miércoles, mayo 02, 2007

Sí. Soy un intolerante

Laclau siempre está insistiendo en que debería ser más tolerante. Y yo, como siempre, me monto en mi macho y por supuesto, nunca le hago caso. ¿Por qué? Pues porque la tolerancia no es sino un eufemismo que tiende a enmascarar la tibieza de aquellos que no se atreven a adoptar una postura. En este sentido, hace unos días, publiqué un post relativo al aborto. Un estimado anónimo furioso me puso en la sección de comentarios lo siguiente:


“Que facilmente demagógicos tus argumentos... y que falsos...

«Que las mujeres puedan decidir»... que la iglesia defiende su poder... ¡¡¡PAMPLINAS PROGRESISTAS DE IZQUIERDAS PARA JUSTIFICAR LO INJUSTIFICABLE: EL ASESINATO DE INOCENTES.
Si ser progresista consiste en defender lo indefendible... prefiero no serlo”.

Desde luego, después de que dejé de reírme a carcajadas, le contesté por el mismo medio en estos términos:

Estimad@ anónim@: Primero, habría que conocer lo que significa demagogia. Palabras más, palabras menos, ésta remite a aquellas estrategias que interpelan a las emociones (tales como la culpa) de los sujetos para ganar el apoyo popular. You do the math. Ahora, no basta parafreasear a Lucerito para contradecir un argumento que, sin duda, es fácilmente demagógico. Ojalá y para la próxima le eches más ganas ¿sale? Yo sé que puedes. Ah, y una última pregunta ¿cómo se le llama a aquel que tira la piedra y esconde la mano?

Y ¡bum! Que se enoja más. Entonces, me escribió lo siguiente, a lo que iré contestando intolerantemente, punto por punto, para ponerle punto final a este comadreo que la verdad, me da harta flojera:

Pues como decimos en el foro “Ya que te gusta el arroz con leche…por debajo de la puerta te paso un ladrillo”:

Demagogia: Según la definición del DRAE: Uso político de halagos, ideologías radicales o falsas promesas para conseguir el favor del pueblo (en este caso el beneplácito de tus lectores).

Exacto, estimado anónimo. Eso es precisamente lo que está haciendo la Iglesia, al apelar a la culpa de los pobres cristianos, para posicionarlos en contra del aborto. Recuerda que quienes promueven la despenalización son transparentes en sus argumentos (y para colmo, aluden a la ciencia, mi estimado). Me acusas de demagogia y sí, estás en lo cierto. Es más, te lo tomo como un cumplido. Excepto por la partecita donde me dices que lo hago para beneplácito de mis lectores (que por cierto, son a lo mucho dos o tres). Ahí estás errado completamente. Y tú mismo eres la prueba viviente de ello: aunque sea una vez, pero me has leído, estimado, y hasta donde entiendo, no te solazas ni disfrutas ni apruebas mis opiniones. Luego dices:



“Y al final de tus argumentos, que contradigo repitiendo el término PAMPLINAS que tanto te ha gustado, no se desprende otra cosa que:


a.- radicalismo, pues tal es la invocación al miedo a perder su poder por los que llamas jerarcas de la Iglesia católica.

b.- halagos , pues tal es la invocación al derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos con olvido de que el nasciturus es desposeído de todo derecho)

y c.- falsas promesas ---o más bien falsas conclusiones--- pues no es de recibo la ecuación que formulas según la cual si se deja a las mujeres decidir sobre sus cuerpos todos podrán decidir sobre lo que conviene o lo que no)

Radicalismo, halagos o falsas conclusiones tendentes todos ellos a lograr el beneplácito de tus lectores hacia tus posiciones ideológicas.

Por cierto tu contracrítica responde a los tics propios de la descalificación del adversario (“..en la próxima échale más ganas…yo se que puedes…” o “¿Cómo se llama quien tira la piedra y esconde la mano?” recriminandome el comentarte como anónimo, cuando en tu blog tan solo te identificas como IGor…) actitud tendente a la elusión de la crítica, muy propia del progresismo dogmático intolerante de la izquierda radical al que tan acostumbrados estamos quienes mantenemos posiciones ideológicas diferentes.

Insisto, si por progresismo entendemos defender lo indefendible y argumentar no esencialmente sino instrumentalmente, prefiero no ser progresista.

Efectivamente en tu escrito los argumentos favorables al aborto son meramente utilitaristas, pues no defiendes el aborto en su propia esencia sino por lo que tu valoras de utilidad “liberadora” de su implantación.

Insisto: PAMPLINAS, que según el propio DRAE significa TONTERIAS”.

En a.- me acusas de radical y más risa me da. Pregunta a quienes me conocen: soy la persona más conservadora del mundo. Quizá más que tú. La única diferencia es que me guío por la razón y no por el oscurantismo religioso y dogmático al que pareces aferrarte. Estimado, sería más sencillo y responsable reconocer que, en definitiva, no existe dios. De ahí en adelante, la vida es más fácil. Trata y verás. Así, no tendrías este tipo de conflictos internos.

En b.- ¿Halagos? [más risas]

En c.- ¿Falsas conclusiones? Me malinterpretas. No estoy apelando a la anarquía total, en la que cada quién hace lo que le pega la gana. Más bien al contrario, lo único que señalo es la necesidad de cumplir y hacer cumplir la ley. Y entonces sí, que gente como tú, se preocupe por decidir entre abortar o no abortar, apelando a sus propios valores y creencias. Siempre bajo el marco de la ley. Lo otro, el argumento anarquista, es propuesto por ti y los tuyos de manera totalitaria, queriendo imponer sus creencias a como de lugar. Y no se vale. Simplemente no.

Por lo demás, en cuanto a mi anonimato, en más de una ocasión he publicado aquí mis datos. Sin ir más lejos, aquí abajito aparece un link que dirige hacia un artículo mío que apareció en la Gaceta Universitaria. Ahí están mis nombres y apellidos. Estoy a tus órdenes para lo que se te ofrezca. Con respecto a lo que dices de tics y eso, pues ¿qué puedo hacer sino reir?




jueves, abril 26, 2007

La insoportable soledad de(l) ser

(Hoy hace tres años esto era lo que se publicaba en este blog)

Te descubrí escondida detrás de una sonrisa nerviosa. Tu mirada exploraba la habitación, como buscando algo en que posarse, un punto al cual aferrarse para deshacerse de aquella fingida timidez. Para mí, esa noche todo se reducía a mirarte, olerte, a saberte cerca. Ya no éramos unos niños, es cierto, pero había entre nosotros como un aura de inocencia o de locura. Ambos de pie, frente a frente, observándonos: tu desnudez hacía juego con mis ganas de saberte. Luego, acercarse, reducir la distancia y aumentar el deseo, vibrar por dentro. Mis manos inexpertas de ti, que hasta entonces ignoraban las texturas de tu cuerpo, no eran capaces de decidir entre la caricia suave y la tosquedad de un roce. Tocarte, tocarnos: recorrerte la piel pausadamente con los dedos, con los labios, deteniéndome en cada lunar, explorando cada pliegue: descubriéndote. Acariciar tu rostro; besar tus párpados, tu nariz, tu boca. Mis manos se posaban sobre tus hombros, en tu espalda, trayéndote hacia mi, resbalando pausadamente, deteniéndose en tus nalgas. Yo intentaba memorizar tus besos cada vez más largos y profundos, por si el olvido, o por si el recuerdo. Sentía cómo tu cuerpo se iba convirtiendo todo en una tibia y húmeda caricia entre mis manos. Intuí apenas cómo caminábamos torpemente los últimos tres pasos, con nuestras piernas enredadas, sin despegar los labios, respirándonos, hasta alcanzar la cama que era como la última frontera, el punto de no retorno. Tú sobre tu espalda y yo sobre ti, besando tu cuello, deslizándome hasta rozar tus pezones ahora duros, sintiendo tus manos enredadas en mi cabello, escuchándote jadear, gemir un poco con cada beso, con cada pequeño mordisco. Mis manos acariciaban tu pecho y mis labios insistían en tu ombligo, tratando de vencer la resistencia. Tus manos intentaban detenerme, pero me guiaban a la vez, instándome a seguir, a encontrarte en aquél beso profundísimo y cálido y envolvente. Besarte; tocarte, recorrerte. Sentir tu espalda arqueándose mientras mis manos apretaban tu cintura. Escuchar tu voz casi suplicante mientras yo besaba aquella boca tibia y vertical. Luego, después de una eternidad, me obligaste a desandar mis besos, a regresar a tu vientre, a tus pechos, a tu cuello, a tu boca. Presentí cómo tus piernas se abrían un poco más y todo era tan natural: entrar en ti era como si finalmente hubiese descubierto una parte de mí que siempre había estado esperándome, como si tu cuerpo fuese el molde que terminaba con mis ausencias de una vez y para siempre. Poco a poco, moviéndose lentos, casi autónomos, era como si nuestros cuerpos comenzaran a reconocerse, a familiarizarse, a compartir sus soledades y sus desatinos. Y todo aquél deseo se convertía en placer, en todo aquello que éramos ahora, en algo diferente a ti o a mí, a tu cuerpo o a mi cuerpo. Nos transformábamos en voluptuosidad, en gemidos, en sudor, en algo que era casi como furia que salía por nuestros poros y nos separaba, entrelazándonos al mismo tiempo. El mundo desaparecía, se olvidaba de nosotros como nosotros de él. Y ya cerca del final todo se mezclaba como en un coágulo metafísico: tus manos clavándose en mi espalda, mis labios en tu boca, tu voz gritando mi nombre, yo muriendo un poco dentro de ti.

