lunes, septiembre 26, 2005

No estaba muerto...

Andaba de parranda....

viernes, agosto 26, 2005

Mnfx

No. Bastaron una jeringa y un poquito de aire.

jueves, agosto 18, 2005

¿dios?

Nunca he comprado un portarretrato.[i] Sin embargo, y lo confieso casi sin pena, soy un fan de las ilustraciones que traen en sí tales artefactos. Para mí, mirarlos en los anaqueles de las tiendas departamentales, observar detenidamente las imágenes que hay en ellos, analizarlas, equivale a contemplar a los animales en un zoológico. Quizá lo de los portarretratos sea, incluso, aún más divertido: puedes estrujar a placer un artilugio de estos sin mayor riesgo que el de una pinchadura en el dedo y la posterior gotita violácea. Intenta hacer lo mismo con una pantera o un mico y ya me contarás tu divertidísima experiencia. En este sentido, no me cabe duda que la variedad enorme de géneros, especies y subespecies de portarretratos merece la pena de, cuando menos, una buena genealogía. Como decía, es usual que en estos artilugios venga inserta una imagen genérica, a veces impersonal, con el objeto de mostrarle al cliente cómo se verá su fotografía una vez colocada en el espacio correspondiente. Ya sea en acuarela, plata y gelatina, o cualquier otra técnica, las ilustraciones muestran, por lo regular, barcos navegando, atardeceres montañosos, ancianos besándose, animales retozando, frutas apetitosas o payasos compungidos. En fin, hay casi[ii] de todo.
____Sobra decir que cuando camino por los pasillos de las tiendas departamentales me entretengo largas horas diseccionando la diversidad de modelos y formas y colores [tanto de los portarretratos como de las imágenes] que existen. La vocación de sustituto que cumplen tales imágenes, de cosa desechable-que-está-ahí-sólo-mientras-pones-tu-foto resulta, cuando menos, fascinante. Son un excedente cuyo único destino tal vez sea el bote de basura, la encarnación sublime de la nada o algo peor. Es probable que la colocación de las imágenes en los portarretratos responda a una estrategia comercial que me es desconocida. Sin embargo, es innegable que hay algo de misterio en todo ello: ¿quién las hace? ¿Son fabricadas exclusivamente como relleno de portarretrato? ¿Tienen otra finalidad diferente a ese triste destino? ¿Hay un movimiento artístico que pueda denominarse como «portarretratismo»? Se antoja hacer una arqueología de las ilustraciones.
____Si bien es cierto que me interesan más las imágenes que los portarretratos, habría que agregar, en justicia, que es sorprendente la ubicuidad de estos últimos. No tienen un lugar establecido en el universo de las tiendas departamentales. Si uno busca mayonesa, anzuelos, o vino tinto, sabe a dónde dirigirse. Cada cosa está en su lugar, junto a otras cosas que también están su lugar, en pasillos numerados, en departamentos específicos. Pero si lo que se busca es un portarretrato, el asunto se torna difícil. Si interrogas acerca de ¿dónde están los portarretratos? a los dependientes con el letrero de “pregúnteme, estoy aquí para ayudarlo”, inscrito en la espalda, se les cierra el mundo. No saben qué decir, tienen que comunicarse por radio con sus superiores. Aquello se vuelve toda una odisea. Esto es así porque no es extraño encontrar portarretratos tanto en «enseres para el hogar», en «línea blanca y electrónica», en «niños y bebés», en «farmacia» e, incluso, me ha tocado ver a más de alguno perdido en «salchichonería». Es más, en una ocasión descubrí uno dentro de un refrigerador, justo detrás de los helados de chocolate. Aunque no lo creas. Eso sí, casi nunca he encontrado uno en «fotografía» o «revelado e impresión». Además, con respecto a ello podría decirse que…
____Mmmm. Ok. Está bien. Divago, lo acepto.
____Me pasa lo mismo con casi todos los asuntos espinosos (i. e. futbol, política). Pensarás, y con razón, que este texto se titula “¿dios?”, pero sólo habla de los portarretratos. No es un error. La primera ocasión en que dudé de la existencia de dios fue a partir de una imagen que vi, a los diez años, en un portarretrato, en una tienda departamental. Por ello, en principio, la idea original de este texto consistía en discutir acerca de dios, por lo que la escritura con minúscula, y el encierro del título entre signos de interrogación constituyen un posicionamiento: intentan (de)mostrar que dios no existe, sino sólo a través de sus efectos, de manera retroactiva, a posteriori: como el centro ausente de la ontología divina alrededor del cual se estructura el orden simbólico de lo religioso. Pensaba decir que no me cabe duda que la fe mueve montañas, porque ha hecho a mucha gente creer en algo que nunca ha visto. Si hay milagros, creo que uno de ellos es, precisamente, la fe ciega. Iba a argumentar también, desde la lógica del reflejo, que si el mayor logro del demonio era haberle hecho creer a los seres humanos que no existía, cabría interrogarse si, en consecuencia ¿no será que el truco más grande de dios ha sido hacer creer a los [pobres] mortales que él verdaderamente existe? Si se acepta lo anterior, entonces dios sería una ficción vacía que sólo puede ser percibida a través de los efectos que [la misma idea de dios] produce. En tanto idea, dios sería una construcción discursiva; una palabra, pues. Si esto es así, ¿entonces fue el ser humano quien creó a dios a su imagen y su semejanza, y no a la inversa? Todo eso iba a decir. Pero luego caí en la cuenta de dos cosas. Primero, que otros ya han expresado lo mismo de manera brillante y más convincente que yo. Segundo, que la cuestión es bastante tramposa: tratar de demostrar la (in)existencia de dios coloca a quien lo intenta, desde ya, en una posición en la que se plantea, de inicio, que dios existe, invalidando todo argumento posterior. Concluí entonces que, para un verdadero ateo, el tema en sí resulta irrelevante. Y yo soy ateo, gracias a dios. Por eso, prefiero hablar de portarretratos y no entro-meterme en las cosas de dios, para que ella no se inmiscuya en las mías.
____¿Captas?


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[i] ¿Has notado que muchas veces las cosas aparentemente más banales y situadas en el margen son, precisamente, las que sirven de cemento para la sociedad? No sé si los portarretratos lleguen a tanto. Pero pienso, por ejemplo, en el papel crucial que juegan las secadoras de pelo, omnipresentes en todos y cada uno de los moteles de la ciudad, en sociedades tan conservadoras como la nuestra. Imagínate qué sería de algunas de las niñas bien-y-de-su-casa si llegaran con el cabello mojado a sus respectivos hogares, luego de largas sesiones fluídicamente amorosas con sus novios, amigos, maestros, etc. Tanto amor obliga a la ablución, sobre todo si consideras que cuando salen con sus amigos, las niñas sólo van a misa, al teatro, al cine, al parque, a tomar una nieve, etc. And I bet you know what I mean.
[ii] El casi. Otra vez el maldito casi. Siempre se me cuela en el texto. Esta palabra que parece inofensiva, y que alude en cierto modo a una esperanzadora completud, a algo que posiblemente llegue a estar entero un día, tiene un reverso oscuro: abre una brecha enorme, un abismo en el que cabe casi todo: el casi, más que algo que está por acabarse, más que un vacío a punto de ser llenado, es el signo mismo de la más pura y eterna incompletud, la falta conspicua que hay en casi todo. Es más, casi podría decirse que habría que reflexionar más acerca del, en relación con, con respecto a… a ¿qué?

