martes, agosto 10, 2004

Chatita


"Es agosto y llueve como su voz"
Luis Chaves

Hace ya dos años. Hoy todavía hay noches, ya muy tarde, en que el insomnio se instala por aquí y te imagino. Trato de no despertar a LaClau. Me levanto de la cama y camino un rato por la sala. En ocasiones me encierro en el baño y converso contigo. Hay noches en que, cuando todo esto duele demasiado, me desdoblo un poco y pienso que esto no me pasó a mí, sino a aquél que me mira desde el espejo. Pobre tipo. En estos dos años él ha envejecido diez. En su rostro están las marcas de tanta ausencia. Sus ojos dicen insomnio, vacío. En estas noches él me mira interrogante, como explorando las posibilidades, como confirmando que a pesar de las apariencias, todavía está vivo. Entonces hay como una cruel vuelta a mí, una especie de vértigo que condensa todo esto que soy ahora, toda esta realidad que sé que es mía. Y sé, entonces, que esto me sucedió a mí, que tu cáncer fue verdadero, que ese doloroso sábado marcó un regreso a una realidad lluviosa y gris que me estalló en pleno rostro. Como ya lo decía en aquella carta que escribí hace mucho: ese sábado me hizo ver lo cotidiano de la muerte, que no es otra cosa que una máscara más de las tantas que se pone la vida para darnos pequeños sustos, que a final de cuentas se convierten en sombras que nos perseguirán toda la vida, instantes a los que regresamos una y otra vez, —como hoy, como cada mañana— pensando siempre en el hubiera, aún a sabiendas de que ese maldito tiempo verbal no existe, que es una falacia, que es el signo de la culpa, que lo deberían borrar de toda gramática para bien de todos. Entonces, en noches como esta, vuelven esas imágenes que tengo grabadas a fuego blanco en la memoria: ¿Cómo olvidar tu cuerpo inerte, cubierto con una sábana? ¿Cómo deshacerse de los gritos, las voces desesperadas de mis tías abalanzándose sobre tu cuerpo? ¿Cómo olvidar a mi hermano, apesadumbrado, casi niño, con su camisa azul cielo y su gorra del mismo color, sin escándalos, simplemente mirándote y dándose cuenta cómo su vida daba un vuelco hacia el vacío, hacia la desesperanza? ¿Como olvidar la manera en que papá, a un costado mío, se llevaba las manos a la cabeza, casi incrédulo, llorando como un niño, preguntando por qué, Chelo, por qué nos dejas, qué vamos a hacer sin ti?
Y yo sin poder llorar. Ese sábado era justo como ahora, como este desdoblamiento de juego de espejos. Yo observaba todo como desde fuera de mi cuerpo, como si yo no fuera aquél que sentía el terrible dolor en el pecho y en el cerebro, con los recuerdos lacerantes recorriendo cada palmo de piel, llenando de vacío y de silencio a todo y a todos, viendo cómo era yo y no era yo el que se acercaba a la camilla y lanzaba al pasar una mirada en la que se quedaba para siempre, como fundida en mi retina, aquella sábana blanca que te cubría el rostro. Y dejar ahí, de paso, el alma hecha trizas, las esperanzas muertas, esparcidas por el piso del hospital, mientras me ocupaba de actas de defunción, preparativos para el sepelio y toda la correspondiente burocracia que le sigue a la muerte. Hace ya dos años ¿recuerdas?.
En aquellos días nefastos alguien me llamó por teléfono para decirme que el tiempo lo cura todo. Entonces eso me pareció una soberana estupidez. Ahora que a pesar de todo hay tantas cosas buenas en mi vida, a pesar de que el tiempo ha incrementado mi lista de cariños, a pesar de que el futuro pinta mejor que nunca, a pesar de que hay momentos en que me siento verdaderamente feliz, sigo pensando igual. El tiempo no cura nada. Al contrario, hace que las heridas se vuelvan más profundas, que las ausencias sean horribles. Aunque lo cierto es que con el tiempo he logrado recordar algunas cosas tuyas con mayor detalle: el olor de tu ropa, la profundidad de tu regazo, tus sandalias, aquellas interminables conversaciones en las que casi nos amanecía, la manera en que entornabas los ojos detrás del humo de tu siempre presente cigarrillo, tus cientos de llaveros, tus insuperables enfrijoladas, la dulzura con la que contestabas el teléfono, tu manía con la limpieza, tu particular gusto por el cine, tus besos, tu enormísimo conocimiento de lo místico. En fin, tantas cosas. Pero ahora ya me tengo que ir. Acaba de sonar el despertador, LaClau está a punto de levantarse y yo tengo que volver, por tozudez, a hermanarme con aquello que llamamos vida. Te extraño tanto, mamá. Te extraño tanto. . .



jueves, agosto 05, 2004

I, human

Ayer vi por segunda vez —gracias a circunstancias ajenas a mi voluntad— la película de I, Robot . La primera ocasión traté de acercarme a dicha película sin ningún afán pseudo–analítico ni nada parecido. Quería disfrutarla como una obra de ciencia ficción basada en textos de un autor que desconozco totalmente. Y sólo eso. Pero en esta segunda ocasión mi mirada fue otra. Ahora la atención se fijó no tanto en los personajes centrales, sino en los elementos del segundo plano, en los argumentos subyacentes y cosas por el estilo. En principio había pensado —antes de comenzar a escribir— en poner de relieve los tintes y resonancias racistas que se destacan en buena parte de los argumentos. Así, iba a decir que las ideas de esclavitud y negritud resultaban significativas para desenmarañar la hipótesis anterior. Creo que una escena que condensa e ilustra en buena medida lo que quiero decir es aquella en la que Mr. Robertson, junto a su equipo de abogados, va a la estación de policía a reclamar la potestad de Sonny, el androide al que Spooner acusa de asesinato. En dicha escena la voz cantante la ostenta Mr. Robertson —casi un arquetipo ario—, mientras que el resto de los personajes es colocado en una posición de subordinación que raya casi en lo sumiso. Recordémos que Mr. Robertson literalmente le truena los dedos a su abogado de color para que entregue un amparo. La respuesta del jefe de la policía es tímida y titubeante, por lo que Spooner sugiere llamar al Alcalde de la ciudad para lograr retener a Sonny. Antes de que eso ocurra, Mr. Robertson ya tiene lista una conferencia, vía celular, con el Alcalde, lo cual muestra la influencia y poder de “el hombre más rico del planeta”, como lo llama Spooner en su primer encuentro con él. Y esa escena no es la única. Pero de lo anterior mejor no hablo porque implica entrar en vericuetos que no tienen salida. Creo que mejor me quedo con la reflexión que me produjo la primera vez que vi la película, la cual gira alrededor de lo que nos hace ser humanos. Este tema ha sido discutido por personajes tan dispares como Rob Zombie, Nietzsche, Heidegger, Hegel, Platón [quien era un tipo que cuando estaba borracho le gustaba que lo llamaran] Sócrates, Aristóteles, Heráclito, Parménides, Layne Staley (coloque aquí a su pensador de preferencia), etc. Es, incluso, quizá hasta más popular que el tema de la inmortalidad del cangrejo (¿realmente serán inmortales tales animalitos?). De cualquier modo, el tema se me vino a la cabeza porque recientemente lo leí en el blog de Antonio Marts, (un verdadero escritor y no un pálido intento como yo).


En fin, en el citado filme se exploran algunos aspectos que podrían servir de respuesta a la mencionada interrogante (no la de los cangrejos sino la de los humanos). Cabe mencionar, de entrada, que difícilmente será posible dilucidar la esencia del ser humano en un humilde blog como éste. Así, más que presentar algunas respuestas, con lo que me quedo es con un montón de preguntas, de las cuales planteo algunas aquí (mi hermanillo tiene una teoría con respecto al egoísmo como elemento definitorio del ser humano, pero eso es harina de otro costal). De este modo, para iniciar, me parece que una de las escenas que pone de relieve la discusión con respecto al ser humano es la del interrogatorio que Sponner le hace a Sonny en el precinto de la policía. Ahí se nota cómo Spooner intenta definir(se) y diferenciar(se) lo que él es con respecto a Sonny a partir de la desligitimación de las pretensiones de humanidad de este último. De lo que no se da cuenta Spooner es de que Sonny está aprendiendo a ser humano. ¿Acaso las emociones que muestra el robotín no son humanas, quizá demasiado humanas?. ¿Acaso el aprendizaje del guiño no convierte a Sonny en un tipo digno de confianza para Spooner, al grado que le confía la vida de su morra, la Dra. Calvin? ¿Acaso los giros en el lenguaje de Spooner (de ser una cosa, un algo, Sonny se transforma en un alguien) cuando se refiere a Sonny no lo van humanizando poco a poco?. Lo que quiero decir es que, en última instancia, los cimientos de lo humano son culturales. Al principio, para Spooner, Sonny era como una simple imitación de la vida humana. El propio ser de Sonny era siempre un «como si», casi una especie de realidad virtual. Pero ¿acaso nosotros mismos, tú, en este instante que lees, no está inmerso en una realidad virtual? Y esta virtualidad (este vivir «como si»)no se reduce a las cuestiones cyberinternéicas. Esto se transmina al ámbito de la vida cotidiana: ¿acaso no endulzamos nuestro latte matutino con algo que es «como si» fuera azucar? ¿Acaso no descongelamos nuestra comida en algo que es como si fuera lumbre (el microwave)? ¿Acaso el mismo maíz que comemos en las tortillas (nuestra esencia, casi una definición de la mexicanidad, según algunos) no está modificado genéticamente (es como si comiésemos tortillas)? Es innegable que la realidad virtual no es una cosa del futuro. Más bien, la RV es algo con lo que lidiamos día a día. Si Sonny termina al final de la película, por humanizarse, por aprender a ser humano: ¿ocurre lo mismo a la inversa? ¿Acaso en la medida en que convivimos de manera cotidiana con la RV nos deshumanizamos, nos convertimos en cyborgs (cada día más nos despegamos menos de nuestros walkman, de nuestros cellphones, de nuestras laptops, de nuestras agendas electrónicas, casi al grado de que todo ello se va convirtiendo, con el tiempo, en extensiones de nuestro prpio cuerpo)y construimos identidades transhumanas, para utilizar la figura expresada por Martin Mora (udg)? Para finalizar esta pseudoreflexión iba a apelar a la famosa pregunta por el ser, hecha por Heidegger. Pero no, mejor acudo al blanco/santo horror de lo real, expresado por Hegel. Creo que eso condensa mejor cómo me sentí ayer al salir del cine. Maldito cine. Maldito Robot. Yo hoy digo I, human...

