miércoles, febrero 25, 2009

III

Desanudé el pañuelo. Querías verme. Yo deseaba tanto verte a los ojos, así, como nunca antes te había contemplado. Una década atrás, siendo casi unos niños, habíamos intentado jugar a esta locura. Cualquier lugar nos parecía adecuado para explorar las dimensiones del abismo: un estacionamiento, alguna habitación, una cochera, la noche. Pero hoy, adultos, con media vida recorrida, recién nos descubríamos. Y todo volvía a ser como una primera vez. La cama estaba ya deshecha y tú y yo aún no habíamos hecho el amor. Recostados los dos, desnudos, bastó un leve giro para que tu espalda quedara frente a mí. Te acaricié suavemente: primero tus rizos, tu cuello, tus hombros. Ansiaba sentir el calor de tu cuerpo desnudo, y que tú intuyeras mi presencia detrás de ti. Cada vez más cerca. El deseo se hacía cada vez más fuerte y profundo. Te besé en el cuello, y fui bajando por tu hombro. Mi respiración tibia te enchinaba la piel. Mis manos se aferraban a tu cintura, para atraerte hacia mí. Hacía tanto tiempo que había buscado encontrarte, y hoy te tenía en mi cama, toda tú, deliciosa, suave, abierta, completa. Sin pensarlo, mi mano buscó una de tus piernas, y la acarició: primero el tobillo, la pantorrilla, el muslo. El tacto era delicioso, y cada caricia sobre tu piel era como un paradójico déjà vu.   Lentamente, sin dejar de besarte en el cuello y en las mejillas, seguí subiendo. Busqué tu vientre, apenas un ligero roce, un breve encuentro con tu púbis, sólo una pequeña escala por el destino final. Me dirigí hacia tu pecho. Ansiaba acariciarte toda. Mi mano era un autómata. Despacio, muy despacio, mis dedos se enredaron en tu pezón, y de tu boca salió un gemido apenas audible. Tu respiración era agitada. Te inclinaste hacia el frente. Me deseabas. Buscabas sentirme más cerca. Tus manos, hasta entonces quietas, se aferraron a mis piernas. Ese era el orden natural de las cosas y ambos lo sabíamos. Yo necesitaba, cada vez más, estar dentro de ti.  

viernes, febrero 20, 2009

II

…Poco a poco nuestros pasos, torpes, nos condujeron hasta el borde de la cama. Tú semidesnuda. Yo incipiente voyeur de ti. Lentamente eliminé de tu cuerpo los últimos rastros de vestimenta. Sólo quedaba el pañuelo alrededor de tus ojos, y nada más. Te recostaste despacio. Yo permanecí unos instantes de pie, contemplándote. Buscaba memorizar los perfiles de tu cuerpo dibujándose sobre las sábanas. Y todo era como un retorno, el regreso de algo intangible, la vuelta a al punto de partida, una cálida bienvenida. “Ven”, me dijiste. Tanta soledad y tanta desnudez en aquél colchón no era posible. Me deshice de mis ropas, sin dejar de mirarte. Me coloqué a un costado tuyo. Tomé una de tus manos. La besé. Besé tus dedos, tu palma. Fui subiendo, recorriendo tu brazo hasta llegar al hombro. Tú suspirabas. Con cada beso yo estaba más cerca: el hombro, el cuello, la mejilla, los labios. Tus manos acariciaban mi espalda mientras me regalabas un beso profundo, tibio, húmedo. Giré un poco para recostarme sobre ti. Te besé en los ojos, en la nariz, en la barbilla. Fui bajando poco a poco hasta llegar a tu pecho. Mis dedos, casi autónomos, insistían en uno de tus pezones, casi como una guía, como un faro que le indicaba la ruta correcta a mis labios. Te besé lentamente. Despacio, saboreando cada centímetro de piel. Luego mis manos bajaron por tu cuerpo, deteniéndose por siglos en tus muslos. Me sentías cada vez más cerca. Mis labios insistían en recorrerte toda, y fui deslizándome por tu vientre. Casi por instinto, tus manos se aferraron a mi cabello, al mismo tiempo en que tu espalda se arqueaba, permitiéndote recorrer ligeramente tus caderas, apenas un palmo, hacia adelante. Yo seguí el descenso por tu cuerpo, muy lento. Besé tu ombligo. Una vez. Otra. Busqué tu mirada, pero tú habías echado la cabeza hacia atrás. Sin pensarlo, al sentir mi rostro cerca, separaste tus piernas un poco más. Tú respiración se hacía cada vez más agitada. Sentías mis manos sobre tu vientre, apretando tu cintura, acercándote hacia mí. Finalmente, mis labios se habían encontrado con los tuyos, con esos otros, tan únicos capaces de regalarme un beso tibio y perpendicular…

miércoles, febrero 18, 2009

I

Estarás de pie bajo el marco de la puerta. Lo primero que llamará tu atención será la reproducción de un cuadro de Kandinsky, que cuelga en la pared de enfrente. Recorrerás con la mirada la habitación de cinco por cuatro. No habrá paredes que detengan tu recorrido. A tu derecha estarán dos escritorios atestados de libros, hojas sueltas, anotaciones, bocetos, botellas de vino vacías, velas, máscaras, diarios, discos, y un universo innumerable de objetos caóticamente dispersos. Siguiendo con la exploración visual te encontrarás, en el piso más libros, apilados en torres increíblemente estables. Verás un par de viejas guitarras  en un rincón, casi como abandonadas. Te encontrarás con otro escritorio en donde una computadora desentona con la atmósfera del sitio.  Tu mirada seguirá su viaje de inspección y te darás cuenta que las paredes están llenas de hojas sueltas, recortes, dibujos, anotaciones, grietas, y una hermosa litografía de Chagall. Habrá un pequeño librero, más libros, más botellas vacías, un par de sillas, más caos. Finalmente, en el extremo izquierdo de la estancia, descubrirás una cama baja, amplia, situada frente al closet que ocupa casi todo el muro. Sonreirás un poco, casi como un reflejo, al descubrir que las puertas del armario son dos grandes espejos que duplican la cama. La trayectoria visual terminará por encontrarse conmigo. Tomaré tu mano y te invitaré a entrar. Se producirá un ligero estremecimiento, entre ambos, algo como una descarga eléctrica terriblemente placentera recorriendo la columna vertebral. Y culparemos al frío, porque ya somos adultos, y nos sentimos incapaces de aceptar que a esta edad, que después de tanto tiempo y tantas cosas, todavía, increíble y maravillosamente, somos unos críos…

                Cerraré la puerta. Y esto sellará de algún modo una especie de pacto tácito. Nos miraremos a los ojos y sin hablar nos diremos que el cierre de esa puerta implicará, también, la clausura de un círculo, el cruzamiento de un punto en el que no hay retorno. Pero entenderemos que toda clausura también es una inauguración, la apertura a nuevas posibilidades. Y sabremos que todo límite está ahí sólo para ser atravesado, y que la presencia de ambos en aquel estudio será un acto de subversión enorme, y por esto mismo, necesario y fundamental, inaplazable. Me deslizaré detrás de ti, para abrazarte, lento, para envolverte con mis brazos y acercarte a mí. Estando así, de pie, mis manos recorrerán tu vientre, indecisas entre el norte y el sur. Tú inclinarás el rostro, invitándome a besarte en el cuello. Yo percibiré tu aroma, te absorberé despacio hasta saciarme de tu olor. Sentirás  mi respiración, tibia, cerca de tu oído, y será como una anticipación de mis labios, de ese beso profundo y húmedo que más tarde se extenderá por toda la geografía de tu cuerpo. Absolutamente por todo tu cuerpo.

