Le decíamos el Chankra. Nunca supe por qué. Pero así le decíamos. Era medio gringo, el güey. Güero, de ojo azul y todo el pedo. Como que me acuerdo que tocaba chido la guitarra. Pero de todos modos me la pelaba. A veces le caía al cantón solo. Pero casi siempre iba con su morra. Linda o Lisa. Algo así, se llamaba. También estaba güerita y tenía lo justo. Era de buen ver y mejor tocar, según decía el Adrián, que también se la estaba pisando. Mientras nosotros poníamos los discos que me mandaba mi hermana de Europa, la vieja se salía al patio, y se sentaba en un rinconcito. Como que no le gustaba mucho el ruido. Sacaba una bolsita con mota y forjaba algunos joints. Luego los repartía entre todos. De cuando en cuando le daba una jalada al tabiro del Cadáver (quien era como la Paty Chapoy del underground local; se sabía todos los chismes de la raza). O a veces pedía las últimas tres. Pero casi siempre estaba silencita en su rincón. Hasta que el Chakra se ponía bien loco y empezaba a hacerla de pedo. Me acuerdo que más de alguna vez le tuvimos que poner un putazo para que se alivianara. Ya cuando de plano estaba más necio que de costumbre, lo trepábamos a su Topaz rojo y se lo enjaretábamos a su morra. A la verga con ese güey. Yo no sabía que la morra estaba tan saica. Sí, le tiré el pedo una o dos veces. Pero nel, no amarró nunca. Pregúntenle al Anselmo, que siempre andaba conmigo para todos lados. Imagínense, en lugar de habérsela cortado al Chankra, me la hubiera arrancado a mí, la muy cabrona. Y lo peor es que lo dejó desangrarse al pobre pendejo. Yo fui días después a ver cómo había quedado el cuarto. No mames, pinche sangrerío. Dicen que el vato la perreó bien cabrón, y se arrastró por toda la casa. Andaba como siempre, hasta el queque de pasado. Quién sabe qué se había metido esa noche. O con quién se había metido. Pero los vecinos dicen que aullaba rete feo. Se le ha de haber pasado el efecto al güey, y entonces sí. A llorar se ha dicho. La neta, quién sabe qué pasaría. Yo creo que la morra le cayó en la matada, y aprovechó que el Chankra estaba tan apendejado que no podía meter ni las manos . Le despedazó la riata al pobre pinche gringo pendejo. Ni pedo. De todos modos me la pelaba tocando la lira, el güey.
domingo, noviembre 23, 2008
viernes, noviembre 21, 2008
Musicosas
En el principio fue la música. Acto de creación fundamental, toda arquitectura sonora se transmuta en verbo. Construye y al mismo tiempo es construida por quien la escucha, por quien la ejecuta, por aquel que la padece o la goza. Reflexividad esencial que ilumina y ensombrece; juego de espejos, letanía vital de ausencias, sonidos y silencios. Nietzsche fue quizá el primero que entendió el acto musical en su justa dimensión, al sugerir que la vida sin música era un error. De hecho, le otorgó a esta actividad un estatus cuasi divino al colocarlo entre aquellas prácticas que distinguen al ser humano del resto de los animales. Habría que llevar el argumento hasta sus últimas consecuencias, y postular que el origen de la vida misma es musical. Sin duda, una arqueología genealógica impensable encontraría que cualquier horizonte aural encuentra su punto de partida justo en el primer par de latidos. Tam tam primigenio que evoca un punto de fuga antiquísimo, cuando el primer hombre (o con seguridad, la primer mujer) golpeó dos rocas, o un madero hueco, intentando imitar aquello que sonaba dentro de su ronco pecho. Y descubrió el ritmo. Quizá después vendrían las primeras notas, guturales, emanadas de los intentos de aquella imaginaria mujer por imitar el entorno, y dotar de sentido aquello que en el futuro sería capaz de condensar y contener en sí todas las cualidades: alegría, tristeza, furia, ingenuidad, estupidez, nobleza, amor y muerte. Banda sonora del adn. Largo, caótico y reticular camino el que se ha recorrido desde aquel primer tam tam hasta hoy, donde hay tantas músicas como sujetos. No cabe duda: si en el principio fue la música, el final tendrá que ser, también, musical.
domingo, octubre 12, 2008
Es la estupidez ¡economistas!
Hasta hace unos días, el discurso de nuestras autoridades hacendarias en torno a la severa crisis que atraviesa prácticamente a todos los mercados financieros del orbe, giraba alrededor de sendas invitaciones a la calma. Agustín Carstens, economista, Secretario de Hacienda y —¡aguas!— prestigioso Chicago boy, insistía a diestra y siniestra que las finanzas mexicanas estaban más sanas que nunca. Si la economía estadounidense llegaba a padecer algún «catarro», aquí, en México, a lo mucho nos daría una ligera comezoncita en la nariz. Si allá les atacase una «pulmonía», aquí apenas tendrámos una molesta «moquera», pero nada más (véanse por ejemplo las optimistas declaraciones que hizo el Secretario por allá a principios de año, en el contexto de la LXX Convención Bancaria, efectuada en Acapulquito, donde citaba a Séneca y toda la cosa). Frente al inminente desastre, la ciega actitud coloradochapulinezca de los encargados de las finanzas públicas (como casi siempre, cuando de materia política se trata) indicaba: «que no panda el cúnico, todo está fríamente calculado». Pero resulta que el supuesto catarro no era tal, sino que se habían confundido los síntomas. Aquello que se pensaba una gripe común, no era sino un pandémico dengue hemorrágico: los principales mercados bursátiles comenzaron a experimentar fuertes dolores de cabeza, fiebres, vómitos, y terribles dolores. Los otros, los que no son tan principales, empezaron a sangrar fatalmente desde dentro. Así, entre el 7 y el 8 del presente mes, el pesote mexicano tuvo una devaluación de casi 30 % frente al dólar (pasó de poco más de once a mucho más de catorce pesos por cada billete verde). Zap. Pum. Crack.
Como era de esperarse, las alarmas saltaron por todas partes. Y como en un guión escrito por Chespirito, de la noche a la mañana el peso se había desplomado, por lo que el gabinete económico tuvo que reunirse con carácter de urgente ante la agudización de la crisis, para tomar medidas emergentes. Seguramente los pasillos de las oficinas gubernamentales eran un correr desaforado de gente, gritando ¡código azul, código azul! (no es referencia partidista, sino de emergencia médica). Al final de cuentas, Carstens y Guillermo Oritz, gobernador del Banco de México, anunciaron en conferencia de prensa conjunta que se había errado (sobre todo el voluminoso Secretario) por completo en el diagnóstico. La cosa estaba que ardía. Así que fue necesario subastar una cantidad obscena de dólares (casi 9 mil millones de dólares, en lo inmediato) para contener en la medida de lo posible la caída cambiaria; se tuvo que corregir el Presupuesto de Egresos con cifras más conservadoras, acordes al brutal desmoronamiento financiero mundial; en consecuencia, la Ley de Ingresos de 2009 tendrá que reducirse en aproximadamente 50 mil millones de pesos (y quizá tenga que reducirse aún más, por el desplome del precio del barril de petróleo). No obstante, y como correlato cómico, Felipe Calderón anunció que ningún mexicano tendrá que «apretarse el cinturón». Para ello ha presentado ante el Congreso una serie de propuestas encaminadas a “…preservar la planta productiva, estimular el crecimiento económico y evitar la pérdida de empleos”. Desde luego, frente a tales palabras, no queda más que sentir un profundo temor. Ojalá y no se le ocurra decir que defenderá al peso como un perro. Eso sería, ahora sí, el empezose del acabose. Finalmente, como dato curioso: ¿no se supone que estos aspectos deberían ser ejes cruciales para el desempeño de su gobierno? Si apenas en estos días pasó esas propuestas ¿qué ha estado haciendo entonces el Sr. Felipe durante su mandato?