martes, agosto 16, 2005

[dicho a cada mañana]Frente al espejo

En alguna parte leíste que sólo había dos temas acerca de los cuales valía la pena escribir: el amor y la muerte [¿eran esos los temas? Se nota que no eres un Funes]. Pero estás convencido de que el amor es un accesorio, cuando mucho un desequilibrio en la química cerebral. Eso lo coloca al mismo nivel que la distimia, la esquizofrenia o la psicosis. Pensar el amor te provoca una flojera infinita. Prefieres dejar que lo razonen y lo escriban los poetas [muero de amor, muero de ti… ¡ugh!]. Tú aseguras que el amor es para vivirse o sentirse, algo más cercano a las vísceras que a la inteligencia. En cambio crees con firmeza que la muerte es el límite constitutivo de la vida, su esencia, literalmente, el non plus ultra [no hay más allá]. Ni el amor rescata del pozo negro de la muerte. Se puede vivir con o sin amor. Pero no es posible elegir entre morirse o no. Si uno se muere, ya no vive más. Así de tajante es la vida. Así de tajante es la muerte. Estás seguro que frente a lo anterior, el amor es de segundo orden. Para ello recurres a la sabiduría popular, que casi nunca se equivoca, y que acertadamente reza: “para todo hay remedio, menos para la muerte”. Además, argumentas —un tanto facilonamente, hay que decirlo— que desde el mismo instante en que nacemos, todos nos estamos muriendo de a poquito, unos más lento, otros de manera más acelerada, pero todos, todos, todos, morimos. Vaya promiscuidad —recuerdas las palabras de Mafalda—. Quizá la muerte sea el único tema [del que valga la pena pensar y escribir, antes que experimentar] —concluyes, mitad ciencia, mitad reproche—.
____Consideras que enfrentarse al espejo de la (propia) mortalidad es, cuando menos, desafiante. Esto es así porque asumes que reconocer la finitud del ser humano —y sobre todo la tuya— interpela a las creencias más profundas y obliga a adoptar una postura [con respecto a la vida; en relación con la muerte]. Quien se atreve a hacerlo, a imaginar la vida sin estar ya en ella —no lo dudas—, puede aceptar la idea de que el mundo cambiará significativamente tras su muerte. Pero habría que reconocer que una idea así estaría marcada por el riesgo de creer que [luego del deceso y para los que quedan vivos] habrá algo faltante, una ausencia terrible, desesperanzadora, un vacío gigantesco. Es posible —como tú mismo lo has hecho— fantasear con las caras tristes en el (tu) funeral, el luto, el día nublado y casi a punto de llover. Las omnipresentes flores —que odias tanto, salvo por las margaritas y los girasoles— y las coronas con los ridículos letreritos. Amigos, familiares, conocidos, todos inconsolables. En fin, el ritual burocrático que gira alrededor de la muerte. Luego la cremación o el entierro. Después, con el tiempo, el bonito recuerdo ocasional, una lágrima quizá, una sonrisa arrancada a la memoria. Y sobre todo, la seguridad de que del “otro lado” hay algo; de que tras la muerte pasarás a mejor vida. La luz al final del túnel, la sensación de paz, el reencuentro con los seres queridos que ya se han ido, el Paraíso. Todo eso.
____Ja. Iluso.
____No, no. Me estoy riendo contigo, no de ti. De verdad, no me burlo. No, tampoco estoy siendo irónico. Sólo te digo lo que pienso. Pero de cualquier modo, tú eliges: puedes aferrarte al suave confort de las nubes y el Paraíso; o puedes hacer evidente eso que siempre has intuido: que tras la muerte solo está la nada, el vacío último. Kaput, Au Revoir. El último en salir que apague la luz. Bye, Bye. Auf Wieddersen, etc…
____Ups. Lo siento. No sabía que tú… Chale. No te pongas así. Sin pucheros, por favor… Me vas a hacer llorar a mí. Acaso ¿de verdad creías que había un plan divino en el que tenías una función designada y que te aguardaban cosas maravillosas del “otro lado”? ¿En serio pensaste, aunque sea por un momento, que el Paraíso, el Cielo y todo eso? Nah. ¿Neta? Pero si son puros cuentos que te han contado para mantenerte tranquilo, confortable, feliz en la medianía. De verdad. Yo sugeriría que te dieras cuenta: no eres como los figuras que se ven a través de un calidoscopio, únicas e irrepetibles. Eres composta. Es más, ni eso. Sólo simple materia orgánica. No eres de arcilla, idiota. No hay soplo divino en ti. Eres, más bien, setenta por ciento de agua. Te diluyes fácilmente. Te borras. Te lo aseguro: te sentirás mejor el día en que te deshagas de toda esa falsa esperanza y abraces plenamente el desencanto. Entre más rápido lo aceptes, todo será más fluido: cuando mueras todo seguirá igual: aún para la gente que más te amó —el amor es secundario, recuérdalo— seguirá saliendo el sol, tendrán sueño, les dará hambre, irán al baño, tendrán una vida. Nada es estático. Tú te mueres; la vida sigue. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Tu vida se termina segundo a segundo. ¿Ves? Mientras lees esto estás muriendo. Ahí va un segundo. Otro. Uno más. ¿Te das cuenta? De prisa hacia el abismo. Acéptalo. ¿Es tan difícil reconocer que la única certeza que tienes es que te vas a morir? Lo demás es lo de menos. Tarde o temprano te vas a morir. Esto es lo que eres: según la esperanza de vida de tipos como tú, estás en el tope, en el punto más alto, llegaste al non plus ultra. De aquí en adelante todo es de bajada… Suavecito. Ahora, a trabajar y ser bueno y honrado, que no queda de otra: hay que ganarse el cielo ¿no?

miércoles, agosto 10, 2005

Tres años...

"Todo el invierno es agosto / y llueve siempre como su voz". Ay, chatita... Te extraño tanto.

viernes, agosto 05, 2005

vuelta

Como si no tuviera que entregar una tesis, me puse a corregir este relato. Cambié el final y le agregué unas cosillas. A ver qué les parece.
Fue como un sutil vértigo lo que hizo que Damián apartara la vista del libro. Entonces lo supo. Así, de golpe, entendió lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Pero decir «lo supo o entender» es decir demasiado, es asumir demasiado, equivale a darle la razón a la Razón o a domesticar el instinto. Más bien, Damián intuyó, por llamar de algún modo a aquello que le ocurría a nivel de las vísceras, de la piel, y se le extendía por todo el cuerpo como un viento tibio. Pero no. La Duda sistemática y la Contradicción inherente eran de uso corriente en el vocabulario de Damián, casi un estilo de vida. No podía dejar de cuestionar todo. Quizá por ello eso que sentía como un entendimiento tibio (siempre la insuficiencia de las malditas palabras) fuese algo más parecido a un hielo clavado en el estómago. Fría tibieza, qué estupidez.