En el fondo, desde un disco viejo, la trompeta de Dizzy Gillespie parecía salir y entrar a voluntad de aquella tibia realidad de incienso y vino tinto, en una especie de movimiento dialéctico: yo-tú-nosotros-ustedes-ellos. La música -ese maldito jazz- transportaba nuestra desnudez a otras dimensiones, montada en aquellas notas que se desgajaban y caían sobre nosotros, sobre nuestros cuerpos exhaustos, empapados, oliendo a sexo y a sudor. Luego, poco a poco el silencio, devolviéndonos de golpe a la destemplada realidad de aquél estar ahí, de aquella cama dura y de aquel cuarto repleto de libros y botellas vacías y soledades. Y como siempre, pensar de nuevo en el artículo que tengo que escribir porque de algo hay que comer; recordar la estrechez del tiempo, levantarse al baño, orinar, tirarse un pedo, volver a ser humanos. Yo hubiera querido que te quedaras un poco más para observarte ahí, recostada en mi cama, y luego acercarme y recorrerte la piel con las yemas de mis dedos, y besarte de nuevo, y hacerte el amor. Pero no, «hoy no me es posible», dijiste. «¿Te volveré a ver?», pregunté, sabiendo que no. La desesperanza me invadió cuando te levantaste y comenzaste a vestirte lento. «Te lo prometo» dijiste sonriendo. Tomaste los cincuenta dólares que había dejado en el buró, te dirigiste hasta donde estaba yo, desnudo todavía, me diste un beso indiferente y saliste de la habitación, dejando tras de ti una estela de frío desencanto. Por la ventana se alcanzaban a ver las luces de los autos que transitaban por la carretera. Algo como un recuerdo quiso salírseme por los ojos. Me acerqué hasta mi escritorio, recogí del suelo un libro, y lo patético de la escena casi me hizo reír: el libro era: Concierto para un hombre solo, de Samuel Ronzón. Ja, ja.

miércoles, abril 25, 2007

Update

Pues por fin se aprobó en el DF la despenalización del aborto. Y como era de esperarse, arreciaron las protestas de los sectores más conservadores. De aquéllas, quizá las más radicales sean las emitidas por los jerarcas de la Iglesia católica. En una primera lectura, tales protestas podrían ser interpretadas como una reacción casi natural, obligada. Una defensa sana de sus argumentos frente a aquello que les parece injustificable, incluso criminal. Todo ello constituiría, quizá, la moneda de uso corriente en un espacio público realmente democrático. Sin embargo, si uno escucha realmente las voces alarmadas de tales jerarcas, el transfondo que se revela es verdaderamente terrible y desolador. Ante tanta insistencia, nos orillan a interrogarnos ¿por qué se ha hecho tanto escándalo en torno a este tema? En última instancia, la respuesta es bastante simple: por el poder. Recordemos que en la medida en que el poder se fragmenta, se dispersa, el rol y la legitimidad de las instituciones pierde peso. Ello es precisamente lo que ocurre. Lo que está en juego aquí no es la defensa de una vida inocente, ni el impedimento de un microasesinato; ése es el argumento facilista al que recurren los jerarcas para apelar a la culpa de sus fieles, sino la pérdida de poder por parte del clero. Si dejan a las mujeres decidir sobre su cuerpo, pronto el resto podrá decidir sobre lo que le conviene y lo que no. Sin duda, lo anterior debe resultar, cuando menos, atemorizante para las altas autoridades de lo divino. Habrá que estar, como siempre, en guardia, y no pensar que por ello, se está libre de toda ideología.

lunes, abril 23, 2007

Ab(s)orto

Quizá como nunca, el aborto se ha puesto de moda entre la sociedad jalisciense. En estos días, en tanto tópico, ocupa un lugar central en el espacio público. Da un gusto enorme ver a diversos sectores sociales manifestándose para defender sus posiciones. Casi hasta me siento esperanzado, y con ganas de creer, una vez más, en las potencialidades de la movilización social. Sin embargo, resulta patético ver cómo se polariza un tema verdaderamente sencillo de resolver: si bien es cierto que el asunto no permite tibiezas y obliga a adoptar una postura, se vuelve terriblemente espinoso cuando se nos hace creer que sólo se puede estar o a favor, o en contra. No hay mayor estupidez que esa. Es preciso aprender a contar, cuando menos, hasta tres, en lugar de rasgarse las vestiduras y balbucear un vade retro cada tres minutos. Usualmente, los izquierdosos me dan güeva, porque muchas veces recitan panfletariamente sus ideologías arcaicas y huecas. Y lo peor es que lo hacen sin conocimiento de causa, como periquitos nada más [conozco muchos y muchas así]. Pero en este caso, no puedo sino estar de acuerdo con ellos: habría que ponerle un alto a tanto encono fundamentalista suscitado por parte de las facciones más conservadoras [las cuales, por cierto, se han ido adueñando peligrosamente de zonas neurálgicas en diversos ámbitos de poder].

Urge.

Basta ya de la visión oscurantista que se pretende imponer a como de lugar, llamando asesino a todo aquel que apoye la despenalización del aborto. No es posible. Simplemente no es posible. Reclamo, desde ya, que sea respetado mi derecho a decidir y pensar por cuenta propia. Yo no soy asesino, idiotas. Pinche Marx, cuánta razón tenías, cuando nos platicabas que ellos no eran sino el meritito opio del pueblo. Y tan bonito que es andar todo adormecido. En fin, el caso es que, por ejemplo, ayer, en un supuesto[1] debate televisivo, acusaban de incoherente e incongruente a un pobre muchacho del PSD que, hasta el momento, ha expuesto la perspectiva más lúcida en torno a este debate: estar a favor de la vida, en la misma medida en la que se impulsa la legislación que despenalizará el aborto. Frente al agotamiento de lo maniqueo, la única salida es pararse en el espacio intersticial, en la brecha que se abre entre [y separa] ambas posiciones. Se puede, perfectamente, estar a favor y en contra, al mismo tiempo. ¿Cómo? Decía al principio que el asunto era bastante más sencillo de resolver, y hoy más que nunca aludo a la propia experiencia para, por lo menos, señalar mi posicionamiento: en unos meses me convertiré en padre. Y estoy completamente cierto que jamás, jamás, me hubiera perdido de esta experiencia. Yo no promuevo el aborto. Es más, estoy profundamente en contra de éste. Sin embargo, me resulta impensable tratar de imponerle a cualquier otra persona lo que pienso. Y menos aún aludiendo a argumentos moralinos y enclenques cuyo sustento no es más que un dogma. Igual que exijo mi derecho a decidir, también exijo que se respete el derecho del Otro (o en este caso, de la Otra). Y por favor, no se recurra aquí a la salida simplona tachándome de que me contradigo porque no estaría promoviendo los derechos del producto, porque sabemos que no es así.

En fin, usualmente no hablo en serio aquí, ni tiro netas, porque este espacio me parece demasiado sagrado como para macularlo con esas pendejadas. Y cuando lo hago, trato de ser lo más irónico y sarcástico posible. Pero en este caso, nomás no se puede. No seamos insensibles. No abortemos, pues, la legislación que despenalizaría el aborto.