En fin, hoy, el pronóstico es reservado. Y todo aquel que haya tenido a un ser querido enfermo, en estado crítico sabrá, sin duda, lo que eso significa.
miércoles, octubre 08, 2008
¿Espurio?
El pasado 3 de octubre, en las instalaciones de Palacio Nacional, Felipe Calderón entregó el Premio Nacional de la Juventud a poco menos de una veintena de jóvenes destacados, originarios de todo el país. En medio de su discurso, el mandatario se vio interpelado por una voz que, desde el fondo del lugar, le gritaba a todo pulmón: ¡espurio! A Felipe no le quedó más remedio que irse convirtiendo en Felipito, encajar el acto, tragar saliva y acudir al gastadísimo argumento que sugiere que la libertad de expresión es uno de los valores fundamentales de un régimen democrático como el nuestro ¿?. Más aún, hizo uso del recurso brutalmente barato de comparar el contexto actual con lo que ocurrió hace cuatro décadas, allá en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Instantes después, a manera de respuesta a la imbecilidad calderonista, otro de los jóvenes premiados le increpó un par de severísimos y precisos: ¡no hay libertad! Acto seguido, el Estado Mayor Presidencial procedió a sacar a rastras del lugar a quienes interpelaron al autoritario, perdón, a la autoridad constitucional. Momentos después, Andrés Gómez Emilsson, uno de los galardonados/protagonistas del zafarrancho, era subido a una patrulla, y llevado al Juzgado Cívico 33, en alguna delegación defeña, ante las protestas de amigos y familiares.
¿Por qué este evento es más que una bonita imagen que habrá que conservar en el anecdotario nacional, tan lleno de frivolidades? Hay cuando menos dos factores que obligan a reflexionar detenidamente acerca de este asunto. El primero, más inmediato, radica en que se pone de relieve una brecha enorme, una falla sustancial, que ilumina al verdadero rostro del régimen: por una parte, se tiene un evento, una puesta en escena, en la que en el nivel discursivo Calderón alude a la libertad de expresión, a la presencia de una esfera pública abierta y transparente, que permite la expresión democrática de las ideas. Dibuja, pues, un país ideal, bucólico. Por otro lado, en la práctica, lo que se observa es que frente a la más mínima interpelación, el cuerpo de seguridad que rodea al presidente se vuelca para protegerlo del “peligrosísimo” alcance de las palabras de los jóvenes que le espetaron en el rostro su sentir. Sin duda, el hecho es un excelente correlato de la Ley Big Brother (véanse las reformas a la Ley de Telecomunicaciones aprobadas por el Senado, a partir de las cuales se posibilitará la creación de un registro de usuarios de telefonía móvil, que permitirá grabar y mantener un registro de cada una de las conversaciones que usted sostenga en dicho aparatito). Desde la perspectiva gubernamental, tanto la reacción de censura contra la libre expresión de las ideas como la búsqueda de un control totalitario de un medio de comunicación fundamental, encontrarían una justificación en los altos índices de criminalidad, y en el clima de inseguridad que atraviesan la geografía del país. De ahí a solicitarle amablemente a la ciudadanía que ceda íntegramente todos sus derechos políticos…sólo hay un pequeño paso. ¿Cómo denominar a un gobierno con estas características? «Espurio» es un adjetivo que se queda terriblemente corto. ¿Qué tendríamos que gritar para lograr dimensionar la magnitud totalitaria del régimen? ¿Habrá algún ejemplo en la historia reciente que nos ofrezca pistas para responder a dicha interrogante?
domingo, septiembre 28, 2008
Big Brother
Hace un par de semanas, justo un día después del atentado en la capital michoacana, discutir el tema con mis alumnos era más que obligado. Desde luego, se pusieron de relieve sentimientos como la indignación, la impotencia y el hartazgo. No obstante, hubo un acuerdo fundamental: era preciso conservar la calma y no dejarse arrastrar por el miedo. Se requería actuar y analizar los hechos con la cabeza fría. Es evidente que acto violento realizado por sicarios de poca monta, en Morelia, es de una magnitud enorme, y hace eco en diversos niveles. Por supuesto, en lo inmediato, ha transformado por completo las vidas de las familias de las ocho personas que, sin deberla ni temerla, perdieron la vida en medio de la más patriótica de las celebraciones. Para esas familias —al igual que para las de los más de 130 heridos— ya nada será igual. Las nociones de “festejo”, “independencia”, etc., habrán adquirido otro significado. Para esas familias, el nacimiento de nuestra nación equivaldrá a la muerte de sus seres queridos.
En la dimensión social del asunto, la cuestión se torna, si esto es posible, aún más terrible. El acto violento cumplió con creces su objetivo, puesto que durante los días siguientes al 15 de septiembre moreliano, la sensación de inseguridad con la que ya vivíamos los mexicanos adquirió tintes dramáticos: cualquier espacio público era visto como un blanco viable, y nadie estaba a salvo. Más que una escalada brutal de la violencia, fuimos testigos de un salto cualitativo en el que se cruzó una línea fundamental: se quebró la frontera que circunscribía los actos violentos a una esfera en la que prevalecían los ataques entre cárteles que buscaban la dominación territorial y/o que se sentían amenazados por la “acertada” estrategia gubernamental en contra del crimen organizado.
Esto nos lleva a la esfera de lo político. Desde dicha esfera se han sostenido dos argumentos principales. Por una parte, se asegura(ba) que los actos más violentos de los que nos enteramos a diario en los medios estaban muy delimitados, y eran atribuibles a una serie de ajustes de cuentas entre los distintos grupos que se disputan el control de un territorio. Por otra parte, también se planteaba que el saldo dejado por la guerra en contra del crimen organizado era positivo. Sin embargo, el atentado del 15 de septiembre pasado ha derrumbado por completo ambas hipótesis. El mensaje derivado del acto es más que explícito: no es gratuito, ni al azar, que el brutal ataque a la sociedad civil haya sido en el estado natal del presidente. Tampoco es casual que las víctimas hayan sido ciudadanos “de a pie”, ni que el ataque haya sido desplegado sin discriminar género o edad. Finalmente, la fecha en la que el atentado fue realizado es por demás significativa. En conjunto, estos factores invalidan por completo cualquier voz triunfalista que pudiera surgir de las filas gubernamentales. Aún hoy, en que supuestamente se ha atrapado a los perpetradores del atentado.