martes, agosto 03, 2004

Despertar

Lo que realmente despertó a Isabel fue el olor a café con piloncillo (y no tanto el terrible alboroto de los gemelitos). Había llovido toda la noche y afuera hacía frío. Los gemelitos correteaban en el patio alrededor del enorme naranjo. Les salía vapor de la boca y la nariz: jugaban a ser trenes que espantaban a las pocas luciernagas que volaban ajenas a todo aquello. De cuando en cuando, los gemelitos sacudían un poco el tronco de aquel árbol para crear sus propias y minúsculas lloviznas con olor a azahares. Reían como nunca.


Afuera hacía frío, pero adentro, envuelta en ese montón de cobijas, Isabel se sentía muy bien. Entreabrió los ojos y vio que aún estaba obscuro. Aspiró profundamente. A sus pies, el gringo —un gato deliciosamente gordo y negro— alzó un poco la cabeza para lanzar una mirada despreciativa. Luego de un corto maullido decidió volver a dormir. Isabel lo imitó un poco. En cierto modo, a sus catorce años ella tenía una especie de sensualidad felina. En ese cuerpo de niña ya se vislumbraban las pronunciadas redondeces de una mujer que se perfilaba ardiente. Isabel se acurrucó entre las sábanas, se llevó la mano a la entrepierna y cerró los ojos. Estaba en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia y, a pesar de ello, fue tan consciente de su propio cuerpo —del tacto de su propio cuerpo; del olor de su propio cuerpo— que se estremeció un poco. Sentía el calor del gringo —que parecía casi un motorcito— a sus pies. Sentía sus piernas y su espalda pegadas al duro colchón, sus manos explorando sus senos y su pubis; todo aquello era un sensación como de diminutos pasos en su piel. Una especie de dulce sopor le fue subiendo por el cuerpo. Sus mejillas enrojecieron. Sus labios se despegaron lento, casi como una flor abriéndose (¿como un grito en silencio?). Estaba ya casi dormida cuando alcanzó a escuchar la llave que entraba en la cerradura de la puerta de la calle. Luego el familiar rechinido que producía aquella puerta al abrirse. «Es mamá que regresa de la iglesia...» —pensó, antes de quedarse completamente dormida. Unos instantes después su sonrisa desapareció. Soñaba y era horrible; otra vez esa maldita pesadilla: por el pasillo se deslizaban unos pesados pasos que llegaban hasta el patio. Aquello era como una sombra enorme y deforme que flotaba lenta. Los gemelitos jugaban alrededor del naranjo, y lo que escurría de sus hojas no era agua. Ellos no se dieron cuenta de nada. El rostro de Isabel se torno en una mueca de asco y angustia ante la visión de aquella imagen. Afuera sonaron seis campanadas que reverberaban como voces. Los nubarrones en el cielo adquirían una tonalidad violácea; el sol despuntaba y estaba a punto de amanecer. Isabel hubiera preferido no despertar jamás: justo en el momento en que abría los ojos, una filosa daga le desgarraba la garganta.

domingo, agosto 01, 2004

Hermanito...

Fui a tu casa para felicitarte, pero no estabas. I'm quite sure that mom is already watching over you, and smiling proudly. Casi puedo escucharla diciendo "estoy que no quepo de gusto". Do you hear?... Estoy seguro que sí. Ánimo, carnal. Apenas es el comienzo...

Te quiero reteharto...

Y aprovéchalo: acuérdate que se quedaron fuera cerca de 47,000 vatillos....

viernes, julio 30, 2004

Más "arte" digital

Como no se me ocurría ninguna letra, hoy por la mañana hice esto. A ver qué les parece...

martes, julio 27, 2004

Visto por casualidad

Hoy por la mañana, por pura casualidad, estaba viendo un noticiero local [de televisa]. El titular de ese espacio matutino es, me parece, Miguel Ángel Collado Pignol, director de noticieros televisa de occidente. En alguna otra ocasión ya había expuesto aquí mi opinión con respecto al marcado conservadurismo del noticiero conducido por él. Pero hoy creo que fue el colmo. Si no lo hubiera visto [con mis propios ojos, ja] me resultaría muy difícil de creer: resulta que Juan Sandoval Iñiguez tiene, cada martes, un espacio para expresar sus opiniones con respecto al devenir político de esta nuestra queridísima sociedad tapatía. No cabe duda que la secularización es un mito. Juárez no es mi personaje favorito, pero de seguro ha de estar encabronadísimo.


Bueno, pues en esta ocasión los temas tocados por Sandoval Iniguez fueron los crímenes del pasado (sobre todo la condena que pesa sobre la cabeza de Echeverría y su papel en las matanzas por todos conocidas) y la instauración de casinos en México. Con respecto al primero, el cardenal mencionaba la necesidad de dejar el pasado en su lugar, y atender los asuntos del presente. "Que se vayan de adelante para atrás", decía Sandoval. "Que atiendan primero los crímenes de Colosio y los del Cardenal Posadas". En lo que refiere al segundo, el cardenal señalaba que cómo era posible que se estuviera manejando siquiera el tema de los casinos en la cámara de diputados. En lo que todo ello iba a redundar era en que en lugar de generar empleos con la instauración de casinos, se lograría precisamente lo contrario. Para ello se refería a los empresarios que han perdido sus fortunas en Las Vegas y que por ende han tenido que cerrar sus fábricas. Imagínense el chorro de acidez en mi estómago al oír semejantes sandeces.


Honestamente me da un montón de hueva abundar en lo evidente, haciendo un pseudo análisis discursivo de lo que dijo el cardenal, y de las implicaciones en términos de construcción de opinión que de ello se derivan. También me da flojera redundar en el conservadurismo de los "líderes de opinión" locales (después de haber visto el espacio del cardenal en el noticiero, yo esperaba alguna opinión por parte de alguno de los presentadores de noticias, u otros argumentos que permitieran contrastar el asunto. Pero no, sólo el silencio, como si la opinión política del cardenal fuese, también, dogma de fe). Sólo quiero poner de relieve que a esos mensajes subyace una tremenda necesidad de conservar el status quo. Deconstruyendo un poco las argumentaciones del cardenal [y la construcción del mensaje noticioso del noticiero matutino] es posible armar una batería de preguntas que muestran el claro sesgo ideológico de los faros y atalayas que a diario y todo el día vemos en la tele (de pronto evoqué, no sé por qué, a la película y el libro 1984), así como lo que probablemente piensan sobre nosotros nuestros queridos comunicadores: ¿Cómo es posible que nos atrevamos a tocar a los intocables ex-presidentes? ¿Acaso estamos preparados para conocer a los artífices y culpables de los crímenes del pasado? ¿Nuestras instituciones estarían en condiciones de soportar el trancazo de condenar y encarcelar a un ex-presidente? ¿El siguiente en la lista sería la iglesia (horror horror)? ¿Acaso los pobres idiotas que nos miran (y que no tienen ni puta idea de cómo distinguir entre el bien y el mal si no es que nosotros les decimos cómo) no saben que si permitimos casinos (casas de la lujuria y el derroche y el vicio) en nuestra sociedad las buenas conciencias van a poner cara de asco?


Diablos. Quisiera decir más, pero ya me tengo que ir porque se me hace tarde. Voy a misa. Ja.

Pd.
Admito mi naquez: Hellboy y Matando Cabos me gustaron un montón.

Pd2.
El norte bien. Tuve oportunidad de ser testigo de un par de cierres de campaña. Mucha diversión. Ja.

martes, julio 20, 2004

Me pinto de colores.

