
Ah, cómo te quiero, condenada.
Eres nada. Menos que nada. Quizá caca. C-a-c-a-. Y decir eso ya es mucho. Eres una espinilla en el culo. La verruga en la verruga de la pata de una mosca. Una distrofia. Una mera dislocación, la envoltura seca y sucia de aquello que alguna vez fue algo. Semejanza. Apariencia. Fantasma. Te acercas como una sombra tenue, buscando esperanza en el hueco en el que se ha convertido esto que eres ahora. Hurgas en tus llagas; intentas limpiarlas, pero los gusanos insisten en permanecer en ti. Pululan en cada herida, en cada poro de tu leprosa piel. Apestas. Apestas. ¡Apestas! Mátate, te, te. Embrace the nothingness that you have become. Es lo mejor para ti y para todos. Salta al vacío. Despójate de todo, conviértete en el vacío que te rodea. Silba tu melodía favorita y sonríe mientras te untas tu sangre y tu mierda en los ojos. Revuélcate en tu vómito. Ahógate en él. Usa tus orines para tragar la píldora azul. Lanza la roja lejos. Lejos. Explota en dos mil pedazos. Desvanécete. Piensa y luego deja de existir. Desconéctate. Acaba ya con esto. Ahora repite conmigo. Eres nada. Menos que nada. Así ad nauseam.
En su columna de hoy (en tres patadas, aparecida en el diario Público-Milenio), Diego Petersen Farah comenta que no importa tanto cuántos nos hemos sentido ofendidos con la mentada de madre que nos hizo a bien brindarnos [literalmente] el etílico gobernador del estado, en días pasados. Luego de ese recíproco y adelantado [recordatorio del] 10 de mayo, Petersen llama a la cordura, puesto que observa que el nivel del conflicto ha llegado al límite, y es preciso encontrarle alguna salida. Probablemente él tenga razón. Sin embargo, las vías que sugiere para reparar los daños me parecen inadecuadas. ¿Por qué? En primer lugar plantea que el gobernador puede seguir como si nada hubiera pasado, apostando a que en el balance resulte favorecido (quizá su desliz no le pegue tanto en las encuestas). La segunda vía implica “meter freno”, y diseñar una estrategia para restablecer la relación entre gobierno y gobernados. El común denominador entre estas propuestas consiste en que ninguna va al fondo del asunto, es decir, no se toca a la figura del gobernador. El problema con los argumentos de Petersen radica en que abordan el asunto desde una óptica equivocada: sugieren olvidar y perdonar. Ello equivale a querer curar el cáncer a aspirinazos. En otras palabras, el columnista sensatamente se centra en la resolución del conflicto, en la necesidad de restañar la herida. Pero al proceder de ese modo, no toma en cuenta la verdadera significación del acto cometido por el gobernador González. En primera instancia, debido a la incapacidad (pendejez, le llamó un benévolo López Dóriga en la misma edición) de Emilio de sobrellevar dignamente una borrachera, se evidencia la profundización de la fractura entre gobierno y gobernados, generada en su momento por la macrolimosna (y el resto de donativos a las televisoras, el placazo, y el largo etcétera). ¿Qué otros aspectos se ponen de relieve a partir del desliz alcohólico del gobernador? Sin duda, como reza el viejo adagio, los niños y los borrachos tienden a decir la verdad. Y la ‘veldá’ del gobernador alude a que se siente dueño de una envestidura soberana, dictatorial y autoritaria, avalada desde las más altas esferas de la grey católica local. Los aplausos otorgados por el Cardenal a las soeces ocurrencias del mandatario así lo demuestran. Algunos dirán que es mejor malo por conocido que bueno por conocer. Mediocres. Quien piense que la democracia no está en peligro, que tire la primera piedra. En manos de estos personajes se encuentran los destinos (y los desatinos) de nuestra entidad. A contracorriente de lo sugerido por Petersen, dudo mucho que ya hayamos llegado al límite. Las cosas pueden ponerse verdaderamente feas. Quizá en lo único que acierta el columnista es que no se puede cambiar el estilo personal de gobernar ni la forma de pensar de Emilio. Efectivamente: no podemos cambiar AL gobernador; lo que debemos hacer es cambiar DE gobernador (¿habría que transitar del en sí al para sí, acaso?). Desde mi perspectiva, lo he dicho ya aquí, la única salida digna de este atolladero es que Emilio renuncie. O en su defecto, que proponga una iniciativa que posibilite la revocación de su mandato. No hay más.
Hurgo una vez más en la herida. Vieja ya. Incurable. Rasgadura fundamental en el tejido de esto que soy yo ahora. Me alejo y la contemplo. Fijamente. Me mira. O pienso que me mira. Como el abismo. Sí, abismo y reencuentro. Inacabables ambos. Salto inevitable. Caída en espiral. Hasta el fondo de la herida misma. Vértigo. Hasta el fondo. Temblando. Hecho polvo. Reducido a nada. A menos que nada. Pustuloso. Infecto. Me arrastro, dejando mi pus sobre el ladrillo. Igual que el tiempo. Perdido. Igual que el tiempo. Supuro. Apesto a podrido. Y al final, dejo que el sopor me inunde. Me envuelva. Poco a poco me adormece, calma el dolor.
Afuera el calor, o la lluvia.
No sé.
Y yo estoy tan feliz.

