martes, agosto 22, 2006
Nada
jueves, agosto 10, 2006
lunes, julio 10, 2006
Welcome to postméxico
Uno de los primeros actos de gobierno de Vicente Fox consistió en modificar el logotipo de la Presidencia de la República. De un día para otro, por decreto presidencial, la archi-reconocida aguilitaparadasobreunnopaldevorandounaserpiente quedó demediada, partida por la mitad gracias a una discreta guillotina tricolor, dejando visible sólo la parte más septentrional de la citada imagen. En su tiempo, este dislate blanquiazul provocó malestar entre algunos sectores de corte patriotero en varias regiones del país. Vaya, hasta los intelectualillos que fungen como parásitos de Televisazteca protestaron durante varias semanas. Pero como suele suceder en nuestro [hoy más azul y bendito que nunca] postméxico, pronto se nos olvidó el asunto. Con el tiempo,
esta construcción simbólica se coló en el imaginario nacional, y nos acostumbramos a ver el aguilita mocha por todas partes: en la tele, en los diarios, en los libros, en los programas y planes de gobierno, etc. Así hasta el cuasifinal del primer bluesexenio. Hasta aquí, el asunto carecería de importancia [salvo para los pocos patrioteros que aún pululan por ahí] si no fuera por las resonancias simbólicas que tiene ese primer acto de Fox.
En primer lugar, el rediseño de imagen que operó el equipo publicitario de Fox Inc. sobre el logotipo de la Presidencia no sólo alude a una cuestión estética. Detrás de ello subyace una profunda dimensión ética. Y por ende, política. Pensemos que la dichosa aguilita no sólo es un simple sello, sino que funge como un eje aglutinante de la mexicanidad, como el mismo gesto fundacional de nuestra nación. De modo que la estrategia mediática del primer presidente de alternancia debe ser leída en ese nivel ontológico, es decir, como un nuevo gesto fundacional, como la emergencia de un nuevo país (obviamente, postméxico). Esto fue dicho muchísimas veces por Fox. Pero el brillo de lo aparentemente nuevo nos segó/cegó, evitando que captáramos en su verdadera dimensión las palabras del presichente. Así, el corte efectuado sobre el águila no fue, pues, sino un anuncio que no supimos o no quisimos interpretar en su momento, cuya intención principal consistía en prepararnos para lo que estaría por venir en las elecciones del 2006. En otras palabras, la eliminación de la parte austral del signo definitorio del preméxico tiene una relación estrictamente homóloga con la profunda división que han dejado los recientes comicios. Basta mirar cualquier mapa que muestre la distribución del voto para darse cuenta de e
llo. Al igual que con el sello presidencial, la facción que quedó pintada di blue será la única que adquirirá visibilidad e importancia por lo menos durante los primeros años del próximo sexenio. Veremos que sucede por ahí del 2008. En fin, si el neoconservadurismo mexicano es coherente consigo mismo, el mensaje inicial de Fox, y su necia insistencia en la necesidad de continuar sobre el mismo caballo ¿sugiere en consecuencia que el destino de la sección amarilla (del país, no la telefónica) será igual que el de las patitas del águila? Vaya bestiario el nuestro.
Ja.
PD.
Cuando vivía en Tijuana me jactaba de tener la frontera a unos cuantos pasos. Nomás me sentía deprimido y me iba de compras al extranjero. O ya de perdis, invitaba al Monsiváis a tomar un capuchino Venti al Starbucks con los compitas de Hillcrest. Ja. Luego de las elecciones me doy cuenta que estaba equivocado. El mapa que muestra la distribución del voto señala, también, hasta dónde llegan ahora los yunaites, y desde dónde comienza Centroamérica. Chale, la pinche movilidad de las fronteras me trae loco.
PD2.
Insisto. Todo intento de impugnar las elecciones será un esfuerzo inútil. El TRIfe no se arriesgará jamás a deslegitimar al árbitro de la contienda. Habrá que olvidarse de ello. Lo más sensato radica en organizarse, en irse preparando para el 2010 ¿Captas? Si es así ¿de qué lado estarás cuando todo comience?
jueves, julio 06, 2006
¡No!

