En un texto titulado Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (Amorrortu, 1995) Habermas trata de dilucidar un concepto de crisis acorde con las ciencias sociales. Haciendo una terrible simplificación, puede decirse que el mencionado autor plantea que las crisis surgen cuando las estructuras de un sistema se cimbran. Pero eso no es todo. Las crisis devienen, sobre todo, cuando los miembros de la sociedad experimentan que los cambios de estructura resultan críticos, y sienten con ello amenazada su «identidad social» —Habermas dixit, whatever identidad social means— . Aunque me gustaría extenderme más sobre esto, no quiero aburrirlos tanto. Más bien, lo que intento decir es que lo anterior indica que los estados de crisis se presentan, en última instancia, como una desintegración de las instituciones sociales. Sounds familiar ¿no? Desde mi punto de vista, el tan llevado y traído pueblo mexicano está, señoras y señores, en medio de una crisis política y de legitimidad marca diablo. Veamos por qué.
Desde que era secretario particular de Fox, el sonorense Alfonso Durazo se fue convirtiendo, poco a poco, en uno de los hombres más fuertes del régimen de la «alternancia». Durante su desempeño como vocero presidencial él era el puente entre el [pseudo] cuarto poder y la presidencia: todo mensaje pasaba por su escritorio. Durazo también estaba en relación directa con todos los departamentos de comunicación social (pertenecientes al sistema presidencial) a lo largo y ancho del país. Pudiera pensarse que fue un hombre de bajo perfil… Hasta ahora, que con su subversiva y subrepticia renuncia puso a temblar a la oligarquía foxista, cimbrando con ello los mismos cimientos del sistema. Si uno lee detenidamente la extensa carta de renuncia de Durazo podría darse cuenta de una serie de elementos y claves para entender la crisis por la que atraviesa la política en estos días. No obstante, desde el presichente para abajo, buena parte de los panistas dicen que el país no está en crisis. Por ejemplo, Luis Felipe Bravo Mena opinaba que "los señalamientos del ahora ex funcionario tampoco constituyen ninguna crisis de gobierno ni de gabinete, porque se trabaja con normalidad y cierre de filas en torno al Ejecutivo federal". Parece que ya se les olvidó que hace quince días más de medio millón de mexicanos salieron a las calles a meterles el dedo en la llaga. Aunado a ello, las reacciones en la cúpula panista a la renuncia de Durazo son indicadoras, también, de una situación bastante crítica: ¿acaso los silencios, monosílabos y evasivas de Martita con respecto a la renunzia de Durazo no noz dizen muchízimo? Hay que poner de relieve que el que calla otorga ¿Qué de verdad las descalificaciones que de ello hacen Zapata Perogordo y/o Molinar Horcasitas nos muestran una maquinaria bien lubricada y en funcionamiento normal, y no un organismo enfermo de falta de legitimidad? ¿Acaso la necesidad de «cerrar filas» con respecto al gobierno federal no es un movimiento luceresco tendiente a «defender lo indefendible» con respecto a una de las principales instituciones en nuestro país?. Si yo fuera presidente, no tomaría tan a la ligera ni rechazaría la idea de que estamos atravesando una crisis política. La experiencia nos dice que cuando un presidente dice que todo va bien, entonces hay que ponerse a rezar. Además, si se está de acuerdo con Habermas, en la medida en que yo [y otros] estemos siendo afectados por el movimiento en las estructuras y experimentemos como crítico lo que sucede en la esfera pública pues, ni modo, estamos en crisis [no se a ustedes, pero a mí el desencanto se me sale hasta por los poros y cada vez me dan menos ganas de ir a votar]
En fin, más que hacer patente lo evidente (la institucionalización de la crisis y la crisis de las instituciones), lo que quería decir es que hay que tener en cuenta que la renuncia de Durazo no es más que uno de los síntomas de la terrible enfermedad del régimen actual (no quiero ni pensar en lo catastrófico de un regreso del PRI a la presidencia, ni en las consecuencias de un posible presidente cuyas ideas son las de una izquierda demodée, esclerotizada y rancia). Los orígenes de la crisis en la que está sumido el país se remontan más atrás. Quizá puedan rastrearse hasta la misma revolución de principios del siglo pasado. Lo que es innegable es que, uno de los antecedentes más recientes de dicha crisis radica en que, a poco menos de cuatro años del foxicambio, hemos sido testigos de por lo menos quince renuncias/bajas/deserciones en el primer círculo de nuestro rancherescamente querido mandatario (i. e. Felipe Calderón, Francisco Barrio, María Teresa Herrera, Carlos Flores, Aguilar Zínser, etc.). El que tenga ojos que vea: la renuncia de Durazo constituye sólo la caída de uno de los naipes del frágil castillito construido con el voto útil, el 2 de julio del 2000. Dicho castillito parece que se va desmoronando lentamente. Recuerdo que en aquél año entregué un breve pienso para aprobar una materia de enfoques avanzados de política [por cierto que fui muy criticado] mientras cursaba una maestría por allá por el norte. En dicho pienso señalaba que, en aquellos días era «…posible observar un momento coyuntural que obliga[ba] a pensar en la posibilidad de trascender el autismo en el que ha[bía] caído la conversación entre el Estado y la Sociedad, y reavivar los canales de comunicación entre ambos. ¿Será entonces el proceso electoral del dos de julio un ejercicio que refleje las actitudes y capacidades necesarias para desatar el nudo gordiano de la transición mexicana hacia la democracia? —me preguntaba— ¿Se avanzarán algunos pasos en la dirección hacia un México realmente democrático? ¿O al final del día nos habremos dado cuenta de que fue tan sólo una enorme y cruel pantomima?» Ja. Hoy creo saber la respuesta a mis interrogantes. ¿Ustedes no?
miércoles, julio 07, 2004
martes, junio 29, 2004
Sobre la Marcha
Sin precedentes, me parece, la «Marcha del Silencio» realizada el domingo pasado: más de medio millón de personas, en distintas ciudades del país, salieron a manifestarse contra el gravísimo problema de la inseguridad que tiene de rehén a nuestro país [por el momento no quiero decir nada acerca de lo que indica, en términos de cultura política, un contingente de 250 mil en el DF, y 10 mil en Tijuana, comparado con los poco más de seiscientos tapatíos y tapatías que desfilaron por céntricas calles de nuestra bella y húmeda ciudad]. Creo que sólo la selección mexicana pasando a semifinales en un mundial tendría un carácter tan universal y vinculante. En este sentido, se pone de relieve la incuestionable legitimidad de los motivos que dieron origen a una movilización de tal magnitud. Sin embargo, considero necesario hacer un par de matices con respecto a la polarización de opiniones que ello ha ocasionado.
En primer lugar, resulta difícil creer la teoría de la «mano negra». Aclaro que me considero una persona más de izquierdas, y mis simpatías electorales tienden hacia ese lado. Sin embargo, la lectura descalificadora que hace López Obrador con respecto a la marcha refleja la paranoia y la cerrazón propias de una izquierda anquilosada incapaz de modificar sus esquemas y discursos. Quizá sea cierto que el contingente que desfiló el domingo no sea el más plural ni el más diverso o representativo de la población mexicana. Pero ello no le resta legitimidad ni a la movilización en sí, ni a las motivaciones que la sustentan. ¿Acaso porque el contingente estaba compuesto más por profesionistas y gente de clase media y menos por campesinos con machete y obreros con overol, una marcha se torna en un evento «manipulado y amarillista»? No lo creo. Considero casi imposible que la «mara salva yunque» —Monsiváis dixit— tenga un poder de convocatoria así de fuerte. "Sigo pensando que hubo mano negra o mano blanca, no lo sé" —insiste en afirmar AMLO—. En fin, la imagen de un Maquiavelo de ultraderecha aconsejando a la sociedad civil mexicana resulta un tanto ingenua hasta para un neófito como yo, que de política sabe lo mismo que de esloveno.
En segundo lugar está el otro extremo: el de quienes plantean que la Marcha del Silencio representa un avance democrático para nuestro país. Eso es una de las peores sandeces que he escuchado en los últimos días (y vaya que he escuchado muchas). Una movilización social de una magnitud como la que tuvimos oportunidad de presenciar este domingo representa precisamente lo contrario: una situación crítica de la relación entre gobierno y gobernados. Un avance democrático sería la creación de espacios de deliberación en los que las voces demandantes del ciudadano X o promedio fueran escuchadas. Un avance democrático radicaría en que se abrieran los canales de participación ciudadana en ejercicios que trasciendan a la mera coyuntura electoral—electorera. Un avance democrático sería el análisis concienzudo de las reformas integrales necesarias para el país. Un avance democrático estaría reflejado en un sistema parlamentario que de verdad se ponga a trabajar. Un avance democrático implicaría una mejor y más eficiente institucionalidad (menos burocracia y más gobierno). En fin, no seamos ingenuos: que no nos vendan la baratísima idea de que la marcha es un avance democrático porque representa más bien lo contrario. La Marcha constituye un Ya Basta enérgico de parte de un sector de la ciudadanía, y nada más. Que los gobernantes le den gracias a Aristóteles, a Platón, o a dios de que la marcha no tuvo expresiones violentas, que si no.
Finalmente, hay que interrogarse sobre lo que va a suceder el día después de la marcha. Hay que recordar que la gran apuesta de la política es a la memoria cortoplacista de la sociedad. Al fin y al cabo, terminando el sexenio todo se olvida. Desde nuestro querido presidente y hacia abajo en la autocracia gubernamental, todos (salvo AMLO y unos cuantos) han adoptado una actitud muy similar a la de Mafalda cuando hacía sus típicos llamamientos al desarme y a la paz mundial: igualito que la UN y el Papa, ella quedaba bien. Quiero decir con ello que desde la política se ve bien la congratulación con respecto a la participación, como lo hizo Vicente Fox, quien afirmó que "es urgente acabar con la inseguridad y que las leyes castiguen efectivamente a los delincuentes". Ja. ¿De verdad? Parafraseando a uno de mis idolitos (S. Zizek), creo, en última instancia, que la sociedad civil no debe ceder: más bien, debe preservar las huellas de todos los «traumas, sueños y catástrofes históricas» de los cuales el pensamiento dominante del «fin de la historia» quisiera deshacerse. Así, más que encerrarse en un «enamoramiento nostálgico del pasado», podríamos decir que la democracia constituye una vía posible para tomar distancia sobre el presente, una distancia que nos permita comprender los «signos de lo Nuevo» —Zizek dixit—. La potencia de la idea de una democracia deliberativa radica en que abren un espacio para la auto–reflexión y la crítica sistemática y fundamentada. Ello, creemos, incidiría en el urgente re–planteamiento de la relación entre Estado y Sociedad. Sociedad así, con mayúscula.
En primer lugar, resulta difícil creer la teoría de la «mano negra». Aclaro que me considero una persona más de izquierdas, y mis simpatías electorales tienden hacia ese lado. Sin embargo, la lectura descalificadora que hace López Obrador con respecto a la marcha refleja la paranoia y la cerrazón propias de una izquierda anquilosada incapaz de modificar sus esquemas y discursos. Quizá sea cierto que el contingente que desfiló el domingo no sea el más plural ni el más diverso o representativo de la población mexicana. Pero ello no le resta legitimidad ni a la movilización en sí, ni a las motivaciones que la sustentan. ¿Acaso porque el contingente estaba compuesto más por profesionistas y gente de clase media y menos por campesinos con machete y obreros con overol, una marcha se torna en un evento «manipulado y amarillista»? No lo creo. Considero casi imposible que la «mara salva yunque» —Monsiváis dixit— tenga un poder de convocatoria así de fuerte. "Sigo pensando que hubo mano negra o mano blanca, no lo sé" —insiste en afirmar AMLO—. En fin, la imagen de un Maquiavelo de ultraderecha aconsejando a la sociedad civil mexicana resulta un tanto ingenua hasta para un neófito como yo, que de política sabe lo mismo que de esloveno.
En segundo lugar está el otro extremo: el de quienes plantean que la Marcha del Silencio representa un avance democrático para nuestro país. Eso es una de las peores sandeces que he escuchado en los últimos días (y vaya que he escuchado muchas). Una movilización social de una magnitud como la que tuvimos oportunidad de presenciar este domingo representa precisamente lo contrario: una situación crítica de la relación entre gobierno y gobernados. Un avance democrático sería la creación de espacios de deliberación en los que las voces demandantes del ciudadano X o promedio fueran escuchadas. Un avance democrático radicaría en que se abrieran los canales de participación ciudadana en ejercicios que trasciendan a la mera coyuntura electoral—electorera. Un avance democrático sería el análisis concienzudo de las reformas integrales necesarias para el país. Un avance democrático estaría reflejado en un sistema parlamentario que de verdad se ponga a trabajar. Un avance democrático implicaría una mejor y más eficiente institucionalidad (menos burocracia y más gobierno). En fin, no seamos ingenuos: que no nos vendan la baratísima idea de que la marcha es un avance democrático porque representa más bien lo contrario. La Marcha constituye un Ya Basta enérgico de parte de un sector de la ciudadanía, y nada más. Que los gobernantes le den gracias a Aristóteles, a Platón, o a dios de que la marcha no tuvo expresiones violentas, que si no.
Finalmente, hay que interrogarse sobre lo que va a suceder el día después de la marcha. Hay que recordar que la gran apuesta de la política es a la memoria cortoplacista de la sociedad. Al fin y al cabo, terminando el sexenio todo se olvida. Desde nuestro querido presidente y hacia abajo en la autocracia gubernamental, todos (salvo AMLO y unos cuantos) han adoptado una actitud muy similar a la de Mafalda cuando hacía sus típicos llamamientos al desarme y a la paz mundial: igualito que la UN y el Papa, ella quedaba bien. Quiero decir con ello que desde la política se ve bien la congratulación con respecto a la participación, como lo hizo Vicente Fox, quien afirmó que "es urgente acabar con la inseguridad y que las leyes castiguen efectivamente a los delincuentes". Ja. ¿De verdad? Parafraseando a uno de mis idolitos (S. Zizek), creo, en última instancia, que la sociedad civil no debe ceder: más bien, debe preservar las huellas de todos los «traumas, sueños y catástrofes históricas» de los cuales el pensamiento dominante del «fin de la historia» quisiera deshacerse. Así, más que encerrarse en un «enamoramiento nostálgico del pasado», podríamos decir que la democracia constituye una vía posible para tomar distancia sobre el presente, una distancia que nos permita comprender los «signos de lo Nuevo» —Zizek dixit—. La potencia de la idea de una democracia deliberativa radica en que abren un espacio para la auto–reflexión y la crítica sistemática y fundamentada. Ello, creemos, incidiría en el urgente re–planteamiento de la relación entre Estado y Sociedad. Sociedad así, con mayúscula.
domingo, junio 27, 2004
Máxima Tapatía...
Seguro se la escuché a Casiopea, a Sísifo o a Goyas, pero me la apropio con premeditación, alevosía y ventaja
"A todo «¿edá?» corresponde su «'ey»...
"A todo «¿edá?» corresponde su «'ey»...
miércoles, junio 23, 2004
No estaba muerto...
Tampoco andaba de parranda. De vacaciones menos. No había «posteado» (qué lenguaje, qué impudor) porque me llegó de lleno el final de semestre, y se me atoraron unos ensayos (los cuales, por cierto, todavía no logro desatorar). A lo que me he dedicado estos días, pero sobre todo estas noches, es a tratar de estructurar un anteproyecto de tesis. Dicho proyecto se titula "Y sin embargo se mueve. Jóvenes y cultura política en Guadalajara". Si alguien está interesado, el archivo zip esta en
http://rencoria.topcities.com/APDT.zip
Hay que cortar y pegar la dirección anterior en la casilla correspondiente. Luego del consabido enter, el archivito comienza a bajarse.
PD1
Pronto salgo de vacaciones, así es que no tendré otra cosa qué hacer mas que escribir, ja.
PD2
Un comentario (el único) hecho al texto "Payasadas" dice:
"Solo tengo algo que decir: La Yume Num Tox Muk Il In Tial...".
Yo tambien digo lo mismo: La Yume nun t'ox muk il in tial. Gracias por el mantra-comentario, aunque si he de ser sincero, pues me dejó patinando. ¿fuiste tu, querido hermano, o hay algún zuyua perdido por estos blogs?
Rencoria
http://rencoria.topcities.com/APDT.zip
Hay que cortar y pegar la dirección anterior en la casilla correspondiente. Luego del consabido enter, el archivito comienza a bajarse.
PD1
Pronto salgo de vacaciones, así es que no tendré otra cosa qué hacer mas que escribir, ja.
PD2
Un comentario (el único) hecho al texto "Payasadas" dice:
"Solo tengo algo que decir: La Yume Num Tox Muk Il In Tial...".
Yo tambien digo lo mismo: La Yume nun t'ox muk il in tial. Gracias por el mantra-comentario, aunque si he de ser sincero, pues me dejó patinando. ¿fuiste tu, querido hermano, o hay algún zuyua perdido por estos blogs?
Rencoria
miércoles, junio 16, 2004
Payasadas
Este relato fue inspirado tanto por la segunda parte de un librito titulado Los animales que imaginamos, de Luis Chaves, como por los cuadros ochenteramente kistch de payasos tristes que se encuentra uno casi en todos los tianguis...
Este es el final del último acto. En el ambiente todavía reverbera el eco de los pocos aplausos y los muchos lugares vacíos, mientras aquel payaso, desde un rincón situado en el fondo, observa cómo el circo se desangra lentamente por la herida del hocico sur. Fila a fila salen los padres que toman de la mano a sus hijos y a sus esposas, regresando con paso cansino a aquella realidad nocturna de calles polvorientas, de lámparas inservibles y de calor húmedo y pegajoso que hacen aún más evidente lo obvio: al igual que nuestro circo, este pueblo está herido de muerte. Este nuestro enorme animal de rayas azules y blancas se llena poco a poco de vacío, las luces se apagan y entra en escena un interminable silencio. En el corral del fondo apenas y se mueven un león casi moribundo y una cebra a la que la sarna le ha borrado el orgullo, ambos humillados al grado de compartir la misma jaula. Tras haber sido testigo del total vaciamiento de la platea, metáfora inútil de su propia soledad, el viejo payaso se larga hacia los camerinos. El circo muere: la mujer barbuda se está quedando calva, y al enano le ha dado por crecer. La esclerosis ha hecho presa de los trapecistas, y no queda ya nada que pueda hacerse. Todo huele a rancio, a animales apretujados y a serrín y orines.
Frente a un espejo enmarcado por varias bombillas, de las cuales ya sólo funcionan dos, el payaso se despoja de su nariz ruidosamente roja. Al tiempo que se despinta las antiguas alegrías, en el espejo aparece un rostro demacrado que apenas le es familiar. «Hoy es el último acto», piensa, «el circo se muere». Pasa su mano enguantada por el reflejo, casi como para comprobar que el tiempo no cura nada, que la baba del tiempo nos reblandece hasta dejarnos huecos y olvidados, llenos sólo de experiencias inservibles cuando no queda otra salida más que el llanto. La mano del payaso se detiene en cada arruga, en cada signo de abandono y debilidad mostrado por el reflejo. Hace un esfuerzo para que no se le escape la última nostalgia por los ojos, y se siente tan patético que ríe un poco: al fin y al cabo sigue siendo un payaso. De nuevo mira aquel rostro que no le dice nada. Se levanta despacio pero decidido, y con graciosos pasos de zapatos gigantescos camina hasta llegar al centro de la pista. El payaso imagina que el reflector se enciende, y en el centro del haz de luz hay una solitaria silla que para él condensa el poco asombro que producen los camellos, o la pena que dan las famélicas yeguas montadas por acróbatas que apenas llenan sus minúsculos trajes escarlata. Piensa en su extraviada capacidad para hacer reír, en las miradas serias de los niños que no entienden por qué, en última instancia, llora el payaso.