____Para Damián, esta tarde[1] había sido como casi todas: luego de impartir su cátedra de pensamiento social contemporáneo en la Universidad, se había dirigido al café de costumbre. A pie, como siempre. Caminar por la Ciudad[2] era ingresar en un caos, en una masa espesa que se adhería al cuerpo como mugre rancia: edificios vomitando rostros como muros, estridencias de humo negro, venas esclerotizadas por el asfalto y el plomo. Le gustaba la ciudad, a Damián. Hacía frío y estaba a punto de llover. Entró en el lugar. Buscó con la mirada la mesa del fondo, la de siempre. A esas horas el lugar estaba semivacío, salvo por aquellos pocos parroquianos —como él— que buscaban lugares pequeños, mal iluminados y tolerablemente sucios para rumiar a gusto sus soledades y huir un poco de sí mismos. Dejó su saco en el respaldo de la silla y tomó asiento. Pidió, para variar, lo de siempre. Extrajo de su bolso militar un libro de aquel filósofo esloveno que lo tenía fascinado, se ajustó las gafas y se concentró en la lectura.
____Involuntariamente [¿involuntariamente?], a sus recién estrenados treinta se había convertido en el típico cliché, en el estereotipo esnob e intelectualoide del profesor universitario que antes tanto había criticado: pantalón de mezclilla, botas para escalar, sacos de pana, camisas sin marca, todo en colores parduscos y negros. Lo distrajo un poco la llegada de la mesera con el latte y el muffin de zarzamora, pero siguió leyendo. Un olor a lluvia se fue colando por entre las mesas e inundó el lugar, mezclándose con los aromas del café y el pan recién horneado. Todo tenía la suave textura de la rutina: un sorbo, un mordisco, un sorbo, una página. Pero ahora había una escisión, una ruptura que estaba resquebrajando el orden-ladrillo en el que se había convertido su vida. Hoy estaba aquel vértigo, la fugaz sensación de malestar que lo hizo apartar la vista del libro y fijarla en aquella [extrañamente familiar] silueta que se perfilaba en la puerta del local, que sacudía inquieta la humedad de aquel paraguas que se resistía a replegarse, que entrecerraba los ojos para ajustar la vista a la penumbra. Que buscaba.
____No era posible.
____Hacía tanto tiempo, casi diez años, y ahora ahí, como si nada, estaba ella. Definitivamente no era posible. Lo mejor era volver a la lectura, ignorar el latigazo del recuerdo, desaparecer antes de que
____«¿Damián? ¿De verdad eres tú, Damián?» sonó desde el centro del local la voz de Ximena. «No lo creo. Te veo y no lo creo», dijo ella al tiempo que se acercaba. Sus ojos de avellana mostraban una sorpresa auténtica [pero ¿verdaderamente era sorpresa, Damián?]. Sonrió ampliamente: aquellos labios no habían perdido el encanto con el paso de los años, y Damián no pudo evitar notarlo. Él la recordaba envuelta en vestidos de colores brillantes, siempre alegre; pero ahora iba toda de negro,[3] y quizá por ello se veía un poco pálida y demasiado seria. Ya no era la delgada y frágil jovencita con cara de niña. Su cuerpo era ahora el de una mujer fuerte y hermosa. Con treinta y un años y dos hijos, Ximena aún conservaba esa insólita aura, mezcla de inocencia infantil y sensualidad perversa. Se movía con gracia. Sus piernas seguían siendo bellísimas [aún usas esos zapatos tan extraños, Ximena]. Dejó su pequeño bolso sobre la mesa. Se inclinó para besar en la mejilla a Damián. Éste, un poco sorprendido, percibió el tenue aroma a violetas que se desprendía del cabello de Ximena [pero no sólo eran violetas; había algo más, ¿verdad, Damián?]. Sintió como si cayera en una especie de sopor, como si esa fragancia le perteneciera por derecho, o más bien, como si él fuera esclavo de aquel perfume y ahora le estuviera reclamando su potestad. Pero había también otro olor, como detrás o lejano, una especie de tufillo que él no supo identificar.
____La Caída.
____El Vértigo.
____La nostalgia comenzó a tomar forma y se tendió un puente entre ellos,[4] en aquella pequeña mesa, en aquel café cualquiera [tanto tiempo Ximena, tanto tiempo pensándote, extrañándote]. «Este es el último lugar en el que hubiera imaginado encontrarte», dijo Damián, oculto detrás de una sonrisa a medias, al tiempo que la invitaba a sentarse con un ademán.
____«No alcancé a llegar al estacionamiento. Paco, mi marido, está fuera de la ciudad, e Isidora y Paquito están en casa de mamá», dijo Ximena. A Damián le pareció que el énfasis que Ximena había puesto al referirse a su esposo había sido intencional. Pero ¿cómo interpretarlo? ¿Ximena marcaba una distancia al referirse a su marido? ¿Nombrar a los niños era un no rotundo? ¿Acaso era una invitación? Bah. En ese momento era lo que menos le importaba. Damián quería desaparecer, hacerse agua, disolverse. «Entré a este lugar escapando de la lluvia y mira, te encuentro aquí, leyendo. No has cambiado nada, Damián. ¡Deja ya los libros! ¿Qué haces aquí? ¿A qué te dedicas? ¿Cómo te va la vida? ¿Hace cuánto que? ¡Cuéntame!».
____Damián la miró con interés. Estaba perdido en lo profundo de aquellos ojos [perdido, también, en sus propias incertidumbres], en el súbito atropellamiento que le producía el tropel Ximena. Recorría con la mirada el suave perfil de los labios de ella, la perfección de su cuello, la delicada blancura de sus dedos, el leve escote que dejaba entrever la redondez de sus pechos. Recordaba la curva del vientre desnudo de Ximena y cómo éste encajaba perfectamente en su mano, el abrazo de aquellas piernas, la terrible y deliciosa lentitud de los años en los que todo era búsqueda interminable, en los que sólo ellos importaban y querían estar juntos, tocándose, oliéndose [ah, Ximena, siempre tú Ximena, nunca nadie sino tú, diferentes manos y bocas y cuerpos pero siempre tú, Ximena, siempre tú. Pensar que me he empeñado idiota, minuciosamente en olvidarte]. «Pues yo, igual que tú, escapo un poco», dijo Damián. No sabía si estaba respondiendo qué hacía allí, o a qué se dedicaba. «Aunque a mí la lluvia no me molesta tanto; o, mejor dicho, ésa, la de afuera, no me molesta. A casi diario vengo aquí para librarme un poco de esta otra lluvia», dijo mientras se llevaba el índice a la sien. Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de él. En los ojos de ella se instaló una sombra que era algo casi como lástima. Se hizo una pausa tensa. Ambos se miraron fijamente.
____El Silencio.
____La Caída.
____El Vértigo.
____«¿Te pido un té de menta?», preguntó Damián, rompiendo, por fin, el espeso silencio. «¿Todavía te acuerdas?», dijo ella, sonriendo enternecida [pero era lástima. Estoy seguro que era lástima]. Damián desvió la mirada. Se sentía turbado. Hace muchos años había fantaseado con ese encuentro, casi de la misma manera en la que lo estaba viviendo, así, fortuito e inesperado. En aquel entonces se había formulado toda una batería de preguntas [¿por qué Ximena, por qué te fuiste?], memorizado una serie de temas [prometiste estar siempre conmigo], justo para cuando llegara ese momento. Había repetido tantas veces en su cabeza aquella escena. Tenía varias hipótesis acerca de cómo ella podría haber cambiado, de lo que pensaría y de la forma en que actuaría al verlo, del modo en que el tiempo podría haber transformado su imagen y su espíritu. Había pensado en ella obsesivamente hasta que se enteró, por una amiga en común, que Ximena se había casado. Después supo de un par de hijos. Entonces se volvió borrosa, lejana, quizá algún recuerdo ocasional, una lágrima tal vez. Nada más. Damián pensaba en ella como una cicatriz que se ha cerrado, pero cuya marca permanece. Y ahora que la tenía enfrente, tan cercana, tan natural, hoy que había vuelto a respirar su olor [¿a qué hueles, Ximena?], los recuerdos amenazaban con inundarle los ojos. Damián, como nunca antes, se había quedado absorto, sin palabras.
____Las cicatrices no terminan de cerrar nunca.
____Afuera la lluvia y el frío arreciaban. Adentro la conversación iba dejando atrás cualquier cantidad de lugares comunes, y se encaminaba a derroteros cada vez más íntimos, más intensos. Así, Damián fingió que no estaba enterado de la boda con Paco, que al año nació Isidora y, finalmente, tres años después, Paquito, todos bien, gracias. Se enteró, eso sí de primera mano, del departamentito de cuarto piso rentado por el sur de la ciudad, apretadísimo, después Paco en su propio bufete, éxito grande, compra de casa lujosa con jardín enorme y perro incluido, la niña ya en la primaria, y Jr. el año que entra. «No me puedo quejar. Tengo una buena vida», dijo Ximena con un leve dejo de tristeza o resignación en la voz. «Además, Paco siempre estuvo ahí cuando lo necesité». Ella había fijado la vista en la pequeña tasa que aprisionaba entre sus manos. ¿Lloraba?
____«A mí no me va tan mal», dijo Damián. «Luego de que nos perdimos el rastro [después de que te fuiste, Ximena, después de tanta soledad y tanta desesperanza, después de esa vorágine oscura en la que me hundí como un loco cuando rompiste tu promesa] estuve estudiando música. Sí. Un año de guitarra clásica. Luego, ya ves, me gusta dejar las cosas a medias, me salí del conservatorio porque me ofrecieron una beca para estudiar en Alemania y yo no quería irme [todavía tenía esperanzas, Ximena]. Anduve vagando un rato, haciendo de todo. Finalmente entré a la universidad para estudiar una carrera en administración, economía o macramé, no recuerdo bien. Me gradué y después me fui al norte, a estudiar una maestría, becado, por supuesto. Recién terminé un doctorado y ahora soy un feliz y solitario profesor universitario. Como ves, sigo viviendo del presupuesto», dijo Damián entrecomillando con sus dedos sus palabras. Sonreía. Pero su sonrisa también era una mueca de horror, algo como un escorpión furioso retorciéndose tan arácnidamente que.
____Asqueroso.
____«Pero, ¿y el resto de tu vida?», preguntó Ximena. «¿Qué es del resto de tu vida?». Ella había inclinado un poco el cuello. Un rizo le resbaló por el rostro. Con un movimiento de su mano lo colocó detrás de su oído. Damián notó una especie de mancha roja, difusa, cerca del lóbulo de Ximena. Y esa pequeña mancha era como un ancla, una clave de lo que verdaderamente ocurría [maldita sea Ximena, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué me miras de ese modo? Yo ya te había olvidado. ¿Es sangre eso que hay en tu cuello?]. «Sí, lo sé, soy patético, mi vida se reduce a una buhardilla en el centro de la ciudad, a un montón de libros viejos, y a unas cuántas botellas de vino. Eso sí, de muy buen vino». El tono jactancioso era como un eufemismo que intentaba hacerse pasar por ironía, con resultados bastante malos. Por un instante el rostro de Damián se ensombreció un poco. Sólo un poco. «Ah, también soy un terrible adicto a los muffins que hacen aquí. Yo creo que por eso estoy tan panzón», dijo él, recuperando el ánimo. Sonreía. Pero su sonrisa también era.
____La lluvia diluía la tarde.
____Ella no paraba de hablar, de interrogarlo.
____Él trataba de… bah, sólo trataba, a secas.



