lunes, mayo 18, 2009

Zoé281107: entre el ambulantaje mainstream y las pretensiones de documental musicaloide


Leí este texto luego de la presentación del supuesto documental citado, en el marco del FICG, en su más reciente edición. Fue terriblemente divertido porque el foro estaba lleno de fans de Zoé (y tengo entendido que uno de los tipos que estaba a un lado mío es el baterista. Supongo que sí porque el pobre se puso de todos colores conforme avanzaba en la lectura. Quién sabe).  


Celebrar una década de existencia en una escena musical tan complicada —y muchas veces tan sosa y mediocre— como la mexicana, no debe ser fácil. Sobre todo cuando se trata de géneros como el rock comercial, en donde proliferan: 1. Bandas a las que la creatividad les ajustó apenas para componer una o dos canciones antes del olvido radiofónico; 2. Aprieta-botones que consideran que presionar la pantalla táctil de su iPhone y producir un “ruidito” escasamente inteligible, equivale a hacer música de avanzada; y 3. Bandas que piensan que ponerse mascaritas de conejo rábido,  vestirse con overoles de color pastel, y recitar borucas en falsete, importa más que saber ejecutar un instrumento con la mínima solvencia. En este contexto, resulta aún más difícil pensar en llegar a los diez años de existencia como agrupación con un éxito comercial más o menos sólido, un reconocimiento internacional aceptable, y buenas expectativas para el futuro. Si a ello se le suma que el festejo conlleva la manufactura de un documental que pone de relieve el trayecto que se ha recorrido, como lo hace Zoé con Zoé281107, estamos ante un evento que, por sus características, es prácticamente inédito en el contexto del rock nacional contemporáneo.

De la mano de la ya famosa gira Ambulante en su edición 2009, santopatrocinada una vez más por el dúo dinámico nada rudo y demasiado cursi que todos conocemos, así como gracias a su trasmisión por el canal que antes era de malos videos y hoy es de peores series (MTV), la cinta titulada Zoé281107 logrará ser exhibida de manera masiva frente a diversos tipos de audiencias nacionales e internacionales. Esto le otorga al filme un alcance y una exposición que muy pocos documentales llegan a tener y que, seguramente, tanto algunos de los hacedores de este tipo de cine, como muchos de los rockstars en todo el orbe, envidiarían. Nada mal para un producto adscrito a uno de los géneros cinematográficos menos redituables en materia financiera. Sobre todo en un país donde la industria del cine es bastante escuálida y privilegia sin el menor pudor la racionalidad económica  y las tasas de retorno por encima de la calidad, el arte y el compromiso ideológico.

 

Desde luego, como buena parte de los trabajos de este tipo, Zoé281107 intenta vincular el primero y el séptimo arte: la música y el cine. Más allá de lo musical, nos importa aquí la discursividad cinematográfica que le da cuerpo al filme. Para el (o la) cineasta en general, un documental, en tanto que constituye un acercamiento privilegiado a lo real, tiene detrás de sí una relación estrecha con una especie de necesidad casi patológica y obscena de narrar la verdad, es decir, de contar las cosas tal y como éstas son. La esencia de este género radica precisamente en su vinculación con el mundo, con las cosas, con los hechos. Llevado al extremo, este estilo de hacer cine puede verse como un profundo despliegue de exhibicionismo que no existe sino sólo frente a la contemplación vouyeurista y morbosa de la audiencia, que busca enterarse, por ejemplo, de los detalles íntimos de sus ídolos: ¿cuáles son sus perversiones? ¿Qué sustancias psicoactivas prefieren? ¿Con quién y cómo duermen? Sobre todo cuando los protagonistas sonrockstars  con un destino [estereotipado] que los orilla a vivir rápido y a morir jóvenes, tal como lo dicta el canon: sexo, drogas y rocanrol en exceso. Se esperaría que en un producto que se presume de documental, se explorasen por lo menos algunos de estos aspectos. Así, debido a las expectativas que produce, filmes de este tipo pueden ser un arma de dos filos: por una parte, es posible verlos como una obra de arte en toda la extensión de la palabra, pero también como una versión condensada de un reality show que erosiona en lugar de erigir. Desde ambas aristas se exponen las “entrañas”  del mundo en su devenir. Se hace, pues, de la intimidad un espectáculo: aún cuando estas formas de manufacturar un filme están “hechas del mismo barro”, por decirlo desde el certero lenguaje de la cultura popular, no es lo mismo fabricar “bacinicas que jarros”.

De modo que la arquitectura de productos como el que ofrecen Gabriel Cruz y Rodrigo Guardiola transcurren, al mismo tiempo, cuando menos en dos planos distintos: uno es de naturaleza ética; el otro es de orden estético. Esto obliga tanto a los realizadores de este tipo de cine, como a las audiencias que participamos de él, a interrogarse acerca de la construcción misma del objeto que se contempla: por un lado, estamos tentados a preguntar si en Zoé281107¿la verdad de lo que se narra en la pantalla permanece inmutable, independientemente de cualquier consideración estética?  En otras palabras ¿será que el estatus ontológico de la mencionada cinta es el mismo que el de cualquier otro documental? Si es así, debería importarnos más el contenido que la forma en que se presenta el discurso cinematográfico. Por lo tanto, estaríamos obligados a pensar en si lo que ocurre en el filme es la verdad-siempre-ya-Zoé, pura y prístina y, por ende, la verdad del rock de factura mexicana. O es, por el contrario, una manipulación conspicua de imágenes que presenta apenas una visión idealizada de lo que constituye y significa Zoé in the making, en tanto banda. Esto se hace más patente cuando consideramos que en este caso, lo narrado es visto desde dentro, está mediado por el ojo de Guardiola, quien además de contribuir a darle cuerpo al filme, toca la batería en la agrupación; ¿énfasis puesto en la forma, y no en el fondo? Se consigna los hechos y también se es protagonista. Doble papel en el que la relación objeto/sujeto se diluye. La distinción entre documental y ficción resulta evanescente. Y quizá, para algunos, irrelevante (i. e. el comité encargado de seleccionar la cartelera que conforma la gira de documentales Ambulante).  

En este sentido, en el plano estético, no cabe duda que la cinta cubre con solvencia los aspectos técnicos asociados con la arquitectura de un filme. Es evidente que cuenta con una producción y un despliegue de recursos impresionante. Resalta el excepcional trabajo de fotografía que hacen Kenji Katori y Guillermo Garza. Salvo algunos detalles, la edición a cargo de Gabriel Cruz y de Rodrigo Guardiola, también directores de la cinta,  muestra una labor sobria y dota de ritmo, organización y estructura  al conjunto de escenas que se nos proyectan. El producto como tal, en tanto objeto en sí, resulta aceptable. A pesar de ser una especie de opera prima de los directores, brilla con luz propia y consigna un dominio del lenguaje cinematográfico que es redituable. Las sanciones positivas que marcan la reacción de las audiencias que participan del filme así lo demuestran. Con seguridad satisfará las exigencias más profundas de los fans de “hueso colorado”. Y hasta las de los que no lo son tanto. Es indudable que el adecuado despliegue ornamental del filme contribuirá a que éste pueda hacerse acreedor de varios premios y reconocimientos. Sobre todo si se piensa que el producto está expuesto en el contexto de la giraAmbulante. La exploración visual cumple con creces y muestra desde un conjunto de primeros planos más o menos íntimos que colocan al espectador en el centro de la familia Zoé, hasta la vorágine de la relación afectiva que mantiene la banda con sus fans a través de la música, en medio de un concierto por demás significativo.  Pero la inquietante duda persiste: ¿Zoé281107 es realmente un documental, o estamos frente a la filmación de un concierto aderezado —interrumpido— por algunas opiniones de los integrantes de la banda, y de sus seguidores? ¿En verdad debería ocupar el mismo espacio que  Mi vida dentro, de Lucía Gajá, o que Cocalero, de Alejandro Landes, por mencionar sólo algunos? Quién sabe. Tal vez no. Sería pertinente hacer la pregunta a los citados cineastas.  En todo caso, convendría reflexionar acerca de lo que la inclusión del filme en el contexto de Ambulante nos dice acerca de la legitimidad que pudiera (o no) tener esta gira.

