viernes, agosto 05, 2005

vuelta

Como si no tuviera que entregar una tesis, me puse a corregir este relato. Cambié el final y le agregué unas cosillas. A ver qué les parece.
Fue como un sutil vértigo lo que hizo que Damián apartara la vista del libro. Entonces lo supo. Así, de golpe, entendió lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Pero decir «lo supo o entender» es decir demasiado, es asumir demasiado, equivale a darle la razón a la Razón o a domesticar el instinto. Más bien, Damián intuyó, por llamar de algún modo a aquello que le ocurría a nivel de las vísceras, de la piel, y se le extendía por todo el cuerpo como un viento tibio. Pero no. La Duda sistemática y la Contradicción inherente eran de uso corriente en el vocabulario de Damián, casi un estilo de vida. No podía dejar de cuestionar todo. Quizá por ello eso que sentía como un entendimiento tibio (siempre la insuficiencia de las malditas palabras) fuese algo más parecido a un hielo clavado en el estómago. Fría tibieza, qué estupidez.

____Para Damián, esta tarde[1] había sido como casi todas: luego de impartir su cátedra de pensamiento social contemporáneo en la Universidad, se había dirigido al café de costumbre. A pie, como siempre. Caminar por la Ciudad[2] era ingresar en un caos, en una masa espesa que se adhería al cuerpo como mugre rancia: edificios vomitando rostros como muros, estridencias de humo negro, venas esclerotizadas por el asfalto y el plomo. Le gustaba la ciudad, a Damián. Hacía frío y estaba a punto de llover. Entró en el lugar. Buscó con la mirada la mesa del fondo, la de siempre. A esas horas el lugar estaba semivacío, salvo por aquellos pocos parroquianos —como él— que buscaban lugares pequeños, mal iluminados y tolerablemente sucios para rumiar a gusto sus soledades y huir un poco de sí mismos. Dejó su saco en el respaldo de la silla y tomó asiento. Pidió, para variar, lo de siempre. Extrajo de su bolso militar un libro de aquel filósofo esloveno que lo tenía fascinado, se ajustó las gafas y se concentró en la lectura.
____Involuntariamente [¿involuntariamente?], a sus recién estrenados treinta se había convertido en el típico cliché, en el estereotipo esnob e intelectualoide del profesor universitario que antes tanto había criticado: pantalón de mezclilla, botas para escalar, sacos de pana, camisas sin marca, todo en colores parduscos y negros. Lo distrajo un poco la llegada de la mesera con el latte y el muffin de zarzamora, pero siguió leyendo. Un olor a lluvia se fue colando por entre las mesas e inundó el lugar, mezclándose con los aromas del café y el pan recién horneado. Todo tenía la suave textura de la rutina: un sorbo, un mordisco, un sorbo, una página. Pero ahora había una escisión, una ruptura que estaba resquebrajando el orden-ladrillo en el que se había convertido su vida. Hoy estaba aquel vértigo, la fugaz sensación de malestar que lo hizo apartar la vista del libro y fijarla en aquella [extrañamente familiar] silueta que se perfilaba en la puerta del local, que sacudía inquieta la humedad de aquel paraguas que se resistía a replegarse, que entrecerraba los ojos para ajustar la vista a la penumbra. Que buscaba.
____No era posible.
____Hacía tanto tiempo, casi diez años, y ahora ahí, como si nada, estaba ella. Definitivamente no era posible. Lo mejor era volver a la lectura, ignorar el latigazo del recuerdo, desaparecer antes de que
____«¿Damián? ¿De verdad eres tú, Damián?» sonó desde el centro del local la voz de Ximena. «No lo creo. Te veo y no lo creo», dijo ella al tiempo que se acercaba. Sus ojos de avellana mostraban una sorpresa auténtica [pero ¿verdaderamente era sorpresa, Damián?]. Sonrió ampliamente: aquellos labios no habían perdido el encanto con el paso de los años, y Damián no pudo evitar notarlo. Él la recordaba envuelta en vestidos de colores brillantes, siempre alegre; pero ahora iba toda de negro,[3] y quizá por ello se veía un poco pálida y demasiado seria. Ya no era la delgada y frágil jovencita con cara de niña. Su cuerpo era ahora el de una mujer fuerte y hermosa. Con treinta y un años y dos hijos, Ximena aún conservaba esa insólita aura, mezcla de inocencia infantil y sensualidad perversa. Se movía con gracia. Sus piernas seguían siendo bellísimas [aún usas esos zapatos tan extraños, Ximena]. Dejó su pequeño bolso sobre la mesa. Se inclinó para besar en la mejilla a Damián. Éste, un poco sorprendido, percibió el tenue aroma a violetas que se desprendía del cabello de Ximena [pero no sólo eran violetas; había algo más, ¿verdad, Damián?]. Sintió como si cayera en una especie de sopor, como si esa fragancia le perteneciera por derecho, o más bien, como si él fuera esclavo de aquel perfume y ahora le estuviera reclamando su potestad. Pero había también otro olor, como detrás o lejano, una especie de tufillo que él no supo identificar.
____La Caída.
____El Vértigo.
____La nostalgia comenzó a tomar forma y se tendió un puente entre ellos,[4] en aquella pequeña mesa, en aquel café cualquiera [tanto tiempo Ximena, tanto tiempo pensándote, extrañándote]. «Este es el último lugar en el que hubiera imaginado encontrarte», dijo Damián, oculto detrás de una sonrisa a medias, al tiempo que la invitaba a sentarse con un ademán.
____«No alcancé a llegar al estacionamiento. Paco, mi marido, está fuera de la ciudad, e Isidora y Paquito están en casa de mamá», dijo Ximena. A Damián le pareció que el énfasis que Ximena había puesto al referirse a su esposo había sido intencional. Pero ¿cómo interpretarlo? ¿Ximena marcaba una distancia al referirse a su marido? ¿Nombrar a los niños era un no rotundo? ¿Acaso era una invitación? Bah. En ese momento era lo que menos le importaba. Damián quería desaparecer, hacerse agua, disolverse. «Entré a este lugar escapando de la lluvia y mira, te encuentro aquí, leyendo. No has cambiado nada, Damián. ¡Deja ya los libros! ¿Qué haces aquí? ¿A qué te dedicas? ¿Cómo te va la vida? ¿Hace cuánto que? ¡Cuéntame!».
____Damián la miró con interés. Estaba perdido en lo profundo de aquellos ojos [perdido, también, en sus propias incertidumbres], en el súbito atropellamiento que le producía el tropel Ximena. Recorría con la mirada el suave perfil de los labios de ella, la perfección de su cuello, la delicada blancura de sus dedos, el leve escote que dejaba entrever la redondez de sus pechos. Recordaba la curva del vientre desnudo de Ximena y cómo éste encajaba perfectamente en su mano, el abrazo de aquellas piernas, la terrible y deliciosa lentitud de los años en los que todo era búsqueda interminable, en los que sólo ellos importaban y querían estar juntos, tocándose, oliéndose [ah, Ximena, siempre tú Ximena, nunca nadie sino tú, diferentes manos y bocas y cuerpos pero siempre tú, Ximena, siempre tú. Pensar que me he empeñado idiota, minuciosamente en olvidarte]. «Pues yo, igual que tú, escapo un poco», dijo Damián. No sabía si estaba respondiendo qué hacía allí, o a qué se dedicaba. «Aunque a mí la lluvia no me molesta tanto; o, mejor dicho, ésa, la de afuera, no me molesta. A casi diario vengo aquí para librarme un poco de esta otra lluvia», dijo mientras se llevaba el índice a la sien. Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de él. En los ojos de ella se instaló una sombra que era algo casi como lástima. Se hizo una pausa tensa. Ambos se miraron fijamente.
____El Silencio.
____La Caída.
____El Vértigo.
____«¿Te pido un té de menta?», preguntó Damián, rompiendo, por fin, el espeso silencio. «¿Todavía te acuerdas?», dijo ella, sonriendo enternecida [pero era lástima. Estoy seguro que era lástima]. Damián desvió la mirada. Se sentía turbado. Hace muchos años había fantaseado con ese encuentro, casi de la misma manera en la que lo estaba viviendo, así, fortuito e inesperado. En aquel entonces se había formulado toda una batería de preguntas [¿por qué Ximena, por qué te fuiste?], memorizado una serie de temas [prometiste estar siempre conmigo], justo para cuando llegara ese momento. Había repetido tantas veces en su cabeza aquella escena. Tenía varias hipótesis acerca de cómo ella podría haber cambiado, de lo que pensaría y de la forma en que actuaría al verlo, del modo en que el tiempo podría haber transformado su imagen y su espíritu. Había pensado en ella obsesivamente hasta que se enteró, por una amiga en común, que Ximena se había casado. Después supo de un par de hijos. Entonces se volvió borrosa, lejana, quizá algún recuerdo ocasional, una lágrima tal vez. Nada más. Damián pensaba en ella como una cicatriz que se ha cerrado, pero cuya marca permanece. Y ahora que la tenía enfrente, tan cercana, tan natural, hoy que había vuelto a respirar su olor [¿a qué hueles, Ximena?], los recuerdos amenazaban con inundarle los ojos. Damián, como nunca antes, se había quedado absorto, sin palabras.
____Las cicatrices no terminan de cerrar nunca.
____Afuera la lluvia y el frío arreciaban. Adentro la conversación iba dejando atrás cualquier cantidad de lugares comunes, y se encaminaba a derroteros cada vez más íntimos, más intensos. Así, Damián fingió que no estaba enterado de la boda con Paco, que al año nació Isidora y, finalmente, tres años después, Paquito, todos bien, gracias. Se enteró, eso sí de primera mano, del departamentito de cuarto piso rentado por el sur de la ciudad, apretadísimo, después Paco en su propio bufete, éxito grande, compra de casa lujosa con jardín enorme y perro incluido, la niña ya en la primaria, y Jr. el año que entra. «No me puedo quejar. Tengo una buena vida», dijo Ximena con un leve dejo de tristeza o resignación en la voz. «Además, Paco siempre estuvo ahí cuando lo necesité». Ella había fijado la vista en la pequeña tasa que aprisionaba entre sus manos. ¿Lloraba?
____«A mí no me va tan mal», dijo Damián. «Luego de que nos perdimos el rastro [después de que te fuiste, Ximena, después de tanta soledad y tanta desesperanza, después de esa vorágine oscura en la que me hundí como un loco cuando rompiste tu promesa] estuve estudiando música. Sí. Un año de guitarra clásica. Luego, ya ves, me gusta dejar las cosas a medias, me salí del conservatorio porque me ofrecieron una beca para estudiar en Alemania y yo no quería irme [todavía tenía esperanzas, Ximena]. Anduve vagando un rato, haciendo de todo. Finalmente entré a la universidad para estudiar una carrera en administración, economía o macramé, no recuerdo bien. Me gradué y después me fui al norte, a estudiar una maestría, becado, por supuesto. Recién terminé un doctorado y ahora soy un feliz y solitario profesor universitario. Como ves, sigo viviendo del presupuesto», dijo Damián entrecomillando con sus dedos sus palabras. Sonreía. Pero su sonrisa también era una mueca de horror, algo como un escorpión furioso retorciéndose tan arácnidamente que.
____Asqueroso.
____«Pero, ¿y el resto de tu vida?», preguntó Ximena. «¿Qué es del resto de tu vida?». Ella había inclinado un poco el cuello. Un rizo le resbaló por el rostro. Con un movimiento de su mano lo colocó detrás de su oído. Damián notó una especie de mancha roja, difusa, cerca del lóbulo de Ximena. Y esa pequeña mancha era como un ancla, una clave de lo que verdaderamente ocurría [maldita sea Ximena, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué me miras de ese modo? Yo ya te había olvidado. ¿Es sangre eso que hay en tu cuello?]. «Sí, lo sé, soy patético, mi vida se reduce a una buhardilla en el centro de la ciudad, a un montón de libros viejos, y a unas cuántas botellas de vino. Eso sí, de muy buen vino». El tono jactancioso era como un eufemismo que intentaba hacerse pasar por ironía, con resultados bastante malos. Por un instante el rostro de Damián se ensombreció un poco. Sólo un poco. «Ah, también soy un terrible adicto a los muffins que hacen aquí. Yo creo que por eso estoy tan panzón», dijo él, recuperando el ánimo. Sonreía. Pero su sonrisa también era.
____La lluvia diluía la tarde.
____Ella no paraba de hablar, de interrogarlo.
____Él trataba de… bah, sólo trataba, a secas.