Por último, más arriba sugería que era preciso no dejarse arrastrar por el terror. El miedo tiende a nublar la visión, y orilla a los sujetos a cometer actos que en otras circunstancias hubieran sido impensables. Veamos: en días pasados, en el Senado de la República se aprobó la reforma a la Ley Federal de Telecomunicaciones, en la cual se ordena la integración del registro nacional de usuarios de teléfonos celulares. La mencionada iniciativa obliga a llevar un control estricto de todos los teléfonos móviles. En otras palabras, se establecerá una vigilancia y un registro sobre las llamadas y mensajes que uno emita desde estos aparatos. Aparentemente, esta medida tiene un alto grado de aceptación entre la ciudadanía. No obstante, en este punto vale la pena tener presente que en situaciones similares, los gobiernos de (ultra)derecha han buscado justificar el endurecimiento de sus políticas. Vigilar y controlar los medios de comunicación es un primer paso. Aceptarlo sin oponer resistencia, es un producto del miedo. Espero equivocarme de manera rotunda en lo que voy a sugerir. Lo deseo fervientemente. Pero a partir de la escalada brutal de la violencia a la que estamos sujetos todos, el Estado ha tendido, precisamente, a endurecer sus prácticas. La aprobación de la citada Ley así lo pone de relieve. En última instancia, la estrategia de declarar un estado de excepción, que ponga en suspensión los derechos civiles constitucionales, no parece tan lejana. Yo no quiero estar bajo la vigilancia constante del Big Brother. Esto es aún más espeluznante que el terrorismo en sí. No hay que olvidar que en otros regímenes, el Estado ha encontrado en situaciones similares a la nuestra la vía más adecuada para legitimar y justificar una represión brutal en contra de la libertad de expresión. Hoy son los teléfonos celulares. ¿Y mañana? ¿Se criminalizaría la disidencia? ¿se atentaría contra la libertad de asociación? ¿se buscará eliminar la diferencia? No cabe duda que, parafraseando al buen Borges, hoy, vivir en México equivale a un enorme acto de fe.lunes, septiembre 22, 2008
domingo, septiembre 21, 2008
Sariñanazo
Desde el comienzo fue algo fuera de lo común. Pero definitivamente el final fue de película, una odisea con todas sus letras. Hace un par de meses Laclau llegó con la sorpresa de que había comprado un par de boletos para ir al concierto de Ximena Sariñana. Los había adquirido en línea, así que había que ir a canjear el comprobante por unos boletos “de carne y hueso”. Hace una semana andábamos por el centro y ella decidió, como si nada, meterse a Botas los Potrillos porque ahí vio un módulo de Ticketmaster. Por supuesto, yo me quedé afuera, porque me salen ronchas con ese tipo de lugares. Aunque después me di cuenta que debí haber entrado, porque el atuendo de las dependientas consiste en unas chiqui-minifaldas que les llegan, cuando mucho, al cuello. Pero ni modo, cuando me di cuenta de ello, Laclau ya venía de salida con los boletos en la mano, y una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro. No está de más aclarar que a quien le gusta la Sariñana es a mí (no, no me da vergüenza admitirlo, y las razones particulares de este placer culposo ya las expuse hace unos días aquí mismo), y Laclau se puso bella con el detallazo de los tiquetes. Así que, la verdad sea dicha, yo tenía un par de meses saboreándome el dichoso conciertito.
Luego de presumirle a cuanto se me atravesaba enfrente que Laclau y yo iríamos a ver a la Sariñana (y por supuesto, de recibir las críticas y mentadas correspondientes), se llegó el día. El concierto estaba programado para comenzar a las 20:30. No obstante, en el boleto había una nota aclaratoria que señalaba que la última persona entraría, a lo sumo, 15 minutos antes. La cómplice y yo nos pusimos de acuerdo para dejar a Lanaila en casa de su abuelo, o sea, mi jefecito, bajo sus diligentes cuidados, y los mimos del G. Yo me saldría del trabajo e iría a casa para recoger biberones, pañales, leche, y demás aditamentos necesarios para disminuir los decibeles berrinchescos de la heredera. Porque ha desarrollado un carácter igualito que el de su madre, y cuando se emberrincha, lo mejor es tirar pa’l monte (segurito voy a pagar caro este comentario). El caso es que a las cinco y media de la tarde ya estaba yo en casa del abuelo, a la espera de que llegara la cómplice. Para entrar en calor, mi Ghermano me regaló una cervecita que acepté de buena gana. Mientras brindábamos, sonó el celular. Era Laclau para avisar que ya se dirigía a mi hogar paterno. Me pedía que estuviera listo, porque el plan consistía en ir a tomar un café o una michelada en algún lado, previo al concierto. Total, teníamos tiempo. Qué iluso.
Comenzó a llover, como otros tantos días. No me preocupé. Pero pasaron dos horas y nada. De Laclau, ni sus luces. Intentamos comunicarnos con ella desde tres celulares diferentes, y nada (extrañamente, como casi nunca, el mío tenía crédito, pero como casi siempre, no enlazaba). Finalmente, cerca de las ocho, entró una llamada: Laclau estaba encharcada en la Av. Lázaro Cárdenas. Yo de inmediato pensé y dije, en el más puro y elegante castellano: ¡Ya valió madre! No hace mucho, de regreso de León, estuve cinco horas parado en esa maldita avenida, debido a las grandiosas obras de recolección de aguas pluviales, y a la magnífica labor de planeación urbana que llevan a cabo nuestras honrosas autoridades. Casi dos meses saboreando el concierto; tanta presunción entre conocidos y desconocidos; tanto recomendar el disquito de la Sariñana; y nada. Todo se iba al drenaje, literalmente. Eran las ocho diez cuando a Laclau se le ocurrió comunicarse de nuevo para sugerir que nos encontráramos en otra parte, cerca del Teatro Diana. Yo, marcado por una estela de frío pesimismo, dije que sí. Le dije al G que me acompañara, por si por alguna extraña casualidad, lográbamos llegar a tiempo al lugar. El plan era cambiar de carro el asiento de Lanaila, así, mientras Laclau y yo veíamos el modo de entrar al Diana, el G se traía a Lanaila a hacer sus piruetas a la casa del abuelo. Pues bien, íbamos por Av. Alcalde a una velocidad más o menos aceptable. Hasta que llegamos a la altura de El Santuario. Ahí, una vez más, acudí a mis casi tres décadas de preparación académica para decir: ¡Puts, ya valió madre! Desde esa zona y hasta llegar al SevenEleven de El Parque Agua Azul (ese era el punto de reunión), conduje a vuelta de rueda. El G, como era de esperarse, se iba destornillando de la risa.
Por fin llegamos. Eran las 20:50 de la noche. Yo ya había dado por perdido el asunto, y tenía la esperanza de que por lo menos, Laclau me invitara una cena más o menos agradable en algún sitio decente. Pero ella no. Implacable, como es, no se dio por vencida. Decía: “hasta que el cabrón de la puerta me diga que no puedo pasar, entonces veo que lío armo. Pero mientras no te des por vencido, #### (aquí va el nombre secreto con el que me nombra; obviamente no lo voy a revelar)”. Yo entré al Seven a comprar un café. El G se seguía burlando de mí y de mi desgracia. Y Laclau no aparecía. Un rato después llamó para decir que iba por Av. Federalismo, a la altura de la calle Hospital. El tráfico estaba insufrible. O sea, le faltaba un buen para aparecerse por ahí. En el teléfono, allá al fondo, se escuchaba el llanto de Lanaila. Pobre, debe haber estado harta de tanto andar en el auto. Finalmente, cerca de las diez, vi las inconfundibles luces de “La bala”, el septentrional carrito de Laclau. Yo, más sosegado, ya había aceptado el hecho de que me perdería el concierto. “Ándele guey, por presumido”, pensé (hasta en mi Nick del msn tenía escrito: hoy: Ximena). “Ni modo”. Pero la cómplice estaba decidida. Cuando se bajó de su auto sólo dijo: “necesito cinco minutos, estoy hasta la madre”. Entretanto, el G y yo extrajimos de La Bala a la heredera, y la subimos al Imóvil. Laclau todavía tenía un ligero rayo de esperanza. Yo, como siempre, hacía juego con el clima imperante y tuve que ser llevado casi a rastras.
Afuera del Diana no había Valet Parking. Laclau se bajó a preguntar que qué pex. Le dijeron que el toquín recién había comenzado, que todavía faltaba cerca de una hora para que se terminara. Buscamos estacionamiento y, por fin, entramos. El lugar, como era de esperarse, estaba repleto de morritos. En cuanto nos sentamos, yo puse mi cara de circunstancia, como si estuviese ahí a fuerza, para que la gente pensara que quien realmente iba a escuchar a la Sariñana era Laclau. De la música no voy a hablar. Esa me la guardo para mí. Lo cierto es que toda la odisea valió la pena. Aún la profunda empapada que nos pusimos a la salida. Definitivamente, lo volvería a repetir.
miércoles, septiembre 17, 2008
¡Renuncia ya, Felipe!