El roce de sus manos fue fortuito. Sucedió en plena conversación, sin pensarlo. Ambos buscaban una servilleta justo en el mismo momento y nada más. El autoreconocimiento fue instantáneo, casi eléctrico: el pasado, lo que habían vivido juntos, se coaguló en sus memorias, el tiempo que habían estado separados se hizo trizas. Bastó un roce para fueran conscientes de sus propios cuerpos, de su estar ahí, de esa vergonzosa barrera que la cotidianidad había erigido entre ellos, y que ellos mismos se habían esforzado por hacer patente. Se derrumbaron así los pequeños mundos prefabricados, las burbujas de cristal que se respectivamente se habían construido para exponerlas frente al otro, como si ellos no se conociesen tan profunda, tan odiosamente. Al tocarla, Damián la miró extrañado. No supo si fue el tacto de aquella piel antes tan suya —o lo extrañamente helada que estaba la mano de Ximena— lo que le había producido el ligero estremecimiento que le recorrió la espalda. «Tengo frío» dijo Ximena casi como una súplica. Él conocía aquella frase. Les había servido tantas veces como contraseña, como un pasaporte personalísimo, llave y cerradura al mismo tiempo. La observó un instante, y luego desvió la mirada hacia la puerta, como sugiriendo. Ella asintió, aceptando tácitamente. Todo era tan igual que antes.
____Había dejado de llover hacía ya un rato, el lugar se estaba abarrotando y parecía sensato irse. No la dejó pagar, a pesar de que ella insistía en hacerlo. Salieron de aquel café sin hablar y caminaron un par de calles hasta donde estaba el auto. Ya estaba oscuro. La ciudad parecía nueva, húmeda y refulgente [y tú Ximena, estás aquí, por fin estás aquí]. Por el canalete de la avenida corría un pequeño riachuelo que llevaba algunas ramas secas. Él vio pasar una hoja de periódico. No le pareció extraño que ella se agachara a recogerla. Tampoco le pareció extraño que ella dijera que ahí hablaban de los dos. Le extendió el pedazo de papel húmedo, para que lo comprobara, pero él lo rechazó con una mueca de asco. Ya había entendido.[5] Y nada de eso era extraño. Durante el tiempo que él estuvo con ella siempre sucedían ese tipo de cosas.
En el ambiente flotaba una especie de aura ambarina que emanaba de las pocas lámparas que aún funcionaban. Caminar junto a ella resultaba tan agradablemente familiar y ajeno al mismo tiempo. Había como un acuerdo silencioso entre ellos, en el que las palabras no eran necesarias ya que hubieran empañado todo aquello en lo que no había nada qué decir. El asunto era dejarse llevar. Al fin y al cabo, eran un par de adultos que se encontraban después de tanto tiempo, sabedores de que se pertenecían, que los ligaba una promesa.
____Ximena subió al estacionamiento para recoger el auto. Él la esperó afuera. Se entretuvo repasando lo sucedido durante lo que había sido, hasta unas horas antes, un día rutinario. Levantarse casi de madrugada, un café antes que nada, ducharse para deshilachar el insomnio, desayunar un muffin, leer el periódico, el recorrido a pie hasta la universidad, las clases, el latte vespertino. No cabe duda que hay cosas, como la rutina, que poco a poco nos van salvando la vida, arrancándonos constantemente del suicidio o de la desesperanza. El auto era rojo, elegante, le iba bien a Ximena. Se abrió la puerta. Damián subió y ella lo recibió con un gesto que pretendía ser una sonrisa. Pero el choque le había destrozado la quijada y le era imposible hacerlo. Adentro olía un poco extraño, fuerte, a una mezcla de gasolina y aceite. En el piso había sangre. Mucha sangre. A Damián le dolían las piernas. Con el golpe, el fémur le había atravesado la piel y se le habían roto las costillas. Casi no podía respirar. Justo en el instante en que intentó poner el seguro de la puerta tuvieron sentido los cristales hechos pedazos, la posición retorcidamente incómoda en la que él estaba, el volante clavado en el pecho de Ximena, la sangre, el humo, los hierros retorcidos, el letrero de vuelta en U, el horizonte invertido [qué bueno que regresaste, Ximena, ahora sí estaremos juntos siempre]. El escorpión se transformó en una sonrisa [¿el escorpión se hizo sonrisa?].
____Nadie, nunca, volvería a saber nada de Damián.