Por otro lado, además de mostrar los vínculos estrechos que la banda tiene con sus seguidores, y de exponer la propuesta musical a otros públicos que no son estrictamente los suyos, Zoé281107 también se arriesga a ofrecer elementos que contribuyan a entender “el panorama de la música y la cultura rock en México”. Cumplir este objetivo parece una tarea titánica que trasciende por mucho los límites de un documental. ¿Por qué? Porque asume de entrada que el rock de manufactura nacional es homogéneo y desjerarquizado, y lo postula como una esfera casi autónoma, regida por la armonía y la convivencia hermanada con la “buena vibra”. Quien haya tenido algún acercamiento a la escena del rock nacional sabrá que lo anterior es, por lo menos, una falacia ingenua que se cuela por todos lados en la sinópsis de la cinta. Desde luego, ello alude por completo al otro de los planos en los que transcurre todo documental, es decir, a la dimensión ética. Esto es crucial porque interpela directamente a la audiencia, la obliga a participar en la propia construcción de la significación y el sentido del filme, más allá del producto que se proyecta en las pantallas. Habría que situar la verdadera importancia de la obra de Gabriel Cruz y Rodrigo Guardiola precisamente en este plano, ya que, sin buscarlo, abre algunas preguntas sobre las que vale la pena reflexionar: ¿quienes hemos sido testigos del documental, realmente estamos en condiciones de entender con mayor precisión la “cultura rock” (sic) nacional? En caso de que tal cultura exista ¿la realidad que experimenta Zoé es la excepción o la regla que prevalece en el mundo del rock de nuestro país? Por supuesto, el filme no ofrece respuestas a estas preguntas. Ni tiene por qué hacerlo, puesto que su función es otra. Más bien, lo importante es que, sin pretenderlo, nos invita a plantearlas, a emitir algunos cuestionamientos acerca tanto de la industria fílmica en México, como de la escena musical roquera de la nación.

No cabe duda que habrá quien se pregunte si un grupo como Zoé tiene la densidad musical suficiente como para merecerse un documental de esta magnitud. Más aún, independientemente de la dimensión del filme, habrá quien al hacer un recuento de la cantidad de bandas verdaderamente alternativas, independientes, y con una calidad insuperable, que hay en nuestro país, cuestione (desde luego, yo entre ellos) si vale la pena hacer una cinta en torno a esta banda. Ello independientemente del género y del presupuesto invertido. Punto.  No obstante, el gusto personal ocupa aquí un papel secundario. Además, cada quien hace con su dinero lo que le venga en gana. Seguro la apuesta comercial de los productores traerá consigo buenos dividendos. En fin, lo que resulta destacable es la función que desempeña el documental con el que Zoé festeja su primera década de existencia. Esta exploración visual abre una vía prácticamente desconocida por las agrupaciones mexicanas que tienen como bandera al rock en todas sus vertientes. La importancia de Zoé281107 no sólo se reduce a su carácter individual de objeto que vincula a la música con el cine. En la medida en que la cinta logre un éxito comercial significativo, permitirá que el ejercicio se replique, y que con ello se den a conocer otras agrupaciones que, en última instancia, posibilitarán la diversificación de la muchas veces aburrida constelación del rock made in México. Nada mal para una cinta que como documental tiene todo para ser un concierto delicioso (tongue in cheek). He ahí donde deberíamos buscar su verdadera grandeza y su significado real, si es que la cinta los tiene.

martes, mayo 12, 2009

El temible Dr. Fox

“Du sublime au ridicule il n'y a qu'un pas

Napoleón

 

Hay pocos sujetos que logran descubrir la grandeza que hay en la humillación y el ridículo. Pienso, por ejemplo, en Tranquilino, el entrañable mayordomo interpretado por Fernando Soto “Mantequilla” en Los tres García, película dirigida por Ismael Rodríguez, en 1946. En principio, pareciera que “Mantequilla” interpreta un papel segundón, lleno de ingenuidad, el cual es sometido hasta el tuétano por la férrea mano de Doña Luisa (Sara García), sin duda, la abuela más popular del cine mexicano. No obstante, la figura de este actor resulta central cuando se observa a la luz del contraste que establece con Luis Antonio (Pedro Infante), José Luis (Abel Salazar), y Luis Manuel (Víctor Manuel Mendoza), los nietos pendencieros de la más vieja de la casa de los García. Cada desliz, cada ingenua estupidez, cada patético tropezón del mayordomo, constituyen el trasfondo que permite elevar a los protagonistas a la categoría de héroes, en el contexto del filme. Una lectura superficial —y errónea— de la cinta indicaría que el empequeñecimiento de Tranquilino equivaldría a la grandeza de los García. Sin embargo, basta un ligero ex-centramiento del espectador, una especie de mirada oblicua, para poner de relieve que el verdadero héroe de la película es el mayordomo. Sobran razones para argumentar lo anterior. Aquí es suficiente con señalar una de ellas: Tranquilino ejerce la función del elemento coagulante, el vacío alrededor del cual se estructura el ser de los García.[1] Así como Cristo no sería nadie sin Judas el Iscariote, tampoco los nietos de Doña Luisa serían nada sin Tranquilino. Es precisamente en la humillación, en la pequeñez y el achicamiento, que Mantequilla logra dotar de grandeza a su personaje. No cabe duda que la heroicidad está en otra parte.

                Desafortunadamente, la lógica de esta afirmación también funciona a la inversa: hay gente que sólo encuentra humillación y ridículo en la grandeza. Si no ¿qué otra cosa puede pensarse frente a la noticia que anuncia que al ex-presidente Vicente Fox le fue otorgado un reconocimiento honoris causa (así, con minúsculas) por la Universidad de Emory, en Atlanta? A la letra, el lauro le fue ofrecido por su (sic) “liderazgo internacional en temas de democracia y por sus iniciativas emprendedoras”. Con seguridad, en Emory se tomó en cuenta aquella ocasión en que, en el 2002, el entonces presichente mostró su lúcida capacidad diplomática y su gigantesco conocimiento de las relaciones internacionales, frente a Fidel Castro, entonces (y todavía) rey magnánimo de Cuba. Vale la pena darle una leída a las palabras de Vicente:

"Que puedas venir el jueves y que participes en la sesión y hagas tu presentación como está reservado el espacio para Cuba a la 1:00 pm. Después tenemos un almuerzo que ofrece el gobernador del estado a los jefes de Estado; inclusive te ofrezco y te invito a que estuvieras en este almuerzo; inclusive que te sientes a mi lado y que terminado el evento y la participación, digamos, ya te regresaras. Y así ..."  