Las vacaciones se me terminan justo cuando el cuerpo se me comienza a llenar de maletas. El próximo lunes regreso a clases, pero por lo pronto, desde mañana miércoles comienzo mi último fin de semana libre. Luego volveré a ser estudihambre (bello neologismo). Parto, junto con mi amada, rumbo al norte, a Rosarito Bitch, perdón, Beach, a casa de mis suegros. Ellos son unos bohemios adorablemente irredentos. De verdad que tienen alma de gitanos. La primera vez que tuve oportunidad de conocerlos, fue en una de sus tradicionales y famosas reuniones. Estaba la familia en pleno, y era la segunda o tercera vez que salía con la Clau. Aquella noche fue de Guitarra, vinito excelente, y mejores quesos [y recientemente, el chango (mi cuñado) se encarga de aderezar esas reuniones con la mejor cerveza casera de toda la franja norteñamente fronteriza]. Desde entonces (hace más de dos años) fui aceptado en el clan, me rápté a la Clau, me la traje a GDL, y bueno... eso es una historia que contaré aquí algún día. En fin, quería decir que en esas reuniones medio bohemias se hacen una especie de "festivales" donde cada miembro de la familia muestra sus "talentos". Así, mi suegro se luce contando charras estilo Virulo, las cuales,honestamente, no tienen par. Mi suegra se arma una danzonera y le saca el polvo al piso de la sala, junto con hijas y sobrinas (con todo y frutas en la cabeza y pompones bombachos en los brazos). En fin, se canta, se baila, y cada quien hace gala de sus megalomanías y locuras. En alguna ocasión yo he agarrado una guitarra y los he "deleitado" con mi espantosa voz. Lo que hace el nebiolo. Pero de hecho, esta es la primera vez que contribuyo "formalmente". Resulta que en estos días me he dedicado a recopilar algunos de los escritos que he posteado aquí, para "editarlos" como una especie de librito-folletín, para exponerlo ante mi familia política. Tal vez les lea un cuento o un poema. Parece que el resultado final no me quedó tan mal. Si tengo oportunidad, lo posteo completo uno de estos días. Por lo pronto, pego aquí la portada. Cada vez respeto más y más a los editores. La verdad es que es un trabajo agotador, y creo que quienes se encargan de darle concreción a los libros merecen un reconocimiento y respeto mayor. Pero en fin. A ver cómo me va.





Por otra parte, acabo de terminar estas dos "pinturitas". Las posteo a ver qué opinan. Las hice con un propósito muy mañoso, para abrir una especie de polémica con respecto al arte, a su facticidad y validez. Pero hoy me duele demasiado la cabeza como para iniciarlo. De cualquier modo, dejo las imágenes para ver si tienen chance de echarle un ojo. La pregunta con la que pensaba iniciar el pseudodebate mencionado era ¿Acaso estas pinturas son "arte"? Hay una razón detrás de esta pregunta (sobre todo detrás del "proceso creativo"). Sea pues.







lunes, julio 19, 2004

Autoentrevista

Leyendo blogs me encontré este cuestionario en el Flesh Museum
de Jai. Me pareció bastante divertido contestarlo. Además, como sé que nunca me va a entrevistar nadie, pues lo tomo como una autoentrevista. Va pues...


1. Echemos a volar tu imaginación. Si fueras escritor, ¿qué libro te hubiera gustado escribir y por qué?

Particularmente me hubiese gustado escribir El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco. ¿Por qué? Es simple. Nunca pensé que tanta erudición fuera tan divertida. Además, Eco es un tipo genial, tanto en el campo académico, como en la esfera de la literatura. Y bueno, como alternativa obvia, me hubiese gustado escribir Rayuela, por razones, creo, bastante obvias. Pero como no soy escritor, pues...

2.¿Qué canción te hubiera gustado escribir, por qué y escribe tu frase favorita de ella?

Indudablemente, si tuviera que vivir con una sola canción, escogería una de Tool, llamada Sober. Dicha canción (pero sobre todo el video) muestra cómo uno de los motores del ser humano es la constante búsqueda, aunque no se sepa qué es lo que se busca, siempre hay que buscar. El día en que yo deje de ser un perseguidor, mejor denme por muerto. Mi frase favorita de esa canción en particular dice "I will only complicate you. Trust in me and fall as well...". Como alternativa se me viene a la mente una canción de Soundgarden titulada Rusty Cage. A medio mundo le he comentado que esa canción debí haberla escrito yo. O cuando menos la última parte. Pero más que por la letra, por la música. Creo que condensa un montón de las cosas que yo intentaba expresar cuando era roquerito deatmetalero y tocaba la guitarra en Azevrec.



3. Si fueras un cineasta, ¿qué película te hubiera gustado dirigir?

En términos amplios, Seven o cualquiera de Lynch.


4. Siguiendo ese juego, ¿qué libro te gustaría llevar a la pantalla que aún no haya sido filmado?

Desconozco si existe alguna versión fílmica de Rayuela, pero definitivamente, a mí me encantaría hacer una.

5. Ahora, tu vida es una película, ¿a qué película te recuerda?

A Spider.

6. Y como sé que tu vida apesta, ¿qué película te gustaría vivir en la vida real?

Definitivamente: entre Mullholland Drive y The Blair Witch Project.



7. ¿Quién te interpretará en la historia de tu vida?

Entre Jesús Ochoa y Luis de Alba.

viernes, julio 16, 2004

angst

«Angst» recordó por fin Ivana. «Angst, anxiety, angoisse» pensó –no sin cierto dejo de arrogancia– mientras abría y cerraba (si es que a un pequeño temblor podía llamársele abrir y cerrar) el puño de su mano izquierda. Poco a poco comenzaba a recobrar la lucidez, a volver en sí. «Esa es la palabra adecuada» se dijo convencida de que de los tres vocablos que había evocado, el de origen alemán era el que describía con mayor precisión lo que estaba experimentando. La sensación no le era extraña. Trató de esbozar una mueca de satisfacción por el pequeño triunfo de su memoria, sin embargo ello le fue imposible: sus músculos simplemente no respondieron. Un leve hormigueo casi electrizante le recorrió el brazo hasta la altura del hombro. Por los poros de su cuerpo comenzaba a salir un sudor frío. Ella no lo veía, pero sus labios se iban poniendo morados poco a poco.
Ivana había ido recobrando el escaso movimiento lentamente: primero los párpados, luego los globos oculares (¿dónde estoy? aquí está demasiado obscuro) y, finalmente, la mano izquierda (¿es seda lo que toco? ¿terciopelo?). Pero el resto de su cuerpo seguía inmóvil. Se dio cuenta que todos sus empeños resultaban inútiles. Estaba exhausta por el esfuerzo que había realizado al intentar levantar su brazo, sin lograrlo. «¿Cuántos tiempo habrá pasado?» —se preguntó, aún a sabiendas que le era imposible esbozar siquiera una respuesta acertada, ya que podían haber transcurrido minutos, horas, e incluso días enteros. No era la primera vez que esto le sucedía. Justo en su cumpleaños número siete le fue diagnosticada una extraña enfermedad, entonces desconocida. Así, había logrado vivir dieciocho años con esa maldita piorrea. Hasta hoy.
Intentó concentrarse en las partes de su cuerpo que comenzaban a recuperar movilidad, sin embargo no le fue posible. Quiso identificar el sitio en donde se encontraba, pero solo palpaba la dureza del muro próximo a su mano izquierda. Sintió un escalofrío que le recorría la espalda al pensar en la posibilidad de que… pero no. Sus padres no lo permitirían. Intentó evadirse. «Seguro estoy soñando» —pensó, intentando tranquilizarse. Algún mecanismo protector debió activarse en su mente, puesto que algunos recuerdos comenzaron a desfilar ante sus ojos. Su vida pasaba, lenta, en un desgastado y agrio tono sepia, como si fuese una vieja película muda. Se vio a sí misma de pequeña, con un fugaz dejo de ironía, en una de tantas ocasiones en las que sufría cuando su padre se retrasaba unos minutos en llegar del trabajo a casa. Ella, –sin importar la hora o sus escasos ocho años de edad– iba a esperarlo a la parada del tranvía. Siempre estaba ahí, sentada, sola, con lágrimas inundando sus pequeños ojos, sosteniendo valiente la mirada inquisidora de los transeúntes, imaginando que a su padre le había pasado lo peor. Hasta que minutos después, su vista alcanzaba a distinguir a lo lejos, entre los ya escasos pasajeros que hacían uso del transporte nocturno, la enorme figura de su progenitor.
Luego, el desfile de imágenes le hizo recordar que, en la adolescencia, la angustia y la desesperación habían sido sus signos vitales. Sus padres tenían algo de nómadas, y siempre estaban probando suerte en distintas partes. Desde que era niña Ivana vivió en grandes ciudades que la hacían sentir carente de toda identidad. Le era difícil hacer amigos. Siempre era tomada como la "rarita". Todo el mundo la despreciaba. Durante el difícil tránsito a la pubertad, su sobrenombre era el de «la lepra». Todo ello la había convertido en una mujer huidiza. Se sabía bella, pero se empeñaba minuciosamente en ocultarlo. Siempre vestida de negro, como si estuviera de luto. Muchas veces le era difícil relacionarse con las personas. Por eso, casi siempre prefería estar sola. Su único refugio era la lectura.
En su recién inaugurada etapa adulta, Ivana se había caracterizado por una inseguridad profunda y amenazadora acerca del presente y del futuro. Mientras pensaba en ello, sintió que su brazo recuperaba un poco de fuerza. Luego pudo mover el cuello y dar vuelta al rostro. Unos minutos después casi toda la parte superior de su cuerpo tenía una dolorosa movilidad. De este modo, Ivana logró darse cuenta del reducido espacio que la rodeaba. Súbitamente la angustia llegó a ella de manera total, y la invadió completamente un terror inenarrable. Sus manos se crisparon y una gota de sudor resbaló por su frente. El aire comenzaba a escasear. Ivana entendió. Quiso gritar pero su garganta estaba muda. Intentó golpear las paredes, rasguñarlas, hacerles saber que estaba siendo enterrada viva. Pero fue inútil. Como en toda su vida, antes de comenzar a luchar, ya se había dado por vencida. La terrible angustia cedió su lugar a una interminable soledad, a un frío sentimiento de resignación ante la inutilidad de cualquier esfuerzo. Ivana tuvo sueño. Entornó los ojos, mientras escuchaba caer, con inusitada tranquilidad, la interminable cascada de arena sobre la tapa del féretro. Se arrellanó incómodamente en el fondo de la oscura caja y aspiró, directamente de los fríos labios de la muerte, una última y casi placentera bocanada de un aire rancio y viciado. En su cara se dibujó una irónica última sonrisa.

