domingo, febrero 27, 2005

Constantine

Sorprende la cantidad de lecturas que pueden extraerse de una película que, sin duda, será tildada equivocadamente de churrazo dominguero. Para el caso de Constantine se imponen cuando menos tres. La primera, que considero la más crucial, tiene qué ver con el fantaseo paranoide gringo con respecto a las amenazas a su seguridad nacional provenientes del exterior y cómo ello ha servido de justificación para imponer la “democracia” a rajatabla en otros países. Así, al comienzo del citado filme vemos que aparece una leyenda que refiere a la Lanza del Destino, esa con la que un soldado romano atravesó el costado de Jesús. El texto señala que quien tenga la famosa Lanza será capaz de conquistar al mundo. Sólo que es necesario encontrarla porque permanece desaparecida desde la Segunda Guerra Mundial. En la siguiente escena, que tiene lugar en México, se muestra un panorama marcado por una desolación ocre, polvosa, en la que dos paisanos buscan desesperadamente algo en un suelo árido, bajo un puente. Por accidente, uno de ellos descubre un hueco en el que se encuentra, a flor de suelo, un misterioso envoltorio. Cuando el paisano lo abre descubrimos que es nada más ni nada menos que la mismísima Lanza envuelta en una bandera nazi. Es conocida la supuesta vinculación del Parsifal de Wagner, las intenciones de conquista de Hitler, la Espada del Destino, el General Patton, etc. Pero ¿qué hace esta preciadísima reliquia en nuestro país? ¿Cuál es la vinculación que existe entre este hallazgo, su significación en el resto de la trama [de la película] y las resonancias que ello pudiera tener para nuestra realidad cotidiana? Veamos una posible hipótesis: luego de descubrir el pozo en el que se encuentra la Lanza, el paisano mete el brazo y extrae el envoltorio. Todo pareciera normal, pero hay dos detalles que son bastante significativos y que constituyen una declaración y un posicionamiento políticos: la manga de la chamarra que lleva el paisano es ¡roja!, y el brazo que hurga es el ¡izquierdo! Aquí opera un interesante desplazamiento, una especie de transferencia del Mal hacia, quizá, eso que han dado en llamar “la nueva izquierda latinoamericana”. Mientras que en la Segunda Guerra Mundial el Mal estaba representado por el nazismo y condensado en la persona de Hitler, en la actualidad el Mal —siempre desde el imaginario de cierto sector de la población gringa— adquiere corporeidad en el régimen castrista, en el narco colombiano, en las guerrillas nicaragüenses y, sí, en la próxima sucesión presidencial de nuestro país. En este sentido, no es gratuito que el descubrimiento de la Lanza del Destino envuelta en una svástica tenga lugar en México. Tampoco es gratuito que sea un mexicano el que la encuentra, ni que la extraiga con su brazo izquierdo, ni que su manga sea roja. Lo que ocurre después en el desarrollo del filme así lo demuestra (no lo relato aquí por no aguarles la fiesta a quienes no lo han visto). Es claro el desplazamiento simbólico que opera en el filme [y en la realidad político social actual]: el Mal es México, el Mal está en los mexicanos. Recordemos que en días pasados Porter Gross, director de la CIA presentó un informe al Comité Selecto de Inteligencia en el Congreso de los Estados Unidos en el que se incluía a México en una lista de países que constituyen “puntos de alarma potencial” por su inestabilidad política. El caso mexicano es notorio sobre todo de cara a la próxima sucesión presidencial (parece que en EU no se dan cuenta que, gane quien gane en 2006, el verdadero problema estallará allá por el 2008, pero eso es harina de otro costal). Esto nos sitúa a la par de naciones como Colombia, Haití, Costa Rica, Nicaragua y Cuba. ¡Cuba, carajo!, acúsenme de paranoico, pero el citado informe es, desde mi punto de vista, un eufemismo para una nueva invasión estadounidense en nuestro territorio. El pretexto para masacrar Irak fue la instauración de un régimen democrático. Quizá estemos frente a una nueva guerra fría, pero situada de este lado, aquí, cerquitita. El que tenga ojos que lea.


Pd

Acerca de las otras posibles lecturas del filme citado hay mucho qué decir. Quizá lo haga en otros posts. De momento sólo las enuncio.

1. Viéndolo a manera de broma, la escena que ocurre en nuestro país (dos paisanos buscando algo bajo un puente) puede ser vista como una clara ilustración del escenario postelectoral del 2006.
2. Esta lectura es de corte más local: resulta divertido ver las entrañas de la doble moral (t)apatía. Mientras que en las exhibiciones de la película del Padre Amaro el segmento ultraconservador guadalajarense se apoltronó en los cines para protestar ante la “blasfemia” de un cura teniendo relación carnal con una chica de muy buen ver (algo que ocurre verdaderamente todos los días, y lo sé de cierto), en las proyecciones de Constantine no hay señoras con carteles, ni adolescentes enajenados, ni testaferros de Serrano Limón rasgándose las vestiduras por lo que, a mi modo de ver, constituye un indignante agravio para los que son creyentes: eso de pintar a dios como un niño jugando en un hormiguero a mí me parece muy divertido, pero a gente que cree fervorosamente en la mitología cristiana eso les debería doler con ganas. Y sin embargo… nada.

viernes, febrero 25, 2005

Invitación

Para aquellas y aquellos que:

1. Les guste el metal pesadamente subterráneo.

2. Quieran burlarse un poco de mí (sólo un poco y de mí, que los otros integrantes del grupo no les han hecho nada).

3. Las dos anteriores.

El sábado 26 de febrero Azevrec (la banda de death metal fragmentario y minimalistamente técnico en la que intento rasguear la guitarra) tocará junto con Royal Warriors, Smegma y Kahtahdhen. El lugar se llama La Mancha, en pleno centro de la ciudad (de GDL), en San Felipe No. 329. Hay que llegar como entre ocho y nueve. Ahí se ven. Je.

martes, febrero 22, 2005

Decálogo de la ignominia

Hace tiempo coleccionaba una revista en la que, entre muchas otras cosas, aparecía una sección titulada “60 minutes”. Ahí, el asunto consistía en que diversos personajes reflexionaban acerca del hipotético caso de quedarse atrapados en una isla desierta. De manera específica se les preguntaba cuáles de sus canciones preferidas se llevarían consigo, siempre y cuando cupieran éstas en un casete común y corriente de una hora de duración (de ahí el nombre de la columna). Sin duda habrán visto distintas variaciones de de este tema. Por ejemplo, son frecuentes preguntas como: «qué libro te llevarías a una isla desierta»; «con qué mujer (u hombre) te gustaría quedarte sólo o sola en una isla»; y otras por el estilo. Pero no siempre lo que nos parece relevante es lo que nos constituye como personas. La identidad, posmoderna, descentrada y todo, también se construye en la diferencia. Así, qué sucedería si le invertimos el signo al ejercicio. ¿Qué tal si en lugar de poner de relieve las cosas que nos son valiosas, reflexionamos acerca de aquello que constituye lo que no nos importa?

