambulancias, el SEMEFO y todo el desmadre. Y pues aquí me tiene. Sí, ya sé.
Pinches viejas, me cae.
martes, febrero 14, 2006
martes, febrero 07, 2006
Piti
Tuvimos que deshacernos de ella cuando le salió el tercer cuerno. Nos dolió mucho, porque ya era como parte de la familia. Le llamábamos Piti. Todos estábamos acostumbrados a saludarla al levantarnos de la cama, a sacarla a pasear de vez en cuando, a acariciarla antes de la comida, a disfrutar de su compañía. Pero luego del cuerno, haberla tenido un día más era demasiado. Pensamos en liberarla en su hábitat natural, pero sabíamos que siempre regresaría a casa, odiándonos. Era demasiado peligroso; más aún que haberla conservado. Al final, fue como cortarse un brazo o algo así (aunque de cualquier manera, si no la hubiésemos sacrificado, seguro que ella nos lo habría arrancado de un tajo). Nos lo advirtieron cuando la adoptamos: “de pequeñas es imposible identificarlas”; “todas son igualitas, preciosas, pero muy peligrosas”; “muchas veces la gente sólo se da cuenta cuando ya es demasiado tarde”, etc. Como saben, es necesario firmar un acuerdo en el que se libera de toda responsabilidad a la agencia de adopción. Pero el riesgo vale la pena. Verlas retozar al sol, escucharlas cantar, dejarlas enredarse en el cuello de los bebés, mirarlas concentradas tratando de descifrar un acertijo o apreciando las puestas de sol (a la nuestra le fascinaba esto último, sobre todo cuando le acercábamos un cuenco de grasa tibia para que lo lamiera); son un espectáculo hermoso. Si hemos de ser sinceros, debemos decir que la nuestra creció lento, por lo cual estábamos llenos de esperanza [digo la nuestra para referirme a ella y empiezo a sospechar que, más bien, nosotros éramos los que le pertenecíamos]. No fue sino hasta su primer lustro que le brotó la familiar protuberancia roja cerca de la parte más septentrional de su anatomía. Si se la acariciabas enrollaba un poco sus deditos traseros, y producía un siseo que era casi como música. Una década después le salió la siguiente protuberancia. Como es normal, ambas comenzaron a crecerle, cada vez más rojas y brillantes, hasta convertirse en unos hermosos cuernos. Pasaron cerca de siete años más, y todo parecía ir a la perfección. Como sucede con las de su especie, se le fueron cayendo las patitas poco a poco. Teníamos mucha fe en que no fuera como la anterior, que le había costado la vida al tío Adrián. Estábamos tan contentos con ella. Como sabíamos que el tiempo en que le saldría el tercer cuerno (o se le caerían los dos anteriores y se convertiría en algo aún más bello) estaba por llegar, la revisábamos a diario. Cualquier indicio o variación que notáramos se ponía por escrito en la detallada bitácora que controlaba papá. Teníamos turnos para vigilarla día y noche. La verdad es que estábamos muy preocupados. Hasta ayer, en que apareció el desafortunado punto rojo, muy cerca de su fulgorosa cornamenta. Casi al instante ella se volvió violenta, rabiosa. Había odio en sus ojos. Se agitaba horrible. Le tiró un terrible zarpazo a Juanita, quien estaba de guardia junto a ella y se había quedado dormida. Tuvo suerte. Aunque creo que la cicatriz en su rostro le va a durar toda la vida. Entonces papá, con lágrimas en los ojos, acercándose lo menos posible, la desenchufó de la corriente eléctrica. Mamá y las nenas lloraban mientras atendían a Juanita. Yo apenas podía respirar. Los mayores guardaban un pesado silencio, mientras hacían los preparativos para ir a reponerla al día siguiente. No había más qué hacer. Nadie durmió en casa aquella noche. Nadie más comentó el asunto. Todos estábamos tan tristes. Pero sobre todo, teníamos tanto miedo...
