Tus primeros seis. Y los míos, chaparrita. Y los míos.
lunes, diciembre 17, 2007
domingo, diciembre 02, 2007
domingo, noviembre 25, 2007
Uno
—A ver, Donchuy. Platíquenos lo que le pasó con aquel compita suyo, que dizque ya se había muerto. Yo le invito su mezcal si nos lo cuenta.
—¿Para qué? ¿Para burlarse? —El ebrio agachó el rostro y volvió a hundirse en sus pensamientos. El joven le ordenó entonces a la mesera que le llevara dos vasos de mezcal a aquel sujeto.
Luego del primer sorbo, el ebrio comenzó a balbucear: —Andaba fuera del pueblo, cuando me avisaron que mi amigo había muerto. Llegué tres días después. Cuando me vio en la puerta, la hermana de mi amigo me abrazó, gritando: “¡está muerto, Jesús, está muerto!”. Me acerqué hasta donde estaba él, y lo contemplé un rato largo. Parecía dormido. Para entonces yo ya tenía algo de fama como mago/adivinador. “Hacedor de maravillas”, me decían. Así que me pareció normal gritarle que se levantara. Llorando, le grité una vez más. Abrió los ojos. Intentó erguirse. ¡Lázaro!, gritó una de sus hermanas. Ella se desmayó. Casi me cago del susto. No terminaba de acostumbrarme a lo que podía hacer. Ya ves, a eso me dedicaba yo en aquellos tiempos. Pero ahora…
La burla del grupo no se hizo esperar: “¿Entonces se levantó y andó?”, preguntó el joven. “¡Anduvo, pendejo!”, le contestó otro, siguiendo el juego. “Bueno, sí anduvo pendejo un rato, pero ya después se compuso”, contestó éste, completando la broma. El estallido de risas fue generalizado. El joven sacó un billete de 50 pesos de su cartera. Lo arrugó y lo lanzó al piso. Todos reían a carcajadas. —A ver Donchuy. ¡Ahora baile! —El ebrio, terriblemente humillado, recogió el dinero. Éste era el precio de la inmortalidad, la insignificancia de ser dios.
Le dio un sorbo a su mezcal, cerró los ojos y —sin llorar, casi— se puso a bailar.
martes, noviembre 13, 2007
i latina
Desafío: intentar escribir varias líneas utilizando mi signo favorito. Definámoslo: I latina. Bellísimo signo. Minúsculo. Casi insignificante. Línea. Puntito. Medianía. Duplicidad ¿Sería posible satisfacer mi desafío? ¿Ejercicio literario estúpido? Quizá, pensaría alguien. ¿Mi perspectiva? Difícil cumplirlo, sí. Indudablemente. Casi. Ji, ji. Obstinación, obstinación. Graciosa obstinación. Comenzaría escribiendo figuras, adornitos metafóricos típicos, infaltables invitados literarios: paisajismo intimista, insalvable abismo, mirada infinita, brutalidad minimalista, fluir infame. ¿Haríamos literatura sin ti, i latina? Sí. Literatura baratísima, letrina. Mira: contigo, i latina, transito hacia territorios impensables, relacionados intrínsecamente, sin siquiera decidir si sigo intentando, si continúo así, deshaciendo signos, deshilvanando significados, pretendiendo integrar horizontes disímiles, parodiando, disimulando mi terrible incapacidad literaria. I latina: seguiré fingiendo, haciendo coincidir artificialmente letritas, letreritos, gerundios, diminutivos, infinitivos. ¿Sí entiendes, querida i latina? Escribiré minuciosamente, sin incidencias, sin estridencias, conduciré mis líneas haciendo malabarismos, fijando asideros, practicando variaciones temáticas, difundiendo historias mínimas, sobrevivencias. ¿Quieres finalizar aquí? Interrogación inútil. Seguiré siempre, siendo paria literario. Gracias i latina. Mi letrita favorita.
martes, octubre 16, 2007
Conversación (real)
—¡Claro que no! Yo sí estudié. —Le dije.
—Ah. ¿Y qué estudió?
—Cómo hacer y presentar estas vistosas figuritas y adornos de macramé.
—Con razón.
—Así es.
...