El roce de sus manos fue fortuito. Sucedió en plena conversación, sin pensarlo. Ambos buscaban una servilleta justo en el mismo momento y nada más. El autoreconocimiento fue instantáneo, casi eléctrico: el pasado, lo que habían vivido juntos, se coaguló en sus memorias, el tiempo que habían estado separados se hizo trizas. Bastó un roce para fueran conscientes de sus propios cuerpos, de su estar ahí, de esa vergonzosa barrera que la cotidianidad había erigido entre ellos, y que ellos mismos se habían esforzado por hacer patente. Se derrumbaron así los pequeños mundos prefabricados, las burbujas de cristal que se respectivamente se habían construido para exponerlas frente al otro, como si ellos no se conociesen tan profunda, tan odiosamente. Al tocarla, Damián la miró extrañado. No supo si fue el tacto de aquella piel antes tan suya —o lo extrañamente helada que estaba la mano de Ximena— lo que le había producido el ligero estremecimiento que le recorrió la espalda. «Tengo frío» dijo Ximena casi como una súplica. Él conocía aquella frase. Les había servido tantas veces como contraseña, como un pasaporte personalísimo, llave y cerradura al mismo tiempo. La observó un instante, y luego desvió la mirada hacia la puerta, como sugiriendo. Ella asintió, aceptando tácitamente. Todo era tan igual que antes.
____Había dejado de llover hacía ya un rato, el lugar se estaba abarrotando y parecía sensato irse. No la dejó pagar, a pesar de que ella insistía en hacerlo. Salieron de aquel café sin hablar y caminaron un par de calles hasta donde estaba el auto. Ya estaba oscuro. La ciudad parecía nueva, húmeda y refulgente [y tú Ximena, estás aquí, por fin estás aquí]. Por el canalete de la avenida corría un pequeño riachuelo que llevaba algunas ramas secas. Él vio pasar una hoja de periódico. No le pareció extraño que ella se agachara a recogerla. Tampoco le pareció extraño que ella dijera que ahí hablaban de los dos. Le extendió el pedazo de papel húmedo, para que lo comprobara, pero él lo rechazó con una mueca de asco. Ya había entendido.[5] Y nada de eso era extraño. Durante el tiempo que él estuvo con ella siempre sucedían ese tipo de cosas.
En el ambiente flotaba una especie de aura ambarina que emanaba de las pocas lámparas que aún funcionaban. Caminar junto a ella resultaba tan agradablemente familiar y ajeno al mismo tiempo. Había como un acuerdo silencioso entre ellos, en el que las palabras no eran necesarias ya que hubieran empañado todo aquello en lo que no había nada qué decir. El asunto era dejarse llevar. Al fin y al cabo, eran un par de adultos que se encontraban después de tanto tiempo, sabedores de que se pertenecían, que los ligaba una promesa.
____Ximena subió al estacionamiento para recoger el auto. Él la esperó afuera. Se entretuvo repasando lo sucedido durante lo que había sido, hasta unas horas antes, un día rutinario. Levantarse casi de madrugada, un café antes que nada, ducharse para deshilachar el insomnio, desayunar un muffin, leer el periódico, el recorrido a pie hasta la universidad, las clases, el latte vespertino. No cabe duda que hay cosas, como la rutina, que poco a poco nos van salvando la vida, arrancándonos constantemente del suicidio o de la desesperanza. El auto era rojo, elegante, le iba bien a Ximena. Se abrió la puerta. Damián subió y ella lo recibió con un gesto que pretendía ser una sonrisa. Pero el choque le había destrozado la quijada y le era imposible hacerlo. Adentro olía un poco extraño, fuerte, a una mezcla de gasolina y aceite. En el piso había sangre. Mucha sangre. A Damián le dolían las piernas. Con el golpe, el fémur le había atravesado la piel y se le habían roto las costillas. Casi no podía respirar. Justo en el instante en que intentó poner el seguro de la puerta tuvieron sentido los cristales hechos pedazos, la posición retorcidamente incómoda en la que él estaba, el volante clavado en el pecho de Ximena, la sangre, el humo, los hierros retorcidos, el letrero de vuelta en U, el horizonte invertido [qué bueno que regresaste, Ximena, ahora sí estaremos juntos siempre]. El escorpión se transformó en una sonrisa [¿el escorpión se hizo sonrisa?].
____Nadie, nunca, volvería a saber nada de Damián.



En la mesa de la cocina, en el departamento de Damián, el diario estaba abierto en la sección policíaca. Ahí era posible leer lo siguiente:
Guadalajara, Jal. 13 de agosto (AP). En un extraño accidente automovilístico fallece la esposa del connotado abogado, Francisco Urrutia Juárez, fiscal de la Zona Metropolitana de Guadalajara. En el accidente también perdió la vida el acompañante de la distinguida señora, quien hasta el momento no ha sido identificado. Agustín Suárez, comandante en jefe de la policía municipal señala que aún no han sido aclaradas las causas del accidente, pero ya se llevan a cabo investigaciones para deslindar responsabilidades. «Al parecer, todo se debe a una falla mecánica del vehículo, porque no se tienen otros automovilistas involucrados en el incidente», señaló Suárez. A la Sra. Ximena Calvillo de Urritia le sobreviven su esposo y dos hijos. Su cuerpo será inhumado mañana al mediodía en…
___________________
[1] Esta tarde, siempre, antes, hoy, a esas horas, el tiempo —el verdadero protagonista de este relato—se va colando por todo el texto, como si verdaderamente hubiese un orden, un sentido establecido, como si a la acción de abrir un libro siguiera, por lógica, la lectura, como si al latte siguiera un sorbo. ¿Quién asegura que a la imagen de un hombre que jala una silla le sigue otra en la que un hombre aparece sentado y bebiendo café? ¿Acaso quien jala la silla es el mismo que bebe? ¿No eres tú quien le otorga la cualidad lógica y secuencial a algo que es contingente y azaroso? El tiempo y su (i)lógica es la clave.
[2] ¿Pero qué es la Ciudad? La ciudad es una metáfora de algo más que calles y trayectos. Constituye una objetivación de algo que está dentro de Damián y, por qué no, de Ximena. La ciudad es, en última instancia, un estado mental que los atraviesa dolorosamente, algo que se vive y no algo en lo que simplemente se está.
[3] Es curioso: es seguro que el vestido de Ximena era perfecto para caminar por el centro histórico de la ciudad, para ir de compras o visitar a los amigos. Pero ahí, adentro de ese lugar, lo que en otras circunstancias sería bello, se convertía en una especie de tumor, en algo horrendo, en la cercanía terrible con lo Real.
[4] Pero el puente que se tendía entre ellos [metáfora fácil, casi pueril] era pensado por Damián mientras veía a Ximena, detrás de cada pequeña palabra que salía de su boca, y todo era una especie de eufemismo que él se inventaba para disfrazar su, para enmascarar su, para darle otro nombre a su ¿a su qué?
[5] Pero ¿qué es precisamente lo que había intuido/entendido Damián? La paradoja traumática de la situación que se entreteje en el texto. El desenlace del relato entraña una especie de bucle temporal, que no preexiste a sus efectos, sino que es retroactivamente postulado por éstos. Podría decirse que es a través de sus ecos dentro de la estructura significante que el final se convierte en lo que siempre-ya era. Ello implica, un posicionamiento ético con respecto a esta narración: todo enfoque directo falla necesariamente si se trata de aprehenderlo de modo directo, sin tener en cuenta sus efectos posteriores. Al hacerlo de ese modo, nos quedaríamos atrapados dentro de la lógica tradicional del ejercicio literario, inmersos en el más puro factum brutum sin sentido.

viernes, julio 22, 2005

Diálogo a una sola voz

Hay quienes creen que leer a Cervantes [ponga usted aquí el nombre de su Escritor favorito] es una condición necesaria e ineludible para tener acceso a la Literatura. Autor imprescindibilísimo, le dicen, adoptando una pose de autosuficiencia erudita mientras citan —de memoria— algún pasaje oscuro de “La llegada a Barcelona” o de “La Cabeza encantada”. Yo al único Cervantes que conozco es al que religiosamente vendía tacos de birria todas las mañanas en la plaza de mi barrio [hasta que le destazaron el voluminoso vientre por un misterioso lío de faldas]. Dicen que tenía el hígado del tamaño de su inseparable botella de mezcal. Su vida sí que era literatura de la buena. Literatura o literatura, he ahí el dilema. Cuántos prejuicios pueden ocultarse detrás de una simple mayúscula ¿no? Habría, pues, que agarrar a martillazos a esa gran “L” hasta resquebrajarle los cimientos, adelgazarla hasta que quede en el anoréxico y precario equilibrio de una “l” que a duras penas se sostiene. Desdivinizar la Literatura implicaría hacer estallar el Olimpo literario al que sólo los Escritores pueden entrar por derecho propio [¿por derecho propio?]. ¿Por qué no convertirse, pues, en escritores así, con minúscula, [patos] terroristas que le tiran a las grandes letras [escopetas] sostenidas por una sociedad mafiosa de Escritores que no se han enterado de su propia muerte? Ese día la Literatura habrá dejado de ser tal. Ese día vivirá la literatura.

Es muy probable que nunca publique nada de esto en ningún lado [salvo en mi blog] y sólo pueda dialogar a una sola voz… conmigo. No importa. Yo no quiero ser Escritor. Es más, no quiero ser nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, sólo quiero escribir, es decir, adoptar una especie de “nomadismo de la reflexión”, como llama Lapierre a esa necesidad de enfrentarse siempre al bloque macizo de lo conocido, al mito de la Razón [en este caso literaria], rompiéndose los dientes si es preciso. Un nomadismo tal que implica proceder a saltos, desarrollando una idea por aquí y otra por allá, revolcándola, tanteándola, olvidándola por un rato para luego retomarla si nos apetece. ¿Por qué no hacer un cuento a modo de disertación filosófica o presentar una disertación filosófica escrita en tono de novela light? Quizá habría que hacer de toda literatura un ensayo [literario], atravesando las fronteras de cualquier género. De este modo, no resultaría difícil encontrar en algún verso de raíz poética las claves para pensar el papel del escritor y al mismo tiempo impensar la Literatura: “el poeta [el escritor] hurga en su corazón/como quien busca pan en la basura —dice Luis Chaves—/ la poesía [la literatura] moja el colchón/ y en las páginas del diccionario/ de la real academia/ escribe el teléfono de la esposa/ de su mejor amigo”. ¿Captas? Así, más que puntos de llegada [más que textos encerrados en sí mismos], habría que establecer «campamentos provisionales», abiertos, que inviten a la ludicidad, sí, pero también a la (auto)crítica [intertextual]. Más que al autor —como sugería Barthes—, habría que dar muerte al Escritor. La Literatura agoniza; el tiro de gracia habrá de dispararlo el escritor. Pero como el buen desencantado y apático que soy, estoy casi seguro que hasta la acción más subversiva tiende a reificar los órdenes establecidos. Ante ello, como siempre, surge la bendita duda: ¿acaso todo lo anterior no es más que el reverso de una patética súplica en la que quien esto escribe implora ser reconocido como un Escritor? ¿Acaso el rechazo de todo aquello que representa la Literatura no es sino la más pura literalidad de la metáfora que involucra al ardor que mató al quemado? Quizá. Quién sabe. Lo que es cierto es que [solo] sólo escribo para contradecirme y, cuando escribo, me crece la nariz.

3some again...

El 3some hace de las suyas otra vez. Ahora en el blog de Nana. Pase usted a ver!!!