miércoles, febrero 01, 2006
Feliz (no) cumpleaños
_____Vaya que me divertí en serio. Lo que todavía no me queda claro es exactamente cuánto.
jueves, enero 26, 2006
Heteronomías
____Sin duda, la raíz poética de Caeiro evidencia la tremenda pesadez de la levedad de lo cotidiano. Pareciera que en principio, el ejercicio del oficio poético constituye, para Caeiro, una especie de vía dolorosa, un peregrinar errante, ineludible. Él no hace poesía; la poesía le ocurre a él: si Caeiro escribe porque padece, también padece porque escribe. Porque se escribe, porque se disecciona a sí mismo en cada palabra, debido a que se abre en diagonal en cada verso. La poesía lo atraviesa en la misma medida en que él atraviesa por la poesía. Y quizá esta apertura tenga como límite, como punto de contacto, la vida misma. Ésta es, tal vez, una posible clave de lectura para entender la raíz poética de este querido heterónimo: tal como decía Octavio Paz: Caeiro no cree en nada: simplemente existe
a veces a patadas y echando espuma por la boca, con un terrible dolor en el vientre. Desesperado. La poesía como un infierno histérico. ¿Será entonces que la verdadera cercanía con la vida, con lo Real de la vida, es en ocasiones horrenda? ¿Acaso más que librarse de las ataduras, la libertad no radica en reconocer precisamente una brecha irreducible y constitutiva de uno mismo? Pero en otras, cuando la distancia entre Caeiro y la vida se reduce, y sus palabras son certeras y dan en el clavo, le parece que ha logrado traducirse
____Aunque esto no siempre es así. Escribir, para Caeiro, pone de relieve una especie de incompletud, que lo obliga a reconocer que sus ideas nacen en ocasiones limpias y transparentes, pero, inevitablemente también las ideas se abortan, nacen muertas unas, y
____A ello se suma una especie de impulso incontrolable, una obsesión que le obliga a reconocer la pesadez que le provoca la escritura, el contacto con eso que imbécilmente creemos que es la voluntad, la razón. Por eso a Caeiro no le es difícil decir:
Como si escribir no fuese algo que me acontece,
Tan natural [¿pero acaso hay algo verdaderamente natural?]
____¿Acaso lo anterior no implica un posicionamiento radical que deja entrever que la poesía vive a Caeiro y no a la inversa, que ésta le emerge de manera visceral, más allá de toda Razón? De forma que el entrañable heterónimo nos aclara:
Sin pensar en lo que siento,
Escribir sería entonces, para Caeiro, una especie de instinto, algo que forma parte de su existir. Para demostrarlo, se deshace del vínculo entre Razón [pensamiento] y Mundo [palabra], por eso nos dice:
Sin usar el corredor,
Del pensamiento a las palabras
Así,
le pesan los vestidos impuestos por los hombres
El pensamiento nada, fluye, vestido de la razón, como si ésta fuera su ropa, atravesando el río de los convencionalismos: la idea de un perro tiene que hacer referencia a un perro; las buenas costumbres nos dicen que es incorrecto decir perro y pensar en una mariposa. El río está ahí. Es esta pesada vestidura la que nos hace pesado el nado.
Por ello, lo más sensato es
¿Acaso no es ésta una metáfora bellísima, en la que el sujeto es entintado por el color de la buena costumbre? Caeiro decide deshacerse de eso, y como un buen loco verdaderamente cuerdo, prefiere y procura olvidarlo. De modo que junto con el nos invita a
Luego de despojarse de todo lo sabido, Caeiro se concentra en lo visceral, en lo opuesto a la razón. Saca sus verdaderos sentimientos de dónde se los habían encajonado los mismos que le tachonearon los sentidos. ¿Quiénes son estos graffiteros de la mente?
Sino un animal humano, un producto natural,
Pareciera que abrirse, desencajonar sus sentidos, sus verdaderas emociones, implica una reconciliación con la vida. Aquí puede aducirse que adoptar la locura es, entonces, el medio para encontrarse con aquello que es verdadero en uno mismo, en ese animal humano que es en Alberto Caeiro más que Alberto Caeiro mismo, es decir,
Sabiendo claramente y sin que lo vea
Pero Caeiro llega a su fin, al retorno del viaje, a la destemplada vuelta a la realidad. Ser un animal y dejar de ser Alberto Caeiro es, sólo, ¡solo! Poesía, es decir, una mentira idiota. Amanece. Pueden verse ya las puntas de los dedos del sol. Pero y quizá más importante, hay una terrible vuelta al camino iluminado de la razón, al reconocimiento de que la locura sólo le era temporal, que el deseo de convertirse en animal humano era una quimera, y nada más. Nada más. Caeiro, poeta que se escribe a sí mismo a través de la poesía, quizá el más querible de los histéricos y el más histérico de los queribles. Pessoa no es nada sin Caeiro. Caeiro es. Y ya.