En la mesa de la cocina, en el departamento de Damián, el diario estaba abierto en la sección policíaca. Ahí era posible leer lo siguiente:
Guadalajara, Jal. 13 de agosto (AP). En un extraño accidente automovilístico fallece la esposa del connotado abogado, Francisco Urrutia Juárez, fiscal de la Zona Metropolitana de Guadalajara. En el accidente también perdió la vida el acompañante de la distinguida señora, quien hasta el momento no ha sido identificado. Agustín Suárez, comandante en jefe de la policía municipal señala que aún no han sido aclaradas las causas del accidente, pero ya se llevan a cabo investigaciones para deslindar responsabilidades. «Al parecer, todo se debe a una falla mecánica del vehículo, porque no se tienen otros automovilistas involucrados en el incidente», señaló Suárez. A la Sra. Ximena Calvillo de Urritia le sobreviven su esposo y dos hijos. Su cuerpo será inhumado mañana al mediodía en…
___________________
[1] Esta tarde, siempre, antes, hoy, a esas horas, el tiempo —el verdadero protagonista de este relato—se va colando por todo el texto, como si verdaderamente hubiese un orden, un sentido establecido, como si a la acción de abrir un libro siguiera, por lógica, la lectura, como si al latte siguiera un sorbo. ¿Quién asegura que a la imagen de un hombre que jala una silla le sigue otra en la que un hombre aparece sentado y bebiendo café? ¿Acaso quien jala la silla es el mismo que bebe? ¿No eres tú quien le otorga la cualidad lógica y secuencial a algo que es contingente y azaroso? El tiempo y su (i)lógica es la clave.
[2] ¿Pero qué es la Ciudad? La ciudad es una metáfora de algo más que calles y trayectos. Constituye una objetivación de algo que está dentro de Damián y, por qué no, de Ximena. La ciudad es, en última instancia, un estado mental que los atraviesa dolorosamente, algo que se vive y no algo en lo que simplemente se está.
[3] Es curioso: es seguro que el vestido de Ximena era perfecto para caminar por el centro histórico de la ciudad, para ir de compras o visitar a los amigos. Pero ahí, adentro de ese lugar, lo que en otras circunstancias sería bello, se convertía en una especie de tumor, en algo horrendo, en la cercanía terrible con lo Real.
[4] Pero el puente que se tendía entre ellos [metáfora fácil, casi pueril] era pensado por Damián mientras veía a Ximena, detrás de cada pequeña palabra que salía de su boca, y todo era una especie de eufemismo que él se inventaba para disfrazar su, para enmascarar su, para darle otro nombre a su ¿a su qué?
[5] Pero ¿qué es precisamente lo que había intuido/entendido Damián? La paradoja traumática de la situación que se entreteje en el texto. El desenlace del relato entraña una especie de bucle temporal, que no preexiste a sus efectos, sino que es retroactivamente postulado por éstos. Podría decirse que es a través de sus ecos dentro de la estructura significante que el final se convierte en lo que siempre-ya era. Ello implica, un posicionamiento ético con respecto a esta narración: todo enfoque directo falla necesariamente si se trata de aprehenderlo de modo directo, sin tener en cuenta sus efectos posteriores. Al hacerlo de ese modo, nos quedaríamos atrapados dentro de la lógica tradicional del ejercicio literario, inmersos en el más puro factum brutum sin sentido.

viernes, julio 22, 2005

Diálogo a una sola voz

Hay quienes creen que leer a Cervantes [ponga usted aquí el nombre de su Escritor favorito] es una condición necesaria e ineludible para tener acceso a la Literatura. Autor imprescindibilísimo, le dicen, adoptando una pose de autosuficiencia erudita mientras citan —de memoria— algún pasaje oscuro de “La llegada a Barcelona” o de “La Cabeza encantada”. Yo al único Cervantes que conozco es al que religiosamente vendía tacos de birria todas las mañanas en la plaza de mi barrio [hasta que le destazaron el voluminoso vientre por un misterioso lío de faldas]. Dicen que tenía el hígado del tamaño de su inseparable botella de mezcal. Su vida sí que era literatura de la buena. Literatura o literatura, he ahí el dilema. Cuántos prejuicios pueden ocultarse detrás de una simple mayúscula ¿no? Habría, pues, que agarrar a martillazos a esa gran “L” hasta resquebrajarle los cimientos, adelgazarla hasta que quede en el anoréxico y precario equilibrio de una “l” que a duras penas se sostiene. Desdivinizar la Literatura implicaría hacer estallar el Olimpo literario al que sólo los Escritores pueden entrar por derecho propio [¿por derecho propio?]. ¿Por qué no convertirse, pues, en escritores así, con minúscula, [patos] terroristas que le tiran a las grandes letras [escopetas] sostenidas por una sociedad mafiosa de Escritores que no se han enterado de su propia muerte? Ese día la Literatura habrá dejado de ser tal. Ese día vivirá la literatura.

Es muy probable que nunca publique nada de esto en ningún lado [salvo en mi blog] y sólo pueda dialogar a una sola voz… conmigo. No importa. Yo no quiero ser Escritor. Es más, no quiero ser nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, sólo quiero escribir, es decir, adoptar una especie de “nomadismo de la reflexión”, como llama Lapierre a esa necesidad de enfrentarse siempre al bloque macizo de lo conocido, al mito de la Razón [en este caso literaria], rompiéndose los dientes si es preciso. Un nomadismo tal que implica proceder a saltos, desarrollando una idea por aquí y otra por allá, revolcándola, tanteándola, olvidándola por un rato para luego retomarla si nos apetece. ¿Por qué no hacer un cuento a modo de disertación filosófica o presentar una disertación filosófica escrita en tono de novela light? Quizá habría que hacer de toda literatura un ensayo [literario], atravesando las fronteras de cualquier género. De este modo, no resultaría difícil encontrar en algún verso de raíz poética las claves para pensar el papel del escritor y al mismo tiempo impensar la Literatura: “el poeta [el escritor] hurga en su corazón/como quien busca pan en la basura —dice Luis Chaves—/ la poesía [la literatura] moja el colchón/ y en las páginas del diccionario/ de la real academia/ escribe el teléfono de la esposa/ de su mejor amigo”. ¿Captas? Así, más que puntos de llegada [más que textos encerrados en sí mismos], habría que establecer «campamentos provisionales», abiertos, que inviten a la ludicidad, sí, pero también a la (auto)crítica [intertextual]. Más que al autor —como sugería Barthes—, habría que dar muerte al Escritor. La Literatura agoniza; el tiro de gracia habrá de dispararlo el escritor. Pero como el buen desencantado y apático que soy, estoy casi seguro que hasta la acción más subversiva tiende a reificar los órdenes establecidos. Ante ello, como siempre, surge la bendita duda: ¿acaso todo lo anterior no es más que el reverso de una patética súplica en la que quien esto escribe implora ser reconocido como un Escritor? ¿Acaso el rechazo de todo aquello que representa la Literatura no es sino la más pura literalidad de la metáfora que involucra al ardor que mató al quemado? Quizá. Quién sabe. Lo que es cierto es que [solo] sólo escribo para contradecirme y, cuando escribo, me crece la nariz.