Con el rostro adusto, libre de toda máscara, y cargando una inenarrable pesadez sobre los hombros, el payaso se trepa a la silla e imagina o intuye el redoblar de un tambor. Luego se hace el silencio. El inexistente público contiene la respiración, y todos sienten el vértigo del asombro en sus estómagos. Éste es el último acto y requiere de la mayor concentración posible. El payaso alza la vista al cielo y de pronto tanta amargura tiene sentido, porque hay en esa situación, en ese preciso momento de pies enormes y equilibrios, una especie de metafísica, de ritual de paso, de puertas que se abren, como si aquel estar de pie sobre la silla condujera a otro lugar menos desolado, a un estado de paz y tranquilidad que ahora parecían tan lejanas, como si tomar la soga que se cuelga del techo fuese un anclaje, un tirar las amarras, como si anudársela alrededor del cuello fuera la constatación de un (re)encuentro con lo perdido, como asistir a un funeral (el propio)que termina en grandes estallidos y carcajadas. Casi se escucha un nuevo redoble del tambor que acompaña a aquel enorme zapato cuando se sitúa en la parte alta de la silla. El redoble termina justo cuando la silla cae al suelo, y todo es como en cámara lenta. Se levanta un poco de polvo que le da cierta corporeidad al haz del reflector, casi como una nube, como un telón que anuncia la cercanía del fin. En el estrado resuenan todos los aplausos de los ausentes, se escuchan gritos y risas desde la oscuridad de la platea, mientras las piernas del payaso se agitan con violencia. Es tan cómico. Luego todo se vuelve como un péndulo gigante hasta que aquel cuerpo encuentra la quietud de la vertical total. Suena una música de volantín, y este es el final del último acto.
martes, junio 15, 2004
In extremas res
…ya sólo faltaba ocuparse de Lidia.
Eran poco antes de las doce de la noche cuando Emiliano se apeó del coche de alquiler. Abrió la barandilla del cancel que amurallaba simbólicamente aquella casa y anduvo tres pasos, deteniéndose frente a la enigmática y ennegrecida puerta de roble. A sus espaldas, el cielo se cerraba cada vez más oscuro e imponente, envolviéndolo en un místico e inmenso manto de lobreguez. No había luna ni estrellas, ya que ambas, tímidas –asustadas sería quizá el término correcto– se hallaban ocultas detrás de un descomunal y grisáceo conjunto de nubarrones, como si supieran de antemano lo que sucedería minutos después.
No obstante que él había atravesado a diario por aquel portal los últimos seis años de su vida, se sintió como si ésta fuera la primera vez que ponía los pies ahí. Todo le parecía extraño, lejano y ajeno. Incluso él se sentía otra persona; era como estar ausente de sí mismo se decía medio en serio, medio en broma. «Siento que no siento; es más, creo que he muerto» comenzó a tararear una canción que había compuesto un amigo suyo hacía ya algunos años.
De pronto, un lejano relámpago le recordó que la lluvia y el frío se cernían sobre él, inmisericordes, y lo devolvió a la realidad, ya que su cuerpo experimentó un movimiento fugaz, como un ligero estremecimiento que le recorrió varias veces la espina dorsal. El impulso involuntario hizo que su sombra –dibujada vagamente en el piso debido a la trémula luz que emitía el farol colgado en el dintel de la puerta– cambiara de forma varias veces en cuestión de segundos, asemejándose en ocasiones a la silueta de un ser toscamente encorvado; mientras que en otras hacía pensar en las alas rotas de un ángel sombrío y renegado que se arrastraba por el piso.
La oscuridad que reinaba en el entorno acentuaba las ojeras del –ya de por sí– anguloso y demacrado rostro de Emiliano. Esto le daba un aspecto aún más tétrico al conjunto: un cuerpo huesudo y desgarbado, con el agua de la lluvia calándole hasta el alma; una cara larga, sumamente pálida e irregular debido al mentón enorme y partido en dos que coronaba la parte inferior de su rostro; y para colmo, el cabello largo, hirsuto y desordenado no parecía obedecerlo nunca. Definitivamente su faz era el marco adecuado para aquellos ojos marrones, estáticos, hundidos en la profundidad de unas cuencas casi vacías.
Con un movimiento pausado de su brazo, sacó la llave del bolsillo derecho del pantalón, pero no la introdujo en la cerradura inmediatamente. Por alguna razón se detuvo a escasos milímetros del pequeño y enmohecido hueco, quedando inmóvil, como si de pronto hubiese entrado en una especie de trance o de animación suspendida. Una vocecilla se agitaba en su conciencia susurrando insistentemente: «¿De verdad eres capaz de hacerlo Emiliano?»
Sacudió un poco la cabeza intentando alejar las voces que escuchaba. Un rastro de agua resbaló lento por su rostro. La humedad que lo envolvía daba la impresión de que toda la ligera lluvia que había estado cayendo sobre la ciudad se condensaba en su cabello y en su ropa. Algunas de los cientos de gotas que temblando estilaban por la húmeda chaqueta negra parecían ser ínfimos animales capaces de oler el miedo, escurriendo en plena huida hacia el suelo e incluso más allá: hacia el infierno. ¿No sería acaso que en realidad era su conciencia la que tenía temor y se escondía farfullando entre dientes? ¿Eran acaso todas aquellas otras voces que habitaban en su cabeza, en ese mundo gris que le daba sentido a su maldita vida las que sentían que no eran capaces de terminar la obra?
Por fin Emiliano se había decidido a abrir la puerta lentamente, intentando no hacer ningún ruido. «Hola Lidia» gritó desde el quicio dirigiendo la voz hacia la estancia, en donde suponía que se encontraba su pareja, mientras se quitaba la chaqueta y sacudía las pesadas botas en el tapete que flanqueaba la entrada. Lidia era una joven delgada, alta, cuya blanca piel acentuaba sus suaves y estilizadas facciones. El pelo negro, largo, terso y ensortijado –el cual siempre trataba de mantener atado a una coleta que caía sobre su espalda– remataba su cabeza.
«Vaya, hasta que te apareces» reclamó Lidia desde la cocina dulcemente irónica, con su voz aflautada pero sin el menor dejo de enojo, mientras le arrojaba uno de los trapos con los que había estado secando la vajilla, después de haber limpiado los restos de una solitaria cena. «Vienes estilando» dijo entornando los enigmáticos ojos grisáceos. «Sécate la cabeza mientras te preparo un bocadillo». Abrió el refrigerador y sacó un trasto que contenía los vestigios de una tarta de atún y patata. «¿Cómo te fue?».
Emiliano, quien ya había llegado hasta la cocina, sin mediar palabra, se acercó hacia su mujer y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Con la espalda pegada al vientre de él, ella sonrió al sentir como detrás suyo, a la altura de sus caderas, se inflamaba un bulto duro y palpitante. Emiliano lentamente subió su mano izquierda recorriendo el vientre de Lidia, hasta alcanzar los pequeños y firmes pechos; comenzó a presionarlos con dureza. Ella dejó escapar un quedo gemido mientras cerraba los ojos y se mordía los labios. Quiso voltear la cara para besar la boca de Emiliano, pero la poderosa mano de él se lo impidió, aprisionándole el cuello con una fuerza brutal.
«¿Qué haces amor?» Regurgitó ella sorprendida, intentando desesperadamente zafarse del poderoso puño que se apretaba en torno a su garganta «!Me lastimas¡».
«Nada» musitó entre dientes Emiliano mientras rozaba apenas la nuca y el oído izquierdo de ella con sus labios. Con la mano derecha, él había cogido el enorme cuchillo que reposaba en el pretil cerca de algunos trastos. El dulce y tibio olor de Lidia le inundaba los pulmones.
Emiliano observó cómo el brillo del afilado utensilio desaparecía al hundirse con un movimiento limpio y certero en la parte posterior del cuello de Lidia. Un chorro de sangre tibia saltó hacia su cara. Él sintió cómo Lidia se deshacía en sus brazos, como si lentamente se fuese desvaneciendo quedándose dormida. Ante la imagen él no pudo evitar esbozar una sonrisa que le pareció cursi, pero la cual, al dibujarse en su rostro, tenía más la apariencia de una mueca macabra: los destellos ambarinos que a contraluz emitía la hoja de metal le recordaron a un sol agonizante, justo en el preciso momento en el que muere detrás del horizonte.
«Nada… Simplemente te olvido».
Con esta última frase, cuyo colofón es un cursor intermitente e indeciso, he decidido rematar la historia de mi caída final. Desde hace cinco días, el monitor de la máquina es la única luz que ilumina la habitación en la que me encuentro. Doblo la computadora portátil y de súbito las sombras parecen devorar la de por sí escasa luz de la estancia. No importa, ya falta poco para que amanezca. Sin embargo, mis ojos se nublan y me cuestiono acerca de la decisión de haber roto todas las lámparas de la casa. Tal vez no haya sido una buena idea. En fin, lo hecho, hecho está.
Presiono un botón del reloj en mi muñeca derecha. Una florescencia azul señala las 04:53 a.m.: la hora perfecta para quitarse las máscaras y terminar con esto. Me dejo caer pesadamente en el suelo. El vello rojizo que cubre mis brazos y la parte posterior de mi cuello se alza como si tuviera vida propia; reacciona inquieto, como un animal de rapiña. Mis manos entrelazadas a la altura de mis tobillos intentan contener el temblor de mis piernas, pero es inútil. Trato de atribuírselo al frío, a la incesante lluvia de estos últimos días, a mi espalda recargada en un rincón helado de este maloliente cuartucho. De pronto me doy cuenta que no tengo miedo. Por el contrario, pareciera como si una serenidad un tanto familiar me invadiera. De hecho es tanta calma la que me hace temblar.
El silencio y la oscuridad que inundan la habitación son tan espesos que parecen ser totalmente sólidos. Poco a poco mi respiración se normaliza y me invade el sueño. Siento como la sangre se agolpa en mis sienes, mientras mi boca se llena de una saliva espesa y amarga. No me resta mas que esperar. Aunque sé que estoy en la casa de verano de mis padres, por alguna razón todo esto me hace pensar que me encuentro dentro de un ataúd que ha sido cerrado para siempre. Ah, cuánta paz. Quisiera pensar que afuera el mundo está tan tranquilo como ahora se encuentra mi mente, pero sé que sigue siendo un caos total. Ni modo, C'est la vie y qué se le va a hacer.
A lo lejos escucho el rumor del motor de un automóvil. La constante lluvia de los días anteriores ha convertido la brecha que conduce a la casa en un lodazal, así es que el auto se va a tardar en llegar hasta aquí. Creo que tengo tiempo suficiente para preparar un café. Claro, si es que logro llegar a la maldita cocina entre tantas tinieblas.
Un par de minutos después, mientras disfruto a pequeños sorbos el líquido amargo de la humeante taza, observo por la ventana cómo aparecen los primeros rayos del sol detrás de la muralla de cerros que protege este recinto. No cabe duda que mi padre se esmeró por encontrar un lugar como este. Se siente una gran paz. No puedo evitar sonreír. He oído decir que dios actúa de maneras extrañas, o algo así. Nah, déjenme las maneras extrañas a mí. Yo no considero que los aspectos que los humanos tendemos a reprimir sean anormales o patológicos. Al contrario, creo que son los puentes inevitables que nos conectan con dimensiones de la existencia en donde podemos establecer un contacto total con el mundo material e inmaterial. Insólitas puertas del inconsciente que se abren a realidades auténticas y que hasta entonces permanecían ocultas. Por fin, en esas puertas, en esas patologías y disfuncionalidades he encontrado la calma que tanto había buscado en todos estos años. Maldito afán de buscar en los lugares equivocados. De algún modo, he logrado salir de ese laberinto confuso. Las tinieblas desaparecieron y mi visión se ha aclarado. Es como si de pronto, por alguna razón incomprensible, hubiera encontrado mis anteojos perdidos hace mucho, mucho tiempo. Todo lo que he hecho hasta ahora, esta sangre seca en mis manos y mi ropa; y ese fétido olor que repta del sótano en donde guardo mis útiles de pintura y fotografía, me indican que ha llegado el momento de contarlo todo. De no hacerlo, créanme que nunca se sabría lo que ocurrió con ellas. Pero tampoco quiero facilitarles las cosas. La única tarea que tienen ustedes es distinguir entre lo real y lo ficticio. Nada fácil.
¿Porqué hago esto? Podría decir que un crimen perfecto no es de ningún modo perfecto si no hay un público que lo disfrute. Pero afirmar eso me parecería un despliegue vulgar de exhibicionismo. Prefiero pensar que, en cierto modo, el sufrimiento ajeno nos permite poner en perspectiva nuestras propias miserias. Las pistas están en el texto; el que tenga ojos que vea.
Por ello no pretendo que a través de estas líneas confíen en mí. Tampoco quiero que sientan lástima. No pido perdón ni me arrepiento de nada. No estoy tratando de exorcizar mis demonios. No pretendo guiarlos a través de este relato. Mi interés es engañarlos. Intento perderlos en la bruma de una trama inconexa y sucia. El método es lo que menos me importa. Tampoco tengo un leitmotiv que guíe mis letras. Soy falso, intolerable e intolerante. Ustedes no me importan. Me, Myself and I es mi lema, y nada más existe. Lo que trato de lograr con esto es encontrar algo que me permita justificar un deseo innoble de traicionar el recuerdo; descorrer lentamente la cortina del inconsciente para hacer público lo privado: catarsis propia y ajena que permite desanudar la garganta frente a un mar de cuerpos sin rostro.
Escucho pasos que bordean la entrada de la casa. Son ellos… ¡Sí, son ellos! Cuando hice esa llamada sabía que tardarían lo suficiente en encontrarme como para permitir relatar lo que he hecho. Ahora todo está consignado en los doscientos folios que almacena un archivo de la fría y eficiente memoria del ordenador portátil que yace en el escritorio del piso superior. Pero, diablos, no me di cuenta cuando arribó el automóvil a las puertas de la cabaña. Ni modo, me hubiese gustado recibir a las visitas como se lo merecen. En fin, welcome to my world –pienso– take it and read it. Ah, quisiera extender este instante por siglos. Si tan sólo pudiera tener los pies de Itzel recorriendo la geografía de mi espalda. Si tan sólo se escuchara en el background la trompeta de Luois Armstrong mientras sus labios se desgarran tocando St. James Infirmary, mi felicidad sería completa.
Eran poco antes de las doce de la noche cuando Emiliano se apeó del coche de alquiler. Abrió la barandilla del cancel que amurallaba simbólicamente aquella casa y anduvo tres pasos, deteniéndose frente a la enigmática y ennegrecida puerta de roble. A sus espaldas, el cielo se cerraba cada vez más oscuro e imponente, envolviéndolo en un místico e inmenso manto de lobreguez. No había luna ni estrellas, ya que ambas, tímidas –asustadas sería quizá el término correcto– se hallaban ocultas detrás de un descomunal y grisáceo conjunto de nubarrones, como si supieran de antemano lo que sucedería minutos después.
No obstante que él había atravesado a diario por aquel portal los últimos seis años de su vida, se sintió como si ésta fuera la primera vez que ponía los pies ahí. Todo le parecía extraño, lejano y ajeno. Incluso él se sentía otra persona; era como estar ausente de sí mismo se decía medio en serio, medio en broma. «Siento que no siento; es más, creo que he muerto» comenzó a tararear una canción que había compuesto un amigo suyo hacía ya algunos años.
De pronto, un lejano relámpago le recordó que la lluvia y el frío se cernían sobre él, inmisericordes, y lo devolvió a la realidad, ya que su cuerpo experimentó un movimiento fugaz, como un ligero estremecimiento que le recorrió varias veces la espina dorsal. El impulso involuntario hizo que su sombra –dibujada vagamente en el piso debido a la trémula luz que emitía el farol colgado en el dintel de la puerta– cambiara de forma varias veces en cuestión de segundos, asemejándose en ocasiones a la silueta de un ser toscamente encorvado; mientras que en otras hacía pensar en las alas rotas de un ángel sombrío y renegado que se arrastraba por el piso.
La oscuridad que reinaba en el entorno acentuaba las ojeras del –ya de por sí– anguloso y demacrado rostro de Emiliano. Esto le daba un aspecto aún más tétrico al conjunto: un cuerpo huesudo y desgarbado, con el agua de la lluvia calándole hasta el alma; una cara larga, sumamente pálida e irregular debido al mentón enorme y partido en dos que coronaba la parte inferior de su rostro; y para colmo, el cabello largo, hirsuto y desordenado no parecía obedecerlo nunca. Definitivamente su faz era el marco adecuado para aquellos ojos marrones, estáticos, hundidos en la profundidad de unas cuencas casi vacías.
Con un movimiento pausado de su brazo, sacó la llave del bolsillo derecho del pantalón, pero no la introdujo en la cerradura inmediatamente. Por alguna razón se detuvo a escasos milímetros del pequeño y enmohecido hueco, quedando inmóvil, como si de pronto hubiese entrado en una especie de trance o de animación suspendida. Una vocecilla se agitaba en su conciencia susurrando insistentemente: «¿De verdad eres capaz de hacerlo Emiliano?»
Sacudió un poco la cabeza intentando alejar las voces que escuchaba. Un rastro de agua resbaló lento por su rostro. La humedad que lo envolvía daba la impresión de que toda la ligera lluvia que había estado cayendo sobre la ciudad se condensaba en su cabello y en su ropa. Algunas de los cientos de gotas que temblando estilaban por la húmeda chaqueta negra parecían ser ínfimos animales capaces de oler el miedo, escurriendo en plena huida hacia el suelo e incluso más allá: hacia el infierno. ¿No sería acaso que en realidad era su conciencia la que tenía temor y se escondía farfullando entre dientes? ¿Eran acaso todas aquellas otras voces que habitaban en su cabeza, en ese mundo gris que le daba sentido a su maldita vida las que sentían que no eran capaces de terminar la obra?
Por fin Emiliano se había decidido a abrir la puerta lentamente, intentando no hacer ningún ruido. «Hola Lidia» gritó desde el quicio dirigiendo la voz hacia la estancia, en donde suponía que se encontraba su pareja, mientras se quitaba la chaqueta y sacudía las pesadas botas en el tapete que flanqueaba la entrada. Lidia era una joven delgada, alta, cuya blanca piel acentuaba sus suaves y estilizadas facciones. El pelo negro, largo, terso y ensortijado –el cual siempre trataba de mantener atado a una coleta que caía sobre su espalda– remataba su cabeza.