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miércoles, julio 20, 2005

Qué divertido

Más allá de revelar los claros vínculos entre la Secretaría de Gobernación y la Iglesia católica: ¿qué dice de nosotros como sociedad el hecho de que la "píldora del siguiente día" se haya convertido en un tema de discusión? Lo peor es que el "debate" (estúpidamente gubernamental y religioso) está olvidando que las mujeres tienen capacidad de decisión propia, no son títeres a los que hay que manejarles los hilos. En última instancia, lo único decente que se puede extraer de los discursos de Abascal y Rivera Carrera es que ellos piensan que la población mexicana (en general, no solo las mujeres) es demasiado imbécil como para poder elegir por sí misma. Es claro que piensan que sin ellos, sin su guía, corremos el riesgo de extraviarnos y optar por el camino de la oscuridad. Probablemente deberíamos salir a manifestarnos. Pero no, pensándolo bien, eso equivaldría a rebajarse al mismo nivel retrógrada de los patéticos jerarcas que "nos dirigen". Desde mi cómodo sillón creo que en estas circunstancias, la ironía, la apatía y el desencanto son la mejor forma de protesta. Sin duda.

jueves, julio 14, 2005

Impaciencia

Sin duda, yo soy un impaciente crónico. Todo me delata: el tamborileo de los dedos en la mesa; la incapacidad de poner atención en una sola cosa a la vez; la (no tan mala) costumbre de arrebatarle la palabra al prójimo; los amaneceres que me sorprenden en la sala rumiando las (malditas) palabras. A veces me da un poco de pena admitirlo porque la paciencia es vista, casi siempre, como una virtud. Casi siempre. Pero como ocurre con toda virtud, una lectura más atenta pondría de relieve que hay algo perverso que se oculta detrás de ella. San Agustín ha dicho que la paciencia es la compañera inseparable de la sabiduría. Pero ¿qué garantiza lo anterior? ¿Quién asegura que la paciencia conducirá a la sapiencia pura? Debe ser patético llegar al final de la vida cargando el lastre de la paciencia en la espalda y descubrir que como sabio se es un buen futbolista. Peor aún: ¿acaso la paciencia no constituye un eufemismo de la más pasmosa pasividad? El que espera desespera. La impaciencia interpela. La paciencia adormece. En este sentido, la figura monacal y ascética del que espera tranquilamente a que se cumpla su Destino resulta, cuando menos, exasperante. Foucault ha dicho que la inquietud de sí mismo es una especie de aguijón que debe clavarse en la carne de los hombres, un principio de agitación o de desasosiego permanente a lo largo de la vida. Lo acepto. Asumo que no hay escapatoria de la impaciencia. Además, nada hay tan vil como sentarse a esperar a que las cosas pasen. Como buen impaciente, prefiero ir a buscarlas, aunque sea de manera errática, a patadas y echando espuma por la boca. ¿Será por eso que vivo todo lo que me ocurre a destiempo, desde lejos, como si hubiera sucedido mañana o como sabiendo que sucederá ayer?

martes, julio 12, 2005

El maese Revolver me pasó esta estaféta. Va.

1. ¿Qué libro(s) estás leyendo actualmente?
Usualmente soy incapaz de leer un sólo libro a la vez. Tampoco puedo leer dos al mismo tiempo. Lo que quiero decir es que siempre tengo cuatro o cinco textos a la mano. Casi todos de cuestiones académicas, aunque de vez en cuando (sobre todo en el recóndito lugar a donde los hombres siempre van solos) trato de leer algo diferente. En cuanto a cuestiones de orden más litearario tengo cerca tres textos: 1. Diario, de Chuck Palahniuk; 2. Glamourama, de Bret Easton Ellis y 3. La eternidad por fin comienza un lunes, de Eliseo Alberto. En lo académico hay tres textos que no puedo dejar ir: 1. El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, de mi santo patrono Slavoj Zizek; 2. Deconstrucción y pragmatismo, editado por Chantal Mouffe; y 3. Contingencia, ironía y solidaridad, de Richard Rorty.

2. ¿Cuántos libros tienes?
La neta no los cuento. Pero calculando en términos de la multiplicación de las filas y columnas de los libreros, pienso que alrededor de unos mil quinientos, aprox.

3. ¿Cuáles son los últimos libros que comprastre?

1. Avoiding politics. How americans produce apathy in everyday life, de Nina Eliasoph; 2. Talking about politics. Informal groups and social identity in american life, de Katherine Cramer; y 3. Modernity and Self-Identity: self and society in the late modern age, de (mi otro sensei) Anthony Giddens. Todos compraditos en Amazon.com.

4. Cinco libros que definitivamente hayan cambiado el rumbo de tu vida, o que por alguna razón los traigas siempre presentes en las cavidades de tu memoria.

Son libros que no sólo están en las cavidades de mi memoria, sino en mi escritorio o en mi mochila: 1. Rayuela, de Cortázar; 2. Los animales que imaginamos, de Luis Chaves (un librito chiquitito de algo así como poesía, pero cuya profundidad es inagotable) y; 3. Porque no saben lo que hacen. El goce como un factor político, de Slavoj Zizek.

5. ¿A quién le pasas la estafeta?

A quien guste agarrarla (sin albur).

Estos días...

Lluvioso (pero ¿acaso hablo del clima, de mi estado de ánimo o de ambos?). Más allá de cualquier estúpido cliché bohemio, es evidente que la falta de sol, la humedad, el color gris que reina en la atmósfera, tienen algo que ver con esta especie de inquietud que se me cuela por los ojos (¿o que quizá se me escapa por los ojos?). ¿Acaso soy feliz sintiéndome triste? No lo entiendo. No sé por qué estos días me hacen sentir confortable, es como si hubiera una relación transparente y aproblemática entre todo aquello que me rodea y esto que soy yo mismo. Sé que es una ficción, pero con una taza con café siempre a la mano, un poco de Jelly Roll Morton, Nina Simone o Bessie Smith, el mundo se va acomodando de a poquito. Frío afuera y frío adentro, todo encaja, va cayendo (¿cayendo?) en su lugar. No cabe duda, estos días lluviosos vienen a ser como espacios de refugio que permiten sustraerse y tomar distancia incluso de uno mismo. Adiós cordura. Por fin.

AQUELLA MAÑANA

Mi buen amigo Ramón me pasó este cuento para que lo pusiera en mi blog. A ver qué les parece.

¡Yo no lo podía creer! Afuera de mi casa, entre el pasto descuidado y algo de basura de la noche, un billete de color azul, medio doblado, solitario, lleno de rocío. Tirado ahí seguramente en la noche de un día antes o arrastrado por el viento ¡Qué se yo! El caso es que ahora estaba frente a mi, como diciendo “tómame”.

Por un momento pensé en mis necesidades más apremiantes. Un pago que debía a uno de mis pocos conocidos, miré mis zapatos raídos y viejos y supuse que pedían su jubilación, recordé mis dolores de cabeza por falta de anteojos, y pensé que ésta era una excelente oportunidad de hacerme de unos lentes que me dejaran ver bien. Al mismo tiempo, sentí de repente otras necesidades en las que no había pensado antes: ¿cuánto tiempo había intentado regalarle una tarjeta postal a Sandra, la chica del puesto de frutas? Y es que siempre que nos encontrábamos, sentía vértigos y me sonrojaba cuando me miraba sonriente y me decía: Adiós Pánfilo, alargando las últimas letras al pronunciar mi nombre, lo cual me hacía pensar que le caía bien.

Recordé que alguna vez, mi madrina había dicho que yo no me casaría, que la acompañaría por el resto de mi vida atendiendo la iglesia como lo habíamos hecho hasta ahora. Me lo dijo un día que le pregunté ¿por qué a mi nadie me invitaba para ser chambelán?, ella sonrió y dijo que yo sería su chambelán para siempre. Ella se levantaba en la madrugada para hacer el aseo y cambiar el agua aceda de las flores del altar. Yo era el campanero. Levantarme temprano, subir las gradas en la oscuridad. Casi siempre sentía el aleteo siseante de los murciélagos y sus toques suaves con las alas en mis manos o cara, al ir subiendo a la torre. Luego lo más emocionante, dar las campanadas del ángelus: tan, taaan, taaaaan; después, la misa de seis. Acá entre nos, ese trabajo me gustaba. A veces esperaba la salida del sol ahí en la bóveda de la torre, entre manadas de palomos que con el pecho inflado y en fila, esperaban que se alumbrara el suelo de la plaza para bajar a comer lo que hubiera.

Tomé el billete en mis manos, lo acaricié. Sentí mucha fe de repente en ese pedacito de papel. Decidí que debía ir a decirle a mi madrina. Pero, en el camino pasan cosas. Había dado la vuelta en la esquina del callejón rumbo hacia la casa donde ella vive, y de repente dos figuras se fueron aclarando en mi vista borrosa. Con su pelo al hombro y con su blusa de florecitas, pero más por la voz, supe que era Sandra la chica que iba pegada a la pared, como queriendo no hacer mucho ruido con su voz cortita y sonriente. Pensé que esta vez no iba vendiendo nada. A su lado, Jaime el panadero, de vez en cuando le pasaba la mano por la cintura y le acercaba su voz al oído de ella, mientras con la otra mano jalaba su bicicleta cargada con pan en el canasto.

Por un momento no creí lo que veía. Luego, decidí dudar de lo que sentía por ella, y por último dudé que esa mañana a la salida de mi casa, en el pasto de la banqueta hubiese encontrado un billete de color azul, y me dio risa sólo de pensar que por un momento no haya creído en las palabras de mi madrina, acerca de que había nacido para campanero y que nunca me casaría.

jueves, julio 07, 2005

Leticia Cortés en Bellas Artes!!!

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lunes, julio 04, 2005

Nos vemos pronto, tía...

Hace ya tres años que regresé a Guadalajara, en esta vuelta destemplada que me dejó escindido. Al ver el rostro demacrado de papá en el aeropuerto confirmé lo que intuía: mamá estaba muriendo irremediablemente. No había ya nada qué hacer. Entre profundas conversaciones, consejos y resignaciones, sólo cuarenta días me duró la despedida con mamá. Hoy, María, mi tía abuela se muere. Se le nota en los ojos. Es como si se le fueran apagando de a poco. Ya no se levanta de la cama para nada. No se mueve ya. No puede comer por sí misma, ni ir al baño. Se fue debilitando casi sin que lo notáramos. Primero dejó de pasar sus eternas tardes leyendo en aquél rinconcito de su sala en el que el sol pega tan sabroso. Luego dejó de disfrutar la comida. “Ya nada me sabe, hijo. Ni la salsa que hace tu abuela”, me decía con tanta tristeza. Los doctores dicen que no hay nada malo con su cuerpo. Son sus casi cien años los que la tienen postrada. El tiempo le ha ido dibujando profundos surcos en el rostro y manchas ocres en las manos. La veo y en sus ojos hay algo como niebla, una especie de ausencia de algo que no sé qué es, pero que ya no está ahí. He querido hablar con ella, pero ya no me reconoce. El otro día me confundió con un ángel (qué equivocada estás, tía). No sabía si reír o llorar. Adiós, María.

