lunes, abril 19, 2010
Furia de Titanes (reloaded)
sábado, marzo 20, 2010
Des-memorias
Y sin embargo… En noches como las de anoche, en las que de pronto se extraña tanto y tan fuerte, es preciso dejarse llevar, admitir la propia imbecilidad, y escarbar en el recuerdo. En esas ocasiones, hay que otorgarse una pequeña licencia, dejarse envolver por esa especie de sutil saudade, y sentirse invadido por la memoria. Fluir. Acudir, imaginariamente, por ejemplo, a ese departamento con vista al mar, en el que azarosamente coincidieron tantas voluntades, tantos desgarramientos, tantas distancias y ausencias. Abrir la ventana, contemplar la mesa repleta de manzanas verdes, queso crema con especias (receta secreta) y vasos llenos de nebiolo. Instalarse una vez más, en medio de esa especie de versión de El Club de la Serpiente, reunido sin convocatoria previa, casi como una necesidad, como un instinto. Situarse en el centro del desparpajo, abusar de la más pura rebeldía que nos caracterizaba en aquellos tiempos (y ni siquiera hace tanto; y ni siquiera éramos tan rebeldes). Y conversar. De todo y de todos. Compartíamos las soledades. Bastaba la más ligera provocación para desatar el caos. Ejercitábamos, con firmeza, la virtud de arrebatarnos la palabra, de contradecirnos y de devastarnos verbalmente, quizá como una preparación, que para eso estábamos ahí. Eran suficientes un vaso de vino, un tango, y una manzana verde. Poca luz. Y sobre todo, la familia postiza: Carlos y Ietza, Elsa, Leo y Lina, Cony y Javier, Laclau y yo. ¿Qué andarán haciendo ahora todos y todas? Demonios con la nostalgia.
[Suspiro].
Esa era la vida. La verdadera vida.
domingo, febrero 21, 2010
Massive Attack
Luego del intermedio y las obligadas abluciones, a eso de las diez de la noche, después de la intensa labor de tramoyistas y roadies, Massive Attack, bueno, el pornógrafo Robert Del Nadja y un chingo de buenos y sólidos músicos, salieron a escena. La verdad es que no recuerdo exactamente el songlist. Y tampoco me importa demasiado. Lo que es cierto es que tocaron Teardrop, Angel, Splitting the Atom, Safe from Harm, y cómo no, Karmacoma. Aparte de disfrutar del buen espectáculo auditivo, yo me entretuve sobremanera con la pantallita de LED’s que estaba detrás del escenario. Me gustó la idea políticamente incorrecta de presentar, primero, frases que parecían extraídas del videojuego Battlefield; cifras que contrastaban la abismal brecha entre los países ricos y pobres; dibujitos lindos de soldados; y por supuesto, casi para terminar, el clásico y esterotipado: ¡Viva México, Cabrones! (gritos de emoción de parte del público). Todo ello en español y prácticamente sin faltas de ortografía, lo cual se agradece. Aunque, por supuesto, ese tipo de activismo equivale a los llamamientos a la paz que hacía Mafalda en sus mejores tiempos: no sirven para nada, pero se ve bien hacerlos. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Cerca de hora y media después, el set se terminó, para dar paso a un buen encore constituido por un par de rolitas más (mis favoritas; tanto que hasta me puse a danzar en mi lugar). En fin, lo que vale la pena poner de relieve aquí fue que el toquín estuvo “curada”, que Laclau se desmadejó todita cuando escuchó la vo-o-o-oz de Horace Andy, y que el Ge se levantó a bailar un rato, aunque le dio vergüencita que yo lo viera. Buena noche y concierto chido. Ya nada más me falta conseguir boleto para ir a ver a Metallica, y rogar que pronto, a algún espectaculero, se le ocurra traer con urgencia a Tool.
domingo, enero 24, 2010
Paseo Chapultepec
¿Cómo decirlo sin que suene ofensivo? Nah, me vale madres. Seguro que la sensación de incomodidad y coraje que se clava en mi voluminosa panza, y que me sazona de amargo la saliva, no me dejará ser complaciente ni amable. Resulta que hoy/ayer, luego de andar del tingo al tango durante todo el día, metido en pendientes mundanos, decidimos subirnos al Gonzalezmóvil e ir al Paseo Chapultepec, en la tarde/noche. Teníamos antojo de bossa nova, y quizá de un buen tinto, así que nos lanzamos a probar suerte, nomás, por no dejar, puesto que el programa coincidía con nuestras pretensiones. Todo iba bien: encontramos estacionamiento pronto, sin mayores contratiempos, alcanzamos todavía la proyección de una caricatura para peques, y cuando ésta terminó, nos pusimos a “chacharear”, es decir, a recorrer los puestecitos para ver qué se nos ocurría comprar (ajá, entre ridículas pinturas del rostro de Cristo y patéticos cochinitos de alcancía, la decisión era muy complicada). El caso es que, como casi siempre que salimos, llevaba mi camarita al hombro. Y por supuesto, se me ocurrió tomar un par de fotografías. Luego de haber hecho esto, seguí caminando. Me detuvo un compañero para mostrarme un par de ilustraciones que, según él, había dibujado a “mano alzada y en tinta china”. Sabe. Una me gustó, por lo que decidí comprársela. En eso estaba, cuando siento una palmadita fofa en la espalda. Voltee y era algo como una mujer que, con cara de pocos amigos, señalaba mi cámara: “oiga, aquí no puede tomar fotos”. Lo primero que hice fue pensar: “ah, chingá, acabo de tomar dos. O sea que sí pude”. Como ocurre siempre que alguien me importuna, la recorrí de arriba abajo con la mirada, alcé la ceja izquierda con harto desprecio, y seguí la conversación con el supuesto artista. Desde luego, Eso-que-era- algo-como-una-mujer, embistió de nuevo: “el reglamento; aquí tenemos un reglamento, y usted no puede tomar