[1] Quien haya visto Foro al Tanto, este domingo 22, por canal cuatro, se habrá dado cuenta de la cantidad de sesgos que plagaron al programa. Basta con recordar quién fue el que abrió y el que cerró el “debate”, así, entre comillas, para darse cuenta hacia dónde se inclinaba la balanza.

jueves, abril 12, 2007

Preludio en A menor

Me pedirás un abrazo y yo te recorreré el rostro con la vista, lo acariciaré rozándolo apenas con la punta de los dedos, como dibujándolo, recreándolo nuevo con cada mirada. La cercanía de nuestros labios me hará dudar un poco, retrocederé, y tu me dirás hazlo ya, tontito, mitad orden y mitad reclamo, y yo me perderé en lo profundo de tus ojos de avellana, en tu interminable y blanca sonrisa, intuiré el sabor de tu boca mientras prolongo el placer de esta pequeña distancia. Hurtaré el aroma que se desprende de tu cuello. Hará frío. Lloverá ligero y la lluvia nos humedecerá la cara y las manos y la espalda. Desde luego que lloverá, y será tal vez en un estacionamiento, en un parque, en una habitación, o en cualquier parte, donde nos miraremos de cerca, muy de cerca, cada vez más cerca, hasta que el abrazo nos funda en algo que es más que tú y yo juntos, hasta que nuestros labios se busquen ansiosos, hasta que se encuentren y se reconozcan y se deseen cada vez más. Temblaremos un poco, y trataremos de fingir que es el frío, la lluvia, o lo que sea. Pero terminaremos por aceptar que es el ineludible deseo que nos atraviesa, ese sutil calor, que es imposible de localizar y que sin embargo está ahí, tal vez en el vientre o más abajo, o en los dedos o en los oídos, quién sabe, pero eso sí, presente como nunca. Y yo querré saber todo de ti, y haré preguntas idiotas acerca de temas inevitables como la música y los libros, tantas coincidencias, pero también tantas discrepancias, y discutiremos sobre la inmensa apertura hacia lo otro, tópico ineludible, el abismo metafísico de la subjetividad, las ilusiones de la identidad, las caricaturas como un método adecuado para interpretar el mundo, de las delicias como el café, la soledad, y la carne. Averiguaré que prefieres la cerveza obscura y tú entenderás que odio bailar, te diré que prefiero la noche y el frío, tú me dirás que duermes desnuda y que te gusta estar descalza, nos sorprenderemos diciendo cosas que sabíamos obvias y que tal vez por ello creíamos imposibles de decir. Y quizá nos mentiremos un poco, porque también a veces es necesario mentir, y mientras la lluvia nos inunda pensaremos que aquí, juntos, cuerpo a cuerpo, se está bien. Que aquí metido entre tus brazos se está tan bien.

Caminaremos, buscaremos la intimidad que el cuerpo nos reclama, hasta encontrar el sitio preciso. Quizá estacionaremos el auto y nos quedaremos ahí, tal vez buscaremos una habitación y entraremos tratando de domesticar los nervios. Te besaré los ojos y los labios. Veré cómo se te arruga la nariz cada vez que sonríes. Te besaré en el cuello y en los hombros. Te acariciaré el cabello. Recorreré tu espalda con mis manos. Te quitaré la blusa despacio porque querré repetir este momento cientos de veces en mi memoria. Luego mis manos explorarán tu cintura, te desabotonarán el pantalón y casi sin darte cuenta estarás terriblemente desnuda. Te llevaré hasta la cama y te recostaré. Tal vez me aleje un poco para contemplarte así, tan libre, rodeada de esa especie de aura que hace parecer por momentos que brillas, tendrás un poco de pena y me pedirás que me acerque para abrazarnos, y te besaré de nuevo en el cuello y en los labios, y te acariciaré el vientre y mis manos buscarán tus manos para que me sirvan de guía, y tendré sed de ti, y buscaré saciarla en tu pecho, y mis dedos dibujarán la figura de tus pezones, y quizá te besaré ahí, y nombraré cien veces cada lunar, cada pequeño pliegue, y tus manos se enredarán en mi cabello. Mientras tú fingirás que intentas impedir que siga el viaje hacia el sur, y me detendrás cerca de tu ombligo, y querrás que regrese a tu boca, y reirás, y te besaré en los labios sólo para escaparme una vez más, y me deslizará oliéndote toda, saboreándote, y tratarás de impedírmelo de nuevo, aunque finalmente cederás porque sí, porque tú también lo deseas, y sentirás mis manos quemándote los muslos, paseándose por tu cintura, y te besaré en aquella otra boca despacio, y sentiré cómo tu espalda se arquea involuntaria, regalándome el abrazo de tus piernas, y me recorrerás la espalda con tus pies, y querrás verme, y no querrás verme, y me dirás que pare, y me dirás que siga hasta que ya no puedas más y necesites sentirme cerca, y yo me aprenderé de memoria tu sabor hasta que me obligues a subir lento, y te besaré en el vientre, y los pechos, y tú querrás tocarme, y yo dejaré que el instinto me guíe por cada palmo de tu geografía, y tú me esperarás y querrás sentirme dentro de ti, y yo querré no salir nunca de ti, y te acariciaré los pies y apretaré tu cintura para acercarme más a ti, y quedaremos a merced de esto que no sabremos cómo llamar después, a la hora de la razón, pero no nos importará porque realmente no nos importará, y será como un fuego blando que se desliza.

Afuera

Adentro

y te enredarás entre mis manos

Afuera

Adentro

y pensaré que no quiero perderte

Afuera

Adentro

y que tampoco quiero perderme de ti

Afuera

Adentro

y que quiero perderme en ti

Afuera

Adentro

y que quiero quedar colgado de tu cintura

Afuera

Adentro

y que deseo saber cómo te ves por las mañanas, despeinada

Afuera

Adentro

y que deseo verte caminar desnuda

Afuera

Adentro

y que deseo estar dentro de ti de todas las maneras posibles

Afuera

Afuera

y algo estará a punto de estallar

Adentro

Afuera.

y

Adentro

Afuera

Adentro

ADENTRO

Y al final sabremos que todo esto es mentira. Que tanta palabrería no es sino una anticipación, un preámbulo de algo que posteriormente sonará como a un Ciao, a un Bye Bye, a un Au Revoir, a una evocación descendente de algo que nunca fue. En fin, sonará a un preludio en La menor, digno de la más dulce (y gastadísima) de las despedidas.

¿Adiós?

miércoles, abril 11, 2007

Facing...

Es 11 de abril y son las doce del día. Comienzo a escribir esto no sé bien por qué. Se me vienen a la mente mentiras como la catarsis o el conjuro. Quizá el motivo sea la incertidumbre que provoca esperar el resultado de unos análisis para confirmar o aplazar lo que ya sé de cierto, puesto que es el más archisabido de los clichés: que más tarde o más temprano me voy a morir. Igualito que tú. El caso es que una vez más, la muerte. Aparece así, de frente y de cerquita. Por lo menos en potencia y me pone de plazo las cinco de la tarde de hoy para desatar este nudo. Maldita raigambre. Días previos, frente a otro médico, llegó la nostalgia de manos de una frase (“posible desenlace fatal si no/Se requieren análisis más profundos”). Desde luego, fue inmediata la evocación del recuerdo de mamá, detonado por las mismas y exactas palabras dichas por un especialista, interrogándola si había vivido una vida plena. Y zas, un mes después, entendí el significado de lo que era un verdadero desenlace fatal. No pude menos que esbozar una sonrisa cuando hoy, la mujer que me pidió que me quitara la camisa para retratar mis pulmones, regresó con una radiografía al acecho. La miro y pienso (a la radiografía) como un animal agazapado listo a dar el primer zarpazo. La escena me resulta tan familiar. Miro a la doctora y se hace un silencio entre nosotros, que se adueña y calla a todo, que se nos impone. “Hay algo raro en esta placa”, dice ella, señalando un punto en aquello que a mí me parece más bien algo como nubes sobre fondo negro. Río. Y lo hago casi sin ironía, casi sin sarcasmo. ¿Por qué? No lo sé. Es así. Estoy seguro de que si los resultados son positivos, es decir, que muestren la negatividad en mí, me reiré a carcajadas. No puedo hacer más ante lo que ya esperaba. Dicen que encarar la propia mortalidad no es tarea fácil. Aunque seamos sinceros: tampoco es nada difícil. Basta cerrar los ojos y recurrir a la misma apatía de siempre, a la que he venido postulando y promoviendo frente a todo. Es suficiente con reír un poco, con burlarse de sí mismo y continuar hasta donde tope. Total, no se puede ir más allá porque no lo hay. Supongamos que se hacen las cinco de la tarde y me dicen que voy a morir

¿y?

