miércoles, marzo 30, 2005

Notas sueltas

Nunca me suicidaría. Sería incapaz. No porque le tema a la muerte o porque ame la vida. Ésas son romantiquerías judeo-cristianas, salidas aún más fáciles que el mismo suicidio. Mi imposibilidad es más tangible: no podría hacerlo porque me repugna terriblemente la idea de un cuerpo que da sus últimos estertores en medio de un charco de sus propias secreciones. Asco.

*

Jaguares/Caifanes nunca me han gustado: no son más que el reverso de la más patética banda que haya existido jamás: Maná (horror, horror).

martes, marzo 29, 2005

Perros y gatos

Me gustan los gatos. Si golpeas a un perro se aleja aullando y con el rabo entre las patas. Si lo llamas cinco minutos después, acude sin rechistar, moviendo alegremente el rabo y saltando a tu alrededor. Si lo golpeas otra vez, se alejará de nuevo. Pero volverá. No lo dudes. Puedes repetir la operación casi hasta el infinito con la seguridad de que el can regresará una y otra vez. Tal vez quede, después de algunos golpes, un poco huidizo o arisco. Pero tras un leve jugueteo, el perro olvida el maltrato y mueve la cola alegre. En cambio, si le haces lo mismo a un gato, las cosas son radicalmente distintas: primero te observa desde esa distancia que te hace pensar que en su mente opera un razonamiento profundo, algo parecido al deseo de venganza. Se relame los bigotes con placer casi planificador. Luego va y orina tu colchón, rasga tus muebles y espera a que duermas para… Ante un maltrato, la actitud reflexiva del gato parece decir: “cuando menos lo esperes”. La del perro, marcada por la imbecilidad, dice: “a sus ordenes, Amo”. Sé que soy yo, qua ser humano, quien le imputa cualidades humanas a los animales (i. e. inteligencia, imbecilidad). Pero creo que hay algo más detrás de todo ello. No soy biólogo, por lo tanto, sólo puedo intuir que el perro ocupa un lugar inferior al del gato en la escala evolutiva. Quizá los hechos duros lo demuestren. ¿Acaso no es verdad que en la calle hay más canes atropellados que gatos? Ni qué decir de los perros callejeros: una plaga. ¿Gatos callejeros? Pocos. Los gatos son animales dignos, considerados deidades en algunas culturas. Lucen su porte majestuoso a pesar de andar hurgando en la basura. En cambio, ¿cuando se ha visto a un perro callejero limpio, sin sarna o pulgas? ¿Cuándo se ha visto a un perro trepar a los techos y correr elegantemente por las cornisas? El perro es un ser rastrero, de nivel del piso, condenado, cuando mucho, a saber de la libertad desde el techo de una casa. El gato se mueve libremente por las azoteas. Mientras que el perro le teme a la oscuridad, el gato es el señor de la noche. Con hambre, el perro se come hasta su mierda (trata de ofrecerle sobras a un gato). El gato, si lo requiere, caza su comida, siempre en soledad. Los gatos no son, de hecho, animales gregarios. A los gatos les importa un soberano pepino el reconocimiento del otro. Los gatos no se huelen el trasero como signo de su mayor y más evolucionado proceso identitario. Se juntan sólo para desfogar el cuerpo con elegante promiscuidad. Seguro, el perro es una mascota, te hace compañía, acata las reglas y es noble. Pero a veces, muchas, la nobleza no es más que estupidez disfrazada, subordinación velada, disponibilidad a todas horas, esclavitud de collar y croquetas (sé de cierto que puedes patear a un perro durante todo un día y toda una noche, y éste vuelve por sus migajas de cariño una y otra vez ¿hay mayor imbecilidad que esa?). En cambio, el gato es sutilmente maquiavélico, dominante. Trata de ordenarle a un gato que vaya por la rama que arrojaste, o que te traiga el periódico o las pantunflas. Los gatos están más allá del servilismo. Al contrario, te utilizan, permiten que vivas en su casa. Es por ello que la imagen de un gato con correa resulta, cuando menos, ridícula. Los gatos son soberbios, complejos, engreídos. Los perros son humildes, diáfanos, elementales. Sí, me gustan los gatos. No lo dudes: dale vida de perro a un gato y se irá para siempre.

miércoles, marzo 23, 2005

Sueño dentro de un sueño

Creo que la trama tiene potencia.
Pero no me gustó el final.
Se aceptan sugerencias...
Elisa miró su reloj. La cita con Manuel no sería sino hasta dentro de tres horas y el restaurante donde se verían estaba a un par de calles. Hacía calor y había que matar el tiempo. Pensó en ir a alguna de las librerías cercanas, o a tomar un té en cualquier lado, pero ninguna opción le atraía demasiado. «Libros usados», pensó. «Tal vez encuentre algo para él». Caminaba mirando en el piso, entre absorta y divertida, las variaciones que producía su sombra. «Pobre de ti, destinada a arrastrarte a mis pies y seguirme los pasos», murmuró, esbozando una sonrisa. Alzó la vista y, sin detenerse, se miró de reojo en el cristal de un aparador. El reflejo le confirmaba que ya no tenía veinte años, pero todo seguía estando en su lugar. Estaba contenta y se le notaba en el rostro. Sonreía. Pensaba en Manuel, en lo poco que sabía de él, en lo mucho que lo deseaba. Casi por accidente, miró en el reflejo un pequeño letrero en la acera de enfrente que le llamó la atención [bulC eniC .nóicaruguanI narG yoH]. Sin pensarlo, atravesó la avenida y pidió un boleto. La mujer que despachaba era enorme y parecía estar atrapada en el pequeño cubículo de la taquilla. Había algo raro en aquellos ojos pequeñísimos que parecían hundirse en la enorme cara de aquella mujer. Era como una especie de complicidad, como si sonriese con la mirada. «Estás loca, mujer», dijo Elisa para sí. «Sonreír con la mirada. Qué cosas se te ocurren». No se preocupó por averiguar el nombre de la película o si ésta ya había comenzado. Total ¿qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué la película fuera mala o que ya hubiese iniciado? Eso no tenía importancia. Seguramente adentro se estaría más fresco que en la calle y la espera sería más llevadera. El acceso a la sala estaba en el fondo de un pasillo un tanto oscuro. En los muros de los lados colgaban carteles que anunciaban los próximos estrenos de películas extranjeras con actores desconocidos y nombres extraños. El rítmico eco de los pasos de Elisa resonaba con fuerza. Tac.tac. tac.tac. «De seguro este lugar le va a encantar a Manuel. Habrá que traerlo aquí», pensó Elisa.

Un hombre de estatura increíblemente pequeña era quien recogía los boletos. Vestía un saco rojo con botones dorados que le quedaba un poco grande. Una cicatriz le atravesaba la mejilla izquierda. «Por aquí, que se divierta», dijo el hombre de estatura increíblemente pequeña al tiempo que abría una pesada cortina de terciopelo. Detrás de la cortina se abría una oscuridad impenetrable. Elisa sintió escalofríos al ver el modo en que sonreía el hombre de estatura increíblemente pequeña, mientras le indicaba el camino hacia el interior de la sala. Entró. Tardó un poco en acostumbrarse e la oscuridad. El lugar estaba impregnado de un aroma peculiar. Nada desagradable. Más bien al contrario. Tanteando las paredes del estrecho pasillo Elisa llegó a una sala no demasiado grande. Al fondo resplandecía levemente la pantalla y parecía que todas las filas estaban ocupadas, salvo la última, en donde no se había sentado nadie. Elisa ocupó el asiento de la hilera central. Las butacas eran bastante cómodas y se preparó a disfrutar lo que viniera.