fotos”, dijo. “¿Ah no?”, dije para mis adentros. Para entonces ya estaba yo dispuesto a estrellarle la cámara en lo que Eso-que-era- algo-como-una-mujer tenía por rostro. “Bueno, a los puestos y a la mercancía sí, pero a los que vendemos, no”, agregó, en tono autoritario. “A ver, ¿qué chingados te preocupa?”, contesté. “A mí no me interesa tomarle fotos a la gente. Hoy tenía ganas de fotografiar luces, y eso hice”. “Ay sí, luces”, dijo la Cosa. Y me puse a explicar, como imbécil, acerca del diafragma, y la velocidad de obturación, y el barrido, y otras tantas pendejadas que desconozco, pero que cuando se recitan, lo hacen sonar a uno como si fuera todo un profesional. “Pues déjeme ver las fotos”, interpeló Eso-que-era- algo-como-una-mujer. Y yo, de imbécil, accedí. No sé por qué lo hice. Y en realidad eso es lo que me rete-emperra: haberme sentido fuera de balance; haber accedido a sus estúpidas peticiones; haberle hecho caso. Carajo. Estábamos en un espacio público, y puede haberme pasado sus méndigos reglamentos por el Arc de Triomphe. Quizá pensé en que ella se sentía paranoica y temía ser secuestrada, o algo así. Pero ni al caso. ¿Qué le iba a pedir de rescate? ¿Su gorra de trailera? Chale con la raza. Mi “delito” fue haberme parado en uno de los cajetes, haber apuntado mi cámara, y haber dado click. Eso bastó para que la Cosa me acosara asquerosamente ¿de haberle tomado una foto a su cactus? Ahora, luego de reflexionar en torno al asunto, entiendo que más que paranoia, lo que ella tenía era un deseo ferviente de ser retratada junto al montón de libritos de superación personal que tenía en su puestecito. Pobre. Hubiera bastado con una simple petición (con la consabida negativa de mi parte; yo no fotografío pendejas). Pero ¿pobre ella o pobre yo? Al final de cuentas, Eso-que-era- algo-como-una-mujer terminó por amargarme la estancia en el paseíto snob. Mejor nos regresamos a casita de inmediato, a masticar vidrio gélido. Chale. Eso me pasa por querer andar de pinche culturoso. ¿Cuándo aprenderé a distinguir las cosas que verdaderamente valen la pena? De cualquier modo, para la próxima, voy y le tomo fotos a la mingada chadre de Eso-que-era- algo-como-una-mujer. Me cae. Nomás por puro gusto.
lunes, noviembre 16, 2009
Un sol cirquero
jueves, octubre 15, 2009
A quien corresponda
El cuadro completo.
Yo, tan obstinado, megalómano y soberbio como siempre, creía que, llegado el caso, iba a ser uno de los sobrevivientes de un avionazo. Lo que no había tomado en cuenta era lo fácil que era derrumbarme. Bastó un piquetito de un bichito, para que otro bichito todavía más pequeño se me colara en la sangre y me pusiera en mi lugar. Vaya madriza. Disfuncionalidad total. Dolor en partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían. Choque de frente contra la propia mortalidad.
Así o más frágil.
Y me da coraje. Primero en términos personales, porque ¿cómo es posible que un mosquito, etc.? Luego, la pregunta inevitable ¿qué es lo que están haciendo realmente las autoridades para combatir esta epidemia? (¿o cómo llamar a esta afección cuando conozco familias en las que más del 50 % están enfermas de gravedad?). Sé de buena fuente que los servicios de salud han probado ser insuficientes para dar atención a la población afectada. Ojalá y no pase, pero me preguntó qué pasará cuando empecemos a caer muertos por docenas. Vaya pues, mi reclamo (que es más bien mentada) a las autoridades sanitarias, desde esta pinche postración que, para alguien hiperactivo como yours truly, es como una prisión pestilente. Minguen a su chadre.
Atte
Yo
PD
Ahí me disculpan las incoherencias. Es la fiebre la que escribe.
miércoles, septiembre 02, 2009
Jazzeando
miércoles, agosto 26, 2009
Arrabaleando
*Texto que se uso en la producción de Puerta Uno, el programa radiofónico del CUCSH.
martes, agosto 18, 2009
Arqueología del yo. Relato mínimo de una breve trayectoria académica
Vaya tarea tan placentera —y complicada al mismo tiempo— la de poner por escrito, en el reducido espacio de alguna cuartillas, el conjunto de accidentes institucionales a los que con ironía y comicidad me atreveré a llamar “carrera académica”. ¿Por dónde comenzar? ¿Qué criterios utilizar para darle relevancia a ciertos aspectos y relegar otros al más puro olvido? ¿Desde qué perspectiva narrar y para quién? Quizá en esta ocasión iniciar por el principio resulte lo más sensato. Tal vez sea adecuado acudir a la introspección desde una mirada foucaltiana, y escarbar en la memoria casi como una especie de arqueología mínima del yo. Aunque es preciso reconocer que toda rememoración es un viaje infructuoso, un esfuerzo que intenta domesticar cronológicamente el pasado. Por ende, el itinerario es caprichoso y elige al azar los puntos que constituyen su trayecto. Antes de continuar, quiero aclarar que, como es evidente, en esta reunión hay personajes con verdaderas trayectorias, las cuales debemos seguir con admiración y respeto; y por supuesto, aprender de ellas. En cambio yo, como dijera Juan Rulfo, soy un simple ovejero. Por ende, en mi intervención trataré de no aburrirlos con el recuento de un currículum que es escueto en comparación con el que ostentan quienes nos acompañan aquí. Más bien, buscaré, en la medida de lo posible, enfocar la nostalgia en aquellos pequeños eventos que se sitúan más cerca del margen de la actividad institucional, pero que al final de cuentas, también contienen una fuerte carga de significado y que dan sentido a lo que uno hace.