Cuánta gracia me hace este asunto. Y lo digo terriblemente en serio. Ja.



Update del día siguiente: pues las cosas todavía tienen remedio. Al menos, eso parece en primera instancia.

miércoles, marzo 28, 2007

martes, marzo 27, 2007

En favor de nada

A pesar de que suena como un lugar común, no cabe duda que el campo político mexicano está atravesado por fuertes transformaciones. Esto se entiende mejor si se toma en cuenta que muchos de los aspectos pertenecientes al ámbito de lo íntimo, de lo personal y privado, se están tornando —cada vez con más fuerza— en parte de la agenda pública. El tópico más reciente con respecto a ello, es el aborto (y apenas unos días antes las preferencias sexuales estaban en el centro del debate). Frente a esto, es difícil no tener una postura. Yo, por ejemplo, si fuera mujer, sé de cierto que no recurriría a ello, sin importar las circunstancias. Sin embargo, estoy a favor de que cada quien decida por sí mismo. Sobre todo en lo que refiere a tu propio cuerpo. Desde esta perspectiva, resulta tentador calificar los reclamos de la jerarquía católica como fascistas, puesto que intentan imponer sus puntos de vista sobre el resto de los mexicanitos y mexicanitas, por vida de dios. En última instancia, nos permiten ver el verdadero rostro del régimen, ya que desvelan el la farsa democrática en la que estamos inmersos.

Sin embargo, adoptar una postura así, de movilización social, contestataria y radical en apariencia, es la salida fácil, el posicionamiento cómodo. De hacerlo así, lo único que se logra es legitimar al sistema (observa lo que le pasó al Peje). El verdadero radicalismo estaría en alejarse de la situación, en recular, en el retorno a lo íntimo, en —insisto una vez más— plegarse a la más rigurosa ortodoxia individualista. Recordemos que uno de los mayores lugares comunes (en la literatura relativa al caso) remite a la idea de que aún el posicionamiento más apolítico y distanciado tiene un marcado componente político. Esto es: aún cuando decidamos apartarnos por completo de la vida política, estamos adoptando una postura frente a algo que nos interpela. Lo anterior condensa en sí el núcleo temático de la más pura actividad política. No cabe duda que en nuestro país es urgente contar con un manual que nos enseñe cómo estar a favor de nada.

(y qué hueva me doy cuando escribo).

miércoles, marzo 07, 2007

Au Revoir


Uno más que muerde el polvo. (Zizek, don't die on me, yet).

martes, marzo 06, 2007

Frente al espejo

Antes, hace unos meses, la escritura era para ti como una compulsión, como una sed (de neurosis) inacabable que quemaba, que te obligaba a vomitar letra tras letra hasta quedar vacío. Sacabas las grandes palabras de sus cajoncitos, las sacudías, las empequeñecías al escribirlas en minúsculas, las reducías a su mínima expresión. Y te gustaba. Vaya que te gustaba. Antes toda página en blanco era un desafío, una invitación propiciatoria a atravesar los límites de cualquier campo; representaba la Única Pureza que valía la pena pervertir. Hoy hasta escribir tu nombre te cuesta trabajo. Todo lo que escribes apesta. Carece de sentido. Es una lástima. Una verdadera lástima. Llenas párrafos enteros (como éste) de caca. De nada más que caca. ¿Acaso no te da vergüenza? Antes veías una escalera y la metaforizabas. Un ventanal era la frontera que te permitía definir el adentro y delimitar lo que ocurría afuera de ti mismo. Hoy, una escalera es sólo una escalera. Una ventana es sólo una ventana. ¿Y tú? Un títere de traje y corbata que sólo se dedica a firmar papeles y a sonreír. ¡A sonreír! Hueco. Vacío. Falso.

Y sin embargo.

Y sin embargo está Naila. Y estoy seguro que pronto no hablarás más que de ella.

Ya lo verás.

miércoles, febrero 28, 2007

N.N. (as in Nocturnal Napalm)

La nostalgia

y

el insomnio
mezclados[1]
en las
cantidades
adecuadas
pueden llegar
a ser
mortíferos
[¡ah, qué bonita palabra!]
e
incendiarios
(Y ¿por qué no?
propiciatorios)



[1] No trates de mezclar, nunca, jabón neutro y petróleo, en partes iguales. Por favor, no lo hagas. Puede resultar peligroso. Menos aún hagas ralladura de jabón (tampoco procures que éste no contenga perfumes ni aditivos cremosos) y la combines agitando lentamente con el petróleo, hasta que quede una masilla consistente y uniforme. De ahí no puede surgir nada bueno. Ah, tampoco intentes sustituir el jabón por aceite de motor. No. Y no. No trates de introducir este compuesto en un envase que contenga aire comprimido. Y por último, no le pongas, jamás, un encendedor enfrente.


lunes, febrero 19, 2007

Manos libres

Al entrar al túnel, del otro lado de la línea telefónica Julián escuchó algo como ruido blanco, saturación, un leve silbido. Después, casi al salir, en el auricular sonó una respiración densa, pausada. La conversación que sostenía con uno de sus colegas se había perdido. O mejor dicho, había sido sustituida por otra más interesante:

La cosa es así:dijo el hombre, en un tono rasposo, casi seco —Me observaba, como desde arriba, sentado en un silloncito café, y me veía mirarte. Tú me habías pedido eso: que no te despegara la vista y no perdiera detalle. Yo, desde la distancia, estaba más atento que nunca. Habías prometido que me dejarías boquiabierto (con un susurro en mi oído). Luego de besarme en los labios me diste la espalda y caminaste lento hacia la cama. Parecías flotar por la alfombra, sin prisa, dejándome contemplar tu cuerpo. Volteaste un instante para asegurarte que tenías mi atención. Desde luego, yo estaba hipnotizado por ese extraño tatuaje en tu cintura, por tus caderas, por el movimiento de tus piernas. Llegaste a la altura de la cama y te recostaste bocabajo.

Julián no comprendía qué pasaba, pero lo divertía asumirse como testigo de algo que no estaba destinado a presenciar, como un intruso, como un voyeur telefónico. Por ello seguía atento a la conversación aparentemente ajena. Sin embargo, había algo en la voz le resultaba familiar. Terriblemente familiar.

—¿Yo? Sería incapaz de algo así —dijo una voz femenina, con una inocencia evidentemente fingida. Luego rió.

—El hombre continuó susurrando: miraste una vez más hacia atrás, desde la cama, como midiendo la distancia entre los dos, y me di cuenta que en tu rostro se había dibujado una amplia sonrisa. Intuí que te la había provocado la expresión de mi rostro cuando tu mano izquierda se posaba sobre tus caderas. La otra, la derecha, buscaba tu vientre, debajo de tu cuerpo. Arqueaste la espalda cuando tus dedos traviesos alcanzaron tu pubis. Suspiraste profundo. Yo intenté acercarme y me sugeriste que no lo hiciera. Era como si tus manos estuvieran reconociendo el territorio de tu propio cuerpo, y a la vez era como si tú misma te fueras descubriendo al permitirme ser testigo de tanta intimidad. Juego de espejos en el que lo contemplado no existe sin la acción del espía. Tu cintura se movía en círculos lentísimos, al ritmo de tus dedos, que parecían tener vida propia, independencia, y te recorrían suavemente arriba, abajo, sintiendo el calor y la humedad y el placer, todo ello al tiempo que el mundo desaparecía y en ese momento sólo importaba la habitación, tus manos, tus dedos, tu respiración agitada, el extraño que te observaba desde un sillón. La voz

La voz femenina había emitido un gemido. Julián prestaba más atención que nunca. Aún no entendía qué era lo que le parecía tan familiar en la voz del hombre aquél.