Hasta entonces se percató que la película ya había comenzado. Era en blanco y negro, con un tono casi amarillento. En la pantalla, la escena mostraba una sala cinematográfica en la que se proyectaba un filme acerca de una sala cinematográfica en la que se proyectaba un filme acerca de una sala cinematográfica en la que se proyectaba un filme acerca de. No había diálogos. Solo una especie de susurro grave, un vaivén sonoro que le produjo escalofríos a Elisa, quien miraba atenta. Ahora, en la pantalla se veía cómo desde la última fila una mujer se inclinaba para interrogar a quien ocupaba el asiento de enfrente. Al tocarle aquel hombro, la mujer sorprendida miraba cómo la cabeza del sujeto en cuestión caía al suelo. En ese momento se encendían las luces y la mujer se daba cuenta aterrorizada que los espectadores no eran sino maniquíes desnudos. Al mismo tiempo, como salido de la nada, aparecía un hombre de estatura increíblemente pequeña que estrangulaba a la mujer sin que ésta pudiera hacer nada. La última escena mostraba un acercamiento extremo a los ojos de la mujer, los cuales poco a poco se iban quedando sin vida. La imagen se desvaneció hasta que la sala quedó sumergida en una oscuridad total. Apareció la palabra FIN. Luego las luces se encendieron abruptamente, pero nadie se movía de su asiento. Afuera se oían voces. Elisa fue la primera en salir. Al fondo del pasillo, cerca de la puerta de entrada, distinguió recortados a contraluz al hombre de estatura increíblemente pequeña y a la mujer enorme que, fuera de la taquilla se veía aún más grande. Parecían discutir entre sí. El hombre de una estatura increíblemente pequeña miró a Elisa con un odio terrible. Bufaba, mientras enredaba el cáñamo entre sus callosas manos.

lunes, marzo 21, 2005

Al fin...

Luego de darme de topes en la pared, finalmente logré cambiarle de rostro a este polvoso blog. Aún no está del todo terminado, pero creo que ahí va. Conforme pasen los días iré actualizando la lista de links y le agregaré tagboards y cosas similares. Chido por los correos de la raza que me hizo el paro con la onda del html y el CSS (What???!!!.Je je.)...

Felices vacaciones (gracias por dejarnos medio vacía la ciudad)...

viernes, marzo 18, 2005

Oooppss.

Otra vez problemas con el template. Creo que esta cosa necesita un major redesign. Je Je... El fin de semana le doy una retocadita...

martes, marzo 15, 2005

Response

Hace unos días escribí algunas reflexiones que me provocó el filme de Constantine. Entre otras cosas, argumentaba que en dicha película se ponen de relieve aspectos relacionados con el fantaseo gringo acerca del terror(ismo) y los peligros que éste conlleva. También mencionaba que precisamente este fantaseo ha conducido a las altas esferas gubernamentales del vecino país del norte ha “ayudar” a disminuir en otros países los déficit de democracia que pudieran tener (i. e. Irak). Sobre todo en aquellos países que constituyen (quién sabe por qué) un peligro para la Unión Americana. A raíz de lo anterior, hubo en este blog varios comentarios que, de manera acertadísima, me señalaban que yo le otorgaba demasiado crédito al director del filme. (Je, ¡hasta en la calle me interpelaron!: me estaba tomando un cafecito donde siempre, cuando alguien se acercó y me dijo que… etcétera). Tanto Noemí Guzik como el Maese Ivanovish (dos de mis más favoritamente frecuentados blogs) coincidían en este punto. Y creo que tienen mucho de razón. Por ejemplo, Maese Ivanovish me indica que la idea de la Nueva Izquierda Latinoamericana está bien fundada. Sin embargo no está de acuerdo con la premisa de la que parto, es decir, de la importancia que tienen las primeras escenas del filme para el desarrollo de mi argumento. En ellas ocurre que un paisano encuentra la Lanza del Destino envuelta en una bandera presumiblemente nazi. Resulta que la mano con la que el mexicanito toma el envoltorio es la izquierda, y el paisano lleva una chamarra roja. Es a partir de estos detalles que derivo mis reflexiones ciertamente paranoides y reconozco que Ivanovish y Noemí tienen mucha razón en sus sólidos comentarios.

No obstante, por jugar un poco y conversar con Noemí e Ivanovish, trataré de “defenderme” (entrecomillo la palabra porque la defensa implica un ataque previo. Y yo, en ningún momento me he considerado atacado, ni creo que las intenciones de N e I fuesen tales). Sé de cierto que es muy raro que en el desarrollo de un filme ocurran accidentes: se deciden hasta los más mínimos detalles y una misma escena se realiza hasta docenas de veces, experimentando con ángulos, distancias, luces y detalles de esos. Por ello, creo que no es gratuito que la chamarra fuese roja, que el brazo fuese el izquierdo, que la bandera fuese nazi, y que el descubrimiento haya tenido lugar en México. En otros textos pegosteados aquí mismo he planteado que el cine gringo (y sobre todo el de corte jolibudense y comercial, porque hay producciones independientes que valen mucho la pena) constituye un acceso pertinente al fantaseo gringo con respecto a aquello que les aterra. Sin duda, el 9/11 constituye un parteaguas y permite ver lo anterior con mayor claridad. Pero desde mucho antes, el cine gringo ha condensado los peores temores de su sociedad. Ejemplos sobran y no vale la pena enumerarlos. Quizá cometo el error de otorgar demasiado crédito a los directores de los filmes que someto a interpretación, aunque he tratado de enfocarme en el filme en sí, y no tanto en las intenciones de los realizadores. Recordemos que toda creación artística tiene un contexto. La creación no ocurre en el vacío, ni los artistas son entes que se colocan por encima de la sociedad y atraviesan el pantano sin mancharse el plumaje. No. Eso es un mito. Particularmente, no creo en el genio kantiano. Menos en la anquilosada e infantil postura de la escuela de Francfort en la que se señala que los medios masivos de comunicación (i. e. el cine) constituyen aparatos ideológicos directos y se asume que el espectador es idiota y todo se lo cree. Más bien, me parece que existen otras instancias analíticas que posibilitan una labor interpretativa de los contenidos. En este sentido, con referencia específica a Constantine (en tanto producto terminado y más allá de las intencionalidades del director), es innegable que los elementos en los que baso mi argumento existen, ahí están, invariables, por más que uno vaya y vea la película una y otra vez. Ahora bien, la interpretación de esos elementos es mía. Soy yo quien atribuye una vinculación entre esa escena y aquello que los gringos consideran como aterrador, peligroso, dañino para su sociedad. En este caso, considero que opera un desplazamiento de la fuente del terror hacia lo mexicano. Y esta opinión tampoco ocurre en el vacío: remitámonos al más reciente libro de Samuel Huntington, o al informe de la CIA citado en mi post. Con mucha razón, Ivanovish señala que América Latina no ha representado ni representará una fuerza opositora como o fue la Unión Soviética, o como lo son China o Corea. Sin embargo, la inmigración ilegal en términos de servicios de salud, empleo, cultura, valores, etc., constituyen una cuestión de seguridad nacional para los EU. Ni qué decir de los movimientos de la Reconquista de Aztlán, o el posicionamiento latino en las altas esferas gubernamentales. Como sabrán, hay sectores gubernamentales WASP que cuestionan fuertemente lo anterior. Si la Guerra Fría que partió al mundo en dos hasta finales de la década de los ochenta se realizó en el terreno económico, creo que las nuevas guerras se librarán en terrenos culturales. Constantine refleja ese argumento de manera clara. Finalmente creo que el cine constituye un buen acceso a esos campos de batalla. No me cabe la menor duda.