¡No! Y el mío es un no rotundo frente al oscurantismo inquisitorial que se cierne sobre nosotros (mexicanos en general, y zapopanos jaliscienses en particular). ¡No! Yo no voté por Calderón porque considero que tenerlo a él como gobernante es lo peor que le puede pasar al país. ¡No! Mi voto tampoco fue para López porque no creo que una izquierda anquilosada y prehistórica pueda sacar a México del pozo en el que está sumergido. Mi idea de proyecto de nación no tiene qué ver ni con el PAN ni con el PRD (mucho menos con el PRI o el PANAL, ¡asco!). Y sin embargo...
¡No! Nunca he deseado tanto equivocarme, pero tengo la terrible certeza de que nos espera uno de los peores sexenios de nuestra historia. Desde luego que ante la indignación que me provoca lo que acontece en la arena política nacional se imponen las lógicas inmediatas de la protesta, por un lado, y de la apatía y el desentendimiento, por el otro.[1] Pero ojo: recordemos que tanto la pasividad más profunda como la acción más subversiva tienden a reificar el orden instituido. El único resultado posible de toda rebeldía no es sino la legitimación última del pseudotriunfo panista. En este sentido, lo importante no radica en posicionarse a toda costa en contra del sistema. La verdadera protesta consiste en situarse del lado de la más pura ortodoxia, en adoptar de manera radical y hasta el límite los más enraizados preceptos blanquiazules de crucifijo y sotana. Más que un sano repliegue hacia la estabilización de la esfera privada, se precisa acercarse histéricamente al mismísimo núcleo de lo público, penetrarlo hasta el hueso hasta sorber la médula ultraconservadora. Habría, pues, que enrolarse en las filas del PAN, y adoptar como bandera cada uno de sus mandatos, cumplirlos sin rechistar, hasta convertirse en un ser más panista que Sandoval Iñiguez. Y si los contactos lo permiten, habría que llegar hasta el fondo y entrometerse en El Yunque, plagarlo con nuestra presencia, seguir al pie de la letra cada dictado y cumplir con el deber que se nos imponga. ¿Libertad de pensar y elegir? ¿Para qué? Es mejor vivir feliz y contentillo, contemplando estúpidamente una bandera azul con lindos terminados fascistas en las esquinas.
Alcemos todos la mano derecha y saludemos al [bendito] triunfador. Hail, Felipe.
(¡No!)
[1] Dentro de estas categorías está incluida, también, la movilización social virtual, es decir, aquella que nos interpela a enviar cadenas y cadenas de correos sin destinatario, en donde el botón de “enviar” y el “mouse” adquieren el mismo estatus ontólogico que el fusil y las cananas revolucionarias. Puag.
lunes, julio 03, 2006
Al averno
miércoles, junio 14, 2006
Deconstructing politics
El proton pseudos —la «mentira primordial» de los histéricos, según argumentan distintos güeyes— permite discernir el tránsito de lo constitución subjetiva de la mentira hacia una especie de mentira objetiva, la cual estaría inscrita precisamente en el seno más profundo de la realidad social. Es más que evidente la relación de lo anterior con la idea ‘martzista’ (Gkrtr dixit) que anuncia el «fetichismo de las mercancías», y con respecto a ello podrían decirse un montón de cosas. Pero resulta bastante más interesante trasladar esta noción al análisis de la arena política nacional. De manera específica, un spot reciente hecho por sabrá el diablo qué publicistas enloquecidos para la campaña de Roberto Madrazo, está que ni mandado a hacer. Recordemos que el proton pseudos no es sino Der falsche logische Schein, es decir, la llegada a conclusiones falsas por medio del razonamiento lógico. En otras palabras, es posible inferir que el orden de los factores sí altera el producto: una ilusión aparentemente subjetiva hunde sus raíces en una mentira que en sí da cuerpo a la realidad objetiva. Veamos si no.
En el spot referido, el cual remite al combate a la delincuencia, aparece, en este orden, lo siguiente:
(1) Un grupo de maleantes recién capturados, riéndose porque saben que pronto van a salir de la cárcel;
(2) Madrazo con un rostro duro/endurecido, amenazante, casi obligando a (la audiencia a) que continúe con la burla. “Síganse riendo”, dice;
(3) Madrazo de nuevo, recitando la letanía de medidas que tomará para combatir la delincuencia;
(4) Un primer plano del rostro de uno de los bribones, el cual adopta poco a poco una expresión de terror;
(5) El mismo tipo (el maleante, no Madrazo) termina por orinarse;
(6) Se cierra el spot con un anuncio que reza: “con Madrazo te va a ir muy bien”.