Es indignante. No. Esa palabra es insuficiente. Me da rabia. Siento una profunda impotencia y no sé exactamente cómo expresarla. Lo único que se me ocurre es pedirte tu renuncia. Si tuvieras un poco de vergüenza, deberías desistir del cargo inmediatamente. Durante toda tu campaña para llegar a la presidencia de la nación, postulaste como eslogan que tú no tenías las manos sucias, a diferencia de los otros candidatos. Lograste la silla presidencial, dejando detrás de ti a un país divido en dos, así como una severa crisis institucional. Luego de un año de tu gobierno, los resultados de tu desempeño han sido poco menos que mediocres. Uno de tus frentes más amplios consistía en el combate frontal al crimen organizado. Pretendías, cuando menos, reducir los índices de criminalidad y violencia que azotan al país. ¿Cuáles han sido los resultados? Prácticamente ninguno. Aseguras que vas ganando la batalla contra la delincuencia, pero lo que ocurre en las calles indica lo contrario. Hasta el día de ayer, podías argumentar que la violencia tenía lugar en una esfera bastante delimitada, y que estábamos siendo testigos de una serie de ajustes de cuentas entre cárteles. Tanto las ejecuciones como gran parte de los actos criminales tenían que ver con la lucha por el poder, y los ciudadanos estábamos fuera; no corríamos peligro. Sugerías que cada acto violento no era sino la reacción normal del crimen organizado, puesto que sentían sus filas debilitadas. Pero ¿cómo interpretas el mensaje de ayer? ¿Acaso no es significativo que haya sido precisamente en tu estado natal? El contexto ha cambiado por completo. Hasta ayer podías seguir asegurando, dudosamente, que tenías las manos limpias. Hoy, están terriblemente manchadas con sangre inocente. Tú, y nadie más que tú, eres el culpable de la situación que atraviesa nuestro país. Tu incapacidad y tu falta de autoridad han provocado que ahora tengamos miedo hasta de salir a la calle. Pides que estemos juntos, que nos unamos y participemos en el combate a la violencia. Eso equivale a deslindarte de la responsabilidad que te corresponde. Desde luego, yo denuncio. Cuento con el valor civil y ciudadano para hacerlo. Aún cuando el sistema judicial tenga tantas grietas y fallas, al grado de que muy apenas una de diez denuncias logra su cometido. Pero no estoy dispuesto a tomar un arma para defender a mi familia. Ese es precisamente el papel del Estado: garantizar mi seguridad. En la medida en que eso no se cumple, las instituciones se erosionan, decaen. Tú, como representante máximo del Estado, has fracasado. Has demostrado ser incapaz de cumplir siquiera con las funciones más básicas que te fueron encomendadas. Insisto, si tuvieras un poco de dignidad, ya hubieras presentado tu renuncia. ¿Con qué cara puedes seguir ocupando un puesto para el cual no estás preparado? Un discurso, por más agitado y alentador que sea, no deja de ser sino un discurso. En otras palabras, sólo acentúa más tu incapacidad para dirigirnos. Frente a lo que ocurrió en Michoacán, no hay palabras que valgan. Pregúntale a los afectados, para que veas cuál es su opinión. A partir de hoy, y hasta el día en que renuncies (porque no tienes otra salida digna) te hago responsable de lo que me pueda ocurrir a mí y a mi familia.
martes, septiembre 16, 2008
¿Viva México?
El otro día me preguntaban si este 15 de septiembre iría a la Plaza de Armas, allá en el centro de la Ciudad, a «dar el grito». Por supuesto, contesté que de ninguna manera. Asombrado, mi interlocutor me inquirió: —qué, ¿acaso no eres mexicano? Pinche malinchista, me dijo. Como era de esperarse, el hígado comenzó a retorcérseme; me salió espuma por la boca y empecé a vomitar palabras: —¿qué estupidez es esa?, le espeté en el rostro. —¿Acaso no te das cuenta, imbécil? Cada que “celebras” una fecha como ésta, lo que haces es poner de relieve la falta de interés que te provoca el tema en turno, el resto de los 364 días. En la medida en que conmemoras asuetos como el de hoy, sólo legitimas tu profundo desinterés y exhibes la más pura barbarie. Me refiero a días como el 10 de mayo, el 14 de febrero, y tantos otros. Aparte del día de hoy ¿qué tantas fechas le dedicas a reflexionar acerca de lo que está ocurriendo en el país? (o qué tanto te interesas por tu madre o tu pareja) ¿Cuánto tiempo inviertes informándote, haciendo algo, para que el próximo año tengas una nación en la cual puedas «pegar de gritos»? ¿Qué vas a hacer después de que se termine el festejo en el zocalito tapatío? ¿Vas a regresar a tu casa, para aventar balazos al aire? ¿Esa es la forma de demostrar que eres mexicano? Es más ¿sabes qué es lo que se festeja el día de hoy? ¿Quiénes fueron los involucrados? ¿Tu razonamiento te permite entender que estamos, precisamente, en una encrucijada histórica gravísima en la que una vez más la soberanía y la independencia están en juego? Si lo entendieras, si tuvieras un poquito de dignidad, no irías a hacer el ridículo, ni le harías el caldo gordo al gobernador piadoso.[1] Pendejo. A mí no me vengas a enseñar patriotismo. Fíjate bien cuando señales con el dedo. Aquí, el único malinchista eres tú.
[1] Uts. Ya me imagino al hipotético lector o lectora de este texto. De segurito no me va a bajar de revoltoso pe-erredista o algo peor. De una vez me deslindo: yo soy hombre, no payaso. A mí me interesa la izquierda, no sus patéticos remedos ni sus pantomimas vacías. ¿Va?
miércoles, septiembre 10, 2008
Muy cierto
martes, septiembre 09, 2008
De trip(a)
También así, por pura intuición, nos ha tocado visitar lugares “más decentes”, como ese restaurante argentino que está por la calle Ladrón de Guevara, o este otro italiano, que está sobre Av. México, casi en esquina con Yaquis. En ambos se sirven platos abundantes, generosos, y se bebe bien. Muy bien. A veces, hasta es posible acompañar un buen vaciado con el mejor vino del mundo, es decir, el bajacaliforniano. Sobra decir que las cuentas, sobre todo en las ocasiones en que visitamos este tipo de lugares, terminan por ser astronómicas. A Laclau a veces le da remordimiento, porque el sentido común le dicta que debería ahorrar, o cambiar de guardarropa, o qué se yo, en lugar de estar engrosando las cuentas de los dueños de los establecimientos de alimentos. Pero yo la (mal) aconsejo para que se deshaga de esos pensamientos. Y me resulta, porque, igual que a mí, a ella le brillan los ojitos cuando llega su crème brulée junto con el café, como remates de una buena comilona. Entonces sé que he triunfado, y que ha valido la pena el despilfarro.
Cuando vamos en estas expediciones, para Laclau y para mí, uno de los aspectos fundamentales sobre el que ponemos atención es el servicio. Éste puede arruinar el mejor plato del mundo, o remediar una cocina mediocre. No miento: hemos abandonado varios restaurantes porque se tardan cinco minutos en atendernos. O porque no tienen el platillo que se nos había antojado (aunque aparezca en el menú). A mí me da un poco de pena hacer estas cosas. Pero Laclau no se tienta el corazón. Por el contrario, procuramos dejar una propina generosa aún si las verduras estaban frías, siempre y cuando el mesero o mesera en turno nos haya atendido a nuestras anchas. Como esta última vez, en la que se nos metió en la cabeza no ir al lugar de siempre, en Plaza Pabellón (porque era domingo y en ese día en particular, it is too crowded). Yo propuse que nos lanzáramos al lugar supuestamente australiano que está en Galerías, pero Laclau quiso buscar un rato. Así que nos subimos en “la bala”, y ella condujo por las calles donde viven los riquillos del barrio, con la esperanza de encontrar algún lugar donde vendieran lasagna. Al final de cuentas llegamos a un lugar de reciente apertura, especializado en carnes. La experiencia no fue muy grata. Pedimos arrachera y vaciado, las cuales tenían un excelente sazón, y estaban cocidas al término en que las habíamos pedido. Pero el servicio fue relativamente frío, y se notaba la falta de experiencia, y la poca previsión (no pensaron que tendrían tanta gente, por lo que a las cuatro de la tarde ya no tenían algunos platillos del menú).
