domingo, septiembre 28, 2008

Big Brother

Hace un par de semanas, justo un día después del atentado en la capital michoacana, discutir el tema con mis alumnos era más que obligado. Desde luego, se pusieron de relieve sentimientos como la indignación, la impotencia y el hartazgo. No obstante, hubo un acuerdo fundamental: era preciso conservar la calma y no dejarse arrastrar por el miedo. Se requería actuar y analizar los hechos con la cabeza fría. Es evidente que acto violento realizado por sicarios de poca monta, en Morelia, es de una magnitud enorme, y hace eco en diversos niveles. Por supuesto, en lo inmediato, ha transformado por completo las vidas de las familias de las ocho personas que, sin deberla ni temerla, perdieron la vida en medio de la más patriótica de las celebraciones. Para esas familias —al igual que para las de los más de 130 heridos— ya nada será igual. Las nociones de “festejo”, “independencia”, etc., habrán adquirido otro significado. Para esas familias, el nacimiento de nuestra nación equivaldrá a la muerte de sus seres queridos.

                En la dimensión social del asunto, la cuestión se torna, si esto es posible, aún más terrible. El acto violento cumplió con creces su objetivo, puesto que durante los días siguientes al 15 de septiembre moreliano, la sensación de inseguridad con la que ya vivíamos los mexicanos adquirió tintes dramáticos: cualquier espacio público era visto como un blanco viable, y nadie estaba a salvo. Más que una escalada brutal de la violencia, fuimos testigos de un salto cualitativo en el que se cruzó una línea fundamental: se quebró la frontera que circunscribía los actos violentos a una esfera en la que prevalecían los ataques entre cárteles que buscaban la dominación territorial y/o que se sentían amenazados por la “acertada” estrategia gubernamental en contra del crimen organizado.

                Esto nos lleva a la esfera de lo político. Desde dicha esfera se han sostenido dos argumentos principales. Por una parte, se asegura(ba) que los actos más violentos de los que nos enteramos a diario en los medios estaban muy delimitados, y eran atribuibles a una serie de ajustes de cuentas entre los distintos grupos que se disputan el control de un territorio. Por otra parte, también se planteaba que el saldo dejado por la guerra en contra del crimen organizado era positivo. Sin embargo, el atentado del 15 de septiembre pasado ha derrumbado por completo ambas hipótesis. El mensaje derivado del acto es más que explícito: no es gratuito, ni al azar, que el brutal ataque a la sociedad civil haya sido en el estado natal del presidente. Tampoco es casual que las víctimas hayan sido ciudadanos “de a pie”, ni que el ataque haya sido desplegado sin discriminar género o edad. Finalmente, la fecha en la que el atentado fue realizado es por demás significativa. En conjunto, estos factores invalidan por completo cualquier voz triunfalista que pudiera surgir de las filas gubernamentales. Aún hoy, en que supuestamente se ha atrapado a los perpetradores del atentado.

                Por último, más arriba sugería que era preciso no dejarse arrastrar por el terror. El miedo tiende a nublar la visión, y orilla a los sujetos a cometer actos que en otras circunstancias hubieran sido impensables. Veamos: en días pasados, en el Senado de la República se aprobó la reforma a la Ley Federal de Telecomunicaciones, en la cual se ordena la integración del registro nacional de usuarios de teléfonos celulares. La mencionada iniciativa obliga a llevar un control estricto de todos los teléfonos móviles. En otras palabras, se establecerá una vigilancia y un registro sobre las llamadas y mensajes que uno emita desde estos aparatos. Aparentemente, esta medida tiene un alto grado de aceptación entre la ciudadanía. No obstante, en este punto vale la pena tener presente que en situaciones similares, los gobiernos de (ultra)derecha han buscado justificar el endurecimiento de sus políticas. Vigilar y controlar los medios de comunicación es un primer paso. Aceptarlo sin oponer resistencia, es un producto del miedo. Espero equivocarme de manera rotunda en lo que voy a sugerir. Lo deseo fervientemente.  Pero a partir de la escalada brutal de la violencia a la que estamos sujetos todos, el Estado ha tendido, precisamente, a endurecer sus prácticas. La aprobación de la citada Ley así lo pone de relieve. En última instancia, la estrategia de declarar un estado de excepción, que ponga en suspensión los derechos civiles constitucionales, no parece tan lejana. Yo no quiero estar bajo la vigilancia constante del Big Brother. Esto es aún más espeluznante que el terrorismo en sí. No hay que olvidar que en otros regímenes, el Estado ha encontrado en situaciones similares a la nuestra la vía más adecuada para legitimar y justificar una represión brutal en contra de la libertad de expresión. Hoy son los teléfonos celulares. ¿Y mañana? ¿Se criminalizaría la disidencia? ¿se atentaría contra la libertad de asociación? ¿se buscará eliminar la diferencia? No cabe duda que, parafraseando al buen Borges, hoy, vivir en México equivale a un enorme acto de fe. 

lunes, septiembre 22, 2008

Muy cierto

A estas alturas, es cada vez más cierto que vivir en México es un profundo acto de fe.