                Me dirás que espere. Te darás vuelta para quedar frente a mí. Te pararás de puntillas para alcanzar mi boca. Me besarás profundamente y sentirás cómo mis manos entran por debajo de tu blusa para acariciar tu espalda. Sentirás mis labios cada vez más húmedos. Del bolsillo de mi pantalón extraeré una mascada. “Ensayemos la ceguera”, sugeriré. Te reirás un poco por la alusión involuntaria a uno de los dos autores portugueses que me gustan tanto. Ataré la mascada alrededor de tus ojos. Comenzaré a desnudarte poco a poco, muy lentamente, disfrutando del descubrimiento, memorizando cada pliegue de tu cuerpo, cada claroscuro. Primero quedarás descalza, luego, apenas notarás cómo el pantalón va deslizándose hacia el piso. Destino inevitable. Te rehusarás un poco, tímida. Pero la resistencia será mínima, porque disfrutarás mis manos y mis labios recorriéndote, sin avisar, cada pequeña parte, cada rincón de tu cuerpo. Seguirás de pie, sin saber en dónde será la próxima caricia, el próximo beso. Yo estaré de pie y te besaré en los labios; me pondré en cuclillas para acariciar tus piernas, en un movimiento ascendente desde los tobillos y hasta las rodillas. Sonreirás porque tu respiración estará demasiado agitada, y sentirás cosquillas, y mis manos se deslizarán lento por cada centímetro de tu piel. Me detendré un poco en las costuras de tus bragas, indeciso. Las dejaré para el final. Te quitaré, por fin, la blusa. Me acercaré a ti para abrazarte, para sentirte así, semidesnuda. Te besaré profundo en la boca. Iré bajando por tu cuello, deteniéndome ahí donde tu respiración y tu voz me lo indiquen. Seguiré mi viaje hacia el sur. Acariciaré cada espacio, besaré cada palmo, despacio. Recordaré un viejo poema de Sabines. Quizá lo recitaré en voz baja: “…tiene los pechos dulces/y de un lugar a otro de su cuerpo hay una gran distancia/de pezón a pezón cien labios y una hora/de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas…”.  Y tus manos se enredarán en mi cabello, intentando evitar mi viaje, pero a la vez todo ello será una incitación, un mandato ineludible, la necesidad urgente de seguir, de sentir mis labios sobre tu vientre…

 

 

 

 

                

miércoles, enero 28, 2009

Quién sabe

En tanto sujetos ¿estamos estructurados como un todo homogéneo y coherente a partir de los discursos hegemónicos que le dan corporeidad a nuestra sociedad, o nos reinventamos a diario mediante las acciones performativas/ficticias que desplegamos para el armado de nuestra identidad?

lunes, enero 26, 2009

¿Será?

Yo soy yo (y mi paredro)

sábado, enero 24, 2009

No cabe duda

Escribir no es otra cosa que intentar desesperadamente, a patadas y echando espuma por la boca, alcanzar  el tejido de la trama de la vida (esfuerzo completamente inútil). 

martes, enero 13, 2009

Poder

Contrario a la creencia de que el poder es inalcanzable, es preciso aclarar que éste no está en ninguna parte y por ende está en todas. Más que un elemento sustancial, una esencia, es una relación social marcada por la historicidad, es decir, que se transforma a lo largo del tiempo. En principio alude a un entrecruzamiento de dos aspectos fundamentales: el mandato y la obediencia. Ahí donde confluyan tales elementos estaremos siempre frente a una relación de poder. El Uno manda; el Otro obedece. La historicidad del poder radica en dos procesos cruciales. Por una parte se tiene la institucionalización de un conjunto de normas, prácticas, modos legales de ser y hacer, cuya vigencia cambia entre épocas, entre sociedades. Por otra parte está la construcción de una serie de símbolos que tiende a profundizar la brecha entre lo Uno y lo Otro, alejando aparentemente el poder. Este alejamiento casi siempre es de corte autoritario. Ello en el sentido de que implanta e impone la idea de que el poder detentado por el Uno es inasequible para el Otro. Como si ese fuera el orden natural de las cosas. Hay en esto, evidentemente, un mecanismo ideológico que nos obliga a repensar tanto la capacidad que se tiene para contrarrestar el poder, como la pertinencia de una noción que se perfila como “antigua y superada” (la ideología). 

domingo, enero 04, 2009

Se hace camino a (la) Andar(es)