En términos muy sintéticos, ésa es la estructura que subyace a varios de los panfletos madracistas recientes (i. e. la puesta en escena del mal-síntoma, el desanudamiento del núcleo traumático, y la emancipación final). Pero el problema, el proton pseudos, la mentira primordial, radica, sin duda, en la aparente lógica con la que son mostradas las distintas secuencias que conforman el mencionado spot. Una lectura más cuidadosa nos permitiría discernir que la disposición en que éste está presentado no es la correcta. El orden en que realmente (es decir, en la realidad social) se suceden los eventos (desordenados) en el spot es el siguiente:
(4) (2) (3) (6) (1) (5)
Ésta es precisamente la clave de lectura para interpretar la propaganda madracista: al principio, en el momento de su captura, los maleantes están lógicamente aterrados (y no precisamente porque el sistema judicial funcione, sino porque a nadie le gusta pasar un tiempo encerrado). Luego, frente a las propuestas que hace Madrazo para combatir la delincuencia, y tomando en cuenta el origen de éste, es decir, la más pura expresión del antiguo régimen, no pueden evitar reírse a carcajadas porque tienen la certeza de que van a conseguir su libertad impunemente. Esto llega al extremo de que ante tanta diversión, uno de ellos termina por orinarse (ojo: debido a la risa y no por el miedo). Tiene razón Madrazo que al votar por él el camino que se transitaría va desde el sufrimiento al goce. Lo que en su spot no se señala es que el mensaje es dirigido, precisamente, a los maleantes. En consecuencia, la lectura que no debe pasarnos de lado por ningún motivo es la siguiente: [estimado ladrón/delincuente/y demás agremiados]: “con Madrazo te va a ir muy bien”.
Je.
jueves, junio 08, 2006
Con límite de tiempo
Una pequeña revienta en llanto
Porque alguien le ha robado el reloj
Que había enterrado meses antes
Justo en el centro del jardín
[¡—Era una cápsula del tiempo, mamá—!]
Grita
Como si en ello se le fuera la vida
Toda mejillas encendidas y rastros de agua
¡Era el de corazoncitos, mamá! —dice—
Se limpia el rostro con sus manitas
Suspira profundo, solloza, gime
Adentro
Alguien mira desde su ventana
Y piensa que pensar se vuelve
Un acto vil y sospechoso
Limpia la carátula con precisión
Sacude la arena húmeda
Ajusta la correa
Todavía es lunes [de pared a pared]
Sonríe
Sin culpa, casi
Sonríe
viernes, junio 02, 2006
...
Vicariously I live while the whole world dies.
You all feel the same so..."
JMK
¿Cómo puede uno simplemente no estar de acuerdo?
martes, mayo 30, 2006
Haciendo Memoria
Y sí.
Todavía.
No me gusta recomendar música. Así que esto no es una recomendación. Lo que sí puedo decir es que diez mil días es un album sumamente profundo, introspectivo. La ejecución es brillante en cada corte. Sin duda, será uno de los cds de referencia (en mi colección). Estoy seguro que igual que sucede con Undertow (el segundo disco de Tool), seguiré escuchando 10,000 days después de quince años con igual o mayor placer que ayer.
(Y todo esto sólo para dejar en claro que no tengo nada que decir, que la hinspiración me ha abandonado por completo).
lunes, mayo 29, 2006
Juegos de rutina
miércoles, mayo 24, 2006
¡Cuidado!
PD.
Por supuesto, frente a lo anterior sólo quedan dos vías. Yo ya tengo decidida la mía. ¿Y tú?
jueves, abril 27, 2006
Unos días...