domingo, septiembre 21, 2008

Sariñanazo

Desde el comienzo fue algo fuera de lo común. Pero definitivamente el final fue de película, una odisea con todas sus letras. Hace un par de meses Laclau llegó con la sorpresa de que había comprado un par de boletos para ir al concierto de Ximena Sariñana. Los había adquirido en línea, así que había que ir a canjear el comprobante por unos boletos “de carne y hueso”. Hace una semana andábamos por el centro y ella decidió, como si nada, meterse a Botas los Potrillos porque ahí vio un módulo de Ticketmaster. Por supuesto, yo me quedé afuera, porque me salen ronchas con ese tipo de lugares. Aunque después me di cuenta que debí haber entrado, porque el atuendo de las dependientas consiste en unas chiqui-minifaldas que les llegan, cuando mucho, al cuello. Pero ni modo, cuando me di cuenta de ello, Laclau ya venía de salida con los boletos en la mano, y una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro. No está de más aclarar que a quien le gusta la Sariñana es a mí (no, no me da vergüenza admitirlo, y las razones particulares de este placer culposo ya las expuse hace unos días aquí mismo), y Laclau se puso bella con el detallazo de los tiquetes. Así que, la verdad sea dicha, yo tenía un par de meses saboreándome el dichoso conciertito.

                Luego de presumirle a cuanto se me atravesaba enfrente que Laclau y yo iríamos a ver a la Sariñana (y por supuesto, de recibir las críticas y mentadas correspondientes), se llegó el día. El concierto estaba programado para comenzar a las 20:30. No obstante, en el boleto había una nota aclaratoria que señalaba que la última persona entraría, a lo sumo, 15 minutos antes. La cómplice y yo nos pusimos de acuerdo para dejar a Lanaila en casa de su abuelo, o sea, mi jefecito, bajo sus diligentes cuidados, y los mimos del G. Yo me saldría del trabajo e iría a casa para recoger biberones, pañales, leche, y demás aditamentos necesarios para disminuir los decibeles berrinchescos de la heredera. Porque ha desarrollado un carácter igualito que el de su madre, y cuando se emberrincha, lo mejor es tirar pa’l monte (segurito voy a pagar caro este comentario). El caso es que a las cinco y media de la tarde ya estaba yo en casa del abuelo, a la espera de que llegara la cómplice. Para entrar en calor, mi Ghermano me regaló una cervecita que acepté de buena gana. Mientras brindábamos, sonó el celular. Era Laclau para avisar que ya se dirigía a mi hogar paterno. Me pedía que estuviera listo, porque el plan consistía en ir a tomar un café o una michelada en algún lado, previo al concierto. Total, teníamos tiempo. Qué iluso.

                Comenzó a llover, como otros tantos días. No me preocupé. Pero pasaron dos horas y nada. De Laclau, ni sus luces. Intentamos comunicarnos con ella desde tres celulares diferentes, y nada (extrañamente, como casi nunca, el mío tenía crédito, pero como casi siempre, no enlazaba). Finalmente, cerca de las ocho, entró una llamada: Laclau estaba encharcada en la Av. Lázaro Cárdenas. Yo de inmediato pensé y dije, en el más puro y elegante castellano: ¡Ya valió madre! No hace mucho, de regreso de León, estuve cinco horas parado en esa maldita avenida, debido a las grandiosas obras de recolección de aguas pluviales, y a la magnífica labor de planeación urbana que llevan a cabo nuestras honrosas autoridades. Casi dos meses saboreando el concierto; tanta presunción entre conocidos y desconocidos; tanto recomendar el disquito de la Sariñana; y nada. Todo se iba al drenaje, literalmente. Eran las ocho diez cuando a Laclau se le ocurrió comunicarse de nuevo para sugerir que nos encontráramos en otra parte, cerca del Teatro Diana. Yo, marcado por una estela de frío pesimismo, dije que sí. Le dije al G que me acompañara, por si por alguna extraña casualidad, lográbamos llegar a tiempo al lugar. El plan era cambiar de carro el asiento de Lanaila, así, mientras Laclau y yo veíamos el modo de entrar al Diana, el G se traía a Lanaila a hacer sus piruetas a la casa del abuelo. Pues bien, íbamos por Av. Alcalde a una velocidad más o menos aceptable. Hasta que llegamos a la altura de El Santuario. Ahí, una vez más, acudí a mis casi tres décadas de preparación académica para decir: ¡Puts, ya valió madre! Desde esa zona y hasta llegar al SevenEleven de El Parque Agua Azul (ese era el punto de reunión), conduje a vuelta de rueda. El G, como era de esperarse, se iba destornillando de la risa.

                Por fin llegamos. Eran las 20:50 de la noche. Yo ya había dado por perdido el asunto, y tenía la esperanza de que por lo menos, Laclau me invitara una cena más o menos agradable en algún sitio decente. Pero ella no. Implacable, como es, no se dio por vencida. Decía: “hasta que el cabrón de la puerta me diga que no puedo pasar, entonces veo que lío armo. Pero mientras no te des por vencido, #### (aquí va el nombre secreto con el que me nombra; obviamente no lo voy a revelar)”. Yo entré al Seven a comprar un café. El G se seguía burlando de mí y de mi desgracia. Y Laclau no aparecía. Un rato después llamó para decir que iba por Av. Federalismo, a la altura de la calle Hospital. El tráfico estaba insufrible. O sea, le faltaba un buen para aparecerse por ahí. En el teléfono, allá al fondo, se escuchaba el llanto de Lanaila. Pobre, debe haber estado harta de tanto andar en el auto. Finalmente, cerca de las diez, vi las inconfundibles luces de “La bala”, el septentrional carrito de Laclau. Yo, más sosegado, ya había aceptado el hecho de que me perdería el concierto. “Ándele guey, por presumido”, pensé (hasta en mi Nick del msn tenía escrito: hoy: Ximena). “Ni modo”.  Pero la cómplice estaba decidida. Cuando se bajó de su auto sólo dijo: “necesito cinco minutos, estoy hasta la madre”. Entretanto, el G y yo extrajimos de La Bala a la heredera, y la subimos al Imóvil. Laclau todavía tenía un ligero rayo de esperanza. Yo, como siempre, hacía juego con el clima imperante y tuve que ser llevado casi a rastras.