En primer lugar, no está de más señalar que todavía soy relativamente nuevo en este pequeño mundo de la Academia. Hace apenas un par de años que egresé del doctorado, y me incorporé al campo laboral como profesor investigador en la Universidad de Guadalajara; casi sin pena y con muy poca modestia señalo que a pesar de ser el integrante más joven de mi departamento, hasta ahora soy de los más productivos, como buen egresado de El Colef. Por supuesto, hablaré sobre este punto más adelante. Por ahora es pertinente mencionar que este recorrido empezó hace poco más de una década, una mañana de agosto de 1997, en la que llegué al Instituto de Estudios Económicos y Regionales de la Universidad de Guadalajara (INESER), para cumplir con el servicio social al que estaba obligado. En ese entonces cursaba el último semestre de la facultad, trabajaba por las noches, y la idea de hacer un posgrado era apenas una inquietud mínima y bastante dispersa. Ahí conocí a Basilio Verduzco y a Basilia Valenzuela, egresados, también, del Colef. Aún cuando en otra parte les he agradecido infinitamente por haberme regalado el norte, creo que no están conscientes del impacto real que tuvieron en mí. A partir del día en que crucé el umbral del INESER, y que comencé a trabajar con ellos, supe exactamente qué quería hacer con mi vida: dedicarme por completo al oficio de investigar.
La atmosfera que reinaba en segundo piso del edificio B del CUCEA —donde estaban ubicadas las oficinas del INESER— aquella mañana de 1997 (el cual, casualmente, más de una década después, albergaría las instalaciones de otra institución universitaria en la que fui directivo; pero de lo cual hablaré más adelante), me indicó que no había vuelta de hoja. “Esto es lo que quiero hacer”, me dije. Desde entonces y hasta ahora he estado atravesado por un conjunto de circunstancias y encuentros, la mayoría afortunados, aunque otros no tanto, que me han permitido cursar una maestría en una de las mejores escuelas del país, y luego un doctorado en otra institución también de altísima calidad, para después venir a conversar acerca de ello hoy aquí.
En fin, mi estancia en el INESER se extendió por poco más de un año. En ese periodo aprendí muchas de las minucias y vericuetos del oficio de investigar: desde la redacción básica de una ficha bibliográfica y la identificación de problemáticas sociales, hasta mis primeros coqueteos con los Sistemas de Información Geográfica y el manejo intensivo de bases de datos. No me cabe duda que la experiencia que obtuve en aquel entonces fue crucial para lograr un desempeño adecuado en mi tránsito por el Colef. Antes de terminar el servicio social, Basilio y Basilia ya me habían contratado como asistente para ayudarles en diversos proyectos (entre los que destacaban temáticas ambientales y tópicos como el de la migración). El trabajo era intenso, pero también había tiempo para departir. En una de las tantas ocasiones en que ellos me invitaron a comer, durante la sobremesa, trajeron a colación la existencia de El Colegio de la Frontera Norte; y por supuesto, de la Maestría en Desarrollo Regional, de la cual eran egresados notables. Sobra decir que conforme me había adentrado en las labores de investigación, el interés por seguir con mi preparación académica creció, y en las semanas siguientes a aquella comida me dediqué a buscar información sobre el posgrado que ellos, con intención maquiavélica, habían mencionado. Recuerdo con claridad esa fecha porque celebrábamos mi cumpleaños número 23.
El trabajo en el INESER continuó sin demasiados sobresaltos. Terminé mi carrera y en 1998 me gradué a través de un mecanismo que la Universidad de Guadalajara recién estrenaba, y al que denominó como “titulación por desempeño académico”. Ello gracias a que obtuve el tercer mejor promedio de mi generación. En los días en que esto ocurrió, también realicé el examen de admisión para ingresar en la Maestría en Desarrollo Regional, y envié la documentación correspondiente al Colegio. La suerte estaba echada. Una tarde de julio de ese año, regresé a casa de trabajar como siempre, y encontré a mis familiares llorando en la sala (no sé si de tristeza o de alegría porque me marchaba). Habían recibido una llamada telefónica de parte de Marla Morales, entonces asistente de la Maestría, para comunicarles que había sido aceptado en el programa de posgrado impartido en el Colef. Era preciso presentarse a clases el 7 de septiembre, a primera hora. Sobra decir que en esos días el cuerpo se me llenó de maletas, y la brújula apuntó, determinada, hacia el norte.
II
En este punto quiero hacer una pequeña digresión para recordar Tijuana y lo que ello ha significado para mí. Tal vez lo más correcto sería iniciar esta parte de la intervención con mi llegada al Aeropuerto Internacional de la ciudad menos austral de México; con las sensaciones que experimenté al bajar del avión; con el orgullo que me infundía —e infunde— sentirme parte del Colegio de la Frontera Norte; con el primer desconcierto que me provocó enfrentarme al “pollero” que, ante mi evidente provincialismo, intentaba convencerme de que sus precios eran los mejores, y de que con él, el paso al otro lado estaba garantizado. Quizá debería mencionar que la situación geográfica de las instalaciones del Colef me resultó espectacular, privilegiada, idónea, y que esa sensación nunca me abandonó durante los cinco años que rondé por aquí. Sería pertinente hablar de la enorme calidad de las cátedras (verdaderas conferencias magistrales) que recibí a diario en las aulas; de las discusiones en los pasillos; e incluso, de los enormes debates establecidos en la cafetería, a la hora de ingerir los no tan sagrados alimentos. Sin duda, resultaría fundamental retratar cronológicamente la atmósfera reinante, por lo menos la de mi generación, la cual era una mezcla de la bohemia más radical con el compromiso estudiantil más profundo. Pero sería incoherente de mi parte pretender someter a un supuesto orden la experiencia de una ciudad inaprensible, caótica, que se esfuma en cuanto se intenta capturarla, y que aparece cuando pretendemos olvidarnos de ella. Por eso insisto que hay ocasiones en que enfocarse en los pequeños detalles resulta más productivo que ofrecer una mirada panorámica. De ahí la pertinencia de intentar una arqueología del yo.