viernes, junio 24, 2005

(Im)pensar la (post)literatura

La primera vez que supe de la existencia de las bitácoras personales (weblogs/blogs) fue en un episodio de Los Simpson. En éste, Homero acude a trabajar, como siempre, pero se encuentra con que la planta nuclear no ha abierto sus puertas. La duda lo inmoviliza kieerkegardianamente. Por casualidad, Jenny y Carl pasean por el lugar y al ver a Homero le hacen saber que a todo el personal le fue informado del cierre por medio de un memorando difundido por correo electrónico. Como resulta obvio, Homero nunca se enteró. Al sentirse marginado decide comprar una computadora. Frente a la ya característica incapacidad homeresca, Lisa entra al rescate y le instala la PC. Desde su primer ingreso en Internet, el querido Kwyjibo queda atrapado en la red. Las posibilidades le parecen infinitas. Para explorarlas decide elaborar un weblog en el que sube el material que se piratea de otros sitios. Para darle mayor dramatismo al asunto [y evitar, de paso, toda demanda legal], Homero adopta el nombre de Mr. X. En sus post, Mr X. se dedica principalmente a ventilar las intimidades de los habitantes de Springfield (a la Chapoy). Cuando se le agotan las ideas y su página deja de recibir visitas, Homero decide inventarse las historias. Así, por ejemplo, esparce el rumor de que el Alcalde Diamante se ha gastado el presupuesto público en construir una piscina en el patio de su casa; o que el Sr. Burns trafica con uranio y lo vende los terroristas islámicos. Sobra decir que los rumores resultaron ser ciertos, por lo que la bitácora de Mr. X se convirtió en un éxito rotundo, al grado de que le fue otorgado un Pulitzer.
Desde hace poco más o menos un año yo he entrado, también, en el mundo de los blogs. Ello me ha hecho ver que la escritura es una de mis compulsiones más queridas. Escribir sin ser capaz de detenerse, narrar las sutilezas de la vida cotidiana, radicar en la inmediatez del hipertexto. Todo ello ocurre cuando se escribe en un blog. Las fronteras entre los géneros se difuminan, dejan de tener sentido. O mejor aún, se hacen visibles para poder ser atravesadas (a patadas y echando espuma por la boca). Sospecho, incluso, que al postear se crea un nuevo y efímero género: la postliteratura. No hablo de una idiotez como la literatura postmoderna, sino de una literatura del post. En la postliteratura lo escrito condiciona muy poco lo que se está escribiendo: se abre la posibilidad de de(con)struir la literatura desde la literatura misma.
Con la postliteratura el Uno irrumpe en los Otros [y viceversa] haciendo estallar la dicotomía escritor/lector. A diferencia de lo que ocurre con los textos impresos, en el blog es posible que los lectores dejen —por escrito— sus comentarios virtualmente en tiempo real, convirtiéndose así en algo más que testigos de la obra. El texto no existe salvo en la medida en que el lector-escritor lo (re)construye y se transforma en su artífice. Si la postliteratura es un género literario en gestación, requiere de un nuevo tipo de lector, uno que quizá rompa con el mito cortazariano del lector-hembra, una especie de lectoescriturista. Éste no es un híbrido estéril, sino que produce y (se) reproduce en el (hiper)texto. Por ello, la postliteratura es indigesta: exige la participación activa de los ácidos de este nuevo lectoescriturista; requiere ser convertida en una especie de bolo en el que lo literario, a final de cuentas, o se aprovecha o queda hecho otra cosa (en alguna asquerosa secreción, como ocurre con mucha literatura). Ello obliga a la toma de posturas por parte de quien lee: exige cierta complicidad del lectoescritor, un acomodamiento o una desazón, pero siempre un movimiento.
La postliteratura es efímera, fugaz, en la medida en que la retroalimentación ocurre en tiempo real. En los blogs no puede dejarse para mañana lo que se pueda leer hoy. La producción de posts es tal que el tiempo simplemente no alcanza. Y esto no es una desventaja. Al contrario, exhibe al escritor y lo coloca bajo una mirada inquisidora, como en un circo en el que el primer acto es un hombre desnudo y la gradería está repleta de payasos. En la postliteratura se reconoce que la creación literaria implica tanto al texto como al que lee [así como el hecho de abrir la puerta vincula tanto al que abre la puerta como a la puerta]. Por ello, la postliteratura es degradante en la medida en que desdiviniza al yo literario (a la figura del escritor). Permite arrojarse absurdamente a la literatura con la (des)esperanza de caer abiertos, vulnerables en la postliteratura. Al bajar del pedestal a quien escribe [o al subir al pedestal a quien lee], las bitácoras personales rompen con la idea de que la literatura es un campo autónomo, perteneciente al dominio de unos pocos. La postliteratura es y existe sólo en el momento que se lee, nunca antes ni nunca después. Puro presente, sin contaminación del pasado o del futuro. Todo aquél que tenga dos dedos de frente (y diez pesos para una hora en cualquier cybercafé) es capaz de hacer postliteratura. Por ello, ésta atenta contra las ortodoxias literarias, contra los cánones que se acomodan en los consabidos estancos: esto es una novela, aquello es un cuento, este es un ensayo, etc. Los textos postliterarios no se agotan en sí mismos, son abiertos y se reconstruyen a partir de las intersubjetividades. La postliteratura se tensa en la ambigüedad de lo post [pero sobre todo del post]: fluctúa entre ese ámbito dinámico que está más allá de la literatura [que ni siquiera es literatura] y el momento de fijar en letras las ideas.
En última instancia, la postliteratura es verborrea jeroglífica, martillar de palabras, agolpamiento de ideas. Esto es así porque escribir no es otra cosa que un juego de espejos, un hegelianismo baratísimo en el que la negación de la negación sólo afirma de manera más radical el punto de partida: hoy la literatura se postea, el post se (re)vuelve literatura y todo deviene en ¿ ? Ahora caigo en la cuenta: Barthes estaba equivocado y Homero Simpson se lo ha escupido en el rostro: no es el autor quien ha muerto, sino la literatura. Viva, pues, la postliteratura. ¡Do’h!

martes, junio 21, 2005

Ah, qué risa...

Fox acaba de declarar, en Kiev, Ucrania, que “todo se vale en la democracia” para justificar la reunión en la que ¿celebrará? el quinto aniversario de su malogrado mandato. En plena reunión con los académicos y estudiantes del Instituto Estatal de Moscú de Relaciones Internacionales, nuestro sabio presidente dijo: “Para la mayoría de las y los mexicanos, la alternancia en la Presidencia de la República, la llegada del Gobierno del Cambio, significaba la oportunidad de acabar con los viejos vicios del pasado autoritario y de reencausar la vida del país en la vía de los valores y la práctica de la democracia. Sobre ese camino democrático es por el que hoy transita México”. Según él, en tanto “artífice” (ja) de la democracia, ello le permite hacer propaganda partidista justo unos días antes de la segunda elección más importante en el país. Más allá de la risa que provocan las palabras de Fox, cabe señalar que si el querido Lacan lo hubiese escuchado diría que un verdadero acto no sólo cambia de manera retroactiva las reglas del espacio simbólico, sino que además perturba la fantasía que a ello subyace. En este sentido, habría que poner de relieve que el carácter de la democracia que vivimos no satisface el criterio con el que Fox pretende definir su acto del próximo 2 de julio (es decir, no hay nada qué celebrar). La transición a la democracia que, según algunos culmina con la alternancia en la presidencia constituye, al contrario de lo que pretende hacer parecer Fox, el paradigma de un falso acontecimiento: una especie de congregación espectacular cuyo objetivo radica en ocultar que en un nivel fundamental, nada ha cambiado realmente. Más que atravesar o perturbar la fantasía de un régimen autoritario, el llamamiento de Fox termina por servirle de cimiento: expone la transgresión fantasmática intrínseca de la situación, es decir, saca a la luz el conjunto de rasgos que determinan efectivamente los déficit democráticos, aunque ello no se reconozca públicamente. Como decía, toda cambia sólo para seguir igual.

jueves, junio 16, 2005

: soledad

me quito las lagañas
hurgo en mi nariz
busco un secreto
saco la lengua
escupo
le digo
días
buenos al
extraño que
me mira y hace
muecas desde el espejo

y eso es suficiente
para desandar
el Laberinto
inútilmente
inútil
en el que
con lugar a
dudas tantas
palabras tantas
(tan pequeñas como
enormes piojos)
no bastan para decir una
[sola:

------
Chale. Yo no sé de poesía, ni soy poeta, ni sé qué me pasa. Ofrezco mis disculpas a todo aquel poeta o poetiza verdaderos que puedan sentirse ofendidos por mis recientes intromisiones. Ajá.

miércoles, junio 15, 2005

Qué risa

Chales. No había tenido tiempo ni de leer los comentarios. Hay varios muy chidos y que ameritan un buen cotorreo. Al buen Ivanovish le quedo a deber ese prometido agarrón con respecto a El Che Guevara. También me ha faltado tiempo para comentar los geniales posts de Noemí (pero no hay día que pase sin que lea lo que escribe). Hay textos del Youhualli, del G y del Chiva que ameritan una sesuda reflexión. Pero la neta, el que se voló la barda es Harry. Resulta que ante mi comentario que señala que el futuro de México es La Paz (véase aquí abajito), el mencionado bloguero señala lo siguiente: "Que rápido podemos olvidar que hay que agradecer cuando la historia de un país se lee con aburrimiento...". Me gustaría decir que una de las pocas personas que verdaderamente aprecio tiene un gran defecto: es una priísta recalcitrante. Uno de sus argumentos para justificar su priísmo es, precisamente, muy parecido al expresado por Harry. No sé si Harry sea priísta. El caso es que mi amiga dice que ya ni la chingo, porque no agradezco TODO lo que me ha dado el PRI (i. e. escuelas, desarrollo, estabilidad, paz, etc.). Y yo, entre copa y copa, y queso y queso, allá en una de sus lujosísimoas cabañas producto del régimen, le contesto lo de siempre: en primer lugar, no fue el PRI, sino el Estado y, en segundo, es su obligación proveer. Sin más. No hay nada que agradecer. Además, qué es peor: ¿ser un aburrido malagradecido o un ingenuo que se fija en la paja de mi oclayo y no ve la gigantesca viga que enmascara la terrible falta de libertades políticas que marcaron los setenta años del PRIATO? ¿O los patéticos cinco años de alternancia payasesca en la que gobierna un gato de Chessire con botas? ¿O los próximos e irónicamente oscuros sexenios del sol de la esperanza?

martes, junio 14, 2005

Minifix

...luego tomó el dinero del buró y abandonó la habitación, dejando tras de sí una estela de frío desencanto (¿acaso eso que resbalaba por su rostro eran lágrimas?).

jueves, junio 09, 2005

Futuro promisorio

Que no quepa duda: el futuro de México es La Paz (¿captas?)...

martes, junio 07, 2005

Aturdir la soledad

Yo no soy poeta. Y sí, las compongo en el aire. So...

Hoy es suficiente
imaginarte así
minuciosamente descalza
terriblemente desnuda
con tus palabras pequeñas y
una flor atada en el tobillo
como si tu hogar fuera éste
en el que falta espacio
para los balcones
y las preguntas.

Hoy basta con revolver
con violencia los cajones
de esta habitación polvosa
y obscura —la memoria—
para inventarte, para
mitigar el olvido y
no volverme loco (¿no volverme loco?)

Pero entonces se abre
una herida en el aire
-hay cosas que poco a poco
nos van salvando la vida-
y todo esto es mentira:
y llueve de pared a pared
de ti sólo la ausencia
de mí sólo (solo) el deseo
y el deseo es precisamente eso:
lluvia, ausencia
[sed de ti.

domingo, junio 05, 2005

Por fin

La pregunta por el sentido de la vida, el universo y todo lo demás me ha agobiado desde siempre. Luego de haber dedicado intensos años a tan afanosa tarea, logré diseñar una compleja ecuación que calculara la respuesta a dicha pregunta. Tras procesarla por un larguísimo tiempo en los cerebros de silicio de mi laptop, he logrado llegar a una respuesta. Mejor dicho, a la respuesta. Ésta es 42. Ahora, je, comenzarán a caer las estrellas.

Sí. La idea me la volé de esta película genial, pero... ¿acaso no han escuchado la vieja buena nueva?: el autor ha muerto.

viernes, junio 03, 2005

Vale la pena!!

Invitación:
El viernes 10 de junio se realizará, en mi escuelita, una mesa redonda titulada "Autores, libros y lectores", coordinada por Carlos Guzmán Moncada. En ella participarán Luis Vicente de Aguinaga, Teresa González Arce y Felipe Ponce. Las hostilidades comenzarán a eso de las 12:45 pm. Al día siguiente, el sábado 11, Alain Touraine impartirá la conferencia titulada "Unidad y diversidad en los procesos de modernización", a eso de las once de la mañanita. Ambos eventos pintan super chidos. Si alguien le cae, pues sirve que nos conocemos.

Abur.

La dirección de mi escuelita es: Calle 5 de mayo, no. 321, en pleno Zapopan (cerquita del ISSSTE).

¡Válgame la virgen santa!

La designación de Carlos María Abascal Carranza como encargado de la política interna mexicana termina por cerrar la pinza de la cofradía (antes pareja) presidencial. Esa especie de sutura ontológica en torno de la Presidencia Inc. que inclina la balanza hacia la (extrema) derecha (del Padre) pone de relieve las intenciones de grupos ultra conservadores tipo Organización Nacional del Yunque para penetrar (¿más?) en la de por sí miope visión de Estado con la que se maneja este país. Entre el pío proyecto de nación de Martita (Vamos México y sus terribles derivados), un PAN que se presume de centro con Manuel Espino a la cabeza (y, ja, Daniel Cabeza de Vaca en la PGR o Ramón Martín Huerta en la Secretaría de Seguridad) y la adusta figura de Luis Felipe Bravo Mena en la embajada mexicana en el Vaticano, por enunciar sólo algunos ejemplos, el panorama se presenta, cuando menos, bastante oscuro. O mejor dicho: oscurantista. Pero lo más sabroso de todo ello es que las elecciones del 2006 han quedado en manos de la persona menos (con)fiable e (im)parcial: el queridísimo Inquisidor Abascal. No cabe duda: el contexto político es cada vez más invitante… Ajá (tongue in cheek).

miércoles, junio 01, 2005

Suertudas

No puedo dejar de pensar en la suerte de las moscas:

"What the hell am i?
Thousand eyes, a fly
Lucky then I’d be
In one day deceased"


AIC

martes, mayo 31, 2005

¿Tautología?