No soy crítico de cine. Ni de nada. Hacer crítica (literaria, filosófica, cinematográfica, en fin, intelectualoide), me parece una actividad parasitaria [because those who can’t do, criticize]. Basta recordar que hasta el criticón o criticona más subversivo no hace sino reificar el sistema sobre el que dirige sus diatribas. Dicho esto, pasemos a lo que sigue. Hace mucho que no iba al cine. Más de lo debido. Sin embargo, luego de arduas gestiones, logramos que el Roger nos cuidara a
Sin embargo… Desde mi particular punto de vista, la película debió haber terminado ahí. Cuando la culpa y la desolación inundan todo el entorno. Pero no. El filme siguió, armando un final asqueroso. El típico happy ending lanza al caño todo el desarrollo anterior. Simplemente no es posible que una película de terror termine en abrazos lindos. No, no y no. Me resisto. Es completamente vomitivo. Al grado de que tuve que sacar a rastras de la sala a Laclau, porque no pude soportarlo más. Fuera de eso, la peli me gustó. Además, el costume de Simón es bastante espeluznante.
Duh.
—A ver, Donchuy. Platíquenos lo que le pasó con aquel compita suyo, que dizque ya se había muerto. Yo le invito su mezcal si nos lo cuenta.
—¿Para qué? ¿Para burlarse? —El ebrio agachó el rostro y volvió a hundirse en sus pensamientos. El joven le ordenó entonces a la mesera que le llevara dos vasos de mezcal a aquel sujeto.
Luego del primer sorbo, el ebrio comenzó a balbucear: —Andaba fuera del pueblo, cuando me avisaron que mi amigo había muerto. Llegué tres días después. Cuando me vio en la puerta, la hermana de mi amigo me abrazó, gritando: “¡está muerto, Jesús, está muerto!”. Me acerqué hasta donde estaba él, y lo contemplé un rato largo. Parecía dormido. Para entonces yo ya tenía algo de fama como mago/adivinador. “Hacedor de maravillas”, me decían. Así que me pareció normal gritarle que se levantara. Llorando, le grité una vez más. Abrió los ojos. Intentó erguirse. ¡Lázaro!, gritó una de sus hermanas. Ella se desmayó. Casi me cago del susto. No terminaba de acostumbrarme a lo que podía hacer. Ya ves, a eso me dedicaba yo en aquellos tiempos. Pero ahora…
La burla del grupo no se hizo esperar: “¿Entonces se levantó y andó?”, preguntó el joven. “¡Anduvo, pendejo!”, le contestó otro, siguiendo el juego. “Bueno, sí anduvo pendejo un rato, pero ya después se compuso”, contestó éste, completando la broma. El estallido de risas fue generalizado. El joven sacó un billete de 50 pesos de su cartera. Lo arrugó y lo lanzó al piso. Todos reían a carcajadas. —A ver Donchuy. ¡Ahora baile! —El ebrio, terriblemente humillado, recogió el dinero. Éste era el precio de la inmortalidad, la insignificancia de ser dios.
Le dio un sorbo a su mezcal, cerró los ojos y —sin llorar, casi— se puso a bailar.
Miró la carátula de su reloj. Estaba rota. Con el último golpe que le había propinado al hombre, el minutero se había detenido en el minuto cincuenta. En su cara se dibujó una mueca (su mejor intento de sonrisa). Contempló el cuerpo inerme a sus pies. Lo pateó una vez más. Bufó. Ya todo había comenzado. Salió de la habitación y se dirigió a la de los gemelos. La madre aún permanecía amordazada en la silla del fondo. Ella había sido quien más trabajo le había dado. Pero ya todo estaba solucionado: ahora contemplaba horrorizada al hombre aquel, al dirigirse al cuarto de sus bebés, orando por un milagro que los salvara. Pero nada. El extraño se detuvo frente al espejo del corredor; éste le retornó una imagen monstruosa, deforme, de sí mismo. Palpitaba. Hizo una caravana teatral. Se sintió satisfecho. Disfrutaba atacar a sus presas. Bendita lucidez. Era un cazador y estaba de fiesta, feliz como un niño en una confitería. Luego, ocuparse de los gemelos fue más fácil. Bastó encender la luz para que ambos se paralizaran por el miedo. La pequeña fue quien recibió el primer golpe. El chico quiso gritar al ver que su hermana era arrojada de bruces contra la pared. Pero un martillazo en pleno rostro lo impidió. Ars adivinatoria, quiromancia, deducción imbécil: faltaba hacerse cargo de la mujer. Y también faltaba construir una cárcava para esconder los cuerpos. Mucho trabajo por hacer. Pero Él estaba al mando. Él era el productor del miedo. Aterrorizaba. Así que ella trabajaría. Una vez decidido esto, bajó hasta la cocina. Sacó unos chilaquiles del refrigerador. Les untó crema. Los metió en el microondas y luego se dispuso a cenar. Estaba melancólico, meditabundo. Afuera, una libélula perdida, (está emborucada, pensó) golpeaba una y otra vez la ventana.