Como se observa, la discursividad esgrimida por el ex-mandatario mexicano muestra el alcance de su visión en materia democrática y en términos de las relaciones internacionales. Como si esto fuera poco, desde antes de su llegada a la presidencia, Vicentillo ya anunciaba con bombo y platillo sus dotes de gestión en lo que refiere a la política interna: durante su candidatura a la silla presidencial, Fox aseguraba que le bastaban quince minutos para resolver el conflicto armado en Chiapas. Ejemplos como éste se cuentan por cientos: desde colocarse boletas electorales a modo de orejas de burro, en el Congreso guanajatense, hasta el (pseudo)descubrimiento crucial que desenmascaró a un sistema político nacional, lleno de víboras prietas y tepocatas, Fox ha desarrollado un conjunto de estrategias innovadoras que, sin duda, justifican el otorgamiento de cualquier honoris causa. Para aclarar este punto se requiere volver a Tranquilino: no cabe duda que, dadas las características de este personaje, intentar sublimarlo sería una ridiculez. Cada pretensión de dignificación redundaría en la humillación más bárbara. En este  mismo sentido, el enaltecimiento del ex-mandatario mexicano opera bajo una lógica similar: en la medida en que se le encumbre, también se pondrá de relieve su soberana y monumental imbecilidad. En tanto que el cuerpo se le siga llenando de reconocimientos (o de supuestos centros de investigación), se hará cada vez más y más adecuado el mote que tan atinadamente le impusiera Muñoz Ledo a Fox: el de ser un alto vacío. En fin, para cerrar este texto, resulta ilustrativo mencionar aquella ocasión en la que, a principios del 2007, Vicente dictó una conferencia magistral en Los Ángeles, en dónde puso de relieve, con precisión, su papel (papelón) en el ámbito de la construcción de lo democrático, al señalar: “América Latina debe huir de la ‘dictadura perfecta’, como lo dijo el premio nobel colombiano de literatura Mario Vargas Llosa”. No more words but honoris causa a quien honoris causa merece.



[1] Hay que tener cuidado con una lectura aún más pueril: aquella que señala que los López, la familia archienemiga de los García, constituyen la razón de ser de éstos últimos. Dicha lectura es terriblemente ingenua y carente de todo sustento. 

domingo, mayo 10, 2009

Ver llover

Una vez más la lluvia. La temible lluvia. Demos la bienvenida a los familiares rastros de agua sobre las ventanas polvosas. Saludemos a los ríos que impacientes se deslizan por el lomo de las calles arrastrando basura y penas y secretos. Celebremos cada gota,  cada inevitable resonancia cursi y, por lo tanto putrefacta, que seguramente plagará cada conversación de café;  recibamos con gusto cada patética metáfora que haga alusión al llanto, a la melancolía, y al conjunto de estados de ánimo y de buenas vibras que parece traer consigo cada temporal. Festejemos todos los sentimientos de renovación espiritual que despierta cada final de tormenta, como si el agua brindara la oportunidad de ser otro, de convertirse en alguien mejor. Esperemos, pacientes, a que el diluvio nos borre a todos para, entonces sí, arrojar la última e irónica carcajada.  

jueves, mayo 07, 2009

El robo

Primero me invadió una inmovilidad brutal, casi pasmosa. Luego vinieron la incredulidad, el coraje y la impotencia en cantidades industriales. Y finalmente, después de unos instantes en que estuve atónito, llegó la inevitable y catártica carcajada, esa especie de reconocimiento irónico que se produce cuando nos damos cuenta de que alguien se está divirtiendo a nuestras costillas. Lo único que acerté a balbucear fue: “no mames, me robaron”. Antes de continuar, quiero aclarar que, cuando de conducir se trata, soy, quizá, uno de los tipos más cuidadosos que existen: procuro ser amable y atento; respeto el reglamento de tránsito y le cedo el paso a los peatones, y me he apropiado del lema que sugiere usar más freno y menos claxon. Manejo, pues, como “viejito”. Salvo hoy, que para mi mala suerte, iba en la lela buscando una dirección. Resulta que mientras estaba detenido frente a un semáforo en rojo, trataba de identificar el nombre de la calle en la que estaba. Pero entre mi miopía, mi astigmatismo, y la conspicua ausencia de letreros indicativos, me fue imposible hacerlo, por lo que decidí dar vuelta a la izquierda en lugar de seguir derecho. En cuanto se puso en verde la luz del semáforo, arranqué. Despacio, obviamente. Insisto, no soy de esos que “queman llanta”. Entonces escuché un “clack”. Un joven a mi izquierda se vio en la necesidad de frenar bruscamente su motocicleta. No hubo rechinido ni nada por el estilo. Parece ser que le obstruí el paso. Como buen ciudadano, me detuve (no había tránsito), le ofrecí una disculpa por el espejo lateral, y seguí mi camino. Un par de metros más adelante, este joven me alcanzó. Yo me detuve, por supuesto. Con aspavientos me preguntó si tenía idea de cuánto costaba el faro que había estado a punto de dañarle. Por supuesto, le dije que no. Insistí en las disculpas, porque soy buena gente y tenía prisa. En cambio, él seguía aferrado y aferrado. Ni a él ni a su moto les había pasado nada, por lo que no entendía la tozudez del tipo. Entre grito y grito me pidió mi licencia. Hizo esto apuntando al asiento del copiloto. Yo, ingenuamente, voltee hacia donde él señalaba. Y fue entonces que aprovechó para meter su mano en el bolsillo de mi camisa y extraer limpiamente el celular que traía ahí. Así, sin más. Dijo: “ya te chingaste”, y arrancó, llevándose mi teléfono. Lo único que pude hacer fue enarcar una ceja y balbucear un “¿eh? Qué poca madre. Me robaron”.   

martes, mayo 05, 2009

Diet Coke

Cierto día, por azares del oficio, me tocó compartir la mesa con una persona a la que recién me habían endilgado los jefazos. En un intento por iniciar una conversación amena, mi compañero de cubiertos me increpó amablemente por haber ordenado una Coca-Cola de dieta para acompañar el New York que recién había pedido: “¿De dietaaaa?”, me reclamó fingiendo incredulidad.  Luego esbozó su mejor sonrisa. Seguramente esperaba alguna de las respuestas estándar que sobrevienen a este tipo de interrogantes, y que sirven de lubricante para la socialización civilizada: a. La tomo porque me gusta su sabor, no creas que soy tan superficial como para preocuparme por mi figura; o b. Es que mi nutrióloga así me lo indicó; y c. Alguna variante de las dos opciones anteriores. A ello seguiría el consabido: “¿y sabías que el endulzante que utilizan tiene componentes cancerígenos?”. “Sí, pero qué se le va a hacer. De algo nos tenemos que morir ¿no?”, sería el remate perfecto. Luego de un par de carcajadas hipócritas, se explorarían temas como el clima, el futbol o la política. Todo por la insana costumbre que tiene alguna gente de evitar a toda costa el silencio porque les parece incómodo. Pero yo, como casi siempre prefiero el callar, opté por espetarle un sólido: prefiero la Coca-Cola de dieta porque es, precisamente, la encarnación más conspicua de la nada. Frente a la perplejidad del que se dibujó en el rostro del comensal que tenía enfrente, me divertí asediándolo.  Uno ingiere bebidas por dos razones: para apaciguar la sed o por el valor nutricional de la bebida. A diferencia del vino o el agua, la Coca-Cola no satisface ninguna necesidad. Tiene un sabor extraño que te pone más sediento y además carece de nutrientes.  Los elementos constitutivos de la Coca Cola regular (o para el caso, de cualquier refresco) se encuentran ausentes. Lo que uno se bebe es la pura semblanza, un suplemento, la artificialidad en su más pura expresión. Al tomar Coca Cola de dieta, uno se mete al cuerpo el vacío, la encarnación más conspicua de la nada envuelta como si fuera algo.[1]