No padezco el defecto de ser escritor, salvo por el hecho de que escribo.

lunes, mayo 30, 2005

Fragmento

Va un fragmentitito del 3. capítulo de mi tesis. El título tentativo del capítulo es "De qué (no) hablamos cuando (no) hablamos de política". ¿Opiniones?
Desde finales de los ochenta en nuestro país, la transición a la democracia se ha ido convirtiendo en un significante de la [imposibilidad] de la convergencia política: [se percibía] que quienes ostentaban entonces el poder lo hacían con serios déficit de legitimidad, ya que representaban la descomposición y la corrupción del sistema. Esto contribuyó a que diversas fuerzas políticas se aglutinaran en contra de aquellos. La [inacabada] alianza política a favor del cambio de las posiciones divergentes —y potencialmente antagónicas— sólo era viable bajo el manto de un significante «universal». La transición y el cambio jugaron en ese momento el papel que designaba la unidad fundamental que vincularía a los distintos sectores más allá de sus diferencias políticas. No obstante, en el periodo postdemocrático por el que atraviesa nuestro país, el «encantamiento» producido por la llegada de la oposición al poder ha pasado. Así, pareciera que el significante que emerge para sustituir al anterior gravita en torno a la apatía y el desencanto. Ello constituiría el centro de la ideología espontánea de las personas comunes: las supuestas prevalencia y autonomía del campo político se han quebrado; las esperanzas de plenitud después de la salida del PRI de los pinos se han agotado. Si el contenido de este nuevo significante indica que bajo el cobijo de la democracia la oposición gobierna con la lógica del antiguo régimen, entonces es necesario «interrogar» a la realidad haciendo preguntas del tipo: ¿Qué significan ahora [la transición a la] democracia y el cambio? ¿Acaso ello implica un retorno a la moral tradicional y los valores religiosos? ¿O remiten a una especie de «depuración» del «cuerpo social» de los rastros del viejo régimen? ¿Será acaso la justicia social y la resistencia a la privatización fulminante las que ocupen el lugar hegemónico?

En plena postdemocracia mexicana, el significante cambio/transición en tanto que designa todo aquello que no ocurrió se percibe como vacío. La brecha entre dicho significante y la multitud de contenidos particulares se sitúa dentro de lo particular en sí, es decir, entre la universalidad y aquello que la socava. De ello se desprende la existencia de tres niveles analíticos que sirven de bisagra para el desarrollo de nuestros argumentos: 1. El universal vacío (la transición a la democracia); 2. El contenido particular que hegemoniza al universal vacío (la legitimación del relato que la narra; la institucionalidad que constituye la «oferta juvenil» proveniente del Estado) y; 3. Lo individual que socava el contenido hegemónico (las conversaciones y los silencios juveniles que vinculan el universal vacío con las biografías personales). Así, lo político no se reduce al ámbito específico en el que se toman las decisiones concernientes a la administración de los asuntos públicos. Tampoco quiere decir que lo político impregne hasta los ámbitos más íntimos de la vida, lo que equivaldría a señalar que la percepción misma de algo como apolítico no es otra cosa que una decisión política en disidencia. Un reduccionismo de lo político de este tipo deja de lado una idea crucial: que la misma exclusión de algo del campo político constituye un gesto político en sí, es decir, aquello de lo que (no) hablamos cuando (no) hablamos de política constituye una vía para indagar la manera en la que se construye socialmente la democracia.

jueves, mayo 26, 2005

Las caricaturas (no) me hacen llorar

Por fin. Tuve que esperar casi una década para volver a ver un capítulo de uno de los dibujos animados más grandes de la historia: El Conde Pátula. Durante mis años de adolescente grabé en formato Beta (uts, ya soy casi un anciano) buena parte de los episodios de dicha caricatura, porque sabía que algun día me ofrecerían lecturas profundísimas. La idea de un pato vampiro, que además es vegetariano y necesita de los cuidados de una gansa-nana gigantesca y de un buitre perverso (llamado adecuadamente Igor) es, cuando menos, genial. Algún día escribiré sobre ello. Pero hoy no. Hoy sólo lo disfruto minuciosamente. Lamentaba nunca haberme preocupado por conservar en buen estado el aparato reproductor (de videos, ehhh). Poco a poco, los varios casetes beta se fueron llenando de polvo y champiñones, o de plano perdiéndose en el olvido. Y justo hoy, cuando había dejado atrás toda esperanza, mientras surfeaba por los canales de noticieros matutinos, reconcí a uno de los personajes. No lo podía creer. La mañana se tornó dulcísima cuando escuché a la nana decir: "ya voy, mi patolín". Ahhhh. Primero el Episodio III y ahora esto. Los benditos placeres de la inocencia.... Ya solo me falta Remi, el niño de nadie.

lunes, mayo 23, 2005

Horror Vacui

Llevaré un rato despierto antes de que suene la alarma del reloj. Buscaré a tientas, en el buró de la izquierda, mis anteojos. Los colocaré en su sitio. [Adiós miopía, hola mundo con perfiles definidos. Pero ¿acaso ver el mundo es bueno? ¿Qué la miopía no será una bendición?]. Me levantaré y me pondré encima la misma camiseta que habré dejado tirada en el piso la noche anterior. Luego los calzoncillos. Bajaré, descalzo, hasta la cocina para cumplir con el viejo ritual de siempre: moleré el café, sacaré el filtro del cajón, lo colocaré en su sitio, verteré agua en la cafetera, la encenderé. Preparé las tasas. El piso estará frío, pero aún así me quedaré un largo rato contemplando cómo caen las gotas ocres. Lento, una gota caerá, otra. El olor inundará todos los rincones de la casa. Afuera el silencio será cada vez menor. Los autobuses pasarán cada vez de manera más frecuente. La vecina de al lado comenzará a gritarle a los niños para que se levanten, porque que ya es tarde y tendrán que ir a la escuela. En la casa de espaldas comenzará ese sonido que, a pesar de serme ya tan familiar, aún no habré logrado identificar. Encenderé la radio que está en la cocina. Escucharé, sin prestar demasiada atención, las noticias. Subiré y repetiré la operación, pero esta vez le tocará el turno a la televisión. Un rato después, el café estará listo. Habrá que ir a servirlo, negro por favor. Gracias. Regreso a la habitación tasa en mano. Al pasar, noto algo raro en el espejo, pero no le doy mayor importancia. Pienso en lo que tengo qué hacer el día de hoy. Bebo un sorbo. Otro. Saboreo el líquido con placer. Coloco la tasa en el buró. Pero, descuidado como siempre, se me resbala de entre los dedos. La tasa se precipita al suelo, cae al vacío irremediablemente. Cierro los ojos por instinto, esperando el crash que anuncia un terrible derramamiento, la posterior y necesaria limpieza, el inicio de un día pésimo y… nada. Se hace un silencio pasmoso alrededor. Me envuelve. Pareciera como si todo se hubiese quedado quieto por un instante. Pienso en algo como un bache de silencio (no sé explicarme mejor, me faltan palabras). Luego, los sonidos vuelven a entrar al orden establecido: la televisión frente a mí; el radio abajo; los autos afuera. Pero la tasa está suspendida en el aire, con el café a medio vaciar pero sin tocar el piso. Permanezco unos instantes observando la escena. Camino alrededor de la tasa. Toco el líquido y éste sigue como tal, no se ha endurecido ni nada por el estilo. Incluso está caliente. Es como si hubiera quedado atrapado en una bolsa de tiempo o algo así.

De esto hace dos meses. Ya no sé qué hacer.

jueves, mayo 19, 2005

Ajá.

Yo, como Barthes, reclamo vivir plenamente la contradicción de mi tiempo, que puede hacer de un sarcasmo la condición de la verdad.

martes, mayo 17, 2005

El estimado maese Ivanovish, en un comentario hecho a mi post anterior, toca un punto interesantísimo en relación con las recientes declaraciones racistas hechas por Fox. Yo, a lo borras, arremeto contra el Presichente (como si le importara lo que un simple bloguero pudiera decir) y lo llamo estúpido y racista. Aún sigo pensando lo mismo. No sólo por las declaraciones hechas por él acerca de los negros, sino porque considero que en general, el tipo es bastante incapaz para gobernar un país (recuerdo que alguien alguna vez llamó al Vicente “el alto vacío”; vaya, que todavía me doblo de la risa cada vez que ello me viene a la memoria). Y si alguna vez tengo la oportunidad de estar frente a Chente, no dudaría en decírselo (como ya lo he hecho con otros personajes a los que considero igualmente estúpidos. Por eso ya nadie me invita a sus fiestas, y me va a costar un trabajal conseguir chamba cuando se me termine la beca, jeje). Sin embargo, Ivanovish menciona que en realidad, el comentario hecho por Fox no está tan alejado de la verdad. Más allá de toda connotación racista, Ivanovish señala acertadamente que


al respecto lo unico que puedo decir es....QUE ES CIERTO... la comunidad latina esta realizando los trabajos que la comunidad negra (afro-americana, to be policitally correct) no quiere hacer. la cuestion es sencilla, un sueldo de 5.50 dolares la hora? solo es tomado por latinos...aun mas, solo por latinos indocumentados. Los negros y latinos documentados? no, ellos buscand trabajos de 7, 8 dolares la hora minimo...pro 5.50 o 6 dolares? no, mejor van a la oficina del desempleo a recibir compensacion del gobierno por no trabajar. Hace dias en una ponencia escuchaba a un presentador decir que el latino es la nueva forma de esclavitud, gente que trabaja por salarios minimos y en condiciones que nadie mas aceptaria. Pero volviendo al punto de fox, lo que dijo a mi no me parece un error, se trata, una vez mas amigo, de una de esas frases que es leida de manera diferente para poder satisfacer las intenciones y los argumentos de diferentes personas o grupos politicos

Ni duda cabe. El maese Ivanovish, como siempre, es certero en su comentario. Aún cuando el brete de irme de mojado nunca se me dio, las vicisitudes del fenómeno migratorio no me son ajenas. La mitad de mis mejores amigos o están allá en calidad de indocumentados, o están pensando en irse al otro lado para mejorar sus vidas. Sin duda, por las condiciones en las que emigra, la población mexicana indocumentada se ve obligada a aceptar términos de trabajo bastante deplorables. Ni hablar, el comentario hecho por Fox no está equivocado. No obstante, me parece que la estupidez de Chente radica en el modo de decir. Recordemos que a pesar de su ingenuidad, la idea McLuhaniana de que el medio es el mensaje sigue teniendo validez: un presidente, por más tonto que sea, no puede darse el lujo de dejar que se le vaya la lengua como lo hizo Chente. No es lo mismo “los huevos de la araña que aráñame los huevos”, como tampoco es lo mismo “ni siquiera los negros” que “otros grupos minoritarios”. Si el presidente no fuera tonto, ahorita nadie le estuviera exigiendo que ofreciera una disculpa pública. ¿Me explico? Imagínese, Maese Ivanovish, si a Fotz de pronto se le ocurre referirse de manera similar a los indígenas, a los homosexuales, a los adultos en plenitud, etc. Al pobre vocero de la presidencia no se le va a agotar la chamba…

domingo, mayo 15, 2005

Chales...

La madrugada del pasado 14 de mayo, mientras ofrecía sus servicios sexuales, fue baleada Paulina (Eduardo Morales) cerca de Plaza del Sol, uno de los centros comerciales más tradicionales de la región. Días antes, en una reunión realizada en un lujoso hotel de las inmediaciones, los vecinos y comerciantes de la zona habían anunciado que ante la falta de acciones por parte de las autoridades, se harían justicia ellos mismos. Hoy el tipo está agonizando en el Hospital Civil de Guadalajara.
El caso no es menor. Y los medios de comunicación van a jugar un papel importantísimo en todo esto. Ante ello, no es extraño que Miguel Angel Collado, del noticiero de televisa local, anuncie la agresión a Paulina (Eduardo Morales) con una sonrisa irónica. Tampoco es raro que se exprese con sorna acerca de la manifestación que se organizará en favor de la diversidad sexual el día de hoy, allá por Plaza del Sol. No dudo que las marchas programadas para el mes entrante también sean vistas por él de manera burlesca. La «mochedumbre» del mencionado comunicador está más que demostrada.
Así, pudiera parecer que el asunto está de locos. De modo que surgirían preguntas del tipo: ¿Cómo es posible que en la capital americana de la cultura (¿?) se cometan crímenes por homofobia? ¿Qué dice eso de nosotros en tanto (t)apatíos? y otras del mismo estilo. Las respuestas a estas interrogantes ponen de relieve que, sin duda hay varias aristas que pudieran retomarse al analizar este caso. Por ejemplo el tremendo vacío de poder que orilla a los ciudadanos a solucionar a balazos un problema social. El asunto es bastante complejo: Por una parte, ¿A quién le gustaría tener en su barrio una zona donde hombres vestidos de mujeres se prostituyan hasta altas horas de la madrugada haciendo tremendo desmadre? Quien haya rondado por Plaza del Sol después de media noche sabe de lo que hablo. Por otra parte ¿Por qué negarles a los sexoservidores el derecho de trabajar en lo que ellos puedan o quieran? De alguna manera tienen que sobrevivir. ¿Por qué sancionar negativamente el derecho de los transexuales a ser diferentes? Más allá de las cuestiones legales, el dilema moral que este problema suscita no es menor. Sociedades como la tapatía, así, nombrada en conjunto, se enfrenta a una importante coyuntura. Aunque cabe aclarar que el resultado es bastante predecible...porque ¿qué puede esperarse si el mismo presidente de la República manifiesta su estupidez y su racismo abiertamente en los medios de comunicación?