—Luego que te recostaste sobre tu espalda y me pediste que me acercara. Al llegar hasta donde estabas, me ofreciste tus dedos para saborearlos, los paseaste por mis labios, invitándome a saberte, a reconocerte también como tú lo

Julián ahora caía en la cuenta

habías hecho segundos antes, de esa manera tan íntima y propiciatoria. Luego tomaste mi rostro con ambas manos y lo acercaste con delicadeza a tu cuello, dirigiendo, señalando la ruta, estableciendo el ritmo, me conducías por el territorio de tu cuerpo, eras la guía perfecta de mi boca, que te recorría el pecho, se detenía en tus pezones, te convertía en palabras, se apropiaba de tu sabor, bajaba lento por tu vientre, dejando un leve rastro, robándose tu olor, pausado, disfrutando todo, se detenía en tu ombligo por un instante, esperando,

esa voz era la suya

hasta que tus manos me dirigían hacia abajo, muy despacio, indecisas, sí, no, mientras tus piernas se abrían ligeramente, se doblaban de modo que acariciabas mi espalda con tus pies, y dirigías mis labios a tu boca vertical, y me pedías que te besara profundo, despacio, indicándome el camino, ahí, ahí no, ahí sí, no deberías tocarme ahí, pero mejor sí,

indiscutiblemente, esa voz era la suya

despacio, así, suspirabas lento, mientras mis manos apretaban tu cintura, acariciaban tus muslos, recorrían tus caderas, te tocaban, se deslizaban por tus pies.

Hasta que me pediste que me recostara.

—Sigue, por favor —dijo la mujer.

Te paraste sobre la cama haciendo un puente con tus piernas, teniéndome debajo de ti. Sonreías con todo el cuerpo, cada movimiento tuyo era una enorme sonrisa. Dudaste un poco. Luego fuiste bajando lento, doblando tus rodillas, dejando que te viera. Me buscabas, retardabas a propósito tu descenso hasta que me sentiste cerca de tu pubis. Te detuviste. Me guiabas con tu mano para encontrar el camino, pero no me dejabas

soy yo, no mames, puta madre, ¡soy yo!

entrar en ti por completo. Sonreías. Una y otra vez te retirabas de mí para no permitirme sentirte y te causaba gracia mi desesperación. Hasta que por fin te decidiste, apoyaste tus manos en mi pecho y quedaste en cuclillas, tu sobre mí, yo dentro de ti, tú moviendo tus caderas, en círculo, hacia delante y hacia atrás, despacio primero, luego más despacio, cerrabas los ojos, echabas la cabeza hacia atrás, subías, bajabas un poco, me apretabas el pecho, te mordías los labios, suspirabas, me sentías dentro,

¿qué carajos?

Julián extrajo el celular de la bolsa delantera de su saco. Miró el número en la pequeña pantalla, y su rostro se transfiguró en una mueca espantosa.

profundo, luego salía un poco, abrías los ojos y me mirabas fijamente, sonreías, tenías las mejillas rojas, yo apretaba fuerte tu cintura, sostenía con firmeza tus caderas, paseaba mis dedos inquietos por tu pubis, te acariciaba, subía por tu vientre, acariciaba tus pezones, tú te movías más aprisa, adelante, atrás, arriba, en círculos, abajo, suspirabas, gemías, ambos sudábamos, yo te tocaba, y cada vez eran más frenéticos nuestros movimientos, como si perdiéramos el control, y nuestros cuerpos se dejaran ir por su cuenta, dominados por ese calor que se sentía en el vientre, que recorría la espina dorsal, que estallaba en todas direcciones…

Hasta que las cosas se fueron calmando poco a poco.

Una luz brillante. Las manos aferrándose al volante. El freno hasta el fondo. Rechinar de llantas. Olor a quemado. Silencio brutal. Fuego. El auricular seguía funcionando:

Yo seguía dentro de ti, con la respiración agitada. Tú permanecías montada sobre mí, con los ojos cerrados y los labios apretados. Querías recostarte pero yo te lo impedí: tomé tus caderas con fuerza, me deslicé por debajo de ti, una vez más, por el puente de tus piernas, lento, hasta que mis labios quedaron a la altura de tu pubis, y comencé a besarte otra vez, profundo, tú reías, yo te exploraba despacio, de cerca, muy de cerca, tú apoyaste las manos en la cabecera de la cama, arqueaste la espalda para que yo pudiera besarte mejor, deseando ambos que todo comenzara de nuevo…


lunes, febrero 12, 2007

Amorcito Corazón

Puts. Este texto se veía mejor impreso. Ni modo, lo dejo así, a ver si no causa prúrito (acordaos que la forma no es sino el fondo).

«No importa», le dijo Marcela a la voz del otro lado del teléfono. «Yo voy a tu casa; lo que necesito es verte», insistió ella.

«Has lo que quieras», sentenció la voz. Su tono reflejaba molestia.

Clic.

Estática.

Sonido agudo.

Marcela colgó el auricular. Había tenido un día terrible en la oficina y necesitaba relajarse

no le gustaba que lo interrumpieran, pinche mocosa de mierda, qué se cree, que soy

un poco. ¿Sería por eso que había llamado a Alonso? Tal vez. Como quiera que haya sido,

su pendejo, con lo que me caga la madre que venga y se meta en mi cama, ésta parece ya su

se imaginaba ya de pie, frente a la puerta del departamento de éste. Se veía a sí misma ahí,

casa, si no fuera porque coje a toda madre ya la hubiera mandado a la chingada, méndiga

rubia, esbelta, con su traje gris oscuro, de entalle perfecto, la blusa negra y escotada, y los

perra arrabalera, jeje, viciosa y golosa como pocas, pero algún día tendré que deshacerme

zapatos impecables, del mismo tono que el bolso. También lo vio a él, de pie frente a ella,

de ella, ni modo, yo la previne, le dejé claro que se estaba metiendo entre las patas de los

con su característica adustez dibujada en el rostro, desaliñado, con la ropa (invariablemente

caballos, y aún así quiso aventarse esta bronca, por caliente, nomás, porque conmigo no

negra) manchada de pintura, café, sangre. Se vio besándolo en la boca, profundamente,

tiene ningún futuro, sabe perfectamente que yo soy sólo para un rato, un juguetito y ya,

acercándose a él; casi podía sentirlo recorriéndola con las manos, enredándose ansioso en

un simple revolcón, sabroso, eso sí, pero revolcón al fin y al cabo, nada más, pero nada

su cintura, apretándole las nalgas, como si quisiera aprendérsela de memoria, aprisionarla,

menos, nada más de acordarme se me pone todo tieso, chales, pinche Marcela, eres una

no dejarla escapar nunca. Sintió un ligero estremecimiento que le sacudió todo el cuerpo.

bueno, para qué te digo, estás super mami, jeje, riquísima, como para chuparse los dedos.

En sus ojos había un brillo extraño. ¿Era llanto? Si era así ¿se le habían humedecido los ojos debido a la alegría que sentía? ¿Estaba triste? Aún no lo había decidido.

Salió de la oficina y se dirigió al estacionamiento. Hacía frío. Extrajo un pequeño estuche color rosa de su bolso. Acarició los bordes de la inicial grabada: M3. Marcela Mernaus Marquís. M3. Abrió el estuche y se miró al espejo. Se encontró cansada. «Tengo cara de estrés», pensó y se alisó el cabello. Se maquilló un poco. Sonrió, y su sonrisa se transformó de inmediato en una mueca indescifrable. Presionó un botón perfectamente disimulado en el estuche. Se abrió un minúsculo compartimiento secreto. Dentro había un fino polvo blanco. Lo tomó con una de sus uñas (era bello el contraste entre el rojo brillante de sus uñas y el aura blanquecina del polvillo). Lo aspiró. La humedad de sus ojos se intensificó. Tosió. Instantes después percibió cómo su rostro se iba entumeciendo. Extrajo de su bolso las llaves de su auto. Presionó el botón que desactivaba la alarma y al mismo tiempo abría las puertas. Las luces del auto se encendieron un instante.

Marcela sonrió al saberse enamorada.

Bip-bip.

miércoles, enero 31, 2007

Feliz...




....cumpleaños ¡A mí!

(por cierto, toda esta serie de fotos [salvo la de los globitos] proviene de uno de los pocos no-lugares que todavía quedan por ahí: la fantasía surrealista de Edward James, en Xilitla, SLP).

____________________

Pinche Slavoj, lo vino a decir hasta ahora... jajajaj...