En este sentido, rescato del olvido, o mejor dicho, de los polvosos pasillos de la memoria, algunos momentos que me marcaron de manera profunda. Tengo presente, por ejemplo, la soledad brutal de mi primer resfriado en tierras tijuanenses: aniquilado en el frío exilio de un colchón de tercera o cuarta mano, que escupía resortes por todos lados, escuchaba el rugir de los obligados fuegos artificiales que demarcan cada 16 de septiembre. Otro momento imborrable: luego de haber habitado por varias semanas el departamento de Playas donde vivía, me di cuenta que éste tenía vista al mar; ello gracias a un extraño día soleado entre tantas neblinas. Uno más: las interminables y sabrosísimas noches que transcurrían en La Ballena, El Estrella, El Dandy del Sur o El Adelitas, esos lugares donde el aire se tornaba duro, y la realidad dejaba de ser imaginaria, a los cuales uno acudía por un purísimo interés antropológico; bonito eufemismo que usábamos en aquel entonces para disfrazar la sed de noche, juerga y cantina que nos habitaba.
III
Como quiera que sea, luego de esta digresión más bien afectiva y poco ortodoxa, volvamos a lo aparentemente importante. No quiero dejar de comentar que cursar la maestría implicó, para mí, un esfuerzo doble. Sin duda, tuve una preparación universitaria excelente en lo que refiere a las ciencias económico-administrativas. En consecuencia, a diferencia de mis compañeras y compañeros que habían egresado del área de humanidades, yo me vi forzado a aprender, también y a la par, el lenguaje de las ciencias sociales. Desde luego, ello me costó más desvelos y contrariedades de las que quiero acordarme. Pero al final de cuentas, considero que esta especie de “aprendizaje paralelo” rindió frutos, y me otorgó una perspectiva más amplia y diversa que no podría tener si hubiera sido de otro modo. Ahora trato de transmitir a mis alumnos dicha perspectiva, o por lo menos la necesidad de contar con cierta apertura; intento fomentar la disposición a maravillarse continuamente.
Por supuesto que volveré sobre las satisfacciones que me brinda la actividad docente. Por ahora me interesa enfatizar el hecho de que los encuentros afortunados son cruciales para la configuración que adquieren las trayectorias académicas. En mi caso, fue determinante el vínculo que establecí con Nora Bringas, actual Directora General de Docencia de esta casa de estudios. Ella fue quien en realidad condujo a buen puerto la tesis con la que me gradué de esta institución (y por qué no decirlo: en gran parte, gracias a su disciplina férrea, a sus conocimientos, y al empeño que pone en cada cosa en la que se compromete, Nora es la merecedora de la mención honorífica con la que fue premiado mi trabajo). Pero no sólo eso. Aparte de brindarme su incondicional amistad, también me abrió las puertas para que, una vez titulado, se me invitara a laborar aquí, en el Colegio, como investigador asociado. Junto con Lina Ojeda y Roberto Sánchez (de la UCSC), Nora me permitió participar en un proyecto que buscaba conjugar un Atlas de Riesgo para la ciudad de Tijuana. Fue mi primera experiencia, por demás desafiante y satisfactoria, en el campo de trabajo real, ya no como asistente, sino como investigador. Ni siquiera había cumplido 28 años. También, durante ese tiempo, comencé a dar clases en la Universidad Autónoma de Baja California. Sé que no es tema de esta reunión, pero no quiero dejar de mencionar que ahí conocí a la que todavía es mi cómplice en esto de caminar por la vida.
En aquellos años, mis planes estaban centrados en realizar un doctorado. Roberto Sánchez me había sugerido que hiciera los trámites pertinentes para ingresar en uno de los programas doctorales que se ofrecían en la institución en la que él trabajaba, puesto que se me otorgarían todas las facilidades para asegurar mi estancia allá. Por supuesto, a mí me resultaba tentador en extremo y comencé a hacer los planes correspondientes. No obstante, quienes son espirituales piensan que planear el futuro es una de las pocas cosas que le provocan sonrisas socarronas a Dios. Los que estamos lejos de los asuntos divinos, y creemos poco o nada en ellos, asumimos con gusto el carácter indomable de la contingencia y el caos. Como quiera que sea, en el 2002 tuvo lugar la que ha sido la jornada más difícil de mi vida. Un día, justo antes de venir a trabajar al Colegio, recibí una llamada que anunciaba que a mi madre le aquejaba una enfermedad terminal y que había que prepararse para lo peor. Esta especie de inmersión en la finitud me escindió de manera brutal y me hizo replantear gran parte de lo que hasta entonces era mi vida. Sin dudarlo, decidí intempestivamente regresar a Guadalajara, sin tener claro qué era lo que iba a hacer más adelante. Empaqué buena parte de mis cosas, y tomé el avión de regreso, prácticamente sin despedirme de nadie. Mi particular y eterno retorno al origen ocurrió un domingo 30 de junio de 2002. No quiero hablar mucho de esto. Sólo diré, junto con Luis Chaves, el único poeta que importa, que todo el invierno es agosto, y llueve siempre como su voz.
IV
Los últimos cinco años de mi vida han sido realmente intensos. Lo más importante que me ha ocurrido es que me convertí en padre de una niña que cada que está junto a mí, me sonríe con todo el cuerpo y me regala el universo entero con cada mirada. Desde luego, ella opaca por mucho cualquier cosa que pudiera contar a partir de este punto. De cualquier manera, aunque sé kunderianamente que la vida está en otra parte, me esforzaré por centrarme en lo académico. En el 2006 me gradué con honores del doctorado en Ciencias Sociales que ofrece el Colegio de Jalisco. Al igual que aquí, allá departí con profesores y estudiantes admirables, con quienes discutí por horas, y de quienes aprendí algo nuevo cada día. Como dato curioso, justo en la fecha en que se me terminaba la beca Conacyt que me permitió sostener mis estudios, casi de la nada, recibí una llamada telefónica para invitarme a laborar como director de investigación del Centro de Estudios de Mercadotecnia y Opinión de la Universidad de Guadalajara (CEO). Dicho Centro era una especie de franquicia del INESER, y su principal campo de acción, entre otros tópicos, era el estudio del ámbito político local y nacional; la oficina que ocupé durante el año en que laboré en la mencionada institución era, precisamente, aquella en la que casi una década antes me apretujaba con otros tres asistentes cuando comencé a trabajar con Basilia y Basilio. No cabe duda que la querencia es fuerte y siempre se vuelve al punto de partida. En fin, mi participación en el CEO me trajo experiencias invaluables que valdría la pena relatar, pero como siempre ocurre en estos eventos, el tiempo es terriblemente corto y temo que en cualquier momento me manden callar.