A Laclau le cuesta entender por qué un sitio como la Plaza Andares puede convertirse en algo tan exclusivo y clasista. Para ella, la dichosa placita no es sino una burda imitación de cualquier mall gringo, al que se asiste en “chanclas” para ir a “chacharear”. Le sorprende ver jovencitas bulímicas y anoréxicas que jamás han saboreado la delicia de una buena orden de tacos de birria (o que de haberlo hecho, la vomitan enseguida); o soccer moms de cuerpo prefabricado diseñado para [y por] el amante en turno; todas listas para la pasarela: con garritas de diseñador y con la correspondiente actitud de modelo. Y creo que tiene mucha razón. Más allá de la cuestión estética (que vale la pena), el lugar es poco menos que una pálida sombra, un centro comercial norteamericano, pero región cuatro. A lo mucho una oda a lo gabacho, estandarizada y estéril, que no tendría por qué establecer diferencias de clase ni postular exclusividades. Salvo por un pequeño detalle: que no está en Estados Unidos, sino el Guacalajara, Jalisco. Lo cual ya dice mucho. Sobre todo, de nosotros los tapatíos. Pero bueno. Desde luego, es evidente que las distinciones de las que hablo son puramente simbólicas. El espacio de la Plaza es público, y ay de aquel que se atreva a negarle la entrada a alguien. De cualquier manera, es inevitable percibir que se erigen un montón de fronteras. Desde que uno entra al estacionamiento, es posible verificar que el lugar no está diseñado para un cualquiera (como yours truly). Se encuentra uno autos cuyos rines cuestan, solitos, lo que vale mi modesto carrito. Del desfile de marcas y modelos mejor ni hablemos, porque me pongo verde. Después, cuando uno entra a una de las tiendotas principales, se hace más claro que las diferencias de clase existen. Y que nosotros, como tapatíos, las favorecemos. Baste un ejemplo: la ropa para niñas que uno se encuentra fácilmente en Zapotlanejo, a precio de ganga,  en Liverpool o en El Palacio de Hierro cuesta hasta tres veces más. ¿Por qué no vamos a Zapotlanejo a surtir de garras a Lanaila? Porque es más cool decir que le compro su ropita en las tiendas de Andares. ¿Me explico? Así, si bien es cierto que el acceso a este lugar es irrestricto, la oferta tiende a configurar la demanda, a dotar de un perfil bien definido al consumidor al que está dirigido el sitio. Insisto, no es para cualquiera. O por lo menos no para un cualquiera como yomerito. En este sentido, no me cabe duda que la dichosa placita se convertirá (o a lo mejor ya es) en el lugar. En la onda. Supongo que cuando esté ocupada al cien por ciento será posible constatar lo anterior. Hoy todavía hay muchos locales vacíos, con promesas de próximas aperturas. Será cuestión de esperar y ver cómo poco a poco se norteamericaniza aún más la zona. De cualquier manera, me surge una duda. Bueno, dos. La primera tiene qué ver con el balance entre oferta y demanda. ¿En realidad la ciudad (o los habitantes del área donde está Andares) cuentan con los recursos económicos suficientes para sostener a los comercios establecidos? Intenté hacer cuentas, y calcular cuánto tiene qué gastar alguien para que un locatario pueda pagar la renta del local en un espacio tan exclusivo, y aparte obtener ganancias, pero ante las cifras astronómicas que me salieron, preferí desistir (porque la verdad sea dicha, todavía no soy completamente cínico y me dio harta indignación pensar que en la zona norte de Zapopan hay gente que no tiene ni para comer). Y la segunda pregunta se deriva de la primera. Si Andares no se convierte en un elefante blanco, y logra ser un éxito comercial, me cae que sería obligado investigar a quienes asisten y compran sus cositas ahí (por supuesto, no me refiero a la morrita clasemediera que va y se “endroga” hasta el tope para aparentar que vive bien, sino ya saben ustedes a quiénes me refiero), para ver de dónde obtienen el dinero. La explicación marxista es muy divertida (i. e. la explotación, el plusvalor, la ganancia, la propiedad de los medios de producción, etc.). Pero la respuesta escabrosa, es decir, la que tiene que ver con lavado de dinero, el narcotráfico, la trata de blancas, etc., es todavía más graciosa. Ojalá y alguna autoridad se atreviera a seguir esa pista. Segurito que por fin, darían pie con bola.  

lunes, diciembre 29, 2008

¡Feliz navidad!

¿Quiénes somos? Eso no importa. Somos nadie. O mejor dicho, somos todos: la maestra a la que le entregas a tus hijas por la mañana en la guardería; el joven al que le compras el diario los domingos; la "hija de papi" que sin matarse trabajando como tú, conduce el auto que nunca tendrás; la secretaria de tu jefe con la que coqueteas todo el tiempo;  el conserje al que saludas con amabilidad pero que en el fondo te provoca asco; el vecino solitario que acaba de ocupar la casa en renta, al lado de la tuya. ¿Ves? No importa quiénes somos, porque estamos por todas partes.  Lo que vale la pena es que conozcas lo que hacemos. Si aún no has sabido de nosotros, paciencia, ya tendrás tu oportunidad. Te lo aseguramos. ¿Por qué estamos a punto de contarte esto? Es complicado. La respuesta inmediata es: porque podemos. Puedes pensar que lo hacemos por morbo. O que en nuestras palabras se oculta una intención malsana y perversa. Pero no. Nada más alejado de la realidad. De hecho, para nosotros es todo lo contrario. Más bien, piensa que lo que vas a leer es una especie de invitación. O mejor aún, un manual de instrucciones. Primero, aún cuando lo que está escrito aquí  tiene que ver con una colectividad muy concreta, es necesario señalar que no existimos como grupo. Prácticamente no nos conocemos. El único encuentro que tenemos ocurre en este día. Nada más. Ni antes ni después. No nos  telefoneamos. No nos escribimos correos electrónicos. Simplemente nos reunimos en el lugar de siempre. Y entonces comienza todo. Seguramente te preguntarás cómo es que podemos organizarnos sin establecer casi ningún contacto. Te sorprendería saber que hay otros mecanismos, al alcance de la mano, distintos a los tradicionales. En realidad,  ponernos de acuerdo resulta bastante simple. Una vez juntos, el jefe en turno distribuye las tareas correspondientes: 1. Los que tienen más experiencia señalan en los mapas las distintas locaciones que habrán de visitarse. Esto debe estar listo antes del mediodía. Pareciera una tarea titánica, puesto que en la ciudad hay cerca de doscientos negocios que nos interesan. Pero bastan algunas llamadas para reducir la tarea. Lo que es cierto es que como cada vez somos más, y el número de establecimientos se ha incrementado en los últimos años, en ocasiones debemos dividirnos en hasta tres equipos. 2. A los que será su primera vez se les encarga que coticen, adquieran y transporten los arreglos florales hasta un punto intermedio, desde donde serán repartidas a los sitios determinados  con anterioridad (el dinero no es problema alguno, puesto que a lo largo del año cada uno hemos depositado cierta cantidad mensual en una cuenta bancaria, bajo el nombre de una empresa inexistente). Esta tarea debe completarse antes de que comience a oscurecer. 3. El resto de nosotros cumple una función sustancial: se apersona en los establecimientos, con el objetivo de generar un clima de confianza y familiaridad, para que en el momento decisivo no genere extrañeza nuestra presencia. Casi siempre vamos de dos en dos, pero nunca juntos. Una vez ahí, lo primero consiste en detectar a los principales dolientes. Esto no es difícil, puesto que en términos  generales, se aíslan, buscan un rincón solitario dónde rumiar su pena (hay que tener cuidado en no acercarse a los y las plañideras, quienes despliegan su supuesto dolor a berridos y sollozos. Ellos son peligrosos porque pueden pensar que estamos ahí para usurparlos, y son capaces de arruinar nuestra tarea. Ya nos ha pasado).  Los saludamos, les ofrecemos nuestro más sentido pésame (casi siempre con una honestidad y una sinceridad brutalmente profunda). Después de los abrazos protocolarios, nos dedicamos a socializar discretamente, hasta mimetizarnos con el entorno. Buscamos averiguar el nombre del difunto o difunta, y las causas de su muerte. 4. Cuando comienza a oscurecer, debemos prepararnos para reaccionar de inmediato a la llegada de nuestros compañeros, quienes portan los arreglos florales. Esto es fundamental, porque dadas las circunstancias, no resulta extraño que un desconocido entre en cualquier funeraria sosteniendo un ramo de flores o una corona. Prácticamente al mismo tiempo, en todos los establecimientos mortuorios señalados en los mapas por los más experimentados, ingresan nuestros compañeros. Se acercan al féretro, colocan cuidadosamente el arreglo floral correspondiente, y se retiran del lugar con la misma discreción con la que entraron. Dada la cotidianidad del asunto, y si todo transcurre con normalidad, no debe haber reacción alguna por parte de los presentes. Luego de esperar los minutos suficientes para permitir que nuestros compañeros se alejen, mediante gritos y aspavientos llenos de genuina indignidad, hacemos notar que los listones o tarjetas que acompañan a los arreglos florales recién colocados junto al féretro dicen: ¡Feliz Navidad! 5. Finalmente, es preciso tomar nota para documentar las distintas reacciones de los presentes (las cuáles recorren un abanico que se extiende entre el estupor y el odio). Por último, éstas serán presentadas y sometidas a juicio frente al pleno del grupo. En ocasiones, las discusiones se tornan acaloradas, pero siempre son productivas. Una vez analizado y agotado el tema, leemos el acta que uno de nosotros ha redactado. Si se aprueba, fijamos el lugar para la reunión próxima; nos despedimos fríamente, deseándonos suerte y esperamos vernos el año entrante. 