Planteado de este modo, el tema resulta un tanto ambiguo. Esto es así porque en la medida en que nombro aquello que no me importa, al instante pasa a ser parte de lo que me es relevante. ¿Si elaboro una lista de lo no importante, acaso no estoy dándole esa categoría de inmediato? ¿Puedo decir que no me importa darle seguimiento al juicio de Michael Jackson y enlistarlo como tal sin que se torne importante? Así son las trampas del lenguaje. En este sentido, pensar la indiferencia no es una tarea menor. Para hacer más claro el asunto, habría, pues, que retomar el ejercicio planteado al inicio de este texto y trastocarlo: más que aquello que yo me llevaría a una isla desierta, resulta pertinente reflexionar acerca de ¿qué desearía yo que perder o abandonar en una isla desierta? Parafraseando a los polivoces, puedo decir que hay cincuenta mil cosas que no me importan o me son indiferentes. He aquí sólo diez de ellas, en estricto desorden jerárquico:

1. Los pececillos dorados como mascotas. He oído decir que contemplar a los peces constituye una práctica relajante y que por ello es conveniente tener una pecera en casa. Nunca he tenido una y, de hecho, los peces me estresan sobremanera. No los necesito. A la isla con ellos.
2. La moda ochentera. Nada hay que desee olvidar tanto como las chamarras de estoperoles, los colores pastel, las camisas de lunares y cuadros, los top sailor y el super punk. Si se llevaran todo eso a una isla desierta, a mí no me importaría.
3. El retorno de la moda ochentera. Peor que la moda ochentera descrita en el punto anterior, es más aterrador el regreso de la década de los ochenta, pero “actualizada”. Que se queden en la isla.
4. Las obras completas de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. La educación neoconservadora y moralina es el nuevo opio del pueblo. Seamos iconoclastas y mandémosla a la isla.
5. Los grillos (que no los políticos). La política es un arte. Pero los “políticos”, así, entrecomillados, le dan en la torre. Sin duda la actividad política es una de las más desprestigiadas en el país. Si los grillos de la clase política quedaran atrapados en una isla desierta las cosas serían diferentes. Sin duda.
6. Los programas de espectáculos. Entre La Oreja, Laura de América, Ventaneando, Tempranito y Con Todo, casi no me queda tiempo para ver las telenovelas del canal de las estrellas.
7. Mi terrible esnobismo y mi afán intelectualoide. Ante lo evidente, sobran las palabras.
8. La autocensura. A veces las más infranqueables barreras las erige uno mismo. Si mi capacidad de sonrojarme se quedara abandonada en una isla quizá sería menos infeliz.
9. La voz de Valentín Elizalde. Alguien le dijo a ese señor que podía cantar (horror, horror) y, la neta no.
10. Este me lo reservo. Hay cosas en este universo que no deben saberse. Je.

lunes, febrero 21, 2005

C'mon (de Ultra Deep, Miranda y BFTC)

No sé si sería mi estado de ánimo, o qué, pero el caso es que anoche, en la Plaza de la Liberación, me divertí mucho. Aclaro que aún no me acostumbro a los conciertos llenos de buena vibra y pocos excesos. Para mí, una tocada implica(ba) neandertales con la greña creciendo como hierba, slam a morir, conatos de acuchillamiento, litros y litros de sustancias ilegales, distorsión brutal, sudor, y un larguísimo etcétera. La idea de hacer girar botoncitos para producir música me resulta demasiado poco atrayente, aunque supongo que debe tener su chiste, porque si no, cualquiera lo estaría haciendo [¿cómo? ¿O sea que todo el mundo lo está haciendo? ¿Entonces para eso es el Reason de Propellerhead que tengo instalado en mi máquina?]. Pues bien, ayer domingo Laclau y yo fuimos a la mencionada Plaza, en pleno centro de la ciudad, a ver y escuchar, sobre todo, a Bajo Fondo Tango Club. A mí particularmente me gusta más Gotan Project, pero de cualquier modo, me apersoné en el lugar con el ánimo dispuesto. Al escuchar a Ultra Deep, mi primera reacción fue de cierto desdén. «Música de botoncitos», pensé. «Pero al menos traen un bajista de a deveras». Eso me reconfortó un poco. Luego, me di cuenta que la camisa del, no se cómo llamarlo [¿DJ? ¿Tecladista? ¿Laptopero?], decía You Biatch y no Von Dutch. La cosa iba mejorando. Finalmente, concluí que lo que escuchaba no estaba nada mal. La voz de la chica es muy buena. Por lo menos a mí así me lo pareció. Y la música que producían me estaba haciendo mover rítmica e involuntariamente, el pie derecho. Casi me pongo a bailar. Nada mal. Luego de un buen set por parte de Ultra Deep, salió a escena una banda llamada Miranda (Es Miranda, mi amor, c’mon). Todos enfundados en unos monos color rojo que a primera vista me dieron una buena impresión. No había un baterista, pero sí alguien manejando (muy chido, por cierto) los ritmos. Un POP sin mayor profundidad ni complicaciones. Digerible, adecuado para el clima. El guitarrista, Lolo se llamaba, creo, disfrutaba mucho su ejecución. Además, era singularmente bueno. No cualquiera le otorga toques funky a una rolilla pop. Las canciones de Miranda parecían, casi todas, la misma. Yo jamás los había escuchado, pero deben ser famosos, porque alcancé a notar que varias personas coreaban sus letras. En fin, creo que el guitarrista de dicha banda es excelente, y lo importante es que los músicos crean en lo que están tocando, que se diviertan con ello. Me parece que, en ese sentido, Miranda es una banda muy divertida. No me gusta la música que tocan, not in a million years, pero me parece que ofrecieron un muy buen set. De Bajo Fondo hay poco qué decir. Los tipos saben lo que hacen, dominan el escenario y ejecutan excelente. Una propuesta madura, sólida, que logró cubrir con creces mis expectativas. Laclau estaba muy emocionada, quién sabe si por el vasote de vino que se llevó de la casa y se estuvo bebiendo durante el concierto; quién sabe si por el clima; quién sabe si por la compañía: quién sabe si por Bajo Fondo; quién sabe si por todas las anteriores. El caso es que hasta yo me divertí mucho. Ni siquiera me molestó la chaparrita que frente a mí bailaba como si estuviera en la Academia (la de TV Azteca, que en la de Platón no bailaban así). Todo me resultó tan divertido que no pude contener la carcajada cuando, por enésima vez en lo que va del año, escuché que Guadalajara era la capital americana de la cultura. C’mon (es Miranda, mi amor).

miércoles, febrero 16, 2005

¿Suprema libertad?