Hasta aquí me había resistido a poner demasiado énfasis en mi currículum. Pero también entiendo que la reunión que nos convoca tiene como uno de sus ejes la idea de compartir nuestra experiencia profesional. Por lo tanto, trataré de enunciar de manera breve qué es a lo que me dedico en estos días. Luego de haber cursado el doctorado en Ciencias Sociales en el Colegio de Jalisco, y después de haber trabajado como director de investigación en el CEO, en enero de 2008 me incorporé como profesor investigador al Departamento de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad de Guadalajara. Unos meses después fui aceptado en el Sistema Nacional de Investigadores. Mi línea de investigación principal tiene que ver con la construcción de la democracia en Jalisco, y sobre todo, con el papel que en ello representa la juventud. He escrito varios artículos sobre estas temáticas, y estoy finalizando un par de libros que espero parir lo más pronto posible. Cabe destacar que también me fue asignada la tarea de coordinar la Maestría en Gestión y Desarrollo Social de la mencionada casa de estudios, la cual es de reciente creación, y se busca que en el cortísimo plazo se incorpore al Padrón Nacional de Posgrados de Calidad. Aparte de ello, junto con otros compañeros, produzco un programa de radio titulado Puerta Uno. Discusiones sobre Estado y Sociedad, el cual es un espacio en el que los investigadores del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades divulgan sus líneas de investigación de manera más o menos accesible en la estación de radio de la Universidad. Por último, no puedo dejar de mencionar que la docencia es una de las tareas que más satisfacción me genera. Quizá por ello poco a poco el cuerpo se me ha llenado de clases y más clases. Es que, tal vez después del goce corpóreo y el ajedrez, estar frente a grupo es una de las actividades que me produce más descargas tanto de endorfinas como de adrenalina. Entre las materias que imparto y que me resultan más entrañables destaco Sociedad y poder político (licenciatura en Sociología), Métodos cualitativos de investigación (licenciatura en Comunicación Social), Cultura política (Maestría en Ciencias Sociales) y Tendencias actuales del desarrollo (Maestría en Gestión y Desarrollo Social). Por supuesto, la formación que obtuve en el Colef ha sido fundamental para mi desempeño en todos estos campos.
V
Pues bien, llegamos al final de este trayecto. Le dediqué mucho tiempo a pensar cómo terminar esta intervención. En principio, la afirmación más contundente que puedo emitir a manera de conclusión indica que todo tránsito por la Academia es un proceso abierto, muchas veces fortuito, flexible, e influenciado por el conjunto de redes y relaciones que se establecen a lo largo de la vida. Pero una vez dicho eso, me quedaba todavía una especie de desasosiego, una necesidad de contar más. E Inevitablemente, mis pensamientos volvían a Tijuana. Ahora que ha transcurrido casi una década de que, como el caballo blanco, también saliera un día domingo de Guadalajara, con la mira de llegar al norte, comprendo que experimentar Tijuana, que vivirla, al menos del modo en el que yo lo hice, exigía una triple apertura. Por una parte, quizá situada en el centro de mi estar aquí, se ubica la férrea disciplina y las demandas del mundo académico. Estudiar una maestría en el Colef realmente requería una entrega y un compromiso totales. Puedo decir, con orgullo, que en sus aulas —y también, de manera significativa, en los pasillos— conocí y conversé con alguna de la gente más lúcida e interesante con la que me haya topado nunca. Sus huellas están aquí por todas partes, indelebles, en esto que soy ahora. Y todo lo apr(h)endido ha mostrado ser eficaz en otros contextos, más allá del ámbito académico. Suena a cliché, pero haber vivido en Tijuana es lo que podría denominarse como una near life experience. Para ilustrar lo anterior quiero recordar una anécdota de esas que se cuentan como si le hubieran ocurrido a uno, que resume a la perfección la vida [muchas veces monacal] en el Colef: luego de varios días y noches de observar las actividades de un grupo de jóvenes, uno de los guardias de la institución pidió audiencia con el director. Ello con el objeto de hacerle saber a éste que había estado vigilando a unos sujetos, y había descubierto que éstos eran unos desobligados y que por supuesto tendría que echarlos a patadas del Colegio. ¿Por qué? Porque no trabajaban ni hacían nada. Permanecían en las instalaciones hasta altas horas de la madrugada, improductivos, y a lo único que se dedicaban era a estar ¡leyendo y escribiendo día y noche! Desde luego, eran estudiantes.
En segundo lugar, más hacia la periferia de mi estar aquí, en el norte, emergía la necesidad de sorber la médula de Tijuana, ciudad rizoma, fragmentada, viva. Aquí lo que me viene a la memoria son los detalles ínfimos, como el lugar en el que viví durante el primer mes de esta aventura norteña, el cual no tenían ni un solo mueble, ni gas, ni energía eléctrica; ahí nos apretujábamos seis flamantes alumnos. Además, recuerdo con añoranza las septentrionales e intensas discusiones que sostenía con mis compañeros hasta altas horas de la madrugada, aderezadas siempre con vino tinto, queso crema, manzanas verdes y Carlos Gardel. Éstas, casi siempre giraban alrededor de los temas menos trascendentes [y por ello importantísimos] que puedan imaginarse: desde la ineficacia conspicua de la Selección Mexicana de Futbol, las múltiples lecturas de The Simpsons o Friends, hasta las ingenuidades garrafales cometidas por Habermas en su Teoría de la Acción Comunicativa. Quizá lo que más disfrutábamos era despotricar contra los investigadores que publicaban dos o tres libros al año, gracias a que —dicen las malas lenguas— firmaban sin pena como suyos los que sus asistentes les redactaban arduamente. Así era mi habitar Tijuana, mi estar en el Colef.