[1] Desde luego, todo esto no es sino un parafraseo de las ideas de Slavoj Žižek.  The fragile absolute. Or why is Christian legacy worth fighting for?, Verso, E. U., 2001. 

viernes, abril 17, 2009

Preguntas

¿Cómo hacer para identificar la distancia que lo separa a Uno de Uno mismo? ¿Cómo saber si esta distancia es, precisamente, la parte nuclear, constituva, del ser? ¿Cómo atrapar ese algo tan elusivo y escurridizo? En caso de lograrlo ¿cuáles serían las [desastrosas] consecuencias de un encuentro con uno mismo? 

viernes, marzo 27, 2009

Cómo no

El otro día, por puro goce perverso, me metí a un diplomado para tejer macramé y hacer otras gracias que, supuestamente y a la larga, me harán un mejor profesor. Pero es no es lo importante. Lo que me interesa recordar aquí es que así, de entrada, pude darme cuenta que no hay nada más naco que poner las iniciales de tu nombre en el bolsillo de tu camisa. Ugh. Y lo peor. La primera dinámica consistió en que los compañeros formáramos un círculo, ¡y nos diéramos un masajito mutuo en los hombros! Qué asco. 

Preguntas

¿Cómo se resemantiza el campo político con la emergencia de los NMS? 

1. Se supone que la resistencia deslegitima al modelo impuesto "desde arriba".
2. Las relaciones de poder están basadas en las ausencias y en los silencios, y éstos pueden ser subversivos. 
3. Asumir que los NMS están fragmentados es adoptar la óptica del poder dominante. La pretensión de unicidad es definida desde el poder dominante. Los de "abajo" no tienen, necesariamente, dicha pretensión. 
4. Frente a la idea que sugiere que los movimientos sociales no existen si no se hacen visibles, es preciso postular que precisamente dicha visibilidad generó una dependencia de los movimientos con respecto al sistema imperante: se movilizaban, sí. Pero conforme a las reglas establecidas "desde arriba". Los movimientos sociales existen aún si no aparecen en Youtube.
5. Los movimientos tienen un proyecto (que probablemente se haga visible sólo en el largo plazo). Sólo pueden trascender en la diferencia. Desaparecen cuando son asimilados por el sistema. 
6. Las estrategias que siguen los movimientos son, también, su programa. Aquéllas definen a éste. 
7. La organización jerarquizada e inflexible como tal ya no es indispensable para los movimientos. Una organización de ese tipo resulta incongruente con cualquier pretensión de desacato. 
8. La espontaneidad es un elemento constitutivo de la movilización social contemporánea.
9. Se problematiza la búsqueda de autonomía frente al aprovechamiento de las relaciones que pueden establecerse (o que existen) con el Estado. 
10. Se plantean nuevos e inéditos desafíos. 
11. Se abre la posibilidad de pensar y actuar sin estar (se erosiona la obligatoriedad de territorialidad de los movimientos tradicionales). 

viernes, marzo 06, 2009

¿Suprema libertad?

Paradoja: escribo la palabra libertad y quedo atrapado irremediablemente en el acto mismo de escribir, en las pantanosas trampas del lenguaje. Me explico: mientras disecciono con minuciosidad la memoria queriendo encontrar algún momento de suprema libertad, me doy cuenta que la búsqueda es infructuosa. Un desfile patético de recuerdos. En primer lugar, pienso que quizá lo más cercano a ello sea la sensación que me produjo aquella tarde fría y lluviosa en la que mi única compañía era la voz bajita de Gardel, la carretera y un café frío… Luego llega otro recuerdo deshilachado: la ocasión en la que poco antes del amanecer, solo, en una playa virgen, me sentí terriblemente absorbido, como si fuese parte de algo más grande que yo y que, al mismo tiempo, era yo mismo. De allí en adelante, el agolpamiento fragmentario de recuerdos es tan reducido que resulta casi obsceno. Todo esto constituye un conjunto de momentos de alegría, felicidad u otra de esas tantas piorreas evanescentes. Hablaría quizá de experiencias liberadoras [pero que lo libran a uno ¿de qué o de quién?]. Pero jamás me atrevería a sugerir que he experimentado algo cercano a la libertad suprema.

Desde los antiguos filósofos griegos, hasta John Stuart Mill  o Mordecai Roshwald, expandir o acotar la libertad ha sido una preocupación central de la teoría política. Sin duda, el estatuto jurídico que remite a la facultad natural [palabras frente a las cuales es inevitable esbozar una sonrisa irónica] que tiene el ser humano de actuar de una manera o de otra, o de no actuar, es, cuando mucho, un útil ejercicio heurístico. No obstante, la libertad es completamente algo distinto, y constituye una escalinata en espiral que conduce a… [¿qué escribir después de la vistosa “a”?]. Estatutos y facultades naturales, como todo orden moral o ético, son ideas restrictivas, relativas, construcciones históricas situadas que delimitan la frontera entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo no permitido. De modo que una definición formal indicaría que la libertad radica en mi capacidad de elegir entre esto y aquello; o entre ser y pensar así y no de otra forma. Soy libre de optar, sí, pero mi elección alude a un conjunto predeterminado de vías de acción, en cuya configuración nada tuve qué ver y, que además, si no se sigue, tiene cierto carácter punitivo. ¿Relativa libertad o títere del destino? ¿Soy yo el que elige o alguien/algo más jala mis hilos?

En este sentido, puede decirse que la libertad no existe como tal: carece de esencia, es intangible y etérea. Se construye a cada momento en el devenir cotidiano. Eufemismo vil e ideológico que está ahí en lugar de otra cosa [¿quizá como núcleo del enmascaramiento del garrote y la zanahoria que nos permiten seguir andando?]. Cuando se le evoca y se cree tenerla, la metáfora se diluye en la más pura y opresiva literalidad, dejando sólo un profundo vacío: la libertad como un abismo, como la lejana e inalcanzable línea del horizonte. La búsqueda de la suprema libertad implica reconocer la paradójica imposibilidad de su existencia.  Más allá de Berdayev, Locke, Rousseau, Hegel o tantos otros; por encima (o por debajo, quién sabe) de cualquier estatuto u orden moral, la libertad es relacional, siempre en oposición a otra cosa, blanquinegro y burlesco ying e yang de la vida diaria. Entre más se busca la libertad más queda uno atrapado en un entramado de palabras [enormes y gastadísimas] que vuelan alrededor de la idea, la rodean, intentan atraparla como si ello fuera la función de las palabras, tarea inaplazable y liberadora [¡Ja!]. La libertad, creo, es otra cosa, algo que se esfuma en el momento mismo de nombrarla. Bella evocación que no es sino pseudo-presente contaminado de pasado o de futuro, virtualidad enorme, la libertad es siempre retrospectiva o prospectiva: no bien termina uno de decir/escribir “soy libre” cuando ello ha quedado atrás, se ha convertido en libertad-ya-fue, y sólo resta la libertad-por-venir. Siempre es ayer o mañana, nunca hoy. Quizá la libertad suprema obligue al reconocimiento de la contingencia, es decir, a la aceptación a rajatabla de algo azaroso que se siente en las vísceras como un golpe seco y caliente, falsa domesticación del caos, caída ineludible en la nada. La libertad como el más puro horror, la prisión última.  