 

viernes, diciembre 26, 2008

El sur


¿Cómo decirlo? ¿Cómo evitar adelgazar con palabras algo que fue tan enorme y que se experimentó en plural y prácticamente con todos los [pocos] sentidos [que aún me quedan]? A veces, comenzar por el principio resulta inadecuado para dar cuenta de los hechos. Escribir: "salí de vacaciones a Mérida" es insuficiente, porque obliga a pensar en una ida y una vuelta. Intentar establecer un orden, una sucesión de eventos, es un truco que nos ofrece la Razón para darle cierta cohesión al mundo al buscar sustraer la paja y el rastrojo: todo razonamiento evoca un proceso de domesticación de la realidad, un acto de selección y eliminación que pretende hacer visible lo esencial; poner de relieve lo importante. Así, intentamos imponerle un orden al caos que fluye frente a nosotros: asumimos que ocurre A y después B; y para que tenga lugar C se requiere, casi como un mandato divino, que antes hayan sido A y B. Si no, pos no. Pero es precisamente este acto de ordenamiento y disminución el que hace flaca toda pretensión narrativa. No permite reconocer que, en muchos sentidos, la ida también constituye un regreso y viceversa. ¿Por  qué no comenzar contando que los mojitos en el café La Habana fueron como arribar a un oasis que nos rescató del calor de las dos de la tarde? ¿Por qué tendría que empezar diciendo que el punto de partida fue Cancún y el cliché del turismo gringo (o agringado)? ¿Y que en medio estaba Valladolid o Chichén Itzá? Creo que más al orden temporal, valdría la pena acudir  a los sentidos y a cómo los recuerdos los van habitando. Así, tal vez sería más adecuado decir que Mérida sabe rico.  Que la ciudad invade la mirada y se escucha y se baila por las noches, envuelta en una tibieza que adormece pero que también invita al goce.  Mérida es la pura sabrosura. Tiene el alma vieja y el corazón nuevecito.   Caminar por el Paseo Montejo (de día o de noche) da cuenta de la parte vibrante y moderna; visitar la Plaza Grande es como un ritual de evocación que seduce, una especie de nostalgia que permite deslizarse sobre la propia pátina del tiempo. Nada como una cerveza León terriblemente fría, en Los Almendros, luego de haber conducido all the way from Valladolid. Y la salsita de chile habanero omnipresente hasta en los bufetes. Qué risa. No sabían que éramos tapatíos/tijuanenses, y que como tales, necesitamos molcajetes llenos y no los minúsculos trastecitos en los que nos lo servían. Cada vez que pedíamos un refill de la salsera, el mesero en turno nos miraba entre sorprendido y divertido. No se explicaba cómo podíamos habernos acabado todo el contenido chilesco en un taquito. 

Cuando uno piensa en Valladolid, casi por antonomasia se remite a Morelia. Pero hay otro Valladolid, una pequeñita ciudad heroica, tranquila y relajada; yucatana. Qué placer. Valió la pena haber "tocado de oido" la ruta. Así nos pudimos desviar a este lugar sin mayores dificultades. Fue una escala inesperada, no planeada, pero al final de cuentas, resultó una joya. Desde la calidez del personal de El Mesón del Marqués (y su restaurante increíblemente delicioso), hasta la arquitectura de la Catedral de San Gervasio, y el espeluznante monaguillo de cera que lo recibe a uno a la entrada; Valladolid invita al retorno. Dejar Guadalajara en medio de un brutal frente frío, para que un par de horas después Cancún nos recibiera con un calorcito  de esos de los que se sienten cuando uno se desliza por el escote de la mujer amada… no tiene precio . A diferencia de Laclau (y aparentemente, a diferencia de Lanaila también), no soy un tipo al no le atrae el mar o la playa. Me da harta flojera asolearme; meterme en el caldo de humanos que implica una alberca, uf, ni por equivocación. Y el mar, pues de lejecitos. Pero esta vez, estuvo todo tan sabroso que bueno, di mi brazo a torcer: por supuesto, no me asolee, ni nadé en una alberca, y mucho menos me metí al agua del mar. Pero cómo gocé: desde el momento en que llegamos a registrarnos al hotel y pensamos que el taxista se había equivocado (yo soy mochilero y Laclau es medio gitana, así que no estamos acostumbrados a hospedarnos en sitios rebosantes de tanto lujo), hasta el hecho de que bastase con estirar la mano para que un mesero te pusiera una cerveza o una margarita en ella. Qué delicia. Si Mérida es la pura sabrosura, Cancún es la pura bebedera. Un detalle que me pareció genial durante todo el viaje. Me refiero al servicio. Veré si me puedo explicar. En todos los lugares a los que llegamos o en los que estuvimos, el servicio fue impecable. Pero lo que más me gustó fue la distancia con la que lo atienden a uno. En otros sitios de este país casi en ruinas, hay una familiaridad que a veces raya en la hipocresía. Siempre se intenta quedar bien con el cliente. Pero en Yucatán además de eso hay algo, una especie de frontera, de barrera que delimita claramente el papel del anfitrión y el del huésped. Lo sirven a uno de manera excelente. Pero desde una cierta distancia, y con una dignidad que sobrecoge en el mejor de los sentidos. Lo hacen sentir a uno a sus anchas. Fascinante. Hay tres cosas más: la cena romántica en el Trotters, las botanas en el Eladio's, y la vuelta por Chichén Itzá. Estos recuerdos son completamente míos y no quiero gastarlos. Y por eso, me los guardo. En otros capítulos ya iré desglosando más de nuestras vivencias por aquellos caminos del extremo sur. Hoy, ya se me hizo agua la boca nomás de estarme acordando. 

jueves, diciembre 11, 2008

¿?