I.
martes, abril 04, 2006
(Im)pensar la (post)literatura
Imposible resistir la tentación y no re-postear este texto
Desde hace poco más o menos un año yo he entrado, también, en el mundo de los blogs. Ello me ha hecho ver que la escritura es una de mis compulsiones más queridas. Escribir sin ser capaz de detenerse, narrar las sutilezas de la vida cotidiana, radicar en la inmediatez del hipertexto. Todo ello ocurre cuando se escribe en un blog. Las fronteras entre los géneros se difuminan, dejan de tener sentido. O mejor aún, se hacen visibles para poder ser atravesadas (a patadas y echando espuma por la boca). Sospecho, incluso, que al postear se crea un nuevo y efímero género: la postliteratura. No hablo de una idiotez como la literatura postmoderna, sino de una literatura del post. En la postliteratura lo escrito condiciona muy poco lo que se está escribiendo: se abre la posibilidad de de(con)struir la literatura desde la literatura misma.
Con la postliteratura el Uno irrumpe en los Otros [y viceversa] haciendo estallar la dicotomía escritor/lector. A diferencia de lo que ocurre con los textos impresos, en el blog es posible que los lectores dejen —por escrito— sus comentarios virtualmente en tiempo real, convirtiéndose así en algo más que testigos de la obra. El texto no existe salvo en la medida en que el lector-escritor lo (re)construye y se transforma en su artífice. Si la postliteratura es un género literario en gestación, requiere de un nuevo tipo de lector, uno que quizá rompa con el mito cortazariano del lector-hembra, una especie de lectoescriturista. Éste no es un híbrido estéril, sino que produce y (se) reproduce en el (hiper)texto. Por ello, la postliteratura es indigesta: exige la participación activa de los ácidos de este nuevo lectoescriturista; requiere ser convertida en una especie de bolo en el que lo literario, a final de cuentas, o se aprovecha o queda hecho otra cosa (en alguna asquerosa secreción, como ocurre con mucha literatura). Ello obliga a la toma de posturas por parte de quien lee: exige cierta complicidad del lectoescritor, un acomodamiento o una desazón, pero siempre un movimiento.
La postliteratura es efímera, fugaz, en la medida en que la retroalimentación ocurre en tiempo real. En los blogs no puede dejarse para mañana lo que se pueda leer hoy. La producción de posts es tal que el tiempo simplemente no alcanza. Y esto no es una desventaja. Al contrario, exhibe al escritor y lo coloca bajo una mirada inquisidora, como en un circo en el que el primer acto es un hombre desnudo y la gradería está repleta de payasos. En la postliteratura se reconoce que la creación literaria implica tanto al texto como al que lee [así como el hecho de abrir la puerta vincula tanto al que abre la puerta como a la puerta]. Por ello, la postliteratura es degradante en la medida en que desdiviniza al yo literario (a la figura del escritor). Permite arrojarse absurdamente a la literatura con la (des)esperanza de caer abiertos, vulnerables en la postliteratura. Al bajar del pedestal a quien escribe [o al subir al pedestal a quien lee], las bitácoras personales rompen con la idea de que la literatura es un campo autónomo, perteneciente al dominio de unos pocos. La postliteratura es y existe sólo en el momento que se lee, nunca antes ni nunca después. Puro presente, sin contaminación del pasado o del futuro. Todo aquél que tenga dos dedos de frente (y diez pesos para una hora en cualquier cybercafé) es capaz de hacer postliteratura. Por ello, ésta atenta contra las ortodoxias literarias, contra los cánones que se acomodan en los consabidos estancos: esto es una novela, aquello es un cuento, este es un ensayo, etc. Los textos postliterarios no se agotan en sí mismos, son abiertos y se reconstruyen a partir de las intersubjetividades. La postliteratura se tensa en la ambigüedad de lo post [pero sobre todo del post]: fluctúa entre ese ámbito dinámico que está más allá de la literatura [que ni siquiera es literatura] y el momento de fijar en letras las ideas.
En última instancia, la postliteratura es verborrea jeroglífica, martillar de palabras, agolpamiento de ideas. Esto es así porque escribir no es otra cosa que un juego de espejos, un hegelianismo baratísimo en el que la negación de la negación sólo afirma de manera más radical el punto de partida: hoy la literatura se postea, el post se (re)vuelve literatura y todo deviene en ¿ ? Ahora caigo en la cuenta: Barthes estaba equivocado y Homero Simpson se lo ha escupido en el rostro: no es el autor quien ha muerto, sino la literatura. Viva, pues, la postliteratura. ¡Do’h!
jueves, marzo 30, 2006
Imágenes de septiembre
viernes, marzo 24, 2006
Escalera
lunes, marzo 20, 2006
Un mundo maravilloso o la ideología hoy.