«Vaya, hasta que te apareces» reclamó Lidia desde la cocina dulcemente irónica, con su voz aflautada pero sin el menor dejo de enojo, mientras le arrojaba uno de los trapos con los que había estado secando la vajilla, después de haber limpiado los restos de una solitaria cena. «Vienes estilando» dijo entornando los enigmáticos ojos grisáceos. «Sécate la cabeza mientras te preparo un bocadillo». Abrió el refrigerador y sacó un trasto que contenía los vestigios de una tarta de atún y patata. «¿Cómo te fue?».
Emiliano, quien ya había llegado hasta la cocina, sin mediar palabra, se acercó hacia su mujer y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Con la espalda pegada al vientre de él, ella sonrió al sentir como detrás suyo, a la altura de sus caderas, se inflamaba un bulto duro y palpitante. Emiliano lentamente subió su mano izquierda recorriendo el vientre de Lidia, hasta alcanzar los pequeños y firmes pechos; comenzó a presionarlos con dureza. Ella dejó escapar un quedo gemido mientras cerraba los ojos y se mordía los labios. Quiso voltear la cara para besar la boca de Emiliano, pero la poderosa mano de él se lo impidió, aprisionándole el cuello con una fuerza brutal.
«¿Qué haces amor?» Regurgitó ella sorprendida, intentando desesperadamente zafarse del poderoso puño que se apretaba en torno a su garganta «!Me lastimas¡».
«Nada» musitó entre dientes Emiliano mientras rozaba apenas la nuca y el oído izquierdo de ella con sus labios. Con la mano derecha, él había cogido el enorme cuchillo que reposaba en el pretil cerca de algunos trastos. El dulce y tibio olor de Lidia le inundaba los pulmones.
Emiliano observó cómo el brillo del afilado utensilio desaparecía al hundirse con un movimiento limpio y certero en la parte posterior del cuello de Lidia. Un chorro de sangre tibia saltó hacia su cara. Él sintió cómo Lidia se deshacía en sus brazos, como si lentamente se fuese desvaneciendo quedándose dormida. Ante la imagen él no pudo evitar esbozar una sonrisa que le pareció cursi, pero la cual, al dibujarse en su rostro, tenía más la apariencia de una mueca macabra: los destellos ambarinos que a contraluz emitía la hoja de metal le recordaron a un sol agonizante, justo en el preciso momento en el que muere detrás del horizonte.
«Nada… Simplemente te olvido».
Con esta última frase, cuyo colofón es un cursor intermitente e indeciso, he decidido rematar la historia de mi caída final. Desde hace cinco días, el monitor de la máquina es la única luz que ilumina la habitación en la que me encuentro. Doblo la computadora portátil y de súbito las sombras parecen devorar la de por sí escasa luz de la estancia. No importa, ya falta poco para que amanezca. Sin embargo, mis ojos se nublan y me cuestiono acerca de la decisión de haber roto todas las lámparas de la casa. Tal vez no haya sido una buena idea. En fin, lo hecho, hecho está.
Presiono un botón del reloj en mi muñeca derecha. Una florescencia azul señala las 04:53 a.m.: la hora perfecta para quitarse las máscaras y terminar con esto. Me dejo caer pesadamente en el suelo. El vello rojizo que cubre mis brazos y la parte posterior de mi cuello se alza como si tuviera vida propia; reacciona inquieto, como un animal de rapiña. Mis manos entrelazadas a la altura de mis tobillos intentan contener el temblor de mis piernas, pero es inútil. Trato de atribuírselo al frío, a la incesante lluvia de estos últimos días, a mi espalda recargada en un rincón helado de este maloliente cuartucho. De pronto me doy cuenta que no tengo miedo. Por el contrario, pareciera como si una serenidad un tanto familiar me invadiera. De hecho es tanta calma la que me hace temblar.
El silencio y la oscuridad que inundan la habitación son tan espesos que parecen ser totalmente sólidos. Poco a poco mi respiración se normaliza y me invade el sueño. Siento como la sangre se agolpa en mis sienes, mientras mi boca se llena de una saliva espesa y amarga. No me resta mas que esperar. Aunque sé que estoy en la casa de verano de mis padres, por alguna razón todo esto me hace pensar que me encuentro dentro de un ataúd que ha sido cerrado para siempre. Ah, cuánta paz. Quisiera pensar que afuera el mundo está tan tranquilo como ahora se encuentra mi mente, pero sé que sigue siendo un caos total. Ni modo, C'est la vie y qué se le va a hacer.
A lo lejos escucho el rumor del motor de un automóvil. La constante lluvia de los días anteriores ha convertido la brecha que conduce a la casa en un lodazal, así es que el auto se va a tardar en llegar hasta aquí. Creo que tengo tiempo suficiente para preparar un café. Claro, si es que logro llegar a la maldita cocina entre tantas tinieblas.
Un par de minutos después, mientras disfruto a pequeños sorbos el líquido amargo de la humeante taza, observo por la ventana cómo aparecen los primeros rayos del sol detrás de la muralla de cerros que protege este recinto. No cabe duda que mi padre se esmeró por encontrar un lugar como este. Se siente una gran paz. No puedo evitar sonreír. He oído decir que dios actúa de maneras extrañas, o algo así. Nah, déjenme las maneras extrañas a mí. Yo no considero que los aspectos que los humanos tendemos a reprimir sean anormales o patológicos. Al contrario, creo que son los puentes inevitables que nos conectan con dimensiones de la existencia en donde podemos establecer un contacto total con el mundo material e inmaterial. Insólitas puertas del inconsciente que se abren a realidades auténticas y que hasta entonces permanecían ocultas. Por fin, en esas puertas, en esas patologías y disfuncionalidades he encontrado la calma que tanto había buscado en todos estos años. Maldito afán de buscar en los lugares equivocados. De algún modo, he logrado salir de ese laberinto confuso. Las tinieblas desaparecieron y mi visión se ha aclarado. Es como si de pronto, por alguna razón incomprensible, hubiera encontrado mis anteojos perdidos hace mucho, mucho tiempo. Todo lo que he hecho hasta ahora, esta sangre seca en mis manos y mi ropa; y ese fétido olor que repta del sótano en donde guardo mis útiles de pintura y fotografía, me indican que ha llegado el momento de contarlo todo. De no hacerlo, créanme que nunca se sabría lo que ocurrió con ellas. Pero tampoco quiero facilitarles las cosas. La única tarea que tienen ustedes es distinguir entre lo real y lo ficticio. Nada fácil.
¿Porqué hago esto? Podría decir que un crimen perfecto no es de ningún modo perfecto si no hay un público que lo disfrute. Pero afirmar eso me parecería un despliegue vulgar de exhibicionismo. Prefiero pensar que, en cierto modo, el sufrimiento ajeno nos permite poner en perspectiva nuestras propias miserias. Las pistas están en el texto; el que tenga ojos que vea.
Por ello no pretendo que a través de estas líneas confíen en mí. Tampoco quiero que sientan lástima. No pido perdón ni me arrepiento de nada. No estoy tratando de exorcizar mis demonios. No pretendo guiarlos a través de este relato. Mi interés es engañarlos. Intento perderlos en la bruma de una trama inconexa y sucia. El método es lo que menos me importa. Tampoco tengo un leitmotiv que guíe mis letras. Soy falso, intolerable e intolerante. Ustedes no me importan. Me, Myself and I es mi lema, y nada más existe. Lo que trato de lograr con esto es encontrar algo que me permita justificar un deseo innoble de traicionar el recuerdo; descorrer lentamente la cortina del inconsciente para hacer público lo privado: catarsis propia y ajena que permite desanudar la garganta frente a un mar de cuerpos sin rostro.
Escucho pasos que bordean la entrada de la casa. Son ellos… ¡Sí, son ellos! Cuando hice esa llamada sabía que tardarían lo suficiente en encontrarme como para permitir relatar lo que he hecho. Ahora todo está consignado en los doscientos folios que almacena un archivo de la fría y eficiente memoria del ordenador portátil que yace en el escritorio del piso superior. Pero, diablos, no me di cuenta cuando arribó el automóvil a las puertas de la cabaña. Ni modo, me hubiese gustado recibir a las visitas como se lo merecen. En fin, welcome to my world –pienso– take it and read it. Ah, quisiera extender este instante por siglos. Si tan sólo pudiera tener los pies de Itzel recorriendo la geografía de mi espalda. Si tan sólo se escuchara en el background la trompeta de Luois Armstrong mientras sus labios se desgarran tocando St. James Infirmary, mi felicidad sería completa.
viernes, junio 11, 2004
Aviso de ocasión
Ella está desnuda sobre la cama. Enciendo la cámara de video con un cuidado inusitado y la enfoco para que capte bien la escena. El sedante debe estar a punto de perder su efecto. Saco el mazo del armario. Me acerco hasta la cama tratando de hacer el menor ruido posible. Enciendo la luz. Ella se despierta lentamente, sorprendida. Trata de despabilarse. Entrecierra los ojos, y protege su vista formando una pequeña visera con su mano. Parece que quiere preguntar algo. Un golpe en seco se lo impide. De su boca sale un apagado quejido. Yo sigo golpeando, tratando de hacer blanco en sus ojos. Su rostro se ha convertido en una máscara de sangre. De su cráneo, abierto como una sandía, sale un líquido lechoso y espeso que al mezclarse con la sangre adquiere un oscuro tono rosado. Sigo golpeando, pero ahora ataco sus senos. Un sonido hueco me avisa que una de sus clavículas se ha fracturado. Comienzo a tener una erección.
Con la respiración agitada y el cuerpo salpicado por una miríada de pequeñas gotas de sangre dejo el mazo en el suelo y me acerco a ella aún más. Toco su rostro ensangrentado y ella gime. Introduzco un dedo en una de sus cuencas y siento la inminencia de un orgasmo. La tibia y viscosa humedad de la sangre me excita. Le doy un par de bofetadas cariñosas pero ella no responde. Las sábanas están empapadas. Parece que su esfínter no resistió. Acerco mis labios a los suyos, que debido a la inflamación parecen una orquídea oscura, violácea. Comienzo a besarla. El sabor salino de la sangre me hace temblar de placer. Me tumbo encima de ella por completo y comienzo a retorcerme como un gusano. Me doy cuenta que ella todavía respira. Alcanzo el mazo y comienzo a golpearla de nuevo, sin fuerza, apenas tocándola. Me inclino para besarle los amoratados pechos y muerdo un pezón hasta que logro arrancarlo. El dolor la hace recuperar la conciencia por unos instantes, sólo hasta que recibe un nuevo mazazo en el rostro. La golpeo de nuevo en la frente y luego en la boca. Sus labios se rasgan y sangra de nuevo.
Ahora levanto sus piernas. Deslizo el mango del mazo por su pubis. La rugosa madera se atora unos instantes en un mechón de vello. De un tirón lo arranco para introducirlo con violencia en el hueco palpitante. Siento que algo va a estallar dentro de mí en cualquier momento. Sus piernas están sobre mis hombros. Muerdo los dedos de sus pies. Retiro el mazo de su interior e introduzco mi miembro, expulsando un chorro de semen casi al instante. Me dejo caer de nuevo encima de ella. Una pesadez terrible me invade. Comienzo a besarle el rostro de nuevo. Sin querer, quedan en mi boca algunas pequeñas astillas de hueso. Escupo. Esto me provoca mucha gracia y suelto una carcajada. Miro hacia la cámara. El foco rojo aún está encendido.
¿Quién soy? Mejor dicho: ¿qué soy? No lo sé bien. Aunque en realidad tampoco importa. Sé que soy alguien que no tiene una relación significativa o coherentemente moral con los otros, con ese Gran Otro del que habla Lacan (ese enorme perverso que sólo quería ver cuántas excentricidades le aguantaban los franchutes). De hecho, mis contactos reales con el mundo exterior son distantes y esporádicos. Me he vuelto un individuo aislado, alienado, anómico (y esto no es una barrabasada dieciochesca, querido Marx: yo soy yo, me myself and I). Soy un hombre solitario (pero no en el sentido de Hesse, sino en uno más profundo). Aún cuando convivo con tanta gente a diario no estoy relacionado con nadie ni con nada, sino con ese algo abstracto y distante que veo siempre en mis sueños, casi como una mancha ocre que me obliga a… Me caracteriza una aceptación tácita, casi narcótica de la alegría y la tragedia, de la estabilidad y el cambio, de la incertidumbre. No hay desafío intelectual ni estimulación de ningún tipo en ninguna parte. Estoy harto. El escapismo y la fantasía fácil son las puertas que se abren ante mí de manera constante, cotidiana. Me alimento de ansiedades, miedos, hostilidades. Dejo el privilegio de juzgar y arbitrar a otros.
Pero ojo. Esto no es gratuito. Te estoy hablando a ti a través de esta cámara. Quiero que sepas que la muerte se acerca cada vez más y te sonríe con dos hileras de filosos dientes, llenos de sangre y gusanos; el fétido olor que sale de su boca te saluda, recordándote lo frágil que eres. ¿Sabes qué es lo peor? Que no soy el único. Somos muchos y estamos cerca. Muy cerca. Somos tu vecina que llega del trabajo a las cinco y treinta de la tarde y te saluda amablemente. Somos el novio de tu hija, al que invitas a pasar a la sala de tu casa y le ofreces de cenar. Somos la persona junto a la que te sientas en el autobús y te regala una sonrisa. Somos la señora que enseña religión a tus hijos mientras tu atiendes los servicios dominicales. Somos el joven al que saludas por la mañana mientras trotas por el parque. Somos la persona que está del otro lado del teléfono, justo ahora, marcando tu número. Quiero aclararte que esto no es un club ni nada parecido. No somos gregarios; somos una enfermedad para la cual no existe cura. Somos asesinos. Somos asesinos que saben fingir muy bien.
Saco la pistola del buró. La pongo en mi boca. Está fría. Inhalo fuerte. Contengo la respiración. Bam. Ahora resbalo por las paredes, lento, dejando un rastro rojizo. ¿Lo ves?
Con la respiración agitada y el cuerpo salpicado por una miríada de pequeñas gotas de sangre dejo el mazo en el suelo y me acerco a ella aún más. Toco su rostro ensangrentado y ella gime. Introduzco un dedo en una de sus cuencas y siento la inminencia de un orgasmo. La tibia y viscosa humedad de la sangre me excita. Le doy un par de bofetadas cariñosas pero ella no responde. Las sábanas están empapadas. Parece que su esfínter no resistió. Acerco mis labios a los suyos, que debido a la inflamación parecen una orquídea oscura, violácea. Comienzo a besarla. El sabor salino de la sangre me hace temblar de placer. Me tumbo encima de ella por completo y comienzo a retorcerme como un gusano. Me doy cuenta que ella todavía respira. Alcanzo el mazo y comienzo a golpearla de nuevo, sin fuerza, apenas tocándola. Me inclino para besarle los amoratados pechos y muerdo un pezón hasta que logro arrancarlo. El dolor la hace recuperar la conciencia por unos instantes, sólo hasta que recibe un nuevo mazazo en el rostro. La golpeo de nuevo en la frente y luego en la boca. Sus labios se rasgan y sangra de nuevo.
Ahora levanto sus piernas. Deslizo el mango del mazo por su pubis. La rugosa madera se atora unos instantes en un mechón de vello. De un tirón lo arranco para introducirlo con violencia en el hueco palpitante. Siento que algo va a estallar dentro de mí en cualquier momento. Sus piernas están sobre mis hombros. Muerdo los dedos de sus pies. Retiro el mazo de su interior e introduzco mi miembro, expulsando un chorro de semen casi al instante. Me dejo caer de nuevo encima de ella. Una pesadez terrible me invade. Comienzo a besarle el rostro de nuevo. Sin querer, quedan en mi boca algunas pequeñas astillas de hueso. Escupo. Esto me provoca mucha gracia y suelto una carcajada. Miro hacia la cámara. El foco rojo aún está encendido.
¿Quién soy? Mejor dicho: ¿qué soy? No lo sé bien. Aunque en realidad tampoco importa. Sé que soy alguien que no tiene una relación significativa o coherentemente moral con los otros, con ese Gran Otro del que habla Lacan (ese enorme perverso que sólo quería ver cuántas excentricidades le aguantaban los franchutes). De hecho, mis contactos reales con el mundo exterior son distantes y esporádicos. Me he vuelto un individuo aislado, alienado, anómico (y esto no es una barrabasada dieciochesca, querido Marx: yo soy yo, me myself and I). Soy un hombre solitario (pero no en el sentido de Hesse, sino en uno más profundo). Aún cuando convivo con tanta gente a diario no estoy relacionado con nadie ni con nada, sino con ese algo abstracto y distante que veo siempre en mis sueños, casi como una mancha ocre que me obliga a… Me caracteriza una aceptación tácita, casi narcótica de la alegría y la tragedia, de la estabilidad y el cambio, de la incertidumbre. No hay desafío intelectual ni estimulación de ningún tipo en ninguna parte. Estoy harto. El escapismo y la fantasía fácil son las puertas que se abren ante mí de manera constante, cotidiana. Me alimento de ansiedades, miedos, hostilidades. Dejo el privilegio de juzgar y arbitrar a otros.
Pero ojo. Esto no es gratuito. Te estoy hablando a ti a través de esta cámara. Quiero que sepas que la muerte se acerca cada vez más y te sonríe con dos hileras de filosos dientes, llenos de sangre y gusanos; el fétido olor que sale de su boca te saluda, recordándote lo frágil que eres. ¿Sabes qué es lo peor? Que no soy el único. Somos muchos y estamos cerca. Muy cerca. Somos tu vecina que llega del trabajo a las cinco y treinta de la tarde y te saluda amablemente. Somos el novio de tu hija, al que invitas a pasar a la sala de tu casa y le ofreces de cenar. Somos la persona junto a la que te sientas en el autobús y te regala una sonrisa. Somos la señora que enseña religión a tus hijos mientras tu atiendes los servicios dominicales. Somos el joven al que saludas por la mañana mientras trotas por el parque. Somos la persona que está del otro lado del teléfono, justo ahora, marcando tu número. Quiero aclararte que esto no es un club ni nada parecido. No somos gregarios; somos una enfermedad para la cual no existe cura. Somos asesinos. Somos asesinos que saben fingir muy bien.