Y ¿cómo no voy a estar enamorado?

jueves, diciembre 04, 2008

Conversaciones

En cuanto llegó sacó dos six de la mochila. Eran Tecate. No mames. Qué asco. Pero bueno, eran chelas al fin y al cabo. Era viernes  y ya estábamos a medios chiles. Como no queriendo, le pidió una cuchara al Pantano. ¿Una cuchara? Chale, para qué quiere una cuchara esta pendeja, pensé. Me reí solo. El güey fue a la cocinita del departamento, mientras yo le decía a la morra que sacara su magia. Tenía quince años, la mocosa, pero tenía buenos dealers. Primero no quería. Usté móchese mija. Luego se la reponemos. Nel. Neta, a mí me pagan el jueves, yo te rolo de la mía cuando compre. Pues te pones manso ese día. Oh, pues, saca. Nel. Tú saca, ándale. Pero me la reponen, cabrones. A güevo. La morra y yo extendimos tres líneas rete gordas en la mesa de centro. A ella le chasqueaba la lengua. Yo ni ganas tenía, pero la magia es la magia. Cuando llegó el Pantano, destapamos la primera ronda. Para entonces ya sonaba Napalm Death a todo lo que daba. El trago uno es la neta del planeta. Te hace pensar por qué te gusta la cerveza si verdaderamente sabe a mierda. Nunca he probado la mierda, pero segurito sabe al primer trago de chela. El trago dos es como la vida. Sigue sabiendo a mierda, pero le agarras el gustito. ¿Quieren ver mi nuevo tatuaje? -nos preguntó. A mí me daba harta flojera, porque estaba rete flaquita, la pobre. Pero valiéndole madre la balacera, se quitó la blusa. Tenía algo como un sol dibujado alrededor del ombligo. Se lo había hecho el Evil. Pinche enano cabrón, ni sabe tatuar el güey. Puras tintas corrientes usa. El Pantano le enseñó la gárgola que tenía en el brazo izquierdo. Yo me levanté la camisa para mostrarle que me había perforado los pezones. La morra se quitó los tenis. Le olían medio feo las patas. Agarró la cuchara y se sirvió con cuidado un sorbito de Tecate. Luego otro. Y otro. Y otro más. No mames, qué impaciencia. Pero la morra seguía en lo suyo. Bebió a cucharadas hasta que se puso hasta la madre. Nomás una se tomó. Para no hacerla de pedo, enrollé un billetito de a 100 y cada quien se sorbió su correspondiente raya. Puag. Estaba malísima. Pura pinche aspirina. 

martes, diciembre 02, 2008

Para Navidad









Sale compitas. Ahí se cooperan para mi regalo de navidad. Total, ni que estuviera tan caro. 



domingo, noviembre 23, 2008

Conversación

Le decíamos el Chankra. Nunca supe por qué. Pero así le decíamos. Era medio gringo, el güey. Güero, de ojo azul y todo el pedo. Como que me acuerdo que tocaba chido la guitarra. Pero de todos modos me la pelaba. A veces le caía al cantón solo. Pero casi siempre iba con su morra. Linda o Lisa. Algo así, se llamaba. También estaba güerita y tenía lo justo. Era de buen ver y mejor tocar, según decía el Adrián, que también se la estaba pisando. Mientras nosotros poníamos los discos que me mandaba mi hermana de Europa, la vieja se salía al patio, y se sentaba en un rinconcito. Como que no le gustaba mucho el ruido. Sacaba una bolsita con mota y forjaba algunos joints. Luego los repartía entre todos. De cuando en cuando le daba una jalada al tabiro del Cadáver (quien era como la Paty Chapoy del underground local; se sabía todos los chismes de la raza). O a veces pedía las últimas tres. Pero casi siempre estaba silencita en su rincón.  Hasta que el Chakra se ponía bien loco y empezaba a hacerla de pedo. Me acuerdo que más de alguna vez le tuvimos que poner un putazo para que se alivianara. Ya cuando de plano estaba más necio que de costumbre, lo trepábamos a su Topaz rojo y se lo enjaretábamos a su morra. A la verga con ese güey. Yo no sabía que la morra estaba tan saica. Sí, le tiré el pedo una o dos veces. Pero nel, no amarró nunca. Pregúntenle al Anselmo, que siempre andaba conmigo para todos lados. Imagínense, en lugar de habérsela cortado al Chankra, me la hubiera arrancado a mí, la muy cabrona. Y lo peor es que lo dejó desangrarse al pobre pendejo. Yo fui días después a ver cómo había quedado el cuarto. No mames, pinche sangrerío. Dicen que el vato la perreó bien cabrón, y se arrastró por toda la casa. Andaba como siempre, hasta el queque de pasado. Quién sabe qué se había metido esa noche. O con quién se había metido. Pero los vecinos dicen que aullaba rete feo. Se le ha de haber pasado el efecto al güey, y entonces sí. A llorar se ha dicho. La neta, quién sabe qué pasaría. Yo creo que la morra le cayó en la matada, y aprovechó que el Chankra estaba tan apendejado que no podía meter ni las manos . Le despedazó la riata al pobre pinche gringo pendejo. Ni pedo. De todos modos me la pelaba tocando la lira, el güey. 

viernes, noviembre 21, 2008

Musicosas

En el principio fue la música. Acto de creación fundamental, toda arquitectura sonora se transmuta en verbo. Construye y al mismo tiempo es construida por quien la escucha, por quien la ejecuta, por aquel que la padece o la goza. Reflexividad esencial que ilumina y ensombrece; juego de espejos, letanía vital de ausencias, sonidos y silencios. Nietzsche fue quizá el primero que entendió el acto musical en su justa dimensión, al sugerir que la vida sin música era un error. De hecho, le otorgó a esta actividad un estatus cuasi divino al colocarlo entre aquellas prácticas que distinguen al ser humano del resto de los animales. Habría que llevar el argumento hasta sus últimas consecuencias, y postular que el origen de la vida misma es musical. Sin duda, una arqueología genealógica impensable encontraría que cualquier horizonte aural encuentra su punto de partida justo en el primer par de latidos. Tam tam primigenio que evoca un punto de fuga antiquísimo, cuando el primer hombre (o con seguridad, la primer mujer) golpeó dos rocas, o un madero hueco, intentando imitar aquello que sonaba dentro de su ronco pecho. Y descubrió el ritmo. Quizá después vendrían las primeras notas, guturales, emanadas de los intentos de aquella imaginaria mujer por imitar el entorno, y dotar de sentido aquello que en el futuro sería capaz de condensar y contener en sí todas las cualidades: alegría, tristeza, furia, ingenuidad, estupidez, nobleza, amor y muerte. Banda sonora del adn. Largo, caótico y reticular camino el que se ha recorrido desde aquel primer tam tam hasta hoy, donde hay tantas músicas como sujetos.  No cabe duda: si en el principio fue la música, el final tendrá que ser, también, musical. 

domingo, octubre 12, 2008

Es la estupidez ¡economistas!