Do you ever wonder???


Me llegó un correo con la siguiente pregunta:

«Do you ever wonder???»

Casi siempre, ese tipo de mensajes me provoca una cierta paranoia. Pero este en particular me gustó mucho, porque resulta que yo sí me he preguntado algunas de las cosas que, a continuación, enumero.

***

Who was the first person to look at a cow and say, "I think I'll squeeze these pink dangly things here and drink whatever comes out?"

Who was the first person to say, "See that chicken there... I'm going to eat the next thing that comes outta its ass."

Why do toasters always have a setting so high that could burn the toast to a horrible crisp, which no decent human being would eat?

Why is there a light in the fridge and not in the freezer?

Why do people point to their wrist when asking for the time, but don't point to their ass when they ask where the bathroom is?

Why does your Gynecologist leave the room when you get undressed if they are going to look up there anyway?

Why does Goofy stand erect while Pluto remains on all fours? They're
both dogs!

If quizzes are quizzical, what are tests?

If corn oil is made from corn, and vegetable oil is made from vegetables, then what is baby oil made from?

If electricity comes from electrons, does morality come from morons?

Is Disney World the only people trap operated by a mouse?

Why do the Alphabet song and Twinkle, Twinkle Little Star have the same tune?

Stop singing and read on . . . . .

Do illiterate people get the full effect of Alphabet Soup?

Why do they call it an asteroid when it's outside the hemisphere, but call it a hemorrhoid when it's on the outside of your ass?

Did you ever notice that when you blow in a dog's face, he gets mad at you, but when you take him on a car ride, he sticks his head out the window.

***

martes, julio 13, 2004

Leyendo blogs...

Hace un rato, mientras circunavegaba esta mentira de la blogsphera, me encontré con el siguiente texto en el Blog de Solus Ipse:

"El verdadero escritor no puede estar gordo porque la gordura, si no proviene de una enfermedad, revela autocomplacencia y dejadez; cualquier signo de autocomplacencia deteriora la escritura. Debe uno vigilar la gula, los momentos de relajación, y acabar con ellos cuando aparezcan, de golpe, sin miramientos —debe aprender el placer de tener el estómago ligero, que es más grande que el de rellenarlo".


No es mi intención iniciar una polémica. Pero al leer lo anterior, no pude menos que, en tanto gordito bonachón, dejar un mínimo comentario. Palabras más, palabras menos, escribí lo siguiente:

¿Realmente el ethos de la escritura es estético? Si en la literatura hubiese un centro ontológico al cual aferrarse sería, quizá, el patetismo (la dejadez, pues) y no el esteticismo grecoromanizado tipo Brat Pitt, como parece plantearlo Solus Ipse. Dicho patetismo trasciende toda estética, y sobre todo, toda estética equiparada a la dejadez y la relajación. La gula, y todos los demás excesos son fuente inagotable de inspiración artística. Prueba de ello son las cientos de obras hechas en todas las épocas y lugares. Un esteticismo cuya pragmática es universalista raya en lo polivocezco: es como decir que el amor es una cosa esplendorosa, y equipararlo con que la policía siempre en vigilia (as in "el verdadero escritor no puede estar gordo"). El verdadero escritor, si tal cosa existe, se sitúa en los márgenes del todo social y desde allí se ve a sí mismo, y condensa, en su obra, lo que ve y experimenta. Ello sin importar si la cintura le mide más de noventa centímetros, o si tiene cuadritos en el abdómen. Hay que recordar que no todo lo que sale en la televisión es cierto: el culto al cuerpo no es el culto de la literatura. El ascetismo no es, ni siquiera, una condición necesaria para quien quiere escribir. Más bien al contrario: la autocomplacencia enriquece la literatura. Caray, es que tal como lo plantea Solus Ipse, ahora resulta que para ser un buen escritor hay que mantener la línea (y no precisamente en un sentido ideológico). Si yo fuera un verdadero escritor [whatever that means] estaría muy ofendido. La literatura no es, por ningún motivo, una condición objetiva atribuible a las personas. Es, más bien, todo lo contrario. No humillemos a la literatura: no hagamos de los y las escritoras (flaquitos, gorditas, pelonas, chaparras, altos, etc.) unos tigres reducidos al vegetarianismo.

Por favor.



sábado, julio 10, 2004

Futuros probables

Ese día, como todos los demás en aquella ciudad de mierda, era tarde y hacía frío. El sol estaba ocultándose, por lo que todavía era posible ver el mar, allá al fondo. A través de la mugre de la ventana se sucedían primero el rojo, luego el violeta, y finalmente el azul. Así, la noche se hizo espacio entre nosotros. Adentro del departamento la iluminación era tenue, acorde con la voz dulce de Bebel Gilberto. Casi todos se habían marchado, y ya sólo quedábamos los cuatro de siempre alrededor de aquella mesa. Pero también estaba Luis. Él era un tipo raro, distraído. Caminaba por los pasillos del instituto hablando solo. A veces, en los jardines, se detenía horas frente a una araña para observarla tejer su trampa. Aunque se llevaba bien con nosotros, él no era uno de los asiduos a las reuniones del Círculo.
«Ahora piensa en tres preguntas» —dijo él, con su característico acento sudamericano. Yo estaba distraído observando las extrañas figuras de aquella baraja y el humo de su puro me tenía un poco mareado. «La verdad es que no creo en eso —contesté. Me has dicho algunas cosas ciertas, pero cualquiera que medianamente me conozca puede decirme lo mismo, sin necesidad de cartitas». Tomé un trago de vino. Miré a Adrián y a Luz, a quienes ya les había tocado su turno, y sonreí sarcásticamente. Laura quiso decir algo, pero se arrepintió, fingiendo un bostezo. Yo comenzaba a aburrirme, y pensaba en lo mucho que me gustaría estar acostado, leyendo a Luis Chaves. Unté un poco de queso crema a un trozo de manzana y me lo llevé a la boca. Para formular las preguntas acudí a los cajoncitos de siempre, como si la vida pudiera reducirse a esto y aquello. «Listo. Soy un cliché con patas» —le dije a Luis. Éste hizo una especie de pase mágico, casi teatral, sobre el mazo de cartas. Sacó cuatro de ellas. Una la puso boca arriba, en el centro de la mesa. «Éste eres tú» —dijo, colocando su dedo índice sobre una especie de viejo ermitaño. Colocó el resto de las cartas sobre el paño rojo, con la cara frontal oculta. «Voltéalas. Esta es la respuesta a tu primera pregunta». Yo agregué, también, un poco de dramatismo al asunto, fingiendo que me temblaba la mano. Antes de levantar aquellas cartas, bebí de un sorbo el poco vino que quedaba en mi vaso. Suspiré profundo aparentando un nerviosismo que estaba lejos de tener.
«Pues sí» —dijo Luis. «indudablemente, vas a conocer al amor de tu vida. Y pronto». Luz y Adrián intercambiaron unas miradas burlonas. Laura se sonrojó un poco, desviando la mirada. Me reí. «¿Yo, el amor? Ja. No tienes idea Luis. El amor, como dicen los polivoces, es una cosas esplendorosa, o lo que es lo mismo, la policía está siempre en vigilia; o sea que no tiene sentido». Él me miró con sorna. «Las cartas no mienten, señor» —sentenció con un gesto divertido. En aquél momento no le presté atención al asunto, pero ahora, con la distancia y el tiempo, tengo dudas acerca de cómo es que Luis supo que esa había sido mi primer pregunta. Hizo a un lado las cartas usadas y, reincidiendo en su teatralidad, sacó otras tres cartas. Las volteé sin tantos miramientos. Él se llevó la mano derecha al mentón, como si quisiera aligerar el peso de lo iba a decir. Dudó un poco, pero al fin se decidió. «Lo siento, pero vas a perder a alguien muy querido y muy cercano a ti» —sentenció lacónico. «Así es la vida» —dije incrédulo. Por tercera vez repetimos la operación, pero esta vez con mayor naturalidad. La verdad es que estaba deseando terminar para irme a dormir. Sentía pesadísimos los párpados, y mi mente comenzaba a divagar.
De pronto, la estancia se puso helada y, por un instante, todo quedó en silencio. El disco de Bebel se terminó justo en ese momento. Afuera los perros dejaron de ladrar. Todos contuvimos la respiración. Era como si un hueco se hubiera abierto en el centro de todo aquello, como un remolino de tiempo en el que todo se confabulaba y encajaba en su sitio. Adrián rompió ese fugaz equilibrio cuando pidió que alguien le pasara el pan de centeno y la mantequilla con especias. Parecía que todo volvía destempladamente a la normalidad. Excepto por Luis. Éste estaba pálido y con los ojos desorbitados. Veía alternadamente a las cartas y luego a mí. Estaba como en trance, entre incrédulo y horrorizado. «¿Qué te pasa Lu…?» —quise preguntar, pero fue demasiado tarde. Salió corriendo de la casa, espantado. Quisimos alcanzarlo, pero desapareció, como si se hubiese evaporado. Al día siguiente lo busqué en su casa y no había señales de él. En el trabajo (éramos colegas) no tenían noticias de nada. Simplemente desapareció. Tratamos de rastrearlo por todos los medios, pero no logramos nada. Entre varios amigos sacamos las cosas de su departamento, y las guardamos en una bodega por si regresaba a buscarlas. Eso fue hace más de dos años. Nunca supe qué había puesto así a Luis. No había entendido qué pudo haber visto en aquellas cartas que le provocara semejante reacción. Tal vez por ello las tres enigmáticas figuras quedaron tatuadas a fuego blanco en mi memoria, por lo que pude, hace poco, descifrar su significado. Al principio pretendí ignorar las posibilidades de que todo aquello fuera cierto. Total, Luis era un ser humano como cualquier otro. Yo mismo era un tipo común y corriente. Carajo, por qué tuve que hacer esa maldita pregunta. Yo lo había tomado como una broma, como una noche en la que en lugar del ajedrez estaba el tarot. Así de simple. Quise minimizarlo todo, restarle importancia. Pero en todo este tiempo no había logrado comprender la magnitud ni la trascendencia de todo aquello. Había estado ciego. Hasta hoy, en que, finalmente y después de haber entendido todo, después de haber visto, me arranqué los ojos porque no soporto más.