Paradoja: escribo la palabra libertad y quedo atrapado irremediablemente en el acto mismo de escribir, en las pantanosas trampas del lenguaje. Me explico: mientras escarbo en la memoria queriendo encontrar algún momento de suprema libertad, me doy cuenta que la búsqueda es infructuosa. Pienso en aquella tarde fría y lluviosa en la que mi única compañía era la voz bajita de Gardel, la carretera y un café frío… Luego me viene a la mente la ocasión en la que poco antes del amanecer, solo, en una playa virgen, me sentí terriblemente absorbido, como si fuese parte de algo más grande que yo y que, al mismo tiempo, era yo mismo. Momentos de alegría, felicidad u otra de esas tantas piorreas; quizá experiencias liberadoras [pero ¿de qué o de quién?], no la suprema libertad. Sin duda, el estatuto jurídico que remite a la facultad natural [esbozo una sonrisa irónica] que tiene el ser humano de actuar de una manera o de otra, o de no actuar, es, cuando mucho, un útil ejercicio heurístico. Más bien, la libertad constituye una escalinata en espiral que conduce a… [¿qué escribir después de la vistosa “a”?]. Estatutos y facultades naturales, como todo orden moral, son ideas restrictivas, construcciones históricas que delimitan la frontera entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo no permitido. De modo que una definición formal indicaría que la libertad radica en mi capacidad de elegir entre esto y aquello. Soy libre de elegir, sí, pero mi elección alude a un conjunto predeterminado de vías de acción, en las cuales nada tuve qué ver y, que además, tiene cierto carácter punitivo. ¿Relativa libertad o títere del destino? ¿Soy yo el que elige o alguien/algo más jala mis hilos?

En este sentido, puede decirse que la libertad no existe, sino que se construye a cada momento en el devenir cotidiano. Metáfora que está ahí en lugar de otra cosa [¿quizá del enmascaramiento del garrote y la zanahoria que nos permiten seguir andando?]. Cuando se le evoca y se cree tenerla, la metáfora se diluye en la más pura y opresiva literalidad, dejando sólo un profundo vacío: la libertad como un abismo, como la lejana e inalcanzable línea del horizonte. La búsqueda de la suprema [y efímera] libertad implica reconocer la paradójica imposibilidad de su existencia. Más allá de Berdayev, Locke, Rousseau, Hegel o tantos otros; más allá de cualquier estatuto u orden moral, la libertad es relacional, siempre en oposición a otra cosa, blanquinegro y burlesco ying y yang de la vida diaria. Entre más se busca la libertad más queda uno atrapado en un entramado de palabras [enormes y gastadísimas] que vuelan alrededor de la idea, la rodean, intentan atraparla como si ello fuera la función de las palabras, tarea inaplazable y liberadora [¡Ja!]. La libertad, creo, es otra cosa, algo que se esfuma en el momento mismo de nombrarla. Bella evocación que no es sino pseudo-presente contaminado de pasado o de futuro, virtualidad enorme, la libertad es siempre retrospectiva o prospectiva: no bien termina uno de decir/escribir “soy libre” cuando ello ha quedado atrás, se ha convertido en libertad-ya-fue, y sólo resta la libertad-por-venir. Siempre pasado o futuro, nunca presente. Quizá la libertad suprema implique el reconocimiento de la contingencia, es decir, un algo azaroso que se siente en las vísceras como un golpe seco y caliente, falsa domesticación del caos, caída ineludible en la nada.

Duda: ¿qué tal si al pensar/escribir la libertad suprema hemos equivocado el camino? ¿Qué tal si la verdadera libertad se encuentra en el goce perverso de quien siente en las venas la ansiedad de la cercanía de la jeringa; o en el placer desgarrador de aquél que mete las narices en la ropa íntima de su hija? Gran paradoja: si la libertad dejara de ser tal, quizá nos haría más libres. Tal vez si lográsemos reunir una enorme cantidad de aprisionamiento, la libertad podría cristalizar, de repente, en otro plano. No obstante, habría que reconocer, por último, en que la búsqueda de la libertad es la instancia menos liberadora. Cabría preguntarse si ¿acaso pensar en un momento de suprema libertad no implicaría reificar a golpe de lápiz y papel, o a fuerza de teclado, lo inaprensible? Bah. Seguramente la libertad es la más grande mentira que nos hemos inventado para sentir una seguridad ontológica que, en última instancia, es un acto que intenta la reconciliación con… [¿con? Otra vez las palabras —las malditas palabras—].

martes, febrero 15, 2005

Aquí no pasa nada...

Quien tenga el sano vicio de ver la televisión se habrá dado cuenta de los graciosos spots que recientemente publicitan a nuestro querido y eficaz gobierno. Me refiero a esos que comienzan con un paisano o paisana, en primer plano, recitando la frase: «Hay gente que dice que en este gobierno no pasa nada. Y es cierto…». Pues bien, además de los ya conocidos (y sumamente graciosos), creo que faltaría uno en el que se fueran sucediendo imágenes vertiginosas de lo que verdaderamente ocurre en México. Una voz en off, sobría, grave, diría: «Hay gente que dice que en este gobierno no pasa nada. Y tienen razón: en nuestro país el narcotráfico se infiltra hasta en las más altas esferas de la política (imagen de Nahum), se colombianizan las cárceles y las ciudades (imágenes de los distintos CERESOS, o de Fox diciendo que el país es 99.99 % seguro), mueren mujeres a cada rato en Cd. Juárez (imágenes de los esqueletos y las camionetas del SEMEFO en medio del desierto), se meten a nuestras casas y nos dejan sin nada (imagen de una señora llorando, abrazando a su hijita), gana el Atlas (imagen de un necaxista incrédulo), etcétera (aquí ponga usted lo que quiera)». El narrador o narradora, con una gigantesca sonrisa irónica saldría luego en pantalla, diciendo: «Sí, en este gobierno no pasa nada. Punto». El spot se cerraría con la cortinilla de un símbolo patrio demediado (aguilita negra sobre fondo blanco, y cortada a la mitad por una franja tricolor).