Saco la pistola del buró. La pongo en mi boca. Está fría. Inhalo fuerte. Contengo la respiración. Bam. Ahora resbalo por las paredes, lento, dejando un rastro rojizo. ¿Lo ves?
jueves, junio 10, 2004
Sorpresas matutinas
Hoy me levanté como de costumbre, a las cinco sesenta y seis de la mañana. Todo parecía ser lo de siempre: escapar de las sábanas, vestir el frac azul turquesa y los zapatos rojos, despeinarme un rato, hurgarme la nariz frente a la pared y elegir una profesión, en fin, todo el atavismo y la ortodoxia juntos. Pero había algo raro que me hacía pensar que, al mismo tiempo, todo era distinto (ay, Parménides; ay, Heráclito: en qué divertidísimos vericuetos me encasquetan). Era una vaga sensación de extrañeza, casi como tener una piedra fría dentro del zapato izquierdo, o una mano apretando el estómago por dentro. Distraído como soy, sentía como si en el sueño hubiese dejado algo olvidado (cosa que me ocurre con frecuencia: el otro día desperté sin las llaves que abren las sábanas, así que tuve que quedarme acostado hasta la noche). Esta duda hizo que el corto trayecto de la cama al baño se convirtiera en un pasillo minuciosa y excesivamente largo, el cual recorrí cabizmundo y meditabajo, pisándome las barbas una que otra vez. Al llegar allá, encendí la luz y caí en la cuenta: al observar mi reflejo en el espejo, ya sólo tenía dos ojos. El otro había desaparecido.
lunes, junio 07, 2004
Lluvias
Apenas es mediodía. Estoy metido en una biblioteca, sentado frente a un ventanal enorme. De aquél lado del vidrio llueve. De este lado todo es libros viejos, silencio, ganas de café y tal vez un poco de frío. Aquí faltan tú y Gardel, y nuestra cama, y quizá aquella habitación atestada de pinturas y botellas de tinto, inciensos y libros apilados y ropa sucia esparcida por el piso, todo aquello que constituía nuestro primer refugio, impregnado ya con nuestro olor, al cual ahora añoramos de vez en cuando. Sólo resta eso para que el universo se alinee y todo sea como debe ser, para que aquello que somos tú y yo (oficinas y libros, tu estar allá y mi ser aquí) se disuelva en ese tibio y húmedo reconocimiento que trasciende nuestros cuerpos y nos funde en el encuentro de aquello que en nosotros es más que nosotros mismos y que sigue ahí a pesar de las tristezas y las ausencias que me agobian y la abuela y el hospital y la evocación de mamá a cada rato. Aquí, de este lado del cristal se respira melancolía y soledad y todo es casi como una dulce tristeza que lentamente entra por los poros, como un sopor que humedece el alma y se coagula en algo como la nostalgia de épocas ancestrales en que la lluvia era más que esto que ahora vemos, de algo incomprensible que nos arrinconaba en nuestras madrigueras, en torno a una pequeña hoguera en la que el fuego era parte de nosotros, en la que decir afuera no tenía sentido porque dentro —igualito que hoy aquí dentro— estaba nublado y llovía y todo era lo mismo. Afuera, por seguir con esa inútil distinción, hoy la lluvia cae casi de manera caótica, con ese orden particular con que las gotas qua pequeñas bestias kamikaze van formando sendos lagos sobre el césped, lavando el lomo de cantera de aquellas escaleras enromes como tortugas, estrellándose contra la palidez de los muros, haciendo salir a las lombrices de sus agujeros sólo para cumplir su papel en la cadena alimenticia (terminar devorado por pajaritos, suerte perra).
Una hoja cae de aquél árbol. Se mece lentamente. Otra se desprende. Al mismo tiempo, en un movimiento paralelo, las nostalgias que de pronto irrumpen por aquí, sobre todo cuando llueve, me transportan a una especie de sustrato inaprehensible, de memoria colectiva en la que de vez en cuando compartimos ausencias, un espacio en el que, desde distintos lugares, pero vinculados en una extraña manera, vemos la misma lluvia resbalar como lágrimas por el frío rostro del cristal, por la transparencia de este ventanal que es frontera, que delimita y me (nos) circunscribe a un orden en el que salir y voltear el rostro hacia el cielo, ver llover, realmente ver la lluvia de frente y eliminar minuciosamente la insulsa distancia entre el afuera y el adentro estaría mal visto: qué desfachatez de tipo, miren al loco, etcétera. Ahora viene la calma. Afuera la lluvia cesa poco a poco, desaparece y se cierra el telón de este mediodía gris. Afuera queda algo como una especie de renacer en la que todo es limpio y nuevo, casi refulgente pero triste, en donde salir equivale también a entrar —para decirlo junto con Luis Chaves— en una habitación en la que una niña que acaba de llorar está bañada y lista para asistir a un funeral. Casi patético. El blues de la poesía o la poesía hecha blues. Afuera solo quedan rastros de la lluvia. Adentro —adentro— sigue lloviendo.
Una hoja cae de aquél árbol. Se mece lentamente. Otra se desprende. Al mismo tiempo, en un movimiento paralelo, las nostalgias que de pronto irrumpen por aquí, sobre todo cuando llueve, me transportan a una especie de sustrato inaprehensible, de memoria colectiva en la que de vez en cuando compartimos ausencias, un espacio en el que, desde distintos lugares, pero vinculados en una extraña manera, vemos la misma lluvia resbalar como lágrimas por el frío rostro del cristal, por la transparencia de este ventanal que es frontera, que delimita y me (nos) circunscribe a un orden en el que salir y voltear el rostro hacia el cielo, ver llover, realmente ver la lluvia de frente y eliminar minuciosamente la insulsa distancia entre el afuera y el adentro estaría mal visto: qué desfachatez de tipo, miren al loco, etcétera. Ahora viene la calma. Afuera la lluvia cesa poco a poco, desaparece y se cierra el telón de este mediodía gris. Afuera queda algo como una especie de renacer en la que todo es limpio y nuevo, casi refulgente pero triste, en donde salir equivale también a entrar —para decirlo junto con Luis Chaves— en una habitación en la que una niña que acaba de llorar está bañada y lista para asistir a un funeral. Casi patético. El blues de la poesía o la poesía hecha blues. Afuera solo quedan rastros de la lluvia. Adentro —adentro— sigue lloviendo.
martes, junio 01, 2004
Más acerca de las pelis... (iba a hablar del PAN y Calderón, pero lo dejo para un día con menos sueño)...
Hace poco planteaba por aquí que las películas jolibudenses son un buen termómetro del fantaseo gringo con respecto al terror. Aclaro que no soy un cinéfilo, ni sé nada de cine. Al contrario, más bien diría que soy medio naquito en ese aspecto(y en muchos otros). Así es que lo que diga estará marcado por ese sesgo. No voy a hablar aquí de los supuestos "teórico-academicistas" de los que parto. Creo que ésos están en el otro post [que por cierto se llama "Cuando el destino (manifiesto) nos alcance"]...
Pues bien, hoy vi la cinta titulada "El día después de mañana" (curiosamente, la otra película acerca de la que escribí también estuvo protagonizada por Quaid). De entrada, vale más que diga que la dichosa película es un churrototote marca diablo. Aunque tiene sus momentos divertidos: 1. Los gringos pasándose de ilegales a Tijuana y zonas aledañas a los 3000 km de frontera norte; 2. Los mexicanitos cerrando las fronteras porque los vecinos gueritos estaban llegando por carretadas, literalmente y; 3. Los mexicanitos abriendo las fronteras con la condición de que la deuda toda fuera perdonada (y lo fue). "Una migración inversa", decía la reportera que daba cuenta de los hechos desde lo que a mí me parecía, era la frontera con Tijuana. Juro que no me pude aguantar la risa (pido diculpas a los asistentes a la sala cuatro/función de ocho:quince de los Lumiere de acueducto).
Como ya decía, creo que este tipo de películas son adecuadas para sondear esa especie de sustrato que se enraiza en el fantaseo (gringo) con respecto al terror. Sobre todo si uno va al cine mirando como de ladito, y con una actitud un tanto perversona. Así, además del evidente objetivo de corte Malthusiano/Club de Roma/Kyoto/Greenpeace que parece ser el elemento más obvio del argumento, creo que hay detrás, o por encima, una línea más retorcida y que refleja el "santo horror de lo real", por decirlo con Hegel: en toda la estructura ontológica que constituye el poderío estadounidense hay un centro ausente que deriva en un vacío innombrable, indecible, en el absoluto negativo: el terror(ismo). En este caso, el agente que introduce el terror no tiene rostro (es La Naturaleza misma ¿qué mejor Gran Otro?), carece de una identidad en el más puro sentido del término, y por lo tanto, el terror que produce es más efectivo, más profundo. Lo que resulta de esa efectividad terrorífica es aquello a lo que más se le teme en las cúpulas gringas: al vacío de poder. Frente al Uno (E.U.)sólo está el innombrable Gran Otro, y éste no es Irak, ni Afg, ni Osama, ni Caro Quintero, sino la mismísma Madre Naturæ (que en este caso cumple un doble papel: el de la Madre y el del NombredelPadre), y ésta derrumba la arquitectura institucional del país más poderoso del mundo: primero vemos que el presidente muere y, luego el vicepresidente [sobre cuya conciencia recaen buena parte de las muertes,por haber hecho caso omiso de la ciencia], desde un campo de refugiados en Mexicali, asume el "poder"). Lo que queda es un enorme hueco, un centro ausente de la ontología política estadounidense. No quiero aburrir todavía más haciendo alusión a escenas específicas que me parecen significativas para sustentar lo que estoy diciendo ¿Para qué decir que la Estatua de la Libertad, que el mexicano que pule el piso y no se da cuenta de nada hasta que abre aquella puerta?. En fin, la película termina con el nuevo presidente gringo cuasi arrodillado frente al (sic) tercer mundo, agradeciendo su hospitalidad. Detrás de esto hay, creo, un peligroso planteamiento racista/imperialista que hace evidente la necesidad de interrogarse acerca de cómo reaccionarían los mandos neoconservadores estadounidenses en el contexto de una contingencia ambiental. ¿Qué mayor miedo puede derivarse de ese terror? A nosotros nos da risa imaginar siquiera a un gringo atravesando de wetback el Río Bravo... ¿Pero que sentirían los gabachitos al ver esa peli? ¿Verdaderamente E.U. pediría la ayuda del tercer mundo, apelando a su hospitalidad y generosidad? ¿O la actitud sería claramente jalisquilla y jorgenegretesca, es decir, que los E. U. nunca pierden, y cuando pierden, arrebatan? Para decirlo junto con Morpheus (con Zizek too): Bienvenidos al desierto de lo real...
Ræncoria
Pues bien, hoy vi la cinta titulada "El día después de mañana" (curiosamente, la otra película acerca de la que escribí también estuvo protagonizada por Quaid). De entrada, vale más que diga que la dichosa película es un churrototote marca diablo. Aunque tiene sus momentos divertidos: 1. Los gringos pasándose de ilegales a Tijuana y zonas aledañas a los 3000 km de frontera norte; 2. Los mexicanitos cerrando las fronteras porque los vecinos gueritos estaban llegando por carretadas, literalmente y; 3. Los mexicanitos abriendo las fronteras con la condición de que la deuda toda fuera perdonada (y lo fue). "Una migración inversa", decía la reportera que daba cuenta de los hechos desde lo que a mí me parecía, era la frontera con Tijuana. Juro que no me pude aguantar la risa (pido diculpas a los asistentes a la sala cuatro/función de ocho:quince de los Lumiere de acueducto).
Como ya decía, creo que este tipo de películas son adecuadas para sondear esa especie de sustrato que se enraiza en el fantaseo (gringo) con respecto al terror. Sobre todo si uno va al cine mirando como de ladito, y con una actitud un tanto perversona. Así, además del evidente objetivo de corte Malthusiano/Club de Roma/Kyoto/Greenpeace que parece ser el elemento más obvio del argumento, creo que hay detrás, o por encima, una línea más retorcida y que refleja el "santo horror de lo real", por decirlo con Hegel: en toda la estructura ontológica que constituye el poderío estadounidense hay un centro ausente que deriva en un vacío innombrable, indecible, en el absoluto negativo: el terror(ismo). En este caso, el agente que introduce el terror no tiene rostro (es La Naturaleza misma ¿qué mejor Gran Otro?), carece de una identidad en el más puro sentido del término, y por lo tanto, el terror que produce es más efectivo, más profundo. Lo que resulta de esa efectividad terrorífica es aquello a lo que más se le teme en las cúpulas gringas: al vacío de poder. Frente al Uno (E.U.)sólo está el innombrable Gran Otro, y éste no es Irak, ni Afg, ni Osama, ni Caro Quintero, sino la mismísma Madre Naturæ (que en este caso cumple un doble papel: el de la Madre y el del NombredelPadre), y ésta derrumba la arquitectura institucional del país más poderoso del mundo: primero vemos que el presidente muere y, luego el vicepresidente [sobre cuya conciencia recaen buena parte de las muertes,por haber hecho caso omiso de la ciencia], desde un campo de refugiados en Mexicali, asume el "poder"). Lo que queda es un enorme hueco, un centro ausente de la ontología política estadounidense. No quiero aburrir todavía más haciendo alusión a escenas específicas que me parecen significativas para sustentar lo que estoy diciendo ¿Para qué decir que la Estatua de la Libertad, que el mexicano que pule el piso y no se da cuenta de nada hasta que abre aquella puerta?. En fin, la película termina con el nuevo presidente gringo cuasi arrodillado frente al (sic) tercer mundo, agradeciendo su hospitalidad. Detrás de esto hay, creo, un peligroso planteamiento racista/imperialista que hace evidente la necesidad de interrogarse acerca de cómo reaccionarían los mandos neoconservadores estadounidenses en el contexto de una contingencia ambiental. ¿Qué mayor miedo puede derivarse de ese terror? A nosotros nos da risa imaginar siquiera a un gringo atravesando de wetback el Río Bravo... ¿Pero que sentirían los gabachitos al ver esa peli? ¿Verdaderamente E.U. pediría la ayuda del tercer mundo, apelando a su hospitalidad y generosidad? ¿O la actitud sería claramente jalisquilla y jorgenegretesca, es decir, que los E. U. nunca pierden, y cuando pierden, arrebatan? Para decirlo junto con Morpheus (con Zizek too): Bienvenidos al desierto de lo real...
Ræncoria
viernes, mayo 28, 2004
Crónica de una marcha anunciada
Con respecto al título: García Márquez no es uno de mis escritores favoritos. Es más, me parece que está extremadamente sobrevalorado. Dicho esto…
Zapopan
A las afueras del auditorio
Francisco Tenamaxtli
14:27 horas
Salgo de una conferencia titulada «Subjetividad y realidad. Las formas de hacer política en la construcción del sujeto», ofrecida por el Mtro. Rafael Sandoval, del INAH Jalisco. El ponente estuvo bien y claro. Aunque, salvo el título rimbombante, me parece que había detrás de las argumentaciones expuestas tanto una especie de reduccionismo psicologista como un determinismo disfrazado de apertura sociopsicocultural. Además, en dichas argumentaciones (y sobre todo en el documento que nos hicieron llegar como preparación para la ponencia) se percibía una concepción un tanto sustancialista del poder, como si éste tuviese una existencia palpable y objetiva, y no fuera una cualidad de las relaciones sociales. Desde mi perspectiva, todo ello resultaba un tanto ingenuo, y así se lo hice saber al ponente. Yo prefiero pensar en un sujeto descentrado (y no decir —como sí lo hizo Sandoval— que la subjetividad crea la realidad). Esto no implica que yo piense que existe per se una realidad puramente objetiva. Más bien, me parece necesario romper con esas visiones dicotómicas kantianas-cartesianas que plantean el mundo como separado entre sujetos/objetos, buenos/malos, blancos/negros, (agregue usted la dicotomía de su preferencia). Para mí es mejor partir de un enfoque centrado en el actor, y poner énfasis en la estructuración de lo objetivo con lo subjetivo. Esto le otorga al análisis de lo social [y de lo político] una profundidad que las posturas analíticas de corte dicotómico no tienen. Pero bueno, ni al caso. Después de la susodicha conferencia pregunto entre mis pocos amigos si alguien va a ir a la megamarcha programada para la tarde de hoy. Nadie. Todos (incluido yo) tenemos un trabajal enorme. Yo lo entiendo, y decido ir solo, a pesar de la culpa que me produce (¿de la culpa que me produce?) dejar de lado un interesantísimo trabajo (¿interesantísimo?) que estoy haciendo con respecto al Mercosur. Casiopea y Sísifo me dan un aventón hasta la tiendita de papáRoger, en el desenfrenado skybluemóvil.
Zapopan
Alrededores de
la Prepa 7
15:10
Llego a la tiendita del Roger porque necesito recoger una cámara que me va a prestar el famosísimo Gkrtr (aka Jacinto Fernández). La mía (digital y todo) "fue sustraída" de mi departamento (junto con un estéreo superchingón, varios discos, chucherías, y quinientos dólares), allá en Tijuana, justo unos días antes de mi regreso definitivo a Guadalajara. De ahora que soy (otra vez) precario/becario del CONACYT no he tenido lana para reponerla. Resulta que la camarita no estaba en la tienda. Pido prestado el Shadow (con la dudosa promesa de dejarlo en casa del Gkrtr), y raudo y veloz me dirijo a casa a por la camarita (análoga, con el posterior y necesario proceso de revelado e impresión). El periférico está congestionado. Llego a casa del mencionado sujeto, casi quince minutos después, estaciono el auto, y entro a la casa para buscar la camarita.
Zapopan
Prolongación Av. Alcalde.
15:50
Decidí dejar el carro del Gkrtr en su casa. Espero el camión y noto que todos los (camiones) que pasan traen un vistoso letrerito que dice «Sólo centro». Comienzo a sentir la tensión (no he hablado del calor, ni quiero hacerlo todavía, porque de sólo pensarlo, sudo de nuevo). Me subo en uno de esos color crema y rojo (tipo 275), vacío, viejo y destartalado. No había pensado en ello, pero me doy cuenta que a la cámara le faltan pilas y rollo. Continuo el trayecto y decido bajarme en la parada del Gigante Tránsito, para comprar lo que la cámara necesita para portarse bien. No lo había notado, pero siento unas miradas extrañas de casi toda la gente. Tampoco estoy vestido de manera estrafalaria: camiseta gris, pantalón de mezcilla azul, botas café. Nada fuera de lo normal. Tal vez sólo sea mi paranoia. Tal vez sea el pañuelo negro que… Pido la parada y me bajo del camión. Entro al Gigante y el aire acondicionado, etcétera.
Guadalajara
Calle San Felipe
16:22
Esta vez abordo un autobús de la Alianza, creo que era un 52B, que también traía su respectivo letrerito de "Sólo Centro". A la altura de San Felipe y Alcalde, el chofer nos comunica lo evidente: que ya no se puede avanzar más, porque las calles están cerradas. Todos los pasajeros desalojamos el autobús. Doy vuelta en San Felipe, y camino hasta el cuartel de la quinceava zona militar. Quería ver si había movimientos extraños por ahí. Nada, el ambiente está muy quieto. Demasiado quieto. Caminó por la calle de Santa Mónica hacia el centro. Me encuentro con barricadas a la altura de la calle de Pedro Moreno. En las barricadas hay una pequeña abertura por la que sólo puede pasar una persona a la vez. Los agentes de seguridad, ataviados de negro, están atentos, vigilando a todo el que pase por ahí. Logro llegar a la avenida Hidalgo. El silencio y la falta de tráfico inusuales de estas calles hacen que el ambiente se sienta aún más tenso, y todo es casi como una premonición de lo que vendrá unas horas después.
Guadalajara
A las afueras de Catedral
17:01
Me planto frente a la barricada que está sobre la Av. Hidalgo, y le saco algunas fotografías a los policías antimotines. Av. Alcalde está tremendamente vacía. En frente de la Rotonda de los y las Jalisciences Ilustres hay un pequeño grupo (unas veinte personas) que sostienen una manta. No lanzan consignas. Posan para mi cámara. Me doy vuelo sacando fotografías, aprovechando el desierto desolador en que se han convertido estas avenidas. La catedral no está cerrada. Algunos turistas escogieron un mal día para venir a visitarla. Bajo por la Av. Alcalde, hasta llegar a Juan Manuel (donde hay otra barricada). Le pregunto a un agente de tránsito si tienen noticias de la marcha. "Se están juntando en la Minerva", me contesta. Le doy una palmada en el hombro y le deseo suerte. Decido continuar mi recorrido para llegar a la Minerva. Me enfilo hacia el Sanborns de Vallarta. Volteo el rostro para contemplar de nuevo el inusual vacío de aquellas avenidas. Tensión. Calor. Hormigueo en el estómago.