3some again...

El 3some hace de las suyas otra vez. Ahora en el blog de Nana. Pase usted a ver!!!

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miércoles, julio 20, 2005

Qué divertido

Más allá de revelar los claros vínculos entre la Secretaría de Gobernación y la Iglesia católica: ¿qué dice de nosotros como sociedad el hecho de que la "píldora del siguiente día" se haya convertido en un tema de discusión? Lo peor es que el "debate" (estúpidamente gubernamental y religioso) está olvidando que las mujeres tienen capacidad de decisión propia, no son títeres a los que hay que manejarles los hilos. En última instancia, lo único decente que se puede extraer de los discursos de Abascal y Rivera Carrera es que ellos piensan que la población mexicana (en general, no solo las mujeres) es demasiado imbécil como para poder elegir por sí misma. Es claro que piensan que sin ellos, sin su guía, corremos el riesgo de extraviarnos y optar por el camino de la oscuridad. Probablemente deberíamos salir a manifestarnos. Pero no, pensándolo bien, eso equivaldría a rebajarse al mismo nivel retrógrada de los patéticos jerarcas que "nos dirigen". Desde mi cómodo sillón creo que en estas circunstancias, la ironía, la apatía y el desencanto son la mejor forma de protesta. Sin duda.

jueves, julio 14, 2005

Impaciencia

Sin duda, yo soy un impaciente crónico. Todo me delata: el tamborileo de los dedos en la mesa; la incapacidad de poner atención en una sola cosa a la vez; la (no tan mala) costumbre de arrebatarle la palabra al prójimo; los amaneceres que me sorprenden en la sala rumiando las (malditas) palabras. A veces me da un poco de pena admitirlo porque la paciencia es vista, casi siempre, como una virtud. Casi siempre. Pero como ocurre con toda virtud, una lectura más atenta pondría de relieve que hay algo perverso que se oculta detrás de ella. San Agustín ha dicho que la paciencia es la compañera inseparable de la sabiduría. Pero ¿qué garantiza lo anterior? ¿Quién asegura que la paciencia conducirá a la sapiencia pura? Debe ser patético llegar al final de la vida cargando el lastre de la paciencia en la espalda y descubrir que como sabio se es un buen futbolista. Peor aún: ¿acaso la paciencia no constituye un eufemismo de la más pasmosa pasividad? El que espera desespera. La impaciencia interpela. La paciencia adormece. En este sentido, la figura monacal y ascética del que espera tranquilamente a que se cumpla su Destino resulta, cuando menos, exasperante. Foucault ha dicho que la inquietud de sí mismo es una especie de aguijón que debe clavarse en la carne de los hombres, un principio de agitación o de desasosiego permanente a lo largo de la vida. Lo acepto. Asumo que no hay escapatoria de la impaciencia. Además, nada hay tan vil como sentarse a esperar a que las cosas pasen. Como buen impaciente, prefiero ir a buscarlas, aunque sea de manera errática, a patadas y echando espuma por la boca. ¿Será por eso que vivo todo lo que me ocurre a destiempo, desde lejos, como si hubiera sucedido mañana o como sabiendo que sucederá ayer?

martes, julio 12, 2005

El maese Revolver me pasó esta estaféta. Va.

1. ¿Qué libro(s) estás leyendo actualmente?
Usualmente soy incapaz de leer un sólo libro a la vez. Tampoco puedo leer dos al mismo tiempo. Lo que quiero decir es que siempre tengo cuatro o cinco textos a la mano. Casi todos de cuestiones académicas, aunque de vez en cuando (sobre todo en el recóndito lugar a donde los hombres siempre van solos) trato de leer algo diferente. En cuanto a cuestiones de orden más litearario tengo cerca tres textos: 1. Diario, de Chuck Palahniuk; 2. Glamourama, de Bret Easton Ellis y 3. La eternidad por fin comienza un lunes, de Eliseo Alberto. En lo académico hay tres textos que no puedo dejar ir: 1. El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, de mi santo patrono Slavoj Zizek; 2. Deconstrucción y pragmatismo, editado por Chantal Mouffe; y 3. Contingencia, ironía y solidaridad, de Richard Rorty.

2. ¿Cuántos libros tienes?
La neta no los cuento. Pero calculando en términos de la multiplicación de las filas y columnas de los libreros, pienso que alrededor de unos mil quinientos, aprox.

3. ¿Cuáles son los últimos libros que comprastre?

1. Avoiding politics. How americans produce apathy in everyday life, de Nina Eliasoph; 2. Talking about politics. Informal groups and social identity in american life, de Katherine Cramer; y 3. Modernity and Self-Identity: self and society in the late modern age, de (mi otro sensei) Anthony Giddens. Todos compraditos en Amazon.com.

4. Cinco libros que definitivamente hayan cambiado el rumbo de tu vida, o que por alguna razón los traigas siempre presentes en las cavidades de tu memoria.

Son libros que no sólo están en las cavidades de mi memoria, sino en mi escritorio o en mi mochila: 1. Rayuela, de Cortázar; 2. Los animales que imaginamos, de Luis Chaves (un librito chiquitito de algo así como poesía, pero cuya profundidad es inagotable) y; 3. Porque no saben lo que hacen. El goce como un factor político, de Slavoj Zizek.

5. ¿A quién le pasas la estafeta?

A quien guste agarrarla (sin albur).

Estos días...

Lluvioso (pero ¿acaso hablo del clima, de mi estado de ánimo o de ambos?). Más allá de cualquier estúpido cliché bohemio, es evidente que la falta de sol, la humedad, el color gris que reina en la atmósfera, tienen algo que ver con esta especie de inquietud que se me cuela por los ojos (¿o que quizá se me escapa por los ojos?). ¿Acaso soy feliz sintiéndome triste? No lo entiendo. No sé por qué estos días me hacen sentir confortable, es como si hubiera una relación transparente y aproblemática entre todo aquello que me rodea y esto que soy yo mismo. Sé que es una ficción, pero con una taza con café siempre a la mano, un poco de Jelly Roll Morton, Nina Simone o Bessie Smith, el mundo se va acomodando de a poquito. Frío afuera y frío adentro, todo encaja, va cayendo (¿cayendo?) en su lugar. No cabe duda, estos días lluviosos vienen a ser como espacios de refugio que permiten sustraerse y tomar distancia incluso de uno mismo. Adiós cordura. Por fin.

AQUELLA MAÑANA

Mi buen amigo Ramón me pasó este cuento para que lo pusiera en mi blog. A ver qué les parece.

¡Yo no lo podía creer! Afuera de mi casa, entre el pasto descuidado y algo de basura de la noche, un billete de color azul, medio doblado, solitario, lleno de rocío. Tirado ahí seguramente en la noche de un día antes o arrastrado por el viento ¡Qué se yo! El caso es que ahora estaba frente a mi, como diciendo “tómame”.

Por un momento pensé en mis necesidades más apremiantes. Un pago que debía a uno de mis pocos conocidos, miré mis zapatos raídos y viejos y supuse que pedían su jubilación, recordé mis dolores de cabeza por falta de anteojos, y pensé que ésta era una excelente oportunidad de hacerme de unos lentes que me dejaran ver bien. Al mismo tiempo, sentí de repente otras necesidades en las que no había pensado antes: ¿cuánto tiempo había intentado regalarle una tarjeta postal a Sandra, la chica del puesto de frutas? Y es que siempre que nos encontrábamos, sentía vértigos y me sonrojaba cuando me miraba sonriente y me decía: Adiós Pánfilo, alargando las últimas letras al pronunciar mi nombre, lo cual me hacía pensar que le caía bien.