martes, febrero 08, 2005

Martin, Medeski and Wood en Guadalajara

Para variar, el concierto comenzó poco más o menos una hora tarde. El Hard Rock era un asco, como siempre. Empecé a intuir que la noche iba a ser un fiasco cuando el recoge-boletos sospechosamente no nos regresó la partecita desprendible del boleto de entrada. No hace falta demasiado ingenio para vincular esa acción con las decenas de personas que afuera buscaban un boleto, y que, posteriormente, se amontonaron adentro. A treinta pesos el nimio vaso de cerveza tibia la espera, ya en el interior del lugar, se volvía fastidiosa a cada minuto. Sobre el escenario estaban distribuidos los instrumentos y demás adminículos musicales. Al fondo había una manta enorme con el logo del lugar estampado en el lomo. Ya cerca de las diez (no traía reloj, y jamás pregunto la hora, así que mi apreciación temporal quizá no sea la adecuada) llegó al escenario Trucker. La banda toca un jazz movido más o menos sabrozón, aunque extremadamente predecible. Las estructuras musicales de su propuesta me parecieron bastante formales, había poca síncopa y alguno que otro contrapunteo entre la trompeta y el saxofón. Nada de extravagancias, licencias o exploraciones metafísicas. Eso sí, individualmente me parece que todos son grandes músicos. En la ejecución no puede apreciar ninguna falla técnica que fuese significativa como para mencionarla. Quizá un atorón del bataco a media rola, pero nada grave, puesto que lo solucionó muy bien. Tal vez si se consiguieran un DJ…Y me refiero a un BUEN pincha discos, porque el que traen no aporta nada al grupo. Pareciera como si su mayor talento consistiera en ¡silbar! (ojalá y nadie se ofenda, porque parece que el susodicho es famosillo). Supongo que para los integrantes de Trucker el momento álgido de la noche ocurrió cuando, casi al final de su set, el percusionista de Martin, Medeski & Wood apareció en escena para acompañarlos El público ovacionó la “brillante” ejecución de Martin en su “genial” solo de ¡cencerro! Ja. El tipo se llevó las palmas. Ello me produjo una ligera sensación de desencanto que se iría incrementando (y confirmando mis sospechas) conforme se hacía más tarde. Trucker terminó, dejando al público más o menos entonado. Luego apareció Sara Valenzuela para anunciar, por fin, a MMW. Aunque cabe mencionar que entre el anuncio y la aparición en el escenario del grupo transcurrieron entre quince y veinte minutos. Insufribles, si he de decirlo: entre mi psicosis y el amontonadero de gente, y los empujones y la densa nube de tabaco y el olor a humanidad que cada vez se hacía más denso, quince minutos pueden convertirse en una eternidad. MMW aparecieron en silencio, y en silencio se fueron. He de decir que escuché por primera vez a MMW hace unos cinco años, y casi por accidente. Entonces me pareció una banda fascinante y de vanguardia (palabra gastadísima y hueca) porque se situaban en el límite, atravesaban ciertas fronteras jazzísticas que otros simplemente no tienen el coraje de cruzar. No soy un gran conocedor de ese género, pero algo he oído. Y me parecía que MMW tenían ese algo, una especie de no se qué que qué se yo. Esto es para señalar que mis expectativas con respecto al concierto de ayer por la noche eran más que amplias. Sin embargo, MMW fueron sólo radiografías de sí mismos, una regurgitación de lo ya hecho que sólo sirvió de marco para que Medeski intentara lucir su Hammond distorsionado sin mucho éxito. En su defensa he de decir que sí hubo dos momentos en que el grupo se conectó y verdaderamente se dedicó a explorar las fronteras del jazz, a tocar los límites y quizá doblarlos un poquito. Pero fue cuestión de un par de minutos. Nada más. Una cosa que me resultó bastante productiva fue que pude observar ciertos “rituales” que tienen lugar entre los y las concert goers: hay como una tendencia a exhibirse, a asistir a “los mejores eventos” (esto lo dijo un tipo que saludó a alguien situado junto mí: “como siempre, yo en los mejores eventos”) una especie de necesidad de ver y ser vistos. Un concierto como campo de socialización implica vetas analíticas interesantes, pero eso es harina de otro costal. Por otra parte, era fácil identificar a los verdaderos fans de MMW: tenían una cara de incredulidad y desasosiego ante la constante recurrencia del grupo a los trucos de perro viejo, a su caminar elefantoso y predecible, al engatusamiento desganado de un público facilón que no exige y aplaude con ganas a la menor provocación de un cencerrazo, que prefiere echarse una chela y saludar a los compas, sin importar que en el escenario se esté reificando lo irreificable, que se desdivinice y profane al jazz y se le encorsete de manera tan patética, tan como si. La noche valió la pena por los dogos con panela que, para la (in)digesta pesadez de Laclau y mía, nos devoramos atrasito del edificio administrativo de la Universidad. Yum.


jueves, febrero 03, 2005

Post-literatura húmeda

Afuera hace frío y llueve. Adentro, allá al fondo, suena bajito y rasposo un viejo disco de Gardel. Poco a poco, de pared a pared, la penumbra va ocupando esta habitación atestada de libros. Bebo un sorbo de café. Miro a la ventana y veo cómo las gotas van dejando sus rastros de agua en el cristal. Intento encontrar un tema que me permita escribir, pero la página en blanco no cede. En cambio, me distraigo diciendo lluvia, afuera, adentro. Y me sorprende la facilidad pasmosa con la que quedo atrapado en la evocación de un orden, en la enumeración fatalmente jerárquica de las cosas, en la parcelación del mundo. Clasifico a diestra y siniestra (¡a diestra y siniestra!), quizá por buscar una (falsa) seguridad ontológica que me haga saber que el mundo es como creo que es y no otra cosa: esto se llama «taza» y está «adentro»; aquello se denomina «lluvia» y ocurre «afuera». Pero ¿acaso no hay ocasiones en las que llueve también adentro? ¿Será que no es posible beber una canción de Gardel o escribir una taza de café? El orden, siempre el orden, como si la vida estuviera libre de toda contingencia. Intentamos domesticar el azar mediante el lenguaje, como si nombrar fuera verdaderamente una creación. ¿Cómo romper con esa visión reificadora y anquilosada? ¿Cómo destrozar esta ventana que delimita mi estar aquí adentro y todo lo que ocurre allá afuera? Quizá una vía sea la escritura. Pero ¿cuál escritura? Octavio Paz decía, palabras más, palabras menos, que el ensayo se ubicaba entre el aforismo y el tratado. Ello habla de un género en el que prima la libertad de forma y fondo. Sin embargo, aún siendo quizá el más potente de los géneros, el ensayo tiende a buscar cierta legitimidad y aceptación por parte de los “doctores de la ley”: para publicar un ensayo (y casi cualquier cosa) es preciso atravesar un campo minado lleno de editores, árbitros, escritores y demás habitantes de la republiquita de las letras. Por ello, desde mi perspectiva, el blog abre una brecha que desborda la autonomía del campo literario, y se convierte, quizá, en un nuevo género (el de la post-literatura) que puede resultar bastante fructífero. Si esto es cierto, el amplio rango en el que dicho género se desenvuelve permite pensar en la escritura de blogs como una actividad que puede llegar a ser subversiva, liberadora, casi catártica. El blog, pues, podría ser visto como un instrumento fundamental para trastocar el mundo, para abrir(nos) las ventanas y salir a escribir/beber un café, escuchar/leer, allá afuera, a Gardel y dejar que la lluvia nos humedezca el rostro/los ojos.