[silencio grillesco. aire denso]
viernes, octubre 12, 2007
Concubia Nocte
Miró la carátula de su reloj. Estaba rota. Con el último golpe que le había propinado al hombre, el minutero se había detenido en el minuto cincuenta. En su cara se dibujó una mueca (su mejor intento de sonrisa). Contempló el cuerpo inerme a sus pies. Lo pateó una vez más. Bufó. Ya todo había comenzado. Salió de la habitación y se dirigió a la de los gemelos. La madre aún permanecía amordazada en la silla del fondo. Ella había sido quien más trabajo le había dado. Pero ya todo estaba solucionado: ahora contemplaba horrorizada al hombre aquel, al dirigirse al cuarto de sus bebés, orando por un milagro que los salvara. Pero nada. El extraño se detuvo frente al espejo del corredor; éste le retornó una imagen monstruosa, deforme, de sí mismo. Palpitaba. Hizo una caravana teatral. Se sintió satisfecho. Disfrutaba atacar a sus presas. Bendita lucidez. Era un cazador y estaba de fiesta, feliz como un niño en una confitería. Luego, ocuparse de los gemelos fue más fácil. Bastó encender la luz para que ambos se paralizaran por el miedo. La pequeña fue quien recibió el primer golpe. El chico quiso gritar al ver que su hermana era arrojada de bruces contra la pared. Pero un martillazo en pleno rostro lo impidió. Ars adivinatoria, quiromancia, deducción imbécil: faltaba hacerse cargo de la mujer. Y también faltaba construir una cárcava para esconder los cuerpos. Mucho trabajo por hacer. Pero Él estaba al mando. Él era el productor del miedo. Aterrorizaba. Así que ella trabajaría. Una vez decidido esto, bajó hasta la cocina. Sacó unos chilaquiles del refrigerador. Les untó crema. Los metió en el microondas y luego se dispuso a cenar. Estaba melancólico, meditabundo. Afuera, una libélula perdida, (está emborucada, pensó) golpeaba una y otra vez la ventana.
Pubicado en Metatextos 2.0. El ejercicio fue muy interesante.
martes, octubre 09, 2007
Puro Madrazo
Es curioso. Al principio da un poco de pena ajena darse cuenta que Roberto Madrazo, ilustre ex candidato a la presidencia de nuestro lustroso país, hizo trampa en una maratón en días pasados en Berlín. «¿Cómo es posible?» Se pregunta uno. «¿En qué cabeza cabe?». Luego viene el enojo: «¿Trampa? ¡No mames!». Posteriormente llega al cuerpo un poco de indignación mezclada con algo más bien indefinible, muy cercano a la incredulidad: «¡Y en Alemania! De plano no se puede con esta gente», termina uno por decir. Pero poco a poco, todo ello deja de ser tal y se va convirtiendo en algo más, en algo sustancioso, más significativo, más propio y familiar. Así, el acto del tabasqueño deja de ser penoso y se transforma en un verdadero referente simbólico, en un excelente estandarte para una posible campaña política, puesto que condensa en sí la forma de ser de una nación entera. Los estrategas de ese señor deberán sacarle el mayor partido a los actos de su jefe. Seguro que no hay mexicano que no se identifique con ese chilanguísimo modo de ser.[1] Y si los hay, son pocos, y medio hipócritas. Si Madrazo hubiera hecho esto un poco antes de las elecciones de julio de 2006, de verdad que no hubiera perdido de manera tan estrepitosa la presidenta; por lo menos mi voto hubiera sido para él. Y estoy seguro que el de muchos ciudadanos también.
¿Por qué?
Es bastante simple. He estado leyendo tanto en blogs como en diferentes diarios muchas opiniones cargadas de encono, exacerbadas porque el ex candidato supuestamente nos “ha dejado en vergüenza frente al mundo”. “Si esos son los que se postulan como gobernantes, imagínate cómo es el resto de la población”, se lee por toda
Ajá.