PD
Por cierto, Maese Ivanovish, usté quiere patear a los gringos por hacer malas películas. Venga a la muestra de cine mexicano convertida en festival internacional. Aquí se le ponen de modito. Figúrese que están celebrando nada más ni nada menos que a John Waters. Ja.

PD2
¿Alguien sabe cómo diablos le quito el color moradito a los links? Me desespera y no tengo ni la más mínima idea de cómo hacerlo... Je je.

jueves, marzo 10, 2005

Tiempo fuera

¿Acaso siempre el tiempo es oro y la ociosidad es la madre de todos los vicios? ¿Qué hacer ante los hombres grises que intentan domesticar el tiempo atándolo a sus muñecas? Einstein, viejo sabio y terrorista de la ciencia, que se empeñaba minuciosamente en perder el tiempo, ofrece una clave: sacarles la lengua.
*
Patética ironía: quizá las tres mejores maneras de perder el tiempo sean dos: la lectura ávida de los siete [cansadísimos] tomos en los que Proust se divierte buscando, (¡ja!), el tiempo perdido.

domingo, marzo 06, 2005

Busy Week

El proximo martes 8, en el contexto del Pre-Alas, participo en una mesa de trabajo denominada "Juventud y sociedad en América Latina". Expongo una texto titulado: "¿(Des)(Cons)truyendo la democracia? culturas políticas juveniles en Guadalajara, México". Va a ser en el CUCSH, a eso de las 16:00. Entre el 9 y el 12, en el XXIV Encuentro Cultural y de Investigación sociología 2 0 0 5 presento otro texto llamado: "Y sin embargo, se mueve: jóvenes y culturas políticas en Guadalajara", también en el CUCSH. En este mismo evento, el día diez, tocará Azevrec (banda de death metal en donde toco la lira), ahí mismo, en el CUCSH. A ver cómo me va con tanto rollo. Si pueden, ahí se ven.

sábado, marzo 05, 2005

Mara

Mara es un personaje que juega un papel crucial en una especie de novela que estoy tratando de escribir... Se aceptan consejos y sugerencias...
Desde siempre le había fascinado ver brotar su sangre. Sólo así —decía— era capaz de estar un poco más segura de que eso que conocía como Mara no era sólo un sueño o un patético personaje de cuento. Cuando se sentía seca por dentro, como una rama o como una muñeca de porcelana, cogía el estuche con las navajas y se hacía un pequeño corte: primero veía la capa de piel blancuzca; luego, los capilares rotos iban tiñendo de rojo la herida hasta que el líquido desbordaba la piel abierta. Dolía, sí, pero había algo en aquellas pequeñas muertes que la hacían sentir viva. Era paradójico: como recorrer un camino conocido que se renueva con cada mirada: sacar la llave del bolso, insertarla en la cerradura, dar vuelta, empujar la puerta; y cada vez una llave diferente, o una puerta distinta, pero siempre detrás de todo, la misma sensación de vacío y reconocimiento, de puerto de llegada desde el que sólo es posible partir. Las minúsculas cicatrices en sus piernas y brazos significaban una especie de ancla, tal vez un mapa en el que se encontraba con aquello que sentía era más grande que ella y que, al mismo tiempo, era ella misma, es decir,

una gota cae, otra

un asidero al cual se aferraba cada vez que se sentía desaparecer. Para ella vivir [¿vivir?] era más bien una especie de prólogo, un pequeño aperitivo que la preparaba para algo que estaba por venir y que pre-sentía más grande que todo lo que podía ver y tocar. Se imaginaba ese algo como un animal agazapado, siempre detrás o por debajo de las cosas, una sonrisa que de pronto se transforma en mueca, una tarántula debajo de la almohada, y cosas por el estilo. No era horrible, sino al contrario. Ello la situaba como por encima de sí misma, en una especie de distanciamiento que le permitía contemplarse detenidamente, extrañada, pero reconociéndose a veces. Mientras le llegaba aquello a lo que se refería como “la verdadera vida”, Mara simplemente se dejaba llevar. De cuando en cuando tenía “accesos de realidad” —como los había bautizado Mauro— en los que se quedaba absorta mirando fijamente un trozo de papel brillante, en un vidrio rojo o, —aún a riesgo de su integridad física— la planta que da flores lila e insiste en crecer en medio de la carretera a pesar del incesante tráfico.
_____Una gota púrpura cae al lavabo. Otra. El líquido espeso se mezcla con el agua acumulada. Está tibia. Con cada gota que se precipita se forma algo como una pequeña nube ocre; luego se diluye dejando unos finos hilillos que terminan por desaparecer. Mara observa cómo el agua se va oscureciendo cada vez más. Alza la vista y se mira en el espejo. Las marcadas ojeras le dan un aire de seriedad que la hace parecer algo vieja. Sonríe. Parece como si no fuera ella la que está ahí, en el cuarto de baño de Mauro, desangrándose. “Ésta es la vida”, piensa Mara mientras trata de cubrir la profunda herida en diagonal que le atraviesa la muñeca. Le tiemblan las manos. Tiene la garganta seca. “Me va a quedar una cicatriz horrible”, piensa. Quiere gritar; no, no quiere. Todo se vuelve borroso, confuso. Siente frío y nauseas. Las piernas no le responden. Esto no está saliendo como lo había planeado. Intenta sonreír antes de. Plaf.

martes, marzo 01, 2005

Azevrec está en la casa...