Recordé que alguna vez, mi madrina había dicho que yo no me casaría, que la acompañaría por el resto de mi vida atendiendo la iglesia como lo habíamos hecho hasta ahora. Me lo dijo un día que le pregunté ¿por qué a mi nadie me invitaba para ser chambelán?, ella sonrió y dijo que yo sería su chambelán para siempre. Ella se levantaba en la madrugada para hacer el aseo y cambiar el agua aceda de las flores del altar. Yo era el campanero. Levantarme temprano, subir las gradas en la oscuridad. Casi siempre sentía el aleteo siseante de los murciélagos y sus toques suaves con las alas en mis manos o cara, al ir subiendo a la torre. Luego lo más emocionante, dar las campanadas del ángelus: tan, taaan, taaaaan; después, la misa de seis. Acá entre nos, ese trabajo me gustaba. A veces esperaba la salida del sol ahí en la bóveda de la torre, entre manadas de palomos que con el pecho inflado y en fila, esperaban que se alumbrara el suelo de la plaza para bajar a comer lo que hubiera.

Tomé el billete en mis manos, lo acaricié. Sentí mucha fe de repente en ese pedacito de papel. Decidí que debía ir a decirle a mi madrina. Pero, en el camino pasan cosas. Había dado la vuelta en la esquina del callejón rumbo hacia la casa donde ella vive, y de repente dos figuras se fueron aclarando en mi vista borrosa. Con su pelo al hombro y con su blusa de florecitas, pero más por la voz, supe que era Sandra la chica que iba pegada a la pared, como queriendo no hacer mucho ruido con su voz cortita y sonriente. Pensé que esta vez no iba vendiendo nada. A su lado, Jaime el panadero, de vez en cuando le pasaba la mano por la cintura y le acercaba su voz al oído de ella, mientras con la otra mano jalaba su bicicleta cargada con pan en el canasto.

Por un momento no creí lo que veía. Luego, decidí dudar de lo que sentía por ella, y por último dudé que esa mañana a la salida de mi casa, en el pasto de la banqueta hubiese encontrado un billete de color azul, y me dio risa sólo de pensar que por un momento no haya creído en las palabras de mi madrina, acerca de que había nacido para campanero y que nunca me casaría.

jueves, julio 07, 2005

Leticia Cortés en Bellas Artes!!!

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lunes, julio 04, 2005

Nos vemos pronto, tía...

Hace ya tres años que regresé a Guadalajara, en esta vuelta destemplada que me dejó escindido. Al ver el rostro demacrado de papá en el aeropuerto confirmé lo que intuía: mamá estaba muriendo irremediablemente. No había ya nada qué hacer. Entre profundas conversaciones, consejos y resignaciones, sólo cuarenta días me duró la despedida con mamá. Hoy, María, mi tía abuela se muere. Se le nota en los ojos. Es como si se le fueran apagando de a poco. Ya no se levanta de la cama para nada. No se mueve ya. No puede comer por sí misma, ni ir al baño. Se fue debilitando casi sin que lo notáramos. Primero dejó de pasar sus eternas tardes leyendo en aquél rinconcito de su sala en el que el sol pega tan sabroso. Luego dejó de disfrutar la comida. “Ya nada me sabe, hijo. Ni la salsa que hace tu abuela”, me decía con tanta tristeza. Los doctores dicen que no hay nada malo con su cuerpo. Son sus casi cien años los que la tienen postrada. El tiempo le ha ido dibujando profundos surcos en el rostro y manchas ocres en las manos. La veo y en sus ojos hay algo como niebla, una especie de ausencia de algo que no sé qué es, pero que ya no está ahí. He querido hablar con ella, pero ya no me reconoce. El otro día me confundió con un ángel (qué equivocada estás, tía). No sabía si reír o llorar. Adiós, María.

viernes, junio 24, 2005

(Im)pensar la (post)literatura

La primera vez que supe de la existencia de las bitácoras personales (weblogs/blogs) fue en un episodio de Los Simpson. En éste, Homero acude a trabajar, como siempre, pero se encuentra con que la planta nuclear no ha abierto sus puertas. La duda lo inmoviliza kieerkegardianamente. Por casualidad, Jenny y Carl pasean por el lugar y al ver a Homero le hacen saber que a todo el personal le fue informado del cierre por medio de un memorando difundido por correo electrónico. Como resulta obvio, Homero nunca se enteró. Al sentirse marginado decide comprar una computadora. Frente a la ya característica incapacidad homeresca, Lisa entra al rescate y le instala la PC. Desde su primer ingreso en Internet, el querido Kwyjibo queda atrapado en la red. Las posibilidades le parecen infinitas. Para explorarlas decide elaborar un weblog en el que sube el material que se piratea de otros sitios. Para darle mayor dramatismo al asunto [y evitar, de paso, toda demanda legal], Homero adopta el nombre de Mr. X. En sus post, Mr X. se dedica principalmente a ventilar las intimidades de los habitantes de Springfield (a la Chapoy). Cuando se le agotan las ideas y su página deja de recibir visitas, Homero decide inventarse las historias. Así, por ejemplo, esparce el rumor de que el Alcalde Diamante se ha gastado el presupuesto público en construir una piscina en el patio de su casa; o que el Sr. Burns trafica con uranio y lo vende los terroristas islámicos. Sobra decir que los rumores resultaron ser ciertos, por lo que la bitácora de Mr. X se convirtió en un éxito rotundo, al grado de que le fue otorgado un Pulitzer.
Desde hace poco más o menos un año yo he entrado, también, en el mundo de los blogs. Ello me ha hecho ver que la escritura es una de mis compulsiones más queridas. Escribir sin ser capaz de detenerse, narrar las sutilezas de la vida cotidiana, radicar en la inmediatez del hipertexto. Todo ello ocurre cuando se escribe en un blog. Las fronteras entre los géneros se difuminan, dejan de tener sentido. O mejor aún, se hacen visibles para poder ser atravesadas (a patadas y echando espuma por la boca). Sospecho, incluso, que al postear se crea un nuevo y efímero género: la postliteratura. No hablo de una idiotez como la literatura postmoderna, sino de una literatura del post. En la postliteratura lo escrito condiciona muy poco lo que se está escribiendo: se abre la posibilidad de de(con)struir la literatura desde la literatura misma.
Con la postliteratura el Uno irrumpe en los Otros [y viceversa] haciendo estallar la dicotomía escritor/lector. A diferencia de lo que ocurre con los textos impresos, en el blog es posible que los lectores dejen —por escrito— sus comentarios virtualmente en tiempo real, convirtiéndose así en algo más que testigos de la obra. El texto no existe salvo en la medida en que el lector-escritor lo (re)construye y se transforma en su artífice. Si la postliteratura es un género literario en gestación, requiere de un nuevo tipo de lector, uno que quizá rompa con el mito cortazariano del lector-hembra, una especie de lectoescriturista. Éste no es un híbrido estéril, sino que produce y (se) reproduce en el (hiper)texto. Por ello, la postliteratura es indigesta: exige la participación activa de los ácidos de este nuevo lectoescriturista; requiere ser convertida en una especie de bolo en el que lo literario, a final de cuentas, o se aprovecha o queda hecho otra cosa (en alguna asquerosa secreción, como ocurre con mucha literatura). Ello obliga a la toma de posturas por parte de quien lee: exige cierta complicidad del lectoescritor, un acomodamiento o una desazón, pero siempre un movimiento.
La postliteratura es efímera, fugaz, en la medida en que la retroalimentación ocurre en tiempo real. En los blogs no puede dejarse para mañana lo que se pueda leer hoy. La producción de posts es tal que el tiempo simplemente no alcanza. Y esto no es una desventaja. Al contrario, exhibe al escritor y lo coloca bajo una mirada inquisidora, como en un circo en el que el primer acto es un hombre desnudo y la gradería está repleta de payasos. En la postliteratura se reconoce que la creación literaria implica tanto al texto como al que lee [así como el hecho de abrir la puerta vincula tanto al que abre la puerta como a la puerta]. Por ello, la postliteratura es degradante en la medida en que desdiviniza al yo literario (a la figura del escritor). Permite arrojarse absurdamente a la literatura con la (des)esperanza de caer abiertos, vulnerables en la postliteratura. Al bajar del pedestal a quien escribe [o al subir al pedestal a quien lee], las bitácoras personales rompen con la idea de que la literatura es un campo autónomo, perteneciente al dominio de unos pocos. La postliteratura es y existe sólo en el momento que se lee, nunca antes ni nunca después. Puro presente, sin contaminación del pasado o del futuro. Todo aquél que tenga dos dedos de frente (y diez pesos para una hora en cualquier cybercafé) es capaz de hacer postliteratura. Por ello, ésta atenta contra las ortodoxias literarias, contra los cánones que se acomodan en los consabidos estancos: esto es una novela, aquello es un cuento, este es un ensayo, etc. Los textos postliterarios no se agotan en sí mismos, son abiertos y se reconstruyen a partir de las intersubjetividades. La postliteratura se tensa en la ambigüedad de lo post [pero sobre todo del post]: fluctúa entre ese ámbito dinámico que está más allá de la literatura [que ni siquiera es literatura] y el momento de fijar en letras las ideas.
En última instancia, la postliteratura es verborrea jeroglífica, martillar de palabras, agolpamiento de ideas. Esto es así porque escribir no es otra cosa que un juego de espejos, un hegelianismo baratísimo en el que la negación de la negación sólo afirma de manera más radical el punto de partida: hoy la literatura se postea, el post se (re)vuelve literatura y todo deviene en ¿ ? Ahora caigo en la cuenta: Barthes estaba equivocado y Homero Simpson se lo ha escupido en el rostro: no es el autor quien ha muerto, sino la literatura. Viva, pues, la postliteratura. ¡Do’h!