 Afuera del Diana no había Valet Parking. Laclau se bajó a preguntar que qué pex. Le dijeron que el toquín recién había comenzado, que todavía faltaba cerca de una hora para que se terminara. Buscamos estacionamiento y, por fin, entramos. El lugar, como era de esperarse, estaba repleto de morritos. En cuanto nos sentamos, yo puse mi cara de circunstancia, como si estuviese ahí a fuerza, para que la gente pensara que quien realmente iba a escuchar a la Sariñana era Laclau. De la música no voy a hablar. Esa me la guardo para mí. Lo cierto es que toda la odisea valió la pena. Aún la profunda empapada que nos pusimos a la salida. Definitivamente, lo volvería a repetir. 

miércoles, septiembre 17, 2008

¡Renuncia ya, Felipe!

Es indignante. No. Esa palabra es insuficiente. Me da rabia. Siento una profunda impotencia y no sé exactamente cómo expresarla. Lo único que se me ocurre es pedirte tu renuncia. Si tuvieras un poco de vergüenza, deberías desistir del cargo inmediatamente. Durante toda tu campaña para llegar a la presidencia de la nación, postulaste como eslogan que tú no tenías las manos sucias, a diferencia de los otros candidatos. Lograste la silla presidencial, dejando detrás de ti a un país divido en dos, así como una severa crisis institucional. Luego de un año de tu gobierno, los resultados de tu desempeño han sido poco menos que mediocres. Uno de tus frentes más amplios consistía en el combate frontal al crimen organizado. Pretendías, cuando menos, reducir los índices de criminalidad y violencia que azotan al país. ¿Cuáles han sido los resultados? Prácticamente ninguno. Aseguras que vas ganando la batalla contra la delincuencia, pero lo que ocurre en las calles indica lo contrario. Hasta el día de ayer, podías argumentar que la violencia tenía lugar en una esfera bastante delimitada, y que estábamos siendo testigos de una serie de ajustes de cuentas entre cárteles. Tanto las ejecuciones como gran parte de los actos criminales tenían que ver con la lucha por el poder, y los ciudadanos estábamos fuera; no corríamos peligro. Sugerías que cada acto violento no era sino la reacción normal del crimen organizado, puesto que sentían sus filas debilitadas. Pero ¿cómo interpretas el mensaje de ayer? ¿Acaso no es significativo que haya sido precisamente en tu estado natal?  El contexto ha cambiado por completo. Hasta ayer podías seguir asegurando, dudosamente, que tenías las manos limpias. Hoy, están terriblemente manchadas con sangre inocente. Tú, y nadie más que tú, eres el culpable de la situación que atraviesa nuestro país. Tu incapacidad y tu falta de autoridad han provocado que ahora tengamos miedo hasta de salir a la calle. Pides que estemos juntos, que nos unamos y participemos en el combate a la violencia. Eso equivale a deslindarte de la responsabilidad que te corresponde. Desde luego, yo denuncio. Cuento con el valor civil y ciudadano para hacerlo. Aún cuando el sistema judicial tenga tantas grietas y fallas, al grado de que muy apenas una de diez denuncias logra su cometido. Pero no estoy dispuesto a tomar un arma para defender a mi familia. Ese es precisamente el papel del Estado: garantizar mi seguridad. En la medida en que eso no se cumple, las instituciones se erosionan, decaen. Tú, como representante máximo del Estado, has fracasado. Has demostrado ser incapaz de cumplir siquiera con las funciones más básicas que te fueron encomendadas. Insisto, si tuvieras un poco de dignidad, ya hubieras presentado tu renuncia. ¿Con qué cara puedes seguir ocupando un puesto para el cual no estás preparado? Un discurso, por más agitado y alentador que sea, no deja de ser sino un discurso. En otras palabras, sólo acentúa más tu incapacidad para dirigirnos. Frente a lo que ocurrió en Michoacán, no hay palabras que valgan. Pregúntale a los afectados, para que veas cuál es su opinión. A partir de hoy, y hasta el día en que renuncies (porque no tienes otra salida digna) te hago responsable de lo que me pueda ocurrir a mí y a mi familia. 

martes, septiembre 16, 2008

¿Viva México?