lunes, enero 31, 2005

"That´s not democracy, stupid"

En la edición dominical de Público-Milenio he leído un texto titulado “La democracia después de todo”, el cual apareció en una sección que lleva por nombre: La semana de Román Revueltas Retes [asumo que Revueltas es el autor]. Pues bien, Revueltas aborda el espinoso [y tan de moda] tema de la democracia en Irak. Primero trata de curarse en salud aludiendo eufemísticamente al “rotundo exotismo de los yanquis” por atreverse a tener en la oficina oval al “hijo de Bush”; o a la “entronización californiana” de Arnold Schwarze-negger [nota al margen: varón anglosajón, caucásico y reconservador con un apellido que suena como «nigga»: en el apellido lleva la penitencia]. Después, Revueltas apela al poderío militar y al sistema judicial gringo, para luego entrar en el tema de la democracia. Hasta ahí todo bien: concuerdo plenamente con utilizar el sarcasmo y la ironía para evocar lo gringo. Sin embargo, al referirse a las recientes declaraciones de Bush Jr., Revueltas Retes cae en una terrible trampa que no puedo evitar señalar: la total banalización de la democracia. Veamos: Bush ha comentado que si el nuevo gobierno salido de las elecciones realizadas el domingo 30 pide el retiro de las tropas del territorio Iraquí, esto se hará sin duda alguna. Ante esto, Revueltas dice:

“No son las palabras de un autócrata ni de un dictador, hay que decirlo, más allá de que el personaje no despierte nuestras simpatías. Desde luego, no faltará quien denuncie el carácter espurio de un régimen patrocinado por el invasor imperialista. Pero, las cosas son lo que son y aquí, en este caso, estamos hablando, primeramente, de democracia, de elecciones […] y, en segundo lugar, de un compromiso expresado públicamente por el presidente de la nación más poderosa del mundo. Si, por ahí, los nuevos gobernantes piden, en efecto, la salida de las tropas de la Coalición y Bush Jr. Cumple su palabra ¿podríamos imaginar situación más asombrosa?”.

Me parece que el tono pseudo irónico del texto oculta un problema que no es menor [que no es de carácter espurio, como lo llama Revueltas]: el de la imposibilidad de construir una democracia fundamentalista basada en el terror. Me explico:

1. A las palabras se las lleva el viento. Decir que lo declarado por Bush no son las palabras de un dictador ni de un autócrata implica negar que existe una brecha entre lo que Bush dice y lo que Bush hace. En nuestro país tenemos un personaje que cojea de la misma bota. Basta revisar dos o tres discursos [de Bush o de su Chesire con botas guanajuatense] para darse cuenta de la validez de sus palabras. Recordemos que, en última instancia, las armas de destrucción masiva fueron sólo palabras que justificaron la invasión del territorio Irakí. Los hechos, señor Revueltas, pongamos atención en los hechos. ¿Que el compromiso fue expresado públicamente? ¿Y? Quién lo hará cumplirlo, ¿la ONU? ¿Usted?

2. Por supuesto que habrá quien denuncie el carácter espurio de un régimen “democrático” como el impuesto por Bush y sus secuaces. Yo me cuento entre ellos. Una democracia a la fuerza, al igual que los zapatos, como reza el dicho popular, no entra. Una democracia que se abre paso a cañonazos es todo menos democracia. “No son las palabras de un dictador ni de un autócrata”, señala Revueltas. ¿Y las acciones tampoco son las de un dictador y autócrata?

3. “…estamos hablando de democracia, de elecciones”. Este punto lo dejo para el final, porque es, a mi modo de ver, el atolladero más profundo del razonamiento de Revueltas.

4. “¿Podríamos imaginar situación más asombrosa?”, se pregunta Revueltas al plantearse la (im)posibilidad de que Bush cumpla su palabra. Más que asombro o incredulidad, la interrogante me remite a la actitud de tierna extrañeza que adoptan los cachorritos mal educados después de hacer sus gracias en medio de la sala: Cómo ¿yo hice eso?, ¿acaso esa cagada es mía?

Ahora sí, con respecto al punto tres…

La idea de lo democrático a la que se adscribe Revueltas es sumamente pobre: “…estamos hablando de democracia, de elecciones”. En esa pequeña frase se lee entrelíneas una concepción fundamentalista de la democracia, la cual, me parece, es necesario rechazar de manera tajante. Al reducir la democracia a la coyuntura electoral, Revueltas deja entrever que su [teleológica] visión implica la existencia de un vínculo entre universalismo, racionalismo y democracia, es decir, que la democracia constitucional representa una etapa en el trayecto ascendente de la Razón, lo cual se imbrica con el surgimiento de formas universalistas de ley y moralidad (a la Habermas). Detrás de la perspectiva reduccionista de Revueltas se observa una rígida distinción entre el ámbito público y el ámbito privado. Con ello, el mencionado autor niega la complejidad de la trama que se teje entre ambas esferas. Sin duda un principio fundamental de la democracia radica en la distinción entre espacio público y espacio privado. Pero dicha distinción es, más bien, heurística: es necesario problematizarla y expresarla de modo que constituya una frontera maleable, inestable, que es atravesada constantemente. Ambas esferas se encuentran entrelazadas de manera inextricable, casi dialéctica más allá de una filosofía moral universal. La política se subjetiva en la medida en la que la subjetividad se politiza y viceversa. Es en este fluir en el que la democracia se construye día con día, socialmente. El análisis de este proceso requiere enfocar la mirada precisamente en el ámbito que media entre ambos pares [entre lo público y lo privado]. Esto no implica en modo alguno un reduccionismo en el que la politización es total, es decir, en el que el tejido de lo colectivo es idéntico a la madeja de lo privado. La politización de la subjetividad no remite a la disolución del ámbito privado en la esfera pública. Más bien implica una apertura analítica que hace énfasis en aspectos que trascienden lo formalmente institucionalizado y se vinculan, también, con el mundo de la vida cotidiana, y no al simplismo aducido por Revueltas. Por ello, el análisis de la construcción social de la democracia requiere romper con la idea de un campo político autónomo, dominio sólo de unos cuantos. La democracia no se reduce a las elecciones. Es necesario dejar de presentar a las instituciones creadas en el mundo occidental como si estas fuesen la solución al problema de la existencia humana. Es preciso, pues, preguntar por cómo viven las personas/sujetos/actores el régimen democrático; cuáles son, sí, las estructuras y reglas que delimitan el juego democrático; pero también como se tuercen y reajustan dichas reglas por aquellos quienes las aplican; cuáles son, sí, los instrumentos a los que los ciudadanos tenemos acceso para participar en [e interpelar al] campo político; pero también necesitamos indagar las maneras en las que los ciudadanos ejercemos una de las libertades políticas fundamentales, es decir, la libertad de la política [el derecho al silencio, como dijera Hannah Arendt]. Luego de unas elecciones marcadas por varios autos bomba, varios muertos, un toque de queda, el cierre de fronteras, la prohibición de reuniones en torno a los colegios electorales... ¿qué puede uno decir? Yo, por mi parte, y tergiversando un poco a (ja) Clinton: “That’s not democracy, stupid”.