"Concibo la noción de lo político en un sentido muy amplio. Algo que depende de un fundamento ideológico, de una elección, algo que no es simplemente la consecuencia de un instinto racional. En este sentido, sostengo que nuestras creencias privadas, en el modo en que nos comportamos sexualmente o en lo que sea, son políticas, porque es siempre el proceso de elecciones ideológicas y nunca es simplemente naturaleza. En este sentido diría que la cultura popular es eminentemente política, y me interesa justamente por eso. Si usted mira los grandes filmes de Hollywood, en un principio parecerían ser absolutamente apolíticos, pero en la trilogía Matrix está absolutamente claro que bajo la excusa de un entretenimiento se apunta a los más profundos temas políticos. Matrix es una especie de metáfora gigante de cómo estamos controlados por un anónimo poder. Estoy cada vez más interesando en la manera en que hasta el más ínfimo divertimento despliega un mensaje que es siempre utópico. El mensaje verdadero, por lo menos en cierta lectura marginal, es que sólo en condiciones de una inminente catástrofe se puede concebir una especie de nueva solidaridad, en la que todas las luchas son olvidadas y todos pugnan por ayudar al prójimo. El mensaje de todos estos filmes es muy perverso: nuestra sociedad está tan dispersa en la competencia que necesitamos una gran catástrofe para lograr imaginar una nueva forma de solidaridad y cooperación".

martes, enero 30, 2007

Sospecha



La sospecha de que existen otras vías, otros accesos, siempre ha estado ahí. Indistinguible, como siempre. Inenarrable, como nunca. Pero omnipresente, sin duda. Basta pensar en esa sensación a nivel de las vísceras, a partir de la que sólo queda decir que frente a uno hay una puerta de entrada que se abre sólo para dar paso a un abismo, y que el inevitable salto no es sino el modo de entrar en algo que no se sabe bien qué es, y que invita a pesar de que resulta aterrador.

¿Te suena familiar?

[a quién le preguntas, imbécil. A mí. ¿A mí? No, a mí. Ah, Ok.]

lunes, enero 29, 2007

Esto no es una escalera

Una escalera,

el vértigo

la (deliciosa, inquientante, invitante)

caída

lunes, enero 22, 2007

Una mano

lunes, diciembre 11, 2006

Sí...

...las Chivas son campenas. Pero el Atlas es, sin duda, una condición necesaria del futbol mexicano. He dicho.

viernes, noviembre 17, 2006

miércoles, noviembre 01, 2006

Feliz

cumpleaños

lunes, octubre 30, 2006

El ensayista escribe y le crece la nariz

Escribo, como siempre, para contradecirme. Despotrico contra la Literatura, como siempre. Y por Literatura (así, con mayúscula) entiendo todo aquello que es pensable y, por ende, con posibilidad de ser (d)escrito. ¿Para qué? ¿Por qué? Me parece que la única forma de otorgarle la pureza a cualquier cosa es, desde luego, pudriéndola. Estoy convencido de que la única vía para llegar al fondo de algo radica en la destrucción total. ¿Cuál es la forma que adquiere lo anterior? Supongamos un cuento. Cualquiera. Supongamos además que dicho cuento se estructura alrededor de un vacío, cuyo eje no es precisamente el de la lógica occidental, sino su excentro implica que el desenlace del relato conlleva a una especie de bucle temporal, que no preexiste a sus efectos, sino que es retroactivamente postulado por éstos. Podría decirse que es a través de sus ecos dentro de la estructura significante que el final se convierte en lo que siempre-ya era. Ello implica, un posicionamiento ético con respecto a toda narración: pensemos que todo enfoque directo, constituido por la lógica narrativa del antes y el después, del inicio, nudo y desenlace, falla necesariamente si se trata de aprehenderlo de modo directo, sin tener en cuenta sus efectos posteriores. Al hacerlo de ese modo, al recurrir a la Literatura (como hacen esos pendejetes que se asumen como generación del Crak), nos quedaríamos atrapados dentro de la lógica tradicional del ejercicio literario, inmersos en el más puro factum brutum sin sentido.


PD.

Por eso es que tiene mucho sentido volver a postear esto:

__________-

Diálogo a una sola voz

Hay quienes creen que leer a Cervantes [ponga usted aquí el nombre de su Escritor favorito] es una condición necesaria e ineludible para tener acceso a la Literatura. Autor imprescindibilísimo, le dicen, adoptando una pose de autosuficiencia erudita mientras citan —de memoria— algún pasaje oscuro de “La llegada a Barcelona” o de “La Cabeza encantada”. Yo al único Cervantes que conozco es al que religiosamente vendía tacos de birria todas las mañanas en la plaza de mi barrio [hasta que le destazaron el voluminoso vientre por un misterioso lío de faldas]. Dicen que tenía el hígado del tamaño de su inseparable botella de mezcal. Su vida sí que era literatura de la buena. Literatura o literatura, he ahí el dilema. Cuántos prejuicios pueden ocultarse detrás de una simple mayúscula ¿no? Habría, pues, que agarrar a martillazos a esa gran “L” hasta resquebrajarle los cimientos, adelgazarla hasta que quede en el anoréxico y precario equilibrio de una “l” que a duras penas se sostiene. Desdivinizar la Literatura implicaría hacer estallar el Olimpo literario al que sólo los Escritores pueden entrar por derecho propio [¿por derecho propio?]. ¿Por qué no convertirse, pues, en escritores así, con minúscula, [patos] terroristas que le tiran a las grandes letras [escopetas] sostenidas por una sociedad mafiosa de Escritores que no se han enterado de su propia muerte? Ese día la Literatura habrá dejado de ser tal. Ese día vivirá la literatura.

Es muy probable que nunca publique nada de esto en ningún lado [salvo en mi blog] y sólo pueda dialogar a una sola voz… conmigo. No importa. Yo no quiero ser Escritor. Es más, no quiero ser nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, sólo quiero escribir, es decir, adoptar una especie de “nomadismo de la reflexión”, como llama Lapierre a esa necesidad de enfrentarse siempre al bloque macizo de lo conocido, al mito de la Razón [en este caso literaria], rompiéndose los dientes si es preciso. Un nomadismo tal que implica proceder a saltos, desarrollando una idea por aquí y otra por allá, revolcándola, tanteándola, olvidándola por un rato para luego retomarla si nos apetece. ¿Por qué no hacer un cuento a modo de disertación filosófica o presentar una disertación filosófica escrita en tono de novela light? Quizá habría que hacer de toda literatura un ensayo [literario], atravesando las fronteras de cualquier género. De este modo, no resultaría difícil encontrar en algún verso de raíz poética las claves para pensar el papel del escritor y al mismo tiempo impensar la Literatura: “el poeta [el escritor] hurga en su corazón/como quien busca pan en la basura —dice Luis Chaves—/ la poesía [la literatura] moja el colchón/ y en las páginas del diccionario/ de la real academia/ escribe el teléfono de la esposa/ de su mejor amigo”. ¿Captas? Así, más que puntos de llegada [más que textos encerrados en sí mismos], habría que establecer «campamentos provisionales», abiertos, que inviten a la ludicidad, sí, pero también a la (auto)crítica [intertextual]. Más que al autor —como sugería Barthes—, habría que dar muerte al Escritor. La Literatura agoniza; el tiro de gracia habrá de dispararlo el escritor. Pero como el buen desencantado y apático que soy, estoy casi seguro que hasta la acción más subversiva tiende a reificar los órdenes establecidos. Ante ello, como siempre, surge la bendita duda: ¿acaso todo lo anterior no es más que el reverso de una patética súplica en la que quien esto escribe implora ser reconocido como un Escritor? ¿Acaso el rechazo de todo aquello que representa la Literatura no es sino la más pura literalidad de la metáfora que involucra al ardor que mató al quemado? Quizá. Quién sabe. Lo que es cierto es que [solo] sólo escribo para contradecirme y, cuando escribo, me crece la nariz.



miércoles, octubre 18, 2006

Nieblas

En un vistoso comentario dejado al calce de uno de estos textos, una amable lectora me incita a que publique un libro. Durante el último par de años he pensado mucho en ello. Desde luego, el campo profesional en el que me desenvuelvo me obliga a estar publicando constantemente. Aunque las cosas que publico no están, ni por equivocación, relacionadas con la literatura (en oposición a lo académico). Sin embargo, no puedo negar que la idea me atrae sobremanera (me refiero a publicar un libro no necesariamente académico). Y la rumio y la mastico y le doy vueltas una y otra vez. Y siempre llego a la misma conclusión: ¿para qué? ¿Para ser leído? Tal vez. Pero luego pienso que difícilmente cualquier libro que publique será abierto por 9 mil personas distintas, como sí ha ocurrido con el blog. ¿Por un viejo romance con lo impreso? Probablemente. Pero lo impreso, qua materia, es finito, se acaba y pronto. Los bits ni siquiera tienen existencia en el ámbito real. Prevalecen. Ergo, tampoco es por tener el libro impreso. Sólo queda el ego, la terrible vanidad y la más profunda autocomplacencia. En este sentido, publicar un libro ¿no sería el equivalente de un narcisismo extremo, a un onanismo brutal, a la perversión misma de la publicidad (en su acepción relativa al espacio público) mediante un acto eminentemente privado? Más de alguna vez he insistido aquí en la necesidad de destruir la literatura desde la literatura misma. Si publico algún libro alguna vez, será con ese fin. Por lo pronto, este blog me es suficiente.