Yo soy el "poser" de la guitarrita blanca y la camiseta de Tool. Je.

domingo, febrero 27, 2005

Constantine

Sorprende la cantidad de lecturas que pueden extraerse de una película que, sin duda, será tildada equivocadamente de churrazo dominguero. Para el caso de Constantine se imponen cuando menos tres. La primera, que considero la más crucial, tiene qué ver con el fantaseo paranoide gringo con respecto a las amenazas a su seguridad nacional provenientes del exterior y cómo ello ha servido de justificación para imponer la “democracia” a rajatabla en otros países. Así, al comienzo del citado filme vemos que aparece una leyenda que refiere a la Lanza del Destino, esa con la que un soldado romano atravesó el costado de Jesús. El texto señala que quien tenga la famosa Lanza será capaz de conquistar al mundo. Sólo que es necesario encontrarla porque permanece desaparecida desde la Segunda Guerra Mundial. En la siguiente escena, que tiene lugar en México, se muestra un panorama marcado por una desolación ocre, polvosa, en la que dos paisanos buscan desesperadamente algo en un suelo árido, bajo un puente. Por accidente, uno de ellos descubre un hueco en el que se encuentra, a flor de suelo, un misterioso envoltorio. Cuando el paisano lo abre descubrimos que es nada más ni nada menos que la mismísima Lanza envuelta en una bandera nazi. Es conocida la supuesta vinculación del Parsifal de Wagner, las intenciones de conquista de Hitler, la Espada del Destino, el General Patton, etc. Pero ¿qué hace esta preciadísima reliquia en nuestro país? ¿Cuál es la vinculación que existe entre este hallazgo, su significación en el resto de la trama [de la película] y las resonancias que ello pudiera tener para nuestra realidad cotidiana? Veamos una posible hipótesis: luego de descubrir el pozo en el que se encuentra la Lanza, el paisano mete el brazo y extrae el envoltorio. Todo pareciera normal, pero hay dos detalles que son bastante significativos y que constituyen una declaración y un posicionamiento políticos: la manga de la chamarra que lleva el paisano es ¡roja!, y el brazo que hurga es el ¡izquierdo! Aquí opera un interesante desplazamiento, una especie de transferencia del Mal hacia, quizá, eso que han dado en llamar “la nueva izquierda latinoamericana”. Mientras que en la Segunda Guerra Mundial el Mal estaba representado por el nazismo y condensado en la persona de Hitler, en la actualidad el Mal —siempre desde el imaginario de cierto sector de la población gringa— adquiere corporeidad en el régimen castrista, en el narco colombiano, en las guerrillas nicaragüenses y, sí, en la próxima sucesión presidencial de nuestro país. En este sentido, no es gratuito que el descubrimiento de la Lanza del Destino envuelta en una svástica tenga lugar en México. Tampoco es gratuito que sea un mexicano el que la encuentra, ni que la extraiga con su brazo izquierdo, ni que su manga sea roja. Lo que ocurre después en el desarrollo del filme así lo demuestra (no lo relato aquí por no aguarles la fiesta a quienes no lo han visto). Es claro el desplazamiento simbólico que opera en el filme [y en la realidad político social actual]: el Mal es México, el Mal está en los mexicanos. Recordemos que en días pasados Porter Gross, director de la CIA presentó un informe al Comité Selecto de Inteligencia en el Congreso de los Estados Unidos en el que se incluía a México en una lista de países que constituyen “puntos de alarma potencial” por su inestabilidad política. El caso mexicano es notorio sobre todo de cara a la próxima sucesión presidencial (parece que en EU no se dan cuenta que, gane quien gane en 2006, el verdadero problema estallará allá por el 2008, pero eso es harina de otro costal). Esto nos sitúa a la par de naciones como Colombia, Haití, Costa Rica, Nicaragua y Cuba. ¡Cuba, carajo!, acúsenme de paranoico, pero el citado informe es, desde mi punto de vista, un eufemismo para una nueva invasión estadounidense en nuestro territorio. El pretexto para masacrar Irak fue la instauración de un régimen democrático. Quizá estemos frente a una nueva guerra fría, pero situada de este lado, aquí, cerquitita. El que tenga ojos que lea.


Pd

Acerca de las otras posibles lecturas del filme citado hay mucho qué decir. Quizá lo haga en otros posts. De momento sólo las enuncio.

1. Viéndolo a manera de broma, la escena que ocurre en nuestro país (dos paisanos buscando algo bajo un puente) puede ser vista como una clara ilustración del escenario postelectoral del 2006.
2. Esta lectura es de corte más local: resulta divertido ver las entrañas de la doble moral (t)apatía. Mientras que en las exhibiciones de la película del Padre Amaro el segmento ultraconservador guadalajarense se apoltronó en los cines para protestar ante la “blasfemia” de un cura teniendo relación carnal con una chica de muy buen ver (algo que ocurre verdaderamente todos los días, y lo sé de cierto), en las proyecciones de Constantine no hay señoras con carteles, ni adolescentes enajenados, ni testaferros de Serrano Limón rasgándose las vestiduras por lo que, a mi modo de ver, constituye un indignante agravio para los que son creyentes: eso de pintar a dios como un niño jugando en un hormiguero a mí me parece muy divertido, pero a gente que cree fervorosamente en la mitología cristiana eso les debería doler con ganas. Y sin embargo… nada.

viernes, febrero 25, 2005

Invitación

Para aquellas y aquellos que:

1. Les guste el metal pesadamente subterráneo.

2. Quieran burlarse un poco de mí (sólo un poco y de mí, que los otros integrantes del grupo no les han hecho nada).

3. Las dos anteriores.

El sábado 26 de febrero Azevrec (la banda de death metal fragmentario y minimalistamente técnico en la que intento rasguear la guitarra) tocará junto con Royal Warriors, Smegma y Kahtahdhen. El lugar se llama La Mancha, en pleno centro de la ciudad (de GDL), en San Felipe No. 329. Hay que llegar como entre ocho y nueve. Ahí se ven. Je.

martes, febrero 22, 2005

Decálogo de la ignominia

Hace tiempo coleccionaba una revista en la que, entre muchas otras cosas, aparecía una sección titulada “60 minutes”. Ahí, el asunto consistía en que diversos personajes reflexionaban acerca del hipotético caso de quedarse atrapados en una isla desierta. De manera específica se les preguntaba cuáles de sus canciones preferidas se llevarían consigo, siempre y cuando cupieran éstas en un casete común y corriente de una hora de duración (de ahí el nombre de la columna). Sin duda habrán visto distintas variaciones de de este tema. Por ejemplo, son frecuentes preguntas como: «qué libro te llevarías a una isla desierta»; «con qué mujer (u hombre) te gustaría quedarte sólo o sola en una isla»; y otras por el estilo. Pero no siempre lo que nos parece relevante es lo que nos constituye como personas. La identidad, posmoderna, descentrada y todo, también se construye en la diferencia. Así, qué sucedería si le invertimos el signo al ejercicio. ¿Qué tal si en lugar de poner de relieve las cosas que nos son valiosas, reflexionamos acerca de aquello que constituye lo que no nos importa?