PD.
Chales. Me gustaría abordar el tema con verdadera profundidad, pero ando hasta el queque de trabajo... en estos días tengo que entregar cuatro capítulos de la tesis y otro que probablemente forme parte de un libro... ¿o... no será que soy un pinche y tradicional mocho y le saco al parche? Quién sabe...

miércoles, mayo 11, 2005

No me gusta abandonar tanto este blog, pero en estos días he tenido demasiado poco tiempo para escribir. Por ello me autofusilo uno de los primeros post que coloqué en este blog. A ver qué le parece a quien no lo haya leído.

Es de noche

entre simulacros

de ausencia y de tristeza

ella habita

a golpe de recuerdo

las horas, los minutos

en donde aún

después de tanto tiempo

sus olores merodean por la memoria

Llueve

y el eco de su voz

tan amargamente tierna

suena en cada gota

en cada línea

mientras su alma asustada

se refugia en el papel

y se le escapa por las manos

letra a letra, lento

Alguien

allí mismo bebe

de los nombres y

de las imágenes

bajo una lámpara

donde a contraluz las palabras

se iluminan hacia dentro

frágiles y mínimas

como aquella voz

recorriéndole la piel

Piensa

que detrás de los deseos

y de la carne

el miedo entra por los ojos

y los huesos

que alimenta al olvido

hace espacio en la habitación

por si la soledad regresa acompañada

Luego

el colchón reclama su presencia

cosa de cansancio

hay que trabajar por la mañana

—se dice—

como quien quiere escapar

de sí mismo cerrando los párpados

y apretando los puños

bajo las sabanas

No existe

—concluye—

el ritual adecuado

ni la música precisa

para que en esos momentos

el laberinto de la noche

le conduzca a alguna parte

donde sus voces se encuentren

tocando con palabras

sus insomnios

miércoles, mayo 04, 2005

De película...

En estos días he visto dos películas que me han parecido excelentes. La primera es Birth, en donde Nicole Kidman interpreta de manera magistral a Anna, una mujer que tras perder a su esposo decide rehacer su vida, luego de varios años de viudez. La segunda es The Machinist, en donde Chris Bale realiza, desde mi punto de vista, una de sus mejores actuaciones interpretando a Trevor Reznik, un insomne crónico agobiado por la culpa. No voy a escribir acerca de dichos filmes para no arruinarle el día a quien no las haya visto. Mejor me centro en algunas reflexiones que me provocaron. Como es mi costumbre, al salir del cine pongo atención a los comentarios que suscitan las pelis en los pasillos y corredores de las salas. Esperaba que el clamor general tuviera un tono negativo y así fue. Para muchos de los asistentes las películas estuvieron bastante malas. Sin duda, ambos filmes no son fáciles porque exigen el involucramiento constante de la audiencia para el armado de la obra en sí. De modo que ambas plantean un desafío interesante que involucra la subjetividad en la medida en que interpelan al espectador.

Ahora bien, más allá del profundo goce que me provocó su contemplación, creo que hay un factor común que de algún modo vincula ambos filmes. En un plano estético, considero que ambas tienen muy buena fotografía y están conducidas casi a la perfección. En las dos hay escenas que por sí solas hacen que valga la pena ir a verlas, aún si el resto de cada cinta no fuese bueno. En Birth, por ejemplo, aparece una toma del rostro de Anna (Kidman) en primer plano, mientras de fondo se escucha in crescendo el momento más álgido de lo que a mí me pareció era algo como Berlioz. La armonía de la escena es rota un par de veces por el prometido de Anna, quien se acerca a ella para susurrarle algo al oído. Esto transcurre por un par de largos y tensos minutos sin que pase nada más, con resultados estremecedores. Por otra parte, en The Machinist, Trevor (Bale), convertido en casi un esqueleto, danza de manera macabra frente a Stevie (Jennifer Jason Leigh), una prostituta que le servía de confidente. Simplemente aterrador. Ambas también se desarrollan en una atmósfera casi monocromática acorde con la psicología de los personajes. En fin, vale la pena ir a verlas.

Pero hay algo más en ellas. Algo aterrador. Algo que se mueve en las dos cintas y que remite a aspectos más profundos que cuestionan el logos mismo de nuestra época. Dichos filmes dan cuenta de lo que a mi modo de ver constituye el más grande peligro de este periodo histórico: la disolución total. No me refiero al temor abstracto derivado las armas de destrucción masiva o de cataclismos naturales al que se enfrenta constantemente la humanidad. No. El peligro radica en un lugar más íntimo: me refiero a la disolución del Ser. La trama de ambas cintas se centra en la terrible pérdida de sí mismo, en la falta de sustancia, de cualquier cimiento para la construcción del Yo. Sin asidero alguno, el amor, otrora un sentimiento puro, el rasgo de la divinidad en lo humano, se vuelve desastroso: luego del amor, el ser transita por la vía de la locura, de la indestructibilidad cartesiana hacia una autodestrucción casi lúdica. El Yo, que alguna vez fuese totalidad con funciones bien delimitadas se transforma en un caos fragmentado de biografías imposibles de narrarse de manera coherente. El ser se ahoga en una multiplicidad de signos, en un océano de significados. En ambas películas hay un antes y un después que fácilmente puede asociarse con la terrible duda ontológica que es la marca de buena parte de mi generación: antes en el mundo de la vida se establecían fronteras claras y bien delimitadas. Había una distancia entre los objetos y las imágenes, era posible establecer la diferencia entre la representación y lo representado, entre la simulación y la verdad. Hoy todo está mezclado de manera intrincada, irremediablemente. La textura del tejido social aparece como algo caótico, fuera de lugar. El sentido del mundo se disuelve. El ser se disuelve. Ni siquiera las palabras bastan, ya no se acomodan a las cosas que hay qué decir. No queda nada más qué: ¿?

domingo, mayo 01, 2005

Pronto

Episode III

lunes, abril 25, 2005

Threesome!!!!

Hace unos días, el buen Ivanovish me invitó a llevar a cabo un threesome. Cuando ya estaba yo súper emocionado, me aclaró que el asunto era una cuestión creativa. Eso me emocionó aún más. Je je. La dinámica consistió en convocar a cuando menos tres blogueros, elegir un tema y discutir acerca de él. Las creaciones se sacan en el blog de quien sugiere el tema. En este caso, yo elegí el machismo. He aquí lo que nos resultó. La imagen es del mencionado Ivanovish. El poema lo creó Nana. Yo intenté un ensayo. A ver qué les parece....

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Imagen

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Imagen: Ivanovish; Modelo: Erika

Poema

Anoche tuve un sueño aterrador, una mujer desnuda caminado bajo la luz del sol,
de pronto la obscuridad se hizo presente y la mujer se vio rodeada de sombras, una a una las negras figuras se acercaban; le marcaron la piel con golpes, le hirieron el alma con palabras, inundaron sus oídos con justificaciones, le robaron sus orgasmos y la libertad de sentir placer, la bañaron en inseguridad y la vistieron de miedo. Y en un segundo su rostro se había quedado sin luz, sin brillo, sin ganas de vivi,r la mirada clavada en el piso, los ojos inundados de lágrimas. Una garganta enmudecida, cansada de dar gritos que no eran escuchados.
De pronto mi cuerpo comenzó a dolerme y me di cuenta que la mujer era yo, podía sentir un cuerpo sobre el mío, y mi rostro de dolía, comencé a llorar... me quieres, me tienes pa placer tuyo, no soy mas que un muñeco de trapo entre tus dedos, ¿no lo entiendes? me lastimas, y sin embargo lo disfrutas... me duele el alma. La rabia me hace gritar y la sombras quieren callarme, al no lograrlo me lastiman mas, veo a mi alrededor y sé q no soy la única, ¡alguien tiene q despertar! ¡alguien que me haga despertar, estoy muriendo!.

Cuando logro abrir los ojos, lanzo un grito desesperado... sólo se oye silencio


No me veas como una amenza, no soy superior y mucho menos inferior a ti, estoy a tu nivel. No quieras verme débil porq sabes q no lo soy, sin miedo acepta q soy capaz de disfrutar, de decidir, de ser libre. No te pido igualdad, te pido respeto.

¿No que muy machos?

Una táctica frecuente entre quienes se dedican a «pensar la mexicanidad» es, sin duda, la tenaz exploración de la vida cotidiana. Desde las trincheras de una estética tipo Rivera/Kahlo, hasta las divagaciones éti(li)cas de Ramos, Paz o Tin Tan, la pretensión de descubrir aquello que nos aglutinaría como pueblo ha sido condensada en una nostálgica evocación de lo pintoresco. ¿Ha fracasado este proyecto? ¿Acaso experimenta lo mismo una indígena oaxaqueña y un empresario regiomontano cuando refieren a aquello que significa ser mexicano o mexicana? Quién sabe. Lo que es cierto es que uno de los resultados más visibles de esta búsqueda de lo auténtico radica en la perpetuación de una serie de visiones estereotipadas que tienden a esclerotizar la diversidad de nuestros modos de ser. Así, no sorprende que se hayan enraizado en el imaginario colectivo elementos tales como la virgen de Guadalupe, el tequila, o el albur en tanto referentes identitarios, superando en popularidad, tal vez, al nacionalismo de bandera tricolor y al heroísmo de efeméride y monumento.

En este sentido, la relación que se establece entre lo masculino y lo femenino no ha quedado exenta de este proceso. Al conectar analíticamente las relaciones de género con la exploración de la mexicanidad se establecen varios marcajes. El primero y quizá el más evidente de ellos se observa en el lenguaje. Más allá de las reglas gramaticales [que quizá también sirvan para poner de relieve la hegemonía del Hombre], resulta cuando menos curioso que para (d)escribir «el ámbito que pertenece a la mujer» sea necesario acudir, pues, al género masculino [decimos «el campo de lo femenino» y no «la campa de la femenina»]. Ello coloca, de entrada, a las relaciones de género en una clara posición favorable al hombre. Si se invierte el signo de lo anterior se pone de relieve otro de estos marcajes: la sanción negativa que se le otorga a la homosexualidad abierta. Estos aspectos constituyen, sin duda, una arista que, aún cuando ha sido muy explorada, todavía tiene mucho qué ofrecer.

Ahora bien, siguiendo con esta idea puede decirse que los vínculos que se tienden de lo masculino a lo femenino se condensan en dos figuras que simbolizan nuestra particular mixtura de lo dionisiaco con lo apolíneo: el Macho y el Caballero. Los apóstoles de la mexicanidad han encontrado en estas figuras una fuente inagotable para sus disertaciones. Así, entre la caballerosidad churrigueresca del tipo lanchero acapulqueño, y un machismo neandertal de “pégame pero no me dejes”, buena parte de los mexicanos y las mexicanas van tejiendo sus relaciones en el mundo de la vida cotidiana. Ejemplos hay por miles. Mientras que el macho es capaz de mandar en camión a su mujer, o a pie si es preciso, por la ropa ajena que tiene qué lavar; el caballero le abre la puerta del auto a su dama para llevarla a cenar. Mientras que el macho le grita a la mujer desde la sala, entre el ruido de las luchas en la tele, el destape de las cervezas y los eructos: «sírveme los frijoles, pendeja»; el caballero invita a su dama a cenar al carrito de hot dogs, y además no se agüita si su aquellita no come cebolla. Mientras que el macho se levanta los domingos al mediodía para curarse la cruda; el caballero ya tiene listo el desayuno a las ocho de la mañana, y se lo lleva a la cama a su dama. Mientras el macho [coloque aquí usted su práctica preferida], el caballero [idem]. Así ad nauseaum.