miércoles, julio 07, 2004

Durazo y Directazo

En un texto titulado Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (Amorrortu, 1995) Habermas trata de dilucidar un concepto de crisis acorde con las ciencias sociales. Haciendo una terrible simplificación, puede decirse que el mencionado autor plantea que las crisis surgen cuando las estructuras de un sistema se cimbran. Pero eso no es todo. Las crisis devienen, sobre todo, cuando los miembros de la sociedad experimentan que los cambios de estructura resultan críticos, y sienten con ello amenazada su «identidad social» —Habermas dixit, whatever identidad social means— . Aunque me gustaría extenderme más sobre esto, no quiero aburrirlos tanto. Más bien, lo que intento decir es que lo anterior indica que los estados de crisis se presentan, en última instancia, como una desintegración de las instituciones sociales. Sounds familiar ¿no? Desde mi punto de vista, el tan llevado y traído pueblo mexicano está, señoras y señores, en medio de una crisis política y de legitimidad marca diablo. Veamos por qué.


Desde que era secretario particular de Fox, el sonorense Alfonso Durazo se fue convirtiendo, poco a poco, en uno de los hombres más fuertes del régimen de la «alternancia». Durante su desempeño como vocero presidencial él era el puente entre el [pseudo] cuarto poder y la presidencia: todo mensaje pasaba por su escritorio. Durazo también estaba en relación directa con todos los departamentos de comunicación social (pertenecientes al sistema presidencial) a lo largo y ancho del país. Pudiera pensarse que fue un hombre de bajo perfil… Hasta ahora, que con su subversiva y subrepticia renuncia puso a temblar a la oligarquía foxista, cimbrando con ello los mismos cimientos del sistema. Si uno lee detenidamente la extensa carta de renuncia de Durazo podría darse cuenta de una serie de elementos y claves para entender la crisis por la que atraviesa la política en estos días. No obstante, desde el presichente para abajo, buena parte de los panistas dicen que el país no está en crisis. Por ejemplo, Luis Felipe Bravo Mena opinaba que "los señalamientos del ahora ex funcionario tampoco constituyen ninguna crisis de gobierno ni de gabinete, porque se trabaja con normalidad y cierre de filas en torno al Ejecutivo federal". Parece que ya se les olvidó que hace quince días más de medio millón de mexicanos salieron a las calles a meterles el dedo en la llaga. Aunado a ello, las reacciones en la cúpula panista a la renuncia de Durazo son indicadoras, también, de una situación bastante crítica: ¿acaso los silencios, monosílabos y evasivas de Martita con respecto a la renunzia de Durazo no noz dizen muchízimo? Hay que poner de relieve que el que calla otorga ¿Qué de verdad las descalificaciones que de ello hacen Zapata Perogordo y/o Molinar Horcasitas nos muestran una maquinaria bien lubricada y en funcionamiento normal, y no un organismo enfermo de falta de legitimidad? ¿Acaso la necesidad de «cerrar filas» con respecto al gobierno federal no es un movimiento luceresco tendiente a «defender lo indefendible» con respecto a una de las principales instituciones en nuestro país?. Si yo fuera presidente, no tomaría tan a la ligera ni rechazaría la idea de que estamos atravesando una crisis política. La experiencia nos dice que cuando un presidente dice que todo va bien, entonces hay que ponerse a rezar. Además, si se está de acuerdo con Habermas, en la medida en que yo [y otros] estemos siendo afectados por el movimiento en las estructuras y experimentemos como crítico lo que sucede en la esfera pública pues, ni modo, estamos en crisis [no se a ustedes, pero a mí el desencanto se me sale hasta por los poros y cada vez me dan menos ganas de ir a votar]


En fin, más que hacer patente lo evidente (la institucionalización de la crisis y la crisis de las instituciones), lo que quería decir es que hay que tener en cuenta que la renuncia de Durazo no es más que uno de los síntomas de la terrible enfermedad del régimen actual (no quiero ni pensar en lo catastrófico de un regreso del PRI a la presidencia, ni en las consecuencias de un posible presidente cuyas ideas son las de una izquierda demodée, esclerotizada y rancia). Los orígenes de la crisis en la que está sumido el país se remontan más atrás. Quizá puedan rastrearse hasta la misma revolución de principios del siglo pasado. Lo que es innegable es que, uno de los antecedentes más recientes de dicha crisis radica en que, a poco menos de cuatro años del foxicambio, hemos sido testigos de por lo menos quince renuncias/bajas/deserciones en el primer círculo de nuestro rancherescamente querido mandatario (i. e. Felipe Calderón, Francisco Barrio, María Teresa Herrera, Carlos Flores, Aguilar Zínser, etc.). El que tenga ojos que vea: la renuncia de Durazo constituye sólo la caída de uno de los naipes del frágil castillito construido con el voto útil, el 2 de julio del 2000. Dicho castillito parece que se va desmoronando lentamente. Recuerdo que en aquél año entregué un breve pienso para aprobar una materia de enfoques avanzados de política [por cierto que fui muy criticado] mientras cursaba una maestría por allá por el norte. En dicho pienso señalaba que, en aquellos días era «…posible observar un momento coyuntural que obliga[ba] a pensar en la posibilidad de trascender el autismo en el que ha[bía] caído la conversación entre el Estado y la Sociedad, y reavivar los canales de comunicación entre ambos. ¿Será entonces el proceso electoral del dos de julio un ejercicio que refleje las actitudes y capacidades necesarias para desatar el nudo gordiano de la transición mexicana hacia la democracia? —me preguntaba— ¿Se avanzarán algunos pasos en la dirección hacia un México realmente democrático? ¿O al final del día nos habremos dado cuenta de que fue tan sólo una enorme y cruel pantomima?» Ja. Hoy creo saber la respuesta a mis interrogantes. ¿Ustedes no?

martes, junio 29, 2004

Sobre la Marcha

Sin precedentes, me parece, la «Marcha del Silencio» realizada el domingo pasado: más de medio millón de personas, en distintas ciudades del país, salieron a manifestarse contra el gravísimo problema de la inseguridad que tiene de rehén a nuestro país [por el momento no quiero decir nada acerca de lo que indica, en términos de cultura política, un contingente de 250 mil en el DF, y 10 mil en Tijuana, comparado con los poco más de seiscientos tapatíos y tapatías que desfilaron por céntricas calles de nuestra bella y húmeda ciudad]. Creo que sólo la selección mexicana pasando a semifinales en un mundial tendría un carácter tan universal y vinculante. En este sentido, se pone de relieve la incuestionable legitimidad de los motivos que dieron origen a una movilización de tal magnitud. Sin embargo, considero necesario hacer un par de matices con respecto a la polarización de opiniones que ello ha ocasionado.


En primer lugar, resulta difícil creer la teoría de la «mano negra». Aclaro que me considero una persona más de izquierdas, y mis simpatías electorales tienden hacia ese lado. Sin embargo, la lectura descalificadora que hace López Obrador con respecto a la marcha refleja la paranoia y la cerrazón propias de una izquierda anquilosada incapaz de modificar sus esquemas y discursos. Quizá sea cierto que el contingente que desfiló el domingo no sea el más plural ni el más diverso o representativo de la población mexicana. Pero ello no le resta legitimidad ni a la movilización en sí, ni a las motivaciones que la sustentan. ¿Acaso porque el contingente estaba compuesto más por profesionistas y gente de clase media y menos por campesinos con machete y obreros con overol, una marcha se torna en un evento «manipulado y amarillista»? No lo creo. Considero casi imposible que la «mara salva yunque» —Monsiváis dixit— tenga un poder de convocatoria así de fuerte. "Sigo pensando que hubo mano negra o mano blanca, no lo sé" —insiste en afirmar AMLO—. En fin, la imagen de un Maquiavelo de ultraderecha aconsejando a la sociedad civil mexicana resulta un tanto ingenua hasta para un neófito como yo, que de política sabe lo mismo que de esloveno.