Es curioso. Al principio da un poco de pena ajena darse cuenta que Roberto Madrazo, ilustre ex candidato a la presidencia de nuestro lustroso país, hizo trampa en una maratón en días pasados en Berlín. «¿Cómo es posible?» Se pregunta uno. «¿En qué cabeza cabe?». Luego viene el enojo: «¿Trampa? ¡No mames!». Posteriormente llega al cuerpo un poco de indignación mezclada con algo más bien indefinible, muy cercano a la incredulidad: «¡Y en Alemania! De plano no se puede con esta gente», termina uno por decir. Pero poco a poco, todo ello deja de ser tal y se va convirtiendo en algo más, en algo sustancioso, más significativo, más propio y familiar. Así, el acto del tabasqueño deja de ser penoso y se transforma en un verdadero referente simbólico, en un excelente estandarte para una posible campaña política, puesto que condensa en sí la forma de ser de una nación entera. Los estrategas de ese señor deberán sacarle el mayor partido a los actos de su jefe. Seguro que no hay mexicano que no se identifique con ese chilanguísimo modo de ser.[1] Y si los hay, son pocos, y medio hipócritas. Si Madrazo hubiera hecho esto un poco antes de las elecciones de julio de 2006, de verdad que no hubiera perdido de manera tan estrepitosa la presidenta; por lo menos mi voto hubiera sido para él. Y estoy seguro que el de muchos ciudadanos también.
¿Por qué?
Es bastante simple. He estado leyendo tanto en blogs como en diferentes diarios muchas opiniones cargadas de encono, exacerbadas porque el ex candidato supuestamente nos “ha dejado en vergüenza frente al mundo”. “Si esos son los que se postulan como gobernantes, imagínate cómo es el resto de la población”, se lee por toda
Ajá.
[1] Por favor, que no se me malinterprete. Lo chilango es una forma de ser, que no [sólo] remite a las personas que habitan el defectuoso. Con ello me refiero a la bonita actitud de “me chingas o te chingo” que prevalece en buena parte del país. Así, hay chilangos originarios de Jalisco tanto como hay chilangos de Oaxaca o Chiapas o de cualquier parte de
Añorarse, esperarse a uno mismo con el anhelo no tan secreto de re-encontrarse, de descubrirse en alguna parte de estos despojos, casi como casualmente, para guardar las apariencias. Es paradójico: conforme me acerco a esto que ahora soy yo, me alejo cada vez más de mí mismo. Hay en ello una brecha, un atisbo de nostalgia, la desazón que produce no saberse pero intuirse, de no reconocerse en el espejo aún a sabiendas de que ese perro viejo no es sino una de las versiones de uno mismo, es decir, la copia de una copia de una copia de una copia ad nauseaum. Todo intento de capturarse prueba ser la más ineficaz vía para el auto-reconocimiento, un abismo de nada pura, una falla conspicua. El sinsentido más radical. Habría que implementar una estrategia, postular la desaparición última, el olvido. Deshacerse de todo esto, de cada uno de los finos hilillos, cortarlos de tajo, y dejar que el cuerpo languidezca, flácido, no más títere, no más bufón, no más nada. Nada. No más nada.
Estoy hasta la madre de observaciones sociológicas. Me dan hueva. Sobre todo porque no soy capaz de evitar hacerlas. Ni modo. Es que… Pudiera pensarse que las cifras macroeconómicas son el mejor indicador del desarrollo de una nación. Sin duda, hay razones para ello. Pero enfocarse sólo en lo anterior constituye un error brutalmente garrafal. Habría que desplazar la mirada y contemplar otras aristas, para tener un panorama más certero. Una de ellas, quizá la más adecuada, radica en observar y ponderar aquellos temas que resultan más escandalosos para una sociedad. O dicho de otro modo, en considerar la pérdida de la capacidad de asombro como un síntoma del subdesarrollo. La relación entre el grado de desarrollo y el escándalo es bastante sencilla: entre más insignificantes, más triviales, sean las temáticas que escandalizan a la gente, se hace visible un menor grado de desarrollo. Si se atiende a lo anterior, se abre un panorama bastante más complejo, es decir, se rompe la primacía economicista. Así, por ejemplo, hace unos meses, en Argentina por poco y destituyen al presidente cuando hubo una leve ola de secuestros. Apenas unos cuantos. En cambio, en nuestro país, los secuestros son el pan de cada día. En Gran Bretaña la sociedad está indignada por el asesinato de un niño de 11 años. Para los Estados Unidos —quizá el país con el mayor índice de subdesarrollo, visto en estos términos— el escándalo seguramente consistirá en que la sociedad inglesa se escandalice por algo que en Norteamérica ocurre cada tercer día.
Pinches gringos.
Una vez más ha vuelto este ser sombrío que tanta nostalgia me producía. De nuevo el rostro adusto, la mueca retorcida, el encrespamiento total. Otra vez la terrible desazón, la inquietud de sí, la sensación de no estar del todo en ninguna parte. Ha traído consigo la noción de estar ligeramente excentrado. Hay en él un abismo, una vuelta al vacío, a lo negro más profundo, al más puro cinismo. Como siempre, postula la ironía y el sarcasmo como el único modus vivendi posible [y deseable]. Lo había visto de manera esporádica, por instantes. Pero esta vez ha regresado por completo, con más bríos, con una fuerza inaudita que me debería hacer temerle [sospecho que esta vez desea quedarse]. Lo recuerdo a la perfección: la última vez que lo vi con claridad, —hace ya algunos años— era un ser borroso, opaco, débil; cuando mucho una fase a punto de agotarse. Pero hoy, frente al espejo, supe que había vuelto. Inmenso. Lo intuí primero en sus ojos, en los oscuros rastros del insomnio. Después lo corroboré por todas partes. Lo miro (no puedo dejar de hacerlo) y sé que ahora tiene perfiles afilados, bien definidos, casi peligrosos. Ha refinado sus métodos: antes llegaba a patadas y echando espuma por la boca. Hoy es discreto, silencioso. Se desliza de manera subrepticia; te acecha; y cuando menos lo esperas, salta a la yugular, rasgándola con sus putrefactos dientes. Sin duda ha cambiado, es cierto: por fuera hay algo, no sé bien qué, que es diferente; pero adentro, horriblemente adentro, sigue siendo él: aún hierve. Aún sulfura. Aún duele.