El otro día me preguntaban si este 15 de septiembre iría a la Plaza de Armas, allá en el centro de la Ciudad, a «dar el grito». Por supuesto, contesté que de ninguna manera. Asombrado, mi interlocutor me inquirió: —qué, ¿acaso no eres mexicano? Pinche malinchista, me dijo. Como era de esperarse, el hígado comenzó a retorcérseme; me salió espuma por la boca y empecé a vomitar palabras: —¿qué estupidez es esa?, le espeté en el rostro. —¿Acaso no te das cuenta, imbécil? Cada que “celebras” una fecha como ésta, lo que haces es poner de relieve la falta de interés que te provoca el tema en turno, el resto de los 364 días. En la medida en que conmemoras asuetos como el de hoy, sólo legitimas tu profundo desinterés y exhibes la más pura barbarie. Me refiero a días como el 10 de mayo, el 14 de febrero, y tantos otros. Aparte del día de hoy ¿qué tantas fechas le dedicas a reflexionar acerca de lo que está ocurriendo en el país? (o qué tanto te interesas por tu madre o tu pareja) ¿Cuánto tiempo inviertes informándote, haciendo algo, para que el próximo año tengas una nación en la cual puedas «pegar de gritos»? ¿Qué vas a hacer después de que se termine el festejo en el zocalito tapatío? ¿Vas a regresar a tu casa, para aventar balazos al aire? ¿Esa es la forma de demostrar que eres mexicano? Es más ¿sabes qué es lo que se festeja el día de hoy? ¿Quiénes fueron los involucrados? ¿Tu razonamiento te permite entender que estamos, precisamente, en una encrucijada histórica gravísima en la que una vez más la soberanía y la independencia están en juego? Si lo entendieras, si tuvieras un poquito de dignidad, no irías a hacer el ridículo, ni le harías el caldo gordo al gobernador piadoso.[1] Pendejo. A mí no me vengas a enseñar patriotismo. Fíjate bien cuando señales con el dedo. Aquí, el único malinchista eres tú.





[1] Uts. Ya me imagino al hipotético lector o lectora de este texto. De segurito no me va a bajar de revoltoso pe-erredista o algo peor. De una vez me deslindo: yo soy hombre, no payaso. A mí me interesa la izquierda, no sus patéticos remedos ni sus pantomimas vacías. ¿Va?

miércoles, septiembre 10, 2008

Muy cierto

La vida es una enfermedad terminal. En este sentido, sólo hay dos tipos de personas: las muertas y las que se están muriendo.

martes, septiembre 09, 2008

De trip(a)

Laclau y yo tenemos la costumbre [nada benéfica para nuestros bolsillos] de explorar la ciudad para buscar un restaurante, fonda, local, puesto, o puestito en el que no hayamos comido antes. Procuramos dedicar por lo menos un día de la semana a esta actividad. A veces nuestra guía es algún suplemento gastronómico de esos que publican los diarios locales. Otras, nos dejamos llevar por el instinto o la intuición: simplemente nos trepamos al carro y conducimos sin rumbo fijo hasta ver algún lugar que nos atraiga. Así, hemos “descubierto” algunas joyitas alimentarias, como cierto puesto de menudo allá por el Mercado de Abastos. Yo no soy un gran fan de este platillo, pero la verdad es que valieron la pena los veinte minutos que tuvimos que esperar para poder conseguir una silla (por cierto: no es aconsejable llevar carriola). Aparte de las tortillas recién hechas, el exquisito picante, y la sazón de la cocinera, el sabor del menudito se adereza con una atmósfera repleta de gritos, música, gente, colores, olores, etc. Podría afirmar que esto, es decir, que la circunstancia y el contexto ejercen un efecto fundamental en la determinación del gusto, ocurre en infinidad de establecimientos. Mi voluminosa panza, eco de una vida dedicada a los menesteres de la degustación, me autoriza a aseverar lo anterior. Así, por ejemplo, podría mencionar los tacos campechanos hechos por las mágicas manos de Doña Mary, allá por la casa de mi padre; o la famosísima catedral de la birria, ubicada en la zona del aeropuerto; o el requesón que sirven como botana en las carnes asadas, allá por la misma zona; o las tostadas de ceviche de aquel local rinconero en Chapala; o el coctel campechano (camarón y pulpo) que sirven más acá, cerca de la Basílica, en Zapopan; o el platón de carnitas y queso fundido de aquella cantina, también zapopana, donde sesionaba El Club No Tan Secreto de la Araña Capulina, para conspirar contra el mundo.
También así, por pura intuición, nos ha tocado visitar lugares “más decentes”, como ese restaurante argentino que está por la calle Ladrón de Guevara, o este otro italiano, que está sobre Av. México, casi en esquina con Yaquis. En ambos se sirven platos abundantes, generosos, y se bebe bien. Muy bien. A veces, hasta es posible acompañar un buen vaciado con el mejor vino del mundo, es decir, el bajacaliforniano. Sobra decir que las cuentas, sobre todo en las ocasiones en que visitamos este tipo de lugares, terminan por ser astronómicas. A Laclau a veces le da remordimiento, porque el sentido común le dicta que debería ahorrar, o cambiar de guardarropa, o qué se yo, en lugar de estar engrosando las cuentas de los dueños de los establecimientos de alimentos. Pero yo la (mal) aconsejo para que se deshaga de esos pensamientos. Y me resulta, porque, igual que a mí, a ella le brillan los ojitos cuando llega su crème brulée junto con el café, como remates de una buena comilona. Entonces sé que he triunfado, y que ha valido la pena el despilfarro.
Cuando vamos en estas expediciones, para Laclau y para mí, uno de los aspectos fundamentales sobre el que ponemos atención es el servicio. Éste puede arruinar el mejor plato del mundo, o remediar una cocina mediocre. No miento: hemos abandonado varios restaurantes porque se tardan cinco minutos en atendernos. O porque no tienen el platillo que se nos había antojado (aunque aparezca en el menú). A mí me da un poco de pena hacer estas cosas. Pero Laclau no se tienta el corazón. Por el contrario, procuramos dejar una propina generosa aún si las verduras estaban frías, siempre y cuando el mesero o mesera en turno nos haya atendido a nuestras anchas. Como esta última vez, en la que se nos metió en la cabeza no ir al lugar de siempre, en Plaza Pabellón (porque era domingo y en ese día en particular, it is too crowded). Yo propuse que nos lanzáramos al lugar supuestamente australiano que está en Galerías, pero Laclau quiso buscar un rato. Así que nos subimos en “la bala”, y ella condujo por las calles donde viven los riquillos del barrio, con la esperanza de encontrar algún lugar donde vendieran lasagna. Al final de cuentas llegamos a un lugar de reciente apertura, especializado en carnes. La experiencia no fue muy grata. Pedimos arrachera y vaciado, las cuales tenían un excelente sazón, y estaban cocidas al término en que las habíamos pedido. Pero el servicio fue relativamente frío, y se notaba la falta de experiencia, y la poca previsión (no pensaron que tendrían tanta gente, por lo que a las cuatro de la tarde ya no tenían algunos platillos del menú).
Finalmente, como le decía a una entrañable amiga el otro día, Laclau y yo somos animalitos de prácticas muy arraigadas, ya que después de muchas infructuosas búsquedas, casi siempre terminamos en los mismos sitios. Es probable que esto tenga que ver con que en ciertos lugares, los meseros nos reconocen y nos prestan especial atención sobre otros comensales. Ese tipo de distinciones lo hace a uno sentirse muy a gusto. Es como comer en casa.