En segundo lugar está el otro extremo: el de quienes plantean que la Marcha del Silencio representa un avance democrático para nuestro país. Eso es una de las peores sandeces que he escuchado en los últimos días (y vaya que he escuchado muchas). Una movilización social de una magnitud como la que tuvimos oportunidad de presenciar este domingo representa precisamente lo contrario: una situación crítica de la relación entre gobierno y gobernados. Un avance democrático sería la creación de espacios de deliberación en los que las voces demandantes del ciudadano X o promedio fueran escuchadas. Un avance democrático radicaría en que se abrieran los canales de participación ciudadana en ejercicios que trasciendan a la mera coyuntura electoral—electorera. Un avance democrático sería el análisis concienzudo de las reformas integrales necesarias para el país. Un avance democrático estaría reflejado en un sistema parlamentario que de verdad se ponga a trabajar. Un avance democrático implicaría una mejor y más eficiente institucionalidad (menos burocracia y más gobierno). En fin, no seamos ingenuos: que no nos vendan la baratísima idea de que la marcha es un avance democrático porque representa más bien lo contrario. La Marcha constituye un Ya Basta enérgico de parte de un sector de la ciudadanía, y nada más. Que los gobernantes le den gracias a Aristóteles, a Platón, o a dios de que la marcha no tuvo expresiones violentas, que si no.


Finalmente, hay que interrogarse sobre lo que va a suceder el día después de la marcha. Hay que recordar que la gran apuesta de la política es a la memoria cortoplacista de la sociedad. Al fin y al cabo, terminando el sexenio todo se olvida. Desde nuestro querido presidente y hacia abajo en la autocracia gubernamental, todos (salvo AMLO y unos cuantos) han adoptado una actitud muy similar a la de Mafalda cuando hacía sus típicos llamamientos al desarme y a la paz mundial: igualito que la UN y el Papa, ella quedaba bien. Quiero decir con ello que desde la política se ve bien la congratulación con respecto a la participación, como lo hizo Vicente Fox, quien afirmó que "es urgente acabar con la inseguridad y que las leyes castiguen efectivamente a los delincuentes". Ja. ¿De verdad? Parafraseando a uno de mis idolitos (S. Zizek), creo, en última instancia, que la sociedad civil no debe ceder: más bien, debe preservar las huellas de todos los «traumas, sueños y catástrofes históricas» de los cuales el pensamiento dominante del «fin de la historia» quisiera deshacerse. Así, más que encerrarse en un «enamoramiento nostálgico del pasado», podríamos decir que la democracia constituye una vía posible para tomar distancia sobre el presente, una distancia que nos permita comprender los «signos de lo Nuevo» —Zizek dixit—. La potencia de la idea de una democracia deliberativa radica en que abren un espacio para la auto–reflexión y la crítica sistemática y fundamentada. Ello, creemos, incidiría en el urgente re–planteamiento de la relación entre Estado y Sociedad. Sociedad así, con mayúscula.


domingo, junio 27, 2004

Máxima Tapatía...

Seguro se la escuché a Casiopea, a Sísifo o a Goyas, pero me la apropio con premeditación, alevosía y ventaja

"A todo «¿edá?» corresponde su «'ey»...

miércoles, junio 23, 2004

No estaba muerto...

Tampoco andaba de parranda. De vacaciones menos. No había «posteado» (qué lenguaje, qué impudor) porque me llegó de lleno el final de semestre, y se me atoraron unos ensayos (los cuales, por cierto, todavía no logro desatorar). A lo que me he dedicado estos días, pero sobre todo estas noches, es a tratar de estructurar un anteproyecto de tesis. Dicho proyecto se titula "Y sin embargo se mueve. Jóvenes y cultura política en Guadalajara". Si alguien está interesado, el archivo zip esta en

http://rencoria.topcities.com/APDT.zip

Hay que cortar y pegar la dirección anterior en la casilla correspondiente. Luego del consabido enter, el archivito comienza a bajarse.

PD1
Pronto salgo de vacaciones, así es que no tendré otra cosa qué hacer mas que escribir, ja.

PD2
Un comentario (el único) hecho al texto "Payasadas" dice:

"Solo tengo algo que decir: La Yume Num Tox Muk Il In Tial...".

Yo tambien digo lo mismo: La Yume nun t'ox muk il in tial. Gracias por el mantra-comentario, aunque si he de ser sincero, pues me dejó patinando. ¿fuiste tu, querido hermano, o hay algún zuyua perdido por estos blogs?

Rencoria

miércoles, junio 16, 2004

Payasadas


Este relato fue inspirado tanto por la segunda parte de un librito titulado Los animales que imaginamos, de Luis Chaves, como por los cuadros ochenteramente kistch de payasos tristes que se encuentra uno casi en todos los tianguis...

Este es el final del último acto. En el ambiente todavía reverbera el eco de los pocos aplausos y los muchos lugares vacíos, mientras aquel payaso, desde un rincón situado en el fondo, observa cómo el circo se desangra lentamente por la herida del hocico sur. Fila a fila salen los padres que toman de la mano a sus hijos y a sus esposas, regresando con paso cansino a aquella realidad nocturna de calles polvorientas, de lámparas inservibles y de calor húmedo y pegajoso que hacen aún más evidente lo obvio: al igual que nuestro circo, este pueblo está herido de muerte. Este nuestro enorme animal de rayas azules y blancas se llena poco a poco de vacío, las luces se apagan y entra en escena un interminable silencio. En el corral del fondo apenas y se mueven un león casi moribundo y una cebra a la que la sarna le ha borrado el orgullo, ambos humillados al grado de compartir la misma jaula. Tras haber sido testigo del total vaciamiento de la platea, metáfora inútil de su propia soledad, el viejo payaso se larga hacia los camerinos. El circo muere: la mujer barbuda se está quedando calva, y al enano le ha dado por crecer. La esclerosis ha hecho presa de los trapecistas, y no queda ya nada que pueda hacerse. Todo huele a rancio, a animales apretujados y a serrín y orines.
Frente a un espejo enmarcado por varias bombillas, de las cuales ya sólo funcionan dos, el payaso se despoja de su nariz ruidosamente roja. Al tiempo que se despinta las antiguas alegrías, en el espejo aparece un rostro demacrado que apenas le es familiar. «Hoy es el último acto», piensa, «el circo se muere». Pasa su mano enguantada por el reflejo, casi como para comprobar que el tiempo no cura nada, que la baba del tiempo nos reblandece hasta dejarnos huecos y olvidados, llenos sólo de experiencias inservibles cuando no queda otra salida más que el llanto. La mano del payaso se detiene en cada arruga, en cada signo de abandono y debilidad mostrado por el reflejo. Hace un esfuerzo para que no se le escape la última nostalgia por los ojos, y se siente tan patético que ríe un poco: al fin y al cabo sigue siendo un payaso. De nuevo mira aquel rostro que no le dice nada. Se levanta despacio pero decidido, y con graciosos pasos de zapatos gigantescos camina hasta llegar al centro de la pista. El payaso imagina que el reflector se enciende, y en el centro del haz de luz hay una solitaria silla que para él condensa el poco asombro que producen los camellos, o la pena que dan las famélicas yeguas montadas por acróbatas que apenas llenan sus minúsculos trajes escarlata. Piensa en su extraviada capacidad para hacer reír, en las miradas serias de los niños que no entienden por qué, en última instancia, llora el payaso.
Con el rostro adusto, libre de toda máscara, y cargando una inenarrable pesadez sobre los hombros, el payaso se trepa a la silla e imagina o intuye el redoblar de un tambor. Luego se hace el silencio. El inexistente público contiene la respiración, y todos sienten el vértigo del asombro en sus estómagos. Éste es el último acto y requiere de la mayor concentración posible. El payaso alza la vista al cielo y de pronto tanta amargura tiene sentido, porque hay en esa situación, en ese preciso momento de pies enormes y equilibrios, una especie de metafísica, de ritual de paso, de puertas que se abren, como si aquel estar de pie sobre la silla condujera a otro lugar menos desolado, a un estado de paz y tranquilidad que ahora parecían tan lejanas, como si tomar la soga que se cuelga del techo fuese un anclaje, un tirar las amarras, como si anudársela alrededor del cuello fuera la constatación de un (re)encuentro con lo perdido, como asistir a un funeral (el propio)que termina en grandes estallidos y carcajadas. Casi se escucha un nuevo redoble del tambor que acompaña a aquel enorme zapato cuando se sitúa en la parte alta de la silla. El redoble termina justo cuando la silla cae al suelo, y todo es como en cámara lenta. Se levanta un poco de polvo que le da cierta corporeidad al haz del reflector, casi como una nube, como un telón que anuncia la cercanía del fin. En el estrado resuenan todos los aplausos de los ausentes, se escuchan gritos y risas desde la oscuridad de la platea, mientras las piernas del payaso se agitan con violencia. Es tan cómico. Luego todo se vuelve como un péndulo gigante hasta que aquel cuerpo encuentra la quietud de la vertical total. Suena una música de volantín, y este es el final del último acto.

martes, junio 15, 2004

In extremas res

…ya sólo faltaba ocuparse de Lidia.

Eran poco antes de las doce de la noche cuando Emiliano se apeó del coche de alquiler. Abrió la barandilla del cancel que amurallaba simbólicamente aquella casa y anduvo tres pasos, deteniéndose frente a la enigmática y ennegrecida puerta de roble. A sus espaldas, el cielo se cerraba cada vez más oscuro e imponente, envolviéndolo en un místico e inmenso manto de lobreguez. No había luna ni estrellas, ya que ambas, tímidas –asustadas sería quizá el término correcto– se hallaban ocultas detrás de un descomunal y grisáceo conjunto de nubarrones, como si supieran de antemano lo que sucedería minutos después.