Lo había esperado tanto.
Bienvenido.
Por favor, no me dejes ser salvo. Permíteme reconocer que la búsqueda de redención no es más que un enmascaramiento, la estupidez más grande. Ayúdame a comprender que intentar librarse de algo, de cualquier atavío, no hace sino enfatizar la dependencia; que contribuye a profundizar el vasallaje. Indícame, en consecuencia, que habría que regodearse por completo en ti. Sumérgeme en el núcleo más perverso de todas tus doctrinas. Asfíxiame con tu falsa pretensión de libertad, hasta el punto sublime de la esclavitud y la sumisión absolutas. Sé que sólo así te haré feliz. Sitúame a tu izquierda, a tus pies. Aniquila todas mis ideas, deshazte de ellas para siempre. No me sirven. Prefiero que pienses por mí. Yo no importo. Lo dejo todo en tus manos. Beberé y comeré como un caníbal cualquier cosa que me pidas hasta el final de mis días, perpetuando así un pacto inútil con la nada. Ignoraré el muro de silencio y pretenderé que estás ahí, escuchándolo todo; sabiéndolo todo, perdonándolo todo.
Ajá.
Una vez más la lluvia. Vieja conocida, anclaje de la nostalgia. Tus tranquilos rastros de agua son como pasajes de la memoria. Así, cada gota tuya se va transformando en un recuerdo, en un forzoso rescate del olvido. Cada pequeño fragmento de ti, cielo líquido, condensa en sí quizá una copa de vino, un tango, un aroma, el roce de una piel. Eres, quizá, el más grande cliché de lo prístino, purificadora de ciudades que se desperezan (pretendiendo ser lomos de ballena que emergen a la superficie) ante tu tenaz insistencia. Es suficiente con que te asomes por cualquier lado para hacer huir al vulgo que no disfruta de tu compañía, los acorralas, los obligas a la sombrilla, o al roñoso café que los salva de tu humedad. Rompes sus anquilosados órdenes como ha sucedido siempre desde aquella primera y ancestral gota. No saben que la vida está afuera, contigo, como infinita cómplice del disimulo, basta caminar un instante entre tus frágiles ráfagas, y levantar el rostro, para dejarse ir, sin que nadie sepa, sin que nadie se de cuenta que, sin que nadie note que la verdadera lluvia está aquí dentro.

o fascinante, como una sonrisa de cuerpo entero, como un caos fundamental oculto bajo un ropaje dulcemente frágil. Pequeña revolución condensada en llanto, trastocas toda noción de orden, todo esquema, toda estructura. Te multiplicas por todas partes, delimitando un territorio, articulando un antes y un después en mí. Centro prístino, ahora todo esto que soy gira en torno tuyo. Día a día. Desdoblando el futuro, nos reconoceremos allá tal como aquí. Sabremos que tú eres en mí eso indefinible que es más que yo mismo, que me atraviesa por completo y me devuelve mi propia e imposible mirada. Y es en este estallido, en esta especie de umbral, en el que, al observarte, me descubro en ti, completo, circular. Total. Y sabré entonces que era cierto, que yo había estado aquí por ti y para ti. Y que estaré siempre. Pase lo que pase. Que no te quepa duda, bonita, eres mi particular vuelta al origen; mi infinito retorno. Mi causa. Mi promesa. Mi reencuentro. Mi verdadero hogar. Desvanecerse. Desaparecer hasta quedar reducido a nada. Ir dejando jirones de uno mismo en cada letra, como un acto voluntario de purificación inextricable; como un reencuentro con el vacío abismal que llama y enaltece todo aquello que decae. Pero antes, es preciso revolcarse en el borde, disfrutando la suciedad y la podredumbre. Permitir que el vértigo tome el control, y se transforme en una piedra terriblemente fría en un lugar indeterminado, pero casi siempre cerca del estómago. Dejarse consumir hasta el hueso, roerse uno mismo ignorando el dolor y la incertidumbre. Reptar, invocando toda nostalgia del futuro, apreciar toda imprecación, volverse uno con la nada.
Toda universalización requiere, para ser tal, de una excepción estructural, de una apertura imposible de suturar que anule toda posibilidad de universalización. Es precisamente este vacío, esta brecha inherente, el elemento constitutivo alrededor del cual se arquitectura cualquier noción de absoluto. En este sentido, la verdadera consecución de un objetivo se encuentra, precisamente, en cada uno de los intentos fallidos, en los esfuerzos por conseguirlo. O mejor aún, en convertir cada serie de fracasos en un triunfo. Así, no hay mejor ejemplo que las minúsculas victorias del perro sobre su cola, las cuales no radican, en consecuencia, en lograr alcanzársela alguna vez, sino en los círculos estúpidamente interminables que dicho animal da para ello. Eah.