viernes, septiembre 05, 2008

Para una mejor ocasión

Publicado en Metatextos

Lo recuerdo bien. En aquella época yo tendría unos dieciséis años. En medio de la calle, una mujer gritaba tan fuerte que parecía que las venas del cuello le reventarían: ¡Es Él, es Él! ¡El Hijo del hombre ha llegado! ¡Mira al cielo! ¡Contémplalo en su Santa Gloria! ¡Teme su furia, porque como lo profetizó en Apocalipsis 3:3, hoy viene como un ladrón, montado en su carro de fuego! ¡Mateo 24:44! ¡Reyes 2:11! ¡Viene por nosotros, los elegidos! ¡Oremos! ¡Arrepintámonos! ¡Pidamos piedad y roguemos por nuestras almas! ¡Dejémonos guiar al Paraíso!… Quienes nos habíamos aglutinado a su alrededor mirábamos sorprendidos cómo detrás de las nubes comenzaba a vislumbrarse algo que no sé describir sino como la aparición de un segundo sol, que descendía en caída libre sobre nosotros. Conforme el inmenso objeto se acercaba, la mujer intensificaba sus chillidos. Parecía estar en éxtasis. No me avergüenza decir que, como muchos de los que estábamos ahí, casi me infarto del miedo. Igual que ella y el resto de la multitud, caí de rodillas, no sé bien por qué. El objeto dejó de preocuparme; mi mirada estaba fija en ella, quien repetía, ya sin gritar, con voz temblorosa: “el rapto, el rapto”. El objeto se detuvo un momento antes de aplastarnos. Emitió un sonido ensordecedor. La mujer estaba en el piso, como desmayada. Instantes después, aquella cosa se alejó, o más bien, debería decir que desapareció de nuestras miradas, como si se hubiera esfumado. Atónitos, nos levantamos, sacudiendo nuestras ropas, mirándonos entre sí, extrañados. La muchedumbre comenzó a dispersarse. Yo esperé unos segundos, hasta que la mujer se levantó. Miraba al cielo, extrañada, como buscando una explicación. En su rostro había duda y decepción. Se alejó caminando aprisa. No lloraba. Seguía aquí, como todos, pero ya no lloraba…

jueves, agosto 28, 2008

Metalenguaje

Has sido mi fantasma. Desde siempre. Te he pensado como una evocación constante, la eterna e infinita puesta en abismo. Ese lugar vacío en el que cualquier imagen se convierte en pura perspectiva, en la imposibilidad del retorno. En agridulce desazón y ausencia profunda. Eres todo menos recuerdo, porque para recordar es preciso haber olvidado primero. Encarnas aquello que no nombro por temor a que se esfume entre las vocales de una palabra. A pesar de que estoy cierto de que nombrar es crear. Y quizá por eso no te nombro, porque tal vez me horrorice la posibilidad de que aquello que una vez puse por escrito se vuelva realidad. Y que seas tú quien porte el mensaje. Porque todo puede ocurrir. Me resisto a escribir esto, pero ya ves. Es inútil. La compulsión es grande. ¿Será porque, aunque no lo acepte, te he buscado incesantemente? ¿Será eso? No lo sé. Lo cierto es que a veces, sobre todo en los días lluviosos, me da la impresión de que estarás a la vuelta de cualquier esquina. Esperando. Acechando. Y yo aceptaré el encuentro. A pesar del miedo. Fingiré sorpresa. Y dejaré que me tomes de la mano. Me estremeceré por el tacto terriblemente gélido. Y permitiré que me guíes. Dócil. Porque sabré que ha llegado la hora, y no hay nada qué hacer. Ignoraré el dolor y la sangre. Caminaré detrás de ti, elevando la mirada, sintiendo la lluvia en el rostro, permitiendo que inunde esos otros rastros de agua, porque nadie debe saber. Nadie debe saber. Nadie.