PD1.
Honestamente, me hubiera gustado hacer llegar el texto a Publico Milenio, o al autor, pero no tengo idea de por qué medios hacerlos. Si alguien sabe con quién, por dónde, o conoce a Revueltas Retes, no deje de avisarme, plis.

PD2
Feliz cumpleaños a mí.

jueves, enero 27, 2005

A mexican way of life

A la enorme estrella de neón rojo que corona el edificio ya sólo le funcionan tres puntas. El piso del lugar está pegajoso. Del baño del fondo sale un olor duro. El tiempo se ha ido acumulando en los espejos, en las sillas, en las mujeres desnudas dibujadas en las paredes. Es esa hora precisa de la noche en que todo se torna irreal y la vida se hermana con los hombres. El lugar está casi vacío. El tipo sentado en la mesa del rincón levanta la vista, pero el tequila y el sueño le han causado estragos. Termina su trago. La mujer que está a su lado intenta llenarle de nuevo el pequeño vaso, pero la mitad del líquido cae fuera. “Parece de juguete”, piensa ella. No se sabe si se refiere al hombre aquel, o al vaso. Él bebe de nuevo. “¿Hasta ver el fondo?”, se interroga en voz baja. Teme contestarse. Suena una canción —su canción—. Ella se levanta. Quiere bailar. A él no le responden las piernas. Se tambalea al dirigirse a la pista. Camina un paso. Otro. “Estoy borracho”, piensa antes de derrumbarse. Lo demás ocurre como en cámara lenta: la botella cae al suelo, él queda de bruces sobre la mesa, en el rostro de la mujer se dibuja una mueca de horror. Justo antes de que se le detenga el corazón, el hombre se avergüenza de sí mismo. “En cada respirar, esta-ás tú. ¿Cómo te voy a olividar?”, escucha su canción. A su alrededor comienzan a arremolinarse los pocos curiosos. La estrella de neón intermite un poco antes de apagarse. “¡Qué siga la música!”, grita la mujer entre sollozos.

Relato envíado a Hipertextos

lunes, enero 24, 2005

La solución...

Hurgando entre los papeles de la hemeroteca de la biblioteca del estado descubrí que a finales de los ochenta había una tira cómica, realizada por Ochoa, que aparecía en el diario El Jalisciense. La dichosa tira se titulaba Don Concho. Un político a la mexicana. Revisando la edición del día 8 de enero de 1987, aparece una buena solución al problema del narco al que nos enfrentamos hoy. En el primer cuadro se observa que entra Jumentino —el típico gato de los políticos, y uno de los principales protagonistas de la tira— a la oficina de Don Concho, con un papel en la mano y diciendo: “felicitaciones y más felicitaciones, Licenciado. Sobre todo de los Estados Unidos”. Don Concho, un tipo chaparro, gordo y bigotón, de lentes oscuros y traje negro responde: “Tienen que reconocer nuestra capacidad, Jumentino”. Éste le comenta: “muchos están intrigados por la forma en que lo hicimos. Imagínese, acabar con el cultivo y tráfico de drogas casi de golpe y porrazo. Fue en verdad una tarea gigantesca, Licenciado”. Don Concho, un tanto orondo señala: “No exagere Jumentino, no exagere. La cosa fue así: formamos una empresa paraestatal que se encargaría del cultivo de todo tipo de droga. Esa misma empresa se avocaría a la explotación de la mercancía”. Jumentino interroga: “¿Y después?”. Don Concho le responde: “Pues nada, que pasó lo que pasa en toda empresa que administra el Estado. Motamex, que así se llamaba la paraestatal se llenó de pillos, de corrupción, de parientes recomendados, aviadores, los fraudes estaban a la orden del día…El presupuesto fue saqueado, no hubo cultivos, bajó la calidad del producto y se perdió el mercado internacional. ¡Se acabó la siembra, el tráfico y el consumo de drogas! La paraestatal Motamex tronó como chinampina… Fin de la tira. Me gustaría abundar en el marcado hegelianismo que impregna la concepción de lo político ofrecida por Ochoa, pero ello implicaría arruinar la deliciosa ironía de la trama que dicho monero desarrolla. Je.

domingo, enero 23, 2005

Welcome to the jungle....

Cárceles de máxima seguridad. Ja. Eufemismo para nombrar a las escuelas de más alta especialización criminal del país. La calle dejó de ser el lugar privilegiado para aprender a delinquir. Si quieres conocer las mejores triquiñuelas, ingresa a un CERESO. En lo que va del año ya se han perpetrado más de sesenta ejecuciones relacionadas con el narcotráfico, incluyendo los seis funcionarios masacrados justo afuerita de su chamba. Nada mal, ¿eh? Es evidente que el endurecimiento de la vigilancia en los penales ha traído consigo la puesta en marcha de los sicarios del narco. Sin embargo, dudo mucho que se esté gestando una guerra frontal por parte del Estado. Si hemos de ser honestos, es necesario reconocer que no se tiene con qué: carecemos de medios e infraestructura para ponernos al tú por tú con cualquier cártel, aún el más pinchurriento. No obstante, el queridísimo Fox, poniéndose bushoniano, dice que piensa librar “la madre de todas las batallas” en contra del narco. Ja. Perspectiva ilusoria de nuestro presidente. Pareciera no recordar que el poderío narqueril se ha colado incluso aún en el sacrosanto ejército (i. e. Gutiérrez Rebollo y sus secuaces). No, hombre, ninguna guerra. Simplemente estamos siendo testigos privilegiados del funcionamiento del aparato digestivo de la nación. Así funciona esto. No pretendo ser futurista, pero cualquiera con dos dedos de frente puede pronosticar que el verdadero problema va a surgir allá por el 2008, después de los primeros años del próximo gobierno. Imagínense al Peje en la silla. O a Madrazo. O (dios no lo quiera), a Alberto Cárdenas... Es como anunciaba el slogan de la película de Alien contra Predator: gane quien gane, nosotros perdemos...