[1] Por favor, que no se me malinterprete. Lo chilango es una forma de ser, que no [sólo] remite a las personas que habitan el defectuoso. Con ello me refiero a la bonita actitud de “me chingas o te chingo” que prevalece en buena parte del país. Así, hay chilangos originarios de Jalisco tanto como hay chilangos de Oaxaca o Chiapas o de cualquier parte de
domingo, septiembre 23, 2007
Naila
viernes, septiembre 14, 2007
Saudade
Añorarse, esperarse a uno mismo con el anhelo no tan secreto de re-encontrarse, de descubrirse en alguna parte de estos despojos, casi como casualmente, para guardar las apariencias. Es paradójico: conforme me acerco a esto que ahora soy yo, me alejo cada vez más de mí mismo. Hay en ello una brecha, un atisbo de nostalgia, la desazón que produce no saberse pero intuirse, de no reconocerse en el espejo aún a sabiendas de que ese perro viejo no es sino una de las versiones de uno mismo, es decir, la copia de una copia de una copia de una copia ad nauseaum. Todo intento de capturarse prueba ser la más ineficaz vía para el auto-reconocimiento, un abismo de nada pura, una falla conspicua. El sinsentido más radical. Habría que implementar una estrategia, postular la desaparición última, el olvido. Deshacerse de todo esto, de cada uno de los finos hilillos, cortarlos de tajo, y dejar que el cuerpo languidezca, flácido, no más títere, no más bufón, no más nada. Nada. No más nada.
martes, agosto 28, 2007
Ajá
Estoy hasta la madre de observaciones sociológicas. Me dan hueva. Sobre todo porque no soy capaz de evitar hacerlas. Ni modo. Es que… Pudiera pensarse que las cifras macroeconómicas son el mejor indicador del desarrollo de una nación. Sin duda, hay razones para ello. Pero enfocarse sólo en lo anterior constituye un error brutalmente garrafal. Habría que desplazar la mirada y contemplar otras aristas, para tener un panorama más certero. Una de ellas, quizá la más adecuada, radica en observar y ponderar aquellos temas que resultan más escandalosos para una sociedad. O dicho de otro modo, en considerar la pérdida de la capacidad de asombro como un síntoma del subdesarrollo. La relación entre el grado de desarrollo y el escándalo es bastante sencilla: entre más insignificantes, más triviales, sean las temáticas que escandalizan a la gente, se hace visible un menor grado de desarrollo. Si se atiende a lo anterior, se abre un panorama bastante más complejo, es decir, se rompe la primacía economicista. Así, por ejemplo, hace unos meses, en Argentina por poco y destituyen al presidente cuando hubo una leve ola de secuestros. Apenas unos cuantos. En cambio, en nuestro país, los secuestros son el pan de cada día. En Gran Bretaña la sociedad está indignada por el asesinato de un niño de 11 años. Para los Estados Unidos —quizá el país con el mayor índice de subdesarrollo, visto en estos términos— el escándalo seguramente consistirá en que la sociedad inglesa se escandalice por algo que en Norteamérica ocurre cada tercer día.
Pinches gringos.
viernes, agosto 24, 2007
Welcome back, dude
Una vez más ha vuelto este ser sombrío que tanta nostalgia me producía. De nuevo el rostro adusto, la mueca retorcida, el encrespamiento total. Otra vez la terrible desazón, la inquietud de sí, la sensación de no estar del todo en ninguna parte. Ha traído consigo la noción de estar ligeramente excentrado. Hay en él un abismo, una vuelta al vacío, a lo negro más profundo, al más puro cinismo. Como siempre, postula la ironía y el sarcasmo como el único modus vivendi posible [y deseable]. Lo había visto de manera esporádica, por instantes. Pero esta vez ha regresado por completo, con más bríos, con una fuerza inaudita que me debería hacer temerle [sospecho que esta vez desea quedarse]. Lo recuerdo a la perfección: la última vez que lo vi con claridad, —hace ya algunos años— era un ser borroso, opaco, débil; cuando mucho una fase a punto de agotarse. Pero hoy, frente al espejo, supe que había vuelto. Inmenso. Lo intuí primero en sus ojos, en los oscuros rastros del insomnio. Después lo corroboré por todas partes. Lo miro (no puedo dejar de hacerlo) y sé que ahora tiene perfiles afilados, bien definidos, casi peligrosos. Ha refinado sus métodos: antes llegaba a patadas y echando espuma por la boca. Hoy es discreto, silencioso. Se desliza de manera subrepticia; te acecha; y cuando menos lo esperas, salta a la yugular, rasgándola con sus putrefactos dientes. Sin duda ha cambiado, es cierto: por fuera hay algo, no sé bien qué, que es diferente; pero adentro, horriblemente adentro, sigue siendo él: aún hierve. Aún sulfura. Aún duele.
Lo había esperado tanto.