miércoles, agosto 20, 2008

Pendejo

Iluso. Te crees un intelectual indispensable para el fluir de nuestro tiempo. Piensas que tu voz resuena con fuerza, que tus palabras hacen eco en las masas que te leen y que te escuchan, emocionadas. Te sientes un pilar central en la civilización occidental (sí, la occidentalidad aquí tiene una doble lectura). Pendejo. No te has dado cuenta que la civilización murió hace décadas. No eres sino uno más de los gusanos que pululan y se arrastran por el cadáver pestilente. Carroñero de la cultura. Apestas. Me das una flojera infinita. Mírate al espejo. Enfrenta tu realidad. Recuerda que no eres diferente del narrador de un partido de futbol: le describes a la gente qué es lo que está mirando en sus pantallas. Eres un accesorio. A lo mucho, un subtitulador de imágenes. Un pie de página. Te asumes como central, y resultas ser un terrible periférico. Qué pena. Verdaderamente, qué pena. Das asco. Y verguenza.

jueves, agosto 14, 2008

Identidad

Cuando terminamos de armarlo nos dimos cuenta que habíamos extraviado una pieza. La buscamos por todas partes durante meses, porque nos interesaba que al final estuviera completito. Pero luego el asunto dejó de tener sentido, puesto que la pieza era diminuta y el hueco que había dejado era perceptible sólo si lo abrías. Además, las pruebas (caseras) que hicimos demostraron que nuestro error casi no afectaba su desempeño, así que decidimos echarlo a andar. Sabíamos que una vez puesto en marcha sería imposible desactivarlo. Así, poco a poco se fue integrando al resto de nosotros, hasta hacerse uno más del grupo. Juntos parecíamos, ahora sí, una totalidad. Nos gustaba pensarnos (a los pocos que quedamos aún nos gusta, a pesar de lo mal que salió todo) como una “encarnación de lo absoluto”. Durante mucho tiempo todo pareció ir de maravilla. Pero siempre, entre algunos de los más viejos se notaba algo como una sospecha, una duda o quizá algo parecido al temor. De cuando en cuando, designábamos comisiones secretas para supervisarlo, procurando que él no se diera cuenta de lo que hacíamos. Por ello pudimos constatar que, de hecho, sólo si lo mirabas desde un cierto ángulo era posible percibir algo extraño, fuera de lo común, aunque innombrable, en el modo de caminar, o en el brillo que adquirían sus ojos cuando una paloma se posaba sobre su cabeza o los jueves en que todos teníamos que vestir el uniforme gris. Nada que nos pareciera grave, eso sí. Teníamos la esperanza de que estas “asperezas” de su carácter se fueran eliminando conforme se involucrara con nuestras actividades cotidianas. Pero ocurrió a la inversa, puesto que fuimos nosotros los que casi sin admitirlo terminamos por acostumbrarnos a sus pequeñas excentricidades.

Hasta que fue demasiado tarde.

Hasta que esa noche perdió el control.

Y… ocurrió aquello.

Hoy todos han desaparecido o muerto.

Aquí dentro sólo estoy yo.

Y él.

Que repta lento.

Que me busca.

Que me encontrará tarde o temprano.

¿Quién puede culparlo?

Conversación (cont.)

-¿Y si llega la felicidad, y tú estás dormidote?
-Díganle que estoy trabajando. Que venga otro día a buscarme.

lunes, agosto 11, 2008

Conversación

-¡Despierta de una vez! ¿Qué le exiges tú a la vida? ¡Habla, con un carajo!
-Que no mame y que deje dormir.

viernes, agosto 08, 2008

Qué placer

martes, julio 29, 2008

Minifix

Intentaba librarse violentamente de las ataduras que la mantenían sujeta a la camilla. Se agitaba y gritaba como nunca habían oído gritar a nadie: "¡Kill me! ¡Kill me! ¡This thing inside of me will eat you all!", escupía. Pero en ese hospital tercermundista nadie hablaba inglés. Pobres. Quedaron horrorizados cuando una niebla horripilante salió de la boca de aquella mujer y comenzó a rodearlos a todos.

martes, julio 22, 2008

Me moría de la risa


Por favor, alguien que me regale esta T-Shirt. La ando buscando como loco. No puedo esperar más para tenerla. Cuando la vi, me moría de la risa.

viernes, julio 18, 2008

Fue lo deportivo, ¡estúpido!