Dejar que fluya. Sin pensar. Incoherencias. Lo demás no importa. Escribo porque me da la gana. Nada más. Dejar que fluya. Pensar en cosas es anular el pensamiento. Lo importante es el texto. Dejar que fluya. Abrir los sentidos para entender todo esto que es en mí algo más que yo mismo. Histeria colectiva. Desgranar palabras sin saber su significado. Y qué importa. Mejor dicho: a quién. Como si valiera la pena. El asunto consiste en dejarse ir, en mirar esa mancha oscura que se abre frente a nuestros pies y dejarse ir, entender que no es sino un abismo, una consecuencia del insomnio, la mordedura de un perro rabioso, el cáncer que crece bajo ese bonito lunar. Dejar que fluya. Aprovechar la falta de sueño. Despreocuparse. Excentrarse. Ser incoherente es la representación misma de la coherencia. Daño irreparable. Animadversión. Palabras estúpidas. Lo importante es no detenerse, continuar llenando de letras esta interminable hoja en blanco (que no es sino otra representación del abismo). Abrazar el vértigo, recibirlo con los brazos abiertos. Vomitar si es preciso. Vomitarlo todo. Aquí o en otro lado, pero lo crucial es vomitar. Deshacerse de todo lastre. Viaje profano. Sospecha de la inmundicia. Decaimiento, erosión de los pilares. Metáforas insulsas. ¿Por qué el rodeo? ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? Dejar que fluya. Parece un mantra. Anotación en diario. Tan triste como una niña recién bañada para asistir al funeral… de su madre. Deberíamos de seguir esta línea, esta alusión a la madre, precisamente hoy. Pero qué flojera dan los psicologismos baratos. Terminaría hablando de Elektras y Edipos. Y hoy no. Ahora se precisa escribir. Dejar que fluya. Sin importar el contenido. Vomitarlo todo de un tirón. No retroceder. Domesticar el insomnio. Insomnio. Me gusta cómo suena. Me gusta cómo se ve esta palabra si uno entrecierra los ojos (¿acaso hay mejor indicación de que es preciso volver a la cama?). Saborear la falta de sueño. Martirizarse al pensar que el día va a ser largo. Pero antes, vomitar, como cualquier adolescente. Dejar que fluya. ¿Por qué la fluidez como trama? Una vez más, hay que estar alerta con los psicologismos de feria de pueblo. ¡Aléjate, aléjate! Vade Retro. Debo dejar de pensar. Y dejar que fluya. Pero ¿para qué? Ni siquiera vale la pena. Y quizá precisamente por eso. Pero las causas perdidas me dan más flojera aún. Basta ya. Volver. ¿A ser yo mismo? No. Eso no se vale. Por favor, no dejes que me salve. Me perdonaría todo, menos ser salvo.
Adiós. Me voy a la cama.
Hoy casi todo tiene la apariencia de un sutil simulacro, de un extraño distanciamiento, como si la realidad hubiese sido rasgada y se escapase de sí misma, gota a gota, por la mortal herida. Desde la extraña llave que encontré camino al trabajo, hasta el sujeto espantosamente tuerto que me siguió durante más de dos horas, mientras conducía mi auto. No sé cómo explicarlo. Pareciera como si debajo de las cosas se agitara algo, quizá un presagio, un aviso, el anuncio previo antes de… de… ¿qué? No sé. No sé. Aquí se percibe algo. Se cierne algo terrible. Ominoso.
Venga.
Laclau siempre está insistiendo en que debería ser más tolerante. Y yo, como siempre, me monto en mi macho y por supuesto, nunca le hago caso. ¿Por qué? Pues porque la tolerancia no es sino un eufemismo que tiende a enmascarar la tibieza de aquellos que no se atreven a adoptar una postura. En este sentido, hace unos días, publiqué un post relativo al aborto. Un estimado anónimo furioso me puso en la sección de comentarios lo siguiente:
“Que facilmente demagógicos tus argumentos... y que falsos...
«Que las mujeres puedan decidir»... que la iglesia defiende su poder... ¡¡¡PAMPLINAS PROGRESISTAS DE IZQUIERDAS PARA JUSTIFICAR LO INJUSTIFICABLE: EL ASESINATO DE INOCENTES.
Si ser progresista consiste en defender lo indefendible... prefiero no serlo”.
Desde luego, después de que dejé de reírme a carcajadas, le contesté por el mismo medio en estos términos:
Estimad@ anónim@: Primero, habría que conocer lo que significa demagogia. Palabras más, palabras menos, ésta remite a aquellas estrategias que interpelan a las emociones (tales como la culpa) de los sujetos para ganar el apoyo popular. You do the math. Ahora, no basta parafreasear a Lucerito para contradecir un argumento que, sin duda, es fácilmente demagógico. Ojalá y para la próxima le eches más ganas ¿sale? Yo sé que puedes. Ah, y una última pregunta ¿cómo se le llama a aquel que tira la piedra y esconde la mano?