Planteado de este modo, el tema resulta un tanto ambiguo. Esto es así porque en la medida en que nombro aquello que no me importa, al instante pasa a ser parte de lo que me es relevante. ¿Si elaboro una lista de lo no importante, acaso no estoy dándole esa categoría de inmediato? ¿Puedo decir que no me importa darle seguimiento al juicio de Michael Jackson y enlistarlo como tal sin que se torne importante? Así son las trampas del lenguaje. En este sentido, pensar la indiferencia no es una tarea menor. Para hacer más claro el asunto, habría, pues, que retomar el ejercicio planteado al inicio de este texto y trastocarlo: más que aquello que yo me llevaría a una isla desierta, resulta pertinente reflexionar acerca de ¿qué desearía yo que perder o abandonar en una isla desierta? Parafraseando a los polivoces, puedo decir que hay cincuenta mil cosas que no me importan o me son indiferentes. He aquí sólo diez de ellas, en estricto desorden jerárquico:

1. Los pececillos dorados como mascotas. He oído decir que contemplar a los peces constituye una práctica relajante y que por ello es conveniente tener una pecera en casa. Nunca he tenido una y, de hecho, los peces me estresan sobremanera. No los necesito. A la isla con ellos.
2. La moda ochentera. Nada hay que desee olvidar tanto como las chamarras de estoperoles, los colores pastel, las camisas de lunares y cuadros, los top sailor y el super punk. Si se llevaran todo eso a una isla desierta, a mí no me importaría.
3. El retorno de la moda ochentera. Peor que la moda ochentera descrita en el punto anterior, es más aterrador el regreso de la década de los ochenta, pero “actualizada”. Que se queden en la isla.
4. Las obras completas de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. La educación neoconservadora y moralina es el nuevo opio del pueblo. Seamos iconoclastas y mandémosla a la isla.
5. Los grillos (que no los políticos). La política es un arte. Pero los “políticos”, así, entrecomillados, le dan en la torre. Sin duda la actividad política es una de las más desprestigiadas en el país. Si los grillos de la clase política quedaran atrapados en una isla desierta las cosas serían diferentes. Sin duda.
6. Los programas de espectáculos. Entre La Oreja, Laura de América, Ventaneando, Tempranito y Con Todo, casi no me queda tiempo para ver las telenovelas del canal de las estrellas.
7. Mi terrible esnobismo y mi afán intelectualoide. Ante lo evidente, sobran las palabras.
8. La autocensura. A veces las más infranqueables barreras las erige uno mismo. Si mi capacidad de sonrojarme se quedara abandonada en una isla quizá sería menos infeliz.
9. La voz de Valentín Elizalde. Alguien le dijo a ese señor que podía cantar (horror, horror) y, la neta no.
10. Este me lo reservo. Hay cosas en este universo que no deben saberse. Je.

lunes, febrero 21, 2005

C'mon (de Ultra Deep, Miranda y BFTC)

No sé si sería mi estado de ánimo, o qué, pero el caso es que anoche, en la Plaza de la Liberación, me divertí mucho. Aclaro que aún no me acostumbro a los conciertos llenos de buena vibra y pocos excesos. Para mí, una tocada implica(ba) neandertales con la greña creciendo como hierba, slam a morir, conatos de acuchillamiento, litros y litros de sustancias ilegales, distorsión brutal, sudor, y un larguísimo etcétera. La idea de hacer girar botoncitos para producir música me resulta demasiado poco atrayente, aunque supongo que debe tener su chiste, porque si no, cualquiera lo estaría haciendo [¿cómo? ¿O sea que todo el mundo lo está haciendo? ¿Entonces para eso es el Reason de Propellerhead que tengo instalado en mi máquina?]. Pues bien, ayer domingo Laclau y yo fuimos a la mencionada Plaza, en pleno centro de la ciudad, a ver y escuchar, sobre todo, a Bajo Fondo Tango Club. A mí particularmente me gusta más Gotan Project, pero de cualquier modo, me apersoné en el lugar con el ánimo dispuesto. Al escuchar a Ultra Deep, mi primera reacción fue de cierto desdén. «Música de botoncitos», pensé. «Pero al menos traen un bajista de a deveras». Eso me reconfortó un poco. Luego, me di cuenta que la camisa del, no se cómo llamarlo [¿DJ? ¿Tecladista? ¿Laptopero?], decía You Biatch y no Von Dutch. La cosa iba mejorando. Finalmente, concluí que lo que escuchaba no estaba nada mal. La voz de la chica es muy buena. Por lo menos a mí así me lo pareció. Y la música que producían me estaba haciendo mover rítmica e involuntariamente, el pie derecho. Casi me pongo a bailar. Nada mal. Luego de un buen set por parte de Ultra Deep, salió a escena una banda llamada Miranda (Es Miranda, mi amor, c’mon). Todos enfundados en unos monos color rojo que a primera vista me dieron una buena impresión. No había un baterista, pero sí alguien manejando (muy chido, por cierto) los ritmos. Un POP sin mayor profundidad ni complicaciones. Digerible, adecuado para el clima. El guitarrista, Lolo se llamaba, creo, disfrutaba mucho su ejecución. Además, era singularmente bueno. No cualquiera le otorga toques funky a una rolilla pop. Las canciones de Miranda parecían, casi todas, la misma. Yo jamás los había escuchado, pero deben ser famosos, porque alcancé a notar que varias personas coreaban sus letras. En fin, creo que el guitarrista de dicha banda es excelente, y lo importante es que los músicos crean en lo que están tocando, que se diviertan con ello. Me parece que, en ese sentido, Miranda es una banda muy divertida. No me gusta la música que tocan, not in a million years, pero me parece que ofrecieron un muy buen set. De Bajo Fondo hay poco qué decir. Los tipos saben lo que hacen, dominan el escenario y ejecutan excelente. Una propuesta madura, sólida, que logró cubrir con creces mis expectativas. Laclau estaba muy emocionada, quién sabe si por el vasote de vino que se llevó de la casa y se estuvo bebiendo durante el concierto; quién sabe si por el clima; quién sabe si por la compañía: quién sabe si por Bajo Fondo; quién sabe si por todas las anteriores. El caso es que hasta yo me divertí mucho. Ni siquiera me molestó la chaparrita que frente a mí bailaba como si estuviera en la Academia (la de TV Azteca, que en la de Platón no bailaban así). Todo me resultó tan divertido que no pude contener la carcajada cuando, por enésima vez en lo que va del año, escuché que Guadalajara era la capital americana de la cultura. C’mon (es Miranda, mi amor).

miércoles, febrero 16, 2005

¿Suprema libertad?

Paradoja: escribo la palabra libertad y quedo atrapado irremediablemente en el acto mismo de escribir, en las pantanosas trampas del lenguaje. Me explico: mientras escarbo en la memoria queriendo encontrar algún momento de suprema libertad, me doy cuenta que la búsqueda es infructuosa. Pienso en aquella tarde fría y lluviosa en la que mi única compañía era la voz bajita de Gardel, la carretera y un café frío… Luego me viene a la mente la ocasión en la que poco antes del amanecer, solo, en una playa virgen, me sentí terriblemente absorbido, como si fuese parte de algo más grande que yo y que, al mismo tiempo, era yo mismo. Momentos de alegría, felicidad u otra de esas tantas piorreas; quizá experiencias liberadoras [pero ¿de qué o de quién?], no la suprema libertad. Sin duda, el estatuto jurídico que remite a la facultad natural [esbozo una sonrisa irónica] que tiene el ser humano de actuar de una manera o de otra, o de no actuar, es, cuando mucho, un útil ejercicio heurístico. Más bien, la libertad constituye una escalinata en espiral que conduce a… [¿qué escribir después de la vistosa “a”?]. Estatutos y facultades naturales, como todo orden moral, son ideas restrictivas, construcciones históricas que delimitan la frontera entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo no permitido. De modo que una definición formal indicaría que la libertad radica en mi capacidad de elegir entre esto y aquello. Soy libre de elegir, sí, pero mi elección alude a un conjunto predeterminado de vías de acción, en las cuales nada tuve qué ver y, que además, tiene cierto carácter punitivo. ¿Relativa libertad o títere del destino? ¿Soy yo el que elige o alguien/algo más jala mis hilos?