Guadalajara
Av. 16 de Septiembre/Vallarta/
Federalismo/Enrique Díaz de León/Chapultepec/Unión/Los Arcos
17:24
Calculo que la marcha saldrá a las 18:00 de La Minerva. Todavía circulan algunos autos por Av. Juárez, a la altura de 16 de Septiembre. En esta zona hay un poco más de gente caminando. Camino hacia Federalismo. El trayecto hasta la Minerva es bastante largo para hacerlo a pie (y más con la condición física que tengo). No importa, quiero observar los rostros de la gente para ver sus expresiones. En el trayecto entre 16 de Septiembre y Federalismo me encuentro con varias personas, en su mayoría mujeres. Pienso que muchas de ellas recién salen de trabajar y se dirigen a sus casas. No sé si sepan que para esas horas el transporte urbano estaba hecho un caos. Algunas me voltean a ver. Creo que la cámara al hombro me delata. Saco una botella de agua de mi mochila. Es seguro que va a ser insuficiente. El calor se acentúa conforme doy cada paso. Llego al Parque Revolución, sudando copiosamente. Noto que en los jardines de ambos lados hay personas sentadas esperando, supongo, el arribo del contingente. Saco unas fotografías de dicho Parque. Continúo mi camino. Es notable que el tráfico haya disminuido en tan poco tiempo. Supongo que cerraron el paso unas calles más atrás. Hay gente afuera de casi todos los negocios. Me imagino que también esperan. A la altura de Enrique Díaz de León, hay varias personas sentadas en las jardineras del edificio administrativo de la U de G. Sigo caminando sobre Av. Juárez. Doy otro sorbo de agua a mi botella que cada vez parece más pequeña. Limpio mis lentes porque se han empapado de sudor. La gorra que llevo puesta tiene un arillo negro alrededor, también de sudor. El flujo de personas comienza a disminuir. Durante todo el trayecto he visto cuando menos a un agente de tránsito en cada calle. Unas calles antes de llegar a Av. Unión, dos agentes de vialidad cierran el tráfico definitivamente. El contingente está por salir. Apresuro el paso. Quiero encontrarlos antes de que abandonen los Arcos. Buena parte de los comercios y bares de que se distribuyen a lo largo de Av. Vallarta están cerrados (o están cerrando). La bodeguita de enmedio sigue abierta. A la altura del Centro Magno me encuentro con un grupo de personas que se dirigen hacia la Minerva. Sigo caminando.
Guadalajara
Los Arcos
18:07
Llego justo antes de que el contingente se ponga en marcha. De entrada, es impresionante la cantidad de gente que se ha juntado aquí. Calculo (de manera subjetiva y poco confiable) entre 3000 y 5000 personas. Al frente de la columna están los del sindicato de Euzkadi. Creo que también participan algunas personas de sindicato de trabajadores de la CFE. Saludo a algunos conocidos que también van al frente, subidos en una camioneta azul en donde llevan agua y otros víveres. Me integro al grueso de la columna y comienzo a sacar algunas fotografías. Comienzan las consignas: "Cuba sí, Yankis no"; "Si Fox pudiera, a su madre la vendiera"; (desgraciadamente no anoté ninguna, y mi memoria es malísima. Si alguien sí lo hizo, le ruego que me las envíe, se lo agradecería bastante). Al frente hay varios jóvenes con pequeñas banderas de Cuba, algunos retratos tipo máscara de Marx, de Bush, de Lenin, de Aznar, y otros. Alguien trae una máscara de látex, con el rostro de Bush, y el sombrero de copa característico del Tío Sam. El paso es más o menos rápido. Una señora me da unas hojas con una declaración hecha en Cuba. Otra mujer, vestida de verde, y trepada en sendos zancos, lleva el rostro tapado por una especie de pasamontañas. Ella me entrega unos flyers y "desaparece" entre la multitud, bailando. Las consignas siguen. Me detengo unos minutos para sacar algunas fotografías. Viene una batucada compuesta en su mayoría por mujeres. Casi todos los miembros de este grupo llevan en el rostro un pañuelo de color rosa mexicano. "Hacemos la revolución bailando" grita un joven por un altavoz. Este grupo es menos numeroso que el que va más al frente (el de los sindicatos). Saco más fotografías. Aminoro la velocidad. Atrás de la batucada viene un grupo con una formación interesante. Casi todos visten colores oscuros, en un estilo que me atrevería a denominar (con temor a equivocarme) como anarcopunk, o algo así. Ellos y ellas forman, literalmente, un bloque homogéneo al que no se puede entrar: el perímetro del bloque está definido por varias personas que van tomadas de la mano. Casi todos ellos llevan el rostro cubierto. No me quedaba claro el objeto de marchar de esa manera, hasta que vi cómo funcionaban. Llegamos a la altura de una sucursal bancaria, y del bloque humano salieron aproximadamente cinco personas. Una de ellas traía un bote de pintura en aerosol, con el que escribió consignas en los muros de dicha sucursal. Mientras, los otros, intentaban evitar que sacáramos alguna fotografía. En no menos de una ocasión hubo conatos de bronca por esto entre los miembros que salían del bloque, y algunos elementos de la prensa. Luego de hacer las inscripciones en los muros, el grupo se integraba al bloque del que había salido, y se perdía entre el resto. Todo ello en cuestión de segundos. Esto se repitió durante todo el trayecto. Unas calles antes de llegar al cruce de 16 de Septiembre y Av. Juárez me adelanté al contingente porque quería observar cómo estaba la situación allá. Para entonces estaba hecho una sopa, empapado de sudor, y (muy) cansado. Al llegar ahí había un vochito con un equipo de sonido, desde el que se iba dando la bienvenida a la marcha. Sobre Alcalde, entre Suburbia y Milano, había otra barricada. Pero esta sí se veía impresionante. Estaba custodiada por unas diez o quince filas de policías antimotines, con sus uniformes negros, tipo Robocop. En los rostros de estos se notaba la tensión: tenían apretados los dientes, no hablaban, y tenían la vista fija, parecían extremadamente concentrados, protegidos detrás de la barricada y sus escudos de policarbonato. Detrás de ellos había un espacio vacío. Luego, otro grupo de antimotines. Había poca gente ahí. Me acerqué hasta ellos, trepé la valla y les tomé algunas fotos. Ni se inmutaron. Policías, reporteros y curiosos estaban más bien esperando el arribo del contingente. En todo esto hubo algo que me llamó mucho la atención. Lo platico para ver si alguien más se dio cuenta de ello. Antes de la llegada del grupo que venía marchando, algunos policías se afanaban en reforzar, con cadenas y candados, las vallas que servían de barricada. Dentro de este grupo, me sorprendió ver a dos personas vestidas de civil, con camisas y gorras de mezclilla. Tanto en las camisas (con letra pequeña), como en las gorras, estaba escrita la leyenda: "Facial recognition team". Desconozco si fue casualidad que dichas personas trajeran esta ropa, ese día en específico y no tenían nada que ver, o si son parte de alguna corporación, o si eran extranjeros (aunque no tenían finta de serlo) que estaban asesorando a la policía local. No sé, pero me dio mala espina, y por eso lo comento. Faltando un cuarto de hora para la siete, llegó el primer grupo del contingente, que estaba formado por el sindicato de trabajadores de Euzkadi. Y así, poco a poco más gente iba llegando hasta el cruce de Juárez y Alcalde, sin llegar hasta el lugar donde estaba plantada la barricada. Hasta que llegó el bloque al que refería más arriba. Ellos sí que se acercaron hasta donde estaban los antimotines. Y vaya que si se acercaron. Lo que siguió de ahí ya no lo cuento, porque seguro que ya lo vieron por TV. Además, no quiero preocupar a la Clau ni al Roger, ni al Gkrtr.
Ræncoria
PD
Las fotos de todo esto las voy a ir subiendo poco a poco, conforme las vaya revelando, así es que no se me desesperen…
jueves, mayo 27, 2004
Cumbres borrascosas
Como buen pesimista, soy un firme creyente de que incluso la acción [aparentemente] más subversiva puede estar contribuyendo a legitimar un orden reificado. En este sentido, me había hecho (la frágil) promesa de no escribir nada acerca de la III Cumbre de Jefes de Estado de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, que amablemente tiene sitiada buena parte de la ciudad más tapatía del occidente de México. Total, yo sólo soy —como dice mi estimado Goyás— un simple ovejero. A mí qué me importa que la Unión Europea, los [enormes] sistemas de integración regional asiáticos y los Estados Unidos de Norteamérica estén disputándose el espacio latinoamericano en tanto grandísimo mercado para el comercio y fuente de recursos naturales estratégicos. Por qué habría de preocuparme que los destinos de Latinoamérica se estén decidiendo entre el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) y el ALCUE (Área de Libre Comercio con la Unión Europea). Todavía menos importante para mí deberían de ser los acuerdos bilaterales [que ni siquiera podrían verse como tendencias a la fragmentación de los incipientes procesos de integración que fortalecerían la supuesta unidad latinoamericana] entre, por ejemplo la Unión Europea y México, o la Unión Europea y Chile, o Estados Unidos con México, Chile, República Dominicana, etc. Por qué habría de preocuparme yo de que en el Cabañas la demagogia haya absorbido las cuestiones de los derechos humanos, la migración, la pobreza, el medio ambiente, la equidad y no sé cuantas cosas más, dejando en la mesa de "debates" elementos tales como la apertura de los mercados a las grandes transnacionales, la eliminación total de los aranceles, la privatización de bienes públicos, etcétera. Si a los participantes en dicha Cumbre no les importó eliminar de sus documentos de trabajo el párrafo en el que se condenaba la tortura de la soldadesca en Irak, ¿a mí qué?. De la I Cumbre celebrada en Río, en 1999, o de la II, llevada a cabo en Madrid, en el 2002, ni hablar, yo no estuve en esos lugares. Qué hablen brasileños y españoles.
Pretendía decir mucho menos acerca del evento alterno/paralelo que, si la memoria no me falla, se denomina como Encuentro Social Europa–América Latina y El Caribe: Enlazando Alternativas. Si no fuera porque ayer por la mañana (26 de mayo) estuve, por casualidad, en una conferencia en la que participó Porfirio Muñoz Ledo, entre otros, y por la tarde pasé por el auditorio Salvador Allende (CUCSH), en donde se discutía acerca de los discursos, mitos y realidades en las relaciones UE-América Latina y El Caribe, estaría, todavía, en la feliz ignorancia sugerida hace unas semanas por nuestro querido presidente: ni siquiera me hubiese dado cuenta de que se estaba realizando un encuentro alternativo. Para qué decir que —salvo las infames butaquitas— en el auditorio se estaba muy bien, que afuera hacia un calor rulfiano que de seguro cuando esté muerto y cremadote, me va a hacer regresar del infierno por una cobija. Ni caso mencionar que el auditorio estaba semi vacío. Qué sentido tendría señalar que más que concentrarse en elaborar propuestas para la construcción de una agenda alterna al proyecto perverso y maquiavélicamente globalizador neoliberal (qué lenguaje, qué impudor), las ponencias se contentaban con [la misma antropofagia de buena parte de la izquierda mexicana que no sabe más que] hacer las consabidas denuncias, eso sí, muy animosas (el pueblo, unido, jamás será vencido, gritaban dos rubiamente bellas mujeres con una adorable español con acento alemán, lujosamente ataviadas con huipil bordado, cuando el representante del Sindicato de Trabajadores de Euzkadi alzó la mano para arengar: Viva la Resistencia Internacional). No estoy muy seguro, pero parece que una de las estrategias concretísimas de esa reunión fue la de golpear de forma articulada sobre las debilidades de las multinacionales a fin de poner freno a sus proyectos depredadores. Ja. Menos habría de mencionar la pena ajena que me produjo Luis Delgadillo, cuando destrozaba una canción de Pancho Madrigal, titulada "El Albañil", o algo así (ni hablar de la segunda canción que cantó, la cual versaba acerca de la cola de un chango. ¡De la cola de un chango!, perdónalo Salvador Allende, no sabe lo qué hace). Para qué pensar en los vasos comunicantes que esto tienen con las argumentaciones conmovedoramente ingenuas, facilistas y simplonas como las que hacen Hardt y Negri en Imperio (Paidós, 2002), en las que se habla no tanto de neocolonialismo y sí mucho de la emergencia de un nuevo Imperio omnisciente, omnipresente, omni(coloque usted aquí el término de su preferencia), y de la emergencia paralela de una muchedumbre (sic). Ni hablar de las evocación de las candorosas estrategias de la Joda (Cortazar, en Libro de Manuel, Alfaguara, 1994), en que varios latinoamericanos radicados en París organizaban la revolución repartiendo cajas de cerillos gastados, o gritando estruendosamente a mitad de una función de cine.
Nada de eso. Yo no soy nadie para hablar de ese tipo de cosas. Yo no tengo ninguna propuesta, ni banderas, ni adscripciones. Ando como basurita, movido por el viento. A lo mucho estoy haciendo una tesis doctoral acerca de la cultura política de los jóvenes en GDL. Pero fuera de eso, pues no traigo dreadlocks (equivocadamente llamadas rastas), ni soy guerito extranjero, ni graffitero, ni punketo, ni altermundista, ni globalifóbico, ni globalifílico, ni indígena, ni revolucionario, ni tengo camisas del Che, ni tengo el cabello largo, ni leo, ni escribo, ni Bertolt, ni Silvio, ni Ernesto, ni (agregue usted el estereotipo que desee). Como ya decía, soy un simple ovejero que se había prometido no decir nada con respecto a estas cosas. Además de ovejero, incapaz de mantener una promesa. Peor aún, Yo —como dice Pessoa desde su genial heteronomía—, no soy nada/nunca seré nada/no puedo querer ser nada/aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Pretendía decir mucho menos acerca del evento alterno/paralelo que, si la memoria no me falla, se denomina como Encuentro Social Europa–América Latina y El Caribe: Enlazando Alternativas. Si no fuera porque ayer por la mañana (26 de mayo) estuve, por casualidad, en una conferencia en la que participó Porfirio Muñoz Ledo, entre otros, y por la tarde pasé por el auditorio Salvador Allende (CUCSH), en donde se discutía acerca de los discursos, mitos y realidades en las relaciones UE-América Latina y El Caribe, estaría, todavía, en la feliz ignorancia sugerida hace unas semanas por nuestro querido presidente: ni siquiera me hubiese dado cuenta de que se estaba realizando un encuentro alternativo. Para qué decir que —salvo las infames butaquitas— en el auditorio se estaba muy bien, que afuera hacia un calor rulfiano que de seguro cuando esté muerto y cremadote, me va a hacer regresar del infierno por una cobija. Ni caso mencionar que el auditorio estaba semi vacío. Qué sentido tendría señalar que más que concentrarse en elaborar propuestas para la construcción de una agenda alterna al proyecto perverso y maquiavélicamente globalizador neoliberal (qué lenguaje, qué impudor), las ponencias se contentaban con [la misma antropofagia de buena parte de la izquierda mexicana que no sabe más que] hacer las consabidas denuncias, eso sí, muy animosas (el pueblo, unido, jamás será vencido, gritaban dos rubiamente bellas mujeres con una adorable español con acento alemán, lujosamente ataviadas con huipil bordado, cuando el representante del Sindicato de Trabajadores de Euzkadi alzó la mano para arengar: Viva la Resistencia Internacional). No estoy muy seguro, pero parece que una de las estrategias concretísimas de esa reunión fue la de golpear de forma articulada sobre las debilidades de las multinacionales a fin de poner freno a sus proyectos depredadores. Ja. Menos habría de mencionar la pena ajena que me produjo Luis Delgadillo, cuando destrozaba una canción de Pancho Madrigal, titulada "El Albañil", o algo así (ni hablar de la segunda canción que cantó, la cual versaba acerca de la cola de un chango. ¡De la cola de un chango!, perdónalo Salvador Allende, no sabe lo qué hace). Para qué pensar en los vasos comunicantes que esto tienen con las argumentaciones conmovedoramente ingenuas, facilistas y simplonas como las que hacen Hardt y Negri en Imperio (Paidós, 2002), en las que se habla no tanto de neocolonialismo y sí mucho de la emergencia de un nuevo Imperio omnisciente, omnipresente, omni(coloque usted aquí el término de su preferencia), y de la emergencia paralela de una muchedumbre (sic). Ni hablar de las evocación de las candorosas estrategias de la Joda (Cortazar, en Libro de Manuel, Alfaguara, 1994), en que varios latinoamericanos radicados en París organizaban la revolución repartiendo cajas de cerillos gastados, o gritando estruendosamente a mitad de una función de cine.
Nada de eso. Yo no soy nadie para hablar de ese tipo de cosas. Yo no tengo ninguna propuesta, ni banderas, ni adscripciones. Ando como basurita, movido por el viento. A lo mucho estoy haciendo una tesis doctoral acerca de la cultura política de los jóvenes en GDL. Pero fuera de eso, pues no traigo dreadlocks (equivocadamente llamadas rastas), ni soy guerito extranjero, ni graffitero, ni punketo, ni altermundista, ni globalifóbico, ni globalifílico, ni indígena, ni revolucionario, ni tengo camisas del Che, ni tengo el cabello largo, ni leo, ni escribo, ni Bertolt, ni Silvio, ni Ernesto, ni (agregue usted el estereotipo que desee). Como ya decía, soy un simple ovejero que se había prometido no decir nada con respecto a estas cosas. Además de ovejero, incapaz de mantener una promesa. Peor aún, Yo —como dice Pessoa desde su genial heteronomía—, no soy nada/nunca seré nada/no puedo querer ser nada/aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
domingo, mayo 23, 2004
¿Olvidos?
Camino en rectángulos
como buscando a l e j a r m e
(de mí mismo)
—asqueado de clichés—
pero me encuentro [¿me encuentro?]
casi como siempre
con la cruel duda
de estar sin ser
[—Y Heiddegger enarca una ceja, sonriente—]
me encuentro —decía—
con el abandono
a ritmo de frases insípidas
que a pesar de todo
hieren como un lastre
y rasgan el aire
en busca de sus ojos
queriendo (no) desear
el más leve rastro
de su cuerpo
como quien decide
que la soledad es
menos que un pretexto
y muere poco a poco
sin darse cuenta de
que las palabras,
etcétera.
¿Será que esto
no es olvido
sino ausencia?
como buscando a l e j a r m e
(de mí mismo)
—asqueado de clichés—
pero me encuentro [¿me encuentro?]
casi como siempre
con la cruel duda
de estar sin ser
[—Y Heiddegger enarca una ceja, sonriente—]
me encuentro —decía—
con el abandono
a ritmo de frases insípidas
que a pesar de todo
hieren como un lastre
y rasgan el aire
en busca de sus ojos
queriendo (no) desear
el más leve rastro
de su cuerpo
como quien decide
que la soledad es
menos que un pretexto
y muere poco a poco
sin darse cuenta de
que las palabras,
etcétera.