Duda: ¿qué tal si al pensar en/escribir sobre la libertad suprema hemos equivocado el camino? Es frecuente sancionar de manera positiva a quien recorre esta vía. Prácticamente toda historia dramática tiene detrás de su trama la búsqueda y conquista de mayores grados de libertad por parte del héroe en turno. Los ejemplos son tantos que resulta ocioso enumerar aunque sea alguno. Más bien, es preciso atreverse y preguntar: ¿qué tal si la verdadera libertad se encuentra en el goce perverso de quien siente en las venas la anticipación que produce la cercanía de la jeringa; o en el placer desgarrador del asesino que lentamente introduce el cuchillo en las entrañas de su víctima? Mejor aún: tal vez la única libertad posible se encuentra en la sensación que nos produce la daga alrededor de las vísceras (o en la mirada propia, cuando se posa en los ojos de nuestro atacante). Gran paradoja: si la libertad dejara de ser tal, quizá nos haría más libres. Tal vez si lográsemos reunir una enorme cantidad de aprisionamiento, la libertad podría cristalizar, estallar de repente, en otro plano. No obstante, habría que reconocer, por último, que la búsqueda de la libertad es la instancia menos liberadora. Encarcela. Cabría preguntarse si ¿acaso pensar en un momento de suprema libertad no implicaría reificar a golpe de lápiz y papel, o a fuerza de teclazos, lo inaprensible? Bah. Seguramente la libertad es la más grande mentira que nos hemos inventado para sentir una seguridad ontológica que, en última instancia, es un acto que intenta la reconciliación con… [¿con? Otra vez las palabras —las malditas palabras—].

 

 

 

 

miércoles, febrero 25, 2009

III

Desanudé el pañuelo. Querías verme. Yo deseaba tanto verte a los ojos, así, como nunca antes te había contemplado. Una década atrás, siendo casi unos niños, habíamos intentado jugar a esta locura. Cualquier lugar nos parecía adecuado para explorar las dimensiones del abismo: un estacionamiento, alguna habitación, una cochera, la noche. Pero hoy, adultos, con media vida recorrida, recién nos descubríamos. Y todo volvía a ser como una primera vez. La cama estaba ya deshecha y tú y yo aún no habíamos hecho el amor. Recostados los dos, desnudos, bastó un leve giro para que tu espalda quedara frente a mí. Te acaricié suavemente: primero tus rizos, tu cuello, tus hombros. Ansiaba sentir el calor de tu cuerpo desnudo, y que tú intuyeras mi presencia detrás de ti. Cada vez más cerca. El deseo se hacía cada vez más fuerte y profundo. Te besé en el cuello, y fui bajando por tu hombro. Mi respiración tibia te enchinaba la piel. Mis manos se aferraban a tu cintura, para atraerte hacia mí. Hacía tanto tiempo que había buscado encontrarte, y hoy te tenía en mi cama, toda tú, deliciosa, suave, abierta, completa. Sin pensarlo, mi mano buscó una de tus piernas, y la acarició: primero el tobillo, la pantorrilla, el muslo. El tacto era delicioso, y cada caricia sobre tu piel era como un paradójico déjà vu.   Lentamente, sin dejar de besarte en el cuello y en las mejillas, seguí subiendo. Busqué tu vientre, apenas un ligero roce, un breve encuentro con tu púbis, sólo una pequeña escala por el destino final. Me dirigí hacia tu pecho. Ansiaba acariciarte toda. Mi mano era un autómata. Despacio, muy despacio, mis dedos se enredaron en tu pezón, y de tu boca salió un gemido apenas audible. Tu respiración era agitada. Te inclinaste hacia el frente. Me deseabas. Buscabas sentirme más cerca. Tus manos, hasta entonces quietas, se aferraron a mis piernas. Ese era el orden natural de las cosas y ambos lo sabíamos. Yo necesitaba, cada vez más, estar dentro de ti.  

viernes, febrero 20, 2009

II

…Poco a poco nuestros pasos, torpes, nos condujeron hasta el borde de la cama. Tú semidesnuda. Yo incipiente voyeur de ti. Lentamente eliminé de tu cuerpo los últimos rastros de vestimenta. Sólo quedaba el pañuelo alrededor de tus ojos, y nada más. Te recostaste despacio. Yo permanecí unos instantes de pie, contemplándote. Buscaba memorizar los perfiles de tu cuerpo dibujándose sobre las sábanas. Y todo era como un retorno, el regreso de algo intangible, la vuelta a al punto de partida, una cálida bienvenida. “Ven”, me dijiste. Tanta soledad y tanta desnudez en aquél colchón no era posible. Me deshice de mis ropas, sin dejar de mirarte. Me coloqué a un costado tuyo. Tomé una de tus manos. La besé. Besé tus dedos, tu palma. Fui subiendo, recorriendo tu brazo hasta llegar al hombro. Tú suspirabas. Con cada beso yo estaba más cerca: el hombro, el cuello, la mejilla, los labios. Tus manos acariciaban mi espalda mientras me regalabas un beso profundo, tibio, húmedo. Giré un poco para recostarme sobre ti. Te besé en los ojos, en la nariz, en la barbilla. Fui bajando poco a poco hasta llegar a tu pecho. Mis dedos, casi autónomos, insistían en uno de tus pezones, casi como una guía, como un faro que le indicaba la ruta correcta a mis labios. Te besé lentamente. Despacio, saboreando cada centímetro de piel. Luego mis manos bajaron por tu cuerpo, deteniéndose por siglos en tus muslos. Me sentías cada vez más cerca. Mis labios insistían en recorrerte toda, y fui deslizándome por tu vientre. Casi por instinto, tus manos se aferraron a mi cabello, al mismo tiempo en que tu espalda se arqueaba, permitiéndote recorrer ligeramente tus caderas, apenas un palmo, hacia adelante. Yo seguí el descenso por tu cuerpo, muy lento. Besé tu ombligo. Una vez. Otra. Busqué tu mirada, pero tú habías echado la cabeza hacia atrás. Sin pensarlo, al sentir mi rostro cerca, separaste tus piernas un poco más. Tú respiración se hacía cada vez más agitada. Sentías mis manos sobre tu vientre, apretando tu cintura, acercándote hacia mí. Finalmente, mis labios se habían encontrado con los tuyos, con esos otros, tan únicos capaces de regalarme un beso tibio y perpendicular…