Mientras escribo esto, no puedo evitar una risilla irónica: hace poco me invitaron a una boda en Medellín, a la cual, desafortunadamente, no pude ir. Lo irónico es que pareciera que si yo no voy a Colombia, ésta se viene (con todo) para acá.

lunes, enero 17, 2005

Feliz cumpleaños...

Mamá y yo teníamos ciertos rituales muy personales. Por ejemplo, cada año nuevo, cuando nos dábamos el abrazo, nos decíamos, invariablemente: “pues ya salimos de éste. El que sigue quién sabe”. No sé, me parece que ambos sospechábamos que… En fin, también me gustaba jugarle cierta broma en el día de brujas: “feliz día de tu santo”, le decía. “Cómo eres cabrón”, me contestaba, y luego sonreía de esa manera que dejaba entrever tantas cosas. Desde hace algunos años, cuando yo me había ido de Guadalajara, todos los diecisiete de enero, invariablemente la despertaba mi llamada a las 05:30 a. m.: “quería ser el primero en felicitarte, chatita”, le decía. Entre lágrimas de emoción y ausencia, ella me alcanzaba a decir: “Gracias, mi chiquito”. Hoy, mamá cumpliría 54 años. Pero ya no hay más abrazos, ni llamadas, ni rituales. Carajo, no es la muerte, mamá, es la ausencia. Cómo duele la pinche ausencia. Te extraño tanto, chatita. Te extraño tanto.

domingo, enero 16, 2005

Más [acerca de la] postliteratura...

La postliteratura es indigesta: exige la participación activa de los ácidos del lector, requiere ser convertida en una especie de bolo en el que lo literario, a final de cuentas, o se aprovecha o queda convertido en otra cosa. La postliteratura es efímera, fugaz, e implica la toma de posturas por parte de quien lee: exige cierta complicidad del lector, un acomodamiento o una desazón, pero siempre una reacción. En la postliteratura se reconoce que la creación literaria implica tanto al texto como al que lee [así como el hecho de abrir la puerta vincula tanto al que abre la puerta como a la puerta]. Así, la idea de la literatura como un campo autónomo, perteneciente al dominio de unos pocos es, cuando menos, idiota. La postliteratura es y existe sólo en el momento que se lee, nunca antes ni nunca después. Puro presente, sin contaminación del pasado o del futuro. Todo aquél que tenga dos dedos de frente es capaz de hacer postliteratura. Ésta atenta contra las ortodoxias literarias, contra los cánones que se acomodan en los consabidos estancos: esto es una novela, aquello es un cuento, este es un ensayo, aquel un blog, etc. Los textos postliterarios no se agotan en sí mismos, son abiertos y se reconstruyen a partir de las intersubjetividades. La posliteratura se tensa en la ambigüedad de lo post [pero sobre todo del post]: fluctúa entre ese ámbito dinámico que está más allá de la literatura [que ni siquiera es literatura] y el momento de fijar en letras las ideas. En última instancia, la postliteratura es verborrea jeroglífica, martillar de palabras, agolpamiento de ideas, bendito caos. Juego de espejos, hegelianismo baratísimo en la que la negación de la negación sólo afirma de manera más radical el punto de partida: hoy la literatura se postea, el post se (re)vuelve literatura y todo deviene en nada… ¿y?

sábado, enero 15, 2005

Crónicas de viaje

Eran cerca de las once de la noche cuando finalmente salimos de la casa. Yo hubiera preferido quedarme acostado leyendo, o adivinando figuras en los extraños decorados de las paredes [lo acepto, soy un ermitaño]. Pero era el último día del viaje y las mujeres querían salir a divertirse. Desde el principio, intuí que aquella noche sería un desastre [como verdaderamente lo fue]. Las discusiones para decidir a dónde ir lo confirmaron. Para mí, más de cuatro personas ya es una multitud, todo se convierte en un caos de indecisiones e imposición de voluntades. Hasta la repartición en un dos taxis se torna problemática. Después de varias penosas escenas de gritos y sombrerazos, por fin pudimos dirigirnos al lugar que me había recomendado una amiga [La República]. Yo iba temeroso: la conozco y sé que nuestros gustos son radicalmente opuestos [salvo en TJ, donde ir al As Negro era quite an experience]. Tomé el asiento de adelante. Atrás iban Laclau, Ninin y Marukis. El taxista iba escuchando a Silvio. «Breve respiro», pensé. En el trayecto, el taxi donde iba el resto de grupo se nos perdió de vista. Luego de un rato me anime a preguntar: «Si no los encontramos, ¿conoce un lugar donde podamos estar tranquilos, tomar un buen vino y escuchar ese tipo de música?». Me miró de arriba abajo. «El sitio al que van le va a gustar, joven », me contestó. Finalmente llegamos. Los demás nos esperaban a la entrada. «Parece que está curado el lugar», dijo alguien. Je. El sonsonete de una música idiota llegaba hasta la puerta de entrada. Cuando ingresamos no pude menos que sonreír mientras pensaba en la dulce madrecita de aquél chofer hidrocálido. Mientras los demás bailaban y se divertían, yo, como el good old snob que soy, no pude menos que tomar un montón de servilletas para utilizarlas como cuaderno de apuntes. Llené varias servilletas con notas y dibujos acerca de lo que estaba experimentando, de lo que veía, de las reflexiones que todo aquello me provocaba. Guarde las servilletas en la bolsa lateral de mi pantalón cargo. Estaba seguro de haber escrito algo brillante. Pero cometí un error garrafal: me olvidé por completo que había depositado las notas en el bolsillo. Las encontré hoy, hechas nudo, despedazadas. Solo pude rescatar una servilleta que quedó más o menos legible: la lavadora había sido mi peor verdugo. Je.