Sí. Ya fui a ver Un Mundo Maravilloso, dirigida por Luis Estrada. Desde luego, más que otra cosa, me guió el morbo. Preferí no leer ninguna crítica o reseña acerca del filme, porque no confío en las frecuentes sandeces de los encargados locales de realizar esa tarea. Además, quería entrar a la sala cinematográfica “sin prejuicios” [as if it is possible]. Esperaba una denuncia y así fue. Las atrocidades del sistema político mexicano quedan expuestas de manera clara, concisa, en el citado filme. La inconmensurable brecha entre la esfera política y la ciudadanía es puesta de relieve con un tino certero por Estrada. Las actuaciones de casi todo el elenco son poco menos que impecables. En última instancia, resulta indignante reconocerse en más de uno de los personajes. Tanto, que casi la totalidad de quienes estábamos distribuidos en las butacas soltamos una carcajada de vez en cuando. Tristísimo. ¿Por qué? Parafraseando a Clinton, no queda más que decir que: “It’s the Ideology, stupid!”.
¿Acaso no se ha convertido en un lugar común afirmar que en estos tiempos postmodernos la ideología es un término rancio y vacío? Tras el derrumbe del socialismo realmente existente, sugerir que cualquier grupo dominante tienen una estrategia que pretende privilegiar una forma de ver el mundo [weltanschauung] resulta una postura obsoleta y fuera de lugar. Un gran sector de la esfera académica actual [antes izquierdoso y radicaloide] desdeña en su jerga cualquier argumento que tenga que ver con la imposición de hegemonías intelectuales qua instrumentos de reproducción social. Los aparatos ideológicos del Estado ya no son tales. Ahora son instancias burocráticas eficientes. Si la ideología era la falsa conciencia, la (in)acción social se ejemplificaba con el precepto piadoso de: “Porque no saben lo que hacen”. La clase social subsumida tenía que ser “iluminada” (i. e. transitar de la conciencia en sí hacia la conciencia para sí) para, tras un proceso revolucionario, liberarse de la prisión ideológica, hacer estallar toda relación de dominación y convertirse en dueños de su propio destino. Convertirse en los hacedores de su propia historia. Pareciera, en última instancia, que cualquier movimiento revolucionario está, en nuestros días, muy lejano (no te ilusiones con lo que está pasando en París, mi estimado). Si es así, resulta incuestionable que la ideología ha muerto.
¿Que viva, en consecuencia, la ideología?
Sin duda.
La película manufacturada por Estrada funciona precisamente en esta dimensión. Es probable que de haberse transmitido hace unos cuarenta o cincuenta años, dicho filme habría terminado en la desaparición o el exilio de todos los involucrados en él. Los mecanismos del poder hubiesen actuado para castigar al culpable y para hacerle saber al pópulo que aquello no estaba bien. La imposición de un modo de pensar, estaba más que claro. Pero hoy, que vivimos en un régimen de apertura democrática, la libertad de expresión permite que tengamos acceso a ese tipo de información. ¿Cuáles son las consecuencias que tendrán Estrada y los demás participantes de Un mundo maravilloso? Más allá del probable beneficio económico que ello les traiga, prácticamente no tendrán ninguna en términos políticos. Cada quien es libre de decir y hacer lo que quiera. Nadie impone sus ideas. Pudiera decirse, casi sin sentir comezón, que la ideología ha muerto. Pero filmes como el de Estrada prueban lo contrario. Si antes el precepto que definía la ideología consistía en el “Porque no saben lo que hacen”, hoy, como dijera el good old Zizek, radica precisamente en el “Porque lo saben, y aún así lo hacen”. ¿Qué quiero decir con esto? Que la dimensión verdaderamente aterradora del funcionamiento de la ideología consiste en la ilusión de una libertad democrática. ¿Acaso el gesto más autoritario del régimen no consiste en permitir que pasen películas como esa? Recordemos que aún incluso la acción más subversiva tiende a legitimar un orden establecido. El papel que juega Un mundo maravilloso es estrictamente homólogo al que desempeñan los pseudocumentales de Michael Moore. Si no, ¿cómo explicar que al salir de las salas cinematográficas, después de observar detenidamente un filme como el de Estrada, no nos levantemos en armas? ¿Cómo es posible que digamos con una sonrisa irónica dibujada en el rostro que el gobierno apesta? ¿En dónde queda nuestra indignación cuando le pagamos al viene-viene que medio nos lavó el auto mientras nosotros nos tomábamos un frapuccino venti con crema batida en el Starbucks? La respuesta a estas interrogantes es clara: es la ideología, estúpido. Con más precisión: es la más aterradora forma de ideología: porque lo sé y aún así lo hago. Alguien debería prohibir películas como Un mundo maravilloso. No representan sino la cara más autoritaria del régimen y, para colmo, contribuyen a legitimarlo disfrazándose de denuncia. Qué asco.