miércoles, febrero 18, 2009

I

Estarás de pie bajo el marco de la puerta. Lo primero que llamará tu atención será la reproducción de un cuadro de Kandinsky, que cuelga en la pared de enfrente. Recorrerás con la mirada la habitación de cinco por cuatro. No habrá paredes que detengan tu recorrido. A tu derecha estarán dos escritorios atestados de libros, hojas sueltas, anotaciones, bocetos, botellas de vino vacías, velas, máscaras, diarios, discos, y un universo innumerable de objetos caóticamente dispersos. Siguiendo con la exploración visual te encontrarás, en el piso más libros, apilados en torres increíblemente estables. Verás un par de viejas guitarras  en un rincón, casi como abandonadas. Te encontrarás con otro escritorio en donde una computadora desentona con la atmósfera del sitio.  Tu mirada seguirá su viaje de inspección y te darás cuenta que las paredes están llenas de hojas sueltas, recortes, dibujos, anotaciones, grietas, y una hermosa litografía de Chagall. Habrá un pequeño librero, más libros, más botellas vacías, un par de sillas, más caos. Finalmente, en el extremo izquierdo de la estancia, descubrirás una cama baja, amplia, situada frente al closet que ocupa casi todo el muro. Sonreirás un poco, casi como un reflejo, al descubrir que las puertas del armario son dos grandes espejos que duplican la cama. La trayectoria visual terminará por encontrarse conmigo. Tomaré tu mano y te invitaré a entrar. Se producirá un ligero estremecimiento, entre ambos, algo como una descarga eléctrica terriblemente placentera recorriendo la columna vertebral. Y culparemos al frío, porque ya somos adultos, y nos sentimos incapaces de aceptar que a esta edad, que después de tanto tiempo y tantas cosas, todavía, increíble y maravillosamente, somos unos críos…

                Cerraré la puerta. Y esto sellará de algún modo una especie de pacto tácito. Nos miraremos a los ojos y sin hablar nos diremos que el cierre de esa puerta implicará, también, la clausura de un círculo, el cruzamiento de un punto en el que no hay retorno. Pero entenderemos que toda clausura también es una inauguración, la apertura a nuevas posibilidades. Y sabremos que todo límite está ahí sólo para ser atravesado, y que la presencia de ambos en aquel estudio será un acto de subversión enorme, y por esto mismo, necesario y fundamental, inaplazable. Me deslizaré detrás de ti, para abrazarte, lento, para envolverte con mis brazos y acercarte a mí. Estando así, de pie, mis manos recorrerán tu vientre, indecisas entre el norte y el sur. Tú inclinarás el rostro, invitándome a besarte en el cuello. Yo percibiré tu aroma, te absorberé despacio hasta saciarme de tu olor. Sentirás  mi respiración, tibia, cerca de tu oído, y será como una anticipación de mis labios, de ese beso profundo y húmedo que más tarde se extenderá por toda la geografía de tu cuerpo. Absolutamente por todo tu cuerpo.

                Me dirás que espere. Te darás vuelta para quedar frente a mí. Te pararás de puntillas para alcanzar mi boca. Me besarás profundamente y sentirás cómo mis manos entran por debajo de tu blusa para acariciar tu espalda. Sentirás mis labios cada vez más húmedos. Del bolsillo de mi pantalón extraeré una mascada. “Ensayemos la ceguera”, sugeriré. Te reirás un poco por la alusión involuntaria a uno de los dos autores portugueses que me gustan tanto. Ataré la mascada alrededor de tus ojos. Comenzaré a desnudarte poco a poco, muy lentamente, disfrutando del descubrimiento, memorizando cada pliegue de tu cuerpo, cada claroscuro. Primero quedarás descalza, luego, apenas notarás cómo el pantalón va deslizándose hacia el piso. Destino inevitable. Te rehusarás un poco, tímida. Pero la resistencia será mínima, porque disfrutarás mis manos y mis labios recorriéndote, sin avisar, cada pequeña parte, cada rincón de tu cuerpo. Seguirás de pie, sin saber en dónde será la próxima caricia, el próximo beso. Yo estaré de pie y te besaré en los labios; me pondré en cuclillas para acariciar tus piernas, en un movimiento ascendente desde los tobillos y hasta las rodillas. Sonreirás porque tu respiración estará demasiado agitada, y sentirás cosquillas, y mis manos se deslizarán lento por cada centímetro de tu piel. Me detendré un poco en las costuras de tus bragas, indeciso. Las dejaré para el final. Te quitaré, por fin, la blusa. Me acercaré a ti para abrazarte, para sentirte así, semidesnuda. Te besaré profundo en la boca. Iré bajando por tu cuello, deteniéndome ahí donde tu respiración y tu voz me lo indiquen. Seguiré mi viaje hacia el sur. Acariciaré cada espacio, besaré cada palmo, despacio. Recordaré un viejo poema de Sabines. Quizá lo recitaré en voz baja: “…tiene los pechos dulces/y de un lugar a otro de su cuerpo hay una gran distancia/de pezón a pezón cien labios y una hora/de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas…”.  Y tus manos se enredarán en mi cabello, intentando evitar mi viaje, pero a la vez todo ello será una incitación, un mandato ineludible, la necesidad urgente de seguir, de sentir mis labios sobre tu vientre…

 

 

 

 

                

miércoles, enero 28, 2009

Quién sabe

En tanto sujetos ¿estamos estructurados como un todo homogéneo y coherente a partir de los discursos hegemónicos que le dan corporeidad a nuestra sociedad, o nos reinventamos a diario mediante las acciones performativas/ficticias que desplegamos para el armado de nuestra identidad?

lunes, enero 26, 2009

¿Será?

Yo soy yo (y mi paredro)

sábado, enero 24, 2009

No cabe duda

Escribir no es otra cosa que intentar desesperadamente, a patadas y echando espuma por la boca, alcanzar  el tejido de la trama de la vida (esfuerzo completamente inútil). 

martes, enero 13, 2009

Poder

Contrario a la creencia de que el poder es inalcanzable, es preciso aclarar que éste no está en ninguna parte y por ende está en todas. Más que un elemento sustancial, una esencia, es una relación social marcada por la historicidad, es decir, que se transforma a lo largo del tiempo. En principio alude a un entrecruzamiento de dos aspectos fundamentales: el mandato y la obediencia. Ahí donde confluyan tales elementos estaremos siempre frente a una relación de poder. El Uno manda; el Otro obedece. La historicidad del poder radica en dos procesos cruciales. Por una parte se tiene la institucionalización de un conjunto de normas, prácticas, modos legales de ser y hacer, cuya vigencia cambia entre épocas, entre sociedades. Por otra parte está la construcción de una serie de símbolos que tiende a profundizar la brecha entre lo Uno y lo Otro, alejando aparentemente el poder. Este alejamiento casi siempre es de corte autoritario. Ello en el sentido de que implanta e impone la idea de que el poder detentado por el Uno es inasequible para el Otro. Como si ese fuera el orden natural de las cosas. Hay en esto, evidentemente, un mecanismo ideológico que nos obliga a repensar tanto la capacidad que se tiene para contrarrestar el poder, como la pertinencia de una noción que se perfila como “antigua y superada” (la ideología). 

domingo, enero 04, 2009

Se hace camino a (la) Andar(es)