Siempre me han resultado fastidiosos en extremo los ejemplillos baratos que intentan definir la mentalidad de una sociedad completa. No son sino exaltaciones de una visión estereotipada; un conjunto de ideas “sombrilla”, nociones huecas de lo absoluto, que al intentar abarcar en su seno al todo, terminan por reventar, por vaciarse por completo. Quizá el más recurrente de estos ejemplos es aquel que alude a las diferencias entre una cubeta repleta con cangrejos mexicanos, y otra llena con cangrejos norteamericanos. En la primera, ocurre que cuando uno de estos horripilantes animalejos busca llegar al borde de la cubeta para salir de ésta, el resto lo jala hacia abajo, impidiéndole que logre su objetivo. En la segunda, el panorama se presenta como distinto: los crustáceos tienden a organizarse para que por lo menos uno de ellos alcance la cima, y desde ahí, logre ayudar a ascender a los que quedan debajo. A partir de recurrir a este tipo de ejemplos algunos pretenden explicar el atraso/avance económico, tecnológico, cultural, etc., de un pueblo/nación/raza. Lo peor es que lo anterior se está convirtiendo en una tendencia bastante recurrente. [1]

Ahora bien, si los ejemplos en sí son molestos, aquellos entes que los utilizan son verdaderamente insoportables. Desde hace mucho, uno de los personajes adscrito a esta tendencia es, sin duda, Hugo Sánchez Márquez. Hace un tiempo, cuando éste rogaba que le fuera otorgado el mando deportivo de la Selección Mexicana, ponía de relieve que la ineficacia de nuestro futbol radicaba sobre todo en la dimensión cultural, en la incorporación a nuestra cosmovisión de las perspectivas estereotipadas condensadas en elementos como el ejemplo mencionado en el párrafo anterior. En consecuencia, para los mexicanos, lo único que mediaba entre la mediocridad futbolera y el campeonato mundial era un simple cambio de actitud. Había pues que pensarse campeones del mundo, considerarse aptos para tal proeza. Él, Hugo, se percibía a sí mismo como la más pura encarnación de tal cambio de actitud. El fracaso (porque es un fracaso y no otra cosa) que representa la incapacidad para calificar a los próximos juegos olímpicos a efectuarse en Beijing demuestra que el asunto tiene una raigambre más profunda. También pone de relieve que Hugo es el más mexicano de los mexicanos (a pesar del patético acento).

¿Por qué?

Para explicar lo anterior refirámonos a otro de los despreciables ejemplos aludidos al principio de este texto: al típico “Yo no fui”, cuyo corolario es el tan conocido “Así estaba cuando yo llegué”. Resulta que en una entrevista ofrecida a ESPNDeportes Radio, el former técnico de la Selección Verde aseguraba no haber tenido la culpa de no haber clasificado a los juegos olímpicos. Más bien, el pentapichichi asegura haber sido víctima de un complot. Dice Hugo:

"Y pasó como pasa en México: hubo traición, algo que en México existe muchísimo. De frente te dicen que te van ayudar y te volteas y te clavan la puñalada por la espalda […] Yo no soy el culpable de lo que pasó".

Frente a esto, es preciso echarle un ojo a los resultados obtenidos por Sánchez en sus 16 meses al frente del equipo mexicano. Perdimos la final de la Copa de Oro contra Estados Unidos (o sea, así o más), ocupamos el tercer sitio en la Copa América y no logramos la clasificación a Beijing en un preolímpico, para variar, en Estados Unidos. ¿Será, como dice Hugo, que fue traicionado? No dudo que el factor comercial haya incidido de manera significativa para su vergonzoso despido. Pero él asegura que el cese de su contrato no tuvo motivos deportivos. ¿En serio? ¿Eso piensa Huguinho? Válgame. Una vez más, para recurrir al despreciable ejemplo descrito al principio: ese es el discurso típico de los cangrejos. No cabe duda que las declaraciones de Sánchez sugieren la necesidad de un ensayo profundo que analice la práctica de “echarse la bolita” (y no en un sentido futbolero) como un elemento definitorio de la mexicanidad. Para situarme en el mismo (bajísimo) estatus ontológico de Hugo, tendríamos que decir que ésta es una práctica terriblemente acogida entre nosotros. En fin, en todo caso habría que parafrasear a Clinton, y decirle a Hugo: fue lo deportivo, ¡estúpido!



[1] He visto y escuchado a intelectuales y académicos de altos vuelos que recurren una y otra vez, precisamente, al tan llevado y traído ejemplito.

lunes, julio 07, 2008

Aphorism

The Writer, that print-oriented bastard.