Por último, en el fondo o detrás, casi como una presencia ominosa, estaba la sensación de no estar del todo en la última frontera, la escisión entre dos mundos, la urgencia de un impreciso retorno. Insisto, escribo desde aquí, ahora, acerca de ese pasado que persiste, que aún está presente. Epítome de la nostalgia, juego de espejos, Tijuana ya no es para mí una ciudad. Es más bien una metáfora; una paradójica forma de ser; un estado mental; el puerto al que siempre es posible llegar. No me cabe duda: yo viví el Colef apenas un lustro, pero el Colef, al igual que Tijuana, me habitará para siempre.
Gracias.
[1] Trabajo presentado en el Primer Congreso de Egresados COLEF, realizado en Tijuana, B. C., del 9 al 11 de septiembre de 2009.
domingo, agosto 09, 2009
Otra Cumbre medio borrascosa
Y sin embargo… el desasosiego está ahí.
Una vez más, la vocecita en mi cabeza insiste en la urgente necesidad de re-pensar el desacato y exigir(se) una doble apertura. Por una parte, se requiere (primero, que no me hagan caso… y luego) dejar atrás ciertos anacronismos; adaptarse a los tiempos e innovar los modos y mecanismos en que se expresa la inconformidad. Por otro lado, es preciso que los pensadorcitos locales se arriesguen y se decidan, ya, a estructurar nuevos modos de ver y conceptuar el campo político, la acción colectiva, y… bueno. Ya. Hoy no se mi mejor día, y esta hora es bastante aciaga. Mejor dejo esta discusión para cualquier otro ensayo…
jueves, julio 30, 2009
No hay peor ciego...
En su columna de ayer en El Respetable, Bruno López se queja amargamente de que, desde su perspectiva, hay una nueva pugna entre “jóvenes y dinos” en el seno del partido tricolor, para ver quién se queda al mando de esta institución política en nuestro own and private Jalisco. Como si hubiera un verdadero y significativo enfrentamiento entre un sector que representa lo añejo, y otro en el que se condensa el porvenir. De manera específica, López abre su artículo con las siguientes interrogantes:
“¿Quién debe dirigir al PRI? ¿La clase política fresca que ganó las elecciones el pasado 5 de julio o la rancia clase política que sólo las ha perdido? ¿Qué debe prevalecer, el pasado o el presente y el futuro? ¿Qué perfil debe tener el nuevo presidente estatal del PRI?”
Frente a las dudas que esboza López se impone, cuando menos, un profundo escepticismo. En otras palabras, es inevitable cuestionarse acerca de la pertinencia de las preguntas que arroja este articulista en su columna. Es evidente que el texto que nos ofrece centra la diferencia entre “los jóvenes" y “los dinosaurios" que habitan al PRI sólo en el componente etáreo, como si fuera posible que el cambio institucional se agotara en la edad. Más allá de la ingenuidad que ello pone de relieve, vale la pena destacar que para el caso sui géneris del priísmo, cabe la hipótesis que indica que el carácter "dinosauriezco" que le da cuerpo al partido tricolor no está centrado en la variable temporal, sino en el conjunto de prácticas que construyeron un régimen político como el mexicano [y el jalisciense too].[1] Habría que analizar el desempeño de aquellos a los que López postula como la “clase política fresca” (sic, sic, sic), para ver si realmente podemos hablar de una especie de renovación generacional en el PRI o simplemente estamos frente a la perpetuación de un conjunto de prácticas propias de la época mesozoica que nos es tan familiar (nada más que actualizadas, con menos arrugas, más cabello, y rostros TV friendly, eso sí). Para anunciar la venida del nuevo PRI, López [desde una especie de referencia a Guízar] argumenta lo siguiente:
“Porque el PRI que ahora quiere la gente no tiene que ver con la vieja visión de los que pelean ese espacio; ni la gente los entiende a ellos, ni ellos entienden a la gente: los de ahora no son los tiempos de un dirigente que llegaba a hacerle la chamba a alguien, o a hacérsela a sí mismo (remember Guízar)”.
¿Será? ¿Acaso es suficiente que el pueblo quiera un PRI distinto?[2] A mí me parece más bien que para que exista de facto un "nuevo partido tricolor" no basta que los ganadores de las elecciones sean gente joven; ni que el PRI que "quiere la gente" (sic) no tenga nada que ver con una visión anquilosada. El asunto es bastante más complejo. Se precisa una serie de cambios profundos, estructurales, que no necesariamente tienen que ver con el año en que nacieron quienes deberían (o no) quedar al mando de un partido, sino con los modos de pensar y actuar. Y bueno, no está de más decir que perro joven sí aprende trucos viejos. Dudo mucho que la apuesta a la que apunta López al final de su texto, y que atraviesa prácticamente a todo el artículo, conlleve a una confrontación real entre pasado y futuro. Sin duda, en la escena política estatal y local hay rostros más jóvenes. Pero las raíces ideológicas del tricolor siguen siendo las mismas (ojo: no me refiero a aquellas que están plasmadas en sus estatutos, sino a las que han regido sus prácticas ayer, hoy y siempre). Hay que aprender a enfocar con precisión la mirada [analítica], porque, como dice la voz de la sabiduría popular: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Recordemos(le a López) que veces [casi siempre] las cosas cambian sólo para seguir iguales.
[1] Prácticas que el PAN ha sabido copiar tan bien, aunque con una ejecución bastante más burda, tanto en las altas esferas como en los ámbitos más locales. Basta ver cómo andan agarrados del chongo en estos días.