En este sentido, puede decirse que la libertad no existe, sino que se construye a cada momento en el devenir cotidiano. Metáfora que está ahí en lugar de otra cosa [¿quizá del enmascaramiento del garrote y la zanahoria que nos permiten seguir andando?]. Cuando se le evoca y se cree tenerla, la metáfora se diluye en la más pura y opresiva literalidad, dejando sólo un profundo vacío: la libertad como un abismo, como la lejana e inalcanzable línea del horizonte. La búsqueda de la suprema [y efímera] libertad implica reconocer la paradójica imposibilidad de su existencia. Más allá de Berdayev, Locke, Rousseau, Hegel o tantos otros; más allá de cualquier estatuto u orden moral, la libertad es relacional, siempre en oposición a otra cosa, blanquinegro y burlesco ying y yang de la vida diaria. Entre más se busca la libertad más queda uno atrapado en un entramado de palabras [enormes y gastadísimas] que vuelan alrededor de la idea, la rodean, intentan atraparla como si ello fuera la función de las palabras, tarea inaplazable y liberadora [¡Ja!]. La libertad, creo, es otra cosa, algo que se esfuma en el momento mismo de nombrarla. Bella evocación que no es sino pseudo-presente contaminado de pasado o de futuro, virtualidad enorme, la libertad es siempre retrospectiva o prospectiva: no bien termina uno de decir/escribir “soy libre” cuando ello ha quedado atrás, se ha convertido en libertad-ya-fue, y sólo resta la libertad-por-venir. Siempre pasado o futuro, nunca presente. Quizá la libertad suprema implique el reconocimiento de la contingencia, es decir, un algo azaroso que se siente en las vísceras como un golpe seco y caliente, falsa domesticación del caos, caída ineludible en la nada.

Duda: ¿qué tal si al pensar/escribir la libertad suprema hemos equivocado el camino? ¿Qué tal si la verdadera libertad se encuentra en el goce perverso de quien siente en las venas la ansiedad de la cercanía de la jeringa; o en el placer desgarrador de aquél que mete las narices en la ropa íntima de su hija? Gran paradoja: si la libertad dejara de ser tal, quizá nos haría más libres. Tal vez si lográsemos reunir una enorme cantidad de aprisionamiento, la libertad podría cristalizar, de repente, en otro plano. No obstante, habría que reconocer, por último, en que la búsqueda de la libertad es la instancia menos liberadora. Cabría preguntarse si ¿acaso pensar en un momento de suprema libertad no implicaría reificar a golpe de lápiz y papel, o a fuerza de teclado, lo inaprensible? Bah. Seguramente la libertad es la más grande mentira que nos hemos inventado para sentir una seguridad ontológica que, en última instancia, es un acto que intenta la reconciliación con… [¿con? Otra vez las palabras —las malditas palabras—].

martes, febrero 15, 2005

Aquí no pasa nada...

Quien tenga el sano vicio de ver la televisión se habrá dado cuenta de los graciosos spots que recientemente publicitan a nuestro querido y eficaz gobierno. Me refiero a esos que comienzan con un paisano o paisana, en primer plano, recitando la frase: «Hay gente que dice que en este gobierno no pasa nada. Y es cierto…». Pues bien, además de los ya conocidos (y sumamente graciosos), creo que faltaría uno en el que se fueran sucediendo imágenes vertiginosas de lo que verdaderamente ocurre en México. Una voz en off, sobría, grave, diría: «Hay gente que dice que en este gobierno no pasa nada. Y tienen razón: en nuestro país el narcotráfico se infiltra hasta en las más altas esferas de la política (imagen de Nahum), se colombianizan las cárceles y las ciudades (imágenes de los distintos CERESOS, o de Fox diciendo que el país es 99.99 % seguro), mueren mujeres a cada rato en Cd. Juárez (imágenes de los esqueletos y las camionetas del SEMEFO en medio del desierto), se meten a nuestras casas y nos dejan sin nada (imagen de una señora llorando, abrazando a su hijita), gana el Atlas (imagen de un necaxista incrédulo), etcétera (aquí ponga usted lo que quiera)». El narrador o narradora, con una gigantesca sonrisa irónica saldría luego en pantalla, diciendo: «Sí, en este gobierno no pasa nada. Punto». El spot se cerraría con la cortinilla de un símbolo patrio demediado (aguilita negra sobre fondo blanco, y cortada a la mitad por una franja tricolor).