Hasta hace unos días, el discurso de nuestras autoridades hacendarias en torno a la severa crisis que atraviesa prácticamente a todos los mercados financieros del orbe, giraba alrededor de sendas invitaciones a la calma. Agustín Carstens, economista, Secretario de Hacienda y —¡aguas!— prestigioso Chicago boy, insistía a diestra y siniestra que las finanzas mexicanas estaban más sanas que nunca. Si la economía estadounidense llegaba a padecer algún «catarro», aquí, en México, a lo mucho nos daría una ligera comezoncita en la nariz. Si allá les atacase una «pulmonía», aquí apenas tendrámos una molesta «moquera», pero nada más (véanse por ejemplo las optimistas declaraciones que hizo el Secretario por allá a principios de año, en el contexto de la LXX Convención Bancaria, efectuada en Acapulquito, donde citaba a Séneca y toda la cosa). Frente al inminente desastre, la ciega actitud coloradochapulinezca de los encargados de las finanzas públicas (como casi siempre, cuando de materia política se trata) indicaba: «que no panda el cúnico, todo está fríamente calculado». Pero resulta que el supuesto catarro no era tal, sino que se habían confundido los síntomas. Aquello que se pensaba una gripe común, no era sino un pandémico dengue hemorrágico: los principales mercados bursátiles comenzaron a experimentar fuertes dolores de cabeza, fiebres, vómitos, y terribles dolores. Los otros, los que no son tan principales, empezaron a sangrar fatalmente desde dentro. Así, entre el 7 y el 8 del presente mes, el pesote mexicano tuvo una devaluación de casi 30 % frente al dólar (pasó de poco más de once a mucho más de catorce pesos por cada billete verde). Zap. Pum. Crack.

                Como era de esperarse, las alarmas saltaron por todas partes. Y como en un guión escrito por Chespirito, de la noche a la mañana el peso se había desplomado, por lo que el gabinete económico tuvo que reunirse con carácter de urgente ante la agudización de la crisis, para tomar medidas emergentes. Seguramente los pasillos de las oficinas gubernamentales eran un correr desaforado de gente, gritando ¡código azul, código azul! (no es referencia partidista, sino de emergencia médica). Al final de cuentas, Carstens y Guillermo Oritz, gobernador del Banco de México, anunciaron en conferencia de prensa conjunta que se había errado (sobre todo el voluminoso Secretario) por completo en el diagnóstico. La cosa estaba que ardía. Así que fue necesario subastar una cantidad obscena de dólares (casi 9 mil millones de dólares, en lo inmediato) para contener en la medida de lo posible la caída cambiaria; se tuvo que corregir el Presupuesto de Egresos con cifras más conservadoras, acordes al brutal desmoronamiento financiero mundial; en consecuencia, la Ley de Ingresos de 2009 tendrá que reducirse en aproximadamente 50 mil millones de pesos (y quizá tenga que reducirse aún más, por el desplome del precio del barril de petróleo). No obstante, y como correlato cómico, Felipe Calderón anunció que ningún mexicano tendrá que «apretarse el cinturón». Para ello ha presentado ante el Congreso una serie de propuestas encaminadas a “…preservar la planta productiva, estimular el crecimiento económico y evitar la pérdida de empleos”. Desde luego, frente a tales palabras, no queda más que sentir un profundo temor. Ojalá y no se le ocurra decir que defenderá al peso como un perro. Eso sería, ahora sí, el empezose del acabose. Finalmente, como dato curioso: ¿no se supone que estos aspectos deberían ser ejes cruciales para el desempeño de su gobierno? Si apenas en estos días pasó esas propuestas ¿qué ha estado haciendo entonces el Sr. Felipe durante su mandato?

En fin, hoy, el pronóstico es reservado. Y todo aquel que haya tenido a un ser querido enfermo, en estado crítico sabrá, sin duda, lo que eso significa. 

miércoles, octubre 08, 2008

¿Espurio?

El pasado 3 de octubre, en las instalaciones de Palacio Nacional, Felipe Calderón entregó el Premio Nacional de la Juventud a poco menos de una veintena de jóvenes destacados, originarios de todo el país. En medio de su discurso, el mandatario se vio interpelado por una voz que, desde el fondo del lugar, le gritaba a todo pulmón: ¡espurio! A Felipe no le quedó más remedio que irse convirtiendo en Felipito, encajar el acto, tragar saliva y acudir al gastadísimo argumento que sugiere que la libertad de expresión es uno de los valores fundamentales de un régimen democrático como el nuestro ¿?. Más aún, hizo uso del recurso brutalmente barato de comparar el contexto actual con lo que ocurrió hace cuatro décadas, allá en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Instantes después, a manera de respuesta a la imbecilidad calderonista, otro de los jóvenes premiados le increpó un par de severísimos y precisos: ¡no hay libertad! Acto seguido, el Estado Mayor Presidencial procedió a sacar a rastras del lugar a quienes interpelaron al autoritario, perdón, a la autoridad constitucional. Momentos después, Andrés Gómez Emilsson, uno de los galardonados/protagonistas del zafarrancho, era subido a una patrulla, y llevado al Juzgado Cívico 33, en alguna delegación defeña, ante las protestas de amigos y familiares.

¿Por qué este evento es más que una bonita imagen que habrá que conservar en el anecdotario nacional, tan lleno de frivolidades? Hay cuando menos dos factores que obligan a reflexionar detenidamente acerca de este asunto. El primero, más inmediato, radica en que se pone de relieve una brecha enorme, una falla sustancial, que ilumina al verdadero rostro del régimen: por una parte, se tiene un evento, una puesta en escena, en la que en el nivel discursivo Calderón alude a la libertad de expresión, a la presencia de una esfera pública abierta y transparente, que permite la expresión democrática de las ideas. Dibuja, pues, un país ideal, bucólico. Por otro lado, en la práctica, lo que se observa es que frente a la más mínima interpelación, el cuerpo de seguridad que rodea al presidente se vuelca para protegerlo del “peligrosísimo” alcance de las palabras de los jóvenes que le espetaron en el rostro su sentir.  Sin duda, el hecho es un excelente correlato de la Ley Big Brother (véanse las reformas a la Ley de Telecomunicaciones aprobadas por el Senado, a partir de las cuales se posibilitará la creación de un registro de usuarios de telefonía móvil, que permitirá grabar y mantener un registro de cada una de las conversaciones que usted sostenga en dicho aparatito). Desde la perspectiva gubernamental, tanto la reacción de censura contra la libre expresión de las ideas como la búsqueda de un control totalitario de un medio de comunicación fundamental, encontrarían una justificación en los altos índices de criminalidad, y en el clima de inseguridad que atraviesan la geografía del país. De ahí a solicitarle amablemente a la ciudadanía que ceda íntegramente todos sus derechos políticos…sólo hay un pequeño paso. ¿Cómo denominar a un gobierno con estas características? «Espurio» es un adjetivo que se queda terriblemente corto. ¿Qué tendríamos que gritar para lograr dimensionar la magnitud totalitaria del régimen? ¿Habrá algún ejemplo en la historia reciente que nos ofrezca pistas para responder a dicha interrogante?