martes, junio 24, 2008

De música ligera

Hace mucho que la música no me producía tanto placer. Y en las últimas semanas, el gozo me ha tocado por partida doble. En primer lugar, recientemente llegó a mis manos la producción de Ximena Sariñana, titulada Mediocre. Como era de esperarse, mi primera reacción fue el escepticismo. Antes de prestarle atención, el disco reposó en mi escritorio por varios días. Por alguna estúpida razón, pensé que probablemente sería una burda imitación de Belinda o de alguna artistucha de esas prefab. Hasta que una madrugada, aburrido de leer, se me ocurrió buscar algo de esta niña en YouTube. Tras un desganado click en el primer link que arrojaron los resultados, bam. Shock. Bam again. Rewind. En la pantalla aparece una chica de pelo corto, con lentes enormes, una blusa café, sin mangas, divirtiéndose enormidades, dejando que la síncopa la penetre por todas partes. What a freak, pensé. Lovely. Luego de la primera gratísima impresión, fui por los audífonos (la experiencia me ha hecho saber que aún cuando tengo cerrada la puerta de mi estudio, las tres de la madrugada no son la mejor hora para escuchar música a un volumen considerable), y una vez cierto de que me había despabilado, puse más atención en la voz. What a feeling. Qué Belinda ni qué la chingada. Esta niña tiene algo. Click en el siguente video. Una versión jazzeada de El Triste, de Roberto Cantoral. Es cierto que no es la interpretación más afortunada de este tema. Pero cómo lo goza, la Sariñana. Finalmente, una (ésta sí, genial) It don’t mean a thing (if it ain’t got that swing), de Duke Ellington y The man I love (la cual sólo se la he escuchado a Ella Fitzgerald). Para entonces, el escepticismo se había disipado por completo. Pump up the volume, dude. Y entonces, puse Mediocre. La primera vuelta me dejó más que satisfecho. Las siguientes han sido, cuando menos, muy placenteras. Digo, no sé cuántos años tenga esta niña, ni me interesa. Lo que presenta es un producto más o menos maduro. A pesar de que la mayor parte de las piezas que componen el disco tienen una estructura muy básica, muestran cierta profundidad, un aroma añejo, que deja entrever los reflejos de un alma vieja (más allá del pop fácil). Y la voz. Deleita. No es única, y en ocasiones es muy similar a (guess who). Y sin embargo [se mueve]. En algún lado me pareció leer que la chica en cuestión participa de lleno en la composición de sus temas. Si es así, esto es un plus. En fin, lo verdaderamente importante es que, cosa rara ahora en esta época de post-rock atormentado y sí, verdaderamente mediocre, Sariñana se divierte con la música, la goza, y en este sentido, se convierte en el vehículo del goce del Otro. Tarea nada fácil.

Por si esto fuera poco, en días pasados vi, luego de postergarla un par de semanas, la peli titulada Into the Wild. Esta cinta dirigida por Sean Penn tiene un par de momentos brillantes, y una fotografía espectacular. Desde mi punto de vista, la dirección es impecable, y ello queda demostrado en la medida en que Penn logra convertir un guión terriblemente predecible y plano, en una obra bastante aceptable. Más allá de la posible pseudocrítica cinéfoba que pudiera emitir este simple ovejero, lo que realmente me impactó fue el soundtrack. Me parece que es el primer disco en solitario de Eddie Vedder. Sin duda, este señor tiene larga vida más allá de Pearl Jam. Luego de que terminó la película, ya de madrugada (¿por qué casi todo lo bueno me pasa justo en esa hora del día?) me empeñé minuciosamente en buscar y bajar el disco. Uf. Otro golpazo. Puro goce. Definitivamente, tendré que comprar el original. Todos y cada uno de los quince cortes (según dicen, el disco original trae solo doce, pero vivo que soy, también bajé los bonus tracks) valen la pena y se sostienen por sí solos. El conjunto, desde mi nada humilde perspectiva constituye, lo que se dice, una joyita auditiva. El toque folk, la voz aguardientosa y desafinada de Vedder hacen de la escucha de este disco un trip bastante ligero, sumamente refrescante. Sobre todo si uno se plante frente al nada, nadita, nada agradable panorama musical contemporáneo, en el que los “ídolos” son gueyes con mascaritas de conejo que muy apenas saben tocar una guitarra. Asco.

In extremas res

Justo cuando terminaba de escribir estas líneas, por puro accidente, descubrí a The Detroit Cobras. Tengo apenas unas cinco canciones, y todas, absolutamente todas, me han resultado muy divertidas. Desde luego, no son mi estilo (sobre todo si pensamos que yo soy un tipo al que Pig Destroyer le parece una de las bandas más innovadoras de la última década), sino que se acercan más al lado de Laclau. No obstante, Sariñana, etc.

viernes, junio 20, 2008

Lleva dedicatoria

La reacción normal sería golpearlos, deshacerles el rostro, patearlos hasta el cansancio. Como en aquella ocasión tan divertida, podría hacerlos que coloquen su boca, abierta, sobre el filo de la banqueta. Bam. Dejar caer la pierna con fuerza sobre sus cráneos. Mirarlos estallar. Desde luego, podría hacerlo con total impunidad, como ya ha ocurrido en muchas otras ocasiones. Pero eso sería terriblemente primate, elemental, burdo. En una palabra: sería terriblemente fácil. Y no. Hoy no. Las cosas no van por ahí. Aquí se impone otra estrategia. No por nada la crueldad es quizá el único arte que se enriquece mientras más se somete a la razón. Por eso, hay que pensar. Se precisa elaborar algo más sutil. Es necesario desarrollar una estrategia que cumpla el objetivo, sin que ellos se den cuenta por donde llegó el golpe. Hay que sonreír, primero. Luego asentir, como si se estuviera de acuerdo. Hacerles creer, poco a poco, concienzudamente, con minuciosidad, que se está más de aquel lado que de este. Con tranquilidad. Con la mayor serenidad posible. No importa el tiempo que transcurra. Desafortunadamente para ellos, suelo ser muy paciente. Habrá que elevarlos, alimentar su ego, inspirarles confianza. Hacerlos creer que soy un más de su clan. Y entonces sí. A erosionar sus cimientos. A destrozarlos poco a poco. Despacito. De la manera más placentera posible. Exterminarlos milímetro a milímetro. Y al final, sólo entonces, revelar la causa. Mostrarles, cuando ya no haya otra salida más que el llanto y la desolación, toda la dimensión de la tragedia en la que están inmersos; el error que cometieron al haber hecho esto que hicieron hoy.