Visto así, parece que el asunto no tiene mayores dobleces. Las actuaciones del macho se sancionan de manera negativa en sociedad porque humillan a la mujer, la colocan en una situación inferior con respecto al hombre. Preguntarse qué ocurre de puertas para adentro, en la especificidad de cada hogar abriría, creo, una línea de investigación que ya la quisiera la PGR. El caballero actuaría, por antonomasia, bien [“¡Ah, qué buen muchacho: todo un caballero!”, dicen las suegras cuando el yerno les lleva flores a las hijas]. Nadie dudaría que la caballerosidad y el machismo son, de este modo, dos nociones antagónicas. Pero, recordemos que los extremos siempre terminan tocándose en algún punto. Más allá del simplismo facilista que señala que hay machos caballerosos y caballeros bastante machos, si uno hace una lectura ideológica del tema puede encontrar otras aristas más profundas. Así, tal vez lo que parezca una conducta adecuada y razonable (la del caballero) sólo esté perpetuando de manera legitimada el papel subordinado de la mujer. ¿Acaso abrirle la puerta del coche a la dama no implica asumir cierta incapacidad de su parte? ¿Es que no resulta humillante para las mujeres que de entrada sea calificada positivamente una forma de actuar que las considera como entes menores que necesitan de cuidados especiales? ¿Es que verdaderamente la caballerosidad no es el rasgo más marcado de la discriminación de género? Recordemos que el macho desde un comienzo expone su evidente misoginia. Pero en esta misma medida ¿acaso la caballerosidad no ejerce una terrible labor de ocultamiento [conciente e inconsciente] del modo en el que verdaderamente ocurren las relaciones de género desiguales? De ser así, esta labor de enmascaramiento es tal que la desigualdad promovida por la caballerosidad es socialmente aceptada. Al argumentar lo anterior no quiero decir que el macho sea mejor que el caballero. Más bien, mi intención radica en señalar que ambos son igualmente peligrosos, y que la distancia que los separa es mínima. Nada más. Quisiera abundar sobre ello, pero la verdad es que Laclau está por llegar de su oficina y tengo que preparar la comida, barrer y trapera la casa. A ver si me alcanza el tiempo.

miércoles, abril 20, 2005

Provida

Pudiera parecer que la ventilación del tremendo fraude cometido en Provida es la evidencia más tangible de una mayor apertura democrática en México. Juzgar y encontrar culpable al dirigente de uno de los organismos más conservadores del país puede ser interpretado, sin duda, como un éxito notable del poder judicial mexicano. Además, poner de relieve la alianza ilícita de Provida con algunos sectores gubernamentales hace del caso algo aún más destacable, ya que es como si el sistema estuviera haciendo limpieza interna. Recordemos que en un régimen autoritario «la ropa sucia se lava en casa», y lo que ocurrió en estos días con Serrano Limón o Luis Pasos quizá en otros tiempos no hubiese alcanzado la luz pública [salvo que ello le hubiera convenido al régimen]. En cambio, hoy, hoy, hoy, en plena democracia, lo anterior implicaría precisamente lo contrario: la necesidad de «sacar a relucir los trapitos al sol». El mensaje que se envía por parte del Estado es, pues, claro: «la democracia es tal en nuestro país, que el ciego brazo de la justicia ha alcanzado, incluso, a los nuestros. Nadie está por encima de la Ley».

Ahora bien, el hecho de que una organización ultra-conservadora sea pillada en prácticas fraudulentas a raíz de la compra de lencería de encaje es, cuando menos, comiquísimo. Sin embargo, más allá de las irónicas aristas del caso y su significación en términos simbólicos, existen otras lecturas subyacentes. La publicidad con la que se anuncian los detergentes permite ilustrar lo anterior. En casi cualquier spot televisivo el mecanismo es similar: los agentes activos de la sustancia jabonosa penetran en lo profundo de las pequeñas manchas, arrancándolas de raíz, sin dañar el resto del tejido. Luego de esta operación la ropa queda casi como nueva, restituida y sin mayores daños. ¿Qué tal si en el caso de Provida opera esta especie de «lógica de detergente»? ¿Qué tal si al lavar «la mancha» generada por dicha institución se ejerce una labor de preservación que deja intacta al resto de la prenda? Recordemos que hay detergentes que dejan la ropa con un blanco casi azul. ¿Acaso el ataque frontal a la ultraderecha no estaría legitimando las acciones que se toman con respecto al otro lado del espectro político? ¿No será que en lugar de presenciar la reafirmación de la democracia estamos frente a uno de los gestos más autoritarios del régimen?

miércoles, abril 13, 2005

¿?

Hace algunos años me obsequiaron unas mayúsculas para el comienzo y unos puntos suspensivos para nunca tener fin. Con el tiempo fui adquiriendo elementos para expresar el asombro, las pausas [largas y cortas] y la ironía. Ahora ya sólo me falta lo más importante: unos signos de interrogación. A primera vista parecen un par de figuras inocentes. Semejantes a anzuelos [o, irónicamente, a peces], es como si, colocados de ese modo, dichos signos mostrasen una especie de perplejidad o de inocencia casi divertidas. Pero como sucede siempre en los juegos de espejos, una mirada más atenta mostraría que detrás de la aparente sencillez se oculta una insólita complejidad. Así, dejando de lado el evidente erotismo que evoca la disposición de estos signos, encontramos ciertas resonancias mí(s)ticas que remiten a saberes ancestrales. Esa especie de doble opuesto, ese carácter de reflexividad invertida evoca [y, de alguna manera, invita a echar una mirada a] la historia profunda y preguntar: ¿acaso la particular disposición de los signos de interrogación no remite a la alquímica Ouroboros, doble serpiente que se devora a sí misma, indicando al mismo tiempo la volatilidad y la infinita circularidad de la vida? ¿Es posible negar que dichos signos se asemejan de manera notoria a la Gran Dualidad constituida por el yin/yang de la filosofía china? ¿Qué decir de las reminiscencias del bíblico Alfa y Omega que subyacen a aquella estructura? Quizá sea labor de pacientes filólogos —eruditos arqueólogos del lenguaje— averiguar algunas respuestas a estas preguntas y, dilucidar así, los posibles vasos comunicantes entre la creación de los mitos y su expresión en las formas simbólicas que se trasminan al habla cotidiana.

No obstante, quizá el aspecto más destacable de los signos de interrogación radique en la potencia subversiva que los caracteriza. Basta con colocar entre ellos una palabra o una frase cualquiera para desatar su temible facultad destructora. Y las consecuencias de lo anterior no son menores. Recordemos que en el espacio que se abre entre los signos de interrogación caben desde una letra hasta una vida; o el universo entero si se quiere. Si se está de acuerdo wittgensteinianamente en que nada hay fuera del lenguaje, los signos de interrogación son capaces de hacer estallar casi cualquier certeza. Veamos, por ejemplo, el vocablo «Yo». Así, a secas, define a la primera persona del singular. También constituye el referente identitario por excelencia, fundamento de la Razón Moderna, tal como Descartes lo implica en su famoso Cogito ergo sum. Pero basta con situar este «Yo» entre unos signos de interrogación para que opere una especie de desplazamiento histérico. Al llevar a cabo lo anterior, el «Yo», centro fundamental de la ontología occidental, es convertido en un «¿Yo?», es decir, en un frágil absoluto que se desmorona ante la duda, que se derrumba frente el abismo que los signos de interrogación abren a sus pies. Si la frase «Yo Soy» designa la más pertinaz afirmación del ser humano, el modo interrogativo «¿Yo Soy?» plantea la más profunda de las dudas existenciales. Vocablos como «dios», «libertad», «literatura» experimentan el mismo efecto. Todo estalla ante el encierro de estos dos signos aparentemente insignificantes.

Quizá, sin pretenderlo, los niños y los ironistas sean quienes utilizan la facultad destructiva de los signos de interrogación con mayor eficacia. Los pequeños, por ejemplo, nos desarman ante la terca insistencia de sus eternos «¿por qué?». Cuando anteponen esta pregunta a cualquier afirmación abren un proceso recursivo de corte gödeliano que no tiene final. Sea niño por un rato: lea de nuevo este texto e inserte un «¿por qué?» luego de cada frase. Verá que sí funciona. Los ironistas, por su parte, hacen gala de astucia. Si alguien les dice: «atropellaron a tu perro» o «tu mujer te engaña», sólo contestan «¿Y?». Esta actitud teflonesca desarma hasta al más pintado. Sin duda, preguntar(se) es un ejercicio peligroso. La sabiduría popular, que casi nunca se equivoca, bien lo señala cuando dice: «la ignorancia es felicidad» o «el que busca, encuentra». Recordemos que en última instancia, los signos de interrogación condensan en su forma más pura La Caída: ¿Acaso no fue la curiosidad lo que hizo que Adán comiera del fruto del árbol de la sabiduría; o lo que verdaderamente mató al gato? En fin, los signos de interrogación constituyen siempre una puerta que se abre hacia la incompletud, la marca indeleble de los perseguidores. Yo por mi parte, a pesar de que echo de menos mis signos de interrogación y los busco, prefiero no preguntar. Je.

martes, abril 12, 2005

Respuesta

En un post reciente, el Maese Ivanovish fija su postura frente al desafuero. Hay varios puntos en su texto con los que inevitablemente estoy de acuerdo. Con otros no. Por ejemplo, coincido con que la Dictadura Perfecta —Ivanovish dixit, aunque la frase fue acuñada, creo, por Vargas Llosa— que gobernó al país por más de seis décadas produjo en buena parte de la población un profundo malestar con respecto a la política. Tan profundo que raya en la apatía y el desencanto. También estoy de acuerdo en que el desafuero es un atentado contra la democracia, aún cuando creo que el Peje es un megalómano y condensa en sí lo más pacheco de una izquierda anquilosada y anacrónica [de Madrazo o de Creel prefiero no hablar, porque hoy amanecí con la úlcera bastante inquieta y no la quiero molestar de más]. Estoy de acuerdo con que el desplazamiento neoliberal de la política económica mexicana ha sido un desastre (instituciones como el BM o el FMI han reconocido que la cagaron en la implementación a ultranza del esquema neoliberal). Ni duda cabe, tampoco, que Salinas de Gortari es un tipo sumamente inteligente (Hitler, sin duda, también lo era ¿no? Lo importante es ver en qué se aplica la inteligencia). En fin, el Maese Ivanovish resume y fija en tres puntos y una posdata su postura, los cuales cito in extenso:


1.- Que Síi, el Pejelagarto fue movido de la carrera por la presidencia porque así le conviene al grupo de CSG, hoy por hoy el grupo más poderoso política y económicamente de México. Y al mismo tiempo decir que nadie puede estar por encima de la Ley. AMLO, en su enorme soberbia, cometió el error de darles un motivo para poderle jugar una marranada como esta. La política no perdona y si te puede chingar, te chinga! Y más cuando todo lo maneja don Carlitos, ese wy nunca se anduvo con mamadas.

2.- Que lo que Rencoria llama en su post incipiente “democracia” (si, con comillas) no es nada mas que los intentos de una sociedad civil que permaneció dormida por mas de 60 años y que de pronto despierta hasta cierto punto (mas bien solo entreabre los ojos) para darse cuenta que la política sigue siendo la misma burra pero revolcada. Fox y sus amigos no pueden cambiar en 4, 5 o 6 años lo que se fraguó por más de 60. Menos aun cuando al final de cuentas sabemos que los actores manejando la política tras bambalinas siguen siendo los mismos.

3.- No, la izquierda no gana elecciones (tampoco la extrema derecha). La izquierda gana revoluciones. El PRD, a fin de cuentas un partido creado de los reproches del PRI, me parece un partido que enarbola la bandera izquierdista por necesidad. Ni ellos mismos acaban de creérsela y poco a poco se acercan al punto medio politico sacrificando ideales con el fin de de ganar gubernaturas. La presidencia del Pejelagarto en el 2006, necesaria para que se consolide el Bloque Rojo (del que hablaba el Maesse Rencoria) necesitaría de un pueblo desnutrido, mal atendido y que halla sufrido por larguísimos años de un gobierno que los trate pinchurrientamente. ¿Qué así es como esta México? Si, pero nos falta la conciencia cívica para poder hacer algo.