martes, febrero 08, 2005

Martin, Medeski and Wood en Guadalajara

Para variar, el concierto comenzó poco más o menos una hora tarde. El Hard Rock era un asco, como siempre. Empecé a intuir que la noche iba a ser un fiasco cuando el recoge-boletos sospechosamente no nos regresó la partecita desprendible del boleto de entrada. No hace falta demasiado ingenio para vincular esa acción con las decenas de personas que afuera buscaban un boleto, y que, posteriormente, se amontonaron adentro. A treinta pesos el nimio vaso de cerveza tibia la espera, ya en el interior del lugar, se volvía fastidiosa a cada minuto. Sobre el escenario estaban distribuidos los instrumentos y demás adminículos musicales. Al fondo había una manta enorme con el logo del lugar estampado en el lomo. Ya cerca de las diez (no traía reloj, y jamás pregunto la hora, así que mi apreciación temporal quizá no sea la adecuada) llegó al escenario Trucker. La banda toca un jazz movido más o menos sabrozón, aunque extremadamente predecible. Las estructuras musicales de su propuesta me parecieron bastante formales, había poca síncopa y alguno que otro contrapunteo entre la trompeta y el saxofón. Nada de extravagancias, licencias o exploraciones metafísicas. Eso sí, individualmente me parece que todos son grandes músicos. En la ejecución no puede apreciar ninguna falla técnica que fuese significativa como para mencionarla. Quizá un atorón del bataco a media rola, pero nada grave, puesto que lo solucionó muy bien. Tal vez si se consiguieran un DJ…Y me refiero a un BUEN pincha discos, porque el que traen no aporta nada al grupo. Pareciera como si su mayor talento consistiera en ¡silbar! (ojalá y nadie se ofenda, porque parece que el susodicho es famosillo). Supongo que para los integrantes de Trucker el momento álgido de la noche ocurrió cuando, casi al final de su set, el percusionista de Martin, Medeski & Wood apareció en escena para acompañarlos El público ovacionó la “brillante” ejecución de Martin en su “genial” solo de ¡cencerro! Ja. El tipo se llevó las palmas. Ello me produjo una ligera sensación de desencanto que se iría incrementando (y confirmando mis sospechas) conforme se hacía más tarde. Trucker terminó, dejando al público más o menos entonado. Luego apareció Sara Valenzuela para anunciar, por fin, a MMW. Aunque cabe mencionar que entre el anuncio y la aparición en el escenario del grupo transcurrieron entre quince y veinte minutos. Insufribles, si he de decirlo: entre mi psicosis y el amontonadero de gente, y los empujones y la densa nube de tabaco y el olor a humanidad que cada vez se hacía más denso, quince minutos pueden convertirse en una eternidad. MMW aparecieron en silencio, y en silencio se fueron. He de decir que escuché por primera vez a MMW hace unos cinco años, y casi por accidente. Entonces me pareció una banda fascinante y de vanguardia (palabra gastadísima y hueca) porque se situaban en el límite, atravesaban ciertas fronteras jazzísticas que otros simplemente no tienen el coraje de cruzar. No soy un gran conocedor de ese género, pero algo he oído. Y me parecía que MMW tenían ese algo, una especie de no se qué que qué se yo. Esto es para señalar que mis expectativas con respecto al concierto de ayer por la noche eran más que amplias. Sin embargo, MMW fueron sólo radiografías de sí mismos, una regurgitación de lo ya hecho que sólo sirvió de marco para que Medeski intentara lucir su Hammond distorsionado sin mucho éxito. En su defensa he de decir que sí hubo dos momentos en que el grupo se conectó y verdaderamente se dedicó a explorar las fronteras del jazz, a tocar los límites y quizá doblarlos un poquito. Pero fue cuestión de un par de minutos. Nada más. Una cosa que me resultó bastante productiva fue que pude observar ciertos “rituales” que tienen lugar entre los y las concert goers: hay como una tendencia a exhibirse, a asistir a “los mejores eventos” (esto lo dijo un tipo que saludó a alguien situado junto mí: “como siempre, yo en los mejores eventos”) una especie de necesidad de ver y ser vistos. Un concierto como campo de socialización implica vetas analíticas interesantes, pero eso es harina de otro costal. Por otra parte, era fácil identificar a los verdaderos fans de MMW: tenían una cara de incredulidad y desasosiego ante la constante recurrencia del grupo a los trucos de perro viejo, a su caminar elefantoso y predecible, al engatusamiento desganado de un público facilón que no exige y aplaude con ganas a la menor provocación de un cencerrazo, que prefiere echarse una chela y saludar a los compas, sin importar que en el escenario se esté reificando lo irreificable, que se desdivinice y profane al jazz y se le encorsete de manera tan patética, tan como si. La noche valió la pena por los dogos con panela que, para la (in)digesta pesadez de Laclau y mía, nos devoramos atrasito del edificio administrativo de la Universidad. Yum.


jueves, febrero 03, 2005

Post-literatura húmeda

Afuera hace frío y llueve. Adentro, allá al fondo, suena bajito y rasposo un viejo disco de Gardel. Poco a poco, de pared a pared, la penumbra va ocupando esta habitación atestada de libros. Bebo un sorbo de café. Miro a la ventana y veo cómo las gotas van dejando sus rastros de agua en el cristal. Intento encontrar un tema que me permita escribir, pero la página en blanco no cede. En cambio, me distraigo diciendo lluvia, afuera, adentro. Y me sorprende la facilidad pasmosa con la que quedo atrapado en la evocación de un orden, en la enumeración fatalmente jerárquica de las cosas, en la parcelación del mundo. Clasifico a diestra y siniestra (¡a diestra y siniestra!), quizá por buscar una (falsa) seguridad ontológica que me haga saber que el mundo es como creo que es y no otra cosa: esto se llama «taza» y está «adentro»; aquello se denomina «lluvia» y ocurre «afuera». Pero ¿acaso no hay ocasiones en las que llueve también adentro? ¿Será que no es posible beber una canción de Gardel o escribir una taza de café? El orden, siempre el orden, como si la vida estuviera libre de toda contingencia. Intentamos domesticar el azar mediante el lenguaje, como si nombrar fuera verdaderamente una creación. ¿Cómo romper con esa visión reificadora y anquilosada? ¿Cómo destrozar esta ventana que delimita mi estar aquí adentro y todo lo que ocurre allá afuera? Quizá una vía sea la escritura. Pero ¿cuál escritura? Octavio Paz decía, palabras más, palabras menos, que el ensayo se ubicaba entre el aforismo y el tratado. Ello habla de un género en el que prima la libertad de forma y fondo. Sin embargo, aún siendo quizá el más potente de los géneros, el ensayo tiende a buscar cierta legitimidad y aceptación por parte de los “doctores de la ley”: para publicar un ensayo (y casi cualquier cosa) es preciso atravesar un campo minado lleno de editores, árbitros, escritores y demás habitantes de la republiquita de las letras. Por ello, desde mi perspectiva, el blog abre una brecha que desborda la autonomía del campo literario, y se convierte, quizá, en un nuevo género (el de la post-literatura) que puede resultar bastante fructífero. Si esto es cierto, el amplio rango en el que dicho género se desenvuelve permite pensar en la escritura de blogs como una actividad que puede llegar a ser subversiva, liberadora, casi catártica. El blog, pues, podría ser visto como un instrumento fundamental para trastocar el mundo, para abrir(nos) las ventanas y salir a escribir/beber un café, escuchar/leer, allá afuera, a Gardel y dejar que la lluvia nos humedezca el rostro/los ojos.


lunes, enero 31, 2005

"That´s not democracy, stupid"

En la edición dominical de Público-Milenio he leído un texto titulado “La democracia después de todo”, el cual apareció en una sección que lleva por nombre: La semana de Román Revueltas Retes [asumo que Revueltas es el autor]. Pues bien, Revueltas aborda el espinoso [y tan de moda] tema de la democracia en Irak. Primero trata de curarse en salud aludiendo eufemísticamente al “rotundo exotismo de los yanquis” por atreverse a tener en la oficina oval al “hijo de Bush”; o a la “entronización californiana” de Arnold Schwarze-negger [nota al margen: varón anglosajón, caucásico y reconservador con un apellido que suena como «nigga»: en el apellido lleva la penitencia]. Después, Revueltas apela al poderío militar y al sistema judicial gringo, para luego entrar en el tema de la democracia. Hasta ahí todo bien: concuerdo plenamente con utilizar el sarcasmo y la ironía para evocar lo gringo. Sin embargo, al referirse a las recientes declaraciones de Bush Jr., Revueltas Retes cae en una terrible trampa que no puedo evitar señalar: la total banalización de la democracia. Veamos: Bush ha comentado que si el nuevo gobierno salido de las elecciones realizadas el domingo 30 pide el retiro de las tropas del territorio Iraquí, esto se hará sin duda alguna. Ante esto, Revueltas dice:

“No son las palabras de un autócrata ni de un dictador, hay que decirlo, más allá de que el personaje no despierte nuestras simpatías. Desde luego, no faltará quien denuncie el carácter espurio de un régimen patrocinado por el invasor imperialista. Pero, las cosas son lo que son y aquí, en este caso, estamos hablando, primeramente, de democracia, de elecciones […] y, en segundo lugar, de un compromiso expresado públicamente por el presidente de la nación más poderosa del mundo. Si, por ahí, los nuevos gobernantes piden, en efecto, la salida de las tropas de la Coalición y Bush Jr. Cumple su palabra ¿podríamos imaginar situación más asombrosa?”.