Y ¡bum! Que se enoja más. Entonces, me escribió lo siguiente, a lo que iré contestando intolerantemente, punto por punto, para ponerle punto final a este comadreo que la verdad, me da harta flojera:
Pues como decimos en el foro “Ya que te gusta el arroz con leche…por debajo de la puerta te paso un ladrillo”:
Demagogia: Según la definición del DRAE: Uso político de halagos, ideologías radicales o falsas promesas para conseguir el favor del pueblo (en este caso el beneplácito de tus lectores).
Exacto, estimado anónimo. Eso es precisamente lo que está haciendo
“Y al final de tus argumentos, que contradigo repitiendo el término PAMPLINAS que tanto te ha gustado, no se desprende otra cosa que:
a.- radicalismo, pues tal es la invocación al miedo a perder su poder por los que llamas jerarcas de
b.- halagos , pues tal es la invocación al derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos con olvido de que el nasciturus es desposeído de todo derecho)
y c.- falsas promesas ---o más bien falsas conclusiones--- pues no es de recibo la ecuación que formulas según la cual si se deja a las mujeres decidir sobre sus cuerpos todos podrán decidir sobre lo que conviene o lo que no)
Radicalismo, halagos o falsas conclusiones tendentes todos ellos a lograr el beneplácito de tus lectores hacia tus posiciones ideológicas.
Por cierto tu contracrítica responde a los tics propios de la descalificación del adversario (“..en la próxima échale más ganas…yo se que puedes…” o “¿Cómo se llama quien tira la piedra y esconde la mano?” recriminandome el comentarte como anónimo, cuando en tu blog tan solo te identificas como IGor…) actitud tendente a la elusión de la crítica, muy propia del progresismo dogmático intolerante de la izquierda radical al que tan acostumbrados estamos quienes mantenemos posiciones ideológicas diferentes.
Insisto, si por progresismo entendemos defender lo indefendible y argumentar no esencialmente sino instrumentalmente, prefiero no ser progresista.
Efectivamente en tu escrito los argumentos favorables al aborto son meramente utilitaristas, pues no defiendes el aborto en su propia esencia sino por lo que tu valoras de utilidad “liberadora” de su implantación.
Insisto: PAMPLINAS, que según el propio DRAE significa TONTERIAS”.
En a.- me acusas de radical y más risa me da. Pregunta a quienes me conocen: soy la persona más conservadora del mundo. Quizá más que tú. La única diferencia es que me guío por la razón y no por el oscurantismo religioso y dogmático al que pareces aferrarte. Estimado, sería más sencillo y responsable reconocer que, en definitiva, no existe dios. De ahí en adelante, la vida es más fácil. Trata y verás. Así, no tendrías este tipo de conflictos internos.
En b.- ¿Halagos? [más risas]
En c.- ¿Falsas conclusiones? Me malinterpretas. No estoy apelando a la anarquía total, en la que cada quién hace lo que le pega la gana. Más bien al contrario, lo único que señalo es la necesidad de cumplir y hacer cumplir la ley. Y entonces sí, que gente como tú, se preocupe por decidir entre abortar o no abortar, apelando a sus propios valores y creencias. Siempre bajo el marco de la ley. Lo otro, el argumento anarquista, es propuesto por ti y los tuyos de manera totalitaria, queriendo imponer sus creencias a como de lugar. Y no se vale. Simplemente no.
Por lo demás, en cuanto a mi anonimato, en más de una ocasión he publicado aquí mis datos. Sin ir más lejos, aquí abajito aparece un link que dirige hacia un artículo mío que apareció en la Gaceta Universitaria. Ahí están mis nombres y apellidos. Estoy a tus órdenes para lo que se te ofrezca. Con respecto a lo que dices de tics y eso, pues ¿qué puedo hacer sino reir?
Quizá como nunca, el aborto se ha puesto de moda entre la sociedad jalisciense. En estos días, en tanto tópico, ocupa un lugar central en el espacio público. Da un gusto enorme ver a diversos sectores sociales manifestándose para defender sus posiciones. Casi hasta me siento esperanzado, y con ganas de creer, una vez más, en las potencialidades de la movilización social. Sin embargo, resulta patético ver cómo se polariza un tema verdaderamente sencillo de resolver: si bien es cierto que el asunto no permite tibiezas y obliga a adoptar una postura, se vuelve terriblemente espinoso cuando se nos hace creer que sólo se puede estar o a favor, o en contra. No hay mayor estupidez que esa. Es preciso aprender a contar, cuando menos, hasta tres, en lugar de rasgarse las vestiduras y balbucear un vade retro cada tres minutos. Usualmente, los izquierdosos me dan güeva, porque muchas veces recitan panfletariamente sus ideologías arcaicas y huecas. Y lo peor es que lo hacen sin conocimiento de causa, como periquitos nada más [conozco muchos y muchas así]. Pero en este caso, no puedo sino estar de acuerdo con ellos: habría que ponerle un alto a tanto encono fundamentalista suscitado por parte de las facciones más conservadoras [las cuales, por cierto, se han ido adueñando peligrosamente de zonas neurálgicas en diversos ámbitos de poder].
Urge.