¿Será que esto
no es olvido
sino ausencia?
Diálogo a una sola voz
Alguien
sentado frente a un espejo
en el que aún es jueves
se pierde entre carbón y papel
e intenta habitar una silla,
para encontrarse con eso
que a pesar de la diferencia
sabe que es
él mismo.
Al otro lado del espejo
donde la vida se imagina
las imágenes conversan
y hablan de la noche
de los significados
y de los sentidos
de la palabra
solo
Aquéllas buscan
algo que permita
entender la nostalgia
de llorar hacia dentro
en el centro de la ausencia
en donde falta espacio
para que el alma aprenda
a entrar por la puerta trasera
de las
palabras
Éstas hablan de la música
que olvidada espera la hora
en que los gatos
regresen de la ausencia
y hagan suya
la noche
La foto es de www.highboy.com
sentado frente a un espejo
en el que aún es jueves
se pierde entre carbón y papel
e intenta habitar una silla,
para encontrarse con eso
que a pesar de la diferencia
sabe que es
él mismo.
Al otro lado del espejo
donde la vida se imagina
las imágenes conversan
y hablan de la noche
de los significados
y de los sentidos
de la palabra
solo
Aquéllas buscan
algo que permita
entender la nostalgia
de llorar hacia dentro
en el centro de la ausencia
en donde falta espacio
para que el alma aprenda
a entrar por la puerta trasera
de las
palabras
Éstas hablan de la música
que olvidada espera la hora
en que los gatos
regresen de la ausencia
y hagan suya
la noche
La foto es de www.highboy.com
jueves, mayo 20, 2004
Memorias y zapatos
Ayer se me ocurrió escribir sobre zapatos. Así es que...
Hoy me siento contento. Mi mamá me despertó con una feliz noticia: ya tenía juntos los once pesos para comprarme mis tenis. «Al rato viene tu prima la "Chícharo" por el dinero, va y los compra a San Juan de Dios, y en la tardecita nos los trae». Yo estaba que brincaba de gusto. Hasta desperté a mi hermanito con el alboroto. Casi siempre reniego para meterme a bañar, porque no me gusta el agua fría. Pero hoy no. Mamá Chata no tuvo que ir dos veces a hablarme, ni a llamarme la atención porque se me estaba haciendo tarde. Hoy no me importó ir a sacar agua del tambo, ni los jicarazos, ni el viento helado que me hace tiritar cuando atravieso el patio para llegar a mi cuarto. Hoy tampoco me dio coraje que todos mis calzones y mis calcetines estuvieran rotos o sin resorte. ¿Cómo me iba a molestar por el pantalón que ya me queda rabón, o por mis zapatos despintados?. Hoy no. Hoy, en la tarde, me traerían mis vans de cuadritos. Después de tanto diez en mi boleta de calificaciones, papá Rogelio dice que me los merezco. Siento tan bonito en la panza cuando me imagino caminado en la plaza, el domingo. Y luego, este fin de semana es día de la virgen, y va a haber muchos juegos. Chance y ahora sí hasta me vea Marcela.
El olorcito de los frijoles fritos que hace mamá Chata atraviesa todo el patio y llega hasta mi cuarto. Ya me los estoy saboreando, junto con el café con leche y el birote calientito. Ojalá y el dinero haya ajustado para comprar queso. Mi hermano se levanta para ir a bañarse, y regresa en un santiamén. Para mí que nomás se mojó la cabeza. Termino de vestirme y me veo en el pedazo de espejo que cuelga de la pared. Hoy estoy tan feliz que casi no tomo en cuenta las rodillas gastadas del pantalón azul de mi uniforme, ni los codos rotos de mi suéter, ni mis zapatos chuecos, ni el limón que me va a poner mamá Chata para que se me apacigüen los pelos. La Lucy, una gata que parece vaca vieja (por lo gordo y por sus colores) está echada en mi cama. Me da mucha envidia verla calientita y amodorrada, tan a gusto. Mi hermanito está apurado porque ya casi nos habla mamá Chata para desayunar y él aún no está vestido. En lo que se pone el pantalón, yo me echo un clavado en la caja de cartón donde guardamos la ropa interior, pero no encuentro nada que no esté roto. «Hijos, ya vénganse a almorzar» grita mamá Chata desde la cocina. Patricio, (mi hermano) se pone un calcetín y el dedo gordo le queda todo de fuera. Los dos nos reímos mucho. Le ayudo a abrocharse sus zapatos, y salimos corriendo hacia la cocina. Después de los sabrosos frijoles, mamá Chata, desde la puerta, nos da la bendición a mi hermano y a mí. Yo sigo feliz.
En la escuela, a la maestra Coco le ha dado por sentarme hasta adelante, en las butacas de la izquierda. Todo porque un día dije que algo que ella nos estaba platicando era «vox populi» (una frase que le escuché a papá Rogelio, y que no estoy seguro del todo qué quiere decir). Además, estoy en el cuadro de honor y todo eso. Junto a mí se sienta Clotilde, una niña morena y de ojos verdes. Muy bonita. De lo emocionado que ando, casi no puedo poner atención a las clases. Ni siquiera disfruto el olor a madera que queda después de que le saco punta a mi lápiz. Y eso que me gusta tanto ese olor. En la parte de atrás del salón, el Gato y Paco molestan a Juana: le dicen "vieja apestosa" porque trajo un lonche de frijoles con huevo. La familia de Juana está más fregada que la mía, y eso ya es mucho decir. Pero hoy no voy a levantarme a defenderla. Hoy me traen mis vans de cuadritos, y eso es lo único que me importa. Las primeras dos horas nos toca clase de español. En el libro de texto estamos estudiando un cuento de un señor que se apellida Cortázar. Es mi turno para leer en voz alta. No entiendo bien todas las palabras de ese cuento, pero siento algo como cosquillas dulces en la boca (y en la boca del estómago) cuando lo leo. Después de estas dos horas sigue una de Historia y luego el recreo. Pero yo ya no me puedo concentrar. Me la paso viéndome los zapatos, e imaginando cómo se me van a ver mis tenis nuevos. Muevo los pies en todas las direcciones en que me es posible para tratar de averiguar cómo pisar mejor. No quiero que se me maltraten los tenis nuevos que me va a comprar mamá. Suena el timbre que anuncia el recreo y a mi me sucede como cuando me despierto sobresaltado en la noche. De pronto los cuadros negros de mis tenis desaparecen y en mis pies sólo quedan mis zapatos chuecos y sin cintas. En realidad estaba soñando.
Salgo corriendo del salón y voy al portón de la escuela. A la hora del recreo, muchas de las mamás les llevan el lonche a sus hijos. A pesar de mis apuros, ya hay muchos niños arrebujados ahí. Cuando llego hasta la reja del portón veo que en la iglesia que queda enfrente de la escuela hay flores y mucha gente. Casi todos están vestidos de negro y están llorando. En especial un señor y dos muchachos, que están abrazados. Los veo y de tan tristes por poco me dan ganas de llorar a mí también. En eso, mamá Chata llega corriendo con una bolsita de galletas de animalito y un vaso con leche para mí, y otro para mi hermano. «¿Ya llegó la Chícharo, mamá?», le pregunto. «Ya se fue. La fui a echar al camión, por eso se me andaba haciendo tarde», me contestó. Luego me regaló una sonrisa y dijo: «se van derecho a la casa, hijo, no quiero que se me entretengan por ahí, ehh». En eso, Patricio llega hasta el portón, todo agitado y sudoroso, con los cachetes chapeteados, y el cuello chueco. Andaba jugando escapatoria o algo así, porque atrás de él venía un montón de chiquillos. Me arrebató la bolsa de galletas y siguió corriendo. Hoy yo estaba tan contento, que ni siquiera eso me hizo enojar. Para antes de que terminará el recreo ya todos mis amigos sabían que en la tarde iba a estrenar tenis. Y no cualquier par de tenis, sino unos vans.
Después de clases, Javier (mi mejor amigo) y yo vamos a las tortillas. Hoy no me molestó la enorme fila, ni que Marcela, la hija de la señora que despacha, me ignorara. El domingo después de misa de cinco, estoy seguro, se fijará en mí. En un rato más me van a traer mis tenis nuevos y ahora sí, verán para lo que soy bueno. Cuando llego a la casa, me doy cuenta que Mamá Chata hizo de comer sopa de fideos (que me choca), y caldo de pollo. Ni modo, hoy me voy a comer todo sin renegar. Hasta pido más caldo. Se dan las tres y ya estoy ansioso porque llegue la Chícharo. En cuanto termino la comida me voy a mi cuarto para hacer mi tarea: unas multiplicaciones más o menos fáciles, y la biografía de Zapata, que viene detrás de una cartita. Trato, pero de plano no me puedo concentrar en nada. Intento dibujar algo, pero no me sale lo que quiero. A cada rato me asomo a la puerta de la calle, por si llega la Chícharo. Mamá Chata me dice que me tranquilice, que ya llegará. Me asomo una vez más. Y otra. Desierto.
Son las cinco y no ha llegado la Chícharo. Yo creo que ya no tarda. Para matar el tiempo mejor voy a casa de Javier, para ver si quiere jugar penales en el baldío. Resulta que ahí estaban Edgar, el Gato, Armando Memelas y el Chumpi. En el baldío están jugando los de la Basilio Badillo, así es que ya se armó la reta. Después de varios partidos en los que los marcadores estuvieron parejos (30-36; 28-32; y 16-15 ¡ganamos!), regreso a la casa y mamá no está. Todavía sigo agitado por la carrera que pegué, y Papá Rogelio me dice que tía Lola (mamá de la Chícharo) le habló por teléfono con la vecina, y ésta le avisó que era urgente que fuera. Emocionado, le platico a mi papá lo de mis tenis nuevos. Él me sacude el cabello con sus enormes manos, y me dice que de seguro mamá Chata había ido a recogerlos. Estoy tan contento. Mientras tanto, me siento en el suelo, y me entretengo viendo a papá Rogelio leer el periódico. Él, como siempre, me pasa las caricaturas y me dice que haga el crucigrama. Sin darnos cuenta, se hace de noche. Ya me tengo que ir a acostar, y la Chícharo no ha llegado. Mamá regresa apuradísma, enojada y gritando, porque parece que mi prima se fue con su novio. «Ojalá y hayan ido al cine o al parque» —pienso. A lo mejor él la acompañó a comprar mis vans. Porque no creo que a la Chícharo se le haya olvidado el encargo. Por lo pronto, sigo aquí, en el baño, viendo mis zapatos retorcidos, pensando qué les voy a decir a mis amigos mañana. Trato de no llorar y mejor imagino cómo se me van a ver los vans de cuadritos, cuando la Chícharo me los traiga...
martes, mayo 18, 2004
Eterna búsqueda
Recién habían deshecho la cama y hecho el amor. Ella, recostada junto a él, sonreía al recorrerle las piernas con su tacto cálido de pies blancos y esmalte rojo. Se divertía enredando sus manos en el vello que poblaba el pecho de él, mientras se preguntaba y le preguntaba si tenía miedo; le preguntaba acerca de sus miedos más profundos. Le preguntaba acerca de sus verdaderos miedos y no de los lugares comunes, ni de esos miedetes democráticos que nos aquejan a todos tarde o temprano, como el de dejar olvidado el bolso en el asiento del cine, o tocar por accidente el lomo de una araña que está a punto de resbalar del borde hacia el interior de un vaso lleno con leche tibia. Lo ametrallaba con su interrogatorio. En definitiva, ella quería saber sobre el miedo. El verdadero y absoluto miedo. Y justo ahora, en aquellas circunstancias.
Esa tarde, él no sabía cómo explicarlo a ciencia cierta, pero se había quedado sin palabras. Y ella insistía. Para él, quedarse sin palabras y no poder explicar con claridad sus ideas, era, lo que se dice, un escándalo. Quería responder con algo a la pregunta de ella, casi con lo que fuera. Se lo debía. Después de todo, estaba dispuesta en carne y alma acompañándolo en ese último viaje. Pero también se lo debía a él y a su orgullo, que aunque de poco le servía ya, estaba allí. Sin embargo, él se encontraba con las ideas todas revueltas, arremolinadas, casi rotas o extraviadas en vaya a saber qué rincón de la memoria. Si tan sólo ella pudiera entrar en su cabeza y palpar los pensamientos, entenderlos de ese modo tan íntimo pero tan dogmático, tan acto de fe, tan a ciegas, pero suficiente y válido como cualquier otro método que hubiera por ahí para iluminar el entendimiento, si es que realmente había algo que entender, entre la cálida humedad de sus alientos y los vapores tibios de sus cuerpos, él lo hubiera agradecido minuciosamente.
Ambos se bebían los restos de la tarde que se escapaba lenta por la ventana, dando paso a una tranquila penumbra. Y eso era la vida, nada más ni nada menos, estar ahí, tendidos, tocándose apenas, contemplándose desnudos, sabiéndose juntos, perdidos uno dentro de la otra, o más bien, encontrados mutuamente en la savia de sus cuerpos, en sus cansancios de cama y vino, exhaustos pero fuertes, reconociendo que al encontrarse por fin habían llegado a buen puerto. Él, un brillante filosofo que había renunciado a una meteórica trayectoria académica para convertirse en payaso de fiestas infantiles. Ella una mala actriz de teatro venida a menos, convertida en prostituta amateur por necesidad, pero también por diversión. Una noche de lluvia, pocos clientes y muchos fracasos, ambos se encontraron sin buscarse. Una habitación sucia, una cama dura y con las entrañas de fuera les indicaron el camino. Se pertenecían. Los dos eran uno y lo mismo: la historia de una constante caída, de una eterna búsqueda que no llevaba a ninguna parte. Y eso, eso era la vida. Había en la atmósfera una especie de acuerdo mutuo y perenne, que era como los pocos muebles o los muchos libros de la habitación, en el que se había prometido no hablar de ese gran miedo al que no sabían por qué causa era el más común de los miedos, si era, al parecer de ambos, a lo único a lo que no se le podía o debía temer. Al final de cuentas, —aunque no lo dijeron, porque se hubieran sentido patéticamente arcaicos— todos, pero todos íbamos descendiendo por esa vía tan transitada. Unos más rápido, otros más lento, pero todos íbamos derechito al Hades. Además, estaban demasiado desnudos, de ropas ambos, y de palabras él, como para desperdiciar tanta desnudez hablando de la muerte y otras piorreas, pensó él. Quizá al rato…
Brindaron con un sorbo más de aquél nebiolo oscuro y casi amargo. Por habernos encontrado, dijo ella. Por tus labios, dispuso él. «Tiene un gusto raro» dijo ella con una sonrisa dibujada en su rostro. Ambos entornaron los ojos, acercando los vasos a sus labios, saboreando con antelación el líquido un tanto espeso. Ella lo miraba interrogante y seguía sonriendo. A pesar de la bebida, en su boca aún conservaba ese sabor tan de él, que no había encontrado en ningún otro hombre. «Hablábamos del miedo», dijo, mientras lo observaba llevarse la mano derecha hacia el mentón, en clara actitud reflexiva, que más bien era una pose que adoptaba casi de manera natural, para impresionar a sus interlocutores. Aunque no se lo dijo, al formular la pregunta, ella se refería a aquellos miedos que nos atormentan en el desayuno y viajan con nosotros en el autobús, rumbo al trabajo, aunque nadie los invite, aunque se quiera dejarlos atrás, en la oscuridad del ropero, hasta el fondo de las cajas en las que guardamos todas nuestras perversiones y nuestras manías. Ella quería hablar de la vida. Él quería hablar del miedo a la vida. Pero no podía, no encontraba las palabras. Por ello, él habló del futbol, de cómo no era tan diferente ser un payasito que un profesor de filosofía, de cómo ese estar allí enredados era como una cinta de Moebius en la que todo era yuxtaposición, traslape. Todo para evadir hablar de la vida —del miedo a la vida—. Y ese, en verdad, era el miedo más absoluto y real en aquella habitación, en aquella noche. «El santo horror de lo real» diría Hegel —pensó él.
Ella se tendió sobre su costado derecho, dándole la espalda a él. Aquella espalda blanquísima le parecía deliciosa. Se reconocía tanto en aquella mujer: terca, rebelde, tierna, resignada a su suerte, aceptando las miserias del maldito destino. Tal vez dormitaron un poco. Tal vez el sueño era un nombre más para aquellos pesados silencios que se abrían entre ambos, pero que no eran molestos de ninguna manera. Más bien, los silencios eran como signos de que sí, de que ambos eran, de que entre ellos había. Él estaba seguro que la duda seguía rondando la cabeza de ella, y su silencio era la prueba fehaciente de que no lo iba a dejar en paz hasta que le contestara algo. Casi como en una conversación en el que él era el único interlocutor, a manera de respuesta, lanzó una pregunta, que más bien era una especie de primitiva e infantil reflexión: «¿Tenía miedo a pasar de largo por la vida o que la vida le pasara de largo?» Ella se movió un poco. Después de otro largo silencio, él sentenció que lo sobrepasaba un innombrable miedo de estar viviendo algo que no le correspondía; o por el contrario, de no vivir lo que realmente le estaba destinado. Ello siempre había generado en él una profunda angustia en su corazón, carajo, que él también tenía corazón, y bastante grande, aunque no quisiera reconocerlo a veces. Se preguntaba, no sin cierto dejo de desesperanza: «¿Eterna búsqueda de lo otro? ¿Fórmula cabalística que da sentido a todo y permite cruzar el puente hacia otras realidades? ¿Una metaecuación reveladora de lo absoluto?». Esas preguntas habían regido su vida, y aún no encontraba nada en ese peregrinar insulso e inútil. Aún no se encontraba en nada ni en nadie: lo único que sabía de cierto era que había tocado un nuevo fondo cuando se dio cuenta que ya no era feliz estando triste.
Sus dedos se enredaron en el cabello enmarañado de ella. Sentado sobre la cama, sintiendo el calor de la mujer a su lado, su campo de visión se posaba primero, en el montón de ropa sucia que parecían cuerpos lánguidos, fantasmas desparramados por el piso; luego, instantes después —o siglos; todo era tan relativo— , su mirada dio un salto abrupto hasta ajustarse lo suficiente para notar el perfil apenas dibujado de las torres de libros, apiñadas en los dos amplios escritorios sin ningún orden aparente, flanqueadas por sendas botellas vacías de vino. Sin sentirlo casi, la noche de aquel viernes se había instalado ya entre ellos, y de pared a pared en toda la casa.
Ella se levanto pesadamente para encender la luz, pero el le dijo que no lo hiciera, que se estaba mejor así. De cualquier modo, no necesitaban luces para saberse. Ella caminó hacia uno de los escritorios de la habitación. Sacó una vara de incienso y la encendió. El cerró los ojos para intuirla deslizándose desnuda, imaginando sus movimientos infantiles que, sin quererlo ella, resultaban tan sensuales. La escuchaba descalza, reconociendo el ritmo de sus pies. Sintió que ella se recostaba a su lado. Abrió los ojos. En un rincón de la habitación, la punta del incienso encendido rasgaba la negrura prevaleciente, asemejándose al ojo vigilante de un inútil cancerbero. Un hilillo breve de humo aromático ascendía hasta el cielo raso de cinco por cinco, mezclándose con el olor sucio de humedad y de viejo, formando una fragancia un tanto rancia, que se había adherido ya, como una seña de identidad, a las paredes, a los libros, a ellos mismos.