Hinspiradora, la niebla que se cierne sobre la ciudad.

sábado, octubre 14, 2006

Llave.

Nada más propiciatorio que una llave. Recorrer un pasillo repleto de puertas. Solicitar una llave, dar una llave, recibir una llave. La conexión es más que lógica: pasillo; llave; puerta; apertura (¿pero a qué o para qué?). Lejos del psicologismo facilista, la llave como objeto cotidiano, usualmente metal de bolsillo, pero que cuenta con una resonancia simbólica fundamental. Lo que esto nos deja en claro es que la mejor estrategia para ocultar algo radica en hacerlo evidente, en mostrarlo a todas luces y a los cinco vientos. La llave siempre ha estado ahí; sólo es preciso atreverse a usarla. En este sentido, los ecos de una llave resuenan en planos inaudibles. Una llave: medio de acceso, ostentación del poder y del control. Varias llaves: la definición misma de la divinidad (San Pedro, etc.). Cruzar el umbral de la mano de una llave (o con la llave en la mano). El papel y la importancia de toda llave quedan claros. Hasta que insertamos el pequeño adminículo en la cerradura y damos vuelta. Es entonces cuando se suscita toda clase de problemas (al intentar definir/entender aquello que se abre) y preferimos[1] retornar a la llave, hacerla objeto de nuestra reflexión, desentenderlos de lo otro, de lo verdaderamente importante, y pensamos en que no hay nada más propiciatorio que una llave.[2]



[1] No hay que confundirse. Hablo en plural pero no me refiero al género humano, sino a mí y a estos otros que también soy yo.

[2] ¿Ves cómo una vez más el círculo, etc.?

miércoles, octubre 04, 2006

Memoria (me-morìa)

Abrir un cajón (pero abrir un cajón no es sino otro nombre, otro eufemismo para la nostalgia) y descubrirte ahí, toda imagen y semejanza, con el cabello húmedo y los ojos matutinos, destilando algo como luz o miel, aniquilando el olvido (pero magnificando al mismo tiempo tus silencios), desplazándote por la memoria con la inmovilidad del instante atrapado entre simulacros de plata y gelatina, que me mira desde el fondo del cajón, pero sin mirarme, porque soy yo el que al verte imagina tu mirada (una vez mas comienzo a hablarte, a hablarle a tu imagen que es más bien como establecer un diálogo con el recuerdo, y que es más bien como conversar, en última instancia, conmigo; algo como un histérico monólogo a dos voces, la locura que le dicen), como si pudieras verme desde esa habitación en donde estás como recién salida de la ducha y frunciendo el ceño, con esos ojos bellísimos que traspasan y tienden un puente (imaginario, una vez más) entre esto que soy yo y que te piensa y te escribe, con tu flor, y con tu imagen y tu vestido negro y tu silueta que se dibuja tan bien, es decir, te hablo de esto que bien pudiera llamarse deseo, pero que es algo más que el deseo puro, y que es menos que el puro deseo. Y caigo en la cuenta de que todo esto que te digo (y que me digo) es como si, como si, como si ¿qué? Abro un cajón, ergo ¿existes? Sí, pero todo esto es tal vez una especie de sustitución, un intento de llenar el vacío de tanta ausencia y tanto silencio con esto que no sé si nombrar como un recuerdo, como el mecanismo que detona un recuerdo, como la oquedad constitutiva, la que no es sino la fantasía de alguien que abre un cajón con la esperanza de, con la esperanza de, con la esperanza (a secas), con la esperanza de ¿qué? Ni hablar (esperanza = flatus vocis).

sábado, septiembre 30, 2006

Círculo (circulo)

El círculo es una figura que me persigue últimamente. Todo se me presenta en las formas circulares más variadas (como si hubiese otras además de grandes y pequeñas, con líneas perimetrales gordas o flacas): desde la mancha pardusca que deja el café caliente sobre mi escritorio, hasta la vuelta al punto de partida y el ciclo que termina y comienza una vez más, casi infinitamente. Hay en ello una extraña mixtura de déjà vu y eterno retorno, de volantín vertiginoso, de paramnesia y reconciliación, de piedra arrojada al centro de un tranquilísimo lago. Es innegable que giro las mismas llaves y abro las mismas puertas, camino por los mismos pasillos y me encuentro con los mismos rostros de siempre. Esclavo de este patético círculo, pero ahora girando desde otro eje, desde un desplazamiento mínimo pero significativo, desde una visión paralática (otra de las obsesiones que me acosan). Antes sospechaba que qua bípedos implumes dejábamos un rastro etéreo conforme íbamos muriendo, un rastro que dibujaba figuras caóticas y azarosas (el azar, flatus vocis) a la manera de las babosas en el cemento. Ahora lo dudo. Y me asusta un poco que, tomando cierta distancia, tales figuras adquieran una clarísima forma circular, cíclica, de engranaje donde todo calza y todo está ya visto y dicho. El dilema no radica en ser o no ser. Postularlo así no es más que una payasada literaria glorificada. ¿Será que el verdadero dilema se sitúa precisamente entre aceptar y no aceptar esta maldita circularidad?

miércoles, septiembre 27, 2006

Volver

Es cierto: la vuelta es la ida en más de un sentido, y viceversa. Caminar tanto para llegar al mismo punto. Desde luego, llegar convertido en otra cosa, en algo diferente de aquello que se fue hace casi una década, quién sabe si más o menos, pero diferente. Escribo, sí, pero ahora desde este otro lado, con todas estas otras cosas, y todo esto es aparentemente críptico y sin sentido. Pero precisamente por ello es tan ilustrativo de lo que está pasando aquí; de por qué; de cuándo, etc. Regreso a la escritura compulsiva (y no sólo a la escritura compulsiva), y me aferro a ella como un ancla, como un punto fijo en esta rueda hamsteriana e infinita que es la ida la vuelta la ida la vuelta, como para sentir que a pesar del largo trayecto, de la circularidad de perro persiguiéndose la cola, soy el mismo y al mismo tiempo alguien distinto. La ida es la vuelta, sí, pero el lugar de retorno no es igual. Ahora, de este otro lado, el pasto es quizá un poco más verde, y el llanto de la chica de ayer así me lo confirma. Y el mundo es así, pero no es así, y etc. Devoré letras los últimos veinticinco años. ¿Será ya el tiempo de vomitarlas?

martes, septiembre 26, 2006

Nostalgia

La nostalgia como fundamento ontológico alude a una sospecha ineludible de estar siempre en el lugar incorrecto, a la hora imprecisa. En vivir a destiempo. Evoca un pasado distante o un futuro lejano, pero nunca se sitúa en presente. Detrás de todo ello se extiende una sed de excentramiento, una búsqueda infructuosa (zas, con la palabrita) de esa perspectiva panóptica que permita ver el instante en que uno va cayendo en el pozo infinito que es, también, uno mismo. Juego de espejos, mirada paralática, oblicua, que alude a un ligero desplazamiento. Reconocimiento del vacío constitutivo alrededor del cual se forja el ser y, que por ende, produce sujetos escindidos, huecos, que a diferencia de lo que canta el poeta, deshacen el camino al andar. Pareciera que hay un destino fatal, una aceptación tácita de lo que le acontece a quien es atravesado por dicha nostalgia. Pero no, hay más bien una elección, la adopción de una postura, una decisión que en lugar de señalar: “así fue”, aduce: “así lo quise”, y postula al mismo tiempo la búsqueda (de algo que no se sabe bien qué es) como una marca identitaria (qué lenguaje, qué impudor).

jueves, septiembre 21, 2006

Sí.