Basta ya de la visión oscurantista que se pretende imponer a como de lugar, llamando asesino a todo aquel que apoye la despenalización del aborto. No es posible. Simplemente no es posible. Reclamo, desde ya, que sea respetado mi derecho a decidir y pensar por cuenta propia. Yo no soy asesino, idiotas. Pinche Marx, cuánta razón tenías, cuando nos platicabas que ellos no eran sino el meritito opio del pueblo. Y tan bonito que es andar todo adormecido. En fin, el caso es que, por ejemplo, ayer, en un supuesto[1] debate televisivo, acusaban de incoherente e incongruente a un pobre muchacho del PSD que, hasta el momento, ha expuesto la perspectiva más lúcida en torno a este debate: estar a favor de la vida, en la misma medida en la que se impulsa la legislación que despenalizará el aborto. Frente al agotamiento de lo maniqueo, la única salida es pararse en el espacio intersticial, en la brecha que se abre entre [y separa] ambas posiciones. Se puede, perfectamente, estar a favor y en contra, al mismo tiempo. ¿Cómo? Decía al principio que el asunto era bastante más sencillo de resolver, y hoy más que nunca aludo a la propia experiencia para, por lo menos, señalar mi posicionamiento: en unos meses me convertiré en padre. Y estoy completamente cierto que jamás, jamás, me hubiera perdido de esta experiencia. Yo no promuevo el aborto. Es más, estoy profundamente en contra de éste. Sin embargo, me resulta impensable tratar de imponerle a cualquier otra persona lo que pienso. Y menos aún aludiendo a argumentos moralinos y enclenques cuyo sustento no es más que un dogma. Igual que exijo mi derecho a decidir, también exijo que se respete el derecho del Otro (o en este caso, de
En fin, usualmente no hablo en serio aquí, ni tiro netas, porque este espacio me parece demasiado sagrado como para macularlo con esas pendejadas. Y cuando lo hago, trato de ser lo más irónico y sarcástico posible. Pero en este caso, nomás no se puede. No seamos insensibles. No abortemos, pues, la legislación que despenalizaría el aborto.
[1] Quien haya visto Foro al Tanto, este domingo 22, por canal cuatro, se habrá dado cuenta de la cantidad de sesgos que plagaron al programa. Basta con recordar quién fue el que abrió y el que cerró el “debate”, así, entre comillas, para darse cuenta hacia dónde se inclinaba la balanza.
Me pedirás un abrazo y yo te recorreré el rostro con la vista, lo acariciaré rozándolo apenas con la punta de los dedos, como dibujándolo, recreándolo nuevo con cada mirada. La cercanía de nuestros labios me hará dudar un poco, retrocederé, y tu me dirás hazlo ya, tontito, mitad orden y mitad reclamo, y yo me perderé en lo profundo de tus ojos de avellana, en tu interminable y blanca sonrisa, intuiré el sabor de tu boca mientras prolongo el placer de esta pequeña distancia. Hurtaré el aroma que se desprende de tu cuello. Hará frío. Lloverá ligero y la lluvia nos humedecerá la cara y las manos y la espalda. Desde luego que lloverá, y será tal vez en un estacionamiento, en un parque, en una habitación, o en cualquier parte, donde nos miraremos de cerca, muy de cerca, cada vez más cerca, hasta que el abrazo nos funda en algo que es más que tú y yo juntos, hasta que nuestros labios se busquen ansiosos, hasta que se encuentren y se reconozcan y se deseen cada vez más. Temblaremos un poco, y trataremos de fingir que es el frío, la lluvia, o lo que sea. Pero terminaremos por aceptar que es el ineludible deseo que nos atraviesa, ese sutil calor, que es imposible de localizar y que sin embargo está ahí, tal vez en el vientre o más abajo, o en los dedos o en los oídos, quién sabe, pero eso sí, presente como nunca. Y yo querré saber todo de ti, y haré preguntas idiotas acerca de temas inevitables como la música y los libros, tantas coincidencias, pero también tantas discrepancias, y discutiremos sobre la inmensa apertura hacia lo otro, tópico ineludible, el abismo metafísico de la subjetividad, las ilusiones de la identidad, las caricaturas como un método adecuado para interpretar el mundo, de las delicias como el café, la soledad, y la carne. Averiguaré que prefieres la cerveza obscura y tú entenderás que odio bailar, te diré que prefiero la noche y el frío, tú me dirás que duermes desnuda y que te gusta estar descalza, nos sorprenderemos diciendo cosas que sabíamos obvias y que tal vez por ello creíamos imposibles de decir. Y quizá nos mentiremos un poco, porque también a veces es necesario mentir, y mientras la lluvia nos inunda pensaremos que aquí, juntos, cuerpo a cuerpo, se está bien. Que aquí metido entre tus brazos se está tan bien.