martes, junio 21, 2005

Ah, qué risa...

Fox acaba de declarar, en Kiev, Ucrania, que “todo se vale en la democracia” para justificar la reunión en la que ¿celebrará? el quinto aniversario de su malogrado mandato. En plena reunión con los académicos y estudiantes del Instituto Estatal de Moscú de Relaciones Internacionales, nuestro sabio presidente dijo: “Para la mayoría de las y los mexicanos, la alternancia en la Presidencia de la República, la llegada del Gobierno del Cambio, significaba la oportunidad de acabar con los viejos vicios del pasado autoritario y de reencausar la vida del país en la vía de los valores y la práctica de la democracia. Sobre ese camino democrático es por el que hoy transita México”. Según él, en tanto “artífice” (ja) de la democracia, ello le permite hacer propaganda partidista justo unos días antes de la segunda elección más importante en el país. Más allá de la risa que provocan las palabras de Fox, cabe señalar que si el querido Lacan lo hubiese escuchado diría que un verdadero acto no sólo cambia de manera retroactiva las reglas del espacio simbólico, sino que además perturba la fantasía que a ello subyace. En este sentido, habría que poner de relieve que el carácter de la democracia que vivimos no satisface el criterio con el que Fox pretende definir su acto del próximo 2 de julio (es decir, no hay nada qué celebrar). La transición a la democracia que, según algunos culmina con la alternancia en la presidencia constituye, al contrario de lo que pretende hacer parecer Fox, el paradigma de un falso acontecimiento: una especie de congregación espectacular cuyo objetivo radica en ocultar que en un nivel fundamental, nada ha cambiado realmente. Más que atravesar o perturbar la fantasía de un régimen autoritario, el llamamiento de Fox termina por servirle de cimiento: expone la transgresión fantasmática intrínseca de la situación, es decir, saca a la luz el conjunto de rasgos que determinan efectivamente los déficit democráticos, aunque ello no se reconozca públicamente. Como decía, toda cambia sólo para seguir igual.

jueves, junio 16, 2005

: soledad

me quito las lagañas
hurgo en mi nariz
busco un secreto
saco la lengua
escupo
le digo
días
buenos al
extraño que
me mira y hace
muecas desde el espejo

y eso es suficiente
para desandar
el Laberinto
inútilmente
inútil
en el que
con lugar a
dudas tantas
palabras tantas
(tan pequeñas como
enormes piojos)
no bastan para decir una
[sola:

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Chale. Yo no sé de poesía, ni soy poeta, ni sé qué me pasa. Ofrezco mis disculpas a todo aquel poeta o poetiza verdaderos que puedan sentirse ofendidos por mis recientes intromisiones. Ajá.

miércoles, junio 15, 2005

Qué risa

Chales. No había tenido tiempo ni de leer los comentarios. Hay varios muy chidos y que ameritan un buen cotorreo. Al buen Ivanovish le quedo a deber ese prometido agarrón con respecto a El Che Guevara. También me ha faltado tiempo para comentar los geniales posts de Noemí (pero no hay día que pase sin que lea lo que escribe). Hay textos del Youhualli, del G y del Chiva que ameritan una sesuda reflexión. Pero la neta, el que se voló la barda es Harry. Resulta que ante mi comentario que señala que el futuro de México es La Paz (véase aquí abajito), el mencionado bloguero señala lo siguiente: "Que rápido podemos olvidar que hay que agradecer cuando la historia de un país se lee con aburrimiento...". Me gustaría decir que una de las pocas personas que verdaderamente aprecio tiene un gran defecto: es una priísta recalcitrante. Uno de sus argumentos para justificar su priísmo es, precisamente, muy parecido al expresado por Harry. No sé si Harry sea priísta. El caso es que mi amiga dice que ya ni la chingo, porque no agradezco TODO lo que me ha dado el PRI (i. e. escuelas, desarrollo, estabilidad, paz, etc.). Y yo, entre copa y copa, y queso y queso, allá en una de sus lujosísimoas cabañas producto del régimen, le contesto lo de siempre: en primer lugar, no fue el PRI, sino el Estado y, en segundo, es su obligación proveer. Sin más. No hay nada que agradecer. Además, qué es peor: ¿ser un aburrido malagradecido o un ingenuo que se fija en la paja de mi oclayo y no ve la gigantesca viga que enmascara la terrible falta de libertades políticas que marcaron los setenta años del PRIATO? ¿O los patéticos cinco años de alternancia payasesca en la que gobierna un gato de Chessire con botas? ¿O los próximos e irónicamente oscuros sexenios del sol de la esperanza?

martes, junio 14, 2005

Minifix

...luego tomó el dinero del buró y abandonó la habitación, dejando tras de sí una estela de frío desencanto (¿acaso eso que resbalaba por su rostro eran lágrimas?).