Finalmente, como le decía a una entrañable amiga el otro día, Laclau y yo somos animalitos de prácticas muy arraigadas, ya que después de muchas infructuosas búsquedas, casi siempre terminamos en los mismos sitios. Es probable que esto tenga que ver con que en ciertos lugares, los meseros nos reconocen y nos prestan especial atención sobre otros comensales. Ese tipo de distinciones lo hace a uno sentirse muy a gusto. Es como comer en casa.
viernes, septiembre 05, 2008
Para una mejor ocasión
Lo recuerdo bien. En aquella época yo tendría unos dieciséis años. En medio de la calle, una mujer gritaba tan fuerte que parecía que las venas del cuello le reventarían: ¡Es Él, es Él! ¡El Hijo del hombre ha llegado! ¡Mira al cielo! ¡Contémplalo en su Santa Gloria! ¡Teme su furia, porque como lo profetizó en Apocalipsis 3:3, hoy viene como un ladrón, montado en su carro de fuego! ¡Mateo 24:44! ¡Reyes 2:11! ¡Viene por nosotros, los elegidos! ¡Oremos! ¡Arrepintámonos! ¡Pidamos piedad y roguemos por nuestras almas! ¡Dejémonos guiar al Paraíso!… Quienes nos habíamos aglutinado a su alrededor mirábamos sorprendidos cómo detrás de las nubes comenzaba a vislumbrarse algo que no sé describir sino como la aparición de un segundo sol, que descendía en caída libre sobre nosotros. Conforme el inmenso objeto se acercaba, la mujer intensificaba sus chillidos. Parecía estar en éxtasis. No me avergüenza decir que, como muchos de los que estábamos ahí, casi me infarto del miedo. Igual que ella y el resto de la multitud, caí de rodillas, no sé bien por qué. El objeto dejó de preocuparme; mi mirada estaba fija en ella, quien repetía, ya sin gritar, con voz temblorosa: “el rapto, el rapto”. El objeto se detuvo un momento antes de aplastarnos. Emitió un sonido ensordecedor. La mujer estaba en el piso, como desmayada. Instantes después, aquella cosa se alejó, o más bien, debería decir que desapareció de nuestras miradas, como si se hubiera esfumado. Atónitos, nos levantamos, sacudiendo nuestras ropas, mirándonos entre sí, extrañados. La muchedumbre comenzó a dispersarse. Yo esperé unos segundos, hasta que la mujer se levantó. Miraba al cielo, extrañada, como buscando una explicación. En su rostro había duda y decepción. Se alejó caminando aprisa. No lloraba. Seguía aquí, como todos, pero ya no lloraba…
jueves, agosto 28, 2008
Metalenguaje
miércoles, agosto 20, 2008
Pendejo
jueves, agosto 14, 2008
Identidad
Cuando terminamos de armarlo nos dimos cuenta que habíamos extraviado una pieza. La buscamos por todas partes durante meses, porque nos interesaba que al final estuviera completito. Pero luego el asunto dejó de tener sentido, puesto que la pieza era diminuta y el hueco que había dejado era perceptible sólo si lo abrías. Además, las pruebas (caseras) que hicimos demostraron que nuestro error casi no afectaba su desempeño, así que decidimos echarlo a andar. Sabíamos que una vez puesto en marcha sería imposible desactivarlo. Así, poco a poco se fue integrando al resto de nosotros, hasta hacerse uno más del grupo. Juntos parecíamos, ahora sí, una totalidad. Nos gustaba pensarnos (a los pocos que quedamos aún nos gusta, a pesar de lo mal que salió todo) como una “encarnación de lo absoluto”. Durante mucho tiempo todo pareció ir de maravilla. Pero siempre, entre algunos de los más viejos se notaba algo como una sospecha, una duda o quizá algo parecido al temor. De cuando en cuando, designábamos comisiones secretas para supervisarlo, procurando que él no se diera cuenta de lo que hacíamos. Por ello pudimos constatar que, de hecho, sólo si lo mirabas desde un cierto ángulo era posible percibir algo extraño, fuera de lo común, aunque innombrable, en el modo de caminar, o en el brillo que adquirían sus ojos cuando una paloma se posaba sobre su cabeza o los jueves en que todos teníamos que vestir el uniforme gris. Nada que nos pareciera grave, eso sí. Teníamos la esperanza de que estas “asperezas” de su carácter se fueran eliminando conforme se involucrara con nuestras actividades cotidianas. Pero ocurrió a la inversa, puesto que fuimos nosotros los que casi sin admitirlo terminamos por acostumbrarnos a sus pequeñas excentricidades.
Hasta que fue demasiado tarde.
Hasta que esa noche perdió el control.
Y… ocurrió aquello.
Hoy todos han desaparecido o muerto.
Aquí dentro sólo estoy yo.
Y él.
Que repta lento.
Que me busca.
Que me encontrará tarde o temprano.
¿Quién puede culparlo?
Conversación (cont.)
-Díganle que estoy trabajando. Que venga otro día a buscarme.
lunes, agosto 11, 2008
Conversación
-Que no mame y que deje dormir.
viernes, agosto 08, 2008
martes, julio 29, 2008
Minifix
martes, julio 22, 2008
Me moría de la risa
viernes, julio 18, 2008
Fue lo deportivo, ¡estúpido!
Siempre me han resultado fastidiosos en extremo los ejemplillos baratos que intentan definir la mentalidad de una sociedad completa. No son sino exaltaciones de una visión estereotipada; un conjunto de ideas “sombrilla”, nociones huecas de lo absoluto, que al intentar abarcar en su seno al todo, terminan por reventar, por vaciarse por completo. Quizá el más recurrente de estos ejemplos es aquel que alude a las diferencias entre una cubeta repleta con cangrejos mexicanos, y otra llena con cangrejos norteamericanos. En la primera, ocurre que cuando uno de estos horripilantes animalejos busca llegar al borde de la cubeta para salir de ésta, el resto lo jala hacia abajo, impidiéndole que logre su objetivo. En la segunda, el panorama se presenta como distinto: los crustáceos tienden a organizarse para que por lo menos uno de ellos alcance la cima, y desde ahí, logre ayudar a ascender a los que quedan debajo. A partir de recurrir a este tipo de ejemplos algunos pretenden explicar el atraso/avance económico, tecnológico, cultural, etc., de un pueblo/nación/raza. Lo peor es que lo anterior se está convirtiendo en una tendencia bastante recurrente. [1]
Ahora bien, si los ejemplos en sí son molestos, aquellos entes que los utilizan son verdaderamente insoportables. Desde hace mucho, uno de los personajes adscrito a esta tendencia es, sin duda, Hugo Sánchez Márquez. Hace un tiempo, cuando éste rogaba que le fuera otorgado el mando deportivo de la Selección Mexicana, ponía de relieve que la ineficacia de nuestro futbol radicaba sobre todo en la dimensión cultural, en la incorporación a nuestra cosmovisión de las perspectivas estereotipadas condensadas en elementos como el ejemplo mencionado en el párrafo anterior. En consecuencia, para los mexicanos, lo único que mediaba entre la mediocridad futbolera y el campeonato mundial era un simple cambio de actitud. Había pues que pensarse campeones del mundo, considerarse aptos para tal proeza. Él, Hugo, se percibía a sí mismo como la más pura encarnación de tal cambio de actitud. El fracaso (porque es un fracaso y no otra cosa) que representa la incapacidad para calificar a los próximos juegos olímpicos a efectuarse en Beijing demuestra que el asunto tiene una raigambre más profunda. También pone de relieve que Hugo es el más mexicano de los mexicanos (a pesar del patético acento).
¿Por qué?