Bienvenido.
martes, julio 17, 2007
Tiyei
Considerando lo anterior, lo más correcto sería iniciar esta crónica con mi llegada al Aeropuerto Internacional de la ciudad de Tijuana; con las sensaciones que experimenté al bajar del avión; con el orgullo que me infundía —e infunde— sentirme parte del Colegio de la Frontera Norte; con el primer desconcierto que me provocó enfrentarme al pollero que intentaba convencerme de que sus precios eran los mejores, y de que con él, el paso al otro lado estaba garantizado. Quizá debería mencionar que la situación geográfica de las instalaciones del Colef me resultó espectacular, privilegiada, idónea, y que esa sensación nunca me abandonó durante los cinco años que rondé por ahí. Sería pertinente hablar de la enorme calidad de las cátedras (verdaderas conferencias magistrales) que recibí en las aulas, de las discusiones en los pasillos, e incluso, de los enormes debates establecidos en la cafetería, a la hora de comer. Sin duda, resultaría fundamental retratar la atmósfera reinante, por lo menos la de mi generación, la cual era una mezcla de la bohemia más radical con el compromiso estudiantil más profundo.
Pero no siempre se comienza por el principio o por lo aparentemente más importante. Además, sería incoherente de mi parte pretender someter a un supuesto orden la experiencia de una ciudad inaprensible, caótica, que se esfuma en cuanto se intenta capturarla, y que aparece cuando pretendemos olvidarnos de ella. A veces, enfocarse en los pequeños detalles resulta más productivo que ofrecer una mirada panorámica. En este sentido, rescato del olvido algunos momentos que me marcaron de manera profunda. Por ejemplo, la soledad brutal de mi primer resfriado en tierras tijuanenses: aniquilado en el frío exilio de un colchón de tercera o cuarta mano, que escupía resortes por todos lados, escuchando el rugir de los obligados fuegos artificiales que demarcan cada 16 de septiembre. Otro momento: el descubrimiento de que el departamento de Playas, donde vivía, tenía vista al mar; esto gracias a un extraño día soleado entre tantas semanas pletóricas de neblina. Uno más: las interminables y sabrosísimas noches que transcurrían en La Ballena, La Estrella o El Dandy del Sur, lugares donde el aire se tornaba duro, y la realidad dejaba de ser imaginaria.
Ahora que ha transcurrido casi una década de que saliera un día domingo de Guadalajara, con la mira de llegar al norte, comprendo que experimentar Tijuana, que vivirla, al menos del modo en el que yo lo hice, exigía una triple apertura. Por una parte, quizá situada en el centro de mi estar allá, se ubica la férrea disciplina y las demandas del mundo académico. Estudiar una maestría en el Colef realmente requería una entrega y un compromiso totales. Puedo decir, con orgullo, que en sus aulas —y también, de manera significativa, en los pasillos— conocí y conversé con la gente más lúcida e interesante con la que me haya topado nunca. Sus huellas están aquí por todas partes, indelebles, en esto que soy ahora. Y todo lo apr(h)endido ha mostrado ser eficaz en otros contextos, más allá del ámbito académico. Suena a cliché, pero haber vivido en Tijuana es lo que podría denominarse como a near life experience. Hay una anécdota de esas que se cuentan como si le hubieran ocurrido a uno, que resume a la perfección la vida [muchas veces monacal] en el Colef: luego de varios días y noches de observar las actividades de un grupo de jóvenes, uno de los guardias de la institución pidió audiencia con el director. Ello con el objeto de hacerle saber a éste que tales sujetos eran unos desobligados y que debería pensar en despedirlos. ¿Por qué? Porque no trabajaban ni hacían nada. Permanecían en las instalaciones hasta altas horas de la madrugada, improductivos, y a lo único que se dedicaban era a estar ¡leyendo y escribiendo día y noche! Eran estudiantes.