El segundo elemento que invita a pensar  con mayor detenimiento el acto realizado por los jóvenes premiados se encuentra en las reacciones que suscitó (y que seguramente seguirá suscitando) entre las «buenas conciencias». Un buen indicador de dichas reacciones se encuentra, como siempre, en la columna denominada Interludio, escrita prácticamente a diario, por Román Revueltas Retes, en el diario Público-Milenio (ubicada donde debe ir: como gónada de can, hasta atrás, en la última parte del diario). En la edición del 6 de octubre, el digno representante de les bonnes consciences tituló su columna “Descalificar por descalificar”. Ahí escribe: “Es nefasta, para la vida pública de un país como el nuestro, la postura de esos izquierdosos impugnadores de la realidad que, en un afán de descalificar al «sistema» repudian cualquier matiz y gradación para ofrecer una visión absoluta de las cosas, una perspectiva que no distingue adjetivos ni reconoce logros, un enfoque inescrupuloso por principio que, de manera interesada, fusiona delitos menores y hecatombes planetarias para cocinar un indigesto revoltijo de generalizaciones abusivas. Eso sí, saben sacar buen provecho de esa libertad que, para mayores señas, permite que un par de mocosos majaderos puedan plantar cara al mismísimo presidente de la República”. Qué hilaridad. Qué risa. Qué impudor el de Revueltas. Debo decir que leo la mencionada columna porque me produce un placer morboso. La mayor parte de las veces me provoca ternura su candor. Otras, sus escritos me generan verdaderas carcajadas, porque no me cabe en la cabeza que alguien (aparte de mí) pueda ser tan ingenuo, y además, atreverse a hacer del dominio público sus… ¿cómo decirlo para que no suene tan despectivo? En fin, el eje argumental del texto de Revueltas radica en torno a una enumeración ociosa de la serie de supuestos “cambios” que, desde la altura de sus miras, le indican que vivimos en un país generoso y democrático. Sería igualmente ocioso (aunque perfectamente posible) refutar cada uno de los elementos del listado de transformaciones que, según Revueltas (qué apellido tan más irónico ¿no?), demarcan el presente mexicano.   Más bien, a estas alturas, es fundamental reconocer que, pésele a quien le pese (a mí más que a nadie), tiene razón el columnista cuando dice que las cosas han cambiado radicalmente en nuestro país. Donde yerra terriblemente, donde en realidad se pone de manifiesto su profunda [palabra autocensurada por no ajustarse a las buenas costumbres ni al lenguaje decoroso] es al no reconocer que en países como el nuestro, las cosas cambian solo para permanecer iguales. Habría que atreverse a poner el dedo en la llaga y afirmar que la democracia es, precisamente, el centro ausente de la ontología política mexicana. ¿Será que el país ha muerto ya hace tiempo y no somos sino los gusanos que pululan por el cadaver? So fucking sad. 

domingo, septiembre 28, 2008

Big Brother

Hace un par de semanas, justo un día después del atentado en la capital michoacana, discutir el tema con mis alumnos era más que obligado. Desde luego, se pusieron de relieve sentimientos como la indignación, la impotencia y el hartazgo. No obstante, hubo un acuerdo fundamental: era preciso conservar la calma y no dejarse arrastrar por el miedo. Se requería actuar y analizar los hechos con la cabeza fría. Es evidente que acto violento realizado por sicarios de poca monta, en Morelia, es de una magnitud enorme, y hace eco en diversos niveles. Por supuesto, en lo inmediato, ha transformado por completo las vidas de las familias de las ocho personas que, sin deberla ni temerla, perdieron la vida en medio de la más patriótica de las celebraciones. Para esas familias —al igual que para las de los más de 130 heridos— ya nada será igual. Las nociones de “festejo”, “independencia”, etc., habrán adquirido otro significado. Para esas familias, el nacimiento de nuestra nación equivaldrá a la muerte de sus seres queridos.

                En la dimensión social del asunto, la cuestión se torna, si esto es posible, aún más terrible. El acto violento cumplió con creces su objetivo, puesto que durante los días siguientes al 15 de septiembre moreliano, la sensación de inseguridad con la que ya vivíamos los mexicanos adquirió tintes dramáticos: cualquier espacio público era visto como un blanco viable, y nadie estaba a salvo. Más que una escalada brutal de la violencia, fuimos testigos de un salto cualitativo en el que se cruzó una línea fundamental: se quebró la frontera que circunscribía los actos violentos a una esfera en la que prevalecían los ataques entre cárteles que buscaban la dominación territorial y/o que se sentían amenazados por la “acertada” estrategia gubernamental en contra del crimen organizado.

                Esto nos lleva a la esfera de lo político. Desde dicha esfera se han sostenido dos argumentos principales. Por una parte, se asegura(ba) que los actos más violentos de los que nos enteramos a diario en los medios estaban muy delimitados, y eran atribuibles a una serie de ajustes de cuentas entre los distintos grupos que se disputan el control de un territorio. Por otra parte, también se planteaba que el saldo dejado por la guerra en contra del crimen organizado era positivo. Sin embargo, el atentado del 15 de septiembre pasado ha derrumbado por completo ambas hipótesis. El mensaje derivado del acto es más que explícito: no es gratuito, ni al azar, que el brutal ataque a la sociedad civil haya sido en el estado natal del presidente. Tampoco es casual que las víctimas hayan sido ciudadanos “de a pie”, ni que el ataque haya sido desplegado sin discriminar género o edad. Finalmente, la fecha en la que el atentado fue realizado es por demás significativa. En conjunto, estos factores invalidan por completo cualquier voz triunfalista que pudiera surgir de las filas gubernamentales. Aún hoy, en que supuestamente se ha atrapado a los perpetradores del atentado.

                Por último, más arriba sugería que era preciso no dejarse arrastrar por el terror. El miedo tiende a nublar la visión, y orilla a los sujetos a cometer actos que en otras circunstancias hubieran sido impensables. Veamos: en días pasados, en el Senado de la República se aprobó la reforma a la Ley Federal de Telecomunicaciones, en la cual se ordena la integración del registro nacional de usuarios de teléfonos celulares. La mencionada iniciativa obliga a llevar un control estricto de todos los teléfonos móviles. En otras palabras, se establecerá una vigilancia y un registro sobre las llamadas y mensajes que uno emita desde estos aparatos. Aparentemente, esta medida tiene un alto grado de aceptación entre la ciudadanía. No obstante, en este punto vale la pena tener presente que en situaciones similares, los gobiernos de (ultra)derecha han buscado justificar el endurecimiento de sus políticas. Vigilar y controlar los medios de comunicación es un primer paso. Aceptarlo sin oponer resistencia, es un producto del miedo. Espero equivocarme de manera rotunda en lo que voy a sugerir. Lo deseo fervientemente.  Pero a partir de la escalada brutal de la violencia a la que estamos sujetos todos, el Estado ha tendido, precisamente, a endurecer sus prácticas. La aprobación de la citada Ley así lo pone de relieve. En última instancia, la estrategia de declarar un estado de excepción, que ponga en suspensión los derechos civiles constitucionales, no parece tan lejana. Yo no quiero estar bajo la vigilancia constante del Big Brother. Esto es aún más espeluznante que el terrorismo en sí. No hay que olvidar que en otros regímenes, el Estado ha encontrado en situaciones similares a la nuestra la vía más adecuada para legitimar y justificar una represión brutal en contra de la libertad de expresión. Hoy son los teléfonos celulares. ¿Y mañana? ¿Se criminalizaría la disidencia? ¿se atentaría contra la libertad de asociación? ¿se buscará eliminar la diferencia? No cabe duda que, parafraseando al buen Borges, hoy, vivir en México equivale a un enorme acto de fe. 