Para explicar lo anterior refirámonos a otro de los despreciables ejemplos aludidos al principio de este texto: al típico “Yo no fui”, cuyo corolario es el tan conocido “Así estaba cuando yo llegué”. Resulta que en una entrevista ofrecida a ESPNDeportes Radio, el former técnico de la Selección Verde aseguraba no haber tenido la culpa de no haber clasificado a los juegos olímpicos. Más bien, el pentapichichi asegura haber sido víctima de un complot. Dice Hugo:
"Y pasó como pasa en México: hubo traición, algo que en México existe muchísimo. De frente te dicen que te van ayudar y te volteas y te clavan la puñalada por la espalda […] Yo no soy el culpable de lo que pasó".
Frente a esto, es preciso echarle un ojo a los resultados obtenidos por Sánchez en sus 16 meses al frente del equipo mexicano. Perdimos la final de la Copa de Oro contra Estados Unidos (o sea, así o más), ocupamos el tercer sitio en la Copa América y no logramos la clasificación a Beijing en un preolímpico, para variar, en Estados Unidos. ¿Será, como dice Hugo, que fue traicionado? No dudo que el factor comercial haya incidido de manera significativa para su vergonzoso despido. Pero él asegura que el cese de su contrato no tuvo motivos deportivos. ¿En serio? ¿Eso piensa Huguinho? Válgame. Una vez más, para recurrir al despreciable ejemplo descrito al principio: ese es el discurso típico de los cangrejos. No cabe duda que las declaraciones de Sánchez sugieren la necesidad de un ensayo profundo que analice la práctica de “echarse la bolita” (y no en un sentido futbolero) como un elemento definitorio de la mexicanidad. Para situarme en el mismo (bajísimo) estatus ontológico de Hugo, tendríamos que decir que ésta es una práctica terriblemente acogida entre nosotros. En fin, en todo caso habría que parafrasear a Clinton, y decirle a Hugo: fue lo deportivo, ¡estúpido!
[1] He visto y escuchado a intelectuales y académicos de altos vuelos que recurren una y otra vez, precisamente, al tan llevado y traído ejemplito.
lunes, julio 07, 2008
martes, junio 24, 2008
De música ligera
Hace mucho que la música no me producía tanto placer. Y en las últimas semanas, el gozo me ha tocado por partida doble. En primer lugar, recientemente llegó a mis manos la producción de Ximena Sariñana, titulada Mediocre. Como era de esperarse, mi primera reacción fue el escepticismo. Antes de prestarle atención, el disco reposó en mi escritorio por varios días. Por alguna estúpida razón, pensé que probablemente sería una burda imitación de Belinda o de alguna artistucha de esas prefab. Hasta que una madrugada, aburrido de leer, se me ocurrió buscar algo de esta niña en YouTube. Tras un desganado click en el primer link que arrojaron los resultados, bam. Shock. Bam again. Rewind. En la pantalla aparece una chica de pelo corto, con lentes enormes, una blusa café, sin mangas, divirtiéndose enormidades, dejando que la síncopa la penetre por todas partes. What a freak, pensé. Lovely. Luego de la primera gratísima impresión, fui por los audífonos (la experiencia me ha hecho saber que aún cuando tengo cerrada la puerta de mi estudio, las tres de la madrugada no son la mejor hora para escuchar música a un volumen considerable), y una vez cierto de que me había despabilado, puse más atención en la voz. What a feeling. Qué Belinda ni qué la chingada. Esta niña tiene algo. Click en el siguente video. Una versión jazzeada de El Triste, de Roberto Cantoral. Es cierto que no es la interpretación más afortunada de este tema. Pero cómo lo goza, la Sariñana. Finalmente, una (ésta sí, genial) It don’t mean a thing (if it ain’t got that swing), de Duke Ellington y The man I love (la cual sólo se la he escuchado a Ella Fitzgerald). Para entonces, el escepticismo se había disipado por completo. Pump up the volume, dude. Y entonces, puse Mediocre. La primera vuelta me dejó más que satisfecho. Las siguientes han sido, cuando menos, muy placenteras. Digo, no sé cuántos años tenga esta niña, ni me interesa. Lo que presenta es un producto más o menos maduro. A pesar de que la mayor parte de las piezas que componen el disco tienen una estructura muy básica, muestran cierta profundidad, un aroma añejo, que deja entrever los reflejos de un alma vieja (más allá del pop fácil). Y la voz. Deleita. No es única, y en ocasiones es muy similar a (guess who). Y sin embargo [se mueve]. En algún lado me pareció leer que la chica en cuestión participa de lleno en la composición de sus temas. Si es así, esto es un plus. En fin, lo verdaderamente importante es que, cosa rara ahora en esta época de post-rock atormentado y sí, verdaderamente mediocre, Sariñana se divierte con la música, la goza, y en este sentido, se convierte en el vehículo del goce del Otro. Tarea nada fácil.
Por si esto fuera poco, en días pasados vi, luego de postergarla un par de semanas, la peli titulada Into the Wild. Esta cinta dirigida por Sean Penn tiene un par de momentos brillantes, y una fotografía espectacular. Desde mi punto de vista, la dirección es impecable, y ello queda demostrado en la medida en que Penn logra convertir un guión terriblemente predecible y plano, en una obra bastante aceptable. Más allá de la posible pseudocrítica cinéfoba que pudiera emitir este simple ovejero, lo que realmente me impactó fue el soundtrack. Me parece que es el primer disco en solitario de Eddie Vedder. Sin duda, este señor tiene larga vida más allá de Pearl Jam. Luego de que terminó la película, ya de madrugada (¿por qué casi todo lo bueno me pasa justo en esa hora del día?) me empeñé minuciosamente en buscar y bajar el disco. Uf. Otro golpazo. Puro goce. Definitivamente, tendré que comprar el original. Todos y cada uno de los quince cortes (según dicen, el disco original trae solo doce, pero vivo que soy, también bajé los bonus tracks) valen la pena y se sostienen por sí solos. El conjunto, desde mi nada humilde perspectiva constituye, lo que se dice, una joyita auditiva. El toque folk, la voz aguardientosa y desafinada de Vedder hacen de la escucha de este disco un trip bastante ligero, sumamente refrescante. Sobre todo si uno se plante frente al nada, nadita, nada agradable panorama musical contemporáneo, en el que los “ídolos” son gueyes con mascaritas de conejo que muy apenas saben tocar una guitarra. Asco.
In extremas res
Justo cuando terminaba de escribir estas líneas, por puro accidente, descubrí a The Detroit Cobras. Tengo apenas unas cinco canciones, y todas, absolutamente todas, me han resultado muy divertidas. Desde luego, no son mi estilo (sobre todo si pensamos que yo soy un tipo al que Pig Destroyer le parece una de las bandas más innovadoras de la última década), sino que se acercan más al lado de Laclau. No obstante, Sariñana, etc.
viernes, junio 20, 2008
Lleva dedicatoria
La reacción normal sería golpearlos, deshacerles el rostro, patearlos hasta el cansancio. Como en aquella ocasión tan divertida, podría hacerlos que coloquen su boca, abierta, sobre el filo de la banqueta. Bam. Dejar caer la pierna con fuerza sobre sus cráneos. Mirarlos estallar. Desde luego, podría hacerlo con total impunidad, como ya ha ocurrido en muchas otras ocasiones. Pero eso sería terriblemente primate, elemental, burdo. En una palabra: sería terriblemente fácil. Y no. Hoy no. Las cosas no van por ahí. Aquí se impone otra estrategia. No por nada la crueldad es quizá el único arte que se enriquece mientras más se somete a la razón. Por eso, hay que pensar. Se precisa elaborar algo más sutil. Es necesario desarrollar una estrategia que cumpla el objetivo, sin que ellos se den cuenta por donde llegó el golpe. Hay que sonreír, primero. Luego asentir, como si se estuviera de acuerdo. Hacerles creer, poco a poco, concienzudamente, con minuciosidad, que se está más de aquel lado que de este. Con tranquilidad. Con la mayor serenidad posible. No importa el tiempo que transcurra. Desafortunadamente para ellos, suelo ser muy paciente. Habrá que elevarlos, alimentar su ego, inspirarles confianza. Hacerlos creer que soy un más de su clan. Y entonces sí. A erosionar sus cimientos. A destrozarlos poco a poco. Despacito. De la manera más placentera posible. Exterminarlos milímetro a milímetro. Y al final, sólo entonces, revelar la causa. Mostrarles, cuando ya no haya otra salida más que el llanto y la desolación, toda la dimensión de la tragedia en la que están inmersos; el error que cometieron al haber hecho esto que hicieron hoy.
miércoles, junio 18, 2008
lunes, junio 16, 2008
¡Feliz Cumpleaños!