Caminaremos, buscaremos la intimidad que el cuerpo nos reclama, hasta encontrar el sitio preciso. Quizá estacionaremos el auto y nos quedaremos ahí, tal vez buscaremos una habitación y entraremos tratando de domesticar los nervios. Te besaré los ojos y los labios. Veré cómo se te arruga la nariz cada vez que sonríes. Te besaré en el cuello y en los hombros. Te acariciaré el cabello. Recorreré tu espalda con mis manos. Te quitaré la blusa despacio porque querré repetir este momento cientos de veces en mi memoria. Luego mis manos explorarán tu cintura, te desabotonarán el pantalón y casi sin darte cuenta estarás terriblemente desnuda. Te llevaré hasta la cama y te recostaré. Tal vez me aleje un poco para contemplarte así, tan libre, rodeada de esa especie de aura que hace parecer por momentos que brillas, tendrás un poco de pena y me pedirás que me acerque para abrazarnos, y te besaré de nuevo en el cuello y en los labios, y te acariciaré el vientre y mis manos buscarán tus manos para que me sirvan de guía, y tendré sed de ti, y buscaré saciarla en tu pecho, y mis dedos dibujarán la figura de tus pezones, y quizá te besaré ahí, y nombraré cien veces cada lunar, cada pequeño pliegue, y tus manos se enredarán en mi cabello. Mientras tú fingirás que intentas impedir que siga el viaje hacia el sur, y me detendrás cerca de tu ombligo, y querrás que regrese a tu boca, y reirás, y te besaré en los labios sólo para escaparme una vez más, y me deslizará oliéndote toda, saboreándote, y tratarás de impedírmelo de nuevo, aunque finalmente cederás porque sí, porque tú también lo deseas, y sentirás mis manos quemándote los muslos, paseándose por tu cintura, y te besaré en aquella otra boca despacio, y sentiré cómo tu espalda se arquea involuntaria, regalándome el abrazo de tus piernas, y me recorrerás la espalda con tus pies, y querrás verme, y no querrás verme, y me dirás que pare, y me dirás que siga hasta que ya no puedas más y necesites sentirme cerca, y yo me aprenderé de memoria tu sabor hasta que me obligues a subir lento, y te besaré en el vientre, y los pechos, y tú querrás tocarme, y yo dejaré que el instinto me guíe por cada palmo de tu geografía, y tú me esperarás y querrás sentirme dentro de ti, y yo querré no salir nunca de ti, y te acariciaré los pies y apretaré tu cintura para acercarme más a ti, y quedaremos a merced de esto que no sabremos cómo llamar después, a la hora de la razón, pero no nos importará porque realmente no nos importará, y será como un fuego blando que se desliza.
Afuera
Adentro
y te enredarás entre mis manos
Afuera
Adentro
y pensaré que no quiero perderte
Afuera
Adentro
y que tampoco quiero perderme de ti
Afuera
Adentro
y que quiero perderme en ti
Afuera
Adentro
y que quiero quedar colgado de tu cintura
Afuera
Adentro
y que deseo saber cómo te ves por las mañanas, despeinada
Afuera
Adentro
y que deseo verte caminar desnuda
Afuera
Adentro
y que deseo estar dentro de ti de todas las maneras posibles
Afuera
Afuera
y algo estará a punto de estallar
Adentro
Afuera.
y
Adentro
Afuera
Adentro
ADENTRO
Y al final sabremos que todo esto es mentira. Que tanta palabrería no es sino una anticipación, un preámbulo de algo que posteriormente sonará como a un Ciao, a un Bye Bye, a un Au Revoir, a una evocación descendente de algo que nunca fue. En fin, sonará a un preludio en La menor, digno de la más dulce (y gastadísima) de las despedidas.
¿Adiós?Es 11 de abril y son las doce del día. Comienzo a escribir esto no sé bien por qué. Se me vienen a la mente mentiras como la catarsis o el conjuro. Quizá el motivo sea la incertidumbre que provoca esperar el resultado de unos análisis para confirmar o aplazar lo que ya sé de cierto, puesto que es el más archisabido de los clichés: que más tarde o más temprano me voy a morir. Igualito que tú. El caso es que una vez más, la muerte. Aparece así, de frente y de cerquita. Por lo menos en potencia y me pone de plazo las cinco de la tarde de hoy para desatar este nudo. Maldita raigambre. Días previos, frente a otro médico, llegó la nostalgia de manos de una frase (“posible desenlace fatal si no/Se requieren análisis más profundos”). Desde luego, fue inmediata la evocación del recuerdo de mamá, detonado por las mismas y exactas palabras dichas por un especialista, interrogándola si había vivido una vida plena. Y zas, un mes después, entendí el significado de lo que era un verdadero desenlace fatal. No pude menos que esbozar una sonrisa cuando hoy, la mujer que me pidió que me quitara la camisa para retratar mis pulmones, regresó con una radiografía al acecho. La miro y pienso (a la radiografía) como un animal agazapado listo a dar el primer zarpazo. La escena me resulta tan familiar. Miro a la doctora y se hace un silencio entre nosotros, que se adueña y calla a todo, que se nos impone. “Hay algo raro en esta placa”, dice ella, señalando un punto en aquello que a mí me parece más bien algo como nubes sobre fondo negro. Río. Y lo hago casi sin ironía, casi sin sarcasmo. ¿Por qué? No lo sé. Es así. Estoy seguro de que si los resultados son positivos, es decir, que muestren la negatividad en mí, me reiré a carcajadas. No puedo hacer más ante lo que ya esperaba. Dicen que encarar la propia mortalidad no es tarea fácil. Aunque seamos sinceros: tampoco es nada difícil. Basta cerrar los ojos y recurrir a la misma apatía de siempre, a la que he venido postulando y promoviendo frente a todo. Es suficiente con reír un poco, con burlarse de sí mismo y continuar hasta donde tope. Total, no se puede ir más allá porque no lo hay. Supongamos que se hacen las cinco de la tarde y me dicen que voy a morir
¿y?
Cuánta gracia me hace este asunto. Y lo digo terriblemente en serio. Ja.
Update del día siguiente: pues las cosas todavía tienen remedio. Al menos, eso parece en primera instancia.