[2] Al leer los argumentos de López, es inevitable recordar el espíritu New Age que caracteriza a libros/pseudocumentales como El Secreto, de Rhonda Byrne, en el cual se sugiere que basta desear algo para que esto se materialice.
miércoles, julio 29, 2009
martes, julio 28, 2009
Pregunta
¿Acaso la frustración y el enojo pueden convertirse en ese motor que obliga a seguir moviéndose, aunque se a patadas y echando espuma por la boca?
sábado, julio 25, 2009
martes, julio 21, 2009
De dedazos y quebrantos
Acto seguido, tras un evidente dedazo presidencial, como en los good old times, César Nava se candidatea para entrarle al quite y asumir la dirigencia panista. Desde luego, va solito, igual que en la época más dorada del priato. Y tal como cuando eran oposición, parte del Sanedrín foxistazulino pone sobre la mesa un quejononón: Creel, Espino, Corral, García Cervantes, Aguilar Coronado y Priego se escandalizan, y señalan en conferencia de prensa que el proceso interno es “una simulación” y que está “viciado de origen”. Vaya eufemismos para esconder la tradicional búsqueda del hueso. Me cae que no tienen llenadera. En fin, parece que en última instancia en la cúpula del PAN también se enarbolará la tan famosa estrategia del voto nulo, porque han dicho que piensan reventar con todo la elección interna. Ya hay encuestólogos que se preguntan si esta división entre facciones y facciosos (perdón, corrientes ideológicas y correligionarios) traerá como consecuencia una fractura interna definitiva. No hay que sorprenderse si en unos meses los panistas también postulan solaztecamente la refundación de su partido (¿por la mitad?).
Y bueno, quién lo iba a decir: en Jalisco no se cantan mal las rancheras. Acá los azulinos también andas de las greñas (igual o peor que en la sede nacional del pan, allá en la capirucha). ¿Y nosotros? Para variar, con nuestra suerte negra, nos sacamos la rifa del tigre, y en medio de este mar de incertidumbre hay dos anclas fundamentales a las cuales siempre es posible aferrarse: 1.Las cosas cambian sólo para seguir iguales; 2. Vivir en México equivale a un profundo acto de fe.
Que conste que lo digo sin el más mínimo asomo de sarcasmo (ajá).
Ja.
miércoles, julio 08, 2009
Ni modo
- Quién lo dijera. Uno de los pocos logros de López Obrador luego de su esquizofrénica aspiración a la presidencia de la República, había sido incluir en la legislación electoral la cantaleta de "voto por voto; casilla por casilla". Y ahora, son precisamente los panistas, quienes, a uñas y dientes, aprovechan sin el menor asomo de vergüenza, dignidad, o disimulo, la otrora tan criticada petición lopezobradoresca, para limosnear un huesito. Ése es el estado de nuestra deliciosamente patética clase política.
- En diversos medios se ha pretendido justificar la renuncia de Germán Martínez a la dirigencia del blanquiazul como la única salida digna que le quedaba al funcionario. Qué equivocados están. Aparte del consabido balazo en la sien (qua salida digna), la renuncia de pendencierito es la más pura expresión del pragmatismo: con él a la cabeza del PAN, hubiera sido todavía más difícil para Jelipillo sobrellevar la marea roja que se le vendrá encima en el trienio que le queda.
- No se emocionen. Es preciso tomar cum grano salis los datos que anuncian una victoria contundente del PRI en estas elecciones intermedias. Si uno lee con detenimiento y astucia el proceso electoral, podrá darse cuenta que más que un triunfo del tricolor, estamos frente a un reclamo ciudadano que pone de relieve las más profundas ineptitudes de los gobiernos panistas. Si a ello se le suma el hecho de que sólo acudieron a las urnas poco menos del 45 %, y de éstos, casi la tercera parte votó por el PAN, la contundencia de la marea roja se convierte apenas en un leve chisguetito.
martes, junio 30, 2009
Indudable
miércoles, junio 24, 2009
Preguntas
- ¿El lenguaje constituye las coordenadas donde nos desplegamos? ¿Alude a las reglas del juego? ¿Es el juego mismo?
- ¿Explorar los límites del lenguaje desde el lenguaje mismo no hará estallar toda certeza?
- ¿Centrarse en la enorme magnitud de las cosas diminutas y en la idea de que los efectos preceden a las causas (qua motores del ejercicio de mi escritura)?
jueves, junio 18, 2009
Voto por voto y partido por partido
Hasta hoy, había logrado evitarlo. Pero en estos días, el tema de la próxima coyuntura electoral es ineludible. A cada rato, en cualquier lugar, uno se siente inserto en plena Matrix, a la manera de un Neo región cuatro frente a un Morpheus de corte acapulqueñolancheril, justo en la escena en la que éste le ofrece a aquél un par de píldoras que afectarán irrevocablemente su futuro. Y no hay otra opción más que tragarse una de las dos: o votas, o anulas (con sus respectivas variantes: te abstienes, no vas a las urnas, votas por Cantinflas o Brozo, etc.). Pareciera que no hay lugar para dónde hacerse. Honestamente, me había hecho el propósito de no opinar al respecto, pero para seguir con la figura cinematográfica enunciada arriba, se hace cada vez más urgente romper la polaridad y exigir una tercera píldora. ¿Anular o no anular? Esa no es la cuestión. El dilema, por decirlo kunderianamente, está en otra parte.
Desde hace unas semanas, cada que alguien me interpelaba acerca de tal asunto, me negaba a contestar, o lo hacía con respuestas evasivas. De ésas que aluden a la secrecía del voto, a la libertad individual de pensamiento, o al derecho que tenemos los ciudadanos de votar (o no) por quien nos pegue la gana. Desde la perspectiva del preguntante, mis respuestas esquivas resultaban contradictorias, sobre todo viniendo de quien, se supone, es un estudioso de este tipo de cuestiones. Esto es así porque, como sabrán algunos, lo mío, lo mío, lo mío, es analizar tanto la apatía con respecto a la política formal, como el surgimiento de nuevos lugares donde se condensa lo político; y el modo en que ello incide en los contornos de un régimen como el nuestro. Así que pudo más la comezón que provoca la necesidad de no quedarse callado, que el voto de silencio que me había impuesto.