Hace un año Yo pretendía ser tu guía para enseñarte el mundo. Lo que son las cosas: resulta que eres tú, así de pequeñita, quien ha venido a dirigir mis pasos, no sólo por el mundo, sino por el Universo entero. Me has llevado de la mano descubriéndolo. Y al mismo tiempo me descubro por completo, transparente, frente a ti. Me haces encontrarme en cada sonrisa de cuerpo entero que me ofreces. Me muestras la mismísima arquitectura de lo absoluto cuando acaricias mi rostro y me regalas el misterio enorme de tu mirada. Me descubro diferente, renovado, cada vez que me llamas, que me nombras en nuestro propio y casi indescifrable lenguaje. Sí. Eres tú. Una vez más, mi centro. Mi hogar. Me felicito por el privilegio de estar contigo cada día. Y te reitero mi promesa: siempre estaré ahí, fiel, tuyo desde ya, desde antes, desde hoy. Te amo tanto, tatatita.
miércoles, mayo 28, 2008
martes, mayo 13, 2008
sábado, mayo 10, 2008
Becoming
Eres nada. Menos que nada. Quizá caca. C-a-c-a-. Y decir eso ya es mucho. Eres una espinilla en el culo. La verruga en la verruga de la pata de una mosca. Una distrofia. Una mera dislocación, la envoltura seca y sucia de aquello que alguna vez fue algo. Semejanza. Apariencia. Fantasma. Te acercas como una sombra tenue, buscando esperanza en el hueco en el que se ha convertido esto que eres ahora. Hurgas en tus llagas; intentas limpiarlas, pero los gusanos insisten en permanecer en ti. Pululan en cada herida, en cada poro de tu leprosa piel. Apestas. Apestas. ¡Apestas! Mátate, te, te. Embrace the nothingness that you have become. Es lo mejor para ti y para todos. Salta al vacío. Despójate de todo, conviértete en el vacío que te rodea. Silba tu melodía favorita y sonríe mientras te untas tu sangre y tu mierda en los ojos. Revuélcate en tu vómito. Ahógate en él. Usa tus orines para tragar la píldora azul. Lanza la roja lejos. Lejos. Explota en dos mil pedazos. Desvanécete. Piensa y luego deja de existir. Desconéctate. Acaba ya con esto. Ahora repite conmigo. Eres nada. Menos que nada. Así ad nauseam.
miércoles, mayo 07, 2008
The end is near
martes, abril 29, 2008
Dije: ¡Renuncia!, estúpido
En su columna de hoy (en tres patadas, aparecida en el diario Público-Milenio), Diego Petersen Farah comenta que no importa tanto cuántos nos hemos sentido ofendidos con la mentada de madre que nos hizo a bien brindarnos [literalmente] el etílico gobernador del estado, en días pasados. Luego de ese recíproco y adelantado [recordatorio del] 10 de mayo, Petersen llama a la cordura, puesto que observa que el nivel del conflicto ha llegado al límite, y es preciso encontrarle alguna salida. Probablemente él tenga razón. Sin embargo, las vías que sugiere para reparar los daños me parecen inadecuadas. ¿Por qué? En primer lugar plantea que el gobernador puede seguir como si nada hubiera pasado, apostando a que en el balance resulte favorecido (quizá su desliz no le pegue tanto en las encuestas). La segunda vía implica “meter freno”, y diseñar una estrategia para restablecer la relación entre gobierno y gobernados. El común denominador entre estas propuestas consiste en que ninguna va al fondo del asunto, es decir, no se toca a la figura del gobernador. El problema con los argumentos de Petersen radica en que abordan el asunto desde una óptica equivocada: sugieren olvidar y perdonar. Ello equivale a querer curar el cáncer a aspirinazos. En otras palabras, el columnista sensatamente se centra en la resolución del conflicto, en la necesidad de restañar la herida. Pero al proceder de ese modo, no toma en cuenta la verdadera significación del acto cometido por el gobernador González. En primera instancia, debido a la incapacidad (pendejez, le llamó un benévolo López Dóriga en la misma edición) de Emilio de sobrellevar dignamente una borrachera, se evidencia la profundización de la fractura entre gobierno y gobernados, generada en su momento por la macrolimosna (y el resto de donativos a las televisoras, el placazo, y el largo etcétera). ¿Qué otros aspectos se ponen de relieve a partir del desliz alcohólico del gobernador? Sin duda, como reza el viejo adagio, los niños y los borrachos tienden a decir la verdad. Y la ‘veldá’ del gobernador alude a que se siente dueño de una envestidura soberana, dictatorial y autoritaria, avalada desde las más altas esferas de la grey católica local. Los aplausos otorgados por el Cardenal a las soeces ocurrencias del mandatario así lo demuestran. Algunos dirán que es mejor malo por conocido que bueno por conocer. Mediocres. Quien piense que la democracia no está en peligro, que tire la primera piedra. En manos de estos personajes se encuentran los destinos (y los desatinos) de nuestra entidad. A contracorriente de lo sugerido por Petersen, dudo mucho que ya hayamos llegado al límite. Las cosas pueden ponerse verdaderamente feas. Quizá en lo único que acierta el columnista es que no se puede cambiar el estilo personal de gobernar ni la forma de pensar de Emilio. Efectivamente: no podemos cambiar AL gobernador; lo que debemos hacer es cambiar DE gobernador (¿habría que transitar del en sí al para sí, acaso?). Desde mi perspectiva, lo he dicho ya aquí, la única salida digna de este atolladero es que Emilio renuncie. O en su defecto, que proponga una iniciativa que posibilite la revocación de su mandato. No hay más.
viernes, abril 25, 2008
Chingas a la tuya
El que se lleva aguanta. No le saques y a lo hecho (dicho) pecho. A estas alturas, cualquier acto de retractación no es sino una vil cobardía. ¿De qué otra manera se le puede llamar al que tira la piedra y esconde la mano, sino zacatón (por decir lo menos)? Ahora no tienes otra salida más que atragantarte de toda la caca encarnada en la generosa lluvia de epítetos que te espera. Luego del patinazo, te paras ante la prensa, pones cara de mustio y blasfemas una disculpa hueca, carente de todo sentido. ¿Por qué? Porque ya no sientes lo duro sino lo tupido. Dices:
"Mis comentarios han sido, fueron una opinión coloquial sin destinatario, por eso la disculpa también es así, abierta, porque no llevaba intención de ofender"
y te equivocas. Personalizaste la agresión. La mentada de madre fue perfectamente dirigida. Sugerir siquiera que lo tuyo fue una opinión coloquial y sin destinatario es una falacia, un acto fallido y hueco. O en caso contrario, ¿será entonces que ése es el signo de tu gobierno? ¿Me estás diciendo que manejas los destinos de nuestra entidad a tientas y a locas, es decir, de manera coloquial y sin destinatario, desde la más pura ineficacia? ¿Quieres darle sustancia a tu disculpa? Ve y toca la puerta de cada persona a la que insultaste. Casa por casa. A ver si realmente te parecemos pocos los que no estamos de acuerdo con tus despropósitos.
Por otra parte, intentas [sin éxito] justificarte aduciendo lo siguiente:
“Me ganó la emoción, utilicé un lenguaje inapropiado, indigno de Jalisco, impropio de un Gobernador. No suelo hablar así, no es la educación que recibí, no es el ejemplo que quiero dejar a mis hijos”.