Termino con la frase que alguna vez leí en alguna parte y que siempre me ha hecho reflexionar en demasía: Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Ps. Y he aquí mi formación financiera que sale a relucir para aclarar algo: No se confunda Maesse Rencoria, Los movimientos Financieros en la Bolsa de Valores y en los indicadores macroeconómicos la mayoría de las veces están condicionados por determinantes financieros como vencimientos de deudas, tiempos bursátiles y obligaciones económicas, tanto como gubernamentales como de empresa privada, que con política mexicana



Yo diría, con respecto al punto uno: de acuerdo. Pero antes de emitir un juicio con respecto a si fue un error por parte del Peje, me parece prudente esperar hasta que el asunto termine. Porque desde mi perspectiva, lo de AMLO va más allá de una soberbia ciega: puede constituir una estrategia de capitalización de la situación al punto de que, creo, se le estaría entregando la presidencia en bandeja de plata. No creo que AMLO esté a la altura de Muñoz Ledo en tanto estadista (pero quizá sí en tanto megalómano), pero de que es un gran estadista, lo es. Ni duda cabe. Habría que esperar a ver si verdaderamente lo eliminan del escenario electorero del 2006. En lo que refiere al punto dos: me parece que hablar de la “sociedad civil” constituye un mito, en el sentido en el que lo plantea Barthes. Hardt y Negri se refieren a ello como una lucha entre Imperio y Multitud. Los libritos de estos señores han vendido horrores. Gente que admiro dice que reescribieron el manifiesto comunista y lo actualizaron. Vamos, no se puede ser tan ingenuo como los mencionados autores. La sociedad civil como tal, como un “en sí” kantiano, no existe. Por supuesto que hay espectros que recorren el mundo. Pero así, en plural. Con la idea de “incipiente democracia” no me refiero a los estertores de la sociedad civil. Aludo a la bizarra convivencia de un régimen autoritario que no acaba de desaparecer, y un régimen democrático [más allá de lo formal], el cual, cada vez más, se ve como un horizonte lejano. En lo que hace al punto tres: el Maese Ivanovish se refiere al punto medio de la política con cierto desdén. Yo al contrario. A mí me parece que este país necesita un gobierno social demócrata. Ni el Peje, ni Creel ni Madrazo constituyen una oferta política adecuada para las demandas actuales. En el escenario político no alcanzo a ver a nadie que verdaderamente sea el o la candidata que requiere el país. Finalmente, en lo que refiere a la posdata dirigida a mí, le pregunto, Maese Ivanovish: ¿Acaso no resulta un tanto ingenuo pensar que el campo político y el campo económico están desvinculados? ¿Verdaderamente la pretendida autonomía de ambas esferas es algo más que un mito de la modernidad? Sin duda los factores que usted menciona inciden en la determinación de los indicadores económicos. Pero el más grande error de los economistas ha sido pensar en la esfera económica como un ente con existencia y reglas propias. Dicha esfera está constituida por personas de carnita y hueso que son las que toman las decisiones con base en los “entornos políticos”. Si no, ¿por qué existen denominadores tales como los del riesgo-país? Buena parte de los determinates de dicho indicador son políticos y juegan un papel crucial en la inversión extranjera directa. Hablamos, pues, de economía política. Basta recordar, estimado maese Ivanovish, que en los tres o cuatro días previos al desafuero, la Bolsa Mexicana acumuló una pérdida/caída de más o menos el 12 %. Las cifras para hacer el cálculo están disponibles por todas partes. El rastro de las decisiones políticas que hay detrás es más difícil de trazar, pero no imposible. La tendencia a la alza sólo se dio justo después de que el Peje llamara a la resistencia pacífica, en pleno zócalo defeño. Sé que no hay ninguna certeza con respecto a la manera en que lo económico y lo político se relacionan (i. e. no existe una ecuación que devele a ciencia cierta las causalidades recíprocas entre ambas esferas). Habría qué hacer un análisis multivariado y ponderar el peso de cada uno de los factores que usted menciona, pero a mí me da hueva. Lo que es cierto es que decir que los mercados financieros son independientes de lo que ocurra en el campo político formalmente instituido, pues…

domingo, abril 10, 2005

Ah que la...

Recuerdo la primera vez que experimenté Mullholland Drive, de David Lynch (iba decir “vi”, pero la neta, las pelis de Lynch se vi-ven). Luego de que finalizó la película me quedé con una terrible sensación de angustia —casi miedo—, a la par de una enorme fascinación. No podía explicar exactamente qué era lo que me había provocado tal sentimiento. Tal vez la forma narrativa, un tanto onírica y fragmentaria, tuviese mucho qué ver. En dicho filme nada es lo que parece: la inocencia se mezcla de manera esquizofrénica con la decadencia; lo absurdo y lo real conviven sin mayor problema. En última instancia, hay «algo ahí» que se siente pero que es imposible expresar con palabras. Ahora, percibo que el panorama nacional presenta características muy similares a un filme de Lynch. En este sentido, quizá una inesperada herramienta para entender la Libertad de Nahum Acosta y el [casi seguro] encarcelamiento de López Obrador se encuentra en la bizarra lógica que subyace al desarrollo de los sueños. Freud ha señalado al respecto que en los sueños —aún las más crueles pesadillas— opera una especie de enmascaramiento: representan la realización o el incumplimiento de un deseo [reprimido] por parte de quien sueña. Esta especie de “deformación onírica” —como (creo) que la llama el mencionado autor— distorsiona lo soñado [lo censura], haciéndolo aparecer como un conjunto de imágenes sin sentido, accesibles sólo a través del análisis y la interpretación. Si esto que ocurre en el país es un sueño mío, me cae que oculta una excelente tendencia masoquista de mi parte: al mismo tiempo que se me enrojece la cara de vergüenza por la libertad de Acosta Lugo, veo fascinado cómo Nahum dice que lo que le hicieron es una vergüenza para el país y que por ende piensa demandar a la PGR; al mismo tiempo que observo la terrible Caída de nuestra incipiente democracia, escucho a Fox decir que la liberación de Acosta Lugo pone de relieve la autonomía del poder judicial. ¿Y el miedo Sr. Presidente? ¿Qué no alcanza a ver que la liberación de Nahum Acosta no es otra cosa que un síntoma del miedo a las consecuencias, a las vendettas, a las venganzas narqueriles? No cabe duda: varios espectros rondan por México. Que cada quién se aferre al suyo… Je, je. Pareciera que esto es el colmo. Pero no. Quienes saben, dicen que lo peor está por venir.

viernes, abril 08, 2005

Ani-versario

Pues con la novedad que este blog cumplió un año de existencia. Lo han visitado poco más de nueve mil personas en ese lapso. Sé que eso es una baba de perico para muchos bloggers que tienen esa cantidad de hits en un día. ¿Y? Si alguien me hubiera dicho que si abría un blog lo visitarían nueve mil personas en un año, lo hubiera escupido por exagerado. Sé que yo soy el más asiduo visitante de mi blog, sé que mucha de la gente que entra aquí no se toma la molestia de leer. Pero también sé que hay algunas y algunos que sí lo hacen, e incluso me dejan comentarios. !Comentarios¡ La neta qué chido. Como en los premios de la academia, pensé en hacer una lista enorme agradeciendo a toda la raza que me ha visitado. Pero ya la tengo, aquí a un ladito, en los links. La neta: un CHINGO de gracias. He notado que varios blogs se van muriendo con el tiempo. Si bien el mío no lo actualizo con la frecuencia que me gustaría, todavía me provoca el deseo de escribir. En fin, feliz cumpleaños, querido blog. Je je. Ánimo...

jueves, abril 07, 2005

Chale...

Sin duda, la efervescencia política en México es mayúscula en estos días. El sainete del desafuero le está generando, desde ya, altos costos al país. Basta mirar las cifras de la inversión extranjera directa o el movimiento de la Bolsa de Valores para darse cuenta de ello. Pero más que eso: esta guerra entre espartanos y atenienses deslegitima las instituciones y erosiona la ya de por sí mínima confianza que el ciudadano común tiene con respecto a lo político. El rumbo del país y su recién estrenada “democracia” (así, entre comillas) están en juego, mientras que un montón de las y los mexicanos se preocupan más por el espectáculo en que se ha convertido el entierro del Papa. Hasta Fox, quien, como buena avestruz, prefiere ir a esconder la cabeza al Vaticano. ¿Será entonces que lo mejor es imitar al presidente y apocarse? Y ya ni como irse de ilegal a los Estados Unidos, con eso de la cacería de mojados. Chale. Tal como van las cosas, parece que nos vamos a quedar sin país. ¿Habrá que ir solicitando la ciudadanía canadiense? ¿Será mejor hacerse de la vista gorda y esperar, como siempre, a que todo pase? ¿O tal vez agarrar a la política por el pescuezo y escupirle en el rostro nuestro desencanto?

lunes, abril 04, 2005

Minifix

...y en el fondo de la bolsa había una cabeza de mujer.

sábado, abril 02, 2005

Redundando en lo obvio

En otros textos he planteado la hipótesis de que existen instancias analíticas que no son ni espacio público ni espacio privado, sino una especie de vasos comunicantes entre ambos extremos. Aún cuando la parcelación que delimita y separa lo público de lo privado sigue teniendo vigencia, considero que acercarse a esas otras instancias resulta crucial para entender esta [¿nuestra?] época Post-panóptica, como la ha definido Bauman. Los casos de Terry Schiavo y el Juan Pablo II son claros ejemplos de lo anterior: ¿acaso hay algo más privado e íntimo que la propia muerte? Creo que no. Sin embargo, estas muertes se han convertido, sin duda, en parte del dominio público, aunque sin ser públicas totalmente. ¿Acaso no nos queda velado el verdadero momento de la muerte del Papa? ¿Acaso fuimos testigos de las declaraciones de Schiavo pidiendo su muerte o deseando seguir viva? ¿Acaso no estamos atentos al momento en el que las luces del cuarto del Papa se apaguen para declarar su muerte? ¿Acaso Schiavo no estaba desde ya como muerta en vida? Queda mostrado, pues, que lo privado pasa a ser parte constitutiva de lo público. En este sentido, he señalado en otras partes, a manera de hipótesis, que la subjetividad se politiza. Ahora no me queda duda. Faltaría, en este caso, analizar lo que ocurre a la inversa, es decir, que lo político se subjetivo [lo político entendido en un sentido amplio, como ámbito de indecibilidad]. ¿Cómo hacerlo? Tomando los casos ya señalados del Papa y Schiavo. Habría que indagar, pues, cómo se viven y experiencian/experimentan esas realidades por los sujetos/actores. Es decir, averiguando las maneras en las que [de modo recursivo] lo privado y lo público se retroalimentan. Situando esta discusión en un nivel de mayor abstracción, al desdibujarse las fronteras entre lo público y lo privado estaríamos frente al derrumbe de los asideros fundacionales que da(ba)n sentido al mundo. El tema no es menor y se abre casi al infinito. ¿Horror vacui? ¿1984? ¿Profundas transformaciones de la intimidad? ¿Identidad como centro o sujetos descentrados de sí mismos? Acudo de nuevo a la ya famosa frase (y repetida aquí hasta el cansancio): “Welcome to the desert of the real”.

viernes, abril 01, 2005

Descubrimiento (duh)...

Lo que queda tras el irremediable fracaso del proyecto emancipatorio de la modernidad es una constante incertidumbre existencial. Ante la insuficiencia de las instituciones modernas, toda noción de orden se hace añicos. El cadaver de dios aún estaba tibio cuando la Razón ocupó el trono. Hoy que la Razón se ha deconstruido a sí misma ¿quién ocupará la silla que ha quedado vacía? Las consecuencias de este tremendo vacío no son menores. En el campo político, por ejemplo, la esfera pública se privatiza (y se mediatiza): el compromiso social es efímero, momentáneo y espurio. El pragmatismo individualista se convierte en rey. Ello redunda en (y es consecuencia de) una especie de inseguridad ontológica que sitúa al (des)sujeto ante un situación descentrada, placenteramente perturbadora, en la que "todo se vale". Nuestro país es un claro laboratorio donde se experimenta con las tensiones entre tradición y (post)modernidad. Entre una grey católica y guadalupana que sufre por la agonía del Papa, y la vuelta del díazordacismo que se avecina, entre un régimen democrático que no termina de cuajar, y un autoritarismo que no acaba de desaparecer, parece que hoy (hoy, hoy) nos debatimos, pues, entre la solidaridad y la indiferencia.
PD
I have chosen the later...