Me parece que el tono pseudo irónico del texto oculta un problema que no es menor [que no es de carácter espurio, como lo llama Revueltas]: el de la imposibilidad de construir una democracia fundamentalista basada en el terror. Me explico:

1. A las palabras se las lleva el viento. Decir que lo declarado por Bush no son las palabras de un dictador ni de un autócrata implica negar que existe una brecha entre lo que Bush dice y lo que Bush hace. En nuestro país tenemos un personaje que cojea de la misma bota. Basta revisar dos o tres discursos [de Bush o de su Chesire con botas guanajuatense] para darse cuenta de la validez de sus palabras. Recordemos que, en última instancia, las armas de destrucción masiva fueron sólo palabras que justificaron la invasión del territorio Irakí. Los hechos, señor Revueltas, pongamos atención en los hechos. ¿Que el compromiso fue expresado públicamente? ¿Y? Quién lo hará cumplirlo, ¿la ONU? ¿Usted?

2. Por supuesto que habrá quien denuncie el carácter espurio de un régimen “democrático” como el impuesto por Bush y sus secuaces. Yo me cuento entre ellos. Una democracia a la fuerza, al igual que los zapatos, como reza el dicho popular, no entra. Una democracia que se abre paso a cañonazos es todo menos democracia. “No son las palabras de un dictador ni de un autócrata”, señala Revueltas. ¿Y las acciones tampoco son las de un dictador y autócrata?

3. “…estamos hablando de democracia, de elecciones”. Este punto lo dejo para el final, porque es, a mi modo de ver, el atolladero más profundo del razonamiento de Revueltas.

4. “¿Podríamos imaginar situación más asombrosa?”, se pregunta Revueltas al plantearse la (im)posibilidad de que Bush cumpla su palabra. Más que asombro o incredulidad, la interrogante me remite a la actitud de tierna extrañeza que adoptan los cachorritos mal educados después de hacer sus gracias en medio de la sala: Cómo ¿yo hice eso?, ¿acaso esa cagada es mía?

Ahora sí, con respecto al punto tres…

La idea de lo democrático a la que se adscribe Revueltas es sumamente pobre: “…estamos hablando de democracia, de elecciones”. En esa pequeña frase se lee entrelíneas una concepción fundamentalista de la democracia, la cual, me parece, es necesario rechazar de manera tajante. Al reducir la democracia a la coyuntura electoral, Revueltas deja entrever que su [teleológica] visión implica la existencia de un vínculo entre universalismo, racionalismo y democracia, es decir, que la democracia constitucional representa una etapa en el trayecto ascendente de la Razón, lo cual se imbrica con el surgimiento de formas universalistas de ley y moralidad (a la Habermas). Detrás de la perspectiva reduccionista de Revueltas se observa una rígida distinción entre el ámbito público y el ámbito privado. Con ello, el mencionado autor niega la complejidad de la trama que se teje entre ambas esferas. Sin duda un principio fundamental de la democracia radica en la distinción entre espacio público y espacio privado. Pero dicha distinción es, más bien, heurística: es necesario problematizarla y expresarla de modo que constituya una frontera maleable, inestable, que es atravesada constantemente. Ambas esferas se encuentran entrelazadas de manera inextricable, casi dialéctica más allá de una filosofía moral universal. La política se subjetiva en la medida en la que la subjetividad se politiza y viceversa. Es en este fluir en el que la democracia se construye día con día, socialmente. El análisis de este proceso requiere enfocar la mirada precisamente en el ámbito que media entre ambos pares [entre lo público y lo privado]. Esto no implica en modo alguno un reduccionismo en el que la politización es total, es decir, en el que el tejido de lo colectivo es idéntico a la madeja de lo privado. La politización de la subjetividad no remite a la disolución del ámbito privado en la esfera pública. Más bien implica una apertura analítica que hace énfasis en aspectos que trascienden lo formalmente institucionalizado y se vinculan, también, con el mundo de la vida cotidiana, y no al simplismo aducido por Revueltas. Por ello, el análisis de la construcción social de la democracia requiere romper con la idea de un campo político autónomo, dominio sólo de unos cuantos. La democracia no se reduce a las elecciones. Es necesario dejar de presentar a las instituciones creadas en el mundo occidental como si estas fuesen la solución al problema de la existencia humana. Es preciso, pues, preguntar por cómo viven las personas/sujetos/actores el régimen democrático; cuáles son, sí, las estructuras y reglas que delimitan el juego democrático; pero también como se tuercen y reajustan dichas reglas por aquellos quienes las aplican; cuáles son, sí, los instrumentos a los que los ciudadanos tenemos acceso para participar en [e interpelar al] campo político; pero también necesitamos indagar las maneras en las que los ciudadanos ejercemos una de las libertades políticas fundamentales, es decir, la libertad de la política [el derecho al silencio, como dijera Hannah Arendt]. Luego de unas elecciones marcadas por varios autos bomba, varios muertos, un toque de queda, el cierre de fronteras, la prohibición de reuniones en torno a los colegios electorales... ¿qué puede uno decir? Yo, por mi parte, y tergiversando un poco a (ja) Clinton: “That’s not democracy, stupid”.

PD1.
Honestamente, me hubiera gustado hacer llegar el texto a Publico Milenio, o al autor, pero no tengo idea de por qué medios hacerlos. Si alguien sabe con quién, por dónde, o conoce a Revueltas Retes, no deje de avisarme, plis.

PD2
Feliz cumpleaños a mí.

jueves, enero 27, 2005

A mexican way of life

A la enorme estrella de neón rojo que corona el edificio ya sólo le funcionan tres puntas. El piso del lugar está pegajoso. Del baño del fondo sale un olor duro. El tiempo se ha ido acumulando en los espejos, en las sillas, en las mujeres desnudas dibujadas en las paredes. Es esa hora precisa de la noche en que todo se torna irreal y la vida se hermana con los hombres. El lugar está casi vacío. El tipo sentado en la mesa del rincón levanta la vista, pero el tequila y el sueño le han causado estragos. Termina su trago. La mujer que está a su lado intenta llenarle de nuevo el pequeño vaso, pero la mitad del líquido cae fuera. “Parece de juguete”, piensa ella. No se sabe si se refiere al hombre aquel, o al vaso. Él bebe de nuevo. “¿Hasta ver el fondo?”, se interroga en voz baja. Teme contestarse. Suena una canción —su canción—. Ella se levanta. Quiere bailar. A él no le responden las piernas. Se tambalea al dirigirse a la pista. Camina un paso. Otro. “Estoy borracho”, piensa antes de derrumbarse. Lo demás ocurre como en cámara lenta: la botella cae al suelo, él queda de bruces sobre la mesa, en el rostro de la mujer se dibuja una mueca de horror. Justo antes de que se le detenga el corazón, el hombre se avergüenza de sí mismo. “En cada respirar, esta-ás tú. ¿Cómo te voy a olividar?”, escucha su canción. A su alrededor comienzan a arremolinarse los pocos curiosos. La estrella de neón intermite un poco antes de apagarse. “¡Qué siga la música!”, grita la mujer entre sollozos.

Relato envíado a Hipertextos