No obstante que él había atravesado a diario por aquel portal los últimos seis años de su vida, se sintió como si ésta fuera la primera vez que ponía los pies ahí. Todo le parecía extraño, lejano y ajeno. Incluso él se sentía otra persona; era como estar ausente de sí mismo se decía medio en serio, medio en broma. «Siento que no siento; es más, creo que he muerto» comenzó a tararear una canción que había compuesto un amigo suyo hacía ya algunos años.
De pronto, un lejano relámpago le recordó que la lluvia y el frío se cernían sobre él, inmisericordes, y lo devolvió a la realidad, ya que su cuerpo experimentó un movimiento fugaz, como un ligero estremecimiento que le recorrió varias veces la espina dorsal. El impulso involuntario hizo que su sombra –dibujada vagamente en el piso debido a la trémula luz que emitía el farol colgado en el dintel de la puerta– cambiara de forma varias veces en cuestión de segundos, asemejándose en ocasiones a la silueta de un ser toscamente encorvado; mientras que en otras hacía pensar en las alas rotas de un ángel sombrío y renegado que se arrastraba por el piso.

La oscuridad que reinaba en el entorno acentuaba las ojeras del –ya de por sí– anguloso y demacrado rostro de Emiliano. Esto le daba un aspecto aún más tétrico al conjunto: un cuerpo huesudo y desgarbado, con el agua de la lluvia calándole hasta el alma; una cara larga, sumamente pálida e irregular debido al mentón enorme y partido en dos que coronaba la parte inferior de su rostro; y para colmo, el cabello largo, hirsuto y desordenado no parecía obedecerlo nunca. Definitivamente su faz era el marco adecuado para aquellos ojos marrones, estáticos, hundidos en la profundidad de unas cuencas casi vacías.

Con un movimiento pausado de su brazo, sacó la llave del bolsillo derecho del pantalón, pero no la introdujo en la cerradura inmediatamente. Por alguna razón se detuvo a escasos milímetros del pequeño y enmohecido hueco, quedando inmóvil, como si de pronto hubiese entrado en una especie de trance o de animación suspendida. Una vocecilla se agitaba en su conciencia susurrando insistentemente: «¿De verdad eres capaz de hacerlo Emiliano?»

Sacudió un poco la cabeza intentando alejar las voces que escuchaba. Un rastro de agua resbaló lento por su rostro. La humedad que lo envolvía daba la impresión de que toda la ligera lluvia que había estado cayendo sobre la ciudad se condensaba en su cabello y en su ropa. Algunas de los cientos de gotas que temblando estilaban por la húmeda chaqueta negra parecían ser ínfimos animales capaces de oler el miedo, escurriendo en plena huida hacia el suelo e incluso más allá: hacia el infierno. ¿No sería acaso que en realidad era su conciencia la que tenía temor y se escondía farfullando entre dientes? ¿Eran acaso todas aquellas otras voces que habitaban en su cabeza, en ese mundo gris que le daba sentido a su maldita vida las que sentían que no eran capaces de terminar la obra?

Por fin Emiliano se había decidido a abrir la puerta lentamente, intentando no hacer ningún ruido. «Hola Lidia» gritó desde el quicio dirigiendo la voz hacia la estancia, en donde suponía que se encontraba su pareja, mientras se quitaba la chaqueta y sacudía las pesadas botas en el tapete que flanqueaba la entrada. Lidia era una joven delgada, alta, cuya blanca piel acentuaba sus suaves y estilizadas facciones. El pelo negro, largo, terso y ensortijado –el cual siempre trataba de mantener atado a una coleta que caía sobre su espalda– remataba su cabeza.

«Vaya, hasta que te apareces» reclamó Lidia desde la cocina dulcemente irónica, con su voz aflautada pero sin el menor dejo de enojo, mientras le arrojaba uno de los trapos con los que había estado secando la vajilla, después de haber limpiado los restos de una solitaria cena. «Vienes estilando» dijo entornando los enigmáticos ojos grisáceos. «Sécate la cabeza mientras te preparo un bocadillo». Abrió el refrigerador y sacó un trasto que contenía los vestigios de una tarta de atún y patata. «¿Cómo te fue?».

Emiliano, quien ya había llegado hasta la cocina, sin mediar palabra, se acercó hacia su mujer y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Con la espalda pegada al vientre de él, ella sonrió al sentir como detrás suyo, a la altura de sus caderas, se inflamaba un bulto duro y palpitante. Emiliano lentamente subió su mano izquierda recorriendo el vientre de Lidia, hasta alcanzar los pequeños y firmes pechos; comenzó a presionarlos con dureza. Ella dejó escapar un quedo gemido mientras cerraba los ojos y se mordía los labios. Quiso voltear la cara para besar la boca de Emiliano, pero la poderosa mano de él se lo impidió, aprisionándole el cuello con una fuerza brutal.
«¿Qué haces amor?» Regurgitó ella sorprendida, intentando desesperadamente zafarse del poderoso puño que se apretaba en torno a su garganta «!Me lastimas¡».

«Nada» musitó entre dientes Emiliano mientras rozaba apenas la nuca y el oído izquierdo de ella con sus labios. Con la mano derecha, él había cogido el enorme cuchillo que reposaba en el pretil cerca de algunos trastos. El dulce y tibio olor de Lidia le inundaba los pulmones.

Emiliano observó cómo el brillo del afilado utensilio desaparecía al hundirse con un movimiento limpio y certero en la parte posterior del cuello de Lidia. Un chorro de sangre tibia saltó hacia su cara. Él sintió cómo Lidia se deshacía en sus brazos, como si lentamente se fuese desvaneciendo quedándose dormida. Ante la imagen él no pudo evitar esbozar una sonrisa que le pareció cursi, pero la cual, al dibujarse en su rostro, tenía más la apariencia de una mueca macabra: los destellos ambarinos que a contraluz emitía la hoja de metal le recordaron a un sol agonizante, justo en el preciso momento en el que muere detrás del horizonte.
«Nada… Simplemente te olvido».

Con esta última frase, cuyo colofón es un cursor intermitente e indeciso, he decidido rematar la historia de mi caída final. Desde hace cinco días, el monitor de la máquina es la única luz que ilumina la habitación en la que me encuentro. Doblo la computadora portátil y de súbito las sombras parecen devorar la de por sí escasa luz de la estancia. No importa, ya falta poco para que amanezca. Sin embargo, mis ojos se nublan y me cuestiono acerca de la decisión de haber roto todas las lámparas de la casa. Tal vez no haya sido una buena idea. En fin, lo hecho, hecho está.

Presiono un botón del reloj en mi muñeca derecha. Una florescencia azul señala las 04:53 a.m.: la hora perfecta para quitarse las máscaras y terminar con esto. Me dejo caer pesadamente en el suelo. El vello rojizo que cubre mis brazos y la parte posterior de mi cuello se alza como si tuviera vida propia; reacciona inquieto, como un animal de rapiña. Mis manos entrelazadas a la altura de mis tobillos intentan contener el temblor de mis piernas, pero es inútil. Trato de atribuírselo al frío, a la incesante lluvia de estos últimos días, a mi espalda recargada en un rincón helado de este maloliente cuartucho. De pronto me doy cuenta que no tengo miedo. Por el contrario, pareciera como si una serenidad un tanto familiar me invadiera. De hecho es tanta calma la que me hace temblar.

El silencio y la oscuridad que inundan la habitación son tan espesos que parecen ser totalmente sólidos. Poco a poco mi respiración se normaliza y me invade el sueño. Siento como la sangre se agolpa en mis sienes, mientras mi boca se llena de una saliva espesa y amarga. No me resta mas que esperar. Aunque sé que estoy en la casa de verano de mis padres, por alguna razón todo esto me hace pensar que me encuentro dentro de un ataúd que ha sido cerrado para siempre. Ah, cuánta paz. Quisiera pensar que afuera el mundo está tan tranquilo como ahora se encuentra mi mente, pero sé que sigue siendo un caos total. Ni modo, C'est la vie y qué se le va a hacer.

A lo lejos escucho el rumor del motor de un automóvil. La constante lluvia de los días anteriores ha convertido la brecha que conduce a la casa en un lodazal, así es que el auto se va a tardar en llegar hasta aquí. Creo que tengo tiempo suficiente para preparar un café. Claro, si es que logro llegar a la maldita cocina entre tantas tinieblas.

Un par de minutos después, mientras disfruto a pequeños sorbos el líquido amargo de la humeante taza, observo por la ventana cómo aparecen los primeros rayos del sol detrás de la muralla de cerros que protege este recinto. No cabe duda que mi padre se esmeró por encontrar un lugar como este. Se siente una gran paz. No puedo evitar sonreír. He oído decir que dios actúa de maneras extrañas, o algo así. Nah, déjenme las maneras extrañas a mí. Yo no considero que los aspectos que los humanos tendemos a reprimir sean anormales o patológicos. Al contrario, creo que son los puentes inevitables que nos conectan con dimensiones de la existencia en donde podemos establecer un contacto total con el mundo material e inmaterial. Insólitas puertas del inconsciente que se abren a realidades auténticas y que hasta entonces permanecían ocultas. Por fin, en esas puertas, en esas patologías y disfuncionalidades he encontrado la calma que tanto había buscado en todos estos años. Maldito afán de buscar en los lugares equivocados. De algún modo, he logrado salir de ese laberinto confuso. Las tinieblas desaparecieron y mi visión se ha aclarado. Es como si de pronto, por alguna razón incomprensible, hubiera encontrado mis anteojos perdidos hace mucho, mucho tiempo. Todo lo que he hecho hasta ahora, esta sangre seca en mis manos y mi ropa; y ese fétido olor que repta del sótano en donde guardo mis útiles de pintura y fotografía, me indican que ha llegado el momento de contarlo todo. De no hacerlo, créanme que nunca se sabría lo que ocurrió con ellas. Pero tampoco quiero facilitarles las cosas. La única tarea que tienen ustedes es distinguir entre lo real y lo ficticio. Nada fácil.