viernes, marzo 17, 2006
martes, marzo 07, 2006
Mi(s) disco(s)/libro(s).
De un tiempo para acá he venido leyendo en varios blogs el despliegue de las preferencias musicales/literarias de sus autores. Al principio ello me parecía una demostración casi exhibicionista del gusto personal; una manera de mostrarle al mundo[1] el grado de cooltoora al que se tiene acceso. Como si recetarse a los autores más freaks, oscuros y pseudoexperimentales [as if such a thing exist], o como si escuchar la música más rara y en vinilo significara algo más que leer autores freaks y escuchar acetatos medio rayados y con un sonido tremendamente deficiente. La presuntuosa inclinación a recomendar la escucha de esta música y no de aquella/leer este libro y no aquél, me llegaba a resultar, a veces, hasta ofensiva. “Mi gusto es, y quién me lo quitará”, reza acertadamente una canción populachera. “¿Qué si a mí me gusta Pig Destroyer en la misma medida en que me gustan Rosana y Jewel?”, pensaba. “¿Qué si considero que Fear Factory es la música del futuro y que aquello que hacen los aprietabotones es todo menos música electrónica?” “¿Por qué para ser cool tengo que dejar de pensar que Bunbury es un burdo intento de Morrison y que Moderatto es la única y real banda de rock mexicano que ha habido en la historia del país? ¿Acaso Caifanes no es más que una pálida sombra de [otros pseudo músicos como] The Cure? ¿Por qué me tiene qué gustar más Paul Auster que Chuck Palahniuk? ¿O Neruda más que Luis Chaves?”, creía.
Y lo sigo creyendo.
Eso no ha cambiado. Sigo pensando que la tendencia postmoderna a la tolerancia [casi siempre de dientes para fuera] es una ficción inútil. Ya es tiempo de adoptar una postura, aún incluso si ésta es la indiferencia. En este sentido, más bien me di cuenta que el hecho de mostrar los gustos personales tiene otra dimensión, que va más allá del mero exhibicionismo. En realidad, más que un monólogo frente al lector, se establece una especie de diálogo a una sola voz, en el que el interlocutor es uno mismo. En la determinación del gusto confluye una serie casi innumerable de factores. Cierta canción de un grupo específico puede detonar los resortes más ocultos de la memoria. Es probable que una lectura transporte a un contexto diferente del que se habita, alejado en el tiempo y el espacio. Así que la tarea de elevar un disco a la posición jerárquica más alta de nuestros afectos es extremadamente agotadora. Elegir un libro es igual de aplastante. Redactar un decálogo con los gustos propios es una salida fácil. Lo increíblemente difícil es reducir la lista a una sola entrada. De manera que evidenciar las preferencias personales también implicaría una toma de postura frente al mundo: al hacer explícito que a mí me gusta esto y no aquello también estoy inscribiendo mi subjetividad en el orden simbólico, estoy domesticando en cierto modo la realidad. Y al mismo tiempo, más que un vulgar despliegue del gusto personal, se pone en suspenso el mismo logos del universo: en la medida en que se reflexiona acerca del propio ser/gusto se atraviesa un puente, se convierte uno en una especie de sujeto escindido que se contempla a sí mismo mirándose desde el otro lado. En última instancia, se convierte uno en su testigo.