Uno de estos días posteo algunas reflexiones acerca de ese patético antro hidrocálido llamado La República.

miércoles, enero 12, 2005

El círculo (fragmentito)

Cuando se citaban en algún lado tenían por costumbre encontrarse unas calles antes del lugar acordado. El primero en aparecer se detenía justo en una esquina transitada, levantaba la vista y se quedaba mirando fijamente al cielo. A veces señalaba algo. Luego el resto de los de El Círculo se iba agregando poco a poco y se colocaban en la misma posición. De cuando en cuando intercambiaban frases inconexas y sin sentido, fingiendo conversar. Tras un rato, invariablemente se acercaba gente ajena a ellos, hasta arremolinarse un grupo más o menos numeroso, todos mirando al cielo. Luego, cuando uno de los extraños decía ver algo, los de El Círculo sabían que era hora de marcharse, ahora sí, al lugar de la cita, de uno en uno, tal como habían llegado. Mientras se dispersaban, a veces alguno volteaba a mirar lo que habían creado y sonreía. Así era El Círculo.

martes, enero 11, 2005

De viaje

Sin duda, cuando se viaja, es muy útil conocer a fondo los mapas, memorizar las vías, y saber las historias de los lugares que se visitan. De este modo se puede ser un turista en el buen sentido de la palabra: cámara al hombro, shorts cargo, y sandalias. Así, al viajar el turista se dispone salir de su hotel, recorrer las rutas establecidas, los restaurantes típicos recomendados en las revistas, visitar el obligatorio museo, bailar a la disco de moda, etc. El turista se encuentra con otros turistas formando una especie de masa vinculada por una hermandad momentánea y fugaz. Hacer turismo es casi una perpetuación de la historia, una serie de (re)conquistas culturales que inmovilizan el momento, que fijan el fluir de la vida cotidiana en instantes polaroid, en souvenirs que demuestren que sí se estuvo ahí. En alguna parte leí que el turismo es la Golden Horde. Dorada, sí. Pero siempre horda. No obstante, el viaje es algo más: no se reduce a la fotografía, al inventario arquitectónico, al guía soso que narra con visibles deficiencias. Es innegable que para el turista nombrar es crear: esta es la plaza llamada así, y fue construida en tal fecha, aquélla catedral es de un estilo de este tipo, éste es el platillo típico y se cocina de esta manera. Pero el viajero sabe que encanojar el mundo en esos pequeños estancos que nos son familiares nos proporciona una falsa sensación de seguridad, una especie de seguridad ontólogica que nos hace pensar que el mundo es tal como lo percibimos. Cuando hacemos turismo llevamos con nosotros una burbuja de cristal que nos protege, que nos permite ver el mundo pero nos separa de él. Someter a la razón el viaje implica reducirlo a lo externo, a lo objetivo y lo bien establecido: el hotel, los mapas, las guías, los monumentos. Con ello se corre el terrible riesgo de olvidar aquello que ocurre dentro de uno mismo cuando viaja. De este modo, viajar es distinto de turistear. Viajar remite a una serie reducción de las distancias entre las palabras y las cosas: implica vislumbrar un poco una especie de totalidad que nos excentra, nos identifica y vincula nuestras pequeñeces con otras tantas. Viajar nos sitúa en el mundo. La planificación de un viaje es un ejercicio inútil. El turista planea. El viajero simplemente viaja. Es necesario reconocer que viajar es un instinto, una especie de necesidad intrínseca que de vez en cuando nos rescata del sedentarismo. Una condición necesaria del viaje radica en dejar que los ojos se resbalen lento por la carretera hasta perderse en el horizonte. Dejar la cámara de lado y beberse el paisaje a borbotones, saborear los colores, oler la noche, palpar el sonido del motor. Por eso me gusta perderme cuando viajo, porque perdido es cuando mejor me encuentro. Viajar, sin duda, es mirarse al espejo y observarse diferente sabiéndose el mismo. Ja. Siempre me sucede: después de cada vacación descubro que para viajar no se necesita salir de casa.

lunes, enero 10, 2005

¿De vuelta?

Vengo conectándome con el mundo. No cabe duda que las vacaciones me esclerotizan. Hace tanto que no escribo que tengo las palabras todas oxidadas. Hay mucho que decir, pero los pensamientos se me arremolinan. Tropel maldito que impide traducir las ideas en letras coherentes, en algo que valga la pena ser leído. Por ejemplo, ahora pienso en que el inicio de año ha sido bastante agitado: primero, Laclau y yo compramos una casa y nos mudamos. Antes de lograr siquiera ordenar el terrible caos de trastos y tiliches que de un modo extraño aparecieron en el pequeño departamentito donde vivíamos, emprendimos un viajecillo por el bajío y estados anexos [ya contaré de los trayectos]. Regresamos a la anormalidad de una casa llena de cachivaches que, a decir verdad, nos queda un poco ancha. Ella de vuelta a su trabajo, y yo, pues a leer y a dejar que el XBOX juegue conmigo. Ya terminé el periodo escolarizado del doctorado, así que estoy tratando de inventar modos de matar el tiempo mientras me decido a seguir con el trabajo de campo [por cierto, se solicitan jóvenes de la zona metropolitana de Guadalajara que se dejen entrevistar. El único requisito es que tengan entre 15 y 29 años; luego saco una convocatoria más en forma]. ¿Escribir? No lo sé. En los meses anteriores al periodo vacacional se me secó el cerebro de tantas cuartillas que llené y llené. Ahora parece que no me queda nada. Durante los últimos días mi laptop sirvió sólo como centro de entretenimiento para ver películas y nada más. Eso sí, he devorado varios libros y releído otros tantos. Sin pena alguna, admito que leí casi todas las aventuras del Capitán Alatriste, de Pérez Reverte. Sin duda, el tipo tiene una pluma fácil y sus historias están bien contadas [claro, dejando de lado las precisiones históricas y el rigor de la técnica literaria]. También, sin vergüenza, declaro haber leído Fight Club [en inglés, porque no he encontrado traducción] y Diario, de Chuck Palahniuk. Por otra parte, leí un librito de ensayos que me pareció excelente: Crítica y sospecha. Los claroscuros de la cultura moderna. Es de Ricardo Forster, y la neta, me gustó. Otro texto más o menos decente que leí en vacaciones se titula Deconstrucción y pragmatismo, es compilado por Chantal Mouffe. De Zizek sigo leyendo El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política; Violencia en acto y; El acoso de las fantasías. A mi modo de ver, todas son lecturas recomendables. ¿Celebraciones? Nah. Para mí siempre han significado bastante poco las grandes fechas: navidad, año nuevo, cumpleaños, etc. Más bien al contrario: a buena parte del hemisferio occidental del mundo le queda un año menos de vida. ¿Propósitos? Ninguno. Quizá ser menos peor que el año pasado. Pero no. Mejor no. De cualquier modo no los cumplo… Ja.


PD

A Betriz Patradox, Humphrey Bloggart, Leticia Cortés y Niña Murciélago: sépanse ustedes que son las personas con mayor potencia narrativa que he encontrado en el mundo del blog. Opinión humilde y personal, pero sin duda compartida por muchos. Gracias por venir. Mariposita, ya sabes que te quiero un montón. De veras.

viernes, diciembre 24, 2004

Es oficial: me voy de vacaciones. Regreso en enero.

viernes, diciembre 17, 2004

Trabajo de campo

Otra imagen del trabajo de campo hecho en días pasados.