De modo que, a pesar de que lo respeto infinitamente, y lo considero una excelente vía para expresar el hartazgo, me parece que el ejercicio de anulación del voto, propuesto por algunos sectores de la sociedad civil, varios intelectuales, y un par de medios de comunicación es, aunque legítimo, algo terriblemente ocioso y redundante. No me cabe duda que para arrojar luz sobre el profundo desencanto de la ciudadanía basta revisar alguna de las ya varias encuestas sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas efectuadas por la Secretaría de Gobernación. Ahí queda más que clara la brecha abismal que se ha abierto entre gobernantes y gobernados. Es más, basta con sacar el tema en cualquier conversación de café para sentenciar la plática con el conocido mantra que reverbera con el eco de siempre: “pinche gobierno”. En este sentido ¿vale la pena regalar una elección (aunque sea intermedia) para evidenciar lo que es más que sabido?
Ante una postura como al que trato de argumentar aquí, no faltará quien me acuse[1] de reaccionario, gobiernista, o peor aún, protagonista de anuncio televisivo del tipo “¿tienes el valor, o te vale?”. Y está bien. Pero que no se me malinterprete. No sugiero aquí que participar en la política mediante la anulación del voto esté equivocado. Todo lo contrario. Considero que constituye una vía tentadora y significativa. Lo que me interesa señalar es que esa tendencia/invitación/¿movimiento? parte de dos premisas equivocadas. Supone, en principio, que el campo político está estructurado por instituciones políticas sensibles, verdaderamente representativas, cercanas a la ciudadanía, capaces de efectuar una lectura adecuada de los resultados arrojados por el conteo de los votos (nulos y anulados). En segundo lugar, y derivado de lo anterior, se asume que la acción de cruzar por completo la boleta (o dejarla en blanco), sin elegir a un partido/candidato en específico, va a tener —más allá del impacto mediático y simbólico— algún efecto jurídico, normativo, o incluso, moral; y dese luego, sabemos que no será así. Recordemos que los votos nulos (intencionados o no) no producen gobierno;[2] ni siquiera afectan la distribución de las plurinominales, puesto que los procesos electorales en México contemplan un principio de mayoría relativa (no se requiere, pues, un mínimo de votación para que las elecciones sean válidas). En un sistema como el nuestro, lo que vale verdaderamente son los votos contantes y sonantes.
Es más, contribuyo al caos ofreciendo mi propio pronóstico (el cual es más molesto en la medida en que nadie me lo ha pedido): aún si se contabiliza el poco más de un millón de votos anulados necesarios para que la estrategia no se confunda con las tendencias observadas en distintas elecciones intermedias pasadas, prevalecerá, como siempre, el interés individual del candidato/el interés partidista por encima de las preocupaciones ciudadanas. A lo anterior se suman los distintos vaticinios que ya se han hecho por parte de la gran mayoría de los políticos y los comunicadores: la elección la decidirá el voto duro de las dos principales fuerzas políticas en el país; de pasada, se le hará el “caldo gordo” a tales instituciones políticas y se perjudicará a los partidos emergentes (si es que hubiera tales); se obliterarán las posibilidades de reformar verdaderamente el sistema político porque en el poder quedarán aquellos a quienes no les conviene ninguna transformación; el movimiento anti-voto (por llamarlo de algún modo) responderá sólo a la coyuntura electoral, y no producirá posteriormente un colectivo que exija y de seguimiento a propuestas como, por ejemplo, la revocación de mandato, la implementación de candidaturas ciudadanas fuera de la estructura partidista, la fiscalización efectiva de la política, etc.
Visto así, el voto nulo es una daga de doble filo: por una parte documenta el vacío terrible que puebla a la política formal en México; el brutal desgaste al que ha estado sometida la ciudadanía desde que se parió el sistema político mexicano hasta el fracaso de la alternancia y la supuesta transición democrática; expone, de forma significativa, el despecho que nos generan los políticos: equivale al “¡que se vayan todos!” que cimbró a Argentina hace algunos años. Pero por otra parte, es prácticamente como regalarle a la clase política una patente de corso, una carta (boleta) endosada en blanco: contribuye a dotar de mayor poder y manga ancha a aquellos a quienes pretende afectar. Finalmente, alguien saldrá triunfador de la próxima coyuntura electoral. Aún cuando el ganador gobierne a lo sumo sólo con el apoyo de un porcentaje mínimo del padrón. En este contexto, el horizonte que se vislumbra es terriblemente incierto. Sobre todo si se considera que, para variar, hay una especie de enfrentamiento maniqueo entre jacobinos y liberales, entre rojos y azules, entre votadores y no votadores. Insisto, y vuelvo a la figura cinematográfica del principio: es preciso exigir una tercera píldora: ¿votar o no votar? Ése no es el dilema. Anular el voto no es sino una forma más de reificar el orden establecido. Ocupa el mismo estatus ontológico que el voto duro. La verdadera crítica, la más certera, es más, la única posible, radicaría en que el ciudadano de a pie, el que habita la vasta zona gris del promedio, se involucrara de lleno y en masa en la cuestión política; se preocupara por analizar a fondo las distintas plataformas electorales, que las vinculara con su vida cotidiana y decidiera su voto (diferenciado) en función de ello. Sería fundamental, pues, que como acto de protesta, la ciudadanía se plegara a la más pura ortodoxia democrática, y se volcara a las urnas este cinco de julio, y votara de manera pensada, diversa, informada. Voto por voto. Pero no sólo eso. Lo diré sin tapujos, aunque se me tache de ingenuo: sería preciso, en última instancia, que el ciudadano promedio se decidiera a ir por los partidos, es decir, que finalmente se atreviera a tomar por asalto a esas instituciones obsoletas, y que las renovara desde sus cimientos. Eso sí que sería una verdadera lección para la patética clase política.
Lo demás genera una falsa sensación de activismo y de participación; algo así como el equivalente del famoso “atole con el dedo” (y peor aún, con el dedo medio).
[1] Y desde luego, tales acusadores deberían aprender, primero, a mirarse al espejo (o si se le quiere dar un tono más espiritual al revire, deberían darse cuenta de la enorme viga que obstaculiza su mirada, antes de quejarse de la paja en el ojo ajeno).
[2] Sería preciso preguntarse, también, si realmente la votación nula produce ciudadanía.