Pronto de vuelta...

lunes, septiembre 04, 2006

BANG

martes, agosto 22, 2006

Nada

Nada. Nada. Nada. Reiteración de una palabra. Inútil. Desesperantemente inútil. Recorrer este camino como si fuera la primera vez. Dejar que las letras fluyan. Que caigan como lluvia. Letras. Lluvia. Qué estupidez. Habrá que irse de aquí. Abandonarlo todo, dejarlo atrás a que el rencor lo pudra lentamente. Encontrar un sitio seguro donde sea posible recoger los pedazos y rearmarse de la mejor manera. A relamerse las heridas como un maldito perro. Mejor aún: abandonarse. Deshacerse de todo aquello que aparentaba ser importante, y meter en una maleta todo este conocimiento que no sirve para nada, nada, nada. Alejarse. Tomar distancia. Pero ¿cómo distanciarse de la propia e insistente sombra que persiste en permanecer justito aquí, al lado mío? Explorar otros cauces ¿valdrá la pena? Hace mucho que dejé de permitir que todo ideal me fuera significativo. Ahora sé que estuve en lo correcto. Justo ahora que aposté equivocadamente y perdí. Exacto. Hacer de la suma de derrotas una victoria. La victoria consiste en salir derrotado una y otra vez. Una. Y otra vez.

jueves, agosto 10, 2006

4

Cuatro años ya, Chatita. Y te seguimos extrañando tanto... Nos haces tanta falta...

lunes, julio 10, 2006

Welcome to postméxico

Uno de los primeros actos de gobierno de Vicente Fox consistió en modificar el logotipo de la Presidencia de la República. De un día para otro, por decreto presidencial, la archi-reconocida aguilitaparadasobreunnopaldevorandounaserpiente quedó demediada, partida por la mitad gracias a una discreta guillotina tricolor, dejando visible sólo la parte más septentrional de la citada imagen. En su tiempo, este dislate blanquiazul provocó malestar entre algunos sectores de corte patriotero en varias regiones del país. Vaya, hasta los intelectualillos que fungen como parásitos de Televisazteca protestaron durante varias semanas. Pero como suele suceder en nuestro [hoy más azul y bendito que nunca] postméxico, pronto se nos olvidó el asunto. Con el tiempo, esta construcción simbólica se coló en el imaginario nacional, y nos acostumbramos a ver el aguilita mocha por todas partes: en la tele, en los diarios, en los libros, en los programas y planes de gobierno, etc. Así hasta el cuasifinal del primer bluesexenio. Hasta aquí, el asunto carecería de importancia [salvo para los pocos patrioteros que aún pululan por ahí] si no fuera por las resonancias simbólicas que tiene ese primer acto de Fox.

En primer lugar, el rediseño de imagen que operó el equipo publicitario de Fox Inc. sobre el logotipo de la Presidencia no sólo alude a una cuestión estética. Detrás de ello subyace una profunda dimensión ética. Y por ende, política. Pensemos que la dichosa aguilita no sólo es un simple sello, sino que funge como un eje aglutinante de la mexicanidad, como el mismo gesto fundacional de nuestra nación. De modo que la estrategia mediática del primer presidente de alternancia debe ser leída en ese nivel ontológico, es decir, como un nuevo gesto fundacional, como la emergencia de un nuevo país (obviamente, postméxico). Esto fue dicho muchísimas veces por Fox. Pero el brillo de lo aparentemente nuevo nos segó/cegó, evitando que captáramos en su verdadera dimensión las palabras del presichente. Así, el corte efectuado sobre el águila no fue, pues, sino un anuncio que no supimos o no quisimos interpretar en su momento, cuya intención principal consistía en prepararnos para lo que estaría por venir en las elecciones del 2006. En otras palabras, la eliminación de la parte austral del signo definitorio del preméxico tiene una relación estrictamente homóloga con la profunda división que han dejado los recientes comicios. Basta mirar cualquier mapa que muestre la distribución del voto para darse cuenta de ello. Al igual que con el sello presidencial, la facción que quedó pintada di blue será la única que adquirirá visibilidad e importancia por lo menos durante los primeros años del próximo sexenio. Veremos que sucede por ahí del 2008. En fin, si el neoconservadurismo mexicano es coherente consigo mismo, el mensaje inicial de Fox, y su necia insistencia en la necesidad de continuar sobre el mismo caballo ¿sugiere en consecuencia que el destino de la sección amarilla (del país, no la telefónica) será igual que el de las patitas del águila? Vaya bestiario el nuestro.

Ja.


PD.

Cuando vivía en Tijuana me jactaba de tener la frontera a unos cuantos pasos. Nomás me sentía deprimido y me iba de compras al extranjero. O ya de perdis, invitaba al Monsiváis a tomar un capuchino Venti al Starbucks con los compitas de Hillcrest. Ja. Luego de las elecciones me doy cuenta que estaba equivocado. El mapa que muestra la distribución del voto señala, también, hasta dónde llegan ahora los yunaites, y desde dónde comienza Centroamérica. Chale, la pinche movilidad de las fronteras me trae loco.

PD2.

Insisto. Todo intento de impugnar las elecciones será un esfuerzo inútil. El TRIfe no se arriesgará jamás a deslegitimar al árbitro de la contienda. Habrá que olvidarse de ello. Lo más sensato radica en organizarse, en irse preparando para el 2010 ¿Captas? Si es así ¿de qué lado estarás cuando todo comience?

jueves, julio 06, 2006

¡No!


¡No! Y el mío es un no rotundo frente al oscurantismo inquisitorial que se cierne sobre nosotros (mexicanos en general, y zapopanos jaliscienses en particular). ¡No! Yo no voté por Calderón porque considero que tenerlo a él como gobernante es lo peor que le puede pasar al país. ¡No! Mi voto tampoco fue para López porque no creo que una izquierda anquilosada y prehistórica pueda sacar a México del pozo en el que está sumergido. Mi idea de proyecto de nación no tiene qué ver ni con el PAN ni con el PRD (mucho menos con el PRI o el PANAL, ¡asco!). Y sin embargo...
¡No! Nunca he deseado tanto equivocarme, pero tengo la terrible certeza de que nos espera uno de los peores sexenios de nuestra historia. Desde luego que ante la indignación que me provoca lo que acontece en la arena política nacional se imponen las lógicas inmediatas de la protesta, por un lado, y de la apatía y el desentendimiento, por el otro.[1] Pero ojo: recordemos que tanto la pasividad más profunda como la acción más subversiva tienden a reificar el orden instituido. El único resultado posible de toda rebeldía no es sino la legitimación última del pseudotriunfo panista. En este sentido, lo importante no radica en posicionarse a toda costa en contra del sistema. La verdadera protesta consiste en situarse del lado de la más pura ortodoxia, en adoptar de manera radical y hasta el límite los más enraizados preceptos blanquiazules de crucifijo y sotana. Más que un sano repliegue hacia la estabilización de la esfera privada, se precisa acercarse histéricamente al mismísimo núcleo de lo público, penetrarlo hasta el hueso hasta sorber la médula ultraconservadora. Habría, pues, que enrolarse en las filas del PAN, y adoptar como bandera cada uno de sus mandatos, cumplirlos sin rechistar, hasta convertirse en un ser más panista que Sandoval Iñiguez. Y si los contactos lo permiten, habría que llegar hasta el fondo y entrometerse en El Yunque, plagarlo con nuestra presencia, seguir al pie de la letra cada dictado y cumplir con el deber que se nos imponga. ¿Libertad de pensar y elegir? ¿Para qué? Es mejor vivir feliz y contentillo, contemplando estúpidamente una bandera azul con lindos terminados fascistas en las esquinas.

Alcemos todos la mano derecha y saludemos al [bendito] triunfador. Hail, Felipe.


(¡No!)



[1] Dentro de estas categorías está incluida, también, la movilización social virtual, es decir, aquella que nos interpela a enviar cadenas y cadenas de correos sin destinatario, en donde el botón de “enviar” y el “mouse” adquieren el mismo estatus ontólogico que el fusil y las cananas revolucionarias. Puag.

lunes, julio 03, 2006

Al averno

Sí. Directito al averno. Este país se está yendo al caño aceleradamente. ¿Seré un tipo inteligente como las ratas que abandonan la nave, o me comportaré como un vil estúpido con aires capitanescos que no huye sino hasta que todo pasajero ha sido rescatado? ¿Será ya el tiempo de hacer las maletas y partir a cualquier lugar de extranjia o quedarse a recoger los restos de lo que quede de este postméxico? La indecibilidad, como siempre...