Por otro lado, más hacia la periferia de mi estar allá, emergía la necesidad de sorber la médula de Tijuana, ciudad rizoma, fragmentada, viva. Aquí lo que me viene a la memoria son los detalles ínfimos, como mi primer y pequeñísimo departamento, sin un solo mueble, ni gas ni energía eléctrica, en el que al principio nos apretujábamos seis estudiantes. Además, recuerdo con añoranza las septentrionales e intensas discusiones hasta altas horas de la madrugada, aderezadas con vino tinto y Carlos Gardel. Éstas, casi siempre giraban alrededor de los temas menos trascendentes [y por ello importantísimos] que puedan imaginarse: desde la ineficacia conspicua de la Selección Mexicana de Futbol, las múltiples lecturas de The Simpsons o Friends, hasta las ingenuidades garrafales cometidas por Habermas en su Teoría de la Acción Comunicativa. Así era mi habitar Tijuana, mi estar en el Colef. Por último, en el fondo o detrás, casi como una presencia ominosa, estaba la sensación de no estar del todo ahí, la escisión entre dos mundos, la urgencia de un eterno pero impreciso retorno. Insisto, escribo desde aquí, ahora, acerca de ese pasado que persiste, que aún está presente. Epítome de la nostalgia, juego de espejos, Tijuana ya no es para mí una ciudad. Es más bien una metáfora; una paradójica forma de ser, un estado mental, el puerto al que siempre es posible llegar. No me cabe duda: yo viví el Colef apenas un lustro, pero el Colef, al igual que Tijuana, me habitará para siempre.
miércoles, julio 11, 2007
P. N.
Por favor, no me dejes ser salvo. Permíteme reconocer que la búsqueda de redención no es más que un enmascaramiento, la estupidez más grande. Ayúdame a comprender que intentar librarse de algo, de cualquier atavío, no hace sino enfatizar la dependencia; que contribuye a profundizar el vasallaje. Indícame, en consecuencia, que habría que regodearse por completo en ti. Sumérgeme en el núcleo más perverso de todas tus doctrinas. Asfíxiame con tu falsa pretensión de libertad, hasta el punto sublime de la esclavitud y la sumisión absolutas. Sé que sólo así te haré feliz. Sitúame a tu izquierda, a tus pies. Aniquila todas mis ideas, deshazte de ellas para siempre. No me sirven. Prefiero que pienses por mí. Yo no importo. Lo dejo todo en tus manos. Beberé y comeré como un caníbal cualquier cosa que me pidas hasta el final de mis días, perpetuando así un pacto inútil con la nada. Ignoraré el muro de silencio y pretenderé que estás ahí, escuchándolo todo; sabiéndolo todo, perdonándolo todo.
Ajá.
jueves, julio 05, 2007
viernes, junio 29, 2007
Llueve
Una vez más la lluvia. Vieja conocida, anclaje de la nostalgia. Tus tranquilos rastros de agua son como pasajes de la memoria. Así, cada gota tuya se va transformando en un recuerdo, en un forzoso rescate del olvido. Cada pequeño fragmento de ti, cielo líquido, condensa en sí quizá una copa de vino, un tango, un aroma, el roce de una piel. Eres, quizá, el más grande cliché de lo prístino, purificadora de ciudades que se desperezan (pretendiendo ser lomos de ballena que emergen a la superficie) ante tu tenaz insistencia. Es suficiente con que te asomes por cualquier lado para hacer huir al vulgo que no disfruta de tu compañía, los acorralas, los obligas a la sombrilla, o al roñoso café que los salva de tu humedad. Rompes sus anquilosados órdenes como ha sucedido siempre desde aquella primera y ancestral gota. No saben que la vida está afuera, contigo, como infinita cómplice del disimulo, basta caminar un instante entre tus frágiles ráfagas, y levantar el rostro, para dejarse ir, sin que nadie sepa, sin que nadie se de cuenta que, sin que nadie note que la verdadera lluvia está aquí dentro.
sábado, junio 16, 2007
Naila

o fascinante, como una sonrisa de cuerpo entero, como un caos fundamental oculto bajo un ropaje dulcemente frágil. Pequeña revolución condensada en llanto, trastocas toda noción de orden, todo esquema, toda estructura. Te multiplicas por todas partes, delimitando un territorio, articulando un antes y un después en mí. Centro prístino, ahora todo esto que soy gira en torno tuyo. Día a día. Desdoblando el futuro, nos reconoceremos allá tal como aquí. Sabremos que tú eres en mí eso indefinible que es más que yo mismo, que me atraviesa por completo y me devuelve mi propia e imposible mirada. Y es en este estallido, en esta especie de umbral, en el que, al observarte, me descubro en ti, completo, circular. Total. Y sabré entonces que era cierto, que yo había estado aquí por ti y para ti. Y que estaré siempre. Pase lo que pase. Que no te quepa duda, bonita, eres mi particular vuelta al origen; mi infinito retorno. Mi causa. Mi promesa. Mi reencuentro. Mi verdadero hogar.