Él seguía en silencio. Pensaba en que antes, la palabra escrita había sido un refugio, una especie de catarsis que le permitía atisbar un poco las puertas entreabiertas de esa otra realidad que buscaba con ansia. Se sentía un escritor. Y hasta en alguna ocasión le pagaban por ello. Sin embargo, desde hacía un tiempo, las palabras ya no le eran suficientes para llenar ese gran vacío, esa ausencia de sí mismo que lo agobiaba desde siempre y que lo orillaba a buscar de manera constante, en todas partes, sin saber a ciencia cierta qué era lo que pretendía encontrar. Seguía sin poder articular sus ideas. Él era como una ontología cuyo centro estaba ausente.
Pensó que a final de cuentas, la respuesta a la pregunta que ella le hiciera ya hacía un rato —y todas las posibles respuestas a esa misma pregunta— eran un movimiento dialéctico de ida y vuelta, tesis, antítesis y síntesis girando siempre en espiral, debatiéndose entre ser y hacer, entre texto e imagen, entre fondo y forma. Y siempre, al final o detrás de todo, estaba ella. Así, sin quererlo. Sin siquiera imaginarlo, ella. Porque ahora todo encajaba de manera perfecta. Él sonrió al pensar aquello. Todo era claro ahora. Valía la pena seguir. Por fin había descubierto que ella en aquella cama, que ella en aquella habitación, que ella en aquel pequeño y cerrado mundo, etcétera. «Es que somos la cuadratura del círculo», pensaba él. Es cierto, somos la cuadratura del círculo, se repetía mientras intentaba organizar las palabras para responderle a ella. Ahora lo sabía e intentaba poner una expresión seria en el rostro, pero como siempre, terminaba por sucumbir ante los embates de la inevitable risa que le provocaba esa postura esnobista e intelectualoide que, frente a ella, practicaba por mera diversión. Quería hablar, decirle que por fin, mientras recorría el rostro de ella con los dedos, como si la acción de tocar fuera un génesis táctil, el mismo instante de la creación. Mientras tanto, ella sonrió. Sus ojos se abrieron un poco más, acusando quizá el dolor, pero resistiendo, callada, tal como habían acordado. Sus dedos, un poco crispados lo buscaron hasta encontrarlo, entrelazándose después, tendiendo puentes de él hacia ella, de ella hacia él. Los lazos que los unían en ese instante vibraban fuera del tiempo y del espacio, creando su propia e irreducible realidad. Y era irónico, casi divertido, que antes estuviesen hablando de la vida —del feliz miedo a la vida—, mientras la cicuta surtía efecto en sus cuerpos, y el rigor mortis les iba poco a poco entumeciendo los labios.
Por Rencoria
Esa tarde, él no sabía cómo explicarlo a ciencia cierta, pero se había quedado sin palabras. Y ella insistía. Para él, quedarse sin palabras y no poder explicar con claridad sus ideas, era, lo que se dice, un escándalo. Quería responder con algo a la pregunta de ella, casi con lo que fuera. Se lo debía. Después de todo, estaba dispuesta en carne y alma acompañándolo en ese último viaje. Pero también se lo debía a él y a su orgullo, que aunque de poco le servía ya, estaba allí. Sin embargo, él se encontraba con las ideas todas revueltas, arremolinadas, casi rotas o extraviadas en vaya a saber qué rincón de la memoria. Si tan sólo ella pudiera entrar en su cabeza y palpar los pensamientos, entenderlos de ese modo tan íntimo pero tan dogmático, tan acto de fe, tan a ciegas, pero suficiente y válido como cualquier otro método que hubiera por ahí para iluminar el entendimiento, si es que realmente había algo que entender, entre la cálida humedad de sus alientos y los vapores tibios de sus cuerpos, él lo hubiera agradecido minuciosamente.
Ambos se bebían los restos de la tarde que se escapaba lenta por la ventana, dando paso a una tranquila penumbra. Y eso era la vida, nada más ni nada menos, estar ahí, tendidos, tocándose apenas, contemplándose desnudos, sabiéndose juntos, perdidos uno dentro de la otra, o más bien, encontrados mutuamente en la savia de sus cuerpos, en sus cansancios de cama y vino, exhaustos pero fuertes, reconociendo que al encontrarse por fin habían llegado a buen puerto. Él, un brillante filosofo que había renunciado a una meteórica trayectoria académica para convertirse en payaso de fiestas infantiles. Ella una mala actriz de teatro venida a menos, convertida en prostituta amateur por necesidad, pero también por diversión. Una noche de lluvia, pocos clientes y muchos fracasos, ambos se encontraron sin buscarse. Una habitación sucia, una cama dura y con las entrañas de fuera les indicaron el camino. Se pertenecían. Los dos eran uno y lo mismo: la historia de una constante caída, de una eterna búsqueda que no llevaba a ninguna parte. Y eso, eso era la vida. Había en la atmósfera una especie de acuerdo mutuo y perenne, que era como los pocos muebles o los muchos libros de la habitación, en el que se había prometido no hablar de ese gran miedo al que no sabían por qué causa era el más común de los miedos, si era, al parecer de ambos, a lo único a lo que no se le podía o debía temer. Al final de cuentas, —aunque no lo dijeron, porque se hubieran sentido patéticamente arcaicos— todos, pero todos íbamos descendiendo por esa vía tan transitada. Unos más rápido, otros más lento, pero todos íbamos derechito al Hades. Además, estaban demasiado desnudos, de ropas ambos, y de palabras él, como para desperdiciar tanta desnudez hablando de la muerte y otras piorreas, pensó él. Quizá al rato…
Brindaron con un sorbo más de aquél nebiolo oscuro y casi amargo. Por habernos encontrado, dijo ella. Por tus labios, dispuso él. «Tiene un gusto raro» dijo ella con una sonrisa dibujada en su rostro. Ambos entornaron los ojos, acercando los vasos a sus labios, saboreando con antelación el líquido un tanto espeso. Ella lo miraba interrogante y seguía sonriendo. A pesar de la bebida, en su boca aún conservaba ese sabor tan de él, que no había encontrado en ningún otro hombre. «Hablábamos del miedo», dijo, mientras lo observaba llevarse la mano derecha hacia el mentón, en clara actitud reflexiva, que más bien era una pose que adoptaba casi de manera natural, para impresionar a sus interlocutores. Aunque no se lo dijo, al formular la pregunta, ella se refería a aquellos miedos que nos atormentan en el desayuno y viajan con nosotros en el autobús, rumbo al trabajo, aunque nadie los invite, aunque se quiera dejarlos atrás, en la oscuridad del ropero, hasta el fondo de las cajas en las que guardamos todas nuestras perversiones y nuestras manías. Ella quería hablar de la vida. Él quería hablar del miedo a la vida. Pero no podía, no encontraba las palabras. Por ello, él habló del futbol, de cómo no era tan diferente ser un payasito que un profesor de filosofía, de cómo ese estar allí enredados era como una cinta de Moebius en la que todo era yuxtaposición, traslape. Todo para evadir hablar de la vida —del miedo a la vida—. Y ese, en verdad, era el miedo más absoluto y real en aquella habitación, en aquella noche. «El santo horror de lo real» diría Hegel —pensó él.
Ella se tendió sobre su costado derecho, dándole la espalda a él. Aquella espalda blanquísima le parecía deliciosa. Se reconocía tanto en aquella mujer: terca, rebelde, tierna, resignada a su suerte, aceptando las miserias del maldito destino. Tal vez dormitaron un poco. Tal vez el sueño era un nombre más para aquellos pesados silencios que se abrían entre ambos, pero que no eran molestos de ninguna manera. Más bien, los silencios eran como signos de que sí, de que ambos eran, de que entre ellos había. Él estaba seguro que la duda seguía rondando la cabeza de ella, y su silencio era la prueba fehaciente de que no lo iba a dejar en paz hasta que le contestara algo. Casi como en una conversación en el que él era el único interlocutor, a manera de respuesta, lanzó una pregunta, que más bien era una especie de primitiva e infantil reflexión: «¿Tenía miedo a pasar de largo por la vida o que la vida le pasara de largo?» Ella se movió un poco. Después de otro largo silencio, él sentenció que lo sobrepasaba un innombrable miedo de estar viviendo algo que no le correspondía; o por el contrario, de no vivir lo que realmente le estaba destinado. Ello siempre había generado en él una profunda angustia en su corazón, carajo, que él también tenía corazón, y bastante grande, aunque no quisiera reconocerlo a veces. Se preguntaba, no sin cierto dejo de desesperanza: «¿Eterna búsqueda de lo otro? ¿Fórmula cabalística que da sentido a todo y permite cruzar el puente hacia otras realidades? ¿Una metaecuación reveladora de lo absoluto?». Esas preguntas habían regido su vida, y aún no encontraba nada en ese peregrinar insulso e inútil. Aún no se encontraba en nada ni en nadie: lo único que sabía de cierto era que había tocado un nuevo fondo cuando se dio cuenta que ya no era feliz estando triste.
Sus dedos se enredaron en el cabello enmarañado de ella. Sentado sobre la cama, sintiendo el calor de la mujer a su lado, su campo de visión se posaba primero, en el montón de ropa sucia que parecían cuerpos lánguidos, fantasmas desparramados por el piso; luego, instantes después —o siglos; todo era tan relativo— , su mirada dio un salto abrupto hasta ajustarse lo suficiente para notar el perfil apenas dibujado de las torres de libros, apiñadas en los dos amplios escritorios sin ningún orden aparente, flanqueadas por sendas botellas vacías de vino. Sin sentirlo casi, la noche de aquel viernes se había instalado ya entre ellos, y de pared a pared en toda la casa.
Ella se levanto pesadamente para encender la luz, pero el le dijo que no lo hiciera, que se estaba mejor así. De cualquier modo, no necesitaban luces para saberse. Ella caminó hacia uno de los escritorios de la habitación. Sacó una vara de incienso y la encendió. El cerró los ojos para intuirla deslizándose desnuda, imaginando sus movimientos infantiles que, sin quererlo ella, resultaban tan sensuales. La escuchaba descalza, reconociendo el ritmo de sus pies. Sintió que ella se recostaba a su lado. Abrió los ojos. En un rincón de la habitación, la punta del incienso encendido rasgaba la negrura prevaleciente, asemejándose al ojo vigilante de un inútil cancerbero. Un hilillo breve de humo aromático ascendía hasta el cielo raso de cinco por cinco, mezclándose con el olor sucio de humedad y de viejo, formando una fragancia un tanto rancia, que se había adherido ya, como una seña de identidad, a las paredes, a los libros, a ellos mismos.
Él seguía en silencio. Pensaba en que antes, la palabra escrita había sido un refugio, una especie de catarsis que le permitía atisbar un poco las puertas entreabiertas de esa otra realidad que buscaba con ansia. Se sentía un escritor. Y hasta en alguna ocasión le pagaban por ello. Sin embargo, desde hacía un tiempo, las palabras ya no le eran suficientes para llenar ese gran vacío, esa ausencia de sí mismo que lo agobiaba desde siempre y que lo orillaba a buscar de manera constante, en todas partes, sin saber a ciencia cierta qué era lo que pretendía encontrar. Seguía sin poder articular sus ideas. Él era como una ontología cuyo centro estaba ausente.
Pensó que a final de cuentas, la respuesta a la pregunta que ella le hiciera ya hacía un rato —y todas las posibles respuestas a esa misma pregunta— eran un movimiento dialéctico de ida y vuelta, tesis, antítesis y síntesis girando siempre en espiral, debatiéndose entre ser y hacer, entre texto e imagen, entre fondo y forma. Y siempre, al final o detrás de todo, estaba ella. Así, sin quererlo. Sin siquiera imaginarlo, ella. Porque ahora todo encajaba de manera perfecta. Él sonrió al pensar aquello. Todo era claro ahora. Valía la pena seguir. Por fin había descubierto que ella en aquella cama, que ella en aquella habitación, que ella en aquel pequeño y cerrado mundo, etcétera. «Es que somos la cuadratura del círculo», pensaba él. Es cierto, somos la cuadratura del círculo, se repetía mientras intentaba organizar las palabras para responderle a ella. Ahora lo sabía e intentaba poner una expresión seria en el rostro, pero como siempre, terminaba por sucumbir ante los embates de la inevitable risa que le provocaba esa postura esnobista e intelectualoide que, frente a ella, practicaba por mera diversión. Quería hablar, decirle que por fin, mientras recorría el rostro de ella con los dedos, como si la acción de tocar fuera un génesis táctil, el mismo instante de la creación. Mientras tanto, ella sonrió. Sus ojos se abrieron un poco más, acusando quizá el dolor, pero resistiendo, callada, tal como habían acordado. Sus dedos, un poco crispados lo buscaron hasta encontrarlo, entrelazándose después, tendiendo puentes de él hacia ella, de ella hacia él. Los lazos que los unían en ese instante vibraban fuera del tiempo y del espacio, creando su propia e irreducible realidad. Y era irónico, casi divertido, que antes estuviesen hablando de la vida —del feliz miedo a la vida—, mientras la cicuta surtía efecto en sus cuerpos, y el rigor mortis les iba poco a poco entumeciendo los labios.
Por Rencoria
martes, mayo 11, 2004
Instrucciones para leer estas instrucciones para leer
Abra los ojos y concéntrese [sólo un poco]. Si requiere de algún adminículo que le facilite la lectura [lentillas, anteojos, etc.]colóquelo en la posición adecuada y en el sitio correcto [si requiere ayuda acerca de cómo hacer lo anterior, remítase al artículo Instrucciones para colocarse los lentes]. Si es usted occidental, comience por la parte superior izquierda de la hoja [con relación a su punto de vista]. Centre su atención en el primer símbolo o figurilla. Vincúlela con la siguiente. Siga así, sucesivamente hasta que forme un constructo mayor [conocido también como palabra]. Debe hacer esto con rigurosa meticulosidad. Verá como poco a poco se van formando diversos constructos a los que una vocecilla en su cabeza [no se preocupe por esta voz tan parecida a la suya: es bastante normal] irá uniendo para formar frases o enunciados. La propiedad asociativa de estos enunciados resulta sorprendente al principio, pero ya se irá acostumbrando.
Recuerde que en la lectura es necesario atender a ciertas reglas [pero no se preocupe, casi sin que se de cuenta, tales reglas pasarán a formar parte de su conciencia práctica y se someterá a ellas sin rechistar]. Por ejemplo, siempre que se encuentre con un signo como este , detenga brevemente la lectura, justo como lo hizo hace un momento, y ahora lo acaba de hacer otra vez. Va usted muy bien, felicidades. Otro de los signos que indican una pausa es este ·, y este también ; … Huelga decir que la lectura también es un proceso físico muy delicado. Por eso, a estas alturas ya debió haber parpadeado, cuando menos, una vez. Si no lo ha hecho, apresúrese porque corre peligro [si requiere indicaciones para ello, busque la próxima aparición del manual Instrucciones para parpadear]. Después de haber humedecido un poco sus ojos, retome la lectura justo en este punto. Recuerde que, por otra parte, la lectura es, además, un proceso reflexivo y apantallador. Por ello, este puede ser un buen momento para llevar a cabo un ejercicio de pose: lleve su mano izquierda a la altura del mentón, y emita un sonido de duda o escepticismo. Sí, justo así: le salió perfecto.
Tome un sorbo de café [o cualquier cosa que esté bebiendo] y termine la lectura justo en este punto. Que termine. Ya. Hey… no siga. Esto se acabó… Fin.
Está bien… Si usted siguió leyendo entonces intenta transigir. Siempre y cuando sepa que hay ocasiones en que hasta la transgresión aparentemente más subversiva puede estar legitimando un orden, etcétera. En ese caso, le tenemos algunas sugerencias: voltee la hoja de cabeza y léalo de la forma en que acostumbra [de izquierda a derecha]. O con el texto en posición normal, lea de derecha a izquierda, o en diagonal. Verá que el sentido de las frases toma dimensiones insospechadas. Por último, le recomendamos un ejercicio delicado pero estimulante: recorte minuciosamente cada una de las letras aquí escritas. Introdúzcalas en una pequeña bolsa de terciopelo dorado, y extraiga con cuidado, lentamente, letra por letra, cada letra, todas las letras. Acomódelas sobre un paño azul cielo [ese color da el mejor contraste], una letra a la vez. El formato es libre y puede ser mixto: de izquierda a derecha, de arriba abajo, en diagonal, etc. Lea lo que ha escrito y aléjese un poco. Repita lo siguiente: «concubia nocte». Cierre una vez más los ojos, piense en un globo rojo que se eleva sobre un fondo verde. Recuerde que Cortázar es contagioso, y no siempre termina uno bien. Ya ve, lector, no vaya a acabar escribiendo usted una barrabasada como la que acaba de leer.
Recuerde que en la lectura es necesario atender a ciertas reglas [pero no se preocupe, casi sin que se de cuenta, tales reglas pasarán a formar parte de su conciencia práctica y se someterá a ellas sin rechistar]. Por ejemplo, siempre que se encuentre con un signo como este , detenga brevemente la lectura, justo como lo hizo hace un momento, y ahora lo acaba de hacer otra vez. Va usted muy bien, felicidades. Otro de los signos que indican una pausa es este ·, y este también ; … Huelga decir que la lectura también es un proceso físico muy delicado. Por eso, a estas alturas ya debió haber parpadeado, cuando menos, una vez. Si no lo ha hecho, apresúrese porque corre peligro [si requiere indicaciones para ello, busque la próxima aparición del manual Instrucciones para parpadear]. Después de haber humedecido un poco sus ojos, retome la lectura justo en este punto. Recuerde que, por otra parte, la lectura es, además, un proceso reflexivo y apantallador. Por ello, este puede ser un buen momento para llevar a cabo un ejercicio de pose: lleve su mano izquierda a la altura del mentón, y emita un sonido de duda o escepticismo. Sí, justo así: le salió perfecto.
Tome un sorbo de café [o cualquier cosa que esté bebiendo] y termine la lectura justo en este punto. Que termine. Ya. Hey… no siga. Esto se acabó… Fin.
Está bien… Si usted siguió leyendo entonces intenta transigir. Siempre y cuando sepa que hay ocasiones en que hasta la transgresión aparentemente más subversiva puede estar legitimando un orden, etcétera. En ese caso, le tenemos algunas sugerencias: voltee la hoja de cabeza y léalo de la forma en que acostumbra [de izquierda a derecha]. O con el texto en posición normal, lea de derecha a izquierda, o en diagonal. Verá que el sentido de las frases toma dimensiones insospechadas. Por último, le recomendamos un ejercicio delicado pero estimulante: recorte minuciosamente cada una de las letras aquí escritas. Introdúzcalas en una pequeña bolsa de terciopelo dorado, y extraiga con cuidado, lentamente, letra por letra, cada letra, todas las letras. Acomódelas sobre un paño azul cielo [ese color da el mejor contraste], una letra a la vez. El formato es libre y puede ser mixto: de izquierda a derecha, de arriba abajo, en diagonal, etc. Lea lo que ha escrito y aléjese un poco. Repita lo siguiente: «concubia nocte». Cierre una vez más los ojos, piense en un globo rojo que se eleva sobre un fondo verde. Recuerde que Cortázar es contagioso, y no siempre termina uno bien. Ya ve, lector, no vaya a acabar escribiendo usted una barrabasada como la que acaba de leer.
lunes, mayo 10, 2004
Chatita....