lunes, enero 23, 2006
viernes, enero 13, 2006
Esperanza
A primera vista, pareciera obligado enarbolar un sentimiento de indignación ante la designación del Dr. Simi(o) como candidato a la presidencia de la república por parte de Alternativa Socialdemócrata y Campesina. Sin duda, en los próximos días la crítica que se pretende mordaz aducirá que este movimiento constituye un golpe de estado no sólo al mencionado partido, sino a la política mexicana en general. Se hablará del retroceso que ello implica en términos del proceso democrático; que la política nacional es un circo, una mascarada, una carpa de cómicos [coloque aquí usted su propio adjetivo (des)calificativo],[1] etcétera. “¿Cómo es posible que tipos como ése lleguen a ser candidatos?”, se preguntarán algunos. “¿Acaso no implica hipotecar el destino del país en caso de que Víctor González llegue a ganar?”,[2] se preguntarán otros. Habrá varios que se desgarren las vestiduras cuando escuchen acerca del “Simisocialismo”, o que el eje de la agenda del Dr. Simi consiste en una bizarra justicia distributiva desde la que se pretende hacer más ricos a los ricos sin desamparar a los pobres, que “impulsa un capitalismo con rostro humano”. “¿Cómo es posible que alguien que hace una distinción vulgar entre mujeres “simibonitas” y mujeres “simicapaces” logre la candidatura (por supuesto, anteponiendo 100 millones de simipesos)?”.[3] Estas preguntas serán el epítome de la antesala al caos. Sigan los medios y verán. Me corto un cabello si no ocurre así. Sin embargo, desde mi perspectiva, uno de los signos más positivos de la actual contienda política consiste, precisamente, en la toma de protesta como candidato efectuada hoy por Víctor González Torres. Habrá que esperar a la resolución del IFE, y ver en qué acaba el asunto Patricia Mercado-Dr. Simi-Alternativa. De cualquier modo, una lectura más atenta de este evento podría darnos mayor confianza en nuestro sistema político. Revelaría que finalmente hemos arribado, ahora sí, a la democracia plena. Si para algunos la candidatura del Dr. Simi constituye una afrenta, un horror democrático, se equivocan. El verdadero horror estaría en la negación de su candidatura. Recordemos que la democracia consiste, precisamente en que tipos como él, incapaces, cortos de entendimiento y miras, puedan acceder a las más altas esferas del poder [recordemos hasta hoy ningún político había tenido esas características]. La postulación oficial del Dr. Simi ya no como independiente sino al interior de un partido representa, tal vez, la única luz en el oscuro horizonte político actual. Hace tanto tiempo que no tenía ninguna esperanza en el régimen; el desencanto y la apatía me carcomían de dentro hacia fuera. Antes se abría frente a nosotros el abismo de la incertidumbre. Pero hoy tenemos al Dr. Simi. Ya no estamos solos. Gracias a quien haya que darlas por esto. Ahora, a votar, por favor.
____Por cierto ¿alguien sabe cuáles son los signos ortográficos del sarcasmo?
[1] Pero ¿se da cuenta que al descalificar la candidatura del Dr. Simi y calificar negativamente a la política nacional forma parte de aquello que se pretende crítica mordaz y, por ende, objeto de crítica? Recuerde que el que se lleva se aguanta.
[2] Ojo: las posibilidades de que esto ocurra no son remotas en modo alguno.
[3] Como si Montiel no hubiese querido comprar la suya.
miércoles, enero 11, 2006
Solución
martes, enero 10, 2006
lunes, diciembre 26, 2005
Near life experience
De tal suerte, en estos días me encontré de cerca con la vida en una posada. Usualmente no asisto a esas celebraciones navideñosas, porque me resultan un poco chocantes. Sobre todo porque la mayoría de la gente se instala en un la buena ondez, y anda repartiendo abrazos, felicitaciones y regalitos por todas partes. Se perdonan las rencillas, aparentemente todo lo malo se va dejando de lado, junto con el año que se acaba, y los sentimientos están, casi como en ninguna otra época del año, a flor de piel. Chale. ¿Acaso esta especie de hipersensibilidad no nos hace quedar mal a aquellos que somos hipócritas durante los 365 días? Como sea. El lugar donde se celebraría la posada estaba semi vacío. Debí haber sabido que la falta de quórum era un signo positivo. Pero bueno, todavía no soy capaz de ver en el futuro. En fin, había apenas unas cinco personas, que ocupaban sólo una de las muchas mesas. Me sorprendió ver en una especie de improvisado escenario, unos amplificadores viejísimos, y una tarola bastante traqueteada, todo como olvidado en una esquina. Después me di cuenta que más al fondo estaban dos guitarras, micrófonos y algunos cables. Si las posadas me dan flojera, aquellas en las que hay un grupo musical de por medio me resultan, de plano, intolerables —pensé—. Irme de ahí no era una opción [así como no haber ido tampoco lo era], por lo que dispuse el ánimo para “sufrir” un poco.
—¿Una cerveza?
—¡Por favor! ¡Por favor! [dije en tono suplicante].
Luego de un rato de small talk, saludos y presentaciones corteses, me concentré en los tipos que estaban arreglando el sonido. Eran tres y ya estaban entrados en edad. Bastante entrados. Uno de ellos se peleaba con la afinación de una guitarra monstruosa de ocho cuerdas que no sonaba tan mal. Otro probaba los micrófonos. El último fumaba, arrugando en entrecejo, mientras colocaba la tarola en medio de los amplificadores. Comencé a sospechar.
—Sí, bueno, sí. Uno, dos, tres. Probando. Somos el grupo Mandalay. Buenas noches.
Y luego, sonó la música. Acapulco Tropical, Mike Laure, La Santanera, La Matancera. Salvo Laclau, nadie entendía porque yo tenía una sonrisa gigantesca plantada en el rostro. Era la vida, my friend, la verdadera vida.
PD
King Kong es una gran comedia (casi estoy seguro que Peter Jackson se revolcó de la risa la primera vez que la vio terminada). El Umbral (Stay) y I Love Huckabees son, por mucho, las mejores películas (que vi) en este año.
PD.
Con éste me retiro. Luego de una prolongada estancia en el sur oaxaqueño, ¿qué mejor que el norte tijuanero? Si andan por allá, nos vemos. Si no, nos vemos por acá en enero. Abur.
martes, diciembre 13, 2005
Yo (me) acuso
Y todavía te jactas. Shame on you.