A Laclau le cuesta entender por qué un sitio como la Plaza Andares puede convertirse en algo tan exclusivo y clasista. Para ella, la dichosa placita no es sino una burda imitación de cualquier mall gringo, al que se asiste en “chanclas” para ir a “chacharear”. Le sorprende ver jovencitas bulímicas y anoréxicas que jamás han saboreado la delicia de una buena orden de tacos de birria (o que de haberlo hecho, la vomitan enseguida); o soccer moms de cuerpo prefabricado diseñado para [y por] el amante en turno; todas listas para la pasarela: con garritas de diseñador y con la correspondiente actitud de modelo. Y creo que tiene mucha razón. Más allá de la cuestión estética (que vale la pena), el lugar es poco menos que una pálida sombra, un centro comercial norteamericano, pero región cuatro. A lo mucho una oda a lo gabacho, estandarizada y estéril, que no tendría por qué establecer diferencias de clase ni postular exclusividades. Salvo por un pequeño detalle: que no está en Estados Unidos, sino el Guacalajara, Jalisco. Lo cual ya dice mucho. Sobre todo, de nosotros los tapatíos. Pero bueno. Desde luego, es evidente que las distinciones de las que hablo son puramente simbólicas. El espacio de la Plaza es público, y ay de aquel que se atreva a negarle la entrada a alguien. De cualquier manera, es inevitable percibir que se erigen un montón de fronteras. Desde que uno entra al estacionamiento, es posible verificar que el lugar no está diseñado para un cualquiera (como yours truly). Se encuentra uno autos cuyos rines cuestan, solitos, lo que vale mi modesto carrito. Del desfile de marcas y modelos mejor ni hablemos, porque me pongo verde. Después, cuando uno entra a una de las tiendotas principales, se hace más claro que las diferencias de clase existen. Y que nosotros, como tapatíos, las favorecemos. Baste un ejemplo: la ropa para niñas que uno se encuentra fácilmente en Zapotlanejo, a precio de ganga,  en Liverpool o en El Palacio de Hierro cuesta hasta tres veces más. ¿Por qué no vamos a Zapotlanejo a surtir de garras a Lanaila? Porque es más cool decir que le compro su ropita en las tiendas de Andares. ¿Me explico? Así, si bien es cierto que el acceso a este lugar es irrestricto, la oferta tiende a configurar la demanda, a dotar de un perfil bien definido al consumidor al que está dirigido el sitio. Insisto, no es para cualquiera. O por lo menos no para un cualquiera como yomerito. En este sentido, no me cabe duda que la dichosa placita se convertirá (o a lo mejor ya es) en el lugar. En la onda. Supongo que cuando esté ocupada al cien por ciento será posible constatar lo anterior. Hoy todavía hay muchos locales vacíos, con promesas de próximas aperturas. Será cuestión de esperar y ver cómo poco a poco se norteamericaniza aún más la zona. De cualquier manera, me surge una duda. Bueno, dos. La primera tiene qué ver con el balance entre oferta y demanda. ¿En realidad la ciudad (o los habitantes del área donde está Andares) cuentan con los recursos económicos suficientes para sostener a los comercios establecidos? Intenté hacer cuentas, y calcular cuánto tiene qué gastar alguien para que un locatario pueda pagar la renta del local en un espacio tan exclusivo, y aparte obtener ganancias, pero ante las cifras astronómicas que me salieron, preferí desistir (porque la verdad sea dicha, todavía no soy completamente cínico y me dio harta indignación pensar que en la zona norte de Zapopan hay gente que no tiene ni para comer). Y la segunda pregunta se deriva de la primera. Si Andares no se convierte en un elefante blanco, y logra ser un éxito comercial, me cae que sería obligado investigar a quienes asisten y compran sus cositas ahí (por supuesto, no me refiero a la morrita clasemediera que va y se “endroga” hasta el tope para aparentar que vive bien, sino ya saben ustedes a quiénes me refiero), para ver de dónde obtienen el dinero. La explicación marxista es muy divertida (i. e. la explotación, el plusvalor, la ganancia, la propiedad de los medios de producción, etc.). Pero la respuesta escabrosa, es decir, la que tiene que ver con lavado de dinero, el narcotráfico, la trata de blancas, etc., es todavía más graciosa. Ojalá y alguna autoridad se atreviera a seguir esa pista. Segurito que por fin, darían pie con bola.  

lunes, diciembre 29, 2008

¡Feliz navidad!

¿Quiénes somos? Eso no importa. Somos nadie. O mejor dicho, somos todos: la maestra a la que le entregas a tus hijas por la mañana en la guardería; el joven al que le compras el diario los domingos; la "hija de papi" que sin matarse trabajando como tú, conduce el auto que nunca tendrás; la secretaria de tu jefe con la que coqueteas todo el tiempo;  el conserje al que saludas con amabilidad pero que en el fondo te provoca asco; el vecino solitario que acaba de ocupar la casa en renta, al lado de la tuya. ¿Ves? No importa quiénes somos, porque estamos por todas partes.  Lo que vale la pena es que conozcas lo que hacemos. Si aún no has sabido de nosotros, paciencia, ya tendrás tu oportunidad. Te lo aseguramos. ¿Por qué estamos a punto de contarte esto? Es complicado. La respuesta inmediata es: porque podemos. Puedes pensar que lo hacemos por morbo. O que en nuestras palabras se oculta una intención malsana y perversa. Pero no. Nada más alejado de la realidad. De hecho, para nosotros es todo lo contrario. Más bien, piensa que lo que vas a leer es una especie de invitación. O mejor aún, un manual de instrucciones. Primero, aún cuando lo que está escrito aquí  tiene que ver con una colectividad muy concreta, es necesario señalar que no existimos como grupo. Prácticamente no nos conocemos. El único encuentro que tenemos ocurre en este día. Nada más. Ni antes ni después. No nos  telefoneamos. No nos escribimos correos electrónicos. Simplemente nos reunimos en el lugar de siempre. Y entonces comienza todo. Seguramente te preguntarás cómo es que podemos organizarnos sin establecer casi ningún contacto. Te sorprendería saber que hay otros mecanismos, al alcance de la mano, distintos a los tradicionales. En realidad,  ponernos de acuerdo resulta bastante simple. Una vez juntos, el jefe en turno distribuye las tareas correspondientes: 1. Los que tienen más experiencia señalan en los mapas las distintas locaciones que habrán de visitarse. Esto debe estar listo antes del mediodía. Pareciera una tarea titánica, puesto que en la ciudad hay cerca de doscientos negocios que nos interesan. Pero bastan algunas llamadas para reducir la tarea. Lo que es cierto es que como cada vez somos más, y el número de establecimientos se ha incrementado en los últimos años, en ocasiones debemos dividirnos en hasta tres equipos. 2. A los que será su primera vez se les encarga que coticen, adquieran y transporten los arreglos florales hasta un punto intermedio, desde donde serán repartidas a los sitios determinados  con anterioridad (el dinero no es problema alguno, puesto que a lo largo del año cada uno hemos depositado cierta cantidad mensual en una cuenta bancaria, bajo el nombre de una empresa inexistente). Esta tarea debe completarse antes de que comience a oscurecer. 3. El resto de nosotros cumple una función sustancial: se apersona en los establecimientos, con el objetivo de generar un clima de confianza y familiaridad, para que en el momento decisivo no genere extrañeza nuestra presencia. Casi siempre vamos de dos en dos, pero nunca juntos. Una vez ahí, lo primero consiste en detectar a los principales dolientes. Esto no es difícil, puesto que en términos  generales, se aíslan, buscan un rincón solitario dónde rumiar su pena (hay que tener cuidado en no acercarse a los y las plañideras, quienes despliegan su supuesto dolor a berridos y sollozos. Ellos son peligrosos porque pueden pensar que estamos ahí para usurparlos, y son capaces de arruinar nuestra tarea. Ya nos ha pasado).  Los saludamos, les ofrecemos nuestro más sentido pésame (casi siempre con una honestidad y una sinceridad brutalmente profunda). Después de los abrazos protocolarios, nos dedicamos a socializar discretamente, hasta mimetizarnos con el entorno. Buscamos averiguar el nombre del difunto o difunta, y las causas de su muerte. 4. Cuando comienza a oscurecer, debemos prepararnos para reaccionar de inmediato a la llegada de nuestros compañeros, quienes portan los arreglos florales. Esto es fundamental, porque dadas las circunstancias, no resulta extraño que un desconocido entre en cualquier funeraria sosteniendo un ramo de flores o una corona. Prácticamente al mismo tiempo, en todos los establecimientos mortuorios señalados en los mapas por los más experimentados, ingresan nuestros compañeros. Se acercan al féretro, colocan cuidadosamente el arreglo floral correspondiente, y se retiran del lugar con la misma discreción con la que entraron. Dada la cotidianidad del asunto, y si todo transcurre con normalidad, no debe haber reacción alguna por parte de los presentes. Luego de esperar los minutos suficientes para permitir que nuestros compañeros se alejen, mediante gritos y aspavientos llenos de genuina indignidad, hacemos notar que los listones o tarjetas que acompañan a los arreglos florales recién colocados junto al féretro dicen: ¡Feliz Navidad! 5. Finalmente, es preciso tomar nota para documentar las distintas reacciones de los presentes (las cuáles recorren un abanico que se extiende entre el estupor y el odio). Por último, éstas serán presentadas y sometidas a juicio frente al pleno del grupo. En ocasiones, las discusiones se tornan acaloradas, pero siempre son productivas. Una vez analizado y agotado el tema, leemos el acta que uno de nosotros ha redactado. Si se aprueba, fijamos el lugar para la reunión próxima; nos despedimos fríamente, deseándonos suerte y esperamos vernos el año entrante. 