La Hausencia, siempre es la pinche Hausencia... Eres como un Hueco que no se cierra... Como una Herida que ha quedado Habierta para siempre... Y duele tanto... Te Hextraño tanto, mamá...
jueves, mayo 06, 2004
La mochedumbre tapatía: ¿una posmodernidad sui generis, o entre la ética, la estética y la política?
Mochedumbre: (adj.) dícese de aquellas personas que tienen una visión moralina, y que además pretenden imponerla sobre los demás, a manera de guía iluminadora del camino de la bondad, la belleza, y de todo aquello que es correcto; (adj.) carácter de cierto sector de la población de la Zona Metropolitana de Guadalajara (véase también, Mochos).
Los hacedores de las buenas conciencias tapatías han tenido unos meses muy ajetreados últimamente. Esto ha llegado al grado de que ya resulta imposible tanta mochedumbre. Es [vergonzosamente] indicativo de ello la cantidad de pseudo–debates y semi–polémicas que levantaron tanto «la píldora del día después», como el filme de Mel Gibson, La Pasión de Cristo. Desde Foro al Tanto hasta La Cocina y Algo Más, no había programa televisivo realizado en el terruño, en el que no se discutieran ambas cuestiones, ya sea para apoyarlas, ya sea para condenarlas (yo estaba de vacaciones y me la pasé viendo la tele, así es que digo esto con conocimiento de causa). Con respecto al uso de la píldora, casi siempre los debates terminaban con una fuerte condena. En lo que refiere a la reciente película de Gibson, la conclusión casi siempre giraba alrededor de la necesidad de ir a verla para aprender del sufrimiento de nuestro señor y del mensaje de amor que éste (desde Jolibud) nos brindaba (aunque si uno mira con ojos más bien perversos esa película, al quitarle las referencias cristianas nos queda una oda a la violencia, e incluso al asesinato inducido, pero de eso nadie habla). Era penoso ver al delegado de PROVIDA en Jalisco, achichincle de Serrano Limón, satanizar el uso de la citada pildorita, y luego, en otra emisión televisiva, promover la película de Gibson.
Como colofón a esta serie que, desde los medios, se ha esforzado en dictar el contenido del buen hacer tapatío, hoy (5 de mayo) tuve la desgraciada oportunidad de ver en televisión a Miguel Angel Collado (Noticieros Televisa) "debatir" acerca de arte con Santiago Baeza (director de cultura en el municipio de Guadalajara). Resulta que desde la dirección de actividades culturales de la Secretaría de Cultura se ha venido impulsando un programa llamado Urbanizarte, el cual gravita, en lo fundamental, en el apoyo a los artistas locales para sacar el arte a las calles. De este programa se deriva la instalación/intervención titulada "Patriotas", realizada por Claudia Rodríguez, la cual consistió en colocarles unos vistosamente anaranjados hula-hula a las estatuas de los niños héroes. Pues bien, el "debate" entre Collado y Baeza fue precisamente en torno a la «falta de respeto» que implicaba esta intervención. No recuerdo exactamente las palabras de Collado. Lo que sí recuerdo es su indignación (que según él representaba el sentir de la sociedad tapatía) ante «tan alta afrenta a la memoria nacional». De «atentado contra la estética» calificó Collado a la instalación hecha por Claudia Rodríguez. Ahora resulta que los hacedores de las buenas conciencias tapatías también dictan lo que es bello, estético, bonito pues. Asumo que para indignarte de esa manera, has leído todo, desde Kant hasta Gadamer y otros, por lo que te pregunto: Collado, ¿quién te convirtió en el portavoz del gusto tapatío? ¿Desde cuando dices por televisión lo que a la sociedad tapatía (de la cual, aunque no te guste, yo también formo parte) le gusta y no le gusta con respecto al arte?. Cuando vi las figuras de los niños héroes resemantizadas en un contexto más lúdico (y haciendo referencia al día del niño) me resultó gratamente sorprendente que, desde la institucionalidad vigente se estuvieran fomentando las avanzadas artísticas: que existiera una apertura para las expresiones incitadoras, para las nuevas formas de mirar lo estético. Pero no, por gente como Collado (y otros), primó la represión sobre la libertad de expresión. Predominó la mochedumbre sobre la creatividad y las propuestas alternativas. ¿Acaso las políticas culturales locales se dictan desde El Yunque? (de hecho, esta «afrenta» le costó el puesto a Francisco Lozano, ex titular de la dirección general de actividades culturales de la S de C). Por eso aplaudo la acción de Helmut Kohl, director del Haus der Kunst, al colgar afuera de su changarro un par de los hula hula que hasta donde sé, fueron removidos.
Con todo lo anterior se pone de relieve cómo el fuego inquisidor de la mochedumbre tapatía, avivado por los hacedores de las buenas conciencias, se atraviesa por los dominios de la ética la estética y la política. Ello desde una curiosa hibridación muy posmoderna de la modernidad y la tradición. Me explico: en la tradición, la fuente de los saberes abrevaba del espiritualismo omniabarcante de la religiosidad y del misticismo (había casi como un coágulo metafísico en el que todo el saber estaba fusionado). En la modernidad, el saber se fragmentó en distintas esferas (i. e. la ética, la estética, la política) que se convirtieron en campos autónomos, dominados por la razón. En la posmodernidad se habla del traslape de estas esferas del saber, de un descentramiento del sujeto, de una imbricación entre lo privado y lo público (¿acaso Urbanizarte no pretende sacar el arte del ámbito privado de las galerías y las élites, y llevarlo a la calle, hacerlo público?). En síntesis, estamos frente a la politización/estetización/etización de la subjetividad. Pero más importante aún, estamos ante la subjetivación de lo político, lo estético y lo ético: el ámbito de la vida cotidiana se convierte así en un campo estructurante del actuar político, en un horizonte ontológico en el que la subjetividad es política (i. e. la apatía y el desencanto también son actuares políticos). En este contexto, la híbrida y sui generis posmodernidad en la que están inmersos los hacedores de las buenas conciencias tapatías funde malabarísticamente la tradición con la modernidad: no se soporta que se le coloque un hula hula a los niños héroes (por un nacionalismo rancio y anquilosado), pero sí se fomentan películas que por lo sangriento casi rayan en lo pornográfico (La pasión). Casi se excomulga a las mujeres que usen la píldora del día después, y al mismo tiempo se tolera y fomenta el machismo más exacerbado (i. e. a una mujer que anda de cama en cama se le piensa como una vil puta, mientras que al hombre que hace lo mismo se le piensa como un cabrón [como un plus para su hombría] hecho y derecho). En fin, por lo menos yo ya estoy hasta la madre de tanta mochedumbre. Deberíamos hacer algo con aquéllos y aquéllas que promueven las visiones estereotipadas acerca del ideal del deber ser tapatío (i. e. Miguel Angel Collado). Por mí, que vistan de payasita a la Minerva. Porque a veces, alguien vestido de payaso dice cosas más interesantes y certeras que aquellos que se ajuarean de traje y corbata ¿no?. Por cierto, yo ya puse un par de hula hula en la ventana de mi casa.
Rencoria
miércoles, mayo 05, 2004
En el callejón
Este es un microcuento. La idea es que cada lector o lectora traslade su propia experiencia y le otorgue al momento que se relata un contexto, una direccionalidad, y un final.
No lo podía creer: de la llaga en su pierna estaban saliendo gusanos. Pequeños, amarillentos, casi tiernos, los animalitos se retorcían entre la sangre seca. Él retiró algunos de la herida tomandolos entre sus dedos. Con una marcada ironía, notó como la consistencia viscosa de aquellos animales hacía juego con las costras que desescamaban sus manos terriblemente sucias. En su rostro, oculto por sendos vendajes (alguna vez blancos, hoy de color ocre debido al tiempo y a la supuración), se formó una mueca que pretendía ser una sonrisa. Aún para él, el fétido olor que se desprendía de su cuerpo con cada pequeño movimiento era insoportable. Apoyó su espalda en un rincón del obscuro callejón en el que había sobrevivido estos últimos días. «¿Cómo es posible que me esté pasando esto?» —era la pregunta que rondaba en su mente. Se refería no sólo a estar muriéndose tirado en la calle, sino al terrible descenso en espiral en que se había convertido su vida desde «aquello». Sus movimientos eran lentos, extremadamente pausados, casi en cámara lenta. Era incapaz de articular palabras. De su garganta sólo salían algunos gemidos apagados: se había cortado la lengua algunos meses atrás. «Concubia nocte»; «inamoenus»; «cothurnus» —era un pensamiento fijo en su mente. Intentó recordar algo más, pero un dolor agudo détrás de los ojos lo hizo retorcerse con inusitada violencia. Al mismo tiempo que perdía el control de su esfínter, se dio cuenta que alguien estaba frente a él. Aquél joven de traje obscuro sería lo último que vería en su decadente vida.
No lo podía creer: de la llaga en su pierna estaban saliendo gusanos. Pequeños, amarillentos, casi tiernos, los animalitos se retorcían entre la sangre seca. Él retiró algunos de la herida tomandolos entre sus dedos. Con una marcada ironía, notó como la consistencia viscosa de aquellos animales hacía juego con las costras que desescamaban sus manos terriblemente sucias. En su rostro, oculto por sendos vendajes (alguna vez blancos, hoy de color ocre debido al tiempo y a la supuración), se formó una mueca que pretendía ser una sonrisa. Aún para él, el fétido olor que se desprendía de su cuerpo con cada pequeño movimiento era insoportable. Apoyó su espalda en un rincón del obscuro callejón en el que había sobrevivido estos últimos días. «¿Cómo es posible que me esté pasando esto?» —era la pregunta que rondaba en su mente. Se refería no sólo a estar muriéndose tirado en la calle, sino al terrible descenso en espiral en que se había convertido su vida desde «aquello». Sus movimientos eran lentos, extremadamente pausados, casi en cámara lenta. Era incapaz de articular palabras. De su garganta sólo salían algunos gemidos apagados: se había cortado la lengua algunos meses atrás. «Concubia nocte»; «inamoenus»; «cothurnus» —era un pensamiento fijo en su mente. Intentó recordar algo más, pero un dolor agudo détrás de los ojos lo hizo retorcerse con inusitada violencia. Al mismo tiempo que perdía el control de su esfínter, se dio cuenta que alguien estaba frente a él. Aquél joven de traje obscuro sería lo último que vería en su decadente vida.
lunes, mayo 03, 2004
Chespirito para presidente
No cabe duda: la política mexicana [interior y exterior] está que ni pintada para un capítulo del Chavo del Ocho [o para acto payasín-circense], y creo que ni a Gómez Bolaños se le hubiera ocurrido algo mejor. En la actualidad, podemos ver (literalmente y por TV) que desde el protagonismo de Castañeda (que por cierto lo costó la cancillería) y el affaire de la "Whole Enchilada" de Aguilar Zínser (a quien también le costó la chamba en la ONU) hasta los video-escándalos de Ahumada y su caterba de secuaces (Ímaz, Bejarano, y los que faltan), estamos viendo las tres pistas de una puesta en escena divertidamente chespiritiana. El acto más reciente de esto nos fue presentado ayer domingo, por Creel y por Derbez (a éste último la vena cómica le viene de familia), quienes —irónicamente poco antes del Big Brother VIP— anunciaban en rueda de prensa que, a partir de ese momento, las relaciones con Cuba quedaban degradas exclusivamente a negocios y comercio. En las declaraciones tanto del Canciller Derbez, como del Secretario Creel se pone de relieve la cómica lógica del "denme mis calzones porque ya no juego" (i. e. Kiko pidéndole al Chavo su pelota porque éste le hizo mala cara a aquél).
Aunque también puede verse que, como decía mi madre, a Cuba se "le voltió el chirrión por el palito". Lo que en principio era una especie de "bofetada con guante blanco" (propinada por Fidel a Fox, con su nota diplomática y con su discurso del sábado 01 de mayo) se convirtió en motivo para un reclamo/berrrinche por parte del mandatario mexicano (el berrinche de Toledo en Perú retirando también a su embajador es interesante, pero esa es otra historia). Este reclamo rayó, por lo menos ayer, casi en una ruptura total con la isla, al grado de que las relaciones México-Cuba nunca habían estado tan dañadas. Probablemente en las cúpulas cubanas se creía que todo iba a concluir con una guerra de declaraciones tipo Chavo del Ocho (i. e. Ron Damón y el Profesor Jirafales intercambiando sendos "qué, qué", aderezados por pequeños empujones, para luego deslegitimar todo intento de lucha con un desdeñoso "aaahhhh"). Pero no. Más que dimes y diretes, resulta que con la retirada del embajador mexicano (y del peruano) de la Isla, ésta quedó aún más aislada en el contexto regional.
No me interesa justificar la decisión del mandatario mexicano y de su gabinetazo . Nada hay más lejos de mis pretensiones. Pero Fidel se mandó: eso de decir que: "Duele profundamente que tanto prestigio e influencia ganados por México en América Latina y en el mundo por su intachable política internacional [...] hayan sido convertidos en cenizas" debió haberle dolido a Fox en lo profundo de su vaquerezca dignidad. Duro y a la cabeza ¿no?. De cuaquier modo, Fox se lo merece por el famosísimo: "...comes y te vas". Luego, Fidel arremetió contra Toledo al decir que: "Perú [...] constituye un ejemplo del grado de abyección y dependencia a que han conducido el imperialismo y su globalización neoliberal a muchos estados de América Latina". Independientemente de lo que sucedió con Perú, parece que al secretario de Gobernación de nuestro país le molestó más que José Arbesú (jefe del Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central del PC) y Pedro Lobaina Jiménez de Castro (funcionario del mismo Partido) realizaran, con ayuda de Orlando Silva Fors (consejero político de la embajada de Cuba en México), “actividades inaceptables (...), tratando en el territorio nacional, fuera del marco institucional y de los procedimientos que se establecen en los acuerdos y tratados vigentes entre ambos estados, asuntos que en todo caso deben desahogarse por la vía diplomática de las instancias competentes”. Es curioso, pero si uno lo piensa un poquito de manera perversa, resulta más "grosero" e indignante la presencia de casi una decena de científicos (militares) ingleses en las grutas de Cuetzalan, Puebla, con sabe qué maquiavélicas intenciones. ¿Por qué no mandamos al Embajador de Inglaterra en México derechito a... Londres? ¿Por qué no nos trajimos al embajador mexicano con aspavientos y el rostro colorado del coraje?
En fin, más que el corte chespiritiano de la política exterior mexicana resulta sospechoso el entreguismo de nuestros gobernantes. ¿Acaso la fuerte reacción ante las acciones cubanas por parte de la presidencia (en voz del Canciller Derbez y del Secretario Creel) responde a la reciente aprobación y certificación que amablemente nos otorgara E. U.? Qué es lo que sigue: ¿veremos a México convertido en un nuevo Puerto Rico? O peor aún ¿a Cuba en Las Vegas? Así como van las cosas, pronto tendremos a un ridículo megalómano como Chespirito aspirando a la presidencia desde una candidatura ciudadana....¿Cómo? Ah, perdón, me olvidaba que ya tenemos uno....
Y para colmo: perdieron las chivas.
Aunque también puede verse que, como decía mi madre, a Cuba se "le voltió el chirrión por el palito". Lo que en principio era una especie de "bofetada con guante blanco" (propinada por Fidel a Fox, con su nota diplomática y con su discurso del sábado 01 de mayo) se convirtió en motivo para un reclamo/berrrinche por parte del mandatario mexicano (el berrinche de Toledo en Perú retirando también a su embajador es interesante, pero esa es otra historia). Este reclamo rayó, por lo menos ayer, casi en una ruptura total con la isla, al grado de que las relaciones México-Cuba nunca habían estado tan dañadas. Probablemente en las cúpulas cubanas se creía que todo iba a concluir con una guerra de declaraciones tipo Chavo del Ocho (i. e. Ron Damón y el Profesor Jirafales intercambiando sendos "qué, qué", aderezados por pequeños empujones, para luego deslegitimar todo intento de lucha con un desdeñoso "aaahhhh"). Pero no. Más que dimes y diretes, resulta que con la retirada del embajador mexicano (y del peruano) de la Isla, ésta quedó aún más aislada en el contexto regional.
No me interesa justificar la decisión del mandatario mexicano y de su gabinetazo . Nada hay más lejos de mis pretensiones. Pero Fidel se mandó: eso de decir que: "Duele profundamente que tanto prestigio e influencia ganados por México en América Latina y en el mundo por su intachable política internacional [...] hayan sido convertidos en cenizas" debió haberle dolido a Fox en lo profundo de su vaquerezca dignidad. Duro y a la cabeza ¿no?. De cuaquier modo, Fox se lo merece por el famosísimo: "...comes y te vas". Luego, Fidel arremetió contra Toledo al decir que: "Perú [...] constituye un ejemplo del grado de abyección y dependencia a que han conducido el imperialismo y su globalización neoliberal a muchos estados de América Latina". Independientemente de lo que sucedió con Perú, parece que al secretario de Gobernación de nuestro país le molestó más que José Arbesú (jefe del Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central del PC) y Pedro Lobaina Jiménez de Castro (funcionario del mismo Partido) realizaran, con ayuda de Orlando Silva Fors (consejero político de la embajada de Cuba en México), “actividades inaceptables (...), tratando en el territorio nacional, fuera del marco institucional y de los procedimientos que se establecen en los acuerdos y tratados vigentes entre ambos estados, asuntos que en todo caso deben desahogarse por la vía diplomática de las instancias competentes”. Es curioso, pero si uno lo piensa un poquito de manera perversa, resulta más "grosero" e indignante la presencia de casi una decena de científicos (militares) ingleses en las grutas de Cuetzalan, Puebla, con sabe qué maquiavélicas intenciones. ¿Por qué no mandamos al Embajador de Inglaterra en México derechito a... Londres? ¿Por qué no nos trajimos al embajador mexicano con aspavientos y el rostro colorado del coraje?
En fin, más que el corte chespiritiano de la política exterior mexicana resulta sospechoso el entreguismo de nuestros gobernantes. ¿Acaso la fuerte reacción ante las acciones cubanas por parte de la presidencia (en voz del Canciller Derbez y del Secretario Creel) responde a la reciente aprobación y certificación que amablemente nos otorgara E. U.? Qué es lo que sigue: ¿veremos a México convertido en un nuevo Puerto Rico? O peor aún ¿a Cuba en Las Vegas? Así como van las cosas, pronto tendremos a un ridículo megalómano como Chespirito aspirando a la presidencia desde una candidatura ciudadana....¿Cómo? Ah, perdón, me olvidaba que ya tenemos uno....
Y para colmo: perdieron las chivas.
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