lunes, septiembre 22, 2008

Muy cierto

A estas alturas, es cada vez más cierto que vivir en México es un profundo acto de fe.

domingo, septiembre 21, 2008

Sariñanazo

Desde el comienzo fue algo fuera de lo común. Pero definitivamente el final fue de película, una odisea con todas sus letras. Hace un par de meses Laclau llegó con la sorpresa de que había comprado un par de boletos para ir al concierto de Ximena Sariñana. Los había adquirido en línea, así que había que ir a canjear el comprobante por unos boletos “de carne y hueso”. Hace una semana andábamos por el centro y ella decidió, como si nada, meterse a Botas los Potrillos porque ahí vio un módulo de Ticketmaster. Por supuesto, yo me quedé afuera, porque me salen ronchas con ese tipo de lugares. Aunque después me di cuenta que debí haber entrado, porque el atuendo de las dependientas consiste en unas chiqui-minifaldas que les llegan, cuando mucho, al cuello. Pero ni modo, cuando me di cuenta de ello, Laclau ya venía de salida con los boletos en la mano, y una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro. No está de más aclarar que a quien le gusta la Sariñana es a mí (no, no me da vergüenza admitirlo, y las razones particulares de este placer culposo ya las expuse hace unos días aquí mismo), y Laclau se puso bella con el detallazo de los tiquetes. Así que, la verdad sea dicha, yo tenía un par de meses saboreándome el dichoso conciertito.

                Luego de presumirle a cuanto se me atravesaba enfrente que Laclau y yo iríamos a ver a la Sariñana (y por supuesto, de recibir las críticas y mentadas correspondientes), se llegó el día. El concierto estaba programado para comenzar a las 20:30. No obstante, en el boleto había una nota aclaratoria que señalaba que la última persona entraría, a lo sumo, 15 minutos antes. La cómplice y yo nos pusimos de acuerdo para dejar a Lanaila en casa de su abuelo, o sea, mi jefecito, bajo sus diligentes cuidados, y los mimos del G. Yo me saldría del trabajo e iría a casa para recoger biberones, pañales, leche, y demás aditamentos necesarios para disminuir los decibeles berrinchescos de la heredera. Porque ha desarrollado un carácter igualito que el de su madre, y cuando se emberrincha, lo mejor es tirar pa’l monte (segurito voy a pagar caro este comentario). El caso es que a las cinco y media de la tarde ya estaba yo en casa del abuelo, a la espera de que llegara la cómplice. Para entrar en calor, mi Ghermano me regaló una cervecita que acepté de buena gana. Mientras brindábamos, sonó el celular. Era Laclau para avisar que ya se dirigía a mi hogar paterno. Me pedía que estuviera listo, porque el plan consistía en ir a tomar un café o una michelada en algún lado, previo al concierto. Total, teníamos tiempo. Qué iluso.

                Comenzó a llover, como otros tantos días. No me preocupé. Pero pasaron dos horas y nada. De Laclau, ni sus luces. Intentamos comunicarnos con ella desde tres celulares diferentes, y nada (extrañamente, como casi nunca, el mío tenía crédito, pero como casi siempre, no enlazaba). Finalmente, cerca de las ocho, entró una llamada: Laclau estaba encharcada en la Av. Lázaro Cárdenas. Yo de inmediato pensé y dije, en el más puro y elegante castellano: ¡Ya valió madre! No hace mucho, de regreso de León, estuve cinco horas parado en esa maldita avenida, debido a las grandiosas obras de recolección de aguas pluviales, y a la magnífica labor de planeación urbana que llevan a cabo nuestras honrosas autoridades. Casi dos meses saboreando el concierto; tanta presunción entre conocidos y desconocidos; tanto recomendar el disquito de la Sariñana; y nada. Todo se iba al drenaje, literalmente. Eran las ocho diez cuando a Laclau se le ocurrió comunicarse de nuevo para sugerir que nos encontráramos en otra parte, cerca del Teatro Diana. Yo, marcado por una estela de frío pesimismo, dije que sí. Le dije al G que me acompañara, por si por alguna extraña casualidad, lográbamos llegar a tiempo al lugar. El plan era cambiar de carro el asiento de Lanaila, así, mientras Laclau y yo veíamos el modo de entrar al Diana, el G se traía a Lanaila a hacer sus piruetas a la casa del abuelo. Pues bien, íbamos por Av. Alcalde a una velocidad más o menos aceptable. Hasta que llegamos a la altura de El Santuario. Ahí, una vez más, acudí a mis casi tres décadas de preparación académica para decir: ¡Puts, ya valió madre! Desde esa zona y hasta llegar al SevenEleven de El Parque Agua Azul (ese era el punto de reunión), conduje a vuelta de rueda. El G, como era de esperarse, se iba destornillando de la risa.

                Por fin llegamos. Eran las 20:50 de la noche. Yo ya había dado por perdido el asunto, y tenía la esperanza de que por lo menos, Laclau me invitara una cena más o menos agradable en algún sitio decente. Pero ella no. Implacable, como es, no se dio por vencida. Decía: “hasta que el cabrón de la puerta me diga que no puedo pasar, entonces veo que lío armo. Pero mientras no te des por vencido, #### (aquí va el nombre secreto con el que me nombra; obviamente no lo voy a revelar)”. Yo entré al Seven a comprar un café. El G se seguía burlando de mí y de mi desgracia. Y Laclau no aparecía. Un rato después llamó para decir que iba por Av. Federalismo, a la altura de la calle Hospital. El tráfico estaba insufrible. O sea, le faltaba un buen para aparecerse por ahí. En el teléfono, allá al fondo, se escuchaba el llanto de Lanaila. Pobre, debe haber estado harta de tanto andar en el auto. Finalmente, cerca de las diez, vi las inconfundibles luces de “La bala”, el septentrional carrito de Laclau. Yo, más sosegado, ya había aceptado el hecho de que me perdería el concierto. “Ándele guey, por presumido”, pensé (hasta en mi Nick del msn tenía escrito: hoy: Ximena). “Ni modo”.  Pero la cómplice estaba decidida. Cuando se bajó de su auto sólo dijo: “necesito cinco minutos, estoy hasta la madre”. Entretanto, el G y yo extrajimos de La Bala a la heredera, y la subimos al Imóvil. Laclau todavía tenía un ligero rayo de esperanza. Yo, como siempre, hacía juego con el clima imperante y tuve que ser llevado casi a rastras.

 Afuera del Diana no había Valet Parking. Laclau se bajó a preguntar que qué pex. Le dijeron que el toquín recién había comenzado, que todavía faltaba cerca de una hora para que se terminara. Buscamos estacionamiento y, por fin, entramos. El lugar, como era de esperarse, estaba repleto de morritos. En cuanto nos sentamos, yo puse mi cara de circunstancia, como si estuviese ahí a fuerza, para que la gente pensara que quien realmente iba a escuchar a la Sariñana era Laclau. De la música no voy a hablar. Esa me la guardo para mí. Lo cierto es que toda la odisea valió la pena. Aún la profunda empapada que nos pusimos a la salida. Definitivamente, lo volvería a repetir.