Ahora creo que se puede estar en contra, a favor, o simplemente puede a Uno valerle madre lo que al Otro le guste. Lo importante radica en ser capaz de (re)construir la posición desde la cual es posible conversar con uno mismo, determinar cuál es el mejor texto/el mejor LP y atreverse a exponerlo [exponerse es someterse al juicio crítico del otro, y el que se lleva se aguanta]. Recomendar la lectura/la escucha de algo no me interesa demasiado [aunque lo he hecho muchísimas veces]. Sobre todo porque no soy nada, no quiero ser nada. Es como la discusión aparentemente superflua en la que se enfrascó I. Calvino al interrogarse por qué leer a los clásicos. Por supuesto, la salida que le otorgó este autor a dicho debate fue brillante: porque es mejor leerlos que no hacerlo. Sucede lo mismo con la dificilísima pregunta que alude a cuál es mi libro/disco preferido: determinar una respuesta puede ser inútil y vano, sin embargo, es mejor saberlo que no saberlo.
PD.
But of course: Undertow de Tool y Rayuela de Cortázar. No salgo sin ellos. De ahí pabajo la lista es interminable.
lunes, febrero 20, 2006
Carnes frías
Nel, era carnicero, el güey. Él se creía ganadero, pero ni madres. Chambeaba en una carnicería. No más. Por una puta vaca que vendió en su vida ya se creía el rey de las reses. Andaba con su pinche mandilito sangrado todo el día. Por eso tardaron en darse cuenta. Méndigo panzón. Los domingos le caía a la plazoleta. Esperaba a la Adriana, su morra, a un ladito del quiosco. Todo emperifollado, con su tejana chafa y su cinto piteado. Chale, la tejana tenía una plumita verde, no mames.
[Perdón, no me quería reír.
Y las botas. Las botas estaban re-curadas, con una cabeza de víbora en la punta.
[Deveritas perdón. Me gana la risa.
Ridículo como el sólo. Feo, el cabrón. Y le valía, al güey, siempre de volado con las gatitas del barrio. No tenía pa tragar, pero eso sí, el sonidazo en la camionetilla no le paraba. Sí, pos pura banda. Ni sé… un cabrón que canta re feo, pero que les gusta un chingo a las viejas. Sabe.
Simón, el güey cantoneaba cerca de mi chante. En la casa de la esquina, la de dos pisos. Esa mera, la blanquita con tirol. Dicen que sus carnalas se encueran en un taibol y que a su jefe lo metieron al bote. Quién sabe, la neta. Ahí sí que yo no me meto. Lo que es cierto es que estaban súper buenas, las cabronas. Y el jefe se veía medio mafioso. Pero pos hasta ahí.
La neta no sé. Yo creo que el güey estaba encabronado porque su carnalillo vio una foto de su vieja una vez que fue a mi casa. Ey. Es que cotorreaba con mi carnalito. Entonces yo todavía ni me fajaba a la güera, ni nada. Éramos compas y ya. Le puse un repegoncito de vez en cuando, en la secun, y hasta ahí. Igual que a las otras morras. Después, ya de grandes, nomás platicábamos. Ah, pero al vatillo cómo le encantaba hacerla de pedo. Un día ya se andaba partiendo la madre por querer echarme la camioneta encima. Me vio y le aceleró bien machín. Yo lo que hice fue subirme a la banqueta y el pendejo por poco se embarra en la pared. El Garbanzo iba conmigo, y casi se caga del susto. Pos es que está bien chaparro, y ha de haber visto la méndiga troca bien cabronzota. Nel, él no tiene nada qué ver.
Varias veces estuvimos a punto de trenzarnos, yo y el matapuercos. Lo mas cabrón fue un día que el pendejo ése andaba pedo. Pero su morra lo calmó y se lo llevó quién sabe pa donde. Total que nunca nos agarramos a putazos. Poco faltó, eso sí. ¿Motivos? Pos ese que le digo: una pinche foto. Y ni siquiera estaba encuerada, la güera.