¿Porqué hago esto? Podría decir que un crimen perfecto no es de ningún modo perfecto si no hay un público que lo disfrute. Pero afirmar eso me parecería un despliegue vulgar de exhibicionismo. Prefiero pensar que, en cierto modo, el sufrimiento ajeno nos permite poner en perspectiva nuestras propias miserias. Las pistas están en el texto; el que tenga ojos que vea.

Por ello no pretendo que a través de estas líneas confíen en mí. Tampoco quiero que sientan lástima. No pido perdón ni me arrepiento de nada. No estoy tratando de exorcizar mis demonios. No pretendo guiarlos a través de este relato. Mi interés es engañarlos. Intento perderlos en la bruma de una trama inconexa y sucia. El método es lo que menos me importa. Tampoco tengo un leitmotiv que guíe mis letras. Soy falso, intolerable e intolerante. Ustedes no me importan. Me, Myself and I es mi lema, y nada más existe. Lo que trato de lograr con esto es encontrar algo que me permita justificar un deseo innoble de traicionar el recuerdo; descorrer lentamente la cortina del inconsciente para hacer público lo privado: catarsis propia y ajena que permite desanudar la garganta frente a un mar de cuerpos sin rostro.

Escucho pasos que bordean la entrada de la casa. Son ellos… ¡Sí, son ellos! Cuando hice esa llamada sabía que tardarían lo suficiente en encontrarme como para permitir relatar lo que he hecho. Ahora todo está consignado en los doscientos folios que almacena un archivo de la fría y eficiente memoria del ordenador portátil que yace en el escritorio del piso superior. Pero, diablos, no me di cuenta cuando arribó el automóvil a las puertas de la cabaña. Ni modo, me hubiese gustado recibir a las visitas como se lo merecen. En fin, welcome to my world –pienso– take it and read it. Ah, quisiera extender este instante por siglos. Si tan sólo pudiera tener los pies de Itzel recorriendo la geografía de mi espalda. Si tan sólo se escuchara en el background la trompeta de Luois Armstrong mientras sus labios se desgarran tocando St. James Infirmary, mi felicidad sería completa.

viernes, junio 11, 2004

Aviso de ocasión

Ella está desnuda sobre la cama. Enciendo la cámara de video con un cuidado inusitado y la enfoco para que capte bien la escena. El sedante debe estar a punto de perder su efecto. Saco el mazo del armario. Me acerco hasta la cama tratando de hacer el menor ruido posible. Enciendo la luz. Ella se despierta lentamente, sorprendida. Trata de despabilarse. Entrecierra los ojos, y protege su vista formando una pequeña visera con su mano. Parece que quiere preguntar algo. Un golpe en seco se lo impide. De su boca sale un apagado quejido. Yo sigo golpeando, tratando de hacer blanco en sus ojos. Su rostro se ha convertido en una máscara de sangre. De su cráneo, abierto como una sandía, sale un líquido lechoso y espeso que al mezclarse con la sangre adquiere un oscuro tono rosado. Sigo golpeando, pero ahora ataco sus senos. Un sonido hueco me avisa que una de sus clavículas se ha fracturado. Comienzo a tener una erección.
Con la respiración agitada y el cuerpo salpicado por una miríada de pequeñas gotas de sangre dejo el mazo en el suelo y me acerco a ella aún más. Toco su rostro ensangrentado y ella gime. Introduzco un dedo en una de sus cuencas y siento la inminencia de un orgasmo. La tibia y viscosa humedad de la sangre me excita. Le doy un par de bofetadas cariñosas pero ella no responde. Las sábanas están empapadas. Parece que su esfínter no resistió. Acerco mis labios a los suyos, que debido a la inflamación parecen una orquídea oscura, violácea. Comienzo a besarla. El sabor salino de la sangre me hace temblar de placer. Me tumbo encima de ella por completo y comienzo a retorcerme como un gusano. Me doy cuenta que ella todavía respira. Alcanzo el mazo y comienzo a golpearla de nuevo, sin fuerza, apenas tocándola. Me inclino para besarle los amoratados pechos y muerdo un pezón hasta que logro arrancarlo. El dolor la hace recuperar la conciencia por unos instantes, sólo hasta que recibe un nuevo mazazo en el rostro. La golpeo de nuevo en la frente y luego en la boca. Sus labios se rasgan y sangra de nuevo.

Ahora levanto sus piernas. Deslizo el mango del mazo por su pubis. La rugosa madera se atora unos instantes en un mechón de vello. De un tirón lo arranco para introducirlo con violencia en el hueco palpitante. Siento que algo va a estallar dentro de mí en cualquier momento. Sus piernas están sobre mis hombros. Muerdo los dedos de sus pies. Retiro el mazo de su interior e introduzco mi miembro, expulsando un chorro de semen casi al instante. Me dejo caer de nuevo encima de ella. Una pesadez terrible me invade. Comienzo a besarle el rostro de nuevo. Sin querer, quedan en mi boca algunas pequeñas astillas de hueso. Escupo. Esto me provoca mucha gracia y suelto una carcajada. Miro hacia la cámara. El foco rojo aún está encendido.
¿Quién soy? Mejor dicho: ¿qué soy? No lo sé bien. Aunque en realidad tampoco importa. Sé que soy alguien que no tiene una relación significativa o coherentemente moral con los otros, con ese Gran Otro del que habla Lacan (ese enorme perverso que sólo quería ver cuántas excentricidades le aguantaban los franchutes). De hecho, mis contactos reales con el mundo exterior son distantes y esporádicos. Me he vuelto un individuo aislado, alienado, anómico (y esto no es una barrabasada dieciochesca, querido Marx: yo soy yo, me myself and I). Soy un hombre solitario (pero no en el sentido de Hesse, sino en uno más profundo). Aún cuando convivo con tanta gente a diario no estoy relacionado con nadie ni con nada, sino con ese algo abstracto y distante que veo siempre en mis sueños, casi como una mancha ocre que me obliga a… Me caracteriza una aceptación tácita, casi narcótica de la alegría y la tragedia, de la estabilidad y el cambio, de la incertidumbre. No hay desafío intelectual ni estimulación de ningún tipo en ninguna parte. Estoy harto. El escapismo y la fantasía fácil son las puertas que se abren ante mí de manera constante, cotidiana. Me alimento de ansiedades, miedos, hostilidades. Dejo el privilegio de juzgar y arbitrar a otros.

Pero ojo. Esto no es gratuito. Te estoy hablando a ti a través de esta cámara. Quiero que sepas que la muerte se acerca cada vez más y te sonríe con dos hileras de filosos dientes, llenos de sangre y gusanos; el fétido olor que sale de su boca te saluda, recordándote lo frágil que eres. ¿Sabes qué es lo peor? Que no soy el único. Somos muchos y estamos cerca. Muy cerca. Somos tu vecina que llega del trabajo a las cinco y treinta de la tarde y te saluda amablemente. Somos el novio de tu hija, al que invitas a pasar a la sala de tu casa y le ofreces de cenar. Somos la persona junto a la que te sientas en el autobús y te regala una sonrisa. Somos la señora que enseña religión a tus hijos mientras tu atiendes los servicios dominicales. Somos el joven al que saludas por la mañana mientras trotas por el parque. Somos la persona que está del otro lado del teléfono, justo ahora, marcando tu número. Quiero aclararte que esto no es un club ni nada parecido. No somos gregarios; somos una enfermedad para la cual no existe cura. Somos asesinos. Somos asesinos que saben fingir muy bien.

Saco la pistola del buró. La pongo en mi boca. Está fría. Inhalo fuerte. Contengo la respiración. Bam. Ahora resbalo por las paredes, lento, dejando un rastro rojizo. ¿Lo ves?

jueves, junio 10, 2004

Sorpresas matutinas

Hoy me levanté como de costumbre, a las cinco sesenta y seis de la mañana. Todo parecía ser lo de siempre: escapar de las sábanas, vestir el frac azul turquesa y los zapatos rojos, despeinarme un rato, hurgarme la nariz frente a la pared y elegir una profesión, en fin, todo el atavismo y la ortodoxia juntos. Pero había algo raro que me hacía pensar que, al mismo tiempo, todo era distinto (ay, Parménides; ay, Heráclito: en qué divertidísimos vericuetos me encasquetan). Era una vaga sensación de extrañeza, casi como tener una piedra fría dentro del zapato izquierdo, o una mano apretando el estómago por dentro. Distraído como soy, sentía como si en el sueño hubiese dejado algo olvidado (cosa que me ocurre con frecuencia: el otro día desperté sin las llaves que abren las sábanas, así que tuve que quedarme acostado hasta la noche). Esta duda hizo que el corto trayecto de la cama al baño se convirtiera en un pasillo minuciosa y excesivamente largo, el cual recorrí cabizmundo y meditabajo, pisándome las barbas una que otra vez. Al llegar allá, encendí la luz y caí en la cuenta: al observar mi reflejo en el espejo, ya sólo tenía dos ojos. El otro había desaparecido.