 

viernes, diciembre 26, 2008

El sur


¿Cómo decirlo? ¿Cómo evitar adelgazar con palabras algo que fue tan enorme y que se experimentó en plural y prácticamente con todos los [pocos] sentidos [que aún me quedan]? A veces, comenzar por el principio resulta inadecuado para dar cuenta de los hechos. Escribir: "salí de vacaciones a Mérida" es insuficiente, porque obliga a pensar en una ida y una vuelta. Intentar establecer un orden, una sucesión de eventos, es un truco que nos ofrece la Razón para darle cierta cohesión al mundo al buscar sustraer la paja y el rastrojo: todo razonamiento evoca un proceso de domesticación de la realidad, un acto de selección y eliminación que pretende hacer visible lo esencial; poner de relieve lo importante. Así, intentamos imponerle un orden al caos que fluye frente a nosotros: asumimos que ocurre A y después B; y para que tenga lugar C se requiere, casi como un mandato divino, que antes hayan sido A y B. Si no, pos no. Pero es precisamente este acto de ordenamiento y disminución el que hace flaca toda pretensión narrativa. No permite reconocer que, en muchos sentidos, la ida también constituye un regreso y viceversa. ¿Por  qué no comenzar contando que los mojitos en el café La Habana fueron como arribar a un oasis que nos rescató del calor de las dos de la tarde? ¿Por qué tendría que empezar diciendo que el punto de partida fue Cancún y el cliché del turismo gringo (o agringado)? ¿Y que en medio estaba Valladolid o Chichén Itzá? Creo que más al orden temporal, valdría la pena acudir  a los sentidos y a cómo los recuerdos los van habitando. Así, tal vez sería más adecuado decir que Mérida sabe rico.  Que la ciudad invade la mirada y se escucha y se baila por las noches, envuelta en una tibieza que adormece pero que también invita al goce.  Mérida es la pura sabrosura. Tiene el alma vieja y el corazón nuevecito.   Caminar por el Paseo Montejo (de día o de noche) da cuenta de la parte vibrante y moderna; visitar la Plaza Grande es como un ritual de evocación que seduce, una especie de nostalgia que permite deslizarse sobre la propia pátina del tiempo. Nada como una cerveza León terriblemente fría, en Los Almendros, luego de haber conducido all the way from Valladolid. Y la salsita de chile habanero omnipresente hasta en los bufetes. Qué risa. No sabían que éramos tapatíos/tijuanenses, y que como tales, necesitamos molcajetes llenos y no los minúsculos trastecitos en los que nos lo servían. Cada vez que pedíamos un refill de la salsera, el mesero en turno nos miraba entre sorprendido y divertido. No se explicaba cómo podíamos habernos acabado todo el contenido chilesco en un taquito. 

Cuando uno piensa en Valladolid, casi por antonomasia se remite a Morelia. Pero hay otro Valladolid, una pequeñita ciudad heroica, tranquila y relajada; yucatana. Qué placer. Valió la pena haber "tocado de oido" la ruta. Así nos pudimos desviar a este lugar sin mayores dificultades. Fue una escala inesperada, no planeada, pero al final de cuentas, resultó una joya. Desde la calidez del personal de El Mesón del Marqués (y su restaurante increíblemente delicioso), hasta la arquitectura de la Catedral de San Gervasio, y el espeluznante monaguillo de cera que lo recibe a uno a la entrada; Valladolid invita al retorno. Dejar Guadalajara en medio de un brutal frente frío, para que un par de horas después Cancún nos recibiera con un calorcito  de esos de los que se sienten cuando uno se desliza por el escote de la mujer amada… no tiene precio . A diferencia de Laclau (y aparentemente, a diferencia de Lanaila también), no soy un tipo al no le atrae el mar o la playa. Me da harta flojera asolearme; meterme en el caldo de humanos que implica una alberca, uf, ni por equivocación. Y el mar, pues de lejecitos. Pero esta vez, estuvo todo tan sabroso que bueno, di mi brazo a torcer: por supuesto, no me asolee, ni nadé en una alberca, y mucho menos me metí al agua del mar. Pero cómo gocé: desde el momento en que llegamos a registrarnos al hotel y pensamos que el taxista se había equivocado (yo soy mochilero y Laclau es medio gitana, así que no estamos acostumbrados a hospedarnos en sitios rebosantes de tanto lujo), hasta el hecho de que bastase con estirar la mano para que un mesero te pusiera una cerveza o una margarita en ella. Qué delicia. Si Mérida es la pura sabrosura, Cancún es la pura bebedera. Un detalle que me pareció genial durante todo el viaje. Me refiero al servicio. Veré si me puedo explicar. En todos los lugares a los que llegamos o en los que estuvimos, el servicio fue impecable. Pero lo que más me gustó fue la distancia con la que lo atienden a uno. En otros sitios de este país casi en ruinas, hay una familiaridad que a veces raya en la hipocresía. Siempre se intenta quedar bien con el cliente. Pero en Yucatán además de eso hay algo, una especie de frontera, de barrera que delimita claramente el papel del anfitrión y el del huésped. Lo sirven a uno de manera excelente. Pero desde una cierta distancia, y con una dignidad que sobrecoge en el mejor de los sentidos. Lo hacen sentir a uno a sus anchas. Fascinante. Hay tres cosas más: la cena romántica en el Trotters, las botanas en el Eladio's, y la vuelta por Chichén Itzá. Estos recuerdos son completamente míos y no quiero gastarlos. Y por eso, me los guardo. En otros capítulos ya iré desglosando más de nuestras vivencias por aquellos caminos del extremo sur. Hoy, ya se me hizo agua la boca nomás de estarme acordando. 

jueves, diciembre 11, 2008

¿?


Y ¿cómo no voy a estar enamorado?