Patético. No hay nada más pueril que escudarse detrás de los hijos. Usarlos para matizar tus desatinos es un acto terrible, digno apenas de Michael Jackson. Pareciera que piensas que aducir tus yerros a un carácter emocional incontrolable te sitúa como un personaje más humano pero, una vez más, te equivocas. Ocurre todo lo contrario. Más bien, pones de relieve todas tus incapacidades. Aunque he de reconocer que tienes razón en algo: tus actos son impropios de un gobernador, y son indignos de Jalisco. Sin duda es cierto. Los jaliscienses no merecemos que nos gobierne alguien como tú.
Renuncia ya.
Lo Otro
jueves, abril 24, 2008
Nuevo Rostro
I.
martes, abril 15, 2008
(Dis)enchanted
viernes, marzo 21, 2008
¿Minifix?
martes, marzo 18, 2008
viernes, febrero 29, 2008
Change
Hurgo una vez más en la herida. Vieja ya. Incurable. Rasgadura fundamental en el tejido de esto que soy yo ahora. Me alejo y la contemplo. Fijamente. Me mira. O pienso que me mira. Como el abismo. Sí, abismo y reencuentro. Inacabables ambos. Salto inevitable. Caída en espiral. Hasta el fondo de la herida misma. Vértigo. Hasta el fondo. Temblando. Hecho polvo. Reducido a nada. A menos que nada. Pustuloso. Infecto. Me arrastro, dejando mi pus sobre el ladrillo. Igual que el tiempo. Perdido. Igual que el tiempo. Supuro. Apesto a podrido. Y al final, dejo que el sopor me inunde. Me envuelva. Poco a poco me adormece, calma el dolor.
Afuera el calor, o la lluvia.
No sé.
Y yo estoy tan feliz.
domingo, enero 27, 2008
El Orfanato

No soy crítico de cine. Ni de nada. Hacer crítica (literaria, filosófica, cinematográfica, en fin, intelectualoide), me parece una actividad parasitaria [because those who can’t do, criticize]. Basta recordar que hasta el criticón o criticona más subversivo no hace sino reificar el sistema sobre el que dirige sus diatribas. Dicho esto, pasemos a lo que sigue. Hace mucho que no iba al cine. Más de lo debido. Sin embargo, luego de arduas gestiones, logramos que el Roger nos cuidara a
Sin embargo… Desde mi particular punto de vista, la película debió haber terminado ahí. Cuando la culpa y la desolación inundan todo el entorno. Pero no. El filme siguió, armando un final asqueroso. El típico happy ending lanza al caño todo el desarrollo anterior. Simplemente no es posible que una película de terror termine en abrazos lindos. No, no y no. Me resisto. Es completamente vomitivo. Al grado de que tuve que sacar a rastras de la sala a Laclau, porque no pude soportarlo más. Fuera de eso, la peli me gustó. Además, el costume de Simón es bastante espeluznante.
Duh.
domingo, enero 20, 2008
Mantras sueltos
El núcleo de mi ser es aquello que obtengo a cambio de mi sacrificio: nada.
Una vez más, yo soy el vacío. Mis características empíricas costituyen el contenido positivo de mi persona y en este sentido no son sino variables contingentes.
El sujeto se encuentra a sí mismo justo en el momento en que la negación deja de ser determinada y se convierte en absoluta; en otras palabras: la mirada del sujeto está inscrita de manera fundamental en el objeto percibido.
________
La Literatura (con mayúscula), al igual que la Filosofía, (qua disciplina institucionalizada) no es sino uno más de los múltiples discursos del Amo, del Gran Otro.
La posición de las palabras lo DETERMINA todo; es preciso transformar la reflexión determinada en la determinación reflexiva. Hay que trasladarse de las posturas verdaderas a la verdad que habla.
Los tres grandes secretos de todo escritor (con minúscula)que se precie de serlo son dos: la lectura (voraz).
domingo, enero 13, 2008
Evanescencias
miércoles, enero 09, 2008
Ay, no mames
lunes, enero 07, 2008
Jump
lunes, diciembre 17, 2007
domingo, diciembre 02, 2007
domingo, noviembre 25, 2007
Uno
—A ver, Donchuy. Platíquenos lo que le pasó con aquel compita suyo, que dizque ya se había muerto. Yo le invito su mezcal si nos lo cuenta.
—¿Para qué? ¿Para burlarse? —El ebrio agachó el rostro y volvió a hundirse en sus pensamientos. El joven le ordenó entonces a la mesera que le llevara dos vasos de mezcal a aquel sujeto.
Luego del primer sorbo, el ebrio comenzó a balbucear: —Andaba fuera del pueblo, cuando me avisaron que mi amigo había muerto. Llegué tres días después. Cuando me vio en la puerta, la hermana de mi amigo me abrazó, gritando: “¡está muerto, Jesús, está muerto!”. Me acerqué hasta donde estaba él, y lo contemplé un rato largo. Parecía dormido. Para entonces yo ya tenía algo de fama como mago/adivinador. “Hacedor de maravillas”, me decían. Así que me pareció normal gritarle que se levantara. Llorando, le grité una vez más. Abrió los ojos. Intentó erguirse. ¡Lázaro!, gritó una de sus hermanas. Ella se desmayó. Casi me cago del susto. No terminaba de acostumbrarme a lo que podía hacer. Ya ves, a eso me dedicaba yo en aquellos tiempos. Pero ahora…
La burla del grupo no se hizo esperar: “¿Entonces se levantó y andó?”, preguntó el joven. “¡Anduvo, pendejo!”, le contestó otro, siguiendo el juego. “Bueno, sí anduvo pendejo un rato, pero ya después se compuso”, contestó éste, completando la broma. El estallido de risas fue generalizado. El joven sacó un billete de 50 pesos de su cartera. Lo arrugó y lo lanzó al piso. Todos reían a carcajadas. —A ver Donchuy. ¡Ahora baile! —El ebrio, terriblemente humillado, recogió el dinero. Éste era el precio de la inmortalidad, la insignificancia de ser dios.
Le dio un sorbo a su mezcal, cerró los ojos y —sin llorar, casi— se puso a bailar.
martes, noviembre 13, 2007
i latina
Desafío: intentar escribir varias líneas utilizando mi signo favorito. Definámoslo: I latina. Bellísimo signo. Minúsculo. Casi insignificante. Línea. Puntito. Medianía. Duplicidad ¿Sería posible satisfacer mi desafío? ¿Ejercicio literario estúpido? Quizá, pensaría alguien. ¿Mi perspectiva? Difícil cumplirlo, sí. Indudablemente. Casi. Ji, ji. Obstinación, obstinación. Graciosa obstinación. Comenzaría escribiendo figuras, adornitos metafóricos típicos, infaltables invitados literarios: paisajismo intimista, insalvable abismo, mirada infinita, brutalidad minimalista, fluir infame. ¿Haríamos literatura sin ti, i latina? Sí. Literatura baratísima, letrina. Mira: contigo, i latina, transito hacia territorios impensables, relacionados intrínsecamente, sin siquiera decidir si sigo intentando, si continúo así, deshaciendo signos, deshilvanando significados, pretendiendo integrar horizontes disímiles, parodiando, disimulando mi terrible incapacidad literaria. I latina: seguiré fingiendo, haciendo coincidir artificialmente letritas, letreritos, gerundios, diminutivos, infinitivos. ¿Sí entiendes, querida i latina? Escribiré minuciosamente, sin incidencias, sin estridencias, conduciré mis líneas haciendo malabarismos, fijando asideros, practicando variaciones temáticas, difundiendo historias mínimas, sobrevivencias. ¿Quieres finalizar aquí? Interrogación inútil. Seguiré siempre, siendo paria literario. Gracias i latina. Mi letrita favorita.