A final de cuentas, la neta, fue el matapuercos el que tuvo la culpa por andar pensando sus chingaderas. Yo ni en el mundo la hacía, a la Adriana. Es más, yo tenía mi vieja. Pero el güey se manchaba y se manchaba: que por qué tiene fotos tuyas el cabrón; que mira donde me de cuenta que sí andas con ése; pinche puta arrastrada, y linduras así, le decía. Se me hace que un día hasta le pegó. Y pos a huevo, la morra me buscaba para contarme, porque estaba preocupada por mí. Lloraba como una magdalena, la condenada. Y en una de esas, pos, toma. Se le hizo.
Y oh sopresa.
Le ponía re-sabroso, la canija. O sea, el pinche matapuercos sí tenía de que preocuparse, la neta. Ya después, hasta me daba lástima. Me lo imaginaba esperándola. Hasta noble me parecía, el güey. Ahí, sentadillo en los cajetes, con su barrigota y su carita de pendejo. Y mientras la morra ocupada acá, en lo suyo. "Usté no hable con la boca llena, mija".
[Otra vez, perdón por la risa. Se me sale.
El caso es que ya entrada, la morra se ponía bien vulgarzota. Le gustaba de todo. Simón, es que me enteré que la Adriana nomás tenía la carita de santa, porque de lo demás, era bien golfilla. Pinche güera. No nomás le ponía conmigo. Andaba con un narquillo de medio pelo. A huevo. Camionetudo y con sombrero. Es que le gustaban vaquerones a la vieja. Y también con un morrito bien mocoso, fresilla. Sí, de allá arriba, de las colonias chidas. Ah, y el Negro, el minibusero, también se la dejaba caer. No si le digo. Navegaba con bandera de pendeja, pero ni al caso. Se las sabías de todas, todas. Sí, perdón.
[Chingada madre. Primero me da risa y luego me dan ganas de chillar.
No sé cómo me fue a embarcar en sus pedos, la Adriana. Ella ya lo tenía planeado todo. Me cae que sí. Hasta achacarle el bebé al mocoso fresilla ése. Quién sabe a dónde se hayan largado. Han de estar en Los. Y es que como decía mi abuelo: jalan más los pelos de una morra que los bueyes de una yunta, me cae. A mí, cuando la güera me lo insinuó, se me hizo fácil. Es que me traía bien enculado. Chale, pos si al final yo fui el que le dijo que lo hiciéramos. Méndiga güera. Ni siquiera le costó trabajo convencerme.
[No, si no estoy llorando. Es sudor.
Total, el méndigo carnicero me caía en la punta de los ésos. Estaba papa, el asunto. Y ya entrados en gastos, hasta me lo quitaba de encima. Y me quedaba con su vieja, jeje. La onda era nomás sacarle un sustillo. Nomás. Que se le quitara lo ojete y punto. Que dejara en paz a la morra. Quién chingados iba a saber que estaba malo del cucharón. Le reventó al cabrón. Puta, no le paraba de brotar sangre del hocico al hijo de su chingada madre. Y yo con el cuchillo ahí, sin saber qué hacer. Ni lo piqué ni nada. Del puritito susto se chingó. Temblaba retefeo. Sí, medio me apendejé. Lo limpié lo mejor que pude. El aserrín tirado en el piso disimulaba las manchotas de mole. Total, en una carnicería, la moronga sobra por todas partes. Ya que quedó más o menos decente lo jalé pa la esquinita. Sí, a su silla. Pos nomás lo senté medio acomodado, junto al refrigerador, donde se echaba la coyotita diaria, después de freir el chicharrón y me fui al carajo. A mi casa, pues. Cuando su patrón llegó al otro día, creyó que el matapuercos andaba pedo, como de costumbre. Lo dejó dormir la mona un rato. Hasta que se dio cuenta que el chicharrón no estaba preparado, y lo quiso despertar pa que se pusiera a chingarle. La comadre de mi jefa se dio color. Andaba desde tempra comprando su kilito de cocido pal caldo de res. Dicen que la doñita se fletó toda la acción, cuando el dueño le grito al méndigo peón: “Ora pinche panzón, ahí está la pastura. Ponte bello”. Y no respondía y no respondía. Dicen que cuando lo tocaron estaba re frío. Y bien tieso. Fue un pedo pa sacarlo de la carnicería. Se armó un escandalazo del demonio. Ambulancias, el SEMEFO y todo el desmadre. Y pues aquí me tiene. Sí, ya sé